James Salter y Céline

Hace unos días me sorprendió el libro que un amigo, lector fuera de serie, tenía en la mesa de la oficina, junto a las llaves, la cartera y el casco de la moto, porque él lee hasta en los semáforos, sentado mientras espera la luz verde. Era una cubierta amarillenta, en una edición en tapa dura con lomo recto, como las de antaño. Un libro de Planeta de 1973, en una selección de clásicos de esos que hacen la boca agua. No es fácil ver este título hoy, básicamente porque el autor merece desprecio por sus ideas aunque deslumbre por su talento.

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De eso estuvimos hablando un rato, de Louis-Ferdinand Céline y su “Viaje al fin de la noche”. Recuerdo que en su momento no conseguía encontrar un ejemplar y quiso la casualidad que apareciese en la mesa de bookcrossing de una biblioteca de Barcelona en la misma época en que los periódicos informaban de que el Gobierno francés había decidido suspender los actos del 50 aniversario de la muerte de Céline, para no ensalzar a un escritor que fue acendrado antisemita. Cuando lo leí quedé fascinado por la virulencia de la historia, por la magia que emanaba de aquel relato, por el frenesí con el que viaja por la Historia de Francia, y por extensión de Occidente, en una narración en primera persona que arranca en la Primera Guerra Mundial, pasa por la África colonial y se dirige luego a Estados Unidos, antes de volver a París, donde ejerce la medicina el que parece el alter ego del propio autor.

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“Hay algo deslumbrante en esta manera de narrar”, escribía yo hace siete años en unas notas temblorosas que intentaban apresar la intensidad de aquella novela. Un relato sombrío, ruin, descarnado, desencantado con la condición humana, que se articula merced a un lenguaje directo, a la potencia de las expresiones, al magnetismo que emana de unas frases que hacen de la novela algo sumamente adictivo. Recuerdo leerlo con el corazón encogido, con una expresión de fastidio que enseguida me vino a la memoria al intercambiar experiencias con mi amigo lector y motero. Y vuelve a surgir la duda, escribía yo entonces, sobre “si ese perfecto cabrón que dicen era el escritor es el mismo que despliega tantos recursos y tanto arte para llegar al alma del lector”. ¿Condenar al autor ha de hacerse extensible a su obra?

Ha querido el azar que estos días estuviera leyendo un libro de otro autor que me encandila: James Salter. Salamandra publicó hace unos meses “El arte de la ficción”, la recopilación de tres conferencias que el autor dio poco antes de morir, con casi noventa años. Habla de su pasión lectora, enumera algunos de sus modelos, reflexiona acerca de algunas obras capitales en su formación lectora y… aborda a Céline. Son pocas páginas, pero deslumbran por la finura con la que traza el perfil del personaje. Nos pone en antecedentes: “Céline, cuando vivía en Meudon, a las afueras de París, después de la guerra, trabajaba en una mesa de cocina sobre la que había un cordel para tender la ropa. En el cordel colgaba los capítulos del libro que estaba escribiendo. Entonces ya había caído en desgracia. Después de la guerra lo encarcelaron por colaboracionismo con los nazis. Lo habían declarado una vergüenza nacional”.

Explica más tarde Salter que Céline “había inventado un nuevo estilo de escritura, un asalto al lenguaje, en estallidos mordaces donde caben la vulgaridad y la jerga de la calle, la obscenidad, el improperio, todo ello separado por elipsis reiteradas, puntos suspensivos…”. Y remataba su breve pero atinado análisis con algo que ya hemos comentado: “A Ferdinand nunca se lo ha redimido. Permanece oficialmente excluido (…) Céline creía que hay que pagar por lo que uno escribe, no es de balde”.

El libro de Salter, cien páginas escasas, está destinado a ser muchas veces releído. Con esa particular manera de escribir como quien no quiere la cosa, dejando caer comentarios sobre lecturas del pasado, admiración por colegas coetáneos o detalles modestos sobre su propia obra, es una lección de inteligencia narrativa y habilidad a la hora de elegir a los maestros en quienes inspirarse.

Estas sucintas lecciones son una reivindicación de un estilo propio, de una voz propia, mejor dicho. Y va enumerando ejemplos. Que va trufando con anécdotas de su propia carrera, cuando fue piloto en la guerra de Corea, cuando ejerció de guionista en Hollywood, cuando literaturizó un amor imposible que vivió… Y cita y comenta a muchos autores: Balzac, Saul Bellow, Flaubert, E.M. Forster, Malcolm Lowry, Marguerite Duras, Thomas Mann, Nabokov, Capote, Kerouac, … y Céline.

Claro que sí.

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Una novela kurda

El gozo que proporciona leer “Las plumas” es una recompensa a la perseverancia. Esta novela de Salim Barakat, un sirio de raíces kurdas, fue escrita en árabe y refleja, con mucha sutileza, algunos de los momentos de este pueblo sin estado. La versión original apareció en Nicosia en 1990 y se vertió al castellano hace un par de años, en traducción de Carolina Frías Ortiz y Almudena García Algarra, que publicó Navona.

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No es una novela fácil. Conocer, siquiera de manera somera algunos de los episodios más destacados de la historia kurda, ayuda a saborear el relato, que intercala unas vivencias muy personales con evocaciones del pasado reciente y lamentos por tantos sueños rotos y tantas traiciones. El primer capítulo de la primera parte lleva un título largo, medio jocoso, que se convierte en un spoiler en toda regla: “Esbozo heterogéneo del tiempo anterior al suicidio de Mem y los detalles anunciados, aireados a la ligera”.

El centenar largo de páginas que desarrollan tan peculiar título es una combinación lírica de sueños, metáforas, aspiraciones enigmáticas y propósitos extraños que pueden desnortar al lector más concienzudo. Las aves hablan, como lo hacen también algunos árboles; unos chacales caminan en pos de algo que hay hacia el norte y unas etéreas plumas (las del título) parece por momentos que encierran la clave para entender tan intrincada historia.

Nada más lejos de la realidad. Mem, el protagonista, vive en Chipre esperando el momento de visitar al Gran Hombre. Ha viajado desde Siria, donde ha quedado Dino, su hermano gemelo, acompañado de una extensa familia compuesta por sus padres y seis hermanas. Cuando el relato vuelve desde Chipre a la ciudad siria de Qamishli se van evocando las ilusiones rotas, aquella oportunidad perdida de la república kurda de Mahabad (en 1946), las traiciones del Ejército Rojo  y, antes y después, ahora mismo, de las potencias occidentales, que siempre han visto a “los lobos montañeses” como un aliado coyuntural al que no costaba demasiado dejar en la estacada. La brújula se vuelve loca en una de las zonas calientes del planeta, donde las fronteras se trazan con tiza y están sometidas por igual a las veleidades de un tirano que a los buenos propósitos de un demócrata que ve oportunidad de medrar.

El lirismo onírico de la primera mitad de la novela se troca en el relato aséptico de las páginas de sucesos de un diario. Y la historia avanza hacia su desenlace. La prosa de la autopsia se mezcla con los sentimientos de una familia que comienza a perder a sus miembros. La historia cotidiana de unas gentes, los kurdos, que viven entre Siria, Turquía, Irán e Iraq, reclamando un estado que les han prometido muchas veces y se lo han negado muchas más. Esta novela tan poco épica quedará como un jalón en la historia de los kurdos. Las aspiraciones de un comerciante de telas que añora el pasado al tiempo que teme el futuro, las frustraciones trasladadas a unos hijos presa de su destino, la tragedia de una familia que habla en sueños con el hijo desaparecido… son algunas de las tramas que se van superponiendo, al tiempo que hablan pájaros y plantas.

Se estrena estos días un documental de Alba Sotorra, titulado “Comandante Arian”, que muestra una historia menos evocadora pero condenadamente real. Las mujeres se han hecho con su propio espacio en las Unidades de Protección Popular (YPG), unas milicias kurdas que luchan contra el Estado Islámico y son combatidas por Turquía y apoyadas por Estados Unidos. Ese batallón femenino no sólo ha sido bien recibido por sus compañeros masculinos, sino que han copiado algunas de las iniciativas de sus compañeras, para hacer más humana (si cabe) la resistencia kurda, que lleva siglos sin cejar en su empeño.

En el programa Equilibristas, de Radio 3, Alba Sotorra explicaba sus vivencias en esa lucha de las mujeres kurdas, y cómo ha rodado cámara en mano el día a día con ellas, durante muchos meses. En los últimos años la determinación kurda contra el Estado Islámico ha permitido un giro notable en las estrategias de su pueblo. Y los kurdos han vuelto a ser protagonistas de ese avispero que se asienta sobre la antigua Mesopotamia.

Una novela de 1990, como “Las plumas”, puede parecer que es un mero relato del pasado, pero sin esos ecos no se entiende el afán de este pueblo por crear “un lugar acogedor para sus vacas, sus cabras, su nostalgia y hasta para sus huesos”.

 

Estos lodos

Sé de la dificultad de elaborar un buen texto para la contraportada de un libro. Y por eso me dejo convencer por aquellos que considero logrados, los que explican sin desvelar, que cautivan sin epatar, que toman al lector de la mano o lo agarran por las solapas y en veinte líneas escasas lo engatusan para que les dedique las próximas horas de lectura.

“Aquest és un relat de fantasmes”, dice la primera línea explicativa de “Les possessions”. Más adelante intenta encajonar lo imposible: “Entre l’elegia, la crónica i el thriller”. Y remata la sabrosa descripción con una frase rotunda: “perquè créixer consisteix a no tenir un lloc on tornar”. Esta obra inclasificable de Llucia Ramis la ha publicado en catalán Anagrama (que la ha galardonado con el Premi Llibres Anagrama de Novel·la) y Libros del Asteroide ha hecho lo propio en castellano.

 

Es la primera vez que leo a “la Ramis”, después de haber visto críticas muy buenas sobre sus libros anteriores. Acudo a la cita con ganas, porque en sus crónicas de La Vanguardia (y antes de El Mundo) me he encontrado con una mirada fresca, coñera, libre de prejuicios gracias al hecho de ser joven, bien considerada entre sus colegas periodistas, desenvuelta y venida de fuera, de “ses illes” en este caso.

En esta novela se atisba una autora con afán por marcar un estilo personal, que ha trabajado un texto que recuerda a muchos otros pero que tiene su propia personalidad. Es una narración en primera persona (tan de moda), se pueden reconocer rasgos de la escritora en la narradora (también muy habitual en los libros de hoy), que mezcla ficción con una realidad que nos resulta muy presente (la cultura del pelotazo, el amiguismo, la corrupción en Baleares) y va alternando diversas subtramas, con viajes al pasado que tienen algo de esas series de Netflix tan presentes en los cánones narrativos de la actualidad.

Estas historias que va trenzando dibujan en segundo plano escenas de ese costumbrismo moderno con el que convivimos: un novio con problemas del pasado que aspira a una vida convencional, con un par de críos de los que enseñar fotos en Facebook; una historia de amor condenada a salir mal, unos padres demasiado acostumbrados a estar juntos como para plantearse una separación, bromas inocentes que son argamasa para una relación de pareja y tantas historias anodinas que toman conciencia de su cotidianeidad el día que alguien comete una salvajada de tal magnitud que acaba abriendo los telediarios… Y la rutina se va a hacer puñetas.

No sé hasta qué punto ésta es una novela coyuntural, de las que pierden interés cuando se oxida la realidad que las envuelve. La corrupción es el trasfondo de estas historias, en las que hay ecos de Chirbes, de ese Mediterráneo donde se ganaba dinero a toda velocidad vendiendo trozos de tierra para cubrirla de cemento. Parte del encanto de lo narrado está en el desenfado de Llucia Ramis para retratar a los cuarentañeros que viven en precario, que intentan imaginar un futuro que ven lastrado por los excesos de las generaciones que les precedieron. La pericia de la escritora para cruzar los hilos argumentales está enriquecida con esos giros que delatan su catalán de las islas y con frases luminosas, rítmicas, como la que describe, por ejemplo, el sueño ligero de las personas mayores: “als que comparteixen llit amb la mort els desperta la por, avorrida mentre tothom dorm”.

Avanza la trama y todo va ligando, aunque en uno de los hilos (precisamente el que insta a la narradora y protagonista a sospechar de su propio entorno) quede la sensación de que no se cierra el círculo. El viaje final al lugar donde fue feliz (ese al que ya avisa la canción de que nunca debemos tratar de volver) abrocha una historia tan compleja como entretenida.

Cruzando diversas historias, de una manera igualmente eficaz, monta su última novela Clara Usón, en la que quiero encontrar ciertas similitudes con el libro de Llucia Ramis. La combinación de ficción y realidad, el relato en primera persona, la corrupción y el silencio de los medios de comunicación o los tabúes de una sociedad mojigata son algunas de las premisas que comparten “Les possessions” y “El asesino tímido”, la novela de Usón publicada hace poco por Seix Barral.

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La documentación hace más verídica la ficción y una narración en primera persona con ribetes de autoficción se alterna con la desventuras de una joven llamada a ser famosa que parecía tenerlo todo: una buena posición social, belleza a raudales, una incipiente carrera en el mundo del cine (aunque tuviera que enseñar las tetas en cada película por exigencias del guión) y un amante de campanillas, de alto copete, la más elevada dignidad del estado.

Sorprende que, una vez levantada la veda o precisamente porque la real figura no se ha hecho merecedora del respeto que nos habían impuesto, se elucubre en esta novela con tanta claridad sobre los amoríos de una actriz del destape con todo un monarca, y la posible implicación de los servicios secretos en la eliminación de la chica una vez que había decidido hablar más de la cuenta. Es la parte más morbosa de una novela que lleva el particular sello de Clara Usón.

Tiene la habilidad de que no rechine en absoluto la entrada en escena de Wittgenstein, como soporte intelectual a las dos historias paralelas que se van contando: la de la joven que viajaba a esquiar con sus padres al Pirineo mientras intentaba liberarse del yugo familiar (la narradora) y la de otra joven, la actriz Sandra Mozarowsky, que protagonizaba sin saberlo una tragedia.

Si la novela de Ramis acontece en los años más recientes, con víctimas inocentes de un sistema que cada día muestra más síntomas de estar podrido hasta los cimientos, la de Usón es una foto del momento en el que todo empezó a joderse. Otra víctima inocente saltó al vacío (o fue saltada) y con ella impunidad se fue abriendo paso a machetazos, mientras las mentiras cortesanas alababan alborozadas el vestido nuevo del rey, y casi todos le reían las gracias.

De aquellos polvos…