Altsasu como símbolo

“Los chavales de Altsasu (Adur, Jokin eta Oihan) llevan 1048 dias en la carcel. Altsasuko gazteek 1048 egun daramatzate kartzelan.” Y así cada día, desde hace casi tres años. Hay una cuenta en Twitter que se llama @ContadorAltsasu y registra eso, las noches durmiendo en la cárcel de tres personas que, en plenas fiestas de su pueblo, tuvieron un encontronazo con dos guardias civiles de paisano (un teniente y un sargento), que estaban de marcha con sus parejas. El primero sufrió una fractura de tibia y peroné, tuvo que ser operado y guardó seis meses de baja. Sus acompañantes sufrieron magulladuras de diverso grado. El sargento al día siguiente estaba trabajando.

Esta misma semana, después de las detenciones algo exageradas (al menos, en su puesta en escena) de varias personas en Sabadell, el periodista Gerardo Tecé escribía en la revista digital ctxt.es un artículo en el que destacaba este párrafo: “A darse de hostias en un bar con un policía de paisano, en el Reino Unido se le llama ver un partido de fútbol de tranqui. O pelea de bar a secas si –cosa rara– ese día no pusieran fútbol en la tele. En España, una pelea de bar en la zona especial norte, de nuevo vuelve a llamarse terrorismo y lleva consigo décadas de cárcel para el grupo de amigos involucrado.”

No hay un pelo de sarcasmo. Las cosas se están poniendo complicadas en España. Los medios están ejerciendo de altavoces de noticias que no lo son, que son meros deseos, o consignas, o mentiras. O todo al mismo tiempo. Hace unas semanas hablábamos aquí del libro de David Jiménez sobre su año en la dirección del diario El mundo. Decía que la mayoría de los medios escriben para una élite, para un grupo reducido de personas, se leen entre ellos y construyen las realidades que les interesa creer. Y que intentan colar a su público.

La pelea de borrachos en un bar de Alsasua ha sido en estos años la excusa para invocar un terrorismo que teóricamente había desaparecido. Se han exagerado los hechos, se han inflado las cifras y se han rasgado las vestiduras profesionales que debían de haber ejercido sus trabajos con cierta seriedad. La editorial navarra Txalaparta, muy connotada políticamente, publicó hace unos meses un libro titulado “Altsasu. El caso Alsasua”. Dice la cubierta del ejemplar que tengo que van por la 6ª edición y lo firman dos periodistas jóvenes, Aritz Intxusta Pagola y Aitor Agirrezabal Moreno, los dos navarros (como todos los acusados en este caso).

El reportaje, porque eso es este libro aunque se alargue durante más de 200 páginas, está muy bien contado, fruto de un esfuerzo considerable de documentación. Dicen sus autores que los acusadores (mediante sus abogados) no han querido dar su versión. No obstante, los periodistas la muestran a partir del auto de las dos juezas que han participado en la instrucción y también extractando las noticias que han ofrecido los medios “nacionales” en estos años. Es desolador.

A la pena exagerada que se ha pedido para los acusados, sentenciados en un juicio que está recurrido, se unen irregularidades de todo tipo: traslado de la instrucción a la Audiencia Nacional a pesar de que se había empezado a investigar en un juzgado navarro; jueces y magistrados que están emparentados, condecorados y agasajados por la Guardia civil; medios de comunicación difundiendo noticias falsas, haciendo la pelota cada vez más gorda; un Gobierno central (presidido por Rajoy) con deseos de dar un escarmiento aprovechando que las reformas penales se lo permiten…

Cuando una periodista de The Guardian vino a cubrir el juicio y se puso en contacto con los familiares de los acusados, para tener todos los puntos de vista y confrontarlos, la madre de uno de los encarcelados le explicó que ningún medio español (los mismos que llevaban meses escribiendo piezas alarmistas) se ha dirigido a esos familiares, no ha manifestado el menor interés. Cuando un despacho de la agencia AP, crítico con la situación de la justicia española, fue reproducido por The Washington Post y muchos otros medios internacionales, la reacción del Gobierno español fue elevar una queja a esos medios y señalar que en España “hay separación de poderes”, en contra de lo que mostraba la noticia, con los partidos eligiendo a los miembros del Consejo General del Poder Judicial en función de cuotas partidistas y todo lo que se deriva de ello.

Este libro, subjetivo pero honesto, traza un retrato bastante completo de lo ocurrido. Un grupo de jóvenes de un pueblo pequeño de Navarra, ubicada en una zona vascoparlante con una larga historia de reivindicaciones y con una sociedad muy articulada, que han visto alterada su vida por completo, en algún caso sin haber siquiera participado en los hechos que les imputaban. Los procesos de instrucción y el juicio posterior han escondido pruebas fundamentales, han prescindido de testigos que podían haber desmontado algunas de las acusaciones más graves. Y la sociedad navarra, no solo en el pueblo sino también en la capital y aglutinando a miles de personas de todo el espectro político, se ha movilizado en manifestaciones grandiosas que reclamaban su vuelta a casa.

Fotografía publicada el 22 de septiembre en la cuenta de Twitter Altsasu gurasoak

Lo cierto es que algunos de ellos siguen durmiendo en la cárcel. Y que este libro debería llevar muchas más ediciones. El relato de lo ocurrido es acongojante. Y no es menor el temor que se siente al leerlo, pensando en lo que puede estar por llegar. Desde esta semana hay más gente durmiendo en otras cárceles, previo paso por la Audiencia Nacional y con muchos medios de comunicación fabricando titulares “tumultuosos”.

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(Otras) memorias de África

Ahora mismo deben de estar construyendo un mausoleo en el Campo de los Héroes de Harare, la capital de Zimbabwe, para albergar los restos de Robert Mugabe, el “camarada Bob”. Murió a principios de septiembre, a los 95 años, en un lujoso hospital de Singapur. Llevaba 2 años “retirado” a la fuerza, por un golpe de estado que dio su vicepresidente. Antes había estado casi 40 años dirigiendo un país al que, como señalaba alguna necrológica, él mismo “liberó y condenó”.

La desaparición del héroe devenido en tirano, no por esperada (dada su edad y las enfermedades que le aquejaban), ha pillado desprevenidas a las autoridades que ahora se afanan para levantar una última morada “digna” del personaje, al que acogerá durante toda una eternidad. Zimbabwe, la antigua Rhodesia del Sur gobernada con mano de hierro por una minoría blanca, acabó con el régimen racista blanco en la década de 1980 gracias a la guerrilla en la que participaba el ahora difunto Mugabe. En las tres décadas largas en las que estuvo al frente del país tuvo tiempo de todo, desde crearse una aureola de liberador con ciertos éxitos económicos (debido a la riqueza del territorio y a las confiscaciones de tierras a los colonos blancos) hasta convertirse en algo muy parecido a lo que había venido a barrer: un gobierno de corruptos que llevó a su país a la ruina, con billetes de muchos ceros que valían más por el papel en el que estaba impresos que por su valor nominal.

Hubo un tiempo en que me fascinó semejante personaje, que bien hubiera podido enriquecer un librito muy interesante que publicó Albert Sanchez-Piñol en el año 2000, antes de convertirse en escritor de varios best-sellers de corte histórico. Aquella obra se llamaba “Pallassos i monstres” y recogía las peripecias de ocho dictadores africanos (Haile Selassie, Mobutu Sese Seko, Idi Amín, Bokassa…). Una sola frase antes de sumergirse en la lectura advertía: “aunque lo parezca, este no es un libro de ficción. Todos los personajes, hechos y documentos incluidos en esta obra son estrictamente reales”. Me acordé de este ensayo sobre el horror, convencido como estaba de que Mugabe figuraba en él, mientras leía una novela de apariencia amable titulada “Necesitamos hombres nuevos”, de una joven escritora zimbabuense: Noviolet Bulawayo.

La publicó Salamandra el año pasado y su autora estuvo en Barcelona participando en unas jornadas del CCCB para “pensar la diversidad”. La novela está ambientada en su Zimbabwe natal, en una ciudad llamada Paraíso donde Darling, la protagonista y narradora, juega con sus amigos en la calle y se escapa a robar guayabas a un barrio cercano, Budapest, en el que hay casas con todas las comodidades y viven algunos blancos. Ella está todo el día en calle, en un barrio de chabolas adonde han ido a parar muchas familias como la suya, que vivían en casas de verdad, con padres que tenían trabajos bien pagados y alimentaban proyectos de futuro. La crisis económica, la de los billetes de trillones, acabó con eso y provocó de paso que niñas de diez años pudieran ser violadas y quedar embarazadas, como Chipo, a la que tienen que esperar los amigos cuando se ponen a saltar vallas cargados de guayabas.

Bulawayo cuenta pequeñas aventuras cotidianas de un país arrasado en el que los niños son libres mientras descubren cómo afrontar los problemas que les surgen a los mayores: la enfermedad, el exilio, la muerte… Todo está narrado con sencillez y cierta ingenuidad, a pesar de la crudeza que se respira. Así transcurre la primera mitad de la novela, en la que Darling sueña con viajar a Estados Unidos, tierra de promisión donde vive la tía Fostalina, que cuida a personas mayores, limpia culos y hace esas tareas que los occidentales se niegan a realizar. Dos páginas separan esos recuerdos de la infancia de la dura vida de un inmigrante en Detroit. “Mirad a los hijos de la tierra que se marchan en tropel, que abandonan su propia tierra con heridas sangrantes en el cuerpo y horror en el rostro, con sangre en los corazones y hambre en los estómagos y dolor en sus pasos”.

Dos páginas lacerantes que son el prólogo de las vivencias de la propia Bulawayo en Estados Unidos. Así lo explicaba en una entrevista en la que hablaba de la dureza de aclimatarse a un nuevo país y reivindicaba un activismo que trascendiera las protestas que no traspasan la mera queja en las redes sociales. Cuando el relato se traslada a la opulenta sociedad americana, Darling se escandaliza de las cantidades ingentes de comida que atesora el frigorífico de su tía, y que alimentaría durante una semana a toda la pandilla de desharrapados que la acompañaban en sus correrías por Paraíso. Se sorprende de las fruslerías en las que gasta el dinero su tía y de vez en cuando habla por teléfono con sus antiguos amigos, de manera cada vez más espaciada.

Ansía volver a su tierra pero sabe que si regresa no podrá retornar a Estados Unidos, donde no podía imaginar que pudiera nevar tanto y hacer tanto frío. Y se miente a sí misma, mientras piensa en la desgracia de su país, que cada vez es menos suyo.

Encadené esta lectura con otra novela con la que parecía muy relacionada: también en primera persona, también ambientada en un país africano, también evocada desde un país occidental y también contada desde una perspectiva de inocencia infantil que se va quebrando a medida que avanza el relato. Y publicada, también, por Salamandra el año pasado. Se titula “Pequeño país”, la escribió Gaël Faye, nacido en Burundi y establecido en Francia, que tiene prácticamente la misma edad que Bulawayo y lo que nos cuenta acontecía en las cercanas (para las dimensiones africanas) Ruanda y Burundi, en la década de 1990.

Gaby, el narrador y protagonista de esta historia cada vez más oscura, vaga por las calles de Buyumbura en compañía de una pandilla de chavales que pertenecen a una clase sin demasiados agobios económicos. Hijos de diplomáticos, profesores universitarios o empresarios bien relacionados, sus miedos cotidianos son los propios de su edad y condición: aspirar a una bicicleta más chula, dejar claro quién manda en las pandillas del barrio o que los padres no descubran sus correrías por las calles oscuras.

Sin que ellos puedan percibirlo (al principio) las rivalidades étnicas entre hutus y tutsis van agravándose. Y afectan a las relaciones familiares, a los encuentros entre amigos, a crecientes tensiones en la frontera hasta estallar en una matanza que todavía hoy nos hace frotar los ojos al leer la magnitud del genocidio. Centenares de miles personas asesinadas en pocas semanas, en una verdadera orgía de sangre que el padre de Gaby, para intentar explicar lo inexplicable, le decía que estaba provocada porque hutus y tutsis “no tenían la misma nariz”.

El narrador vive en París y al ver en la televisión de un bar cómo llegan a Europa cayucos cargados de personas que huyen de África se siente “tan triste como el área de descanso vacía de una autopista en invierno”. En el día de su cumpleaños se abate sobre él “una pesada melancolía como lluvia tropical” cuando vuelve a pensar en sus padres, en sus amigos “y en aquella fiesta de hace siglos alrededor del cocodrilo destripado al fondo del jardín”.

Lo que viene a continuación es una novela desgarradora, hasta la última línea de la última página. Imperdible.

A medio camino

Las casualidades quizá no existan pero tengo a medias una serie en Netflix y un libro que, sin que ellos lo sepan, están íntimamente relacionados. El “conflicto irlandés” es el paisaje en el que se desarrollan ambos, aunque enseguida empiezan a manifestarse las diferencias entre lo que voy mirando en la pantalla y esa lectura que avanza a trompicones.

Llegué a Derry girls gracias a una crítica entusiasta de Mònica Planas, con un titular contundente: “The Cranberries, sexe i fish & chips”. Muchos estímulos seguidos para no picar. La brevedad de los capítulos provoca que uno los vaya despachando de tres en tres, que son los que caben en una hora. El ritmo endiablado los hace muy jugosos, se pasan en un suspiro. Encadenando nostalgia, buena música (que en las Irlandas hay a porrillo), humor salvaje y unas pinceladas históricas que nos retrotraen a cuando éramos jóvenes y apenas teníamos problemas, las aventuras de un grupo de adolescentes irlandesas van haciendo cada vez más gorda la pelota hasta casi convertirse en una parodia de sí mismas. Las chicas siempre van acompañadas de James Maguire, el primo de una de ellas (que es inglés y por ello objeto de mofas virulentas); los padres, abuelo y tía de dos de las jóvenes, Erin Quinn y Orla McCool, componen una especie de “familia tronada” que no deja pasar ninguna oportunidad para cruzarse reproches o lucir extravagancias, y la hermana Michael (directora del colegio católico al que asiste semejante pandilla) cultiva una grosera sinceridad que provoca estupor.

El histrionismo que al principio cautiva por ese punto salvaje con el que se aborda la cuestión irlandesa se desliza pendiente abajo y, con la segunda temporada a medias, me asalta la duda de si al final ese punto exagerado no acabará con las virtudes de la serie. La frescura con la que arranca todo, esa ausencia de recovecos, va quedando arrinconada por unas exageraciones que bordean los tópicos y las caricaturas. En uno de los capítulos las protagonistas se escapan a Belfast para asistir a un concierto de Take That, uno de los pocos grupos que se dignan a tocar en una zona salpicada por los asesinatos. Creo que, después de este, solo me quedaban un par de episodios para rematar la segunda temporada (dicen que hay otra en marcha) pero me entró el miedo de que se me congelaran las carcajadas que habían provocado los capítulos anteriores. Y ahí lo dejé.

Me encontré entonces con una novela que había leído en algún sitio que estaba ambientada en la época álgida del conflicto de Irlanda del Norte. Con el cachondeo en el cuerpo después de haber visto a las “Derry girls” sacudiéndose sus picores adolescentes en una sociedad tan católica, me encontré de repente con una historia bien distinta. Se acabó la frescura. Comenzaban los rodeos, los circunloquios, las subordinadas, los gerundios, los personajes innominados. Una lectura lenta para una novela compleja, que puede ubicarse en Irlanda pero que también tiene esa ambición de poder ser extrapolada casi a cualquier sociedad cerrada, en la que los rumores ejerzan su tiranía sobre una ciudadanía que no puede (o no quiere) llamar a las cosas por su nombre.

Esta narración desabrida se titula “Milkman”, de la irlandesa Anna Burns, publicada por Alianza de Novelas. Le dieron el premio Man Booker el año pasado y ha tenido que ser un reto para su traductora, Maia Figueroa Evans, recrear en castellano lo que se intuye debe de ser un inglés denso, moroso, en un relato articulado en torno a frases larguísimas. El primer capítulo que hay en la web de la editorial ya muestra por dónde van los tiros.

Tengo la novela a cien páginas del final y se me hace difícil avanzar. El acoso que sufre la protagonista por parte del “lechero” que da título a la novela se va oscureciendo con cotilleos, rumores, sobreentendidos y mentiras, hasta engendrar una paranoia en ella que se contagia al lector.

A pesar de que en la tercera línea del primer capítulo ya sabemos qué suerte correrá el acosador protagonista, el mérito de la autora es mantener el interés de esta novela alambicada en la que la joven narradora (y protagonista víctima del acoso) ve interrumpida su tranquila vida cotidiana. La muerte está muy presente en su entorno, con muchas familias destrozadas por un terrorismo innominado, pero ella se ve afrentada por la enfermiza obsesión de alguien que tiene demasiado poder.

Y en esa oscuridad estoy sumido, mientras dudo si vuelvo al gamberrismo luminoso de la serie de Netflix, y así compensar tanta negrura.