El poder de la ficción

En pocos días he leído sin parar dos novelas de las que había oído hablar, que seguro había visto en la lista de los libros más vendidos, pero que no habían acabado de llamar mi atención, y eso que en castellano las había publicado Salamandra, a la que considero una garantía a la hora de buscar apuestas seguras. Se publicaron en inglés en 2003 y 2007, respectivamente, y las firmaba Khaled Hosseini, un médico que dejó la profesión cuando el éxito de ventas y crítica en todo el mundo se asoció a dos textos muy crudos sobre su Afganistán natal.

“Cometas en el cielo” y “Mil soles espléndidos” son dos relatos absorbentes que recorren medio siglo de historia de un territorio que ha visto desfilar casi todas las banderas, ha sucumbido a revoluciones propias y ajenas y se ha convertido en protagonista, casi siempre indeseado, de los noticieros de todo el mundo.  Hoy mismo los medios de comunicación dedican su atención al último acto luctuoso que ha tenido Kabul como protagonista: un asesino se ha inmolado en una boda y se ha llevado por delante a varias decenas de invitados. Las imágenes que se atreven a emitir las televisiones son dantescas. Las que circulan por las redes sociales, con videos grabados por los propios invitados, deben de ser terroríficas.

Dicen las noticias que el atentado ha sido revindicado por el Estado Islámico, que asegura ser el responsable también del estallido posterior de la furgoneta en la que llegó el terrorista suicida y que ha provocado más muerte y destrucción. Casi 200 heridos. Los talibán se han apresurado a desvincularse de esta atrocidad, aunque están detrás de otros atentados que ha habido en las últimas semanas. Una noticia no demasiado larga del diario El País muestra en pocos párrafos la situación enrevesada que vive Afganistán desde hace tres décadas, cuando se convirtió, a su pesar, en una de las piezas más codiciadas del tablero donde se dirimen todavía hoy las cuitas de las grandes potencias.

Leía atónito esta noticia y se sucedían en mi memoria, como los fogonazos de una tormenta, algunos de los pasajes que explicaba Hosseini en sus novelas. Ambas cubren la convulsa historia de su país, con ramificaciones que cruzan las fronteras vecinas y hasta se adentran en la bahía de San Francisco. Son historias imposibles de resumir, porque el relato avanza trepidante a lo largo de décadas sin que dejen de suceder cosas, casi en cada página. Son dos novelas en la línea más tradicional, repletas de acción, con varios personajes que en ningún momento quedan abandonados, con un hilo argumental que, por muchas derivadas que tome, termina enrollándose en torno a la trama principal.

Las cometas en el cielo de la novela que dieron fama a su autor se erigen en protagonistas de un relato concienzudo, con cierto planteamiento circular, que arranca antes de que el país cayera en manos de los soviéticos. En cierto modo, recuerda al Irán de “Persépolis” (el cómic de Marjane Satrapi), cuando una elite cada vez más amplia miraba a Occidente e intentaba modernizarse a base de secularización y democracia. La revolución islámica que terminó con el Sha persa tuvo su propia versión en Afganistán. El padre del protagonista previene a su hijo con burlas contra los “barbudos”, que no ven con buenos ojos el alcohol, que las mujeres salgan de casa o que la religión quede en la esfera de lo privado.

Esa especie de contrarreforma islámica es la protagonista verdadera de la historia de Amir y su amigo Hassan, que es también su sirviente. Lo que parece un ingenuo juego infantil, el de volar las cometas sobre el cielo de Kabul durante el máximo tiempo posible, es el preámbulo de una historia repleta de culpa, origen muchas veces de heroicidades extremas. La figura de babá, el padre de Amir, vertebra esa sucesión de reinvenciones, casualidades imposibles, hundimientos clamorosos y redenciones necesarias.

Una novela que se lee con el corazón encogido, como pasa también con “Mil soles esplendidos”. En esta ocasión las protagonistas son dos mujeres, víctimas precisamente de una sociedad en la que históricamente los hombres han ostentado todo el poder. La llegada de los “barbudos” no hará sino empeorar la vida cotidiana, en la que la hipocresía se revestirá de religión y condenará con las leyes más extremas cualquier atisbo de rebeldía, el mínimo cuestionamiento. Como en la historia de los niños que querían hacer cometas y verlas volar, el origen de Mariam (hija ilegítima de un rico comerciante que la protege a escondidas) lastra las decisiones que otros toman por ella. Siempre víctima de decisiones masculinas, incluso cuando puede tejer complicidades con una joven a la que acoge su marido para convertirla en su segunda esposa y madre de los hijos que no ha podido tener con Mariam, un día decide ser dueña de su destino, aunque sea por poco tiempo.

Una vez más, los acontecimientos se suceden a un ritmo vertiginoso mientras el país se hunde en la oscuridad y explotan los Budas de Bamiyan. En el paisaje de fondo aparece casi todo lo que ha ocurrido en las dos últimas décadas, incluido el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York y sus devastadoras consecuencias para Oriente Medio. Si en la primera novela era la culpa la que hacía avanzar el relato, aquí es la solidaridad femenina la que permite que los lectores alberguen un resquicio de esperanza mientras pasan absortos las páginas.    

Hay más novelas de Khaled Hosseini, que ha seguido publicando con Salamandra. El éxito en todo el mundo le ha permitido montar una fundación que intenta ayudar a sus paisanos. Las noticias, desgraciadamente, nos recordarán periódicamente la vigencia de estas narraciones. No será fácil tender puentes en una tierra que un día debió de ser tranquila.  

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Sobre el vicio solitario

Como soy de los que se leen hasta la etiqueta del champú si están en el baño con un rato por delante y ningún escrito al que echarle el ojo, no es de extrañar que hace años leyera en la revista Hola una entrevista a Art Garfunkel, el del pelo rizado del dúo formado por Simon y él. No sé muy bien qué interés tenía para ese tipo de publicación una entrevista con un personaje tan, a priori, alejado del mundo del corazón. Me llamó la atención que destacara en sus respuestas que llevaba leídos los más de 400 libros que había en su biblioteca, porque me parecieron pocos para alguien así. Leyendo uno cada 15 días, en 20 años había sobrepasado el medio millar. Creía que un poeta como él debía de superar esa cifra con relativa facilidad.

Había olvidado esa entrevista por completo hasta que el otro día descubrí que la biblioteca de Art Garfunkel está ahora mismo en línea, accesible aquí. Hice el hallazgo gracias a Mikita Brottman, en un ensayo titulado “Contra la lectura” (era más sugerente el original inglés “The solitary Vice against Reading”), que publicó Blackie Books en 2018.

La autora de esta apasionada defensa de la lectura dice que Garfunkel es “un espécimen perfecto de bibliomaníaco” y desgrana curiosidades sobre la metódica lectura de alguien capaz de tragarse de la A a la Z las 1664 páginas de un diccionario de inglés, “Guerra y paz” y “Los hermanos Karamazov” en pleno éxito de su carrera con Paul Simon, cuando “habría tenido cosas más emocionantes que hacer que quedarse en casa con la nariz metida en una deprimente novela rusa”. Destila bastante mala baba al analizar muchas de sus otras lecturas, al tiempo que las ubica en determinados momentos vitales del propio Garfunkel, y termina aseverando que, “desde luego, no es un hombre aniñado y calvo con demasiado tiempo libre”. La minuciosidad del cantante a la hora de ordenar sus libros, década a década, nos permite saber que ahora mismo está enfrascado en el “Relato de un náufrago” de García Márquez, que acaba de leer la biografía de su compañero Paul Simon y que las diversas lecturas que le esperan acercan el montante global a 1300 títulos, desde la década de 1960.

No es el único capítulo que me ha llamado la atención de este libro divertido que en algún momento argumenta sobre el género en el que se le podría encuadrar, el de libros sobre libros, aunque la propia autora considera que ya hay un subgénero que es el de libros sobre sobre libros sobre libros. Y en particular, sobre el mundo de la lectura. Uno de los autores más reconocidos es nuestro admirado Alberto Manguel (referenciado en esta obra) pero también lo son Emili Teixidor, Daniel Pennac, Jordi Llovet, Jorge Carrión y tantos otros que se han refocilado en este solitario vicio. El ensayo de Mikita Brottman no tiene ínfulas de erudición pero atesora información de gran interés que cautiva, además, por esa vocación provocadora con la que está escrito.

Desmenuza el listado de lecturas que le obligaban a trasegar en la escuela y advierte con ironía de que algunos de aquellos autores no tenían más mérito para ser leídos que el de haber nacido en el mismo condado en el que estaba la escuela y eran por tanto glorias locales a las que admirar. Hoy no los recuerdan ni en su casa. Ataca a los clásicos (no se libra ni El Quijote), que leídos a destiempo logran precisamente lo contrario de lo que perseguían sus prescriptores: que el joven lector aborrezca la lectura: “yo conseguí zafarme sin demasiado sufrimiento de los griegos y romanos de la Antigüedad, pero Inglaterra tiene autores vetustos propios (…) y los estudiantes se ven obligados a estudiar cualquier vieja porquería”.

Se burla de esas manías que tenemos muchos lectores como no escribir en los libros, no dejarlos a medias, doblar las esquinas de sus páginas… y argumenta contra esa falacia de que leer nos hace mejores personas. Aunque sí nos pueda ayudar a entendernos mejor a nosotros mismos, que no es poco.

Cuando este libro enfila ya la recta final y se atisban los agradecimientos y la muy útil e interesante lista de obras citadas, aparece una célebre carta de Kafka a su amigo Max Brod (al que tanto le debemos). Es aquella que dice que “si el libro que estamos leyendo no nos despierta como un golpe en el cráneo, ¿para qué nos molestamos en leerlo?”.

Vamos siempre en busca de ese golpe.

Inventario de una vida

Construir un relato en torno a una novedad literaria es una de las tareas más complejas que enfrenta el departamento de comunicación de una editorial. Es difícil hacerse un hueco a la hora de “colocar” tu producto, porque la competencia es dura, el espacio que dedican los medios no es precisamente generoso y no es habitual que lo comunicable posea las cualidades necesarias para llamar la atención. Cuando los medios compran ese relato, el placer es inmenso.

En las últimas semanas hubo un clamor unánime en torno a una obra que ni tan solo era fácil de catalogar: cómic, novela gráfica, novela en imágenes, cómic adulto… Todo el mundo coincidía en mencionar que era el resultado de veinte años de trabajo, que trasladaba al papel la elegancia que exhibía su autor (con esa indumentaria que parece sacada de un episodio de Mad Men), que era una obra monumental y también que era “un objeto deliciosamente editado”, en palabras de Jordi Canyissà en el Culturas de La Vanguardia.

Lo mejor que se puede decir de “Ventiladores Clyde”, de Seth, publicado por Salamadra Graphic, es que está a la altura del relato e incluso lo supera por elevación. En estas semanas en las que aparece recomendado como uno de los libros del año han destacado entrevistas originales como la de Anna Abella en El Periódico de Catalunya (que incluye versión en cómic de Pablo Ríos), la de Álex Gutiérrez en Ara Llegim o la que le hizo Laura Barrachina en Radio 3, en La hora del bocadillo. Pocas veces tantos elogios se correspondieron con el placer de una lectura que no encuentra un momento de sosiego.

El casi medio millar de páginas se presenta en una edición fastuosa, en un elegante estuche donde aparecen unas breves reseñas que cortan el aliento. Dice Chris Ware que “Seth es uno de los mejores dibujantes de todos los tiempos” y remacha Douglas Coupland que “tenemos la suerte de que está en nuestro mundo”. El minucioso índice que hay en el lomo es una venturosa gamberrada onomástica que atenaza al lector: ¿hacemos caso a esta peculiar ordenación de contenidos o nos aventuramos por la primera página y a ver qué nos depara el relato?

Con el libro en las manos, el primer disfrute viene con la cubierta, que presenta un detalle que anticipa que estamos ante algo muy bien concebido. El escaparate de la tienda de “Ventiladores Clyde” lo es, claro que sí. Con las primeras páginas comienza el festín, sin que todavía podamos calibrar el alcance del viaje que empezamos. Son cinco partes, con escapadas a 1997, 1957, 1966, 1975 y vuelta al 57, en las que nos adentramos en la vida de dos hermanos, Abe y Simon, que defienden como pueden (o saben) el negocio familiar que montó su padre: una tienda de ventiladores.

Si primero tuvo que hacer frente a la competencia de unas marcas asentadas, entre las que se hizo un hueco merced a la compra de una fábrica llamada Borealis (es delicioso el catálogo de la página 295, con 24 referencias de todo tipo), más tarde se tuvo que defender del auge del aire acondicionado. Ahí se empezó a torcer un negocio en el que los dos hermanos muestran su personalidad a la hora de afrontar el día a día, tanto detrás del mostrador como en la rebotica. Medio siglo en la vida de una familia en la que el padre brilló por su ausencia durante años y en la que la madre comienza a dejarse la memoria a jirones, mientras sus hijos se turnan para atender a una enferma de Alzheimer que es como una metáfora de su propia vida.

Esta obra monumental está construida a base de detalles, con reproducción de postales estrambóticas, recreación de los carteles que mostraban los negocios de una calle que hoy es solo un recuerdo, paisajes urbanos o campestres, viñetas que atrapan sueños y una sucesión de rostros que muestran el implacable paso del tiempo o la evocación de cuando los dos hermanos eran más jóvenes y todo estaba por hacer.

Imágenes, imágenes, imágenes, miles de imágenes, que dejan al lector boquiabierto, por la calidad, por la originalidad de la composición de la página, por la habilidad para jugar con las luces, por la maestría en el manejo de dos tintas, por la sutileza con la que retrata una vida que se escapa de las manos, donde ni los protagonistas saben ya si perdieron oportunidades o se limitaron a jugar lo mejor posible las cartas que el destino puso en sus manos.

Al final de este libro en el que uno tiene la tentación de quedarse a pasar una larga temporada, Seth escribe una breve “nota del autor” donde comienza explicando que “deben de haber pasado veinticinco o treinta años desde que me asomé por primera vez al oscuro escaparate de Ventiladores Clyde, en la esquina de King con Sherbourne”. Añade que es “uno de esos escaparates de Toronto que se habían quedado rezagados y por los que pasabas por delante sin fijarte”.

Llamó su atención y lo convirtió en uno de los aparadores mejor recreados de la historia de la literatura. Detrás del cristal había tantas cosas que contar que él ha necesitado dos décadas y casi 500 páginas. Se nos antojan pocas.

Una cosquilla rica en los huesos

Qué gloriosas las veces en que un libro en apariencia menor te persigue durante días. Hace poco una amiga me hizo llegar lo que parece ser una obra infantil, aunque tiene unas ilustraciones de apariencia seria y hasta tono lúgubre. El título ofrecía pocas pistas: “Lo que sabe Alejandro”. Y no había oído hablar de su autor, Andrés Pi Andreu, un cubano que ahora sé que ha ganado diversos premios y ha publicado unas cuantas obras más.

Este libro curioso, difícil de catalogar, lo publicó Panamericana en 2012 y llega ahora a la península de la mano de Milenio en castellano y Pagès Editors en catalán. Después de haberlo leído del derecho y del revés, quizá lo mejor sea arrancar por la última página, donde el narrador resume las cien páginas anteriores con esa lógica aplastante de los pequeños: “Esto es lo que sé hasta el día de hoy”.

Y es que “lo que sabe Alejandro” y que nos va contando en primerísima persona es todo un mundo, el de un niño de ocho años y medio que se cansó de escuchar a los mayores diciéndole que no sabía de la vida. En su “libreta de apuntes importantes” va haciendo una especie de enciclopedia de su vida. Nos ubica en su vivienda: “mi casa tiene una calle que empieza en la puerta y la ventana”. Nos presenta a su familia, también a esa abuela a la que conoció. Nos explica que en el salón de su casa “hay un reloj triste que da campanadas viejas” y en media docena de páginas nos hemos instalado en su mundo y queremos leer sin parar esas entradas breves que hay en el cuaderno de su vida… y de su sabiduría.

Esta curiosa combinación de inocencia, poesía, curiosidad y sentido común nos habla una infancia humilde en La Habana, en una familia que se anda resquebrajando pero donde abunda el cariño y el respeto a los mayores. Hay referencias que conectan con los lectores que ya pasan de los cuarenta. La película King Kong, las cartillas de racionamiento en Cuba, los dólares de los turistas que alivian esa escasez cotidiana, los partidos de beisbol… todo va apareciendo en estas páginas que se antojan demasiado breves.

Las sentencias lapidarias de Alejandro dibujan sonrisas en los lectores, que asienten de manera inconsciente cuando el pequeño escritor dice que “un amigo es un hermano que no vive contigo”, que “cada lugar tiene su lluvia diferente” o afirma tajante que no comprende “las ganas de crecer y convertirse en adultos de todos mis amigos”.

En sus divagaciones con la familia, Alejandro se muestra como un cronista del día a día que tiene la habilidad de mirar el lado bueno de la vida, esa que crece dentro de él, cuando se estira por las mañanas mientras el sol calienta y siente “una cosquilla rica en los huesos”. Con esa belleza le explica su madre la dicha de estar vivo, y él tiene la pericia de saber explicarlo.

Si el texto tiene algo embriagador, las ilustraciones de Luis Castro Enjamio (las que de entrada parecían sombrías) se van cargando de simbolismo hasta convertirse en el contrapunto idóneo a las certeras definiciones del menudo escritor.

Oscuridad en los arrabales

Una madre que hará todo lo posible para que sus hijos tengan una vida un poco más sencilla que la suya. Un par de hermanos que han crecido sin padre pero que están unidos por esa “magia” fraternal que obliga al mayor a proteger al pequeño y a éste a querer parecerse al grande. Y una amiga inteligente que quiso regatear al destino y vuelve al barrio por unos días.

Todos viven en Scarborough, “un páramo en el extrarradio de una ciudad en expansión (…), un suburbio que había recibido vertiginosamente como unas setas primero amarillas, luego marrones y al final negras”. En el este de Toronto ganó población de manera espectacular esta ciudad, que acogió a miles de inmigrantes como los protagonistas de esta novela de David Chariandy, titulada “Hermano”, publicada por Alianza en castellano y per L’Altra en catalán.

Un vistazo a las dos cubiertas proporciona mucha información extra: Alianza inauguró con esta historia su colección “Literaturas”, en la que otorga el protagonismo al autor, foto incluida. En catalán, la línea gráfica de estas cubiertas tan características centra la atención en un tocadiscos, porque la música forma parte incontestable del relato. Ska, reggae, hip-hop son señas de identidad de Francis y Michael, cuyos padres proceden del Caribe. Y esas canciones son las que suenan en la peluquería donde se reúnen estos pandilleros, para echar el día, tejer complicidades, urdir pequeñas tramas delictivas o imaginar un futuro distinto el que parece haberles caído en suerte.        

La historia es una evocación que hace Michael, narrada en primera persona a partir de la aparición de Aisha, una amiga de los dos hermanos que vuelve para acompañar a su padre, enfermo. Estos recuerdos son sobre todo un homenaje a la madre multiocupada que “amenaza” a sus hijos con colgarlos por las uñas de los pulgares si enchufan la tele o se distraen de sus deberes escolares mientras ella se desloma limpiando oficinas de madrugada.

Es un retrato frío (Marina Espasa lo compara con una peli de Spike Lee) de una ciudad marginal donde los inmigrantes se agrupan por procedencias, aunque en el mismo bloque vivan “la señora Chandrasekar, el señor Chou, Pilar Fernández y Clive Chaval Barnintgon”. Es el día a día de una pandilla de gamberros “que no hacían más que callejear”, que no atendían a esa “última oportunidad” que les brindaba la escuela, en cuyas aulas cumplían “largas condenas bajo el zumbido químico de las luces fluorescentes”.

Una intensa narración que abarca varios años y muestra la evolución de una familia condenada a luchar, mientras suena una canción en el tocadiscos y la madre pide que suban el volumen, un poco más.

Enamorarse de una lengua

Cuando uno intenta someter una lengua hasta hacerla suya, y aunque sea tan parecida al castellano como el catalán, pasa por una época en la que lee con fruición: para hacerse con la nueva ortografía, para enriquecer léxico, para ver “pintados” esos sonidos que se antojan imposibles de pronunciar correctamente.

De mis primeras lecturas en catalán, siempre con obras cuya temática me resultara tan atractiva como para hacerme inasequible al desaliento, de aquellas páginas leídas con tanto esfuerzo, recuerdo sobre todo mi necesidad perentoria de localizar los verbos en cada oración, como si fueran el asidero del que colgaban todas las demás palabras. Agarrado al verbo, si entendía su significado, podía seguir adelante, en pos de una nueva frase, a por el siguiente párrafo, a rematar el capítulo. Aquellos primeros libros en catalán fueron unas memorias de Teresa Pàmies, el “Homenatge a Catalunya” de Orwell, algunos cuentos de Moncada, los recuerdos de guerra de Tisner o relatos de autores como Empar Moliner, Quim Monzó o Ferran Torrent.

Me acordaba de todo esto con cierto punto nostálgico pero también aliviado por haber sido capaz de superar aquella etapa de aprender una lengua “de mayor”. Y lo hacía al leer un libro inesperado de una autora que siempre me ha interesado: Jhumpa Lahiri. Una novelista en inglés que ha ambientado sus historias entre EEUU y la India de sus ancestros, en las que ese choque cultural, esa vida a caballo de dos realidades lingüísticas diferentes, eran uno de los elementos sobre los que pivotaba la acción.

Con el bengalí como lengua materna al tiempo que escritora en inglés, más de una vez había dicho Lahiri que no pertenece del todo a ninguna lengua. Hace poco Salamandra ha publicado un libro de 2015 titulado originalmente “In altre parole”. Escrito, claro está, en italiano. Y que es un placer de lectura por la sutileza y emoción con las que narra la adopción de una lengua nueva, o mejor dicho, la zambullida sin remilgos en una lengua que Jhumpa Lahiri había descubierto en un fugaz viaje a Florencia durante sus años universitarios. Una lengua a la que ahora volvía, más de 20 años después, para instalarse en Roma: “escribo en mi italiano horrible, incorrecto, áspero (…) Avanzo a tientas, como un niño, como una semianalfabeta (…) Es como si siendo diestra, escribiera con la mano izquierda. Parece una transgresión, una rebelión, una estupidez”.

La severidad con la que se juzga, las dificultades que parecen infranqueables, se van dulcificando pero la nueva hablante (y escritora) en italiano describe con agudeza cómo transita por ese aprendizaje: “puedo bordear el italiano, pero se me escapa su interior; no vo las calles secretas; las capas ocultas; los niveles escondidos; la parte subterránea”. Dice más adelante que en Italia se encuentra muy a gusto pero se siente “más imperfecta que nunca”, porque cada día al hablar y escribir en italiano se enfrenta a la imperfección, que propicia “la invención, la imaginación, la creatividad”.

El entusiasmo que transmite Lahiri a medida que tiene la sensación de hacerse con la lengua de sus desvelos se transforma en frustración cuando sus nuevos paisanos, al fijarse en su aspecto físico, no la asocian con una italiana y se dirigen a ella en inglés. Este libro es una declaración de amor a la lengua italiana pero la autora se hunde en la pesadumbre de no ser digna nunca de hablar esa lengua tan hermosa.

“En otras palabras” son pocas páginas y quizá no esté a la altura literaria de sus obras anteriores en inglés. Pero ese ejercicio tan sincero e ilustrativo se lee como una novela de iniciación en la que la autora va desvelando los trucos, precisamente para que no se aprecie la magia de lo que nos están contando.

Si no es sencillo instalarse en otra lengua, sí al menos es más ameno hacerlo mientras uno se fija dónde hay que ir poniendo los pies, para seguir avanzando.

Dos cómics para recordar y soñar

Durante unas pocas semanas la película “Buñuel en el laberinto de las tortugas” atesoró muchas estrellas de la crítica y me temo que no demasiados espectadores, si bien resistió en pequeñas salas de Barcelona y Madrid. Al ver el tráiler supe que se ocupaba del rodaje de “Las Hurdes”, película mítica a la vez que maldita en la obra de Buñuel, y que dedicaba parte del relato a una de esas historias mínimas que siempre me han fascinado: el director consiguió financiación para el filme merced a una apuesta que cruzó en una noche de borrachera con un viejo amigo, muy querido en este blog.

Interesado en la película descubrí que partía de de un cómic y, después de varias vueltas, conseguí dar con él. Publicado por Astiberri hace diez años, poco tiene que ver el rotundo blanco y negro de las viñetas de Fermín Solís con los colores no menos intensos de la peli de Alvaró Simó. El estilo de ambos formatos es bien distinto pero retrata más o menos lo mismo: con la anécdota del premio gordo, que cayó en Huesca en 1932 y posibilitó que Ramón Acín cumpliera su promesa, el foco se dirige luego al director surrealista y “carnuz”, que se propone rodar un documental y termina elaborando una obra que todavía parece más surrealista.

Se ha hablado mucho de las trampas de atrezzo y preproducción que el equipo de Buñuel hizo en Las Hurdes, para que fuera más evidente que aquella era “tierra sin pan”. Hay varios reportajes que denuncian el afán manipulador del director y el mosqueo intergeneracional de los jurdanos con aquel que retrató a sus antepasados con tantas sombras y escasas luces. La película, incluso vista muchos años después de manera totalmente contextualizada, sigue epatando por su crudeza, por muchas añagazas que encierre.

El cómic de Fermín Solís es muy expresivo, desarrolla muy pocos hilos narrativos y mezcla historias documentadas fehacientemente (la cabra cae abatida por un peñascal, el burro untado en miel para que lo devoren las abejas) con sueños y fobias buñuelianas que proporcionan páginas estelares y regalan el título tan sugerente.

Ha casi veinte años, el poeta Ángel Petisme dedicó al “sordo de Calanda” un libro-disco repleto de los tópicos sobre Buñuel, que funcionaban muy bien en canciones pegadizas y con abundantes ecos surrealistas. “Érase una vez un hombre encadenado, que hizo estallar el mundo con los ojos cerrados”, decían los versos de uno de esos temas. Y al leer este cómic me iba acordando de aquellas letras, repletas de mensajes sugerentes, en la que se colaban las voces de Paco Rabal, Pepín Bello o Ángela Molina y los redobles de los tambores del Bajo Aragón.

Si las andanzas de Buñuel y Acín, por París primero, y luego por tierras extremeñas, dan para un cómic, las vivencias de Pablo Picasso en Francia y su anhelo por haber vivido otra vida dan para dos cómics, uno dentro del otro, que tiene más mérito. Publicado por Norma hace menos de un año, “son tres libros: un libro dentro de un libro dentro de un libro”. Así lo explica el autor en el siguiente vídeo.

Esta “ficcionalización de una posible vida de Picasso”, en palabras del propio Torres, es un prodigio de cómic para explicar un cómic que investiga los límites de la ficción y que, mediante la fabulación, nos permite elucubrar con las pequeñas vanidades de uno de los artistas más famosos de todos los tiempos. Acumulaba admiradores, fama y dinero pero arrastraba la frustración de no haber podido luchas en las trincheras para defender a su país del fascismo.

Por ello encarga a un dibujante español, también exiliado en Francia, que elabore un tebeo que recree su participación en la batalla del Ebro. Y antes de que podamos disfrutar de esas viñetas hechas a medida podemos asistir al proceso de creación del mismo, con su autor cruzando el sur de Francia en moto y explicando a su mujer por teléfono los avances del encargo.

Un ejercicio absorbente que le construye a Picasso un pasado a medida al tiempo que deleita a los lectores de hoy, siempre agradecidos a estas historias de tanta calidad gráfica como compositiva.  

Una marcianada

Durante años se mantuvo en BTV un programa sobre libros que se llamaba “Saló de lectura”. Lo dirigió Emili Manzano, que luego se fue con un invento similar al canal 33, una vez que en la tele local de Barcelona se cargaron aquella tertulia de locos por la literatura. En ambas cadenas estuvo como tertuliano habitual un periodista que hablaba en un castellano atropellado, fruto del montón de ideas que bullían en su cabeza, resultado a su vez de cientos de lecturas, producto todo de una curiosidad infinita y adobado con un entusiasmo que rápidamente trasladaba a sus contertulios y, por supuesto, a los espectadores. El presentador del programa empezaba a sonreír en cuanto Javier Pérez Andújar tomaba la palabra, y lo mismo hacían todos los que le rodeaban.

Cada programa era una fiesta y los espectadores intuíamos que aquello continuaba cuando comenzaban a pasar los créditos y todo fundía a negro. En algún bar de alrededor de la Via Laietana de Barcelona, donde estaban entonces los estudios de la cadena, seguro que seguían aquellas charlas en las que unos se quitaban la palabra a los otros. A Javier Pérez Andújar le brillaban esos ojos claros cuando una sonrisa enorme daba paso a una risa franca, mientras hablaba de tebeos, clásicos de la ciencia-ficción, autores franceses o historias de arrabal. De eso mismo escribió durante años en sus columnas de El País o El Periódico de Catalunya, y también fue el eje de los libros que ha ido publicando en los últimos años con Tusquets.

Hace poco cambió de editorial y publicó “La noche fenomenal” con Anagrama. Y ahí hemos tenido la certeza de que cuando se apagaban los focos seguía la charla en la barra de un bar. Y hemos jugado a descubrir quién se escondía en alguna de las identidades ficticias de los personajes que acompañan al Javier protagonista de esta historia tan inclasificable. El título del libro alude al nombre de un programa de televisión que recuerda sospechosamente al de los libros mencionado al principio. Con una diferencia sustancial, se ocupa de fenómenos paranormales, de psicofonías, viajes a dimensiones paralelas y otras majaradas que permiten que la narración transite por senderos que parecen surrealistas, por decir algo.

Cada capítulo arranca con un pareado como aquellos que encabezaban las viñetas de algunas historias del TBO. “Se conoce la pandilla y todo va de maravilla”, “Mientras el equipo delira, un amigo se retira”, “Lo que encuentran en el otro lado es un mundo derrocado”, “En busca de lo real se lanza a la carrera final”… Leídos todos juntos, los 22 capítulos generan un microrrelato en línea con los experimentos de Italo Calvino, pero aquí lo más divertido es ir, sin saber muy bien adónde.

El texto se va por las ramas cuando el autor lo considera oportuno. Igual introduce un párrafo sobre los diccionarios que una breve explicación de las pajaritas de hierro que adornan la calle Guipúzcoa de Barcelona o una digresión sobre los topónimos españoles que contienen la palabra medina o un homenaje a José Batlló, responsable de la librería Taifa.

Esta heteróclita mezcla de elementos envueltos en forma de novela de ciencia ficción se entiende bastante bien cuando se conoce un poco al autor, se ha viajado con él en sus recorridos por el extrarradio barcelonés y se comparte, siquiera de manera puntual, algo de ese imaginario que ha ido exponiendo en sus colaboraciones en la prensa catalana. Desde hace un tiempo aparece también de manera periódica en el programa “A vivir que son dos días”, de la SER. No sé hasta qué punto desconocer ese paisaje barcelonés puede hacer más árido este divertido recorrido por no sé sabe bien qué lugares, si del pasado, del presente, de este lado o del otro del “agujero”.

Esta marcianada, dicho sin ánimo peyorativo, se puede leer con las cejas fruncidas o la boca abierta. Con una sonrisa en la memoria o con un esfuerzo por intentar entender lo que quizá no tenga ninguna voluntad de ser comprensible. Es una invitación a una fiesta nostálgica. Es un canto a la amistad. Es un elogio de las ciencias imposibles. Es una gamberrada. O un ejercicio de estilo.

Qué más da.

Estampas del lodazal

A principios de los años 90 las vallas publicitarias que había en las autopistas que rodeaban Bilbao se llenaron de un mensaje sorprendente. Era algo así como “Pronto el País Vasco tendrá la independencia”. La tipografía del texto era la Rockwell y los más avisados podían intuir que aquello tenía que ver con un periódico, porque se podían ver las cuerdas con las que se solían preparar los paquetes (entonces abultados) de diarios. El único que tenía esa familia en su cabecera era El Mundo, fundado por Pedro J. a finales de 1989.

En sus primeros meses la edición vasca del diario más atrevido luchó por hacerse ver, en una tierra donde el consumo de prensa escrita (entonces no podíamos imaginar lo que había de venir) se equiparaba a los estándares europeos e incluso los superaba. El Mundo del País Vasco albergó una nómina de columnistas donde había firmas que venían de Egin, políticos de todo el espectro (que ahí ha sido siempre muy variado), textos en euskera… que convivían con los textos de Pilar Urbano, Francisco Umbral u otros que firmaban con seudónimo y evidente mala baba. Pedro J., Alfonso Rojo, Melchor Miralles, la citada Pilar Urbano fueron algunas de las estrellas de la cabecera que acudieron tanto a la facultad de Leioa como a escenarios emblemáticos de la capital bilbaína.

No recuerdo cuántos años duró el invento pero en plena Guerra del Golfo, más las investigaciones del GAL y los abundantes casos de corrupción del PSOE, aquella edición vasca de un periódico que luego ha sido tan beligerante con la periferia vivió años de éxito, que debieron de proporcionar dinero a sus dueños. En la carrera de Periodismo, cuando analizábamos quién era el propietario de los diferentes medios, siempre salía alguien explicando que entre los accionistas de El Mundo estaban Aute, Sabina y no sé cuántos artistas del lado “rojo” del espectro. Y siempre algún profesor replicaba que el autobombo del periódico olvidaba que también había abundantes prohombres de la derecha más santurrona.

En aquella época, como teníamos que comprar el diario para poder ir a algunas clases (parece mentira que tuvieran que recurrir a semejante añagaza para que adquiriéramos el hábito de leer la prensa a diario), nos turnábamos con las diversas cabeceras y leí el periódico de Pedro J., al que vi en acción en varias presentaciones. Me acostumbré a algunos de sus columnistas y me encantaba su diagramación y las ocurrencias gráficas para acompañar algunos temas. Eran jóvenes, frescos y atrevidos.

Hace muchos años que apenas lo hojeo de vez en cuando, cuando me lo encuentro en alguna feria o en el avión. Lo miro en la pantalla y me ratifico en mis prejuicios. Informa a sus convencidos. Ya no está Pedro J. Pero sigue titulando con verdadera mala hostia. Y es casi imposible no hacer clic, aunque sea para comprobar que el texto no está a la altura del titular.

Me he acordado de todo esto al leer vertiginosamente “El director”, publicado por Libros del KO hace pocos meses. Escrito por David Jiménez, que estuvo al frente del diario durante 366 portadas, lleva varias semanas en las listas de más vendidos. Deben de ser unos cuantos miles de ejemplares, por mucho que lo hayan pirateado y digan que circula por todas las redacciones del país en los grupos de Whatsapp de los periodistas.

“Secretos e intrigas de la prensa narrados por el ex director de El Mundo”, dice el subtitular de una cubierta muy loable (como casi todas las de esta editorial). El panorama que narra es desolador, pero no solo de la prensa sino de todo el país. Como se ha hablado mucho de él en todo tipo de medios, aunque sea para denigrar al autor y al libro, más que hablar del contenido merece la pena detenerse en muchas otras cuestiones, que también han sido abordadas en blogs de carácter más profesional. Y quizá expliquen mejor el libro que muchos de los chismes que aparecen.

¿Por qué la empresa propietaria de un periódico tan personalista decide que en la silla de Pedro J. se siente alguien como David Jiménez? Él viene a relevar al relevo del director-fundador, y lo traen desde Nueva York, donde estaba haciendo un máster después de dos décadas de reportero por Asia. Las sensaciones que describe Jiménez, sin contactos en la redacción ni relaciones estrechas con los poderes fácticos, son para recopilar como ejemplos en un manual de autoayuda.

¿Por qué un reportero accede a meterse en un despacho con 300 colegas heridos por diversos EREs y en medio de una crisis sin precedentes? El afán por hacer el periódico soñado en su juventud quizá explique semejante osadía, que Jiménez va narrando con una distancia que a veces parece impostada. Podía intuir que hay manos a las que no hay que morder o recados de las alturas que hay que atender, cuando se está al frente de un diario que se dice “independiente” pero casi siempre cojea de la misma pierna.

¿Cómo es que habla en clave y con apodos tan poco afortunados de jefes y compañeros de redacción? Si se decide a escribir semejante alegato (y eso es muy loable) podría haber apechugado con citar a los personajes por su nombre. Es fácil encontrar en la web a quién se refiere en cada caso, y ha sido una de las razones por las que más se ha considerado este relato como un mero “ajuste de cuentas”.

“¿Cuándo había empezado a joderse el periodismo?”, se pregunta en algún momento. Hay una respuesta, que da el propio Jiménez muchas más páginas después: “Sólo éramos relevantes para el establishment de la capital, en parte porque llevábamos décadas escribiendo sobre y para él. Y porque formábamos, aunque no quisiéramos reconocerlo, parte de él”. El problema no radica solo en el periodismo. Por lo se cuenta en esta crónica apasionada, el país está asentado sobre un inmenso cruce de favores, mordidas y cantidades ingentes de dinero que un día compran silencios y otro voluntades.

Es lo más desalentador de este libro que rezuma podredumbre. David Jiménez ha salido a defenderlo en muchos medios, que se lo han “comprado” encantados, como si lo que cuenta no fuera con ellos. Hay una entrevista muy interesante en Público y hay un ataque frontal todavía más clarificador en Crónica Global, un digital de derechas que está alojado en El Español, el proyecto actual de Pedro J.

Dos textos se entienden mejor juntos.

Hablen entre ustedes

Queda una semana para que se concreten las alianzas que tienen que sellar varios centenares de ayuntamientos en España, entre ellos los de las capitales más importantes. Han querido los votantes que sus representados tengan que hablar, ponerse en los zapatos del adversario, intentar ententes. Es una manera optimista de ver los endiablados resultados, donde las zonas de confluencia de partidos de un espectro similar quedan eclipsadas por los maximalismos con los que se atribuyen pureza de sangre y principios inquebrantables.

Desde el primer minuto en el que se concretó el escrutinio se habló de cordones sanitarios, de la imposibilidad de sentarse a hablar con quien no renegara públicamente de este o de aquel, se recordaron entrevistas en las que los candidatos hablaban como tales, sin pensar en el día siguiente, cuando tendrían que comerse sapos y tocar con los pies en el suelo. Se siguen deshojando las margaritas de los pactos en lo que parece un juego de niños.

Al ver, aunque sea con sordina, semejante guirigay me venía a la memoria un cómic excepcional titulado “Mandela i el general”, con texto de John Carlin y dibujos de Oriol Malet. Lo ha publicado Comanegra en catalán (que acaba de anunciar 2ª edición) y DeBolsillo en castellano, a partir de la edición original de Seuil Delcourt. Aquello sí que fueron palabras mayores. No había que poner cordones sanitarios, lo que había que hacer era romper cadenas forjadas a ciegas, en un país donde había reinado una dictadura racial y muchos anticipaban una revolución sangrienta.

Corrían los primeros años 90 y en John Carlin estaba en Sudáfrica como corresponsal de The Independent. Mandela había salido de la cárcel en febrero de 1990, después de 27 años encerrado en una celda minúscula que hoy se puede visitar, y parecía desmoronarse el régimen del apartheid. Décadas de gobierno atrabiliario de una minoría blanca sobre millones de ciudadanos negros que no eran lo primero pero a los que se les recordaba permanentemente que lo segundo sí era cierto, y que por ello estaban segregados hasta en los bancos del parque. Ante el cambio que se avecinaba se hizo fuerte un Movimiento de Resistencia Afrikaner (MRA), con una estética que recordaba a los nazis y una manera de actuar que era nazi: hay que eliminar al adversario.

Al frente de esta caterva de blancos que no querían perder sus privilegios de casta dominadora estaba el general Constand Viljoen, el del título de este cómic. Carlin, que conoció bien a ambos personajes, cuenta en poco más de 100 páginas ese proceso de acercamiento entre uno de los presos más famosos de la Historia y un militar que si hubiera podido asestarle un tiro lo hubiera hecho sin dudarlo. Ambos acabaron compartiendo espacio en el parlamento nacido de las elecciones de 1994. El Congreso Nacional Africano obtuvo 252 escaños, por los 9 del partido de Viljoen.

Y es precisamente el general el que soporta el peso de la narración. Los momentos icónicos de Mandela los conoce casi todo el mundo (en parte gracias a otro libro de Carlin, “Invictus”, llevado al cine por Clint Eastwood), pero mucho menos se sabía de ese militar que fue considerado un traidor por los suyos y que tuvo que rendirle honores militares a Mandela cuando éste fue nombrado presidente del país. Viljoen fue un valiente, que tuvo tiempo para arrepentirse de sus barbaridades del pasado y prefirió “humillarse” ante amigos y enemigos y así evitar ese baño de sangre que tantos vaticinaban.

Los dibujos de Oriol Malet, con un trazo muy expresivo y usando de una manera muy eficaz un reducido número de tintas, permiten que el relato avance a toda velocidad, como un documental en el que se van alternando imágenes públicas (la famosa salida de la cárcel de Mandela con el puño en alto y acompañado de Winnie, los atentados del MRA, sus convenciones con grandes banderolas tan parecidas a las de la esvástica…) con momentos privados (entrevistas entre los dos protagonistas alrededor de un te y un plato de galletas, reuniones secretas, momentos familiares). De vez en cuando aparece un recurso muy utilizado en los cómics, el de reproducir portadas de diarios en días señalados. Aportan verosimilitud y ubican cronológicamente lo contado, de manera irrefutable.

La apelación al diálogo, el deseo de restañar heridas, la voluntad de negociar, el propósito de mirar adelante para construir algo, la necesidad de acabar con las injusticias… permitieron que dos enemigos irreconciliables (a priori) se preocuparan por ponerse en el lugar del otro. Pudieron haber hablado sin siquiera escucharse pero fueron valientes y se prestaron atención. Como decía irónicamente John Carlin, hoy Sudáfrica es una democracia corrupta como tantas otras, pero Mandela y el general evitaron que además estuviera manchada de sangre desde sus propios fundamentos.