Casciari, cuentos en todos los formatos

Mi voracidad lectora se encontró hace poco con la horma de su zapato: la grafomanía de un tipo que me sonaba pero al que no tenía constancia de haber leído. En la mesa de intercambio de libros de una biblioteca de Barcelona se acumulan enciclopedias incompletas y libros de aquellos que regalaban los bancos y a veces uno se topa con sorpresas. Fue el caso.

Con un título llamativo y un subtítulo provocador, los de Plaza & Janés montaron en 2007 una cubierta que llamaba la atención por un detalle sutil: reproduce la etiqueta de la cerveza Quilmes, la birra argentina por antonomasia.

Recordé el nombre del autor porque de vez en cuando asoma por mi Twitter y enseguida me acordé de un amigo español que casó en Argentina, se fue a vivir allá, volvió por aquí e intuyo que le gustará cuando le regale esta recopilación divertida de textos que parecen elaborados sin orden ni concierto pero que tienen mucha miga y están abrochados con una declaración de amor. Casi nada.

Hernán Casciari tiene una web en la que uno podría quedarse a vivir, leyéndolo, escuchándolo, abriendo puertas que no se sabe qué encierran, riendo con él, a veces frunciendo el ceño en desacuerdo, sintiéndolo tan cercano en esa disociación entre dos mundos en la que parece vivir.

En este libro de apariencia jocosa se habla a menudo de esa sensación de atender dos realidades, separadas por un océano: su Argentina natal y la Barcelona en la que ha arraigado, con hija incluida fruta de su relación con una catalana. “Si entrásemos a hurtadillas en el ordenador portátil de cualquier desconocido, y estudiásemos brevemente el historial de los diez últimos periódicos que ha visitado, sabríamos en qué patria piensa, en qué patria le preocupa, cuál lo desvela, con independencia de dónde haya elegido vivir, o dónde le haya tocado. Creo, entonces, que hay una nueva y moderna concepción de identidad y quisiera resumirla en cinco palabras: «Somos de donde necesitamos saber»”.

Tengo marcado otro texto en el que diserta sobre las palabras: “¿Será muy difícil mandar a la mierda a todas las palabras que no tienen nada que ver con su significante, y empezar a hacer como los yanquis, que a «deténgase por el amor de dios» le dicen «stop»?”. Y leí varias veces otro muy ingenioso en el que argumenta la teoría de que la edad de los países hay que dividirla por 14 (al contrario que la de los perros, que hay que multiplicarla por 8) y así se entiende todo un poco mejor: los 200 años de Argentina son en realidad unos 14, “la edad del pavo, es rebelde, pajera, no tiene memoria, contesta sin pensar y está llena de acné”. Francia es una separada de 36 años, Italia es viuda desde hace tiempo, vive cuidando a San Marino y el Vaticano; Suecia y Noruega son dos lesbianas de treinta y nueve, “que están buenas a pesar de la edad y no dan bola a nadie”; Irán e Irak eran dos primos que robaban motos y vendían los repuestos, hasta que un día robaron un repuesto a la motoreta de EEUU y se les acabó el negocio…

¿Y España? Casciari lo deja para el final y no tiene desperdicio. Para saberlo, hay que leer el libro… o entrar en su blog, donde están todos los textos de este libro, y también muchos otros que merecen un alto en el estrés diario, para soltar adrenalina.

Mientras seguía dándole vueltas a este libro hallado por casualidad me tropecé esta misma semana con uno de los textos que Jorge Carrión (aquí sentimos veneración por él) escribe en The New York Times en español. Y allí estaba Casciari. Como ejemplo de las expectativas que se le abren a la literatura, que quizá acabe siendo más escuchada que leída, gracias a las nuevas tecnologías, a las aplicaciones que abren rumbos desconocidos y posibilidades impensables no hace tanto.

Los que se adentren en el texto de Carrión, además de acompañarle en sus indagaciones sobre el futuro más o menos cercano, se encontrarán con un regalo. Merced precisamente a las posibilidades que abren los hiperenlaces, se puede disfrutar del mencionado texto acerca de la edad de los países en un vídeo alojada en You Tube en el que Casciari luce en todo su esplendor.

Casciari por tierra, mar y aire.

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Manguel, el lector que leemos

Tengo la sensación gozosa de que, durante años, Alberto Manguel estuvo escribiendo el mismo libro, que iba compartiendo por entregas con sus lectores, que somos devotos de su obra. Casi todos sus títulos han ido apareciendo en Alianza, aunque también tengo por casa una edición de “Una historia de la lectura”, sabrosamente ilustrada y primorosamente editada por Lumen en 2005.

La lectura, los libros, las bibliotecas… son algunos de los sustantivos presentes en muchos de sus títulos, que son un canto a la alegría de leer, una exaltación de la literatura, un brindis por esos autores, personajes y lugares imaginarios que nos acompañan desde siempre. Rebusco en mi biblioteca, donde los libros de Manguel tienen un lugar destacado desde hace un par de décadas y descubro que hay multitud de marcas en ellos, recortes de prensa, muchas páginas subrayadas. Siempre me gustó Manguel, desde que lo descubrí con “En el bosque del espejo”, publicado por Alianza en 2001. En una entrevista que conservo en papel amarillento, el periodista de Babelia ya le preguntaba por la lectura electrónica y le hacía la típica pregunta de si se había leído los 50.000 ejemplares (entonces) de su biblioteca. “Los he abierto todos”, le respondía Manguel.

Leí después “Una historia de la lectura”, que regalé en varias ocasiones a amigos que padecían la misma fiebre que yo, y seguí con “Leer imágenes” (2002), “Stevenson bajo las palmeras” (2003), “Diario de lecturas” (2004), “Con Borges” (2004)… Si el de Stevenson es una breve novela que aborda un asesinato en la isla de los mares del sur donde se retiró el escritor escocés, el de Borges tiene algo mágico, ilustrado con unas fotografías bellísimas que firma Sara Facio. El escritor argentino tuvo durante años unos cuantos amigos que pasaban por su casa a leerle en voz alta. Manguel fue uno de ellos y explica en este libro, con una mezcla de admiración y orgullo, esa experiencia, que es también una especie de introducción a la literatura borgiana.

Los libros de Manguel son para “lletraferits”, feliz catalanismo que no vale la pena traducir porque se entiende perfectamente. Hace poco más de un año, Alianza publicó la (pen)última obra del autor argentino-canadiense, titulada “Mientras embalo mi biblioteca”, y que se presenta en un curioso estuche diseñado por Manuel Estrada, que asemeja una caja donde se guardan algunos de los ejemplares de la vasta biblioteca que Manguel consiguió erigir en Francia… y que un día tuvo que desmantelar.

“Mi última biblioteca estaba en Francia, dentro de un presbiterio de piedra al sur del valle del Loira, en una aldea tranquila de menos de diez casas”. Así arranca esta biobibliografía de 200 páginas en la que hay imágenes del autor posando orgulloso mientras intenta alcanzar un anaquel y también instantáneas de las estanterías vacías y un montón de cajas perfectamente apiladas y etiquetadas. Una vez más, tengo las páginas de este libro con abundantes pliegues por las esquinas. “Me resulta más fácil recordar la historia leída una vez hace mucho tiempo que al joven que la leyó”. “Cuando leo a Kafka tengo la impresión de que las preguntas que suscita están siempre más allá de mi entendimiento”. “Quizá los libros tienen esa capacidad de reconfortarnos porque en realidad no los poseemos; son ellos los que nos poseen a nosotros”… y se van sucediendo los pasajes subrayados, hasta llegar a un capítulo con el que me siento especialmente identificado y donde Manguel -después de confesar que “en los días de mi juventud, y para aquellos a quienes nos gustaba leer, el diccionario era un objeto mágico dotado de poderes extraordinarios”- habla de su predilección por El Pequeño Larousse, “con su rosado estrato de frases extranjeras que separaban las palabras comunes de los nombres propios”.


Alberto Manguel, en Mondion en Francia en 2013, foto procedente de El País

En algún momento de este libro gozoso dice Manguel que “si toda biblioteca es autobiográfica, embalarla se parece, en cierta manera, a hacer la necrológica de uno mismo”.  El libro termina con su autor accediendo a uno de los mayores honores que pudiera lograr alguien como él, por diversas razones. Le proponen para hacerse cargo de la Biblioteca Nacional de Argentina, puesto en el que le había precedido su admirado Borges. En esta entrevista en El País comenta con sorna algunas cómo algunas cuestiones más prosaicas eliminan mucho del glamour que pueda tener semejante dedicación, a la que llegaba en tanto que autor, bibliotecario y, sobre todo, lector. Y se va cerrando un libro que esperemos tenga continuidad en un futuro reciente explicando precisamente ese cometido al frente de una de las instituciones más prestigiosas de su país.

Alterné la lectura de este “ensayo lector” con una de las pocas obras de ficción de Manguel, que me pasó una amiga conocedora de mi admiración por el autor-lector por antonomasia. “El regreso” es una novela corta, publicada por Bruguera en 2007, que aborda la vuelta a su ciudad natal de Néstor Andrés Fabris, establecido en Roma durante muchos años después de huir precipitadamente por culpa de la dictadura argentina. Vuelve para asistir a la boda de su ahijado y se reencuentra con los fantasmas de una vida que le fue hurtada.


Esta novela desasosegante recuerda a los mencionados Borges y Kafka, se van abriendo ventanas espacio temporales por las que el protagonista se ve obligado a mirar, sin entender qué está pasando. Es rehén de las decisiones del pasado, de una fuga que encendió sospechas de traición, de una salvación (la propia) que condenó a otros compañeros de fatigas y luchas. La historia se cierra de una manera confusa, sin que los lectores podamos intuir qué será de Néstor Andrés, que parecía ser feliz vendiendo antigüedades en una tranquila calle de Roma.

Hace poco, Alianza reeditó la “Guía de lugares imaginarios” que Manguel escribió con Gianni Guadalupi, y que apareció por primera vez en el año 2000. En su edición abreviada son 700 páginas de letra menuda acompañadas de curiosos mapas y dibujos en blanco y negro. Saboreo las entradas de este peculiar diccionario como sorbos de un buen whisky de malta. Leo una y dejo que pasen los días antes de volver a otra, para que el libro dure más. Me demoro sabiendo que me esperan la Tierra de los Blemios, Megapatagonia, el Reino de las Muñecas, el Castillo del Príncipe Próspero o el Túnel Atlántico que conectaba la isla de Manhattan con un punto en la Bretaña francesa, cerca de Brest, de 4.200 km de distancia.

Con Manguel tenemos lectura asegurada.

“¿Hay cafetera en los puticlubs?”


Cada año, éste es uno de los posts más leídos del blog. El título es explícito y el cómic del que habla tampoco utiliza eufemismos. En los tiempos que corren es relativamente sencillo averiguar qué caminos conducen al público a consumir determinados productos y qué motivaciones les guían en su recorrido. Hace un par de semanas el post sobre “las memorias de un putero” volvió a llamar la atención de algún lector despistado, más de tres años después de su publicación. Como el backoffice de este blog permite saber qué palabras clave introducen en sus búsquedas, pude comprobar que el que se tropezó con el post dedicado a Chester Brown en realidad tenía una duda más prosaica: “¿Hay cafetera en los puticlubs?”

Indagar en su necesidad de cafeína puede dar para una historia más bizarra, pero por si vuelve a aparecer por estas páginas, le vamos a hacer sugerencias que igual le ahorran una visita al burdel y le proporcionan unas memorables sesiones de onanismo. Tres libros bien distintos repletos de historias bien calientes, con méritos notables más allá de sus relatos para leer con una mano.

La caçadora de cossos, fue segunda novela de la escritora en catalán Najat El Hachmi, nacida en Nador en 1979 pero que con ocho años se estableció en Vic. Había ganado en 2008 el Premi Ramon Llull por “L’últim patriarca” y tres años más tarde publicó en Columna esta historia de alto voltaje en torno a una joven que va “cazando cuerpos”, añadiendo piezas en una colección de amantes a los que recuerda por su procedencia (el ghanés, el vasco, el extremeño) o por alguna característica a veces física (el ciego), a veces más subjetiva (el etéreo, el virtual). Se queda con muchos otros detalles: las preferencias sexuales de ellos, los lugares peculiares en los que se encontraron, el olor o los momentos en los que decidía pasar página y buscar nueva diversión.

Si la novela al principio es una sucesión bien explícita de historias protagonizadas por esa colección de cuerpos, todo empieza a cambiar cuando la protagonista (que narra en primera persona) pasa a explicar cómo es su trabajo de limpiadora por horas en casa de un escritor, que siempre está presente cuando ella trajina con la bayeta y el limpiacristales. Y detalla sus conversaciones con el escritor y se somete ante el lector a especie de terapia en la que su interlocutor parece instarle a buscar el amor, más allá del sexo.

Mucho más sutil pero no menos explícito es un cómic de título enigmático: “La espinaca de Yukiko”, publicado por Ponent Mon en 2003, y recientemente reeditado. Un fogonazo amoroso que Frédéric Boilet narra de manera especialmente subjetiva. La página del 8 de abril nos informa de que ha conocido a Yukiko en una exposición sobre la nouvelle vague que se inaugura en Japón y ha conseguido su teléfono. Irán apareciendo más páginas arrancadas a la agenda, con esbozos rápidos, algunas anotaciones en japonés y escuetos comentarios personales. Son breves interrupciones que sirven de acotación a una historia dibujada con una belleza increíble, con el estilo de ese nouvelle manga que se inspira en las películas de aquella corriente francesa. Las viñetas se pueden seguir como planos que acercan o alejan el punto de vista. Hay panorámicas cercenadas, planos detalle, desenfoques y hasta juegos con el fuera de campo que hacen más explícita la pasión de unos amantes que no están dentro de foco.

Las imágenes son tan explícitas como podían serlo las palabras de la narradora que se dedicaba a cazar cuerpos. Si allí era una mujer en busca de algo más que sexo, aquí es un hombre el que, como ensalzó Libération, “dibuja la ternura, el vínculo, la relación amorosa en cámara subjetiva, ese instante fugitivo en que la emoción le embarga a uno”.

Si ha llegado hasta aquí el lector interesado en tomarse un café después de “limpiar la escopeta”, no quedará defraudado. Ovidie es una estrella del porno francés que explica una decena de historias que asegura que son totalmente reales, algunas protagonizadas por ella misma. Las dibuja Jérôme d’Aviau y las publicó La Cúpula en 2013.

Hay un poco de todo: tríos, sustos al aliviarse en solitario, sorpresas en la sobremesa, sexting, encuentros fortuitos con desconocidos y excitación en el metro… Son capítulos que harán las delicias de más de un fantasioso (y fantasiosa), tan elocuentes como excitantes, sin renunciar a ese punto de humor que ayuda a liberar una risa floja con la que salir más airoso (o airosa) de los trances más inesperados.

Con un poco de suerte, y si los motores de búsqueda colaboran, en unos años este post de hoy seguirá sumando visitas mientras algún internauta errático intenta saciar su curiosidad o busca un lugar para tomarse un carajillo bien cargado.