Recuerdo de Pétillon

“René Pétillon ha muerto. Mierda.” Sucinto, expresivo, se manifestaba Yan Lindingre, redactor jefe de la revista Fluide glacial. Lo anunció en Facebook el último domingo de septiembre y la noticia enseguida corrió por los medios, que empezaron a sacar necrológicas más o menos elaboradas. El diario Libération le dedicó una semblanza larga y documentada, en la que quedaba clara su admiración por este dibujante indisolublemente asociado a su personaje más famoso: Jack Palmer.

Este detective zarraspastroso, divertido por sus patochadas, encantador en tanto que inasequible al desaliento, era un fijo en las listas de cómics que había que leer alguna vez en la vida. Gracias a esa paradójica fama efímera que proporciona morirse, durante unos días se habló mucho de Pétillon (y de Palmer) y me esmeré por fin en conseguir un par de cómics, con los que paliar esa carencia que tenía, y que nunca acababa de restañar.

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“El caso del velo”, publicado por Norma en 2006, es el penúltimo affaire que protagonizó Jack Palmer, al recibir el encargo de una dentista para localizar a su hija, que había abrazado la fe islámica y no quería saber nada del decadente mundo occidental, repleto de señuelos y tentaciones. Palmer investiga sobre el terreno y su autor se permite dibujar unas escenas hilarantes, donde la cara de estupefacción de su detective podría ser perfectamente la del propio Pétillon, cuando se tropieza con unos musulmanes que parecen encantados de ejercer su propia caricatura, igual que los matones de Los Sopranos imitan a los mafiosos de “El Padrino” o “Uno de los nuestros”. La faceta de Pétillon como periodista gráfico en Le Canard Enchaîné se puede apreciar de manera descarnada en algunas viñetas , como el pasaje en el que un par de chupatintas de la ENA viene con el propósito de ejercer de mediadores en un conflicto entre musulmanes, con una facción fundamentalista que ocupa una mezquita de barrio en París. El propio final de la historia tiene mucho que ver con esta realidad chapucera, donde las miserias cotidianas arruinan cualquier pretensión de choque ideológico de altos vuelos.

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Mucho más terrenal es “Triunfo en Hollywood y otros relatos”, la trilogía que Pétillon “guionizó” para que la dibujara Jean-Marc Rochette, protagonizada por un par de majaretas que reivindican ante la monarquía británica la soberanía de las islas de Jersey y Guernesey. El que se considera legítimo propietario de una serie de derechos sobre estos ínfimos territorios es Louis de Vétilleux, merced a unos títulos que logró en el siglo XII un antepasado suyo. Le acompaña en sus viajes por el mundo un colega armado con un diccionario enciclopédico, herramienta que le proporciona ideas inmediatas para sus delirios de grandeza. Se llama Dico y lleva siempre en la mano un ejemplar de “Le Petit Robert”, con el que puede ser sucesivamente (y en pocas páginas) Guillermo el Conquistador, Henry Kissinger, Margaret Thatcher o John Lennon.

Las publicó en un solo volumen Planeta deAgostini en 2008. Las tres historias son desopilantes. Y guionista y dibujante van jugando con todos los tópicos, exagerando las gamberradas: los ingleses como estirados, los franceses come-ranas, los frívolos americanos de Hollywood y los ávidos de dinero en Wall Street, el productor plenipotenciario de la Meca del cine y la abuelita irlandesa que sueña con devolver el a los ingleses el revés que sufrieron sus antepasados. Hay gran cantidad de detalles, a veces muy sutiles, que enriquecen una historia protagonizada por un par de cantamañanas deliciosos (como lo es Jack Palmer) que revientan todos los tópicos y, precisamente por eso, hacen partícipes a los lectores y les animan a seguir página a página.

En pos de la siguiente animalada. Qué juerga

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Envidia

Es lo que he sentido al ir pasando las páginas del libro que me ha entretenido los últimos diez días. Auténtica envidia. Una investigación muy bien presentada, minuciosamente documentada, ilustrada con profusión, resultado de innumerables pesquisas y hallazgos que han debido de procurar muchas alegrías a su autor, Julià Guillamon.

La obra en cuestión cayó en mis manos como regalo de Sant Jordi, consecuencia involuntaria de un paseo por el Poblenou que ya relatamos aquí. Es un estuche de la editorial Comanegra, que contiene la versión facsímil de una novela de los años 30, titulada “Història de una noia i vint braçalets”, de un centenar de páginas, que va acompañada de un estudio del citado Guillamon, que se titula “L’enigma Arquimbau” y lleva un sugerente subtítulo: “Sexe, feminisme i literatura a l’era del flirt”.

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Si la novela de Rosa Maria Arquimbau fue editada por la Llibreria Catalonia en 1934, el estudio que se ocupa de ella se publicó 81 años después. La primera, sin contextualizar, se lee en un rato. La investigación lleva unas cuantas horas más y, además de arrojar luz sobre una novela menor que hoy quizá se despacharía como chick-lit, pone los dientes muy largos a cualquier lector que alguna vez haya disfrutado del placer de dedicar horas y horas a documentarse sobre un tema.

Creo que en ningún momento alude Guillamon a los años que haya necesitado para investigar la época que analiza. Que en realidad es todo el siglo XX y establece nexos entre numerosas personalidades de las letras catalanas desde finales del XIX hasta la recuperación de la democracia. Esa faceta investigadora del autor se puede apreciar en el reciente “El Barri de la Plata”, en trabajos anteriores (La ciutat interrompuda) y en las diversas exposiciones que ha comisariado. Ese músculo documentalista se aprecia no solo en los abundantes testimonios gráficos que jalonan todo el libro (hay cientos de fotografías) sino también en las conexiones que va trenzando entre personas, obras, acontecimientos más o menos conocidos y pequeñas historias familiares, hasta conformar un mosaico que trasciende el objetivo primero del análisis para mostrar una época, una sociedad y un panorama literario que poco tiene que ver con los grandes nombres del presente y hasta del pasado reciente.

La novela de Rosa Maria Arquimbau que origina semejantes pesquisas se ocupa de una “noia” de provincias que se establece en Barcelona para aprender peluquería. Se dedica en realidad a coleccionar amantes, que son los que proporcionan los “veinte brazaletes” del título. El tono desenvuelto con el que va explicando esa sucesión de conquistas es uno de los puntos más llamativos de esta novela corta y jugosa, que gracias al trabajo de Guillamon se puede entender como una novela en clave, ver en ella conexiones con personas reales (algunas conocidas) y mostrar los muchos cambios que experimentó este país en los años 30. Esa libertad en las formas, esa liberación de los roles, esa huida de la hipocresía aparecen como trasfondo de una historia quizá poco elaborada, con un final un tanto convencional, pero que iba rompiendo amarras con lo que entonces debía de ser la literatura escrita por mujeres.

Leída la novela, llega el momento para el segundo volumen del estuche, ilustrado en su cubierta con una bella fotografía de “l’Arquimbau”. Hay muchas más en el interior, que la muestran en su plenitud física, en una estancia en una casa de reposo, sola, acompañada, con bastantes más años encima, en Barcelona, en el exilio parisino, en su intento de llegar a México vía Orán (como tantos derrotados en la guerra), con algunas de sus parejas, con su marido, de nuevo sola…

Todas estas fotos ilustran un texto detallista que viene y va, sin perder nunca el hilo. Relata el periodismo de los inicios del siglo, explica anécdotas de Josep Tarradellas y su mujer Antònia Macià, amigos de Rosa Maria; se detiene en la relación de ésta con Josep Maria de Segarra (cuya “Vida privada” pudo servir de inspiración a la novela de la “noia”), explica las miserias de la posguerra, llega hasta los años de la transición y, en definitiva, reivindica la figura de una escritora cuyo nombre ha quedado sepultado por otras autoras mucho más poderosas: Mercè Rodoreda, con la que no congenió; Maria Aurèlia Capmany, Montserrat Roig…).

La envidia que provoca ver un libro tan bien editado, con detalles como el uso de una segunda tinta para las citas, el diseño de unas elegantes guardas o la maquetación precisa de tantas imágenes, se acrecienta (esa envidia) al entrever las satisfacciones que debió de proporcionar a Guillamon empezar a atar cabos y conectar a tantos personajes. Sus análisis pormenorizado, con un discurso muy ameno, convierten lo que parecía ser un estudio para especialistas en literatura femenina catalana del primer tercio del siglo XX en un extenso reportaje muy recomendable para cualquier persona interesada en saber qué cuece tras una historia. Y qué historia.

La hija de Mladic

“Cuando otros eran felices pero yo morí”. Es el epitafio en la tumba de una joven en un cementerio bogomil. A Danilo Papo y su padre, Vlado, les gusta localizar los camposantos de sus ancestros siguiendo un mapa arqueológico que los lleva por diversas localidades bosnias. Los bogomiles fueron una secta herética que desde Bulgaria se extendió por media Europa a partir del siglo X, hasta llegar al sur de Francia, cuyas historias de cátaros siguen dando argumento a novelas superventas en cualquier lengua. Fueron perseguidos por el Papa y dicen las páginas de color rosa de El Pequeño Larousse (consagradas a refranes y frases célebres) que en esta coyuntura se pronunciaron unas palabras que siempre me han impresionado: “Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos”. Las soltó un arzobispo católico francés ante la imposibilidad de salvar la vida de sus siervos, en el sitio de Bèziers, donde parece que se mezclaban justos y pecadores.

Esta frase, tan imponente, como el epitafio del principio, están separados por un par de páginas en una novela de casi 500. Justo en la mitad del relato, cuando se descubre quién está contando la historia. Es el mencionado  Danilo Papo, hijo de serbia y judío, nieto de musulmana y croata, un bosnio que se considera “el último de los bogomil”, que explica desde muy cerca parte de la vida de Ana Mladic, hija de Ratko, el héroe serbio que intentó aniquilar a los bosnios (casi lo consigue) y que se hizo tristemente célebre en el sitio de Sarajevo. La hija del Este se titula esta novela de Clara Usón, que fue premio de la Crítica en 2012, pocos meses después de ser publicada por Seix Barral. Una inteligente combinación de ficción y hechos históricos, prolijamente documentados, como otras de la misma autora que hemos comentado aquí.

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Ana Mladic volvió cambiada de un viaje a Moscú con sus amigos, en una época en la que no era fácil salir de Serbia por las restricciones que Occidente había puesto a sus habitantes como consecuencia de las sucesivas guerras en los Balcanes. En la capital rusa se resquebraja la campana de cristal que protegía el día a día de Ana como estudiante brillante de la carrera de Medicina. Quiere terminar los estudios cuanto antes para ejercer en el frente, curando a los soldados que obedecen las órdenes de su padre, un hombre afectuoso que idolatra a su familia y venera especialmente a esa hija modélica. En Moscú, Ana tiene que enfrentarse a sus contradicciones, negar la evidencia y, lo que es peor, descubre que la camadería que comparte  con sus colegas de viaje es fruto del temor a las represalias que pueda emprender el padre Ratko, más que de los años de confidencias compartidas con esos amigos.

El viaje a Moscú es el desencadenante de un relato que en otras circunstancias sería sencillamente la historia de una relación paternofilial truncada por una conjunción de factores como los que se dan en tantas familias. La ficción viene precedida de un breve proemio de tres páginas donde se sugiere al lector mirar un par de vídeos en Youtube. Se atisba lo que puede ocurrir más adelante.

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A partir de entonces la historia de Ana se va combinando con una “galería de héroes” que arranca con el príncipe Lazar, el mismo que regó Kosovo con sangre serbia en el siglo XIV. Comparte protagonismo con Milosevic, Karadzic y el padre de Ana, Mladic. Esta alternancia de ficción y documentación va arrojando luz sobre el día a día de ella, matizando ese amor paternal y esa admiración de la hija hacia el héroe serbio, que vuelve los fines de semana absolutamente derrengado a causa del trabajo. Y mientras saborea una merienda con su familia echa pestes de los políticos y lamenta no haber podido ser más expeditivo en su encargo de limpiar Sarajevo de bosnios musulmanes.

La fina ligazón de historias, puntos de vista narrativos, voces opuestas e informaciones documentales es el gran atractivo de una novela que muchos lectores podrán ver también como un estudio histórico. Una obra muy sutil en la que de repente suena una detonación que amortigua los bombazos y morteros que hasta entonces estaban arrasando tantos poblados bosnios, incluida la atroz matanza de Srebenica. “Los Balcanes producen más historia de las que pueden deglutir”, dijo Churchill. Y así está recogido en el relato, cuando precisamente se intenta explicar las dudas que durante años generó en la comunidad internacional una intervención en la guerra balcánica. Esta contemporización de las democracias occidentales provocó decenas de miles de muertos y el estallido de una federación de países que se habían ido mezclando a pesar de esa Historia indigerible.

El trágico destino de Ana Mladic, alimentado por políticos y militares como su amado padre, se iba fraguando mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor y sus amigos temían decírselo. Esta enrevesada realidad la evoca con maestría Clara Usón mediante una historia de ficción.

Chukry, a secas

Hay nombres que asoman a nuestras vidas de manera guadianesca y su persistencia en nuestra memoria se debe precisamente a ese continuo ir y venir, a ese permanente juego del escondite. Leí muchos textos de Juan Goytisolo y, como era un tipo perseverante en sus filias y en sus fobias, hablaba de manera recurrente de Mohamed Chukri, un escritor del que iba recomendando títulos que se me olvidaban poco después de leerlos. En El País de su buena época me gustaba leer a Javier Valenzuela, en sus diferentes destinos como corresponsal, y también había hablado de ese autor esquivo, del que no era sencillo localizar las ediciones de sus libros. Este verano me encontré en una balda del garaje de un amigo un libro con una cubierta en la que destacaba precisamente el nombre de Chukri. Tipografía sobria, combinación de palo seco para el nombre del autor y letra romana para el título, con una foto virada a amarillo que muestra el rostro de un joven que parece retar al mundo, o en su defecto, al lector que ose aguantarle la mirada.

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Ayer mismo, una amiga hablaba en su muro de Facebook de un libro de Chukri, y quise recomendarle el que había leído este verano, y que aún me tenía conmovido. Ella ya lo conocía, por ese título descubrió al autor y también quedó conmocionada. El pan a secas, publicado en 2012 por Cabaret Voltaire, viene de una nueva traducción (hecha por Rajae Boumediane El Metni) de la versión definitiva supervisada por el propio autor pocos meses antes de morir, en 2003. El original es de 1972, cuando Chukry le dictaba en castellano a Paul Bowles una historia que él iba a traduciendo al inglés. Tuvo aquel relato edición en castellano en los 80, que se llamó El pan desnudo, por calco de la versión en francés Le pain nu, que hizo Tahar Ben Jelloun y que fue un éxito descomunal. En aquella época se publicó también Marruecos y pronto cayó la censura sobre ella. Explica con más detalle todo esto Juan José Téllez en un texto muy interesante publicado en Infolibre, periódico digital dirigido por… Javier Valenzuela. Volvemos a encontrarnos con las mismas caras.

El pan a secas, además de un libro precioso en la sobriedad en la edición de Cabaret Voltaire, es un relato autobiográfico en el que la figura del padre noquea al lector. Un salvaje, un verdadero psicópata, cuyas reacciones furibundas marcarán a todos los que le rodean. Mohamed Chukri vive con su familia en el Rif y viajan todos a Tánger para matar el hambre que los devora en su tierra de origen. Pronto huye de casa y por el camino descubrirá de todo, siempre con la supervivencia con horizonte más próximo. Más hambre, más violencia, el sexo como vía de escape y como un no desdeñable medio de llevarse algo a la faltriquera. La sordidez del relato no parece fingida, en un país y en una época en los que no cabía apelar a la justicia, la dignidad o la vergüenza. Se trata de vivir, y quién dijo que iba a ser fácil.

Hay páginas que se sufren más que leerse. Son bofetones, construidos a base de un relato directo, sin artificios. “Su herida era profunda, se le veía el hueso. Mi cuerpo se estremeció. No sé por qué disfruté tanto viéndolo sangrar bajo la lluvia. La arena absorbía su sangre. Llovía como si el cielo tuviera las venas abiertas”.  Es el relato conciso de una pelea con otro que anda en correrías similares a las suyas. La sucesión de desgracias abarca casi todo el espectro más oscuro: hambre, violencia, pulgas, abandono, muerte, traiciones y una sensación de desamparo que se combate con rudeza, con la mirada desafiante del que nada tiene y tampoco va a estar mucho peor.

La crudeza con la que Chukry expone las miserias de su infancia, seguro que potenciadoras de ese alcoholismo en el que parecía moverse de maravilla (así se puede ver en diversas entrevistas con el varias veces mencionado Valenzuela), se eleva cuando evoca a su progenitor: “si a alguien le deseo la muerte, es a mi padre. Lo odio, a él y a los que se le parecen, y no recuerdo cuántas veces lo habré matado en mi imaginación. Tan sólo me queda matarlo de verdad”.

Parece mentira que quien escribiera eso (o se lo dictara a Bowles hace casi medio siglo) sea el mismo cuyo retrato aparece en esta edición tan austera y elegante. Los ojillos vivarachos, templados por las arrugas que causan no sólo los años, son el rasgo más destacado de un escritor que fue analfabeto hasta bien pasada la adolescencia, cuya obra se prohibió durante décadas en el mundo árabe y que deslumbró con su primer libro.

Tenemos la suerte de que nos queda casi toda su obra por descubrir. Todavía.