Seguimos en plena cuarentena, confinamiento o como demos en llamar a esta reclusión que es, como decían los mayores, “por nuestro bien”. Hoy ha corrido por las redes sociales la foto de un titular de La Vanguardia que resume bastante bien esta situación de perplejidad en la que no se está tan mal, teniendo en cuenta todo lo que está pasando ahí fuera.

También en las redes sociales son muchos (más bien, muchas) quienes se quejan de que leen y no logran concentrarse, de que pasan páginas y páginas con la sensación de que todo aquello se diluye párrafo tras párrafo, sin sustancia.

Algo así me ha ocurrido con un libro absolutamente maravilloso que ha durado en mis manos y mis ojos bien pocas horas. En este caso, la historia que se explica (con todas sus ramificaciones) era bien conocida por mí y quizá eso ha provocado que me quedara la sensación de que no acababa de disfrutar con su lectura. Pero sí me deleitaba con su observación, porque es objeto de gozo desde la mera cubierta.

El libro se titula “Ramón Acín. En cualquiera de nosotros un pedazo tuyo”, lo ha escrito Víctor Juan y se lo ha editado el Museo Pedagógico de Aragón, que dirige el propio autor. La impactante foto de cubierta es de un italiano que en la década de 1910 recaló en Huesca, Rodolfo Albasini, donde ejerció de hojalatero. El gesto, la mirada, la belleza serena de un hombre esencialmente bueno como fue Ramón Acín hechizan al lector, que enseguida hace suyo el precioso subtítulo del libro. Hay que sumergirse en él para saber de dónde viene tan evocadora frase.

En las páginas de cortesía hay un “golpe seco” con las famosas pajaritas de Acín, que están en el Parque de Huesca (donde sobrevivieron a la infame dictadura) y también tienen una réplica en la Rambla Guipúscoa de Barcelona. El autor explicaba en su cuenta de Twitter cómo él mismo se encargó de poner este particular sello en cada uno de los 2000 ejemplares de la tirada. Y queda constancia de todo en la web del propio Víctor Juan.

Y tras la dedicatoria “a los predicadores del desierto que mantienen la ilusión intacta, un día tras otro, por cambiar el mundo” vienen 150 páginas de deleite permanente. Al margen de lo narrado (que es casi todo conocido y de ello ya nos hemos hecho eco en este blog), esta obra es una armónica combinación de fotos y reproducciones de obras artísticas que recorren la vida de este artista anarquista siempre comprometido con sus semejantes. Juega un papel protagonista su compañera de vida, Conchita Monrás, y sus hijas Katia y Sol, que quedaron huérfanas en el infausto agosto de 1936, cuando sus padres fueron fusilados en Huesca, primero él, pocos días después, ella.

Víctor Gomollón firma el diseño de este libro tan cuidadoso en los detalles, tan rico en imágenes, repleto de buen gusto e información concienzudamente documentada. Sobre la vida y obra de Ramón Acín se ha escrito mucho y bien en los últimos años. Este libro es, más que una investigación, una declaración de amor de Víctor Juan que los devotos de Acín recibimos alborozados.

Se sigue haciendo justicia.   

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