En los pueblos donde “nos conocemos todos” es fácil encontrarse con historias que, a poco que se escarbe, tienen que ver con la guerra civil. De las relacionadas con el bando vencedor se sabe mucho, entre otras razones porque el régimen franquista las utilizó con frenesí durante la dictadura, ya fuera con afán moralizante, como herramienta de escarmiento, con propósitos enaltecedores o, sencillamente, para construir un relato que permitiera ocultar el del adversario.

La “épica de los perdedores” (si es que existe) la vienen cultivando en los últimos años precisamente sus descendientes, no con afán de venganza (o menos de lo que cabría esperar después de todo lo ocurrido) sino más bien para mantener el recuerdo de las “víctimas de la victoria”. Hoy mismo, en el día siguiente a la muerte de Almudena Grandes, los panegíricos destacan precisamente que la mayoría de sus novelas dieron voz a los derrotados y dignificó su recuerdo. Sus “episodios de una guerra interminable” le han permitido novelar algunas de las miles de historias que, sobre todo en las localidades más pequeñas, todavía se explican en voz baja, porque el terror sigue instalado en el imaginario colectivo de una parte importante de la ciudadanía.

La próxima novela de Almudena Grandes (al menos así se anunciaba en el proyecto global de sus “episodios nacionales” antes de que la muerte nos la arrebatara) tenía que ver con una que leí hace poco y que no puedo quitarme de la cabeza. Es una novela breve en la que no sobra ni una coma, que se desarrolla en la localidad zaragozana de Calatorao y que lleva la firma de Jesús Trasobares, su primera obra, después de una larga carrera musical que ha desarrollado sobre todo en su tierra natal. La historia, con una cubierta preciosa y sutil, se titula “¿Quién cerrará la puerta?” y la publica Doce Robles, una editorial aragonesa especializada en novelar episodios históricos de su tierra.

El planteamiento de Trasobares es tan sencillo como eficaz, una narración dentro de otra evocada por un adulto que recuerda al niño que fue, sorprendido entonces por un personaje estrafalario y deudor en la actualidad de la memoria de aquel hombre, víctima en varias ocasiones del odio enfermizo que los vencedores de la guerra proyectaron sobre sus víctimas. Julio Cubero es el nombre del protagonista, alguien que existió y resistió. Y sus penalidades son, por desgracia, demasiado frecuentes en la narrativa de la guerra que ha visto la luz en las últimas décadas. Los que se burlan de la “memoria histórica”, los que pretenden enterrar las batallitas del abuelo, los que han hecho carrera como articulistas denigrando a los derrotados podrán decir (con razón) que es “otra maldita sobre la guerra civil”.

Los demás disfrutaremos, si es válido el término, con una historia muy bien contada que recuerda por su planteamiento a Bastian, el protagonista de “La historia interminable”, leyendo a hurtadillas, tapado con un manta mientras vuela por escenarios fantásticos merced a un libro casi mágico. En la novela de Trasobares la fantasía es la pura realidad pero ese deseo infantil de descubrir lo que los mayores intentan ocultar es toda una metáfora de la historia de este país en el último siglo.

En una entrevista en Heraldo de Aragón el autor contextualiza de maravilla su novela, describe la situación familiar que permitió montar la trama sobre la que se sustenta y, aunque proporciona buena parte de las claves del relato, ello no impide disfrutar de la historia como si acudiéramos a ella con ojos virginales. El propósito de rescatar del olvido, y más en una localidad como Calatorao, un episodio del que todos se hacían lenguas pero que permanecía bajo un manto de silencio, lo logra con creces. Y también en la entrevista queda clara esa voluntad de hacer frente al revisionismo en el que estamos cada vez más instalados: “Pienso que en este país, en este mismo instante, hay un intento de negar la crueldad, el alcance de la represión franquista, por una parte cada vez más visible de ciertos sectores de la política o de los medios de comunicación.”

El propio titular de la entrevista parece darle la razón, al entresacar una frase que en su contexto casi dice lo contrario de lo parece. Con su novela, Jesús Trasobares ha puesto otra pieza en ese interminable puzle que, lentamente, va mostrando que todavía queda mucho por explicar.

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