Jesús Moncada, el escritor discreto

Cuando apareció “Calaveres atònites”, en diciembre de 1999, pude entrevistar a su autor, Jesús Moncada. No lo podíamos imaginar, pero sería la última obra que publicó en vida. Tiempo hubo para recopilaciones de relatos, pero antes de 2005, fecha de su muerte, no llegaron más obras originales. Se dice que una gran novela, ubicada en Barcelona, quedó en los cajones del siempre perfeccionista Moncada. Parece que estaba ambientada en el entorno laboral de la Montaner i Simón, la editorial que albergó el espectacular edificio que hoy es sede la Fundació Tàpies, y que recordaba unos años en los que Moncada abandonó su deseo de ser pintor para convertirse en uno de los escritores más destacados en lengua catalana, nacido en la Franja de Ponent (para los catalanes), en la Franja Oriental (para los aragoneses).

Llegué a la recopilación de cuentos de “Calaveres atònites” después de haber devorado uno tras otro todos los libros de Moncada. Me sorprendí, aragonés como él, de no saber nada de su literatura, de no conocer su nombre antes de instalarme en Barcelona, como había hecho él veinte años antes. En Cataluña era un autor cuyas obras se esperaban con interés pero más allá de la famosa Franja pocos parecían saber que había publicado con Anagrama la que era su novela más ambiciosa: “Camino de sirga”, traducción literal del “camí de sirga” en catalán que hacía referencia a la ruta que seguían los “machos” para remontar río Ebro arriba, tirando de una cuerda, las barcas (llaüts, en catalán) que bajaban hacia Tortosa el lignito que se extraía de las minas de Mequinenza.

calaveres atonites

He comprobado que “Calaveres atònites” resiste de maravilla una relectura. Hace casi dos décadas que lo leí, y en la página de cortesía veo con tristeza el dibujo que me dedicó Moncada, al lado de un texto donde me aseguraba que yo acabaría en el infierno. O eso dice la caricatura de la Berta. No recuerdo cuánto rato pasé con él en la sede barcelonesa de La Magrana, su editorial entonces, antes de que la comprara RBA. Pero fue un momento inolvidable. Esa sonrisa que aparece en muchas de las fotografías era una risa de tonos gamberros, que coincidía plenamente con ese humor socarrón (somarda, le decimos en Aragón) que invadía sus textos, de un anticlericalismo feroz. Al releer el primer relato de esta recopilación, donde en primera persona Mallol Fontcalda explica cómo fue su aterrizaje en la villa de Mequinenza, adonde llegaba para ser secretario del juzgado desde su Barcelona natal. La estupefacción con la que recuerda ese momento, en una especie de prólogo para una selección de cuentos escritos por un tal Moncada (empieza aquí un juego de espejos que deviene infinito), es la misma que siente el lector al descubrir cualquiera de las historias de este escritor “rural” que evocó desde el barrio de Gracia barcelonés aquel pueblo suyo y sus habitantes, anegado el primero por las aguas de dos pantanos, vivísimos los personajes gracias a las historias de Moncada.

Prácticamente todos sus libros (salvo “La galeria de les estatues” i “Estremida memòria) acontecen en Mequinenza, ese espacio literario de proporciones míticas donde personajes con nombres de resonancias clásicas se chotean de las penurias de la posguerra, cultivan un anticlericalismo que de tan bestia raya en la caricatura y sobreviven armándose de mal humor ante las penurias e iniquidades de la dictadura, ellos que han sido siempre tan de izquierdas (incluso en el momento actual). Son una especie de aldea gala reubicada por culpa de las aguas de unos pantanos que casi acaban con todo rastro de vida inteligente, además de arrasar con los recursos económicos. La “suerte” de esta villa desgraciadamente desaparecida es que tuvo a Jesús Moncada como cronista.

He vuelto a leer estos relatos, a repasar mis apuntes de hace años, a mirar las entrevistas y reseñas que recorté de los periódicos de 1999, a evocar a aquel autor entrañable que se fue demasiado pronto por culpa de un cáncer. Y lo hecho merced a una biografía publicada por Pagès editors hace escasamente un mes. Se titula “Jesús Moncada, mosaic de vida” y está escrita por Marc Biosca. La foto de la cubierta muestra a un Moncada que mira por un ventanal, en la sede citada de la Montaner i Simón. Vista ahora, la imagen tiene un poder de evocación descomunal. Libros en las estanterías, la pantalla de un flexo difuminada en primer plano, una mesa con una pila de hojas pulcramente ordenadas… Y el editor mirando al infinito, quizá descansando después de muchas horas corrigiendo pruebas, recuperando fuerzas para seguir en la brecha.

jesus moncada_mosaic de vida

Dicen que Moncada concedió pocas entrevistas, que fue un autor que dio escasas pistas sobre su vida personal. El mismo confesó que traducía, especialmente a autores franceses, para comprar el tiempo que luego dedicaba a escribir y rescribir minuciosamente sus relatos. Pocas señales quedan de su compromiso político, más allá de su afiliación a un partido independentista de izquierdas, cuando no era difícil ser lo segundo pero parecía una marcianada ejercer de lo primero. Hoy las tornas han cambiado. Recuerdo que yo, a instancias de unos amigos y bien convencido de ello, le propuse que nos ayudara en la oposición a unos embalses en el Pirineo aragonés que siguen sin hacerse pero cuya amenaza pende sobre el territorio desde hace décadas. Rehusó firme pero amablemente, lo que podía decir ya lo había hecho en sus relatos.

No se le conoce a Moncada pareja sentimental pero sí unos cuantos padrinos literarios, de su paisano Edmón Vallès a Pere Calders. Se explican algunas de sus amistades del círculo profesional pero tampoco parece que disfrutara demasiado en las bambalinas de los premios y los oropeles de la fama. Coleccionó galardones en Cataluña y sólo al final, a punto de irse para siempre río abajo, el Gobierno aragonés le entregó su galardón mayor, aunque algunos miembros del jurado explican que había sido propuesto en reiteradas ocasiones y siempre rechazado precisamente por no escribir en castellano.

De todo esto habla esta biografía que al principio se presenta desordenada pero que va tomando cuerpo y acaba siendo un trabajo interesante. Se echa en falta un índice onomástico, tan necesario siempre en estos estudios biográficos, pero dispone de un abundante aparato bibliográfico, de gran utilidad para seguir la huella de un autor que parece que se prodigó poco pero que, en realidad, se asomó cuando tenía algo que decir, algo que anunciar.

Los relatos de Moncada han envejecido de maravilla. He pasado unas horas extraordinarias, con risas incluso, al revisitar las disparatadas situaciones que se producían en la villa de Mequinenza, con esos nombres ya familiares del juez Crònides, la Berta, Penèlope Valldabó, el cardenal Maties o Leucofrina, en espacios no menos míticos del Café del Moll, el Café de la Granota, el puticlub Calipso o la farmacia de Honorat del Rom.

Qué mala hostia tan sana, tan saludable.

 

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Aturada general

Cunde un silencio peculiar hoy por Barcelona. Hace dos días se votó en una consulta real que se decretó que fuera irreal. Su resultado, irreal también por tantas irregularidades, está desencadenando un aluvión de hechos bien reales, como este silencio estruendoso que invade esta gran ciudad. Fueron también muy reales las hostias que repartieron miles de policías alojados durante unos días en lo que parece más inverosímil: un crucero pintado con los monigotes de la Warner Bros.

Desde dentro de Cataluña, independientemente de nuestras convicciones y anhelos más o menos disolventes, no acabamos de entender lo que consideramos una reacción desaforada. Llevamos años de manifestaciones que, más que pedir, se limitaban a mostrar, y no habíamos pensado que pudiera apalearse a gente que se había acostumbrado a ir a una concentración como quien va de concierto de Festa Major. La lógica familiar que no dudaba en cargar con niños de cualquier edad para ponerlos detrás de una pancarta se ha visto desarmada. En el silencio que hoy ocupa las calles de Barcelona hay algo de incertidumbre, porque los grupos de whatsapp que en convocatorias anteriores se limitaban a concretar dónde quedar, ahora avisan de que puede haber infiltrados que alienten la violencia para desprestigiar esta autodenominada “revolta dels somriures”.

Hoy Barcelona está parada. En el barrio desde el que escribo solo abren sus puertas algunas tiendas non-stop, unos bares y las oficinas de La Caixa. Se prepara una de esas manifestaciones grandiosas mientras las redes avisan de que los buses no circulan porque las calles están llenas de gente, la red de metro está sin servicio y las familias empiezan a caminar sin saber muy bien si podrán a llegar a los puntos de encuentro.

Esa Barcelona hoy convulsionada fue convulsa en el pasado. Su tradición levantisca, de reacciones mucho más airadas, ha protagonizado muchas novelas y películas. Conocer ese pasado ayudaría a entender por qué este silencio de hoy, por qué la firmeza de tanta gente defendiendo ser preguntada. Saber por qué hay este silencio hoy quizá ayude a imaginar un futuro menos incierto. Una novela titulada “La fada negra”, publicada por Planeta y galardonada con el premio que más dotación económica tiene en la lengua catalana (el Premi Josep Pla) aborda la “jamància”, una revuelta poco conocida acaecida en 1843. Pocos meses antes, la ciudad había sido bombardeada por orden de Espartero, autor de una cita que aparece regularmente, en boca de bocazas y demagogos: “para que España vaya bien hay que bombardear Barcelona cada 50 años”. El autor de esta novela, Xavier Theros, debía de rumiar desde hace tiempo la historia que ha construido en torno a esta revuelta. Aquí se puede leer un texto que publicó en El País hace unos años. En este diario antes y últimamente en Ara van apareciendo piezas breves de Theros que siempre saben a muy poco. Conoce la ciudad del pasado palmo a palmo, rastrea en los rincones del presente las huellas que dejaron militarazos y pescaderas, menestrales y obispos.

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Ese dominio de la ciudad, esa capacidad para pasear por espacios desaparecidos hace décadas es lo mejor de “La fada negra”, una novela que combina acción, intriga y hasta pasión amorosa, ingredientes habituales en un thriller que se precie. Adolece, en cambio, de un historicismo, de una elocuencia y una precisión por el detalle que rompen el ritmo narrativo y parecen descansos que el autor toma para no perder él mismo el hilo. Son buena muestra las páginas 245-255, la 285, pero hay muchas más. El autor, más que el narrador, necesita poner en antecedentes a los lectores para ir introduciendo nuevos nombres, para contextualizar determinados giros en la narración. Y le va instruyendo, con la mejor intención pero con resultados dolorosos para la narración, que por momentos parece un ensayo histórico, de nivel, eso sí.

Las andanzas de Llàtzer Llampades, reconvertido en policía después de que un oscuro episodio del pasado le obligara a dejar la marina mercante y también a su familia, nos llevan por calles oscuras de la Barcelona aneja a la Rambla. Quedan fuera de las murallas las villas de Gracia, de Sant Martí, Sants… Corre el siglo XIX y empieza a atisbarse una especulación inmobiliaria que estallará pocas décadas después, retratada con más humor y sutileza por Eduardo Mendoza en “La ciudad de los prodigios”. En el fondo de todo el relato de Theros está ese deseo de enriquecimiento rápido, a expensas de decisiones políticas y corrupciones variadas. Si la tradición levantisca de Barcelona no ha languidecido con el tiempo tampoco se puede decir que los corruptos de ahora no tengan antecesores en los que inspirarse.

Esta novela, que parece un producto concebido para lograr un éxito de público, fue precisamente el libro más vendido en catalán en el último Sant Jordi. No es una obra desdeñable, en absoluto. De la pericia de Theros para explicar historietas dan fe sus colaboraciones en la prensa, antes mencionadas. Su colaboración con el malogrado Rafael Metlikovez, en un dúo alucinante llamado “Accidents Polipoètics”, ofrece una muestra de su amplitud de registros.

El fragor de la batalla, el ruido de los bombardeos, las escaramuzas por los callejones que rodean a la Ciutat Vella poco tienen que ver con el silencio que hoy impregna la movilización de miles de personas por las anchas avenidas que hay fuera de las antiguas murallas. Barcelona es el paisaje, en ambos casos.

Cómic y guerra civil

Soy un admirador confeso del blog Historia y Cómic, de esa voluntad didáctica de sus post y de ese deseo de aprender (y sobre todo, enseñar) Historia a través de un lenguaje muy atractivo para los jóvenes, los que están en edad de andar peleándose con las fechas y los hechos del pasado para pasar un examen. Si el tema les subyuga, será seguramente un entretenimiento futuro y una vacuna contra teorías disparatadas y relatos demagógicos.

He hecho el ejercicio de filtrar los contenidos del blog por la etiqueta “Guerra civil” y ha sido una delicia ir pasando las entradas dedicadas a los cómics que se han ocupado de la contienda española por antonomasia. Desde luego, son todos los que están: Miguel Gallardo y su padre con “Un largo silencio”; Kim y Altarriba con sus dos éxitos de crítica y público, precisamente en sendos álbum dedicados a los padres del guionista; Paco Roca y sus “surcos del azar”; “Sento y “el médico de Belchite”; Carlos Giménez, tanto por “Paracuellos” como por la serie dedicada a la guerra… Prácticamente todos ellos se basan en historias que tienen un trasfondo familiar, que arrancan de un fogonazo que se activa en la mente de un padre, un abuelo o un tío que estuvo allí y que, después de décadas de estar callado, quiere explicar su odisea particular. “Memoria histórica a través de la memoria familiar”, como aparece en alguno de los post del blog. O como dice Antonio Altarriba en una entrevista antológica que ha colgado Jot Down, “sería bueno que los jóvenes supieran estas cosas que yo cuento”.

Aquí nos gusta hablar de cómics, y todo lo relacionado con la Guerra civil española llama nuestra atención. Hemos dedicado abundantes textos al tema, y los que quedan. Acabamos de terminar un álbum que se publicó en Francia en dos volúmenes y que en castellano publicó Norma en 2015 en un solo libro, con una breve pero interesantísima sección al final en la que aparecía parte de la documentación utilizada para montar algunas viñetas de belleza cautivadora (la huida a Francia a través de Le Perthus, los pabellones del hospital de Sant Pau en Barcelona, las panorámicas del campo de Argèles, las escenas dantescas de Mauthausen).

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La historia de “El convoy”, el titulo de este cómic con guion de Denis Lapière y dibujos de Eduard Torrents, se estructura según una fórmula frecuente en las historias que abordan nuestra guerra. Un flashback desde un presente más o menos cercano, con un par de historias que se desarrollan en paralelo, una más familiar o amorosa, la otra con un componente más documental o historicista. El relato en “El convoy” tiene la fortuna de cerrarse un 20 de noviembre de 1975, jornada a medias jubilosa. Desapareció físicamente el protagonista de tanto dolor pero lo dejó todo “atado y bien todo”, nadie podía imaginarse hasta qué punto. Este cómic, organizado en dos partes que pueden ser disfrutadas por separado, rinde homenaje a aquellos que nos precedieron y puede ser muy útil para ilustrar (y nunca mejor dicho) a los que puedan experimentar temor si agarran un libro para saber algo de nuestro pasado reciente.

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Con un planteamiento bien distinto, con un tono más intelectual (dicho sin ningún desdoro) y una plasmación gráfica más expresionista, Lluís Juste de Nin traslada a la Barcelona de la II República (y por extensión de todo lo que vendría) la historia flaubertiana de “La educación sentimental”. Publicado en 2009 por Edicions del Ponent, “Barcelona 1931. L’Educació Sentimental” no es un álbum fácilmente digerible. Multitud de personajes, tramas que se cruzan, una contextualización ricamente documentada y unos dibujos en glorioso blanco y negro obligan a leer más de una vez muchas páginas. La composición, planteada con absoluta libertad, rinde homenaje más o menos evidente a los carteles de Carles Fontseré, a las fotografías de Centelles, o a la cabecera del Cu-Cut. El trazo desgarbado de Lluís Juste de Nin deviene en unas viñetas repletas de movimiento, con una expresividad reforzada por las onomatopeyas, los cuerpos desacomplejados de los textos o la planificación absolutamente libre de cualquier pauta.

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Si en “El cónvoy” parecía que el propósito último era reivindicar esa memoria silenciada durante tantos años, en la adaptación de Flaubert hay un planteamiento más lúdico, en el que se reconocen los propios personajes. El último texto lo hace bien explícito: “Sí, potser el millor que hem tingut va ser allò”.

No hubo más lecturas veraniegas

El verano que acaba de disiparse ha sido extraño en lo tocante a lecturas. Ya decíamos un día aquí que Rodrigo Fresán y su novela sobre la vida de Federico Esperanto nos ayudaron a sobrellevar algunos momentos de zozobra personal. Cuando la cabeza necesitaba de evasión, sin tanta necesidad de concentración, escapaba hacia otras vivencias que, a primera vista, se antojaban más fútiles, pero que permanecen en el tiempo, señal de que en el relato había algo más que esparcimiento.

El azar me ha llevado a conectar esta novela basada en cuentos (¿o sería mejor decir “conjunto de relatos que acaban conformando una novela”?) con una reseña aparecida hace ya uno años en el ABC, que tildaba a este libro de “salingeriano” y que firmaba, precisamente, Rodrigo Fresán. Caí en él por la confianza que me inspira la editorial, Libros del Asteroide. Estaba en la mesa de recomendaciones de una biblioteca y no me sonaba en absoluto el nombre de su autora: Sarah Shun-lien Bynum. En 2011 apareció en castellano la traducción de “Las crónicas de la señorita Hempel”, que agrupaba ocho relatos con títulos tan breves como escurridizos: “Talento”, “Cómplice”, “Chungo” o “Encontronazo”.

cronicas de la señorita hempel

Los protagoniza Beatrice Hempel, profesora de Literatura en un colegio privado estadounidense. Se va mostrando de manera diáfana su día a día, historias cotidianas presentadas sin circunloquios ni experimentos narrativos. Parece un documental naif de alguien que está descubriendo en qué consiste eso de trabajar, de ganarse un prestigio y una reputación, mientras se torean las congojas personales que va deparando el destino. La evocación nostálgica del padre desaparecido, la desprejuiciada manera de hablar con sus alumnos de sus experiencias sexuales, como si fuera lo más normal del mundo, las charlas con los compañeros de claustro… Son “tranches de vie” que se muestran como suele ser típico de muchísimos libros americanos: a la gente le ocurren cosas y hay alguien para explicarlas. Y estamos nosotros, al otro lado, para darle sentido a esos relatos.

Esa inocencia es la que puede ser tildada de “salingeriana” en la reseña de Fresán. Y eso modo de narrar, tan invisible, es el que habrá posibilitado que la autora haya ido coleccionando premios y auspicios de ser una de las grandes narradoras del futuro, en esas clasificaciones tan futboleras que menudean en la prensa: “mejor narradora sub-35” y cosas parecidas.

En parecidos ranking ha aparecido otra autora, mucho más incisiva, que por la forma y hasta el fondo parece en los antípodas de los relatos de Sarah Shun-lien Bynum. Se trata de Merrit Tierce, una activista que cultiva una especie de “dirty realism”, visible en “Que me quieras”, novedad de Blackie Books en 2017. Una novela sin concesiones que reclama su lectura desde la contraportada, donde los editores han sido muy hábiles en los reclamos. Dos párrafos bastan para llamar la atención:

“Cuando dice Chúpamela en realidad quiere decir que todo esto es un circo, cariño, que les den a estos cabrones”.

“Y cuando le contesto Si quieres que la chupe, sácatela, lo que quiero decir es que somos duros, que a pesar de toda la mierda brillamos”.

que me quieras

La escritora Roxane Gay considera que la historia de Marie, una joven camarera que tiene una hija pero no su custodia, está narrada con una “una prosa gloriosa, afilada como una cuchilla de afeitar sucia. Tan vulnerable, dura y honesta que quita el aliento”. Poco se puede añadir a tan certera definición. La novela se lee a borbotones, como parece haber sido escrita. Se suceden los polvos, los tiritos de droga, los comentarios soeces de los hombres y la sensación de frustración de la protagonista. Su trabajo en un local de pedigrí le permitiría ganarse la vida sin estrecheces, pero todo lo que rodea a ese trabajo la va empujando en la dirección contraria. Se siente culpable de no poder atender en condiciones a su hija, y se evade de la sucia realidad follando con casi todo lo que se mueve alrededor.

Se siente entonces doblemente culpable y el lector se va empapando de esa angustia. Las flores marchitas de la cubierta, esa lata de cerveza estrujada, la ceniza que se consume del cigarro son la conseguida sinopsis de una novela que termina como empieza cada jornada de su protagonista: “Me llamo Marie y soy su camarera esta noche”.

 

Islandia, el mejor país del mundo

En la última edición de las fiestas barcelonesas de la Mercè, en el Passeig Lluís Companys se ofrecía la posibilidad de ver un cine panorámico, tumbados en el suelo, cubiertos por una cúpula en la que se sucedían ocho minutos de imágenes espectaculares con Islandia como protagonista. En realidad, era un publirreportaje de un laboratorio farmacéutico (Amgen) que ha llevado a cabo una extracción de datos para secuenciar el ADN de casi la mitad de los 300.000 islandeses que pueblan la isla. Dicen que, gracias a que la población islandesa apenas se ha mezclado con gente venida de fuera durante los doce siglos que la isla lleva habitada y dado que hay un registro meticuloso de los datos de nacimiento, muerte y parentesco de todos ellos en los últimos mil años, hay un árbol genealógico inmenso que puede proporcionar mucha información genética a la hora de conocer dónde y por qué aparecen determinadas enfermedades y, lo que es más importante (y monetizable) cómo abordarlas de manera personalizada.

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El vídeo en sí es más espectacular que informativo, pocos datos pero bellamente ilustrados con paisajes alucinantes, auroras boreales y naturaleza en plena ebullición. Acababa de leer un libro pequeñito, publicado en 2016  por Cuadernos del horizonte, titulado “Crónicas de Islandia”, y que aglutinaba en algo más de cien páginas unos cuantos reportajes de John Carlin que habían aparecido en El País entre agosto de 2006 y marzo de 2012. Ya había leído ahí sobre este proyecto de analizar el ADN de miles de personas aprovechando sus peculiares condiciones de “no contaminación”. Cayó en libro en mis manos como regalo de Jot Down, al comprar una revista dedicada a las islas. Creo que habíamos leído en familia algunos de estos reportajes hace más de una década, y que ellos fueron la espoleta que motivaron precisamente uno de los viajes que recuerdo con más placer: once días recorriendo Islandia, en un viaje circular a través de la única carretera totalmente asfaltada que rodea la isla. Fue en agosto de 2008 y con frecuencia vuelven a mi memoria flashes de aquellas jornadas que parecían eternas, con un sol que no acababa de esconderse y una sensación de estar pisando tierra que estaba viva, y que hacía todo lo posible por hacerlo patente.

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Dice John Carlin en este librito que es “el mejor país del mundo”, y por todo lo que va apareciendo en sus reportajes es difícil contradecirlo. Son escasamente 300.000 personas absolutamente tolerantes, donde abundan los escritores y, lo que es mejor, los lectores; que viven en un paisaje de ensueño, herederos de una tradición en las que las mujeres tienen un protagonismo esencial y donde no parece haber sitio para los celos ni los resquemores. Es habitual tener varias parejas a lo largo de la vida, así como hijos con todas ellas, desde bien jóvenes. Nadie se rasga las vestiduras, todo el mundo participa de la educación de todos los miembros de la familia. Apenas hay delitos, porque todo el mundo se conoce.

Durante los días en que anduve arriba y abajo por la isla me sorprendieron muchas cosas: la calle estaba llena de gente a cualquier hora, incluso de madrugada. Hacía fresco durante algunos momentos del día, pero el sol era bienvenido y nadie quería ausentarse. En los pueblos más solitarios (o en el centro de Reikiavik) las bicis estaban apoyadas en una farola, en una valla, sin necesidad de candados a pruebas de bomba como ocurre en Barcelona ahora mismo. Nadie las iba a robar. En sus paisajes espectaculares echaba en falta los árboles, apenas se veían. Por la carretera que daba la vuelta a la isla, donde no se puede circular a más de 90 km/hora, aparecía de vez en cuando una especie de podios con coches destrozados, a modo de memento mori. En los campos, recién cosechados, las balas de paja estaban envueltas en plásticos y con dibujos coloridos. De vez en cuando aparecían una muñeca hinchable y un maniquí masculino en posturas elocuentes que uno no sabía si eran espantapájaros, arte efímero o pura coña marinera. Y el agua corría por doquier. Cascadas espectaculares, glaciares, ríos, la inmensidad del cercano océano Ártico, los geiseres… Todo era agua en la isla más septentrional. Explicaban los paneles que las casas de casi toda la isla disfrutaban de agua caliente gracias a unas canalizaciones que explotaban esa energía geotérmica venida del subsuelo. El estruendo de las piezas enormes de hielo que se rompían al llegar al mar se asemejaba al de millones de litros cayendo por minuto desde cientos de metros, en algunas de las cascadas más espectaculares del mundo.

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En los núcleos habitados, allí una ciudad de 3000 habitantes ya es una urbe, sorprendía la limpieza de todo, las fachadas coloridas de las casas, las atestadas librerías en un pueblo de escasamente 500 almas. La tierra ruge y, aunque parece imperceptible, tienes la sensación de andar pisando los sueños de miles de antepasados.

Muchas de estas cosas las cuenta John Carlin en su libro, aunque él tiene la habilidad de hablar con muchos islandeses, incluso antes de salir de Barcelona, cuando se entrevista con Eidur Gudjohnsen, que entonces jugaba en el Barça. Él le pone en la pista de las personas a las que tiene que visitar. Carlin muestra de maravilla la evolución de la isla, con esa crisis económica que rompió el sueño de sus habitantes y permitió que muchos europeos (ante la debilidad momentánea de la corona islandesa) pudiéramos hacer el viaje de nuestras vidas. En esta serie de reportajes (que todo hay que decirlo, podrían haber sido objeto de una mínima edición para evitar repeticiones) se puede seguir el resurgir de la sociedad islandesa, gracias precisamente a las mujeres, a las que debiéramos encomendarnos cada cierto tiempo para atenuar tanto exceso de testosterona.

Volver a viajar por Islandia gracias a este libro de John Carlin es un regalo, que engrandece los recuerdos de una visita que tanto ansiamos repetir.

El presente de un futuro ya pasado

Ha sido un verano duro, en lo tocante a emociones. Noticias no demasiado buenas se han ido sucediendo, con un impacto emocional notable. Había días, y noches, en las que no lograba encontrar ni el refugio de la lectura. Los libros que me han acompañado durante estas semanas quedarán en mi memoria como lecturas en sordina, con una veladura que no me permitirá recordar si aquello que leí era así o una simple distorsión producto de la falta de concentración, que me impidió apreciar con nitidez las historias que se narraban.

En un incómodo sillón de hospital, al lado de una cama donde sufría una persona muy querida, encontré distracción en un libro no precisamente fácil. Una novela peculiar, que exige concentración y que premia con creces el esfuerzo que se le dedica. Era la primera vez que me acercaba a las historias de Rodrigo Fresán, un escritor argentino (por ponerle una procedencia) que parece universal por sus intereses y por la ambición con la que dicen que construye su obra. Llegué a él después de haberle escuchado en directo, hace muchos años, durante un posgrado de crítica literaria al que vino para hablarnos de una novela que tenía a punto de caramelo: “Jardines de Kensington”. No sé si tuvo mucho éxito de ventas pero sí logró el reconocimiento de los críticos. Él mismo pertenece al gremio, aunque en una entrevista reciente, imperdible, en Jot Down, se reconocía más como “evangelizador”, cuando parecían reprocharle en la una pregunta por qué casi siempre habla bien de los libros que reseña.

esperanto en mondadori

Me llevé de vacaciones, sin prever las sorpresas que esperaban en un box de Urgencias, varios libros de Fresán. Sólo pude rematar el más ligero en cuanto a páginas: “Esperanto”, en una “edición corregida y aumentada” de 2011, publicada por Mondadori sobre un original fechado en 1995. Llama la atención en la cubierta la foto de Bob Dylan, que lee con gafas de sol y su melena alborotada un diario, mientras su mano derecha sostiene un cigarro, y un café le espera la mesa. En la entrevista antes mencionada dice Fresán que este libro surgió de un sueño, lo escribió en una semana, “y es casi intocable”, para añadir que lo único que hizo en la reedición fue ponerle a Dylan en cubierta (en la original aparecía James Dean). Si es verdad, como sostienen algunos críticos, que Fresán siempre está reescribiendo el mismo libro, “Esperanto” debe de ser una puerta alfombrada para un viaje con paradas en estancias amuebladas con muy buen gusto.

esperanto en tusquets

No es una novela sencilla, porque está repleta de claves y referencias que viajan atrás mientras siembran la lectura de asideros para no perderse. Con un texto pautado día a día, de domingo a domingo, vamos descubriendo la vida de Federico Esperanto, que es la vida de un país. Uno de los grandes escritores argentinos, Osvaldo Soriano, lo resumió enigmática y certeramente: “la Argentina es algo ocurrido y enterrado, un dudoso objeto de cuidadosa memoria. Fresán lo ve así y elabora un presente difuso que transcurre en un futuro ya pasado”. Parece un trabalenguas y es, en realidad, una definición. Esta novela es densa, es rocambolesca, es local y universal, lleva a Dylan en sus entrañas pero habla de una canción del verano, “Las intermitencias del corazón”, fundamental para seguir el hilo del relato, básica para perderse en los meandros de la narración.

Al intentar recordar lo que este libro me sugirió se agolpan imágenes, canciones, noticias, nombres… que uno no sabe si ya son producto del caos mental en el que fue leída la novela o están en la raíz de la sucesión de historias que, aunque mínimas, enriquecen el tronco de la narración. Tres páginas escasas, al final del todo, bajo el epígrafe “Feriado” recopilan muchas de estas referencias: Zamenhof, Scott Fitzgerald, James Dean, Jack London, The Beatles, John Cheever, Serge Gainsbourg&Jane Birkin, Marcel Proust, Marlon Brando…

Dice Fresán, a modo de cierre de esta “edición corregida”, que Federico Esperanto “sigue navegando” y que le gustaría preguntarle “qué hizo o qué deshizo durante todos estos años” si alguno de los lectores alcanza a verlo y le deja aviso. Pocas líneas antes perfila sus rasgos, que coinciden con el “rostro un tanto malicioso de Tim Roth” al tiempo que señala que su acompañante, La Montaña García, “no podía ser otro que el gran y grande John Goodman”.

Más referencias cruzadas para una novela de apariencia convencional, con un organismo a prueba de bombas.

Perdidos en Israel

La larga destilación del relato de nuestro último post se podría decir que nos lleva a “Una judía americana perdida en Israel”, este cómic de Sarah Glidden, que un día decide apuntarse al programa “derecho de nacimiento”, por el que todos los judíos del mundo tienen pagada una visita a Israel. El diario de Eva Heyman que glosábamos el otro día, las humillaciones sufridas, el elevadísimo precio a pagar, la tragedia colectiva que tuvo por escenario buena parte de Europa central y oriental tiene aquí un epílogo, en forma de cómic, elaborado por una autora desprejuiciada que en la cuarta viñeta dice estar “lista para ir allí y descubrir la verdad oculta tras todo este follón”.

Es un ejercicio interesante confrontar el título original de la obra con el que lleva versión española de Norma (2011): con el mismo dibujo en la cubierta, en inglés parece que ofrece una “Historia de Israel para dummies”, mientras la versión en castellano centra el tiro en la protagonista, en la situación de desamparo que por momentos parece sentir cuando visita la que pudo ser tierra de sus ancestros. Ya nos gustó mucho la visión que ofrecía Sarah Glidden de su visita a Iraq y Turquía, con ese cuestionamiento permanente, esas dudas difíciles de gobernar, ese escepticismo con el que miraba lo que ocurría a su alrededor. En esta visita a Israel, publicada previamente a las “Oscuridades programadas” que glosamos aquí, no tiene claro ni el motivo de su viaje ni lo que se va a encontrar. Teme a la propaganda, y parece que vaya siempre mirando detrás del decorado, tratando de descubrir si es simplemente cartón piedra.

Las acuarelas y los tonos suaves característicos de Glidden parecen sugerir un relato naif, pero nada más lejos de las corrientes que discurren por debajo de las viñetas. La narradora no deja de aludir al “conflicto” y empatiza rápidamente con los árabes “que estuvieron aquí durante mucho tiempo antes de que volviera el hebreo”. Viaja a Cisjordania, y su autobús discurre durante muchos kilómetros en paralelo al muro que separa ambas comunidades. Visita “la antigua Siria”, los Altos del Golán, donde pregunta sarcástica  qué interés tiene pelear por un espacio donde no se puede construir. El guía le recuerda que es territorio minado, uno de los lugares más calientes del planeta. Sigue su ruta, propagandística, por Tel Aviv, el desierto, el mar de Galilea y llega hasta Jerusalén. En el intento por comprender Israel nos lo va enseñando a los lectores, y nos muestra el Salón de los Nombres, con el que se rinde homenaje “a todos y cada uno de los judíos que fallecieron en el Holocausto”, o explica el mito fundacional de los Cielos y la Tierra, con una piedra que arrancó Dios de su trono, y que fue el pico donde el Rey David y su hijo Salomón construyeron el primer templo, allí donde está ahora la Cúpula de la Roca, cerca de ese Muro de las Lamentaciones que estamos cansados de ver en los telediarios, cuando se produce uno de eso follones que pretendía desentrañar Sarah Glidden al principio de su viaje.

Cuando apareció la obra en castellano, los responsables de Norma tuvieron el buen criterio de montar un minisite que ayuda a entender el proceso de creación de este cómic, con entrevista a la autora incluida. Al final de la obra, muy recomendable, la autora se dibuja ya en su país, reencontrándose con sus amigos estadounidenses. Uno de ellos le pregunta, a dos viñetas del final: “¿Qué demonios pasa en Israel?”.

La cara de ella es todo un poema.

 

El libro de la bicicleta

Durante unas cuantas semanas fue “el libro de la bicicleta”, sin más. Mi hija se acordaba de que salía una en la cubierta. Yo había tenido un ejemplar en mis manos pero ni me había fijado en el título ni me sonaba de nada la autora. Aunque recordaba también que había una bicicleta. Preguntamos en varias librerías por un libro con una bicicleta en el título y algún librero nos miraba con una mezcla mal disimulada de sorna y estupor. Yo estaba convencido de que la bicicleta del dibujo era azul, y con esa premisa seguí buscando. Infructuosamente.

Una tarde, en una librería muy curiosa que hay en el Poblenou de Barcelona, llamada Nollegiu (No leáis) y ubicada en lo que antes era una tienda de ropa, estábamos esperando (también con mi hija) que llegara Ferran Adrià a presentar una novela negra de una autora peruana, ambientada en el mundo de la alta cocina. Casi nada. Llegó el pope de la cocina tecnoemocional y apareció después el peruano Gastón Acurio, jerarca de la renovación culinaria de su país. Durante la espera, sin pretenderlo, dimos con el libro de la bicicleta, en la versión en catalán publicada por NED Ediciones. El tema se las traía, para despertar el interés de una niña de once años. El título no era precisamente optimista. Y la autora no vivió más de 13 años, hasta que cayó en manos del siniestro Mengele, en el campo de Auschwitz, un día de octubre de 1944.

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Hace unos meses ya hablamos aquí de qué arduo es satisfacer el interés de un niño que quiere saber más sobre los nazis. Es difícil ocultar la siniestra realidad, como es complicado no caer en la sensiblería al intentar explicar a unos niños la magnitud de la maldad humana. Habitualmente se recurre al padre bienintencionado de “La vida es bella”, al niño del pijama de rayas o a una versión expurgada del diario de Anna Frank, pero no nos gusta a los mayores quebrar la inocencia infantil con narraciones más poderosas como “La lista de Schindler” o “Shoah”, los recuerdos de Primo Levi, Mariano Constante o Joaquim Amat-Piniella, las fotos de Francesc Boix ni siquiera el cómic de Spiegelman, por citar unos pocos.

Cuando le eché un vistazo a la contra y a las solapas del “libro de la bicicleta” empecé a dudar de si eso lo soportaría una niña de once años recién cumplidos, lectora voraz (eso sí) a la que casi ningún tema le resulta ajeno. Se empeñó y se lo leyó, a tragos cortos, sufriendo más de una vez no tanto por lo que se cuenta como por lo que se imaginaba. El libro ha sido considerado como una versión “húngara” del Diario de Anna Frank, no en vano en los dos casos las autoras son dos jóvenes que narran su cautiverio, una en Amsterdam, la otra en la actual Oradea (Rumania) en lo que entonces era Nagyvárad (Hungría). Las dos ven cómo el mundo se desmorona mientras ellas abren los ojos a una realidad que no pueden acabar de asimilar. Eva Heyman, la autora de “He viscut tan poc”, comienza a escribir el día de 13º cumpleaños, en febrero de 1944, y sus páginas no van más allá del mes de mayo, cuando es deportada a Polonia, para desaparecer en octubre, en un camión amarillo con dirección a los hornos.

La profundidad de algunas de sus reflexiones, sus lamentos ante lo que intuye que será una vida muy corta, su rebeldía precisamente ante la apatía con que sus paisanos asimilan todas las vejaciones que sufren, el dolor por la desaparición de Marta, su mejor amiga, la deliciosa relación que establece con su padre y su padrastro (que choca con el escepticismo con el que mira a su madre) son algunos de los muchos afectos y emociones que contienen estas cien páginas intensas, que uno imagina de caligrafía apretada. Un planteamiento tan redondo, por la fecha de inicio, por cómo se salvan los papeles, por la perfecta organización del tempo narrativo, con ese crescendo que no ahorra ningún sufrimiento al lector, lleva a sospechar a veces si no será todo una de esas narraciones documentales salpimentadas con un personaje infantil y un destino fatal. Una especie de manuscrito hallado en una maleta destinado a convertirse en un best-seller de la llamada “literatura del Holocausto”. Pero no.

En la edición catalana, el libro lleva un prólogo de Vicenç Villatoro así como un texto de Ágnes Zsolt, madre de Eva, que consiguió llegar a Suiza y salvarse. Allí explica cómo se conservó el diario. Y se cierra con un epílogo de Mihály Dés, que contextualiza la obra y remata su preciso texto con una frase que define certeramente lo que el lector todavía no acaba de asimilar, cuando pasa la última página: “el relato de su marcha hacia la muerte se convierte en una reivindicación triunfal de la vida”.

Una historia triste, a pesar de Amado

Cuando hace unos años mi padre estuvo ingresado en el hospital durante unas cuantas semanas, iba a verlo todos los sábados y siempre lamentaba, ya en el tren, haber olvidado otra vez llevarle un libro de Jorge Amado, para hacerle la convalecencia más entretenida y, sobre todo, más alegre.

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Hace poco, volvió a caer enfermo y esta vez no dudé: en el primer viaje metí en la maleta “Doña Flor y sus dos maridos”, en una edición de bolsillo de Alianza que casi hay que quebrar por el lomo para hacer menos esforzada la lectura. Durante una temporada febril me dediqué a leer sin pausa todos los títulos que había en esa colección mítica de Alianza: “Gabriela, clavo y canela”, “Cacao”, “Capitanes de la Arena”. Seguí con “Sudor” y “La tienda de los milagros” y aún se me debió de quedar alguno, menos conocido. Hay relatos que embrujan a uno sin saber muy bien por qué. Es imposible hablar de los libros de Jorge Amado sin apelar a la sensualidad, al vitalismo, a esos olores a comida que parecen emanar de las páginas, a la fragancia de las especias o de las flores, y al buen humor, sobre todo al buen humor. La crítica lo ha considerado habitualmente un autor menor y (creo que era en el especial que le dedicó la revista Turia) alguien dijo que con ese nombre y apellido parecía un señor de Cuenca y no el escritor brasileño que es, con las calles y las playas de Salvador de Bahía omnipresentes en casi toda su obra.

Durante muchos años le iba pasando libros a mi padre, lector ferviente desde muy joven a pesar de no haber podido frecuentar mucho la escuela ni haber tenido demasiado tiempo para leer, enfrascado como estaba en trabajar para sacar adelante una familia numerosa. Me decía una vez que le pilló el gusto a la lectura en esas novelas de vaqueros que se cambiaban (por no decir alquilaban) en los kioscos de los pueblos en los años sesenta. Luego accedió a las “Selecciones” del Reader’s Digest y ahí debió de descubrir que había muchos temas y muchas tramas por descubrir, y ya nunca dejó de picotear. Como yo soy un lector caótico empecé a hacerle partícipe de los libros que iban cayendo en mi zurrón, y tan pronto estaba con uno de Vargas Llosa como se adentraba en un estudio sobre la Guerra Civil o unos cuentos del Pirineo. En la mesilla de noche siempre había un libro. En los últimos años le he ido llevando de todo: “Los millones”, de Santiago Lorenzo (Blackie Books); las memorias de Tony Leblanc, las de Iñaki Anasagasti, algunas de las novelas policiacas de Andrea Camilleri (que devoró en un santiamén), el relato de las salvajadas que tuvieron que aguantar los habitantes de Jánovas, amenazados por un pantano que nunca llegó a llenarse; la epopeya de los obreros que hicieron posible la estación internacional de Canfranc, el “Victus” de Sánchez Piñol o el “Valor” de Clara Usón, que comentamos aquí en su día.

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Nada más leer “El balcón de invierno”, de Landero, también quise compartirlo con él. Y debí de dejarle algún otro en el mueble de la sala donde se ponía a pasar página tras página, cada vez más encorvado, pero siempre con el mismo gesto ensimismado durante la lectura, hasta que levantaba la cabeza, medio abstraído todavía, con el semblante serio y la mirada perdida, como si necesitara desconectar de la realidad en la que estaba inmerso para afrontar una pregunta de mi madre o un requerimiento de alguno de sus nietos. Jubilado como estaba, desde hace unos años los libros le duraban poco.

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Mi padre no se recuperó de la enfermedad que le llevó al hospital hace unos meses. Uno de mis hermanos se encargó de recoger las pertenencias que habían quedado en el armario de la habitación donde pasó sus últimos días. Ahí estaba el libro de Jorge Amado, no llegó a abrirlo. Al final, no le quedaban fuerzas ni para pasar las páginas del diario. Cuando terminó la ceremonia donde lo despedimos y nos volvimos al piso familiar las tres generaciones que tanto lo añoramos ahora, vi en una estantería unos cuantos volúmenes tumbados. Ahí estaba el inconfundible lomo verde y amarillo de “Doña Flor y sus maridos”. Había otros, y destacaba un novelón de esos de tapa dura y sobrecubierta. Había una marca entre sus páginas, una hoja de esos calendarios a los que cada día se le va quitando una capa, porque era así como le gustaba señalar dónde se quedaba.

“Es el que estaba leyendo papá”, me dijo uno de mis hermanos. Y entonces vi, de manera desgarradora, todo lo que había quedado a medias.

¿Qué ‘por qué’?

Hace pocos días, en el amplio espacio que Casa del libro tiene en la Rambla de Catalunya, en Barcelona, muchas personas se quedaron sin silla y escucharon embelesadas, pero de pie, a Roberto Canessa, que venía hablar de su libro, y no era la primera vez. Meses atrás vino a lo mismo y fue requerido por los medios, de todo pelaje, en los que triunfó sin discusión con su discurso positivo, generoso, franco, y hasta divertido. Igual salió en la ambicionada (por los gabinetes de prensa) “contra” de La Vanguardia que en un programa de TVE que ha sido ampliamente denostado. Así de potente es el mensaje que “vende” Canessa, y que en el libro “Tenía que sobrevivir” (Al Revés, 2107) aparece magníficamente expuesto en el texto del escritor uruguayo Pablo Vierci.

Y eso que este libro no es fácil de vender, ni de leer. Se puede pasar del agobio al llanto en cuestión de un párrafo, se puede reír para a continuación hundirse en la desolación. Es una historia de superación, un libro sobre el liderazgo, un manual de autoayuda, una historia de aventuras, un diario de viaje, una biografía y hasta un panfleto religioso. Y, sin embargo, nada molesta, todo es digerible. Y, además, está muy bien escrito.

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Son dos libros en uno, ya decía Vierci en una entrevista que “la primera parte del libro es la causa y la segunda la consecuencia”, pero es que esa primera parte es nada más y nada menos que la narración del accidente de aviación que sufrió un equipo de rugby uruguayo en los Andes, hace casi medio siglo. Se hizo famoso por una película de Disney (Viven) y antes se había hablado mucho de esta epopeya porque los supervivientes aguantaron más de dos meses con temperaturas por debajo de 20 bajo cero, pasaron todo tipo de calamidades (fracturas, aludes, muertes…) y, para aguantar un minuto más, un día más, comieron parte de los cuerpos de los compañeros que no pudieron resistir.

Es inevitable ahondar en este detalle y en todas las entrevistas (que han sido muchísimas) ha aparecido tarde o temprano. Ese punto morboso, casi insignificante ante la magnitud de lo narrado, enseguida se convierte en una nebulosa mientras adquieren nitidez las historias que se suceden, tanto del pasado más remoto como de la mera actualidad.

Roberto Canessa, además de ser uno de los dos supervivientes que se aventuró en una expedición casi ilógica subiendo y bajando picos en los Andes hasta contactar con alguien que pudiera dar al mundo la noticia de que estaban vivos, se convirtió con los años en un cardiólogo pediátrico de reconocido prestigio, que introdujo las ecocardiografías en su país y ha salvado las vidas de muchos niños que estaban condenados a irse de este mundo sin apenas darse cuenta. En la presentación de Barcelona del otro día, uno de los momentos más emotivos, fue cuando una señora del público explicó que allí estaba un chaval que había sido operado por el doctor Canessa quince años atrás, en su país natal. Hubo más familiares que tomaron la palabra para decir muy brevemente que ellos habían pasado por un trago similar, y agradecían al doctor superviviente (o al revés, porque aquí no queda claro qué provocó qué) su dedicación.

Canessa salió de la montaña con una vocación clara de ayudar a los demás. Él cree en Dios, en un Dios amable alejado de ese que no paraba de prohibir cosas en su infancia. Transmite un mensaje positivo perfectamente asimilable por todos los credos, incluso para los que tenemos la certeza de no creer, y –nunca mejor dicho– predica con el ejemplo. Se van sucediendo en la segunda parte del libro historias inevitablemente emocionantes, de niños que salvan la vida, pero también hay finales trágicos y madres rotas que no entienden que eso les haya tocado a ellas. Hay palabras sencillas que dibujan historias enormes y se suceden tecnicismos médicos, de esos que tienen media docena de sílabas, que son perfectamente entendibles, de tan cercanas que son las vivencias que se cuentan.

Este multilibro es una obra hagiográfica (no cabe duda) pero eso no es peyorativo en absoluto. Se lee con una sonrisa, a veces; con muecas de dolor en muchas más ocasiones, pero a nadie deja indiferente semejante sucesión de episodios de una fuerza tan notable. Al buscar respuestas a tantos por qué, al intentar entender tantas situaciones al límite es cuando miramos dentro de nosotros.

Acercarnos a este libro nos hace mejores.