Una historia sobre silencios

Se ha dicho muchas veces que somos los nietos de los protagonistas de la guerra civil los que estamos mejor posicionados para explicar las penurias de nuestros mayores. Los padres no pudieron explicarlas porque las heridas estaban demasiado calientes. Los abuelos las explicaban en voz baja, porque sabían de las consecuencias funestas que tenía alzar la voz. En los últimos años, que es como decir de veinte años aquí, se han sucedido los relatos que reivindicaban aquellas historias a medio contar, esas biografías que explicaban los padecimientos de un par de generaciones que se habían acostumbrado a lidiar con el silencio.

Aquí nos hemos hecho eco en varias ocasiones de “otra maldita historia sobre la guerra civil” y casi siempre han sido los cómics los que han permitido que autores más o menos jóvenes intentaran ajustar cuentas con el pasado y rellenaran esos “espacios en blanco” que se adueñaban de tantas historias cotidianas, esa Historia construida a partir de las experiencias personales, esos relatos en voz baja a la hora del café, con un cigarro en las manos adustas de hombres que tuvieron que emigrar porque en su pueblo no había manera de encontrar trabajo, precisamente porque el peso del pasado recaía como una losa sobre cualquier aspiración del presente más inmediato.

“Espacios en blanco” es precisamente el título del último cómic que ha caído en mis manos, editado por Astiberri en 2017 y con la autoría de Miguel Francisco. Tres generaciones se hacen preguntas para intentar averiguar cómo dieron con sus huesos en Badalona unas personas llegadas desde un pueblo de Almería, toda una familia “culpable” de que el abuelo se negara en su día a pegarle fuego a unos santos, y no sólo por razones ideológicas sino por una cuestión meramente práctica: “ya te dije que el yeso no ardía”.

espaciosenblanco.jpg

Miguel Francisco intenta responder a las preguntas de su hijo, que no son muy diferentes de las que él hacía a su padre. Con una diferencia, el autor del cómic buscaba información en los silencios de su padre, que dejaba la mirada perdida en las sobremesas familiares, aferrado a un café, pendiente de la ceniza del enésimo cigarro. Muchos años después, las preguntas que le hace su hijo a Miguel Francisco llegan con sordina. Viven en Helsinki, donde el padre es diseñador gráfico de éxito, responsable en buena medida de los dibujos de los Angry Birds.

“Espacios en blanco” es un cómic de impecable factura técnica en el que se abordan a la vez muchos temas: la inmigración (de Almería a Cataluña, de Barcelona a Finlandia), los secretos del pasado, las relaciones paterno-filiales, la fuerza de los recuerdos y la imposibilidad de encontrar una respuesta a preguntas que no se hicieron en el momento oportuno. Miguel Francisco tiene la habilidad de viajar en el tiempo y conciliar en varios planos paralelos historias que se desarrollan con varias décadas de diferencia. Por momentos, para mostrar ese aterrizaje en tierras ignotas, hay viñetas que muestran con sutileza (otros quizá vean oportunismo) el polvazo del autor con una joven finlandesa, camarera del bar en el que recala el protagonista nada más llegar a su país de acogida.

espaciosenblanco_6

Hay páginas de una composición certera y una línea gráfica que recuerdan mucho a Jaime Martín y su “Jamás tendré 20 años”. El homenaje a las desdichas del padre entronca con el cómic de Miguel Gallardo, los de Sento o los de Kim y Altarriba. Se perciben ecos de “Los surcos del azar” de Paco Roca. Es una obra que no desmerece en absoluto ese subgénero que agrupa los cómics que intentan explicarnos el pasado reciente, esos espacios en blanco que en casi todas las familias necesitamos rellenar para entendernos un poco mejor a nosotros mismos, y de paso saber por qué seguimos teniendo esa necesidad de mirar hacia atrás.

Anuncios

Novela recomendada… y recomendable

Los lectores guardamos como oro en paño a aquellas amistades que saben recomendarnos libros sin más argumentos que frases del tipo “es un libro que tiene algo”, “te va a gustar, seguro”, “ya verás qué bueno” y cosas por el estilo. Hace poco, en una conversación con muchos hilos abiertos, y a propósito de alguno de ellos, una amiga me dijo: “el próximo día te traigo una novela muy buena”. Sin más.

Vino con ella a la siguiente cita y se quedó en la pila de los libros pendientes. Cuando me enfrasqué en la lectura ya no recordaba por qué motivo me la había recomendado. La he degustado durante muchos días, lo que me ha ido dando pie a comentar con mi amiga en qué parte de la historia me encontraba, mientras ella me animaba a seguir descubriendo por qué la consideraba tan completa, tan redonda. La he terminado hace un par de horas, con la sensación de haber deambulado por la historia de Gran Bretaña y sus colonias, de haber alimentado mi asombro ante la oscuridad del catolicismo en Irlanda, de haber asistido a un striptease emocional por parte del autor, de haber compartido el miedo de un escritor a enfrentarse con la ingente tarea de escribir algo que merezca ser leído, y de haber empatizado con un hijo que va descubriendo secretos familiares que, si no le ayudan a vivir mejor, al menos le sirven para soportarse cada día.

John Lanchester escribió en 2007 esta novela autobiográfica que tradujo al catalán Joan Puntí para Edicions 62 y que publicó en castellano Anagrama. “Novel·la familiar” es el título de la versión catalana, que llegaba precedida por el Premi Llibreter de 2005 a otra historia del mismo autor: “El port de les aromes”. Tuvo que morir su madre para que él superara cierto bloqueo y se pusiera a indagar en el pasado de sus progenitores y así descubrir un secreto materno que es el motor de esta novela, pero también de la vida de su madre y, por ende, punto de partida de la propia existencia del escritor. Para entonces ya había publicado varios libros, había obtenido distintos galardones y había pasado por episodios clínicos que se entienden mejor cuanto más se conocen sus antecedentes familiares.

9788429760101_novela familiar

La madre del autor, Julie (en la última de sus “rencarnaciones”), había nacido en la Irlanda más católica y rural, en una familia extensa que dio a varias de sus hijas a la Iglesia. Ella pasó dos veces por el convento, alcanzó ciertas responsabilidades en la jerarquía católica, estuvo muchos años dedicada a la enseñanza en la entonces India colonial y un día logró salir de la asfixiante condición de monja, para recalar en Londres, capital de una metrópoli donde apenas había vivido unos años de juventud. “La vida d’una familia no és una realitat neutral a la qual puguem arribar per un simple procés d’investigació i consens, és una història en la qual els personatges i les accions més importants són diferents segons qui en sigui el narrador. Aquesta no és una versió consensuada, és la història de la meva mare”. Es la primera parte de la novela, asfixiante por momentos. Todo un recorrido por la historia de Irlanda, con sus hambrunas, sus éxodos masivos, su dependencia de la Iglesia católica, como elemento diferenciador respecto del anglicanismo británico. Son 150 páginas en las que aparecen frustraciones familiares, temores a romper con el designio del Señor, la lucha de una mujer que quiere volver a empezar, aunque eso suponga romper con las ataduras del pasado, renunciar a la familia y hasta reinventarse una misma a base de sentar las bases de un secreto que de puro inocente se convierte en trascendental.

La novela cambia, ligeramente, de protagonista cuando Julie, después de diversas vicisitudes, se enamora, por decirlo de manera novelada, de un ciudadano británico que había nacido en Ciudad del Cabo y había desarrollado su carrera como banquero por distintas ubicaciones coloniales británicas, también a miles de kilómetros de esa metrópoli que extendía sus redes cada vez más esclerotizadas por medio mundo. Bill Lanchester tuvo una vida no menos azarosa que la de su futura esposa. Separado de sus padres durante muchos años, vivió en el hemisferio sur, entonces casi propiedad exclusiva del Imperio británico. Con la Segunda Guerra Mundial por en medio y la detención de sus padres en campos japoneses, creció en Australia, en cuyo ejército tomó parte. Su vida profesional se desarrolló en diversas colonias británicas del Índico, donde fue adquiriendo mayores responsabilidades, en una carrera que llevó a su familia, Julie y el hijo de ambos, John, a viajar constantemente. Hong Kong, Alemania, Malaysia, Birmania, nuevamente Hong Kong… En la década de 1960 y los años que siguieron, en plena época postcolonial, el autor de “Novel·la familiar” descubre que sus padres ven desmoronarse un mundo en el que creían vivir con cierta seguridad. El Imperio hace agua y envían a su hijo a estudiar a la metrópoli, a uno de esos internados de los que hemos leído tantas cosas. La madre convive a diario con su secreto, que el hijo analiza en la novela a posteriori. Él lo descubre cuando su madre ha muerto después de vivir muchos años como viuda de un hombre que murió joven, recién jubilado y establecido en las islas británicas, cansado de dar vueltas por el mundo en pos de un ascenso a la cúspide del banco que no terminó de lograr.

Esta novela familiar experimenta un nuevo giro cuando centra su atención en el hijo, el autor de la misma. Sus miedos, sus tribulaciones, los intentos por construirse una carrera docente en la universidad, sus problemas de salud y la omnipresencia de la madre (y su secreto) adquieren protagonismo. Es el último tercio de la historia y John Lanchester muestra casi todas las cartas. Con el foco puesto en sí mismo, la figura de la madre ayuda a los lectores a comprender algunas de las congojas del hijo, las dificultades para forjar una trayectoria en la que parecen pesar los ecos del pasado. El espacio en el que se desarrollan estos años, las dos últimas décadas del siglo XX, son las ciudades de Norwich o Londres, el entorno de Oxford. Y cuando faltan pocas páginas para la resolución de la historia, Lanchester explica las razones de esta obra: “un llibre hauria de ser una destral per obrir el mar glaçat que hi ha dins nostre”. Son palabras de Kafka, reconoce, y enumera las diferentes hachas que en su caso necesitó para escribir su libro: la muerte del padre, una relación adulta, una terapia y el infarto de la madre. No acaba la historia. Quedan pocas páginas, una veintena sobre un total que supera las 400, pero aquí se descubre que no era del todo cierta la ficción que la madre había montado para hacer posible una realidad, de la que John Lanchester era deudor máximo.

El secreto que escondía toda una vida era el mismo que justificaba una existencia y, en definitiva, el motor de esta novela tan recomendable. Completa, redonda, con algo diferente. Como me aseguró la amiga que me la recomendó.

Unos terroristas muy chapuceros

Hablábamos el otro día de una novela satírica, con un punto histriónico, que se reía de esta sociedad alocada en la que vivimos, confrontándola a una invasión alienígena de bolas peludas que brillaban por su inteligencia. Un relato divertido que por momentos congelaba la sonrisa del lector y le llevaba a preguntarse dónde acababa la parodia para, desgraciadamente, convertirse en reportaje, en cierto retrato del mundo occidental.

En paralelo a esta novela de Luke Rhinehart iba pasando las páginas de “El archivo corso”, uno de los álbumes más conocidos del recientemente fallecido Pétillon. Un cómic de 48 páginas que fue galardonado en 2001 como “mejor álbum” del Festival de Angoulême y que fue publicado por Norma Editorial en 2006, cuando en Francia era un fenómeno de ventas, con muchas decenas de miles de ejemplares acumulados.

archivo corso_01203419701_g

Como esos tuits que dicen que dos noticias se entienden mejor juntas, esta novela y este cómic se complementan, porque ambos encierran una crítica a la sociedad que retratan, y también ambos echan mano del humor para no desesperarse ante la imbecilidad reinante y las dos terminen con una especie de pesimismo que no permite tener demasiada fe en las autoridades.

El cómic de Pétillon se atreve con un asunto espinoso, como es el terrorismo corso. El desgarbado Jack Palmer recibe el encargo de un notario parisino de llevar un sobre a un terrorista corso, que permanece huido. Aparece el detective por la isla y enseguida descubre que hay preguntas que no deben formularse, y menos “a la manera continental”. Se desencadenan entonces situaciones absurdas (e hilarantes) con facciones disidentes que albergan más disidencias en su seno y, como en “La vida de Brian” ya ni saben por qué disienten. Las venganzas entre clanes, los ajustes de cuentas, las explosiones “casuales” o la amnesia repentina a la hora de declarar ante un tribunal tienen el aroma de “Los Soprano” o de las pelis de Coppola y Scorsese. Y la incompetencia unos gendarmes que ya no saben quién es el enemigo tienen algo del estridente Louis de Funes haciendo de las suyas.

El humor socarrón de Pétillon aparece ya en la segunda viñeta, recién llegado Palmer al aeropuerto de Ajaccio, cuando toma un taxi y pide ir a Rossignoli. “Está en su derecho”, le espeta el taxista. El detective empieza a husmear con su cara de eterna estupefacción mientras un fino y corrosivo tono de burla acompaña una historia de tiros y asesinatos que no debió de ser fácil de trasladar a una historieta. Pétillon lo hace con delicadeza. Ayudado de cierto candor transmite la absurdidad de matar por una bandera, un trozo de tierra o unos agravios en vías de ser olvidados.

El sobre que el notario de Paris ha entregado a Palmer para que entregue en mano a Ange Leoni es la excusa para hacer avanzar la trama. Como ocurría en “El caso del velo”, que comentamos aquí, el festín narrativo está servido, regado con sabias dosis de escepticismo (nunca se ha de subestimar a un estúpido) y aliñado con un elegante toque de humor que hacen digerible un asunto difícil.

Una novela frente a VOX

Menudean estos días análisis más o menos apresurados acerca de la irrupción de Vox en el parlamento andaluz. Ahora todo el mundo parece que lo viera venir pero se sigue mirando con displicencia a los 400.000 votantes que han catapultado a un partido que tiene a gala mostrarse sin complejos, que hace bandera de las palabras gruesas y que se declara enemigo de lo políticamente correcto. Recetas simples para problemas de calado. Escobazos contra los ratones escurridizos.

En un reportaje televisivo los periodistas visitan los mítines en Huelva, Almería y Málaga, y sorprende la juventud de muchos de los asistentes. Los que explican por qué están ahí se muestran alborozados por haberse “comprometido”. Tanto ellos como los mayores que acceden a hablar en pantalla se soliviantan con los inmigrantes y hablan de “invasión”. Y me acuerdo enseguida la última novela que he leído, aparentemente intrascendente, y que aún no sé por dónde coger. “Invasion” es el título original en inglés de esta novela de Luke Rhinehart, que publicó Malpaso en 2017 con traducción de María Luz García de la Hoz con un título más preciso, quizá demasiado elocuente: “La invasión de las bolas peludas”.

bolas_peludas

Este artefacto parece por momentos un texto de la revista Mongolia, incluso por lo cafre. Incluye pasajes que entroncan con el humor de El Perich o con esos discursos imposibles de Tip y Coll: “No borgotaba, sino palopalaba la jicaración de la sangría en la zumba, la zomba y la zambomba: alipando consútiles peristáticamente fueron y la expancia verbicracia delicayeron”. Van intercalando fragmentos de un diccionario de lo más perspicaz y noticias de prensa con propósito paródico que se alternan con manifiestos políticos de lo más vital, con vocación hedonista.

Las “bolas peludas” del título son miembros (y miembras al mismo tiempo, porque son hermafroditas), que se reproducen como las estrellas de mar y adoptan aspecto humano cuando les interesa. Provienen de una civilización muy avanzada y llegan a la Tierra con el propósito de jugar, que es lo mismo que decir que roban a los bancos, bromean con los ordenadores de la CIA y el FBI y hacen el gamberro, convocando a los humanos a “manidiversiones”, donde reina el baile, la música y el folleteo… hasta que las autoridades toman medidas para evitar que el ejemplo cunda.

La novela (porque hay una trama en la que se ve implicada una familia que quiere vivir experiencias nuevas) acaba con la palabra “disparate”, que dice una de las bolas peludas invasoras a la que precisamente llaman así: Disparates. Muchas de las 400 páginas son disparatadas, aunque vayan soltando verdades como sopapos, y se nos hiela la sonrisa cuando comprobamos que la inepcia de los políticos que aparecen en la historia no es mayor que la de algunos de los políticos auténticos que todos hemos visto. Y recuerdo entonces algunas barbaridades que han aparecido en los mítines de Vox (y de sus imitadores) y que los medios han recogido escandalizados a posteriori, cuando los diputados logrados en Andalucía parecían un lamparón en el flamante traje democrático.

Se cierra el libro con un manifiesto que la “nación de Central Park” (hay que leer la novela para saber quiénes sus integrantes) envía a sus conciudadanos. El punto 2 dice que nadie podrá gastar al año más de 10.000$ en la promoción de mensajes políticos y que la información de ese gasto deberá ser de conocimiento público. No estaría mal aplicarla por estos lares. “Las mujeres tendrán igual salario por igual trabajo”. Y es imposible no pensar en las soflamas de Vox, que pintan con brocha gorda en estos asuntos. Y me conmueve el punto 6: “todo ser humano que esté legal o ilegalmente en Estados Unidos sin estar naturalizado tendrá el derecho de solicitar la ciudadanía para él o ella y sus hijos. Y a todos se les dará audiencia al cabo de 30 días de solicitarlo”. Y remata: “las juntas que tramiten estas solicitudes de ciudadanía estarán formadas por jueces y otros funcionarios cuya composición racial y de género refleje la composición racial y de género de toda la nación”.

Quiero suscribir este manifiesto de inmediato cuando veo que el punto 10 establece que “la cerveza será declarada bebida nacional de los Estados Unidos de América” y se cierra con un colofón insuperable: “a todo ciudadano se le debe pedir que haga algo, al menos una vez al día, únicamente por diversión”.

Lo que parecía una novela entretenida, con pasajes descacharrantes y algunos altibajos, deviene casi en un programa subversivo, que podría asumir incluso algún simpatizante desencantado del partido con nombre de diccionario, para desgracia de los sufridos diccionarios.