“El pálpito de la memoria”

Entre todas las historias tristes que se esconden en la tragedia de la guerra civil española, siempre me ha conmovido el asesinato de Ramón Acín, al que siguió de manera casi inmediata el de Concha Monrás, su mujer. Hace dos años, coincidiendo con el 80 aniversario de la ignominia, recopilamos aquí datos sobre su biografía y sobre la magnífica bibliografía que en los últimos años se ocupa de su abundante obra artística, inseparable de su activismo libertario, su faceta de articulista y la ejemplaridad de su vida. “Un hombre en el buen sentido de la palabra bueno”.

Cada dos o tres meses me doy un atracón de lectura del suplemento “Artes&Letras” del Heraldo de Aragón, que dirige Antón Castro. Mi madre los guarda semana a semana y cuando vuelvo a casa por vacaciones tengo una pila esperándome. Son ocho páginas trenzadas en torno a la amistad, con críticos y reseñistas que ofrecen una mirada muy particular al mundillo literario, con especial querencia por los autores aragoneses. José Luis Melero tiene un espacio donde vuelca un sinfín de pequeñas historias relacionadas con su pasión bibliófila que leo con verdadero deleite. Suele hablar de libros de amigos suyos y de autores pretéritos que, dada la familiaridad con la que habla de ellos, parece que sean también amiguetes con los que acaba de compartir mesa y mantel en Casa Emilio, aunque lleven muertos doscientos años.

Hace poco recuperé un texto del mes de febrero en el que hablaba de “La caja de música”, un librito de 44 páginas recién publicado por el Instituto de Estudios Altoaragoneses, firmado por Víctor Juan, un tipo muy interesante que dirige el Museo Pedagógico de Aragón y que da clase en la Escuela Normal de Magisterio de Huesca.

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En esas mismas aulas ejerció su magisterio, y valga más que nunca la redundancia, Ramón Acín. Y de ahí salieron discípulos que hicieron más grande la figura del escultor ácrata, autor de unas famosas pajaritas de hojalata que son todo un símbolo de la ciudad de Huesca. Este librito de Víctor Juan empieza de la manera más prometedora: “Todos mereceríamos vivir una historia apasionante. Aunque sólo fuera una vez”. Y sigue de un modo absolutamente irresistible: “En estos tiempos en los que todo tiene que servir para algo, la historia a la que me refiero ha de ser necesariamente inútil -como son casi siempre inútiles las cosas que nos hacen felices- y valiosa en sí misma. Sin más”.

Lo que viene a continuación es una auténtica delicia. Que tiene que ver con la canción La última rosa del verano,. Es un homenaje a las personas buenas. Es una alabanza del magisterio. Es un canto a la amistad. Es un libro muy bien hecho, con unas fotos entrañables. Es un relato emocionante que recorre un siglo en un suspiro. Es una semblanza intensa de la vida de un hombre (y la mujer que siempre estuvo a su lado) que seguirá viviendo en muchas vidas, porque lo merece.

Parece mentira que en 44 páginas pueda caber tanta belleza.

 

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Esto es un infierno

Los tesinandos (y también sus consortes) saben más o menos cuándo comienza la aventura pero ignoran por completo todo lo que se encontrarán durante semejante trayecto y no tienen ni idea de cuándo llegarán a puerto. Es una experiencia dura, un ejercicio de resistencia, la prueba de fuego de muchas carreras profesionales, de muchas parejas también.

Una tesis puede ser un infierno que con el tiempo se recuerda con una sonrisa (aunque sea helada) mientras se respira aliviado por haberla dejado atrás. El camino hacia el doctorado está empedrado de buenas intenciones, y los que lo han recorrido vuelven cambiados, por dentro y por fuera. Si hay un consuelo es que en todas partes cuecen habas y que lo que nos parecía propio de la universidad española tampoco es tan diferente en Francia, Alemania o Gran Bretaña.

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El cómic “Maldita tesis”, de la francesa Tiphaine Rivière, se ha ido traduciendo al castellano, el inglés o el alemán y provoca risotadas en cualquier lengua, porque las circunstancias que rodean a Jeanne Dargan cuando, a los veintisiete años, deja su trabajo como profesora de secundaria para investigar sobre Kafka no difieren demasiado en toda Europa. El director de tesis que desaparece y no contesta a los correos de su doctoranda; la burocracia universitaria que impide a la investigadora cobrar por su clases, en las que sustituye a un profesor titular; la falta de financiación para afrontar los gastos que generar vivir día a día, con la molesta manía de comer mientras se investiga; los comentarios condescendientes de los familiares, que ven que aquello no termina nunca; la dulce tentación de dejar para mañana el definitivo arranque de la redacción, después de haber procrastinado en los años de investigación…

Son situaciones que a todo el mundo le suenan y que Tiphaine Rivière explica con una dosis de mala leche y mucha gracia para desdramatizar, incluso riéndose de sí misma. La autora de inspira en sus propias vivencias, no en vano fue estudiante de doctorado y trabajo en los despachos de la universidad para ir obteniendo algunos ingresos. Lo fue consignando en un blog llamado Le bureau 14 de la Sorbonne, que acabó en esta novela gráfica tan hilarante. La publicó Grijalbo en 2016, con traducción de Carlos Mayor Ortega, y una de las fortalezas de sus páginas es el dinamismo de cada plana y la expresividad de sus dibujos.

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Las vistas parisinas de enclaves parisinos míticos de las intelectualidad (la propia facultad de la Sorbona, las terrazas de los cafés, la Biblioteca Nacional…) se alternan con situaciones cotidianas, sueños oscuros que muestran el peculiar mundo kafkiano y muchos rostros que dejan ver todas las emociones humanas.

Los agobios de la autora, que desde su trabajo en las dependencias universitarias debió de ver a muchos colegas luchando por sobrevivir a esta época, hicieron que terminara su aventura de manera bien diferente a la de la protagonista de su cómic. En esta entrevista en Le Monde es curioso ver comentarios de los lectores que refuerzan el sentir general de las viñetas. En su página de Facebook son igualmente muchos quienes recuerdan que salieron triunfadores del envite.

Un entretenimiento catártico que se lee con una sonrisa casi permanente.

Oliver Twist en Bahía

Aquí tenemos devoción por Jorge Amado, parecida a la que sentían por Faulkner en el pueblo de Amanece que no es poco. Aún nos quedan historias suyas por leer, pero ya deben de ser pocas. Es literatura necesaria para ahuyentar momentos de tristeza. Algunos dirán que es frívola, menor, desmañada, mero entretenimiento. Y algo de razón tendrán. Pero contagia la alegría de vivir, disipa las nubes más oscuras, es un canto al deseo y los sentidos, divierte, hace reír y por unas horas nos traslada a alguna de esas ciudades brasileñas de Bahía, que nos llenan la casa de luz y todo empieza a oler a especias, a peces asados de nombres musicales, a cachaça y a sexo.

Alianza es la editorial de Jorge Amado en España y últimamente va reeditando sus novelas con unas cubiertas preciosas de Manuel Estrada. Hace poco ha salido, con la traducción que Basilio Losada hizo en 1995, una novela breve de título llamativo: “De cómo los turcos descubrieron América”. Lo mejor, más incluso que la historia que se narra, es el prólogo del autor, en el que explica que la novela surgió de un encargo que le hicieron desde Italia para celebrar en 1992 el famoso “Quinto Centenario” del descubrimiento de América. Un encargo conjunto a Norman Mailer, Carlos Fuentes y el propio Amado para que escribieran sendas novelas en inglés, español y portugués, que se deberían haber editado en un solo volumen con su traducción al italiano. El libro nunca vio la luz pero Amado hizo algo así como un “spin off” y desarrolló en esta historia un personaje  que venía de otra novela.

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Esta narración menor, en tamaño y en alcance literario, lleva dos “co-títulos” que desvelan hasta el final de la historia, pero eso es lo de menos: “De cómo el árabe Jamil Bichara, desbravador de selvas, de visita en la ciudad de Itabuna para aliviar tristezas, ganó allí fortuna y casamiento”, es uno de los títulos alternativos. El otro es más sucinto: “Los esponsales de Adna”. Actualmente, algunas de las palabras puestas en boca de los personajes no aguantarían un embate en las redes sociales. Uno cualquiera de esos que cogen el rábano por la hojas diría que Amado es un machista recalcitrante por describir “la ley imperante”, por la que “a la esposa, el ciudadano la ha de tratar con miramientos, para tener hijos con ella, cumpliendo un deber sagrado; para fantasías, indecencias y porquerías, están las putas”. Hay otros pasajes que no pasarían el tamiz de lo políticamente correcto: “Adma, para curarse, precisaba de inmediato dos remedios: el rabo y una buena tunda, en dosis generosas”.

Lo ocurrido a dos inmigrantes (uno sirio, el otro, libanés; ambos “turcos” para el habla de la gente), llegados a Brasil en busca de fortuna, es el hilo conductor de esta historia con todos los componentes de la literatura de Amado, aunque sea en dosis homeopáticas.

De más enjundia es el otro novelón que ha publicado Alianza, “Teresa Batista, cansada de guerra”, sin editar desde 1983, y que apareció originalmente en 1973. Fue un éxito que superó incluso a novelas anteriores de Amado, como “Doña Flor y sus dos maridos” o “Gabriela, clavo y canela”. Según el colofón que puso el propio autor, le llevó de febrero a noviembre de 1972 montar esta historia que parece la traslación a Bahía de las desventuras (más que aventuras) londinenses de Oliver Twist. Organizada en cinco apartados, y más de 600 páginas, cada título de capítulo es un auténtico spoiler. “La muchacha que sangró al capitán con el cuchillo de cortar carne seca” o “La noche que Teresa Batista durmió con la muerte” son dos ejemplos de esos que no dejan dudas del final del trayecto pero que también invitan al lector a perderse por los vericuetos del recorrido.

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La sensación durante la lectura puede ser de aturdimiento, con repeticiones que parecen más fruto del despiste que de una voluntad de estilo, con viajes al pasado quizá innecesarios, con un narrador que se inmiscuye en el relato para aleccionar: “no intenten decir que fue inocente, por favor, no digan que fue víctima de las circunstancias, no digan que fue engañada al tomar al capitán por un ser humano”.

Hay otros momentos en los que a Amado le puede la vena comprometida. Recurre a la cursiva, se sale del relato y explica, por ejemplo, la dureza cotidiana de la vida de las putas, helándonos la sonrisa que parecía provocar la huelga convocada por “las hermanas prostibularias”: “cuando una puta se desviste y se echa para recibir a un hombre y darle el supremo placer de la vida a cambio de una escasa paga, ¿sabe, ilustre combatiente de la justicia social, cuántos están comiendo de esa escasa paga? El propietario de la casa, el arrendatario, la celestina, el comisario, el gigoló, el poli, el gobierno. La puta no tiene quien la defienda, nadie se levanta por ella, los periódicos no dedican ni una columna a describir la miseria de los prostíbulos, es asunto prohibido”.

La narración es sobre la mala suerte de Teresa Batista, puteada desde la infancia por un déspota, tratada como una reina de manera efímera por un ricachón enamorado de su belleza sin igual, huelguista en una protesta sin sexo, desesperada mientras aguarda a un marinero sin hoja de ruta clara. Semejante folletín tiene todo lo que nos gusta de los libros de Amado: sabor, color, olor y buen humor. Casi al final hacen un cameo dos cantantes, Caetano y Gil. Sí, son ellos, hace 46 años ya estaban por ahí. Caetano Veloso y Gilberto Gil, toda una metáfora de lo que nos ofrece Amado: melodías quedas para explicar historias duras, mezcla racial y estampas bahianas.

El propio Amado ironizaba en el prólogo antes citado: “se trata de una demostración más de que soy un novelista limitado y repetitivo, de acuerdo con la opinión corriente y expresa de los nobles señores de la crítica nacional. Opinión manifestada y repetida, sólo la transcribo para mostrar mi acuerdo con ella”.

Nos importa poco. Esperaremos la próxima reedición de otra novela de Amado. Son de hace años, pero aún no las hemos leído todas.

 

 

Paseando con Guillamon

Hace una semana estuve de paseo con una treintena larga de personas por algunas de las calles menos frecuentadas del Poblenou de Barcelona. Los guiris que salían de un hotel o las señoras mayores que volvían empujando el carro de la compra miraban con curiosidad a aquel grupo tan heterogéneo que igual se paraba delante de lo que un día fue un cine que señalaba al “terrat” de una casa en la que un día se había erigido una copia a escala de las montañas de Montserrat.

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Dirigía este paseo por el barrio y la memoria el escritor Julià Guillamon, en una iniciativa exitosa (era la cuarta vez que hacía la ruta y ya se anuncian más para después del verano) de la librería Nollegiu. La excusa era el libro “El barri de la plata”, publicado por L’Avenç en febrero de 2018. Y el reclamo, compartir con el autor algo de esa poética que tiene esta novela extraña, mezcla de géneros y cuyo resultado es embriagador. No será fácil explicar por qué.

El nombre del “barri de la plata” dicen que puede venir de que los obreros del Metro Transversal, en los años 20, cobraban la semanada en monedas de plata y muchos vivían en una serie de calles del Poblenou, que acogieron a un gran contingente de valencianos. Fueron llegando en oleadas sucesivas, unos atraían a otros y así se fueron estableciendo en un barrio que ya no era el Manchester catalán pero en el que todavía había algunas industrias medianas. Aquí se quedó la familia de Julià Guillamon, llegada desde Toga, un pueblecito en la muga entre Aragón, Castellón y Cataluña. Del mismo valle regado por el Mijares (Argelita, Ludiente, Espadilla, Arañuel…) vinieron otros trabajadores que fueron dejando en estas calles unos apellidos recurrentes: Barceló, Calpe, Puerto, Morte, Catalán…

Voy caminando a diario por esas calles del “barri de la plata” (Roc Boronal, antes Luchana; Josep Trueta, antes Wad-Ras; Granada, Badajoz…) y veo cómo el pasado se resiste a desaparecer, a pesar del frenesí constructor que vive la zona y de la revalorización del suelo que se puede dedicar a vivienda. Es una zona de moda ahora, tanto para los barceloneses como para los turistas. En una misma calle se suceden casi puerta con puerta una carpintería de las toda la vida con una academia de efectos especiales para cine, una calderería y un restaurante de cocina de mestizaje, una escuela concertada con medio siglo a la espalda con la reivindicación pendiente de un “casal d’avis”, los carriles del Bicing con los muelles de las antiguas cooperativas de transporte. Es un barrio muy vivo, hoy plenamente integrado en la ciudad, con diversos accesos directos a las playas, pero con una personalidad muy acusada, fruto de haber vivido durante muchos años cercados por el cementerio, las vías del tren y los descampados, además de un gran colector al que vertían las corrientes subterráneas que abundan en la zona.

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En la superficie, las gentes del “barri de la plata” pasearon por unas calles, mal trazadas y peor iluminadas (como recuerda Guillamon) que también se pueden rastrear en otra obra muy interesante en la que es protagonista el barrio: “El corto verano de la anarquía”, de Han Magnus Enzensberger. Aquí los vecinos veían pasar la vida, luchando con los dramas cotidianos, disfrutando de las cosas sencillas, en pos de ir mejorando, aunque fuera muy poco a poco.

Julià Guillamon cuenta la vida de su padre en esta novela híbrida que tiene mucho de investigación de antropología urbana. Como el autor es ducho en bucear en los archivos y disfruta documentándose (así nos lo hizo saber en la charla que dio después de la ruta en la librería Nollegiu), el relato está salpicado de fotos familiares, anuncios de la época, recortes de prensa… Esta visita a los recuerdos de la familia presentada en forma de novela es también un ensayo sobre la identidad (la de esos valencianos y aragoneses castellanohablantes que llegaban a un barrio donde hablar catalán suponía un primer paso hacia la integración y una herramienta importante para ir mejorando laboralmente). Y es, fundamentalmente, como han destacado algunas reseñas, uno de esos ejercicios que parecen ajustar cuentas con la figura paterna. Algunos lo han metido en el mismo saco que “Ordesa”, de Manuel Vilas.

En esa charla que nos brindó después de pasear por el barrio, Guillamon dijo que esta novela encerraba una tragedia, la que parecía condenar a sus padres: él era un “pinta”, juerguista y poco amigo del sacrificio, nacido en el “barri de la plata”, al que volvió después de pasar la guerra en Toga, el pueblo de los ancestros, huyendo de los bombardeos franquistas que se cebaron con el Poblenou, porque albergaba industria pesada. La madre era una “noia” de familia relativamente acomodada de Gràcia, que se mudó al barrio de su marido, cambiando el vitalismo de su hogar de nacimiento por un ambiente de paulatino abandono, en una zona depauperada. Los veranos los pasaba ella regentando una fonda en Arbúcies, en la provincia de Girona, a una hora escasa de coche hoy en día. Temperamentos tan diferentes se enfrentaron al hado de que aquella unión estaba condenada a no salir bien.

Decía Guillamon también que esta novela encerraba un drama, el de los hijos que veían que aquello no funcionaba, con la madre trabajando como una mula mientras su marido jugaba a ser torero, se bebía el mundo a tragos sin saber cuándo ponerle freno, volviendo a casa hecho unos zorros. Julià y su hermano asistían impertérritos a la demolición de la pareja.

Esta novela inclasificable todavía reserva un giro más en la trama, en la penúltima página. Y termina con una frase vitalista, como no podía ser menos: “Era un dia de primavera i feia un sol radiant”). Aunque en la última vuelta del camino le espera al lector un mazazo, el autor también le brinda un aliento de esperanza.

Qué disfrute.

Ps.- En breve aparecerá la edición en castellano.

El horror ilustrado

“Tengo la sensación de que, sea cual sea mi futuro, nunca abandonaré del todo este maldito campo. Siempre seré un prisionero de Mauthausen”. Son las últimas palabras de un cómic y debieron de ser las primeras palabras de la nueva vida que se abrió para Antonio Hernández Marín, cuando los estadounidenses liberaron Mauthausen y él logró su objetivo de salir de aquel infierno. Durante cuatro años y medio había perdido su identidad para ser simplemente un número, el 4443. Sobrevivió, volvió para contarlo. Más de 5.500 compatriotas suyos se confundieron con el aire en forma de cenizas, quemados en los hornos de los campos de exterminio nazi. Él volvió, pero, como tantos otros, arrastró la culpa del superviviente, el estigma de haber claudicado en algún momento, y gracias a ello haber salvado la vida. El dolor de haber sufrido tanto y no ser reconocido por sus compatriotas, porque España escondió su odisea durante la dictadura; la pena de que se hubiera silenciado su valor ya en la democracia, cuando podría haberse convertido en referente moral. Los supervivientes habían derrotado a la tiranía de los nazis gracias a los valientes ejercicios de solidaridad en que se convirtieron sus experiencias cotidianas, cuando la vida no valía casi nada y uno podía encontrarse con la muerte simplemente abrazando una valla electrificada.

El cómic “Deportado 4443”, publicado por Ediciones B en 2017, es la recopilación en forma de libro de un ejercicio que se puso en marcha en Twitter, en la cuenta @deportado4443. La abrió el periodista Carlos Hernández de Miguel y fue explicando en tiempo real la experiencias de su “tío de Francia”, que acabó en Mauthausen un día de finales de enero de 1941. Había recorrido en tren los paisajes nevados de Europa en medio de la incertidumbre, aterido de frío, rodeado de compañeros que morían de hambre y sed dentro de vagones de ganado, sellados por fuera.

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Una peripecia similar a la de Antonio Hernández la habíamos podido leer antes en obras de Joaquim Amat-Piniella, Mariano Constante, Francesc Boix, Jorge Semprún, Primo Levi o Neus Català. Todos arrastraban el dolor de haber salido vivos de semejante akelarre. Lo que hace diferente este relato es que su sobrino abrió esa cuenta en Twitter (hoy acumula más de 40.000 seguidores) y de ese éxito nació este cómic, con dibujos de Ioannes Ensis, tan bellos en su impecable factura técnica como desoladores por la realidad que muestran. Los textos son casi telegráficos, de acuerdo con las exigencias de la red: “No puedo creer lo que veo. Hay una fortaleza enorme en lo alto de una colina que acabamos de subir. Todo es de piedra; la puerta está coronada por un águila” (página 42); “Los SS tienen días de diversión. En el último convoy llegaron varios judíos holandeses. No les dan de comer, tienen los ojos entumecidos, sin dientes, y a varios les faltan las orejas. ¡Pobre diablos!” (página 106); “En estos días Hitler celebra su 54 cumpleaños. De Diego dice que ha oído que harán una gran fiesta. Nos tememos lo peor” (página 188); “El campo está tranquilo por fuera… Los cañonazos se oyen cada vez más cerca. Espero que los rusos lleguen pronto y acaben con esta incertidumbre” (página 244).

Estos tuits, que hemos podido leer de forma mucho más extensa en obras memorialísticas o en investigaciones, aparecen ilustrados en este libro con unos dibujos estremecedores, con una factura técnica que hiere por su belleza, por la precisión, por el grado de detalle. Casi todo lo que aparece lo hemos leído o visto antes: las fotos de Boix, la desgraciadamente famosa escalera de Mauthausen, la solidaridad entre los deportados, el activismo de Constante, el sadismo de los médicos nazis, el frío, los piojos, la sopa sucia con un nabo flotando…

 

Se hace difícil admirar la belleza gráfica de cada página sin que quede atenuada por la crudeza de los breves textos que las acompañan. Es un libro absolutamente admirable, que provoca una mezcla de sorpresa, estupor, admiración y repulsa. La historia es tan dolorosa que ni la admirable labor del dibujante Ioannes Ensis puede poner paños calientes.

Es un libro desolador, deslumbrante, admirable, doloroso.

 

 

El regalo de un amigo

Estoy mirando del derecho y del revés el LP que un amigo del alma me regaló hace ahora 25 años, por mi cumpleaños. Fue él quien me descubrió a un grupo del que, si no, sólo hubiera escuchado “Whisky in the jar” de vez en cuando en Rock FM o al que podría haber llegado de manera casual buscando canciones que se titularan “Sarah”, para añadir a una lista muy personal en la que también están Bob Dylan, Fleetwood Mac o El Último de la Fila. Este LP es un álbum de 1981, se titula Lizzy Killers y es un verdadero joyero de piezas únicas. Atesoro este vinilo de Thin Lizzy porque el amigo que me lo regaló es un devoto de la banda, o mejor dicho, de su líder, Philip Lynnot. Ahí están todos los himnos del grupo: desde la mencionada adaptación del clásico popular irlandés hasta la “Sarah” que dedicó a su hija recién nacida o bombazos como “The boys are back in town”, “Jailbreak” o “Don‘t believe a word”.

 

Durante todos estos años he ido escuchando (y recomendando) a Thin Lizzy. Mucho antes de que Spotify nos abriera esa ventana infinita de canciones, teníamos la costumbre (gozosa) de almacenar canciones en LPs, grabar cintas de cassette o renovar nuestras discotecas de vinilos con los CDs, que ocupaban menos espacio y decían que ofrecían más calidad de sonido. Recuerdo que en un programa de radio que compartían Ariel Rot y Jaime Urrutia, el primero afirmaba que recordaba el momento preciso y el lugar en los que compró casi todos los discos que guardaba en su casa. Tengo un CD roñoso, con la etiqueta de “Special Price”, de otro álbum de Thin Lizzy, llamado “Vagabonds of the Western World”. Creo recordar que me lo agencié en una de las tiendas de la calle Tallers de Barcelona, en una especie de homenaje al amigo que me puso en la pista del grupo y del que me separan ahora unos cuantos centenares de kilómetros, pero que siempre acude cuando es verdaderamente necesario.

Asocio a su risa estruendosa ese guitarreo doble de Thin Lizzy, recuerdo las explicaciones precisas que me daba cuando escuchábamos en su casa el “Live and Dangerous”, o las conexiones que me decía que tenía Lynnot con Van Morrison, Gary Moore o los U2, mucho antes de que fueran tan… U2. Durante las últimas semanas me he acordado mucho de lo felices que vivíamos hace 25 años, de las ridículas preocupaciones que nos acompañaban, de esa sensación de que todos los días eran viernes. He leído con verdadera curiosidad (y un interés que no ha dejado de crecer) “la biografía autorizada de Philip Lynnot”, titulada “Cowboy Song”, firmada por Graeme Thomson y editada en 2017 por Es Pop Ediciones.

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La cubierta es una puta maravilla, como casi todas las de esta editorial. Y la edición, dentro de la sencillez, está totalmente al servicio de la lectura, algo no tan habitual. Traducido por Óscar Palmer Yáñez, a la biografía no le falta de nada, por lo que respecta al andamiaje: un pliego con una selección de fotos, una bibliografía interesante, un destacable conjunto de notas (más de 300) y el fundamental índice onomástico.

En lo tocante al contenido, la vida de Lynnot y los componentes (sucesivos) de su banda da para unos cuantos tomos. Al margen de aspectos personales que son muy interesantes para entender según qué canciones o para saber por qué se fue tan joven, este minucioso recorrido biográfico nos muestra su eclosión como “mejor banda irlandesa” en los años 70, sus frustradas y frustrantes giras por EEUU, los “neverending tour” por su isla natal, la relación con algunos de los fantásticos músicos que nunca deja de “fabricar” Irlanda así como un sinfín de historias en apariencia menores, pero que son las que explican por qué cambiaron tantas veces los integrantes de la banda (siempre bajo el liderazgo de Lynnot), qué secretos esconden ciertos discos y canciones y cómo empezó a pelearse con el bajo el propio Lynnot hasta lograr un dominio, si no virtuoso, sí más que decente del instrumento.

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Miro la dedicatoria que escribió mi amigo en el sobre del vinilo. Fue en junio de 1993 y me invitaba a descubrir una banda “con ese feeling que deberíamos tener todos”. No sé qué escribiría hoy, si me volviera a regalar ese disco. Durante estos años, la vida nos ha dado duro (unas cuantas veces) pero también nos ha regalado momentos esplendorosos. Es imposible, al hojear este libro, no pensar en esa amistad diferida durante unos cuantos años. La biografía es un canto al optimismo, también al exceso. Lynnot follaba, bebía y se drogaba a lo grande, como si nada pudiese hacer mella en un tipo negro nacido en la católica Irlanda, donde creció rodeado de blancos sonrosados.

Garabateo estas notas mientras suenan en Spotify canciones del concierto que quedó registrado como “Live and Dangerous”. La biografía desvela importantes detalles de este disco, que no atenúan un ápice mi admiración por él. No sé qué haré cuando termine el libro, porque me ocurre con muchas biografías (ya sea la de Churchill o la de una niña amenazada por los nazis), que llego a empatizar tanto con los biografiados que empiezo a extrañarlos nada más pasar la última página. Conseguí este libro en una pequeña tienda del Poblenou, que igual vende muñequitos de Stranger Things que DVDs de segunda mano o cómics de sellos underground. Cuando pedí la biografía, el responsable me preguntó:

– ¿Te gustan estos?

Y ante mi extrañeza por la pregunta, me dijo que durante años tocaba la guitarra en un grupo que hacía versiones de Thin Lizzy y prácticamente nadie los conocía.

Mi amigo Quique estará contento cuando vea que no sólo despertó mi interés por su admirado Phil sino que voy haciendo apostolado. Leer este libro es sacarle muchísimo más partido a cualquier escucha que hagamos de cualquier canción de una banda que nunca supe catalogar. A un compañero de trabajo que me dijo que los veía inclasificables hoy le diría orgulloso que son “una banda de blues-rock progresivo en el entorno desenvuelto y vagamente bohemio de finales de los sesenta”.

Lo pone en el libro, como tantas otras cosas.

Sitios así

Cuando llevaba una cincuentena de páginas del último libro de Emmanuel Carrère, le daba vueltas a la extraña atracción que me producían esos textos. Unos eran meras crónicas de sucesos; el otro, el relato de un viaje a Rumanía poco después de la caída de Ceausescu. Eran piezas de 1990, publicadas en medios franceses, y tenían un ritmo interno moroso, repleto de detalles, de frases subordinadas perfectamente organizadas en pos de un discurso que parece completo, sin flecos. Me gustaban esos textos y ya estaba salivando al ver que quedaban todavía 400 páginas, hasta completar los 33 artículos que componen “Conviene tener un sitio a donde ir” (Anagrama, 2017), traducidos por Jaime Zulaika.

conviene tener un sitio

Seguí leyendo y esa maestría no se diluía en absoluto, y eso que la datación de las piezas (de longitud muy diversa) era muy dispar e iba avanzando en el tiempo, hasta 2015, fecha de la última. Creo que ese placer que producía la lectura de tan variopinta recopilación de textos periodísticos radica en el lujo que supone, en estos tiempos, leer a alguien que escribe sin preocuparse por las palabras clave, sin titular de manera escandalosa a la busca de un clic, respetando la inteligencia de los lectores e incluso reconociendo sus propios errores, y hasta haciendo de ellos un texto de lo más ilustrativo, como es el artículo sobre una fallida entrevista a Catherine Deneuve. Textos para leer en papel, sin distracciones ni falsos señuelos.

Emmanuel Càrrere está recogiendo premios continuamente; hace pocos meses le dieron el que otorga la Feria de Guadalajara. Algunos de sus libros, “novelas de no ficción”, “aventuras documentadas”, híbridos entre la literatura y el periodismo, gozan del favor de muchos lectores y se traducen a toda velocidad a las lenguas más destacadas. Son obras que evidencian una gran labor de documentación previa (El adversario, sobre un trabajador de la OMS que llevaba una doble vida y un día decidió terminar con toda su familia; Limonov, acerca de un personaje que fue literato en Nueva York y París, mercenario en los Balcanes, político en su Rusia natal…) y que muestran al mismo tiempo que “nada humano le es ajeno” a Carrère.

Esta selección de textos puede ser tomada como una semblanza autobiográfica del propio autor, que a veces se ríe de sí mismo a través de sus escritos. Recoge este libro una serie de crónicas para una revista italiana planteadas como “una mirada masculina al mundo femenino”. La serie termina de forma abrupta cuando él escritor narra diferentes casos de eyaculación femenina y la editora se escandaliza hasta el punto de cancelar la colaboración de Carrère, que confiesa haber elegido ese tema para darle carpetazo a la serie. Hay recuerdos personales de escritores a los que admira (Capote, Philip K. Dick, Renaud Camus…), hay un reportaje precioso sobre una madre seropositiva en San Francisco que no tuvo precisamente suerte en la vida, hay un recuerdo divertido deuna estancia en el Foro de Davos y se cierra el libro con un texto adictivo sobre el escritor Luke Rhinehart.

El libro es un festín. Para los conocedores del escritor francés y para los que tengan la fortuna de descubrirlo con esta obra, que será la primera que leerán de su amplia bibliografía.

Don Pío y sus circunstancias

Un académico de la Lengua que dejó de asistir a las sesiones de la RAE porque no quería romper la costumbre de pasar las tardes en casa, haciéndole compañía a su madre. Un pintor que para casarse con una mujer bastante más joven que él decidió malvender la tahona familiar que proporcionaba cierta tranquilidad económica ante las veleidades artísticas de sus miembros. Un escritor que lamentaba que las mujeres de su juventud “llevaban un corsé como la muralla de China o el baluarte de Verdún”. Un autor de éxito que iba acumulando en un cajón billetes de todos los valores mezclados con calderilla hasta acumular varios cientos de miles de pesetas, cuando eso era un dineral. Una familia donde la sombra de la madre se alargó durante décadas y cuyos integrantes han tenido un papel estelar en la cultura española del último siglo, ya sea en la pintura, la literatura, el periodismo o la antropología. Los Baroja: Pío, Ricardo, Julio Caro, Carmen Nessi…

No hace mucho, en una edición sencilla y elegante de Cátedra, apareció una “biografía del clan” que ha construido Francisco Fuster a partir de los relatos de la propia familia. Se titula “Aire de familia” y no llegan a doscientas las páginas de este libro sabroso y documentado, que incluye una selección de fotografías muy interesantes.

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Si todos estos episodios tan personales los engancha un programa de cotilleos y los empieza a desmenuzar y descontextualizar, hay material para entretener a esas almas ociosas que disfrutan mirando en la casa de los demás. Pero son también “historias íntimas” que arrojan luz sobre algunas de esas leyendas que acompañan a la familia: la mala suerte de Ricardo Baroja, la misantropía de don Pío, el bunker familiar que montaron para evitar injerencias externas… Pueden ser vistos como chismes de altos vuelos, adornados con un halo intelectual. Son, sin embargo, claves para entender mejor a un novelista (y por extensión su familia) del todos hemos leído alguna de sus novelas.

“El árbol de la ciencia” fue durante años lectura obligada del COU, y se explicaba que estaba influida por el pesimismo de Schopenhauer. Se decía de su autor que era un hombre misógino, esquivo, al que maldijeron simultáneamente la izquierda (por su falta de compromiso y su colaboración con medios periodísticos del régimen franquista) y la derecha (por su anticlericalismo furibundo, por ejemplo). Era, en feliz definición de Umbral, un “anarquista de derechas”, un hombre que dejó escrito que sería feliz en un país “sin frailes, moscas ni carabineros”.

Con el tiempo leí bastantes obras suyas, incluso una novela considerada menor titulada “El cabo de las tormentas” que estaba ambientada en la insurrección republicana de Jaca, un episodio que siempre me ha cautivado. Leí también sobre él, a Trapiello, a Mainer, a su sobrino Julio Caro Baroja… Dicen algunos que era desmañado en su prosa, otros se centran en la profusión de escritos, que le llevó a ser demasiado condescendiente con textos que no tendrían que haberse publicado. Se han recordado entrevistas míticas, como aquella en la que se extrañaba de que se vendieran más libros y cuando le decía el periodista que “ahora leen las mujeres”, Baroja respondía altanero: “Ah, si leen esas”.

Creo que se lee todavía a Baroja con bastante provecho. Y puede ser de mucho interés contextualizar su obra con esas historias de su vida que tanto él como su familia fueron dejando aquí y allá. La recopilación de Francisco Fuster es muy amena. Este “historiador de la cultura”, como lo considera Jordi Amat en una reseña en el Culturas de La Vanguardia, va centrándose en cada miembro de la familia al tiempo que pasea por el número 12 de la madrileña calle Ruiz de Alarcón, por la casa familiar de la calle Álvarez de Mendizábal, 34 (donde estuvo la tahona familiar) o  por el casón de Itzea, en Vera de Bidasoa.

Y ese retrato colectivo invita a leer con otros ojos a don Pío, y a descubrir a los demás miembros de la familia.

Vivir en un relato

Creo que somos muchos los que, viviendo en Cataluña, tenemos la sensación de habitar una suerte de irrealidad fruto de una historia falsa hecha a base de pequeños fragmentos escogidos de relatos totalmente reales. Cada poco tiempo asistimos a un giro inesperado en la narración, o vemos, perplejos, que desde fuera de esta tierra nos explican cómo tendríamos que hacer las cosas para que cuadrara con lo que “debería ser”.

Vivimos momentos de esquizofrenia, con la sensación de que no entendemos lo que ocurre a nuestro alrededor, estupefactos ante opiniones que sin haber pisado nuestras calles se quedan tan tranquilas diciéndonos por dónde debemos girar. A los que tenemos la certeza de que el emperador, de aquí y de allá, va desnudo, nos llaman “equidistantes” y desde hace tiempo hay que considerarlo un insulto.

Uno llega a la conclusión de que está rodeado de majaderos, sometido a las decisiones de personas que hacen más caso a sus ensoñaciones que a un análisis mínimamente cuidadoso de la realidad. Van pasando los días, los meses, hasta los años, y casi nada nos sorprende. Desde hace un tiempo, como me gusta que la radio me acompañe, me he refugiado en emisoras que eluden la política: Betevé, Radio 3, Ràdio 4, Icat, hasta Rock FM… Me apetece saber cosas, descubrir qué hay de nuevo en el ancho mundo, no desconfiar de un autor por el mero hecho de que sea de una nacionalidad… u otra.

La semana pasada, en la versión en español de The New York Times, apareció un texto sobre Quim Torra firmado por Daniel Gascón, redactor de Letras libres. Cuando empecé a leerlo me chocó que en la primera línea hablara de la “Generalidad”. En este país usar determinados nombres castellanizados ya no deja duda sobre el sesgo que tendrá un texto. No defrauda las expectativas Gascón: en las siguientes líneas hace un preámbulo catastrofista de la situación en Cataluña que, visto desde la propia Cataluña, tiene mucho de cartón piedra: fuga de miles de empresas, políticos huidos, mala imagen para España y la propia Cataluña… Ni un ápice de empatía hacia los catalanes que se consideran más catalanes que españoles (que son más de dos millones), ni una mención a las “collejas” que desde hace tiempo prodigan en Europa a la justicia española ante lo que parece un ejercicio de sobreactuación legalista, nada sobre la represión policial el día 1 de octubre, cuando se llevaron hostias incluso los pocos que fueron a votar que no.

Un texto que denuncia los tuits desaforados de Quim Torra, con tantas agarraderas para denunciar ese “supremacismo”, está escrito sólo para convencidos y, del mismo modo, parece tomar por tontos a los que puedan albergar alguna duda sobre ese planteamiento maniqueo. Pero como la imbecilidad está muy extendida, al día siguiente de este texto tan poco elaborado, el antaño venerable diario La Vanguardia cuela en su edición digital esta noticia, posiblemente a la busca de clics que se puedan intercambiar por ingresos publicitarios. O quizá en busca de un enemigo exterior en los aragoneses para tener más prietas las filas.

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Torpeza tras torpeza. A Quim Torra lo tildaron de “supremacista”, “xenófobo”, “racista”, “excluyente” y no sé cuántas cosas más desde todos los lados. Un cafre con micrófono abogó por bombardear Barcelona, varios políticos dijeron muy circunspectos que había que intervenir ya TV3, la policía autonómica y la escuela mediante un ampliado artículo 155, y desde el PSOE pidieron adecuar la ley para poder hacer frente a la “rebelión”. La Vanguardia tuvo a bien destacar la procedencia aragonesa de un articulista que escribe en castellano para una web neoyorkina con vocación mundial.  Y este es el nivel de “frikismo” en el que nos desenvolvemos.

Ha habido mucha literatura sobre el “procés” (otro eufemismo) pero casi siempre pasa como con el artículo de Gascón, sólo se escribe para convencidos. Hace unos meses, sin embargo, apareció lo que el propio autor consideraba un “panfleto” y es en realidad mucho más que eso. Lo  publicó  Anagrama a finales de 2017 en catalán y castellano, lo firmaba un filólogo llamado Jordi Amat y tenía un título de lo más elocuente: “La confabulació dels irresponsables” / “La conjura de los irresponsables”. Cien páginas, ni una más, para intentar contextualizar de dónde viene todo esto que estamos viviendo, para mostrar que esta “nave de los locos” la han pilotado unos cuantos políticos que han ido inflamando su palabrería para ocultar sus miserias. Al desafío de unos (más retórico que tangible) han respondido los otros con la ley de su mano, que para eso es suya. La chulería de estos ha agudizado el ingenio de los primeros. Todos ellos han ido retorciendo las palabras, apelando a principios cada vez más elevados, arguyendo razones históricas para justificar sus tropelías, envolviéndonos en su palabrería, pidiéndonos que nos alistemos en sus filas sin tener muy claro qué horizonte prometernos.

conjura irresponsables

Creo que el libro de Jordi Amat es incomodo para los dos bandos en litigio, porque pone de manifiesto lo endeble del discurso que pregonan en Madrid y Barcelona. Dice Amat en la página 47: “el procés, essencialment, s’hauria d’explicar com l’assumpció progressiva pel corrent central de la ciutadania de Catalunya d’una mutació del catalanisme. (…) Així, per molts, la vivència normalitzada dels catalans com a ciutadans de l’Estat s’ha fet problemática o s’ha fet innecesària i fins i tot insuportable (…) Una part considerable de la societat catalana ha interioritzat que la pertinença a Espanya és una rèmora.” Y, ante la respuesta desarbolada de las autoridades españolas, Amat (que no se considera en absoluto soberanista) habla “de bons amics independentistas a qui la guerra bruta ha esbotzat l’horitzó. Avui, aconseguint votar, reconquereixent l’honor. No puc compartir la seva il·lusió perquè dubto que el nostre context possibiliti una independència postmoderna, però tampoc puc negar el dolor que s’ha sembrat”.

Un periodista de los que no rehúyen la polémica como Ignacio Sánchez-Cuenca recomendaba vivamente hace unos meses el libro de Jordi Amat. En el recomendable suplemento literario del diario en catalán Ara entrevistaban al propio Amat, i creo que hacían de tripas corazón para titular así: “El Procés ha de fugir del relat i tornar a la realitat”. Como este libro está en las dos lenguas inteligibles para casi todos los actores del “relato”, sería muy interesante que todos pudieran acercarse a él. Por menos de ocho euros, en un centenar de páginas, todo el mundo puede acceder a unas cuantas claves que explican por qué ha fracasado la política, por qué este lodazal de hoy empezó gestarse hace unos años, cuando los “irresponsables” del título empezaron a agitar las aguas, sin tener muy claro si pescarían algo.

Y siguen…

El hombre encelado

He visto un par de veces los cómics de Agustín Ferrer, y se lo tengo que agradecer en ambos casos a Jot Down, que los ha incluido en los packs de promoción cuando uno compra algún ejemplar de su cada vez más amplio catálogo de revistas y libros temáticos. Hace unos meses leí “Cazador de sonrisas” (Grafito editorial, 2015), el día a día de un dentista estadounidense en la década de 1960, esclavo de una serie de obsesiones que tiene un componente morboso de primer orden, por esa mezcla de pavor e incertidumbre que suelen provocar los odontólogos. Tienen a sus pacientes a su merced, anestesiados o medio atontados, trajinando en medio de unos ruidos infernales y ejerciendo unas fuerzas que parecen que van a desmontar el complejo Lego que albergamos en nuestras bocas. Aquí pueden verse algunas páginas interiores de este cómic de “línea clara e historias oscuras”

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Me llegó el otro día un nuevo cómic de Agustín Ferrer, de cubierta horrorosa y título que parece extraído de una peli porno de hacer treinta años: “Las apasionantes lecturas del Sr. Smith” (reedición en 2018 a cargo de West Indies Publishing Company). Y algo calenturiento hay al final de cada historieta, con esas erecciones que hacen feliz a la señora Smith, y que llevan en una ocasión al hijo de ambos a preguntarse atónito: “Mamá, ¿a papá le ha picado un bicho?” ante el abultamiento que muestra la entrepierna de su progenitor.

Apasionantes Lecturas

Este cómic es de formato pequeño, y su estridente cubierta de un verde subido (a tono con las historietas) no es justa con las páginas interiores, dibujadas con detalle y buen gusto, al servicio de un guion gamberro, que parece escrito por una cuadrilla de amigotes que van pidiendo rondas de cervezas a medida que ponen el colofón (erecto) a cada relato. Todo gira en torno al Sr. Smith del título, trabajador de Silverstone Books, que confía en su buen ojo a la hora de seleccionar títulos para su catálogo. Su trabajo consiste en leer originales y descubrir potenciales éxitos. Da igual el género: de novelas del Oeste a historias de marcianos, de cuentos infantiles a relatos de ciencia ficción. Siempre acaba con picores en la entrepierna que despiertan el deseo de su señora y parece que acaban satisfaciéndola.

Un humor simple que hace las delicias de lectores como yo…y como la madre del autor. Así lo hace constar en la dedicatoria: “A mi señora madre, que aún sigue riéndose de estas cosas”. Los títulos de los capítulos parecen sacados de un cómic irreverente de Mortadelo: “Orgullo y prepucio”, “Tras el culo de Asimov”, “Arquitectos contra la ley de la gravedad”… Y esos finales tronados, con ese punto adolescente “siempre pensando en lo único”, son simples pero efectivos.

En esta entrada del blog de cómic de TVE se puede averiguar quién es Agustín Ferrer, un arquitecto navarro que quería meterse en el mundo de las viñetas. Se mencionaban los dos cómics que hemos comentado aquí (de eso hace ya unos cuantos años). Y en el propio blog del autor se puede apreciar que ha seguido trabajando y que quizá ahora sus obras son menos gamberras.

Para nosotros ha sido un agradable descubrimiento.