Libros bellos

En el último Saló del Còmic de Barcelona me encontré sin buscarlo con el stand de “Libros del zorro rojo” y fue una suerte. Un atracón de “beaux livres” que hubiera sido imposible disfrutar en una librería convencional, porque los volúmenes hubieran estado organizados por autores, por edades o por cualquier otro criterio que los hubiera diseminado por distintas secciones, sin poder valorar en conjunto semejante explosión de calidad, amor por los libros bien hechos y riesgo en la selección de títulos y autores.

Después de mucho dudar me decidí por un estuche con tres relatos de Haruki Murakami en el que el continente casi relegaba a un segundo plano los textos. Y me fui de ahí pensando en todos los libros que me hubiera gustado llevar, para acariciarlos, para mirar los acabados, para sorprenderme con las ilustraciones, para seguir pasando páginas sin importar en qué dirección. Hace poco encontré el momento de leerlos, no sin antes haberlos mirado del derecho y del revés, deslumbrado ante los dibujos de Kat Menschik, impresos en tintas directas, algunas metalizadas, que irremediablemente transportan a volúmenes de otras épocas.

murakami1

Los tres relatos de Murakami tienen algo oscuro, asfixiante, que los emparejan con los clásicos. El ambiente opresivo, de tan cotidiano, que aparece en “Sueño” tiene algo de Kafka. La crónica del día a día de una mujer insomne que va buscando paraísos artificiales en unas galletas, mientras lee con voracidad Anna Karenina y espera que en algún momento pueda volver a gozar de unas cuantas horas de sueño reparador produce un desasosiego que parece abocado a un final trágico.

No es menos absurda la pretensión de una pareja que quiere llevarse algo a la boca en plena madrugada y deambula por las calles desiertas de Tokio en pos de un trozo de pan. “Asalto a las panaderías” se titula esta historia igualmente frenética, en la que los cónyuges van armados con una escopeta, enardecidos por el recuerdo del hombre, que en su juventud ya protagonizó un atraco (y un atracón), del que salió (él y su compinche) con una maldición a cuestas, demasiado surrealista para explicarla aquí sin contexto.

El tercer volumen guarda ecos del “jardín de los senderos que se bifurcan” de Borges. Otra vez una situación aparentemente absurda, con unos personajes que pueden haber llegado de las narraciones clásicas de terror. “La biblioteca secreta” es una pesadilla en la que no faltan libros de títulos larguísimos, un laberinto, una joven hermosa y un bibliotecario loco.

Tres lecturas angustiosas, narradas con una sencillez que enfatiza ese ambiente agobiante, ese temor a un desenlace fatal. El lector deambula por las páginas buscando asideros, y los encuentra en las imágenes, a toda página, que a la vez ilustran y distraen. Por su perfección, por su belleza, por la calidad con la que están reproducidas. Son al mismo tiempo acento y contrapunto.

Uno de los responsables de la editorial, Fernando Diego García, repasaba hace unos meses su trayectoria en una entrevista infinita que publicó Jot Down. “Entendemos cada libro como una obra única que nos obliga a una reflexión particular”, decía. Todo un lujo en el mundo de la edición, donde la cuenta de resultados se impone muchas veces. “Queremos construir un catálogo de obras valiosas, perdurables, libros que nos emocionen para poder emocionar con ellos a nuevas generaciones lectores”. No hay nada de postureo o de retórica en sus declaraciones. Un paseo por su web, o la suerte de encontrártelos en un stand como el del Saló del Còmic, confirman que van enriqueciendo ese catálogo a golpe de unas novedades que enseguida se convertirán en un fondo deseado por los lectores.

El libro de Murakami que tanto placer visual proporciona viene a corroborar lo que decía el responsable de la editorial: “hay un momento de contemplación y un momento de admirar la propuesta estética que encierra el libro; hay un momento de lectura y un momento en el cual la experiencia es integradora”.

Habrá que seguir buscando estas maravillas.

 

Anuncios

“El pálpito de la memoria”

Entre todas las historias tristes que se esconden en la tragedia de la guerra civil española, siempre me ha conmovido el asesinato de Ramón Acín, al que siguió de manera casi inmediata el de Concha Monrás, su mujer. Hace dos años, coincidiendo con el 80 aniversario de la ignominia, recopilamos aquí datos sobre su biografía y sobre la magnífica bibliografía que en los últimos años se ocupa de su abundante obra artística, inseparable de su activismo libertario, su faceta de articulista y la ejemplaridad de su vida. “Un hombre en el buen sentido de la palabra bueno”.

Cada dos o tres meses me doy un atracón de lectura del suplemento “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, que dirige Antón Castro. Mi madre los guarda semana a semana y cuando vuelvo a casa por vacaciones tengo una pila esperándome. Son ocho páginas trenzadas en torno a la amistad, con críticos y reseñistas que ofrecen una mirada muy particular al mundillo literario, con especial querencia por los autores aragoneses. José Luis Melero tiene un espacio donde vuelca un sinfín de pequeñas historias relacionadas con su pasión bibliófila que leo con verdadero deleite. Suele hablar de libros de amigos suyos y de autores pretéritos que, dada la familiaridad con la que habla de ellos, parece que sean también amiguetes con los que acaba de compartir mesa y mantel en Casa Emilio, aunque lleven muertos doscientos años.

Hace poco recuperé un texto del mes de febrero en el que hablaba de “La caja de música”, un librito de 44 páginas recién publicado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses, firmado por Víctor Juan, un tipo muy interesante que dirige el Museo Pedagógico de Aragón y que da clase en la Escuela Normal de Magisterio de Huesca.

letras_año_nuevo_cajamúsica

En esas mismas aulas ejerció su magisterio, y valga más que nunca la redundancia, Ramón Acín. Y de ahí salieron discípulos que hicieron más grande la figura del escultor ácrata, autor de unas famosas pajaritas de hojalata que son todo un símbolo de la ciudad de Huesca. Este librito de Víctor Juan empieza de la manera más prometedora: “Todos mereceríamos vivir una historia apasionante. Aunque sólo fuera una vez”. Y sigue de un modo absolutamente irresistible: “En estos tiempos en los que todo tiene que servir para algo, la historia a la que me refiero ha de ser necesariamente inútil -como son casi siempre inútiles las cosas que nos hacen felices- y valiosa en sí misma. Sin más”.

Lo que viene a continuación es una auténtica delicia. Que tiene que ver con la canción La última rosa del verano,. Es un homenaje a las personas buenas. Es una alabanza del magisterio. Es un canto a la amistad. Es un libro muy bien hecho, con unas fotos entrañables. Es un relato emocionante que recorre un siglo en un suspiro. Es una semblanza intensa de la vida de un hombre (y la mujer que siempre estuvo a su lado) que seguirá viviendo en muchas vidas, porque lo merece.

Parece mentira que en 44 páginas pueda caber tanta belleza.

 

Esto es un infierno

Los tesinandos (y también sus consortes) saben más o menos cuándo comienza la aventura pero ignoran por completo todo lo que se encontrarán durante semejante trayecto y no tienen ni idea de cuándo llegarán a puerto. Es una experiencia dura, un ejercicio de resistencia, la prueba de fuego de muchas carreras profesionales, de muchas parejas también.

Una tesis puede ser un infierno que con el tiempo se recuerda con una sonrisa (aunque sea helada) mientras se respira aliviado por haberla dejado atrás. El camino hacia el doctorado está empedrado de buenas intenciones, y los que lo han recorrido vuelven cambiados, por dentro y por fuera. Si hay un consuelo es que en todas partes cuecen habas y que lo que nos parecía propio de la universidad española tampoco es tan diferente en Francia, Alemania o Gran Bretaña.

maldita tesis

El cómic “Maldita tesis”, de la francesa Tiphaine Rivière, se ha ido traduciendo al castellano, el inglés o el alemán y provoca risotadas en cualquier lengua, porque las circunstancias que rodean a Jeanne Dargan cuando, a los veintisiete años, deja su trabajo como profesora de secundaria para investigar sobre Kafka no difieren demasiado en toda Europa. El director de tesis que desaparece y no contesta a los correos de su doctoranda; la burocracia universitaria que impide a la investigadora cobrar por su clases, en las que sustituye a un profesor titular; la falta de financiación para afrontar los gastos que generar vivir día a día, con la molesta manía de comer mientras se investiga; los comentarios condescendientes de los familiares, que ven que aquello no termina nunca; la dulce tentación de dejar para mañana el definitivo arranque de la redacción, después de haber procrastinado en los años de investigación…

Son situaciones que a todo el mundo le suenan y que Tiphaine Rivière explica con una dosis de mala leche y mucha gracia para desdramatizar, incluso riéndose de sí misma. La autora de inspira en sus propias vivencias, no en vano fue estudiante de doctorado y trabajo en los despachos de la universidad para ir obteniendo algunos ingresos. Lo fue consignando en un blog llamado Le bureau 14 de la Sorbonne, que acabó en esta novela gráfica tan hilarante. La publicó Grijalbo en 2016, con traducción de Carlos Mayor Ortega, y una de las fortalezas de sus páginas es el dinamismo de cada plana y la expresividad de sus dibujos.

comic tesis 1.png

Las vistas parisinas de enclaves parisinos míticos de las intelectualidad (la propia facultad de la Sorbona, las terrazas de los cafés, la Biblioteca Nacional…) se alternan con situaciones cotidianas, sueños oscuros que muestran el peculiar mundo kafkiano y muchos rostros que dejan ver todas las emociones humanas.

Los agobios de la autora, que desde su trabajo en las dependencias universitarias debió de ver a muchos colegas luchando por sobrevivir a esta época, hicieron que terminara su aventura de manera bien diferente a la de la protagonista de su cómic. En esta entrevista en Le Monde es curioso ver comentarios de los lectores que refuerzan el sentir general de las viñetas. En su página de Facebook son igualmente muchos quienes recuerdan que salieron triunfadores del envite.

Un entretenimiento catártico que se lee con una sonrisa casi permanente.

Oliver Twist en Bahía

Aquí tenemos devoción por Jorge Amado, parecida a la que sentían por Faulkner en el pueblo de Amanece que no es poco. Aún nos quedan historias suyas por leer, pero ya deben de ser pocas. Es literatura necesaria para ahuyentar momentos de tristeza. Algunos dirán que es frívola, menor, desmañada, mero entretenimiento. Y algo de razón tendrán. Pero contagia la alegría de vivir, disipa las nubes más oscuras, es un canto al deseo y los sentidos, divierte, hace reír y por unas horas nos traslada a alguna de esas ciudades brasileñas de Bahía, que nos llenan la casa de luz y todo empieza a oler a especias, a peces asados de nombres musicales, a cachaça y a sexo.

Alianza es la editorial de Jorge Amado en España y últimamente va reeditando sus novelas con unas cubiertas preciosas de Manuel Estrada. Hace poco ha salido, con la traducción que Basilio Losada hizo en 1995, una novela breve de título llamativo: “De cómo los turcos descubrieron América”. Lo mejor, más incluso que la historia que se narra, es el prólogo del autor, en el que explica que la novela surgió de un encargo que le hicieron desde Italia para celebrar en 1992 el famoso “Quinto Centenario” del descubrimiento de América. Un encargo conjunto a Norman Mailer, Carlos Fuentes y el propio Amado para que escribieran sendas novelas en inglés, español y portugués, que se deberían haber editado en un solo volumen con su traducción al italiano. El libro nunca vio la luz pero Amado hizo algo así como un “spin off” y desarrolló en esta historia un personaje  que venía de otra novela.

LB00405701_trucos descubrieron america

Esta narración menor, en tamaño y en alcance literario, lleva dos “co-títulos” que desvelan hasta el final de la historia, pero eso es lo de menos: “De cómo el árabe Jamil Bichara, desbravador de selvas, de visita en la ciudad de Itabuna para aliviar tristezas, ganó allí fortuna y casamiento”, es uno de los títulos alternativos. El otro es más sucinto: “Los esponsales de Adna”. Actualmente, algunas de las palabras puestas en boca de los personajes no aguantarían un embate en las redes sociales. Uno cualquiera de esos que cogen el rábano por la hojas diría que Amado es un machista recalcitrante por describir “la ley imperante”, por la que “a la esposa, el ciudadano la ha de tratar con miramientos, para tener hijos con ella, cumpliendo un deber sagrado; para fantasías, indecencias y porquerías, están las putas”. Hay otros pasajes que no pasarían el tamiz de lo políticamente correcto: “Adma, para curarse, precisaba de inmediato dos remedios: el rabo y una buena tunda, en dosis generosas”.

Lo ocurrido a dos inmigrantes (uno sirio, el otro, libanés; ambos “turcos” para el habla de la gente), llegados a Brasil en busca de fortuna, es el hilo conductor de esta historia con todos los componentes de la literatura de Amado, aunque sea en dosis homeopáticas.

De más enjundia es el otro novelón que ha publicado Alianza, “Teresa Batista, cansada de guerra”, sin editar desde 1983, y que apareció originalmente en 1973. Fue un éxito que superó incluso a novelas anteriores de Amado, como “Doña Flor y sus dos maridos” o “Gabriela, clavo y canela”. Según el colofón que puso el propio autor, le llevó de febrero a noviembre de 1972 montar esta historia que parece la traslación a Bahía de las desventuras (más que aventuras) londinenses de Oliver Twist. Organizada en cinco apartados, y más de 600 páginas, cada título de capítulo es un auténtico spoiler. “La muchacha que sangró al capitán con el cuchillo de cortar carne seca” o “La noche que Teresa Batista durmió con la muerte” son dos ejemplos de esos que no dejan dudas del final del trayecto pero que también invitan al lector a perderse por los vericuetos del recorrido.

LB00405901_teresa batista

La sensación durante la lectura puede ser de aturdimiento, con repeticiones que parecen más fruto del despiste que de una voluntad de estilo, con viajes al pasado quizá innecesarios, con un narrador que se inmiscuye en el relato para aleccionar: “no intenten decir que fue inocente, por favor, no digan que fue víctima de las circunstancias, no digan que fue engañada al tomar al capitán por un ser humano”.

Hay otros momentos en los que a Amado le puede la vena comprometida. Recurre a la cursiva, se sale del relato y explica, por ejemplo, la dureza cotidiana de la vida de las putas, helándonos la sonrisa que parecía provocar la huelga convocada por “las hermanas prostibularias”: “cuando una puta se desviste y se echa para recibir a un hombre y darle el supremo placer de la vida a cambio de una escasa paga, ¿sabe, ilustre combatiente de la justicia social, cuántos están comiendo de esa escasa paga? El propietario de la casa, el arrendatario, la celestina, el comisario, el gigoló, el poli, el gobierno. La puta no tiene quien la defienda, nadie se levanta por ella, los periódicos no dedican ni una columna a describir la miseria de los prostíbulos, es asunto prohibido”.

La narración es sobre la mala suerte de Teresa Batista, puteada desde la infancia por un déspota, tratada como una reina de manera efímera por un ricachón enamorado de su belleza sin igual, huelguista en una protesta sin sexo, desesperada mientras aguarda a un marinero sin hoja de ruta clara. Semejante folletín tiene todo lo que nos gusta de los libros de Amado: sabor, color, olor y buen humor. Casi al final hacen un cameo dos cantantes, Caetano y Gil. Sí, son ellos, hace 46 años ya estaban por ahí. Caetano Veloso y Gilberto Gil, toda una metáfora de lo que nos ofrece Amado: melodías quedas para explicar historias duras, mezcla racial y estampas bahianas.

El propio Amado ironizaba en el prólogo antes citado: “se trata de una demostración más de que soy un novelista limitado y repetitivo, de acuerdo con la opinión corriente y expresa de los nobles señores de la crítica nacional. Opinión manifestada y repetida, sólo la transcribo para mostrar mi acuerdo con ella”.

Nos importa poco. Esperaremos la próxima reedición de otra novela de Amado. Son de hace años, pero aún no las hemos leído todas.