Una novela excéntrica

Hace un tiempo hablábamos aquí de la promesa que ofrecían las cubiertas de los libros de Edicions del Periscopi. Hay que creer mucho en lo que ofreces para atreverte con unas cubiertas que proponen lo contrario de lo que hace la multitudinaria competencia con la que se encontrarán tus libros en las atestadas estanterías de las librerías.

Para mí, este peculiar aspecto se ha convertido en una marca de calidad, que anticipa propuestas atractivas y, con un criterio tan poco objetivo, me puse a leer “Les generacions espontànies”, una excéntrica novela que todavía no estoy seguro que no sea sencillamente una recopilación de relatos alrededor de una excusa argumental bien hallada: la elaboración de un currículum vitae para presentarse a una entrevista de trabajo.

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Del espíritu jocoso y con poso iconoclasta puede dar fe la dedicatoria con la que la autora, Mar Bosch Oliveras, encabeza la vorágine que se avecina: “als agrònoms de lletres, als filòsofs que diuen que no ho són i a les psicòlogues alegres (…), als llibreters d’energia atòmica (…), a les geògrafes en un món de roses i baobabs; (…) als avis i germans que són el suport de generacions senceres”.

La entrevista de trabajo mencionada permite a Eva, la protagonista, que vaya enumerando su experiencia profesional, no sin antes endilgarnos la narración de una serie de zombis que mira en la tele mientras se imprime el CV. Va adobando sus habilidades profesionales con todo tipo de anécdotas, recuerdos absurdos o comentarios inapropiados, que proporcionan al conjunto esa frescura que raya con la irreverencia hacia los que siempre piensan enarcando las cejas.

En esta sucesión casi surrealista de historias aparecen sus jornadas laborales como genetista en el cultivo extensivo de la fruta, como tanatomaquilladora, como detective privada o como maestra, tanto en escuelas públicas como privadas, sin olvidar tampoco una historia de amor vivida en el trabajo o las expectativas que se abren en la empresa para la que se está entrevistando.

Esta divertida gamberrada entronca hacia el final con aquella película que dio fama y espectadores a Fernando León de Aranoa. Se llamaba “Familia” y, como esta novela, era capaz de dibujar rictus de estupefacción y asombro para después provocar risas de más o menos intensidad hasta terminar congelándonos la sonrisa.

Así, sin más.

 

 

Sin filtros

Se anuncia curso para el verano en una librería de Barcelona. Se titula “Yo y mis sombras”, y lo impartirá Gabriela Wiener. El contenido del curso se presenta con una pregunta: “¿Para qué escribir sobre uno mismo?”. La respuesta, si la hay, puede hallarse en el último libro publicado por la propia Wiener, en Malpaso Ediciones. Se titula “Llamada perdida” y es de hace un par de años, de abril de 2015.

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Es una edición sobria, elegante, con las páginas tintadas en magenta al corte y un negro absoluto envolviendo la foto que Daniel Mordzinski le hizo a la autora, y que aparece en cubierta. No llegan a las 200 páginas estos textos palpitantes, pura literatura del yo, que se va exponiendo sin tabúes, sin remilgos ni pudores.

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Contra el discurso intelectual predominante, Gabriela Wiener traza unos perfiles muy cercanos de dos autoras ampliamente denostadas: Corín Tellado e Isabel Allende. Las muestra en momentos íntimos, haciendo confesiones personales, reconociendo la primera su incapacidad para el amor después de un matrimonio fracasado, al tiempo que inundaba el mundo de novelas románticas. Explica la chilena el dolor por la pérdida de su hija, que exorcizó en un libro que fue best seller (también) y que ni en este terreno más personal logró el favor de la crítica más sesuda.  Las muestra Wiener como dos abuelitas encantadoras que siguen haciendo gala de una profesionalidad incuestionable mientras explica la asturiana que ha dejado a sus hijos la explotación de los derechos de sus novelas rosa y Allende cuenta que lo confía todo a una nuera que es además su asistente, confidente y hasta algo más que hija política.

Dice Wiener que “este puñado de historias y observaciones no son más que frutos de la reincidencia en el vicio de documentar lo que me rodea con la esperanza de que al relatarme alguien más se sienta retratado”. Es duro, incluso en silencio, reconocerse retratado aunque sea a medias en estas historias que viajan a los abismos más íntimos. La manera en que Gabriela confiesa su incapacidad para ser fiel se complementa con la revelación de los celos proverbiales de su marido o, lo que puede resultar más morboso, se completa con la descripción de los tríos en los que participa la pareja, siempre con otra mujer por deseo expreso de él, y que puede terminar resultando hiriente de tanta sinceridad.

Alguien que viene de explicar de manera anecdótica su obsesión por el número 11, su temor a morir cuando se descubre un bulto en el pecho o su “necesidad” de emborracharse al menos una vez a la semana, con esa franqueza que desarma, sin filtros, convierte al lector en un voyeur que envidia ese gusto por desnudarse, ese valor por desvelar las angustias más íntimas, los efluvios más personales.

Hay momentos delicados cuando uno se asoma a la vida de los demás, aunque ellos no se ruboricen al mostrarse sin tapujos. Coincidir con alguien en un momento de debilidad lo convierte en un cómplice mucho más cercano. En estos días en los que el dolor por la pérdida se despierta conmigo cada mañana, hay una frase a la que no dejo de darle vueltas: “la vida adulta es palpar incesantemente la Nada con los dedos de la imaginación”.

Una manera hermosa para hablar de la muerte, evitando nombrarla. El curso de Gabriela Wiener que anuncia la librería “No llegiu” se celebrará a pocas manzanas de donde escribo esto, a escasos cinco minutos caminando. No tendré valor para asistir, porque no querré mirar dentro de mí menos contarlo, sin filtros.

Periodismo contra los apagones informativos

 

Todo el mundo tiene una historia que contar. Es una de las máximas del periodismo. Si uno escarba, en su propia vida o en la de otros, acabará hallando restos de una vivencia y algo podrá hacer con ellos. Es el punto de partida de un cómic autobiográfico que va encadenando historias envueltas a su vez en la historia de la gestación del cómic, un relato de relatos con el periodismo como verdadero telón de fondo. Se titula “Oscuridades programadas”, la metafórica traducción a un concepto muy asentado en inglés (rolling blockouts), que llega acompañada de un subtítulo mucho más descriptivo: “Crónicas desde Turquía, Siria e Iraq”.

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La autora es Sarah Glidden y lo acaba de publicar Salamandra Graphic. Los medios han acudido en tropel a hacerse eco de su aparición y todos se han centrado en la reflexión que plantea el libro en torno al periodismo, a su presente y, especialmente a su papel en la sociedad. En TVE, en El Periódico, en el diario en catalán Ara han aparecido reportajes generosos en los que se hablaba más de la forma de del fondo. Un “híbrido literario”, así lo calificaba Núria Juanico en Ara, que remataba su reportaje con unas declaraciones elocuentes de la propia Glidden: el periodismo “es un oficio que cada vez incluye más géneros y ensancha sus fronteras literarias”. Lo cierto es que este cómic, con textos muy largos y continuos diálogos llenos de reflexiones ampliamente argumentadas, es una defensa apasionada del matiz, de las fuentes contrastadas, de los diferentes puntos de vista, de la duda.

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El punto de partida es curioso. Sarah Glidden acompaña a dos amigos periodistas de Seattle, defensores de una manera de entender la profesión más cercana al cooperativismo que al mero negocio de informar. Seattle Globalist es el nombre de este proyecto que sigue bien vivo. En este a viaje a Oriente Medio va con ellos Dan,  un curioso acompañante, amigo de la infancia de la autora, exmarine destacado a la guerra de Iraq, que quiere ver in situ las consecuencias del paso del Ejército estadounidense por aquellas tierras. A ratos se arrepiente de haber formado parte de aquel contingente que tanto dolor ocasionó, a veces quiere pensar que no todo estuvo mal y que, en cierto modo, ayudó a derrocar al tirano. A veces no quiere desvelar su paso, en otras ocasiones se presenta como un marine que estuvo ahí.

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Esa historia, la de Dan, aparece de manera recurrente a lo largo de todo el relato e incluso sirve de argamasa para enlazar con otras biografías. Hay un bloguero iraní que cuenta su manera de hacer, hay un funcionario de Naciones Unidas que que enumera en qué consiste ser refugiado, hay, precisamente, un refugiado iraquí que fue expulsado de EEUU tras una oscura acusación de haber colaborado con Al Qaeda y hay muchos pequeños dramas, muy tristes por su cotidianeidad, protagonizados por exiliados kurdos. Muchas historias que van proporcionando diferentes puntos de vista mientras el grupo de amigos en los que se ha “empotrado” Sarah Glidden va reflexionando sobre su propia vista, sobre el periodismo, sobre la actitud de su país como árbitro del mundo y hasta acerca de sus propias vidas. “Necesitamos comprender cómo obrar con inteligencia dentro de la complejidad. Supongo que esa es la promesa del periodismo de calidad”.

Del periodismo de calidad y hasta de la propia existencia. Ese cuestionamiento permanente se puede apreciar en otro pasaje de este prolijo relato (300 páginas): “todo lo que hago como periodista se basa en el convencimiento de que, al exponer información e ideas, la gente se cuestionará cosas que daba por sentadas”. La obsesión por contar con todos los puntos de vista, el afán por huir de la comodidad que proporcionan los relatos oficiales, recuerda los cómics de Joe Sacco, al que dedica la autora la obra, entre otros autores. Técnicamente, las acuarelas y los tonos pastel de Glidden nada tienen que ver con el trazo de Sacco, en glorioso blanco y negro. Tampoco la composición de las páginas: poco rastro hay aquí de esas panorámicas a doble página, bien abigarradas, tan del gusto de Sacco.

Coinciden ambos, sin embargo, en la abundancia de textos, en el gusto por añadir una frase que acabe de dejar claro lo que cualquier protagonista quiere decir. El cómic de Glidden recuerda también a Sacco en ese planteamiento casi documental de escribir sobre el terreno, de mostrar con precisión cómo es el pequeño piso donde vive un refugiado kurdo, cómo se ve la ciudad de noche, cuando se producen los apagones que dan título al libro, cuánto fuma uno de los entrevistados o de qué manera cocinaba en EEUU los bollos de miel, en el microondas, y cómo los extraña ahora, el refugiado iraquí que fue expulsado por colaborar, supuestamente, con el terrorismo islámico que tiene al mundo en jaque.

“¿Qué es el periodismo?”, se pregunta la autora cuando queda escasamente una docena de viñetas para el final. La respuesta es una sucesión de preguntas, que hay que ver contextualizadas, dibujadas, una detrás de otra, en la página 296. Y así al final, volver a preguntarse: “¿PARA qué se hace periodismo?” Algo me dice que la respuesta a tan complejas cuestiones está en realidad hacia la mitad del libro, e incluso oculta en el propio título. Los “rolling blockouts” del título original no suenan tan bien como esas “oscuridades programadas” de la traducción al castellano. Son, lisa y llanamente, “cortes de luz provocados”, muy del gusto de los estados autoritarios o de los países que viven situaciones convulsas. En la página 152, observando la ciudad de Suleimaniya, en el Kurdistán iraquí, dice la autora que “se programan apagones para evitar sobrecargas y conseguir que la red siga funcionando”.

Se puede añadir el adjetivo “informativos” detrás de “apagones” y todo tendría más sentido todavía.

Cuentos de antología

Durante algunos años me dediqué profesionalmente a buscar fotos para ilustrar obras enciclopédicas. En la era pre-internet no resultaba sencillo localizar según qué personajes. O habían dejado poco rastro gráfico o allá donde había una foto en blanco y negro, desvaída, tampoco era fácil acceder, por las distancias físicas, por el coste de una simple llamada telefónica, por el material en el que estaba guardada o por las transformaciones que necesitaba para acabar impresa en una hoja de papel de lo más normal y corriente.

No hace tanto de esto, bastante menos de veinte años, y ya suena a batallita del abuelo Cebolleta. De aquellas búsquedas me quedó el recuerdo de un par de escritores especialmente escurridizos, con nombres de pila bien sonoros, quizá para compensar apellidos tan convencionales: Felisberto Hernández y Macedonio Fernández. Al primero no logré ilustrarlo, al otro sí, con una foto tramada que parecía rescatada de algún recorte de periódico.

Me he encontrado con ellos (y con Roberto Arlt, que también me provocó quebraderos de cabeza hasta que conseguí un retrato suyo que se ha convertido en canónico, en una rotunda combinación de luces y sombras en la que destaca un mechón del flequillo con caída a la derecha), digo que los he encontrado a todos juntos en un libro que parece la carta de un restaurante de postín, por la salivación que produce dar una lectura somera al índice. Lo acaba de reeditar Alianza (la primera aparición es de 1992) con una cubierta de Manuel Estrada que tiene algo de poema visual.

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Esta recopilación de narraciones breves hispanoamericanas, escritas en el siglo XX, se presenta en dos volúmenes, con introducción y biografías de José Miguel Oviedo, que también es el responsable de seleccionar la cuarentena de voces. Explica el antólogo que esta “lectura personal de un repertorio de obras” es una selección de “los cuentos que mejor muestran la diversidad del género” en el siglo que se fue, como preparándose para recibir las primeras quejas de los que echen en falta a este u otro autor. Puede sorprender encontrar textos de escaso recorrido de autores que no nos suenan de nada, cada cual echará en falta a alguien, ya sea Eduardo Galeano, Cabrera Infante o unas cuantas mujeres más.

Establece Oviedo una clasificación en cuatro apartados, bastante bien fundamentados los tres primeros, que se deshilacha al final, cuando el cuarto capítulo agrupa los textos con un vaporoso epígrafe: “Otras direcciones, desde el boom”. Con el boom como protagonista estelar el segundo volumen (que tiempo habrá de comentar) acoge una selección de vacas sagradas de las que hemos leído casi todo, y que han sido reconocidas con todo tipo de galardones: hay no menos de 3 Nobel de literatura, muchos premios Cervantes y hasta un par de mujeres: Elena Poniatovska y Rosario Ferré.

En el primer volumen están los escritores agrupados dentro de la tradición realista, “criollistas, indigenistas y neorrealistas”, por un lado; y los innovadores, por otro, con espacio para el “cuento fantástico, vanguardista, especulativo y humorístico”. En todos ellos encontrará el lector acicates para profundizar, para buscar más. Los comentarios biográficos de José Manuel Oviedo son muchas veces de una sutileza clarividente. Dice, precisamente de Macedonio Fernández, que era “un maestro en el arte de estar siempre en otra parte”. Al describir el gusto rutinario de los oficinistas colombófilos que protagonizan un cuento del uruguayo Carlos Martínez Moreno, recupera un fragmento que explica que “los condenados a galeras se juntaban a remar, una vez libres”. Se desprenden ciertos prejuicios en los perfiles de algunos autores (por ejemplo, la defensa del castrismo por parte de Benedetti) al tiempo que se soslayan episodios oscuros de otros, como los vaivenes pinochetistas de Borges. No obstante esto, la contextualización de los relatos seleccionados en el conjunto de la obra de cada escritor está lograda y hay aseguradas unas cuantas horas de felicidad lectora. Dos cuentos míticos de Borges (Funes el memorioso y El Aleph) ejemplifican esa “literatura al cubo” del argentino; otro escrito al alimón con su compadre Bioy Casares sirve para recuperar a H. Bustos Domecq, escritor falso de relatos bien ciertos, aunque basados en una concatenación de juegos literarios.

Son imperdibles otros textos de difícil localización, como el despiadado Pequeños propietarios, de Roberto Arlt; el onírico El balcón, de Felisberto Hernández, o el demoledor relato del puertorriqueño José Luis González, titulado En el fondo del caño hay un negrito. Y así hasta completar 400 páginas. Que se leen de un tirón y quedan revoloteando en la memoria, como las fotos de ese álbum que uno no sabe si volver a mirar o mejor dejará reposar en un cajón, a la espera de olvidarlo para volver a descubrirlo.

Cómo se fabrica un best seller

Escribía hace poco Rosa Ribas en El Periódico de Catalunya un artículo en el que repasaba “los libros expuestos a la ofensa pública del abandono” en una estación de metro de la plaza de Merianplatz, cercana a su casa de Frankfurt. Repasaba someramente  títulos y autores y no eran muy diferentes a los que se pueden encontrar en los espacios habilitados para el bookcrossing en las bibliotecas y centros cívicos de Barcelona: Susanna Tamaro y Patrick Süskind se alternan en Alemania con los “locales” Johannes Mario Simmel y Hera Lind, como ocurre en las mesas barcelonesas con los best seller de Vázquez Figueroa o Corín Tellado, en dura pugna con “Los cipreses creen en Dios” o los tomos de las enciclopedias que los diarios “regalaron” hace unos años y que hoy ocupan, proporcionalmente, mucho más espacio de la utilidad que proporcionan.

Esta apoteosis del best seller, como la propia Ribas comentaba, mantiene engrasada la maquinaria editorial y con sus beneficios permite que se puedan editar obras “condenadas” a públicos minoritarios. Es la cara diametralmente opuesta de una novela de David Foenkinos (él mismo un autor de ventas masivas en su Francia natal y no desdeñables en otras lenguas), que acaban de publicar Edicions 62 en catalán y Alfaguara en castellano. Se titula “La biblioteca dels llibres rebutjats” en la versión catalana y aborda, como avanza el título, el destino que le espera a los manuscritos que desdeñan las editoriales. Una novela de novelas, incluso de best seller, que ha despertado la atención de los suplementos literarios porque se inspira en una iniciativa bien real, The Brautigan Library, en EEUU.

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Esta peculiar “biblioteca de bodrios” aparece en las primeras páginas de la novela de Foenkinos, como si fuera necesaria la explicación de qué viene a continuación. Enrique Vila-Matas la incluyó en su libro de “literatos” que un día dimitieron, y muchos lectores creyeron que era otra broma del escritor barcelonés. En un texto reciente en El País, volvía a hablar de ella, precisamente para anunciar que Foenkinos acababa de publicar en francés Le mystere Henry Pick, mucho menos elocuente título que el que han puesto a sus versiones en catalán y castellano.

Explicaba sucintamente Vila-Matas de dónde venía la idea de tan peculiar biblioteca, a la que llegan “con ritmo desaforado” los manuscritos rechazados por las editoriales. Este curioso almacén de obras inéditas fue mencionado por Richard Brautigan en una novela titulada “El aborto” y, tras el suicido del escritor, un admirador suyo hizo realidad aquella ficción. Pasó por distintos avatares, cerró, y renació de sus cenizas en el Clark County Historical Museum de Vancouver, en el estado de Washington. Un cartel en la entrada la autodefine como “a very public library”.

David Foenkinos imagina en Francia una biblioteca similar, en la localidad bretona de Crozon. Y a partir de ahí se van encadenando historias, se van abriendo libros dentro del libro, en lo que parece una obra de pop ups, esos desplegables que han extendido su éxito desde el público infantil hasta las franjas de edad más longevas. Es una novela en la que más de un personaje se pierde por el camino, sin demasiados remilgos por parte del narrador para justificar sus fugaces presencias.

Repleta de guiños a los lletraferits, especialmente si conocen algo del mundillo literario en lengua francesa, se recuerda la negativa de Andre Gide a publicar “En busca del tiempo perdido” de Proust como uno de los momentos cumbre de la ceguera literaria; sale escarnecido un crítico de Figaro littéraire que vivió días de gloria repartiendo o quitando laureles de celebridad y ahora se reivindica como descubridor de la patraña que se esconde tras un best seller lleno de misterios. Se menciona a Pivot y su mítico programa de entrevistas a escritores, y hay abundantes “cameos” que fortalecen esa complicidad entre el escritor y sus lectores.

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La historia parece que se centra en un pizzero de Crozon que dejó una novela en la biblioteca de libros “no queridos” de su pueblo, sin que hubiera constancia alguna de que jamás hubiera leído un libro o hubiera escrito más líneas que las de la lista de la compra. El libro se convierte en un éxito absoluto que encadena ediciones sin cesar. La gloria póstuma, porque el pizzero lleva un tiempo muerto, la viven (y hasta padecen) su viuda y su hija. Un guiño a John Kennedy Toole y su “conjura de los necios”, publicada por el empeño de la madre del escritor después de que éste se suicidara trs verse rechazado. Aparece mencionado Roberto Bolaño y su “2666”, otro caso de éxito que el autor no llegó a disfrutar después de una vida absorbido por la pasión de escribir, conocedor de que la vida se le iba a borbotones.

El lector va descubriendo más sobre las condiciones en que escribía el pizzero mientras la verdadera pareja protagonista, una editora que parece conocer las claves del éxito comercial de un libro y su novio (escritor de escaso eco) viven a la sombra de semejante bombazo. Se despliegan historias menores, ya hemos dicho que aparecen personajes que asoman la cabeza y poco más, se intuyen sorpresas más o menos desveladas y, al final, se descubre que cuando hay tanto dinero en juego las apuestas suelen ser con cartas marcadas.

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Se ha paseado David Foenkinos por la prensa española. Está en plena promoción y su obra es jugosa por lo que tiene de pedigrí cultureta con vocación de libro de ventas abundantes. Ha explicado que su vida cambió cuando una afección cardiaca lo convirtió en un lector voraz, aunque de vocación tardía. Hablábamos aquí de otra obra suya, hace bien poco. Y la comparábamos con esas pelis francesas que dejan un regusto amargo pero se ven con una media sonrisa, porque hay algo que acabará estropeando un día soleado.

Es una novela amable, entretenida, con permanentes guiños a los lectores, tentándoles la mano, por si dejan de caminar. Como pasó con “La delicadeza”, la otra novela recién mencionada de Foenkinos, aquí puede haber una película.

Y no nos importaría verla.

Una historia sencilla

En uno de estos experimentos que propician las redes sociales apareció en mi muro de Facebook la propuesta para generar una cadena de recomendaciones literarias a base de regalar un ejemplar de un título que fuera importante en la vida de cada uno, independientemente de sus cualidades literarias o de otras valoraciones más especializadas. Yo enseguida lo tuve claro, y hacia el Pirineo viajó una edición de Anagrama en castellano de la novela que más veces he regalado: Camí de sirga, de Jesús Moncada.  Ojalá la persona que lo recibiera quedara tan deslumbrada como yo en su momento, cuando leí con ansia esa novela ya canónica de la lengua catalana, en la que un mequinenzano residente en Barcelona rememora el pueblo en el que creció y que ahora duerme anegado por las aguas de dos pantanos.

Eran las fechas previas a la Navidad y a mí me llegaron unos cuantos ejemplares de libros importantes para lectores de León, Zaragoza o Barcelona. “Una historia senzilla narrada amb molt bon humor”, me decía en su breve nota la chica que me envió desde Barcelona un libro en edición de bolsillo titulado La delicadeza (Booket, 2013).  Me sonaba remotamente el nombre de su autor, David Foenkinos. Lo aparqué durante unas semanas y hace poco se cruzó en mi camino la reseña de otro libro del mismo escritor, recién llegado a las mesas de novedades: La biblioteca dels llibres rebutjats (Edicions 62). Era el momento.

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La lectura del primero enseguida me recordó a esas películas francesas que se ven con gusto, con media sonrisa dibujada en el rostro, hasta que un socavón inadvertido provoca que se acabe abruptamente el paseo y luego ya sea difícil remprender el camino sin perder la compostura. Una pareja que parece funcionar a las mil maravillas se rompe en un minuto por un capricho más que absurdo del azar. Todo puede parecer muy cotidiano, hasta la desgracia más dolorosa. La protagonista rehace su vida (no hay spoiler que valga, porque el texto de la contracubierta explica sin entrar en detalles que es el marido el que muere), también de una manera que puede parecer de lo más normal, con sus altibajos, los momentos de duda y ciertas situaciones que pueden dibujar esa media sonrisa de las películas francesas, no en vano Foenkinos adaptó esta novela a la pantalla grande con la ayuda de su hermano.

Un “tranche de vie”, por seguir en consonancia con la procedencia del autor, que puede parecer una historia ligera, con pequeñas dosis de humor y referencias más o menos culturetas: un diálogo de una film de Woody Allen, la posible discografía de John Lennon si no hubiera sido asesinado, una canción de Alain Souchon o una sucesión de refranes absurdos. Poco aportan a la historia y van más en la línea de ir montando un patchwork que contextualice esa historia de una pareja parisina que trabaja en una oficina mientras busca una segunda oportunidad en la vida. Si un día me encuentro con la película haciendo zapping la veré con gusto y me vendrán flashes de aquella historia de amor, como tantas otras, que leí con cierto interés y de la que apenas recuerdo el final.

En el otro libro Foenkinos caí de lleno gracias al sugerente título que Lluís-Anton Baulenas puso a su reseña en el suplemento literario Ara Llegim: “¿Quién quiere libros rechazados?”. La historia encierra muchas otras historias. Tiene más miga.

Pero será otro día cuando hable de ella.

Variaciones sobre Glenn Gould

Cuando le explicaba una vez a un amigo organista la fascinación que me producían las Variaciones Goldberg, que escucho en Spotify en cualquier circunstancia y ambiente, me decía que las grabadas por Glenn Gould eran la apoteosis de unas piezas que Bach había concebido para dos teclados y que el pianista canadiense interpretaba con una destreza y una finura excepcionales. Me comentaba mi amigo aspectos técnicos que un ignorante como yo no logró ni siquiera retener. A partir de entonces, solo he escuchado esas versiones, de 1955 y de 1981.

Cacé hace poco el cómic “Glenn Gould. Una vida acontratiempo”, que Sandrine Revel le dedicó, publicado por Astiberri en castellano (2016). Y ha coincidido su lectura con el hecho de que el pianista canadiense haya ocupado la atención de los suplementos literarios, porque Acantilado acaba de publicar uno de los libros que Bruno Monsaigeon recopiló con todo tipo de materiales alrededor de la vida y obra de su amigo Gould. Se titula muy elocuentemente “No, no soy en absoluto un excéntrico”. En el reportaje que le dedicó Babelia hace pocas semanas aparecía un texto del profesor Ramón del Castillo donde afirmaba que “la gran excentricidad de Gould era que estaba convencido de que la máxima intimidad e intensidad que se puede obtener con el oyente es fruto del artificio y no de la naturalidad”. Es la tesis central de un texto que gira en torno a la renuncia del pianista a tocar en público, para encerrarse en un estudio durante años y años a editar sin parar las tomas que archivaba de sus ejecuciones. “Nunca tocó las versiones que se oyen en sus discos, esas interpretaciones no existen, son una pura invención; lo que oímos siempre es un montaje hecho de tomas empalmadas”. Y después de dejar claro que su música estaba retocada al extremo, el profesor Ramón del Castillo se pregunta: “Pero dejaba por eso de ser especial?” Su respuesta es igual de categórica: “Al contrario”. En otro texto magnífico, esta vez de Álvaro Guibert en El Cultural, se añade luz al asunto: “Gould diseñó y vivió su carrera como un viaje hacia la soledad creativa que Monsaingeon caracteriza así: unos pocos años de concertista, solo los imprescindibles para conseguir la independencia financiera, seguidos de un cuarto de siglo de reclusión productiva en su propio estudio de grabación”.

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Soledad, excentricidad, relación pasional con el piano y el micro, genialidad… son algunos de los sustantivos que se acumulan en la contraportada del cómic publicado por Astiberri. Parecen indisociables de la figura de Glenn Gould y hallan acomodo de las formas más diversas en las páginas de este álbum que pasea por la faceta más íntima del pianista, indisolublemente unida a esa capacidad extraordinaria (y peculiar) para interpretar al piano, con los ojos cerrados, encorvado, sentado en una silla no menos particular que el personaje. Las páginas del cómic muestran una obra en absoluta deconstrucción, con una mezcla exuberante de ilustraciones a página completa, planas fragmentadas en decenas de ventanas con manos que vuelan sobre el teclado, recreaciones de imágenes del cerebro del genio,  sueños, vistas cenitales de un estudio de grabación, ensoñaciones, una sucesión de retratos de personas que opinan sobre él…

Es un cómic heteróclito, por llamarlo de alguna manera, que viaja en el tiempo, que se detiene en su debut como solista con la Sinfónica de Toronto, siendo un chaval; que aborda su reclusión en los estudios de grabación, que toca de refilón una relación sentimental fracasada y que, en definitiva, pone su fragmentada estructura al servicio de la vida de un genio que no por más conocida deja de ser subyugante.

Reflexionaba en torno a la soledad de los creadores Mar Abad en la revista Yorokobu y utilizaba las páginas de este cómic como hilo argumental. “La soledad es un buen momento para crear”, dice la periodista. “La presencia de otros me distrae”, aparece en el cómic que dijo Gould. “La reclusión monástica me conviene”, aparece en sus labios en otro momento. “Odio a los espectadores, no como individuos, sino como masa”.

La maravillosa sensación que uno tiene de estar escuchando algo imperecedero cuando oye sus interpretaciones (con toda la edición posterior que lleven a sus espaldas) no se ve en absoluto mermada cuando se conocen más detalles de su vida. Las delicadas imágenes del cómic de Sandrine Revel, al contrario, nos acercan más a una persona que optó por encerrarse para abrirnos las ventanas de Bach a los oyentes más ignorantes.

De países inexistentes y vidas imaginarias

Cuando El Pequeño Larousse celebró el centenario de su aparición en español incluyó en las guardas las banderas de los países que existían en 1912, en recuerdo de la primera vez que se tradujo al español. Fue curioso ver que la bandera de China, antes de ser comunista, casi llevaba los colores del arco iris; que las enseñas de Andorra, Gran Bretaña o El Salvador eran sensiblemente diferentes a las actuales, y que sólo un siglo atrás existían Persia, Siam o Zanzíbar, además de Serbia y Montenegro, que se unieron más tarde para acabar divorciándose.

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Me he acordado de aquel ejercicio de nostalgia al pasear por los territorios recogidos en el “Atlas de países que no existen” (Geoplaneta, 2016). Lo firma Nick Middleton, un catedrático de Geografía de la Universidad de Oxford que ha ocupado unos cuantos años en registrar “una cincuentena de estados no reconocidos y en gran medida inadvertidos”. El libro está editado con mimo, con un ojo de buey en cubierta que anticipa el alarde de diseño del interior, donde cada “país inexistente” se presenta troquelado sobre el mapa del territorio que lo acoge oficialmente. En su académica introducción Middleton va explicando los criterios que han regido históricamente para determinar qué país puede lograr el reconocimiento como tal, con todas las salvedades existentes. Comenta lo que cualquier guerra pone en evidencia casi a diario, que el mapa político del mundo no es estático, que vivimos en “un mundo que fluye”. Recupera la manoseada cita de Max Weber de que un estado existe “cuando alguien tiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza sobre un territorio”. Salen a relucir la ONU, los efectos de la colonización de África, el conflicto cotidiano de Israel y Palestina y otros temas y subtemas que son consustanciales a las cuestiones fronterizas.

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El libro se organiza en capítulos de cuatro páginas, en los que el autor ofrece información concisa sobre cada país además de mostrar el efecto cartográfico antes mencionado. Agrupados por continentes, imagino que cada lector echará en falta alguno o entenderá que sobran países de los que aparecen. Está Cataluña pero no Escocia, aparece el Tíbet pero no el Kurdistán. En cualquier caso, la variada tipología de territorios geográficos sin el label político merece las horas que puede ocupar esta entretenida lectura. Por ejemplo, en medio de Copenhague hay una comuna hippy que tiene de plazo hasta 2018 para tomar o dejar la oferta del gobierno danés de comprar el tercio de kilómetro cuadrado sobre el que se asienta. El mismo gobierno tiene otro frente abierto, esta vez de 2.000.000 de km2, llamado Groenlandia. Cuenta Middleton que en 2009, para celebrar el autogobierno, las autoridades de la inmensa isla arponearon un par de ballenas que proporcionaron comida a toda la población, unas 40.000 almas.

En este libro aparecen, por razones bien diferentes, el reino de Redonda (en las antillanas islas de Barlovento), donde los literatos se reparten todo tipo de títulos nobiliarios con Javier Marías como monarca; la República Árabe Saharaui Democrática, condenada a la indefinición por la desidia española y por la abundancia de recursos naturales, demasiado rica para que la dejen caminar sola. Hay nombres de resonancias míticas (La Araucanía) o gamberradas diplomáticas –como la República Turca del Norte de Chipre– que provocarían sonrojo de no ser por las muertes que ha ocasionado. Y se van sucediendo curiosidades como la Antártida, la república rebelde de Abjasia, en Georgia, una isla con 23.000.000 millones de habitantes como Taiwan y otra mucho más pequeña y misteriosa como Rapa Nui. Lo mejor queda para el colofón, un verdadero país inexistente a caballo de varios océanos, que mantiene disputas con al menos 16 estados “reales” y que tiene una población acumulada de 67 habitantes. Su capital es Cyberterra.

En un lugar tan peculiar y fluctuante se hallarían como en casa algunos de los personajes que retrata Marcel Schwob con su precisión de cirujano. Hablábamos de él hace bien poco y seguimos devorando con deleite sus libros concisos. En “Vidas cruzadas” (recién editado por Alianza) es capaz de sacar petróleo de un puñado de datos llegados en voz baja de la noche de los tiempos. Si El Pequeño Larousse (por volver al argumento de inicio) despachaba a Eróstrato con un lacónico relato: “pirómano efesio que para inmortalizar su nombre con una hazaña incendió el templo de Artemisa en Éfeso (356 a.C.)”, Schwob dedica cinco suculentas páginas a elucubrar con precisión de documentalista acerca del carácter violento de la madre del incendiario, sobre las túnicas púrpuras de sus convecinos o en torno a la prohibición de que el nombre del pirómano trascendiera por los siglos de los siglos.

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Algo parecido les ocurre a personajes históricos como el pintor Uccello, el poeta Lucrecio, la princesa Pocahontas o el filósofo Empédocles, del que las enciclopedias dicen que se arrojó al cráter del Etna.

Con semejante final qué biografía no iba a imaginarle Schwob.

Marcel Schwob, un glorioso descubrimiento

Todavía recuerdo la textura del papel de la sobrecubierta de la edición en que leí la “Historia universal de la infamia”. Recuerdo también el bar en el que un amigo me dejó ese ejemplar que leí con devoción. Fue una tarde domingo de hace más de veinte años. No había logrado localizar el volumen en la biblioteca de mi pueblo y no andaba sobrado de cuartos para comprar todos los libros que quería tener. Mi amigo me dijo, como al desgaire, que le acababan de llegar todos los volúmenes de una “Obra completa” de Jorge Luis Borges que estaba publicando Círculo de Lectores. Lo leí un par de veces y me consta que él hizo lo propio en cuanto se lo devolví, motivado en parte por mi interés. Había oído hablar mucho de este libro y el título era demasiado poderoso como para olvidarlo. Más tarde me fui encontrando con “El Aleph”, “El libro de arena”, “Ficciones” (en aquellas ediciones míticas de Alianza con cubiertas de Daniel Gil) y siempre volvía el recuerdo aquel mi primer encuentro con el escritor argentino. Nunca he sabido definir ese estilo tan peculiar borgiano: textos concisos, referencias eruditas, historias intensas, con un ritmo que parecía marcado por la precisión de un ajustadísimo mecanismo de relojería. Relatos breves en los que no eran necesarias más palabras.

Vuelvo de vez en cuando a Borges, a pesar de que haya tanto por leer. Siempre es una experiencia embriagadora, y tengo la suerte de haber olvidado muchos de esos finales apoteósicos, de modo que me dejo mecer como si fuera la primera vez por las peripecias de Funes el memorioso, de “El inmortal”, del jardín de los senderos que se bifurcan.

Me he acordado inmediatamente de Borges al descubrir los relatos de un escritor francés del que no sabía nada: Marcel Schwob. Lo está reeditando Alianza en su inacabable colección de bolsillo y lleva unas cubiertas del estudio de Manuel Estrada que evocan indefectiblemente las del mencionado Daniel Gil. Después de leer, absorto, maravillas como “El Dom”, “El cuento de los huevos”, “Los tres aduaneros”, “Para Milo” o “La última noche”, recupero el prólogo que ha hecho Mauro Armiño para esta edición. Él es el responsable de la traducción (cómo debe de ser el original francés si es tan bella la versión en castellano) y firma una introducción que contextualiza al autor y su obra: no llegó a vivir 40 años, entre 1867 y 1905, publicó media docena de libros y tradujo al francés a Shakespeare, Thomas de Quincey y a su admirado Stevenson, entre otros.

Mi descubrimiento de Schwob ha llegado por medio de un conjunto de relatos titulado “Corazón doble”, que aglutina además los cuentos de otro libro: “La leyenda de los mendigos”. Dice en un prefacio el propio Schwob que el terror es el protagonista de estas historias. Poco que ver con “historias para no dormir” o subgéneros de literatura de miedo. Es mucho más complejo, más sutil y refinado. Mucho más subyugante.

Y ahí entronca con el recuerdo que yo tenía de los cuentos de Borges. Luego he descubierto que el argentino se consideraba deudor del francés. Hay muchos fragmentos en estos cuentos, más de una treintena, que merecen ser rescatados. Escojo por ejemplo el arranque de “El cuento de los huevos”:

Había una vez un pequeño y bondadoso rey (no busquéis otro, la especie se ha extinguido) que dejaba a su pueblo vivir a su antojo: creía que era un buen medio de hacerlo feliz. Y él mismo vivía al suyo, piadoso, bonachón, sin escuchar nunca a sus ministros, porque no los tenía, y celebrando consejo únicamente con su cocinero, hombre de gran mérito, y con un viejo mago que le echaba las catas para entretenerlo. Comía poco, pero bien; sus súbditos hacían lo mismo; nada turbaba su serenidad; cada cual era libre de cortar su trigo en agraz, de dejarlo madurar y guardar el grano para la próxima siembra. Era realmente un rey filósofo, que hacía filosofía sin saberlo; y lo que muestra bien que era sabio sin haber aprendido sabiduría es el maravilloso caso en que pensó perderse, y su pueblo con él, por haber querido instruirse en las máximas saludables.

Ocurrió que un año, hacia el fin de la cuaresma, aquel buen rey mandó llamar a su mayordomo, que se llamaba Fripesaulcetus o algo parecido, a fin de consultarle sobre una grave cuestión. Se trataba de saber lo que comería Su Majestad el domingo de Pascua.

Da buena idea de lo que un lletraferit encontrará  en estas jugosas páginas. Anatole France, como recoge el traductor en su texto introductorio, lo captó de maravilla: “todos estos cuentos son raros o curiosos, de un sentimiento extraño, con una especie de magia de estilo y de arte”.

Es eso, sin más.

“Un relato unívoco”

He localizado las notas que tomé hace diez años, después de leer un conjunto de relatos titulado “Los peces de la amargura”. Alababa ahí la valentía del autor al retratarse sin medias tintas al lado de las víctimas de ETA y traía a colación, porque se lo había leído al escritor en algún sitio, que esa libertad con la que podía posicionarse la facilitaba el hecho de vivir en Alemania desde muchos años atrás.

Estos cuentos los escribió Fernando Aramburu y se publicaron en Tusquets. Lograron algunos premios, tuvieron bastantes lectores y reseñas elogiosas. En la misma editorial, con una emotiva foto en la cubierta que adquiere significado pleno al leer la novela, apareció hace pocos meses “Patria”, que se ha convertido en un fenómeno que va más allá de sus valores literarios, que también los tiene.

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La campaña encomiástica que se ha puesto en marcha satura por sus maximalismos. En la faja de la 8ª edición se acumulan los elogios: “sabes que has leído un clásico”, “una de las grandes novelas de la literatura española contemporánea”, “un libro que durará para siempre”… En la prensa se suceden los reportajes en la páginas de Cultura, más allá de las reseñas especializadas, que destacan los 150.000 ejemplares vendidos, la “conmoción que ha supuesto” el libro y hasta el premio Francisco Umbral con el que ha sido galardonado. El presidente del jurado, Fernando R. Lafuente, no se anda con chiquitas: “la historia íntima del País Vasco como nunca antes se había contado”. Y remata: “es la gran novela sobre el terrorismo; los otros libros, a su lado, constituyen notas y apuntes”. Esta campaña mediática no repara en gastos ni se detiene en minucias. Un reportaje de Luis R. Aizpeolea en Tinta Libre descubre el final sin ningún remordimiento y, por si no hubiera quedado claro, insiste en que termina igual que un documental recientemente estrenado, del que también desvela la sorpresa final. Este veterano periodista, que durante años firmó muchas informaciones sobre Euskadi en El País, también lo tiene clarísimo: “con esta exitosa novela, Aramburu avanza en su objetivo narrativo-político: la derrota literaria de ETA”.

Aquí está la clave de este libro, “que parece escrito para turistas”. Así de rotundo se manifiesta Bernardo Atxaga, en un reportaje muy jugoso, diametralmente opuesto a casi toda la prensa, escrito por Oskar Bañuelos en el diario Ara. El boom de esta novela –prosigue Atxaga, que escribió “El hombre solo”, una ficción con el terrorismo de protagonista– “tiene que ver con la promoción, con la propaganda y con el interés de diferentes poderes, muchos de los cuales no se circunscriben a la literatura”.

En un análisis reduccionista se puede pensar que es una novela llamada a triunfar de Miranda de Ebro hacia abajo. La escritora Karmele Jaio dice que el libro de Aramburu refleja “la visión que tiene una parte de la sociedad, una parte de las víctimas si se quiere, y no se puede tomar la parte por el todo”. En el mismo texto del Ara, Atxaga concluye que “algunos autores escriben desde una especie de daltonismo, una distorsión de la realidad”. En la misma línea se manifiesta el crítico de Radio Euskadi Kike Martín, molesto con esa “visión de las dos Euskadis (una buena y otra mala) y de la falta de compromiso por miedo de una parte de la sociedad”.

Es esa visión maniquea, simplista, con finalidad ejemplarizante, la que resta credibilidad a una historia que, a pesar de sus más de 600 páginas, se lee sin descanso, merced a capítulos breves, casi fogonazos. Más de 120 secuencias que viajan en el tiempo, que se mueven sin cesar del casco viejo de un pueblo guipuzcoano innominado a las elegantes calles de Donosti, del cementerio de Polloe a la Universidad de Zaragoza, donde estudia la hija de una víctima de ETA. Esa construcción formal, con un esfuerzo evidente por modular distintas voces alternando variados registros lingüísticos, ha sido muy bien analizada por Justo Navarro en Revista de Libros. Es una de las críticas más ponderadas que se han publicado. No exagera los aciertos hasta rozar la caricatura, como han hecho otros exégetas.

Hay un escritor que aparece como personaje en la propia novela, en una secuencia que amenaza con reventar la “cuarta pared”, y dice: “procuré evitar los dos peligros que considero más graves en este tipo de literatura: los tonos patéticos, sentimentales, por un lado; por otro, la tentación de detener el relato para tomar de manera explícita postura política. Para ello están, a mi juicio, las entrevistas, los artículos de periódico”. Desgraciadamente, es una las descripciones más certeras de esta novela. Y no debe extrañar que sea el propio Aramburu el que intente exorcizar el miedo que le atenaza poniéndolo en boca de uno de sus personajes.

Novelas recientes, de tono menos constitucionalista (por seguir con la etiqueta que algunos críticos han utilizado) pueden ser “Twist”, de Harkaitz Cano (Seix Barral) o “Martutene”, de Ramón Saizarbitoria (Erein). Están escritas con un perfil más fino, con una precisión que puede herir más que un pelotazo en la cara, que retratan una situación mucho más compleja y hasta endemoniada, teniendo claro siempre que hubo unos que apretaban el gatillo y otros que caían abatidos por sus balas.

Al leer esta novela absorbente, apasionada, entretenida, no acabo de entender ese propósito de buscar “la derrota literaria de ETA”. Un escritor como Javier Cercas, con tendencia a literaturizar la realidad (o lo contrario, porque a veces parece que no se aclare), está en pleno promoción de su último libro, donde recrea la vida de un pariente suyo, falangista, que murió en la guerra. Y dice: “el escritor da soluciones ambiguas y poliédricas. La literatura tiene prohibidas las respuestas claras, nítidas y taxativas que puede ofrecer el periodismo, la historia y la justicia. Nosotros trabajamos con la ambigüedad y la contradicción”.

Decididamente, no es el caso de “Patria”.

* Tomo el título de una reseña que me ha parecido fundamental para entender no sólo “Patria” sino buena parte de la operación mediática orquestada en torno a ella. La escribió Jabo H. Pizarroso y se puede leer aquí. No tiene precio tampoco el comentario que hace Juan Gorostidi en este mismo blog.