A vueltas con la figura del padre

Casualidad o no, en casi todos los libros que he leído en los últimos meses la figura del padre tenía un protagonismo central. Hace poco hablábamos de Ordesa, el libro de Manuel Vilas, y solo unas semanas antes lo hacíamos de El Barri de la Plata, de Julià Guillamon. Llevo muchos días dándole vueltas a una novela del año pasado, Tierra de campos, de David Trueba, que sigue fiel a Anagrama. Es muy completa, con esa habilidad del autor para explicarnos una película con palabras: empieza como una road movie mesetaria, se convierte en una especie de festín berlanguiano, tiene algo de documental musical del Madrid pos-movida y, por encima de todo, es una especie de homenaje velado a la figura paterna.

tierra de campos

Todo comienza cuando Dani Mosca, el narrador, comienza a explicarnos que va al pueblo de nacimiento de su padre, para enterrarlo. Viaja desde Madrid hacia el norte, a la Tierra de Campos del título. El trayecto lo hace en un coche fúnebre, con el ataúd de su progenitor en a su espalda, y con un chofer dicharachero, ecuatoriano, que pone el contrapunto de perplejidad a lo que para Dani Mosca ha sido cotidiano durante muchos años de su vida: hacer canciones, cantarlas, emborracharse, follar, disfrutar de esa condición tan peculiar como es la de ser famoso, vivir la noche y construirse una biografía a base de combatir las recomendaciones que le hacía precisamente el hombre que yace cadáver en la parte trasera del coche.

Recorren los “campos” del título mientras Dani viaja a su infancia, cuando veraneaba en el pueblo de su padre. Sobre estos parajes escribía hace poco Primitivo Carbajo, en un original número de Tinta Libre dedicado a una especie de turismo alternativo. Titulaba su texto “Más iglesias que escuelas, más historia que vida” y enseguida me venían a la cabeza fragmentos de la novela al evocar esos pueblos que se llenan de actividad en verano, cuando vuelven de la capital todos los descendientes del pueblo que marcharon para prosperar. Y que llegado septiembre vuelven a dejar a los abuelos en sus casas de muchas habitaciones y muy grandes, luchando contra la soledad, en silencio, sin apenas niños por las calles, esperando que pasen rápidos los meses hasta las próximas vacaciones.

David Trueba muestra su vena más mordaz en los capítulos que abordan la presencia de Dani Mosca en el pueblo, donde lo convierten en pregonero de las fiestas, se encuentra con algunas de las fantasías ardorosas de su adolescencia para acabar entendiendo que no hay escapatoria y que tiene que ser el famoso que se puede permitir el pueblo, aunque sea como homenaje postrero a su padre, que nunca entendió que el hijo pudiera ganarse la vida haciendo canciones.

Esos años de músico, con el ascenso profesional y las dudas personales que jalonaron toda su carrera, tienen mucho de película de Trueba. Recuerdan “Los peores años de nuestra vida” y fragmentos de otras de sus obras, donde despliega esa habilidad para recrear diálogos ingeniosos y escenas protagonizadas por pagafantas y otros perdedores cotidianos. En una novela que va transitando por paisajes tan distintos, con viajes atrás en el tiempo y poniendo el foco ora en el padre, ora en el hijo, ora en los personajes que acaban de definirlos, tiene mucho de película coral, de crónica de unos años vistos con el ojo desprejuiciado de Dani Mosca. “Los padres son un material literario de primera”, titulaba hace poco Jordi Nopca un texto en el suplemento literario del diario Ara.

Esta novela, divertida a ratos, de esas que te congelan a veces la sonrisa, es una muestra (más) de esa condición literaria de la figura paterna. Pronto hablaremos aquí de ejemplos bien distintos en los que padres se apropian del protagonismo de otras historias, para desgracia de sus hijos, que intentan no ahogarse.

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El diario de un reportero

El amigo que me descubrió a “la dama de las abejas” me pasó este verano un libro de una editorial que desconocía: Stella Maris. En una primera búsqueda en Google, el teclado predictivo enseguida asocia el nombre de la editorial con su cierre. La web que aparece en la contraportada del libro ya no existe y la página de Facebook hace muchos meses que no se actualiza. Parece que dejó colgados a muchos autores, que veían sus libros a precios de saldo y nadie les daba ni un euro por los derechos de autor. Hubo concurso de acreedores y la empresa bajó la persiana.

El libro que acabo de leer de Stella Maris es un diario íntimo de Manuel Leguineche, que arranca el 14 de octubre de 1986, su primera noche en El Tejar de la Mata, una casa en La Alcarria, en la provincia de Guadalajara, donde se instaló hasta su muerte, en 2014. Allí regresaba después de sus muchos viajes por medio mundo ejerciendo de reportero, maestro de una manera de hacer periodismo. “La felicidad en la tierra” (2015) se titula esta colección de 23 capítulos, que abarcan varios años y que, aunque no estén explícitamente datados, se pueden deducir algunas fechas por los hechos que se mencionan: el cincuenta cumpleaños del propio diarista, nacido en 1941; la guerra del Golfo, unos meses más tarde; el medio siglo de Serrat, en 1993… Hay otra edición de Alfaguara, que lo había publicado 15 años atrás.

la falicidad de la tierra

Leguineche siempre cultivó un estilo basado en una escritura sin demasiados adornos, con un léxico preciso y referencias exactas que ayudaran a contextualizar. Muy documentado, le gustaba salpicar sus crónicas con declaraciones de personas de a pie, alejadas de los círculos de poder. Nos explicaba las guerras con los pies en el suelo, sin “empotrarse” en los ejércitos, preguntando por las calles. Este diario responde plenamente a este estilo. Unas veces cede la palabra a las personas que trabajan en su casa, que recuerdan su infancia en la guerra civil, por ejemplo. En otras ocasiones recopila léxico especializado, giros locales, palabras para designar útiles de labranza, plantas o animales de la zona. Explica sus día a día en el pueblo, las comilonas con los amigos y, por supuesto, sus gloriosas partidas de mus.

Le van visitando amigos a los que llama escuetamente por sus nombres (Camilo, Arturo o Javier), a los que por sus apellidos conoceréis: Cela, Pérez Reverte o, sencillamente, Reverte (el Javier al que dedica el libro). A menudo cita sus idas y venidas: “acabo de volver de Afganistán”, “me voy a Iraq”, “vengo de Moscú” y parece feliz cuando recupera la calma alcarreña, al explicar cómo ha extrañado el canto del cuco o al relatar que los cuervos se comportan igual en cualquier zona del mundo, lluevan o no las bombas a su lado. Hay también recuerdos de su infancia vasca, cerca de Gernika, de los platos que cocinaba su madre. De sus años de estudiante en Tudela. Y continuamente cita versos, copia estrofas enteras, menciona a muchos poetas. Rememora sus inicios en el mundo del periodismo, con Miguel Delibes como mentor.

Hace años leí mucho a Leguineche. Recuerdo con cariño un libro titulado “El precio del paraíso”, en el que relataba la odisea de Antonio García Barón, un chaval de Monzón que con 14 años se alistó en la Columna Durruti, acabó cayendo en Mauthausen y salió vivo. Acabó en la selva amazónica de Bolivia, contratado durante un tiempo por el gobierno para contar rayos. Ese libro, publicado a mediados de los 90 y recientemente reeditado, también sale mencionado de pasado en este diario, tan ameno, tan útil para conocer un poco más a ese reportero que parecía muy tímido tras su franca sonrisa y esos bigotones de las fotos más antiguas.

Leguineche murió en 2014 aunque los achaques de salud hacía un tiempo que le habían alejado de la actividad profesional y de la vida pública. Su aspecto físico era muy distinto e incluso en la cubierta de  libro de Stella Maris cuesta al principio relacionarlo con esa imagen que cultivábamos de él. Hubo necrológicas muy sentidas, hechas por colegas que le admiraban. Todo el mundo tenía alguna historia que contar, que añadían matices al retrato de la persona (y del personaje). Una de mis preferidas la explicó Manuel Segura en su blog, casi al final del texto.

Este diario se lee con fruición, aunque a veces la composición de la página no facilite precisamente la lectura. Se echa en falta una revisión ortotipográfica porque hay centenares de palabras cortadas por la mitad, sin ningún sentido, en medio de una línea. Una auténtica chapuza que molesta y despista. Aunque no hay a quien protestar, porque la editorial ya no existe. Sus libros se venden casi a peso, en librerías especializadas en este tipo de productos rebajados.

Será la única manera de hacerse con este diario sin apenas fechas pero repleto de sabiduría y humanidad.