Padre

A veces, cuando entro en un ascensor, veo en el espejo gestos de mi padre. Continuamente me sorprendo diciéndoles a mis hijos las mismas frases que me lanzaba él hace 30 o 40 años. No son necesariamente broncas, también recupero de lo más hondo de la memoria chascarrillos, frases hechas, “mazadas”, que decimos en Aragón, que igual puntean un cruce de opiniones que cierran con contundencia un argumento de andar por casa. “A ver si van a mandar más los mocos que las narices”. Añoro su sonrisa franca con la misma intensidad con que lamento no haber sabido despedirme de él. Se fue sin que le dijera lo importante que era para mí. No tuve valor, me pudo el pudor. Crecí convencido de que los sentimientos no se manifiestan en público, ni siquiera a solas en una habitación de hospital.

En los últimos meses empezó a crecer una bola en la prensa en torno a una novela de Alfaguara titulada “Ordesa”, de Manuel Vilas, un escritor del que tenía escasas referencias, pero todas buenas. El nombre de Ordesa evoca irremediablemente paisajes enormes, de una belleza inacabable. Cuando supe de qué iba el libro preferí alejarme de él, por el peso de la ausencia que sentía. Mi padre acababa de morir. Pero iba recortando las reseñas, como el que graba el tráiler de una película que no se atreve a ver.

“Desde las primeras páginas sabemos que nos vamos a sentir arrastrados por su amenidad, y sobre todo por su intensidad”, decía José Antonio Masoliver en el Culturas. “Es una elegía por la clase media-baja española”, anotó Agustín Sánchez Vidal en el Artes&Letras de Heraldo de Aragón. “Ordesa és un llibre de dol i una anàlisi materialista del duel”, apuntaba Javier Rodríguez Marcos en un suplemento especial de El País para el día de Sant Jordi. Y el propio Manuel Vilas, en un texto en un Babelia dedicado a “la literatura del yo” afirmaba que en “Ordesa” quiso “reflejar la belleza y la poesía que hubo en las vidas de la generación de hombres y mujeres nacidos en la década de los 30, la de mis padres”.

Los míos nacieron una década después pero casi pertenecen a la misma quinta y conocieron un paisaje y unas circunstancias calcadas a las de los padres de Vilas. Me siento muy reflejado en lo que dice a continuación: “sus vidas fueron buenas. Eso quise hacer yo en Ordesa, mostrar la impúdica poesía de los desfavorecidos de la historia de España”.

Una amiga, después de reiterarme que lo iba a pasar mal leyendo el libro, me dejó su ejemplar. Y tenía razón, lo pasé mal. Porque aparecía el mismo hospital en el que murió mi padre, hablaba de ciudades y lugares por los que he transitado y evocaba situaciones que coincidían exactamente con otras vividas por mí. Lo pasé mal pero me sentí reconfortado por ese texto impúdico, escrito por alguien valiente que, como ha dicho Juan Tallón, se atrevía a poner toda la mierda encima de la mesa y escribir acerca de ella. Quiero volver a leerlo pero me atenaza otra vez el miedo a experimentar la desazón de revisitar el hospital San Jorge de Huesca. No recuerdo con exactitud la historia que se explica (quizá porque la interioricé enseguida y la mezclé con experiencias propias) pero sí tengo presente la intensidad del relato, el dolor por la situación que vivía España hace pocos años, con tantas burbujas estallando y mostrando la miseria oculta tras la tramoya.

Me conmueve la tristeza que experimenta Vilas al explicar la incomunicación creciente con sus hijos, que como le hacía él a su madre apenas le cogen el teléfono. Igual que esa sensación de fracaso del narrador, con un divorcio a cuestas, problemas de alcoholismo y un trabajo que le hastía, como profesor de instituto.

ordesa

Acaricio la cubierta, tan atractiva con ese color amarillo, y recuerdo que en las primeras páginas explicaba con dulzura no exenta de dolor que “el estado de mi alma era un vago recuerdo de algo que ocurrió en un lugar del norte de España llamado Ordesa, un lugar lleno de montañas, y era un recuerdo amarillo”. El epílogo de este libro incandescente reúne un puñado de poemas. Es la apoteosis. En el último, en el que habla de su madre (la otra gran protagonista de la historia) hiere por su intensidad. “Todo lo recuerdo, y todo lo recordaré”.

Y uno cierra el libro casi sin aliento.

Anuncios

Desmadre a la americana

Son muchas páginas (más de 600) que en algún momento pueden antojarse demasiadas. Como un sendero por un bosque lleno de broza que a veces molesta al caminar pero que en otras ocasiones permite distraerse mirando detalles en las revueltas de ese trazado sinuoso. Todo un  catálogo de señuelos que no deben desviarnos del tema central de la novela: el duelo, la evocación de la persona prematuramente desaparecida.

“La extraordinària família Telemacus”, de Daryl Gregory, (que he leído en la edición en catalán de La Campana y que ha publicado en castellano Blackie Books) parte de un argumento que nos puede sonar de un cómic (los Watchmen de Alan Moore) y hasta de una película de animación infantil (Los increíbles). Una familia con superpoderes, o con habilidades inexplicables, ha dejado de ejercitarlos y sobrelleva como puede una existencia “normal”: haciendo arreglos en casa, disfrutando de la jubilación, ligando por internet, trabajando en un supermercado o intentando que no se hunda una empresa de instalaciones eléctricas. Sobre esta familia tronada, que vive situaciones muy divertidas, planea la sombra de una muerte, la de la madre, Maureen (Mo). Demasiado joven, tras una rápida enfermedad y después de un episodio bochornoso en el programa más visto de la TV estadounidense, del que se van deslizando detalles a medida que avanza la narración.

telemacus-web-401x609.jpg

Maureen dejó un viudo (Teddy) y tres hijos: Buddy, Frankie e Irene, la mayor, que tuvo que ejercer de madre con sus hermanos pequeños y que en 1995 (cuando transcurre la historia) ya tiene un hijo, Matty, que es fundamental en el desarrollo de la trama. En la edición en catalán, traducida por Imma Falcó, los editores han tenido la buena idea de colocar un tarjetón en el que describen brevemente tanto a los seis miembros de la familia como a la quincena de secundarios que van apareciendo. Es un como un lazarillo para los momentos más caóticos, que los hay.

La trama acontece en pocos meses de 1995, de junio a octubre. Los capítulos parecen secuencias de una película, que van poniendo el foco de manera sucesiva en cada uno de los personajes, mientras el resto de los familiares hacen de las suyas. El recuerdo del pasado, la desaparición de Maureen, el fatídico momento en el que fueron al programa del “increíble Archibald”, los trabajos para la CIA en plena “guerra fría” van salpicando el relato del presente. Hay un recurso epistolar que es uno de los hallazgos deliciosos de esta novela, basado en esos superpoderes, del que no se puede explicar mucho para no estropear la magia de esta historia embrollada en la que todo tiene sentido al final, aunque pueda parecer inverosímil.

Vuelve a repetirse aquello tan repetido de “Anna Karénina” de que todas las familias felices se parecen y las infelices lo son cada una a su manera. En un conjunto tan desestructurado como los Telemacus, los antiguos superpoderes parecen por momentos simples trastornos mentales. Lo que en el pasado parecían retos para pasmar a públicos boquiabiertos se han convertido en excusas para hacer saltar la banca de un casino flotante o en tretas para desvalijar a un mafioso. Y el humor se va abriendo paso cuando el lector descubre de qué manera tan original consigue Matty, el más joven de la saga, poner en marcha su fuerza oculta, la de salir de su cuerpo.

Lo que habíamos sabido hasta entonces (con un mago tramposo, una vidente excepcional, una chica capaz de detectar quién miente, un joven que puede mover cosas con la mente y otro que también anticipa el futuro) se va liando hasta dejar epatado al lector.

Y entonces resulta que todo cuadra. Un desmadre.

¿Para qué sirve Manolo García?

Con quince años recién cumplidos empecé a trabajar de camarero en verano, con la vista puesta en sacar dinero para marchar algún día a la universidad. Era el benjamín de la plantilla. A casi todos los compañeros les gustaba poner música para acompañar tantas y tantas horas de barra. El que llegaba primero tenía el privilegio de elegir los dos casetes que entraban en la doble pletina del bar, y se aseguraba (con el auto-reverse) un par de horas (y hasta tres, si la cinta era de 90’) de sus canciones favoritas. Uno de los más madrugadores solía poner un directo de The Kinks. Gracias a otro camarero descubrí al Boss, que por entonces defendía Born in the USA. Teníamos un colega muy vago que, en cambio, tenía buen gusto musical y traía a Bowie, Fleetwood Mac o Camarón. Y a prácticamente todos nos entusiasmaba una cinta que empezamos a copiarnos unos a otros en la que había canciones como “Dulces sueños”, “Querida Milagros” o “Son cuatro días”. Sólo había un disidente entre aquellos compañeros de trabajo y de juerga. Por las noches, ya sin clientes, cuando las poníamos a todo trapo mientras recogíamos a toda velocidad, no faltaba su comentario:

-Ya estamos otra vez con las gitanerías

El Último de la Fila se instaló en nuestras vidas y aquel sentimiento de complicidad con un grupo que entonces era poco conocido, proponía un sonido tan peculiar y tenía letras tan extrañas se fue extendiendo como una mancha de aceite hasta conectar con miles, centenares, millones de personas que abrazaron encantadas esa música “arábigo-épico-aflamencada”.

Esta particular definición es de Luis García Gil y aparece en un texto de Cuaderno Efe Eme dedicado a Manolo García, y por extensión a los grupos Los Rápidos, Los Burros y El Último de la Fila, en los que tuvo el protagonismo al 50% con Quimi Portet. Son 224 páginas con cientos de fotos, maquetadas con el buen gusto que tienen los demás volúmenes de esta colección. Hay textos de los colaboradores habituales (Diego A. Manrique, Jesús Ordovás, César Prieto, Eduardo Tébar…), una introducción del director, Juan Puchades y una entrevista enorme de Arancha Moreno: más de 40 páginas que deben de resumir las más de cuatro horas de charla. Hay también aportaciones de Bunbury y Miguel Ríos así como los análisis de todos los discos de los grupos por los que pasó Manolo García, así como los de su trayectoria en solitario. Hay todo tipo de fotos (algunas verdaderas rarezas) y muchas imágenes firmadas por Xavier Mercadé a lo largo de estas décadas de música en directo.

cuadernos-efe-eme-manolo-garcia-04-07-18

Porque Manolo García y Quimi Portet se hicieron fuertes en los conciertos. Sus discos los agotábamos en pocos días, nada más salir. Los LPs los escuchábamos sin parar, vuelta y vuelta. Igual que los casetes, que cambiaban de cara automáticamente y no movíamos un dedo por sustituirlas. En sus conciertos se les veía entregados, sin mirar el reloj. Yo pude verlos teloneando a Tina Turner, cuando eran el grupo más famoso del momento; en plazas de toros, en pabellones de baloncesto, en la calle, en ciudades grandes y en capitales de provincia. Y me quedé con las ganas de verlos en el Camp Nou, en el famoso concierto de Amnistía Internacional. Me perdí uno de sus conciertos en Zaragoza porque estaba estudiando para la selectividad. Y todavía lamento no haberme escapado con mis amigos aquel día, cuando estuvieron en primera fila y así salieron en una foto de la portada del periódico del día siguiente.

Las canciones de El Último de la Fila son una de esas cosas que asocio a una de las épocas más felices de mi vida, cuando todo parecía posible y no faltaba nadie a mi alrededor. Los peculiares diseños de sus discos, las letras surrealistas de algunas canciones, ese sonido moruno logrado por unos tipos que eran catalanes, el paulatino éxito que fueron logrando mientras nosotros les acompañábamos en su ascenso… De todo esto me he acordado mientras pasaba sin descanso las páginas de este libro publicado por Efe Eme. No hubiera podido imaginar hace 30 años que iba a descubrir tan completo volumen en un largo viaje en tren por el centro de Europa. Se producía la paradoja de estar leyendo sobre unos discos como “Enemigos de lo ajeno” o “Como la cabeza al sombrero” mientras veía por los ventanales del vagón las siluetas de los Alpes o los pináculos de las iglesias, en medio de unos campos inacabables con todos los matices del verde. Una música que triunfó rotundamente en la península pero que apenas trascendió un poco a Italia y algo a América Latina. Aquí se explica que algunas canciones se tradujeron al italiano con la ayuda de Franco Battiato y que si el triunfo más allá del Atlántico no se consolidó fue debido al deseo de Manolo y Quimi de seguir disfrutando de la música, sin convertirse en meros esclavos de la industria.

Leía en plenas vacaciones sobre unas canciones que empecé a descubrir justo 33 años antes, cuando el verano era sinónimo de muchas horas despierto, a un lado u otro de la barra de un bar, de muchos bares. Esa “gitanería” que decía mi compañero de fatigas fue creciendo, proporcionando álbumes inolvidables (“Pequeño catálogo de seres y estares”, “Astronomía razonable”) y dejó himnos que todos hemos canturreado (“Cuando el mar te tenga”, “Como un burro amarrado a la puerta del baile”, “Canta por mí”, “Mar antiguo”). Algunas canciones “menores”, de los años prehistóricos de Los Rápidos o Los Burros, como “Disneylandia”, “Huesos” o “Portugal”, iban apareciendo en mi recuerdo, mientras el libro revelaba claves para entender cómo surgieron, con quién se fueron asociando los dos músicos (desde que Sergio Makaroff los localizara intentando formar con ellos una banda que pronto emprendió el vuelo en solitario).

La cercanía de Manolo García, esa campechanía que parece alejada de toda impostura, el origen humilde, el carácter autodidacta, la sintonía con Quimi Portet, la veneración que parece sentir la crítica ya no sólo por él sino por toda su trayectoria están presentes casi en cada uno de los textos que componen esta discobiografía. Hay un par de menciones negativas: una de Mingus B. Formentor en La Vanguardia sobre la reiterativa propuesta en solitario de Manolo García respecto a sus años de El Último y esta de Víctor Lenore en El Confidencial a propósito precisamente de su último trabajo. El resto los textos están elaborados desde la admiración e incluso la pasión. Y como la gran mayoría de los lectores llegarán a estas páginas en busca de esta sintonía, la lectura será gozosa.

Cuando El Último de la Fila anunció su disolución hubo un crítico que dijo que las malas noticias nunca vienen solas, para añadir socarrón que encima se anunciaba la vuelta de Mecano. No recuerdo que llegara a producirse, pero Manolo y Quimi tomaron caminos separados. El primero sonó desde su primer disco algo así como la continuación de El Último por otros medios. Tuvo verdaderos bombazos (“Pájaros de barro”, “Nunca el tiempo es perdido”, “A San Fernando, un ratito a pie y otro caminado”). Quimi Portet ha ido publicando discos en catalán que muestran de dónde venía la vena surrealista y gamberra en los años de pareja de hecho de Manolo. Una propuesta, la de Quimi, más arriesgada y muy interesante, aunque no la haya comprado el gran público.

El volumen de Efe Eme disecciona los discos de Manolo García, sus viajes a Brasil, Grecia o Nueva York en busca de músicos que le dieran otro sonido, que abrieran la paleta de colores de su música- Se habla mucho de su faceta pictórica, no en vano el diseño de todos sus discos tiene mucho de Manolo. Se buscan las raíces de su música (de la Creedence a Serrat, de Triana a Khaled, de Los Chichos a Bowie), y aparecen muchas pequeñas historias que nos hacen sentir muy bien, porque nos vemos reflejados en la música de alguien que se puede parecer a nosotros.

Para los que dejamos a Manolo García que siguiera su recorrido sin nosotros, para no estropear el recuerdo maravilloso de sus años con Quimi Portet, para los que le acompañamos aullando en sus conciertos durante años, quizá ha llegado el momento de volver a saborear esos trabajos en solitario. Parecen repletos de esa honestidad que le ha caracterizado, y en cada disco dicen que sigue habiendo un puñado de canciones de nivel.

Estoy viajando en un tren que está punto de cruzar la frontera por Perpinyà. Y ya tengo ganas de llegar a casa para recuperar algunos de esos discos raros que tenía medio olvidados. “¿Para qué sirve una hormiga?” decía la cara B de un single presentado en una caja de pequeño formato, con diseños casi extravagantes. Pues también estos discos salen en este libro de Efe Eme. Se habla de ellos.

Imprescindible. Una gozada.