Queda una semana para que se concreten las alianzas que tienen que sellar varios centenares de ayuntamientos en España, entre ellos los de las capitales más importantes. Han querido los votantes que sus representados tengan que hablar, ponerse en los zapatos del adversario, intentar ententes. Es una manera optimista de ver los endiablados resultados, donde las zonas de confluencia de partidos de un espectro similar quedan eclipsadas por los maximalismos con los que se atribuyen pureza de sangre y principios inquebrantables.

Desde el primer minuto en el que se concretó el escrutinio se habló de cordones sanitarios, de la imposibilidad de sentarse a hablar con quien no renegara públicamente de este o de aquel, se recordaron entrevistas en las que los candidatos hablaban como tales, sin pensar en el día siguiente, cuando tendrían que comerse sapos y tocar con los pies en el suelo. Se siguen deshojando las margaritas de los pactos en lo que parece un juego de niños.

Al ver, aunque sea con sordina, semejante guirigay me venía a la memoria un cómic excepcional titulado “Mandela i el general”, con texto de John Carlin y dibujos de Oriol Malet. Lo ha publicado Comanegra en catalán (que acaba de anunciar 2ª edición) y DeBolsillo en castellano, a partir de la edición original de Seuil Delcourt. Aquello sí que fueron palabras mayores. No había que poner cordones sanitarios, lo que había que hacer era romper cadenas forjadas a ciegas, en un país donde había reinado una dictadura racial y muchos anticipaban una revolución sangrienta.

Corrían los primeros años 90 y en John Carlin estaba en Sudáfrica como corresponsal de The Independent. Mandela había salido de la cárcel en febrero de 1990, después de 27 años encerrado en una celda minúscula que hoy se puede visitar, y parecía desmoronarse el régimen del apartheid. Décadas de gobierno atrabiliario de una minoría blanca sobre millones de ciudadanos negros que no eran lo primero pero a los que se les recordaba permanentemente que lo segundo sí era cierto, y que por ello estaban segregados hasta en los bancos del parque. Ante el cambio que se avecinaba se hizo fuerte un Movimiento de Resistencia Afrikaner (MRA), con una estética que recordaba a los nazis y una manera de actuar que era nazi: hay que eliminar al adversario.

Al frente de esta caterva de blancos que no querían perder sus privilegios de casta dominadora estaba el general Constand Viljoen, el del título de este cómic. Carlin, que conoció bien a ambos personajes, cuenta en poco más de 100 páginas ese proceso de acercamiento entre uno de los presos más famosos de la Historia y un militar que si hubiera podido asestarle un tiro lo hubiera hecho sin dudarlo. Ambos acabaron compartiendo espacio en el parlamento nacido de las elecciones de 1994. El Congreso Nacional Africano obtuvo 252 escaños, por los 9 del partido de Viljoen.

Y es precisamente el general el que soporta el peso de la narración. Los momentos icónicos de Mandela los conoce casi todo el mundo (en parte gracias a otro libro de Carlin, “Invictus”, llevado al cine por Clint Eastwood), pero mucho menos se sabía de ese militar que fue considerado un traidor por los suyos y que tuvo que rendirle honores militares a Mandela cuando éste fue nombrado presidente del país. Viljoen fue un valiente, que tuvo tiempo para arrepentirse de sus barbaridades del pasado y prefirió “humillarse” ante amigos y enemigos y así evitar ese baño de sangre que tantos vaticinaban.

Los dibujos de Oriol Malet, con un trazo muy expresivo y usando de una manera muy eficaz un reducido número de tintas, permiten que el relato avance a toda velocidad, como un documental en el que se van alternando imágenes públicas (la famosa salida de la cárcel de Mandela con el puño en alto y acompañado de Winnie, los atentados del MRA, sus convenciones con grandes banderolas tan parecidas a las de la esvástica…) con momentos privados (entrevistas entre los dos protagonistas alrededor de un te y un plato de galletas, reuniones secretas, momentos familiares). De vez en cuando aparece un recurso muy utilizado en los cómics, el de reproducir portadas de diarios en días señalados. Aportan verosimilitud y ubican cronológicamente lo contado, de manera irrefutable.

La apelación al diálogo, el deseo de restañar heridas, la voluntad de negociar, el propósito de mirar adelante para construir algo, la necesidad de acabar con las injusticias… permitieron que dos enemigos irreconciliables (a priori) se preocuparan por ponerse en el lugar del otro. Pudieron haber hablado sin siquiera escucharse pero fueron valientes y se prestaron atención. Como decía irónicamente John Carlin, hoy Sudáfrica es una democracia corrupta como tantas otras, pero Mandela y el general evitaron que además estuviera manchada de sangre desde sus propios fundamentos.  

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