Lloviendo piedras

Thomas B. Reverdy tenía cinco años escasos cuando Margaret Thatcher accedió al poder. Sonaban canciones de The Clash, Joy Division, David Bowie, The Sex Pistols o Marianne Faithfull y en Londres se estaba gestando una “revolución conservadora” que acabaría cruzando el Canal de la Mancha y afectando a todo el mundo, incluida la Francia natal de Reverdy.

Empezaba la década de los ochenta y en Londres se estaban sentando las bases económicas y sociales de un capitalismo feroz, sin límites, que seguimos padeciendo. Esa exaltación del individuo, esa demonización del sindicalismo, la suspicacias que generaba la sociedad en tanto que grupo de gente que puede unir sus fuerzas, todos esos argumentos hoy repetidos hasta la saciedad empezaban a escucharse en los discursos todavía titubeantes de la hija de un tendero que se haría famosa con un apelativo demoledor: “la dama de hierro”.

Los meses que encumbraron a la premier británica, cuando templaba el acero de su armadura, son los que recorre la novela “El invierno del descontento”, escrita por ese crío francés que empezaba a leer mientras la Thatcher acudía a clases de oratoria con el actor más famoso de las islas, Sir Laurence Olivier. El título tan evocador procede del “Ricardo III” de Shakespeare (no iba a ser Javier Marías el único que se apropiara de versos del bardo para titular sus novelas) y es como un mantra que se repite a lo largo de la historia. El Reino Unido bulle con un primer ministro laborista que no sabe afrontar la oleada de huelgas que se extiende por el país. Intenta recabar el apoyo de los escoceses a cambio de autonomía para Edimburgo y ahí encuentra la soga con la que se termina ahorcando. El punk se extiende entre una juventud que empieza resignarse al “No future” y las esperanzas de un país que supo resurgir de las cenizas de la guerra mundial se van ahogando en alcohol, con el que evadirse de un imperio decadente que no acaba de encontrar su lugar en el mundo.

Por las calles plomizas de Londres corre en bicicleta una joven actriz aficionada que se gana la vida como mensajera. Se llama Candice y no quiere casarse con un capullo, como le ocurrió a su madre, ni quiera atarse para siempre con un merluzo que le haga un par de hijos y luego se dedique a mirarle el culo a otras, como hace el marido de su hermana. Candice es la protagonista de esta novela febril, de capítulos breves que llevan títulos de canciones que nos trasladan a aquella época: “Working class hero”, “London Calling”, “Disorder”, “Anarchy in the UK”… y así hasta una treintena de temas que se pueden degustar en una lista creada en YouTube por Flammarion, la editorial donde se publicó el original francés, L’Hiver de mécontentement, finalista o ganador de algunos de los premios más prestigiosos de ese país.

La traducción que acaba de publicar AdN en castellano se lee con fruición, porque la trama avanza tan rápida como Candice por las calles de la capital inglesa. Alguna crítica ha señalado que “es una novela a lo Ken Loach”. Y algo de eso hay, aunque en las películas de Loach el paisaje se confunde con el paisanaje y todo parece perfectamente amalgamado. En la novela de Reverdy hay mucha documentación, que a veces puede parecer que asoma demasiado la patita. Es como si un lector francés medio necesitara de cierto contexto para entender del todo por qué las huelgas del transporte y los mineros acabaron aupando a la mujer que se convirtió en prototipo del liberalismo económico. O se muestran con precisión detalles sobre los primeros escarceos políticos de la Thatcher que un novelista paisano suyo hubiera soslayado por demasiado conocidos. Es lógico que en proceso de documentación sorprendieran a Reverdy y quisiera compartir con sus lectores ese saber adquirido. Es muy interesante a este respecto el blog del propio novelista, donde expone (fotos incluidas) la arquitectura de su novela, con muestras elocuentes del minucioso proceso de documentación.

Ese contexto documental que explica la muerte del laborismo tradicional abriga otra historia más cotidiana: los ensayos de una compañía de teatro amateur que quieren por escena Ricardo III. Entre bambalinas coincidirán Candice y la futura “dama de hierro” mientras la narración avanza hacia una escena culminante, con un teatro lleno a rebosar.

Una novela entretenida, que se lee en un suspiro. Se avecinaba una tormenta cuyos nubarrones no se han disipado. Y aquí nos cuentan cómo se gestó.

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Alucinante y pesadillesca

“Pinturas de guerra” es un libro al que se puede acceder por cualquier resquicio pero del que no se sale indemne. El propio autor invita en el epilogo a jugar a la rayuela y “empezar por cualquiera de sus capítulos, no importa el orden, y siempre leerá la misma historia”. Los lectores harán suyo ese relato que comienza con una anécdota y se fundamenta en un equívoco: el protagonista (que puede ser un alter ego de Ángel de la Calle, autor de esta novela gráfica) viaja a París para documentarse y escribir sobre Jean Seberg. Una confusión con el taxista le conduce a una casa que no es la que le espera. Y todo empieza a rodar.

Antes, un breve prólogo de Paco Ignacio Taibo II (para nada prescindible por mucho que se empeñe el prologuista en ser modesto) augura emociones fuertes: “hacía meses que no me encontraba con ese tipo de obra que te cambia la vida, te la mejora”. Y despega el relato con una veintena de páginas que la editorial Reino de Cordelia tiene la gentileza de ofrecer aquí. Hay que coger aliento.

Hay una novela de Roberto Bolaño titulada “La literatura nazi en América Latina” que resuena cuando uno va pasando por las viñetas, atosigado, como si no fuera posible lo que está viendo. El propio autor alude al final a estos ecos. Al buscar en mi memoria caigo en la tentación de acudir a esa memoria global que es Google y me encuentro con un texto certero de la edición mexicana de Letras Libres. Decía José Miguel Oviedo hace casi quince años que esas páginas eran “absolutamente fascinantes y tienen una cualidad alucinante y pesadillesca”. Lo mismo puede decirse del arranque de “Pinturas de guerra”. Y de la continuación.

Lo que uno podía pensar que era una investigación entretenida acerca de una actriz con un encanto imposible de descifrar (basta recordar el famoso fotograma de Al final de la escapada) se convierte en una historia repleta de secundarios, con hilos que se entrecruzan y nombres de artistas latinoamericanos que han acabado en París huyendo de las dictaduras de sus respectivos países. Hay una pintora chilena, otro argentino, otro que se ha salvado de la matanza de Tlatelolco… y van saliendo nombres como Roberto Matta, Wifredo Lam, Juan Goytisolo, Julio Cortázar.

Esta “historia de historias”, como la ha calificado alguien, es una trama densa en la que París tiene un protagonismo esencial. La confusión inicial da paso a una sucesión de aventuras que van atrás y adelante en el tiempo, que por momentos cruzan el charco, que se asoman al abismo o que documentan la miseria en la que vivían en la capital francesa una miríada de inmigrantes que se confundían con refugiados o simples turistas mientras les acechaba un grupo de policías con escasos escrúpulos y menos vergüenza. Y las panorámicas de París van asomando por las páginas, quebrando esa estructura de tres líneas de viñetas tan amable para seguir esta conjunción de tramas repletas de guiños y referencias.

No es una historia sencilla de leer, precisamente por esa riqueza, pero sí es una novela gráfica a la que se vuelve con gusto, para intentar localizar alguno de esos muchos detalles que pudieron pasar desapercibidos en una primera y absorbente lectura: la cubierta que Vicente Rojo hizo para “Cien años de soledad”, la recreación de la icónica foto de Allende defendiendo el Palacio de la Moneda, la cubierta de “Rayuela” para Editorial Sudamericana, el cartel de “Bonjour tristesse”, las referencias a “El hombre en el castillo” de Philip K Dick…

Hay muchos momentos también de negrura. Las salas de tortura de la Escuela de Mecánica de la Armada, las salvajes prácticas que llevaban a cabo con los detenidos, el recochineo de los policías torturadores que acaban recogiendo medallas por su “defensa de los valores democráticos” son auténticos puñetazos en el mentón del lector.

NI la sonrisa de Jean Seberg puede con ellos.

Por ellas

“Tierra” es una de las palabras que aparecen con más frecuencia, desde el mismo título. Las mujeres, también en el título, son las grandes reivindicadas de esta obra que se define como “Una mirada íntima y familiar al mundo rural”. La ha publicado con éxito Seix Barral (lleva unas cuantas ediciones), ha generado expectación en los medios y lleva la firma de María Sánchez, “poeta y veterinaria”, según reza la descripción más frecuente en las reseñas.

“Tierra de mujeres” es un libro de difícil clasificación. Alberga una belleza sutil y puede parecer una evocadora colección de recuerdos familiares, pero es bastante más. Tiene mucho de alegato, y hasta de respuesta a esa mirada complaciente, urbana y masculina con la que se ha abordado tradicionalmente el campo en la literatura en castellano. Y es un altavoz para esas mujeres silenciadas que han sido protagonistas durante muchas generaciones pero han trascendido como meras secundarias. “Mi abuela no sabe de libros y cuadernos pero sí del frío y de la tierra”, dice la autora poco antes de reivindicarse como “parte de una estirpe de mujeres de tierra”.

María Sánchez es hija y nieta de veterinarios pero es la primera mujer de su familia en ejercer esta profesión. Mujer en un mundo de hombres (hasta hace poco), busca tiempo para escribir después de largas jornadas: “nuestro medio rural necesita otras manos que lo escriban, que no pretendan rescatarlo ni ubicarlo”. Y escribe con rabia contra esa literatura “que nos llama granjeros, que usurpa la voz de los que se manchan las manos de tierra y habitan entre campiñas y montañas”.

El texto bascula entre recuerdos que abrazan historias preciosas (como la de su bisabuela Josefa, que un día sintió la necesidad de despedirse de los alcornoques que habían jalonado su existencia mediante las sacas cíclicas del corcho de su corteza) y llamadas de atención a esas administraciones públicas y a esos medios que solo se acuerdan “del agro” cuando tienen que ir a pescar votos o se pone moda. “Conectividad, servicios básicos, educación, sanidad, cultura… ¿En qué momento hemos permitido que nuestros pueblos y sus habitantes no tengan los mismos derechos que los habitantes de las ciudades?

Cuando este libro empezó a hacerse un hueco en los suplementos literarios de los medios (Babelia, Abc, El mundo, eldiario.es son sólo unos pocos ejemplos de la amplia repercusión que ha tenido la moda de hablar de “la España vacía”, para oponerla a “la España vaciada” que defiende la obra de María Sánchez) un amigo curtido en mil batallas me recordó que ya hacía años que en su editorial (del ámbito rural pero sin que ello supusiera menoscabo para buscar temas y autores de interés) dedicaron un libro a las mujeres del ámbito rural.

Aquel libro se llamaba “Orosia. Mujeres de sol a sol”, se publicó a finales de 2002, con el sello Pirineum y sus editores lograron una verdadera constelación de autoras: Espido Freire, Mercedes Yusta, Carme Riera, Julia Otxoa, Maria Barbal, Soledad Puértolas, Ángela Labordeta… y así hasta casi la docena. El único hombre que firmaba un texto en esta selección de relatos era José Lera, un autor en aragonés cheso (de la Val d’Echo, en el Pirineo de Huesca) que evocaba en una canción a la más pequeña de una casa familiar, que parecía condenada, por su condición de mujer, a estar siempre al servicio de los demás.

Mientras avanzaba a toda velocidad por las escasas (e intensas) doscientas páginas de “Tierra de mujeres” me he acordado en diversas ocasiones de los distintos relatos de “Orosia”. Decía este libro en su contraportada que esta obra colectiva era “una reivindicación de la mujer como persona y como eje de una sociedad que la marginó sin comprender que su ausencia conducía al abandono”. Y remataba la excelente definición el contenido del libro señalando que todo estaba observado “a través de los ojos de la mujer, la única que lo entendió todo y a la que nadie dejó explicarlo”.

“Orosia” está agotado, desgraciadamente. Es un libro bien vivo que no ha perdido un ápice de sentido, con un contenido de nivel, enriquecido por fotos de gran calidad y en glorioso blanco y negro, de aquellas que dejaron los pioneros de la fotografía en sus incursiones en el campo. Tiene una edición cuidada y ofrece miradas muy sugestivas a realidades geográficas bien diferentes, con puntos de vista muy personales.

En cierto modo fue uno de los primeros hitos en esa literatura de compromiso con las mujeres y el ámbito rural, como es el libro que ahora triunfa, el de María Sánchez. Pensaba que un libro de estas características sería bien valorado en general. Pero al echar una ojeada a uno de los muchos reportajes que se han ocupado de él, caigo sin querer en los comentarios de los lectores y empiezo a leerlos. Provocan estupor.

Qué necesario es este libro.

Amalgama de identidades

Leo con impuntualidad cíclica cada novedad de Almudena Grandes. Sus libros pasan por otras manos antes de caer en las mías. La amiga que me los cede, firmados por la autora después de encontrarse ambas en Sant Jordi, los lee con devoción pero apenas me adelanta detalles. Otra lectora concienzuda suele enfrascarse en ellos antes de que yo pueda dedicarme. Como a esta lectora la tengo bien cerca puedo apreciar con qué cadencia avanza e intuir en qué momento me llegará el turno. Tampoco suele darme muchos detalles, pero es más fácil (por una cuestión meramente temporal) saber si en esta ocasión la historia me cautivará más que en el pasado, o al revés.

Con más de un año de demora he podido acceder a “Los pacientes del doctor García”, la cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable”. Más de 750 páginas envueltas en una de esas subyugantes cubiertas de Tusquets, con ese negro tan elegante en torno a una foto coloreada que también tiene su historia.

Por distintas razones, los diferentes estadios de lectura de Almudena en nuestro particular circuito nos hemos ido demorando: No ayuda la abultada paginación y tampoco lo hace la complejidad del planteamiento, con personajes que van desplegando sucesivas identidades, entremezclando algunas de ellas, en una ceremonia de la confusión que es muy necesaria para hacer avanzar la trama, como lo fue en su momento (en pleno franquismo) para esquivar las vigilancias externas e internas, las de las potencias vencedoras de la segunda guerra mundial y las de las autoridades franquistas, siempre oportunistas y adaptando los pocos principios que tenían a las veleidades del momento.

El antepenúltimo de los episodios de Almudena Grandes (porque ya sabemos incluso los títulos y los temas de los dos que faltan por editarse) gira en torno a una red de evasión de nazis a través de la España franquista, para acabar en muchos casos cruzando el charco y tomar refugio en la Argentina de Perón. Clara Stauffer es el personaje central en esta trama de evasores, un personaje real en torno al cual se despliega un amplio abanico de personajes ficticios que toman características de muchas personas que sí existieron. Al final de la novela hay todo un dramatis personae, para que los (más o menos) atribulados lectores puedan cerciorarse de hasta qué punto han seguido perfectamente el hilo de la trama. Y hay también una nota de la autora que acaba poniendo orden en lo que por momentos parecía una trama absolutamente desbordante, y hasta desbordada.

El doctor García del título arranca protagonizando una historia que viajará por el Madrid sometido de la guerra civil pero también por el de los señoritos vencedores, que tendrá localizaciones en Berlín, en los bosques de Estonia en los que combatió la División Azul, en Buenos Aires, en las montañas leonesas, en el despacho de un congresista en Massachussets y hasta en el restaurante que regenta en Toulouse una vieja conocida de los lectores de esta serie.

Este viaje por medio mundo es también una sucesión de idas y venidas en el tiempo, desde los años 30 en el Madrid sitiado hasta la dictadura de Videla en Argentina. Los diferentes capítulos, de extensión muy diversa, van precedidos a veces de acotaciones documentales que ubican a los lectores y permiten que luego el relato fluya de una manera más libre, menos atento a detalles que otorguen rigor a costa de desviar el hilo narrativo.

Es sin duda la novela más compleja de la saga, la historia más ambiciosa de las que ha planteado hasta ahora Almudena Grandes, con ese desdoblamiento de identidades y esa sucesión de acontecimientos que llegan a obnubilar a los lectores. Hay, además, guiños a los seguidores más devotos (que debemos de ser muchos) y aparecen en el relato personajes de otras novelas de la serie (como la cocinera Inés de la primera entrega, su marido o la Manolita de las distintas bodas), así como hay un peculiar “cameo” de Pérez Galdós (inspirador con sus “Episodios nacionales” de estos otros), en forma de una lectura en voz alta de su “Trafalgar”. En esta precisa urdimbre de personajes, historias, conexiones con otras obras, alusiones a acontecimientos de todo tipo (como el concierto de Raimon en la Facultad de Políticas de la Universidad de Madrid) y tantas localizaciones, me ha sorprendido que se “cuelan” en la novela detalles que pueden parecer menores pero que alejan al lector cuando apenas está entrando en la historia.

Al principio hay unos cuantos encuentros sexuales con menciones a “follar”, “pollas” así como una liberalidad en una mujer de derechas que parecen fuera de sitio. Mucho más adelante se describen hábitos de consumo que parecen más propios de hoy que de los años sesenta: reservas de varios meses para ir a comer en un restaurante con estrella Michelin no parece de recibo hace medio siglo, cuando comer (incluso en Francia) era satisfacer una necesidad antes que atender un esnobismo de atesorar visitas en restaurantes de postín.

La narración, de puro ambiciosa, parece caer en concesiones a la galería cuando aparecen detalles como los mencionados. Y la sólida trabazón de una historia tan compleja se muestra descuidada. Quizá no es la mejor novela de la serie, pero sí se nota el aliento narrativo de la autora, a la que imaginamos sepultada en hojas y hojas de documentación mientras va pergeñando las dos novelas que nos quedan por leer. Y que abordaremos siguiendo escrupulosamente el protocolo establecido. Que vayan pasando las novelas por todas las manos que sean necesarias.      

Tu nombre es el mío

Una búsqueda apresurada en Google de las palabras “Antonio Navarro”, entre comillas, arroja un millón y medio de resultados. Hay un senador colombiano, un pianista, el responsable de una empresa de calefacción, un fotógrafo y hasta la víctima de un reciente asesinato. Biografías bien distintas enlazadas por un mismo nombre, biografías homónimas.

“Homónimos”. Así se titula el cómic de otro Antonio Navarro, nacido en 1959, que escribe y dibuja sobre otras personas que comparten nombre con él y que, por el mero hecho de existir, han hecho cosas que merece pena contar.

La fortaleza de este cómic, publicado por Norma en 2016, radica en la variedad de planteamientos gráficos que ofrece Navarro al mostrar las historias de sus homónimos. Uno de ellos es un anarquista en plena guerra civil, detenido en el castillo de Montjuïc; otro es un escultor cuya obra más famosa está en el considerado “centro radial de las Españas”; hay un Navarro que hubo de adoptar este nombre para no ser castigado con la hoguera o la expulsión, y otro que se fue de putas en una silla de ruedas, por una autopista, hasta convertirse en un famoso efímero, que tuvo su cuarto de hora de gloria en la prensa gallega. Hay más antonios navarros, cada uno con sus propias características gráficas, en este cómic apoteósico que requiere del lector la máxima atención. Y que se ve recompensado al final por haber acudido a la llamada.

Con línea clara, con entintado rojo en consonancia con la salvaje historia, con el preciosismo de un manuscrito medieval magníficamente ilustrado, en un glorioso blanco y negro, con unos encuadres que remiten a films experimentales… todo sirve para explicar las vidas de diferentes personas que se llaman igual que el autor del cómic. El enlace entre cada una de ellas son un par de “extraños archiveros” que vagan por un mundo en sombras mientras comparten dosieres y dan paso a una nueva historia.

Las últimas páginas del cómic son apoteósicas. Un niño fanático de los cómics de Tintín recuerda en una especie de diario personal, con esa letra ligada típica de los Cuadernos Rubio, el día en el que paseaba por el centro de Madrid. Allí, alguien llamado como él, asistía a la inauguración de una estatua.

Él no lo podía intuir pero estaba empezando a dibujarse este álbum que tenemos en las manos.  Un día gozoso.

Casciari, cuentos en todos los formatos

Mi voracidad lectora se encontró hace poco con la horma de su zapato: la grafomanía de un tipo que me sonaba pero al que no tenía constancia de haber leído. En la mesa de intercambio de libros de una biblioteca de Barcelona se acumulan enciclopedias incompletas y libros de aquellos que regalaban los bancos y a veces uno se topa con sorpresas. Fue el caso.

Con un título llamativo y un subtítulo provocador, los de Plaza & Janés montaron en 2007 una cubierta que llamaba la atención por un detalle sutil: reproduce la etiqueta de la cerveza Quilmes, la birra argentina por antonomasia.

Recordé el nombre del autor porque de vez en cuando asoma por mi Twitter y enseguida me acordé de un amigo español que casó en Argentina, se fue a vivir allá, volvió por aquí e intuyo que le gustará cuando le regale esta recopilación divertida de textos que parecen elaborados sin orden ni concierto pero que tienen mucha miga y están abrochados con una declaración de amor. Casi nada.

Hernán Casciari tiene una web en la que uno podría quedarse a vivir, leyéndolo, escuchándolo, abriendo puertas que no se sabe qué encierran, riendo con él, a veces frunciendo el ceño en desacuerdo, sintiéndolo tan cercano en esa disociación entre dos mundos en la que parece vivir.

En este libro de apariencia jocosa se habla a menudo de esa sensación de atender dos realidades, separadas por un océano: su Argentina natal y la Barcelona en la que ha arraigado, con hija incluida fruta de su relación con una catalana. “Si entrásemos a hurtadillas en el ordenador portátil de cualquier desconocido, y estudiásemos brevemente el historial de los diez últimos periódicos que ha visitado, sabríamos en qué patria piensa, en qué patria le preocupa, cuál lo desvela, con independencia de dónde haya elegido vivir, o dónde le haya tocado. Creo, entonces, que hay una nueva y moderna concepción de identidad y quisiera resumirla en cinco palabras: «Somos de donde necesitamos saber»”.

Tengo marcado otro texto en el que diserta sobre las palabras: “¿Será muy difícil mandar a la mierda a todas las palabras que no tienen nada que ver con su significante, y empezar a hacer como los yanquis, que a «deténgase por el amor de dios» le dicen «stop»?”. Y leí varias veces otro muy ingenioso en el que argumenta la teoría de que la edad de los países hay que dividirla por 14 (al contrario que la de los perros, que hay que multiplicarla por 8) y así se entiende todo un poco mejor: los 200 años de Argentina son en realidad unos 14, “la edad del pavo, es rebelde, pajera, no tiene memoria, contesta sin pensar y está llena de acné”. Francia es una separada de 36 años, Italia es viuda desde hace tiempo, vive cuidando a San Marino y el Vaticano; Suecia y Noruega son dos lesbianas de treinta y nueve, “que están buenas a pesar de la edad y no dan bola a nadie”; Irán e Irak eran dos primos que robaban motos y vendían los repuestos, hasta que un día robaron un repuesto a la motoreta de EEUU y se les acabó el negocio…

¿Y España? Casciari lo deja para el final y no tiene desperdicio. Para saberlo, hay que leer el libro… o entrar en su blog, donde están todos los textos de este libro, y también muchos otros que merecen un alto en el estrés diario, para soltar adrenalina.

Mientras seguía dándole vueltas a este libro hallado por casualidad me tropecé esta misma semana con uno de los textos que Jorge Carrión (aquí sentimos veneración por él) escribe en The New York Times en español. Y allí estaba Casciari. Como ejemplo de las expectativas que se le abren a la literatura, que quizá acabe siendo más escuchada que leída, gracias a las nuevas tecnologías, a las aplicaciones que abren rumbos desconocidos y posibilidades impensables no hace tanto.

Los que se adentren en el texto de Carrión, además de acompañarle en sus indagaciones sobre el futuro más o menos cercano, se encontrarán con un regalo. Merced precisamente a las posibilidades que abren los hiperenlaces, se puede disfrutar del mencionado texto acerca de la edad de los países en un vídeo alojada en You Tube en el que Casciari luce en todo su esplendor.

Casciari por tierra, mar y aire.

Manguel, el lector que leemos

Tengo la sensación gozosa de que, durante años, Alberto Manguel estuvo escribiendo el mismo libro, que iba compartiendo por entregas con sus lectores, que somos devotos de su obra. Casi todos sus títulos han ido apareciendo en Alianza, aunque también tengo por casa una edición de “Una historia de la lectura”, sabrosamente ilustrada y primorosamente editada por Lumen en 2005.

La lectura, los libros, las bibliotecas… son algunos de los sustantivos presentes en muchos de sus títulos, que son un canto a la alegría de leer, una exaltación de la literatura, un brindis por esos autores, personajes y lugares imaginarios que nos acompañan desde siempre. Rebusco en mi biblioteca, donde los libros de Manguel tienen un lugar destacado desde hace un par de décadas y descubro que hay multitud de marcas en ellos, recortes de prensa, muchas páginas subrayadas. Siempre me gustó Manguel, desde que lo descubrí con “En el bosque del espejo”, publicado por Alianza en 2001. En una entrevista que conservo en papel amarillento, el periodista de Babelia ya le preguntaba por la lectura electrónica y le hacía la típica pregunta de si se había leído los 50.000 ejemplares (entonces) de su biblioteca. “Los he abierto todos”, le respondía Manguel.

Leí después “Una historia de la lectura”, que regalé en varias ocasiones a amigos que padecían la misma fiebre que yo, y seguí con “Leer imágenes” (2002), “Stevenson bajo las palmeras” (2003), “Diario de lecturas” (2004), “Con Borges” (2004)… Si el de Stevenson es una breve novela que aborda un asesinato en la isla de los mares del sur donde se retiró el escritor escocés, el de Borges tiene algo mágico, ilustrado con unas fotografías bellísimas que firma Sara Facio. El escritor argentino tuvo durante años unos cuantos amigos que pasaban por su casa a leerle en voz alta. Manguel fue uno de ellos y explica en este libro, con una mezcla de admiración y orgullo, esa experiencia, que es también una especie de introducción a la literatura borgiana.

Los libros de Manguel son para “lletraferits”, feliz catalanismo que no vale la pena traducir porque se entiende perfectamente. Hace poco más de un año, Alianza publicó la (pen)última obra del autor argentino-canadiense, titulada “Mientras embalo mi biblioteca”, y que se presenta en un curioso estuche diseñado por Manuel Estrada, que asemeja una caja donde se guardan algunos de los ejemplares de la vasta biblioteca que Manguel consiguió erigir en Francia… y que un día tuvo que desmantelar.

“Mi última biblioteca estaba en Francia, dentro de un presbiterio de piedra al sur del valle del Loira, en una aldea tranquila de menos de diez casas”. Así arranca esta biobibliografía de 200 páginas en la que hay imágenes del autor posando orgulloso mientras intenta alcanzar un anaquel y también instantáneas de las estanterías vacías y un montón de cajas perfectamente apiladas y etiquetadas. Una vez más, tengo las páginas de este libro con abundantes pliegues por las esquinas. “Me resulta más fácil recordar la historia leída una vez hace mucho tiempo que al joven que la leyó”. “Cuando leo a Kafka tengo la impresión de que las preguntas que suscita están siempre más allá de mi entendimiento”. “Quizá los libros tienen esa capacidad de reconfortarnos porque en realidad no los poseemos; son ellos los que nos poseen a nosotros”… y se van sucediendo los pasajes subrayados, hasta llegar a un capítulo con el que me siento especialmente identificado y donde Manguel -después de confesar que “en los días de mi juventud, y para aquellos a quienes nos gustaba leer, el diccionario era un objeto mágico dotado de poderes extraordinarios”- habla de su predilección por El Pequeño Larousse, “con su rosado estrato de frases extranjeras que separaban las palabras comunes de los nombres propios”.


Alberto Manguel, en Mondion en Francia en 2013, foto procedente de El País

En algún momento de este libro gozoso dice Manguel que “si toda biblioteca es autobiográfica, embalarla se parece, en cierta manera, a hacer la necrológica de uno mismo”.  El libro termina con su autor accediendo a uno de los mayores honores que pudiera lograr alguien como él, por diversas razones. Le proponen para hacerse cargo de la Biblioteca Nacional de Argentina, puesto en el que le había precedido su admirado Borges. En esta entrevista en El País comenta con sorna algunas cómo algunas cuestiones más prosaicas eliminan mucho del glamour que pueda tener semejante dedicación, a la que llegaba en tanto que autor, bibliotecario y, sobre todo, lector. Y se va cerrando un libro que esperemos tenga continuidad en un futuro reciente explicando precisamente ese cometido al frente de una de las instituciones más prestigiosas de su país.

Alterné la lectura de este “ensayo lector” con una de las pocas obras de ficción de Manguel, que me pasó una amiga conocedora de mi admiración por el autor-lector por antonomasia. “El regreso” es una novela corta, publicada por Bruguera en 2007, que aborda la vuelta a su ciudad natal de Néstor Andrés Fabris, establecido en Roma durante muchos años después de huir precipitadamente por culpa de la dictadura argentina. Vuelve para asistir a la boda de su ahijado y se reencuentra con los fantasmas de una vida que le fue hurtada.


Esta novela desasosegante recuerda a los mencionados Borges y Kafka, se van abriendo ventanas espacio temporales por las que el protagonista se ve obligado a mirar, sin entender qué está pasando. Es rehén de las decisiones del pasado, de una fuga que encendió sospechas de traición, de una salvación (la propia) que condenó a otros compañeros de fatigas y luchas. La historia se cierra de una manera confusa, sin que los lectores podamos intuir qué será de Néstor Andrés, que parecía ser feliz vendiendo antigüedades en una tranquila calle de Roma.

Hace poco, Alianza reeditó la “Guía de lugares imaginarios” que Manguel escribió con Gianni Guadalupi, y que apareció por primera vez en el año 2000. En su edición abreviada son 700 páginas de letra menuda acompañadas de curiosos mapas y dibujos en blanco y negro. Saboreo las entradas de este peculiar diccionario como sorbos de un buen whisky de malta. Leo una y dejo que pasen los días antes de volver a otra, para que el libro dure más. Me demoro sabiendo que me esperan la Tierra de los Blemios, Megapatagonia, el Reino de las Muñecas, el Castillo del Príncipe Próspero o el Túnel Atlántico que conectaba la isla de Manhattan con un punto en la Bretaña francesa, cerca de Brest, de 4.200 km de distancia.

Con Manguel tenemos lectura asegurada.

“¿Hay cafetera en los puticlubs?”


Cada año, éste es uno de los posts más leídos del blog. El título es explícito y el cómic del que habla tampoco utiliza eufemismos. En los tiempos que corren es relativamente sencillo averiguar qué caminos conducen al público a consumir determinados productos y qué motivaciones les guían en su recorrido. Hace un par de semanas el post sobre “las memorias de un putero” volvió a llamar la atención de algún lector despistado, más de tres años después de su publicación. Como el backoffice de este blog permite saber qué palabras clave introducen en sus búsquedas, pude comprobar que el que se tropezó con el post dedicado a Chester Brown en realidad tenía una duda más prosaica: “¿Hay cafetera en los puticlubs?”

Indagar en su necesidad de cafeína puede dar para una historia más bizarra, pero por si vuelve a aparecer por estas páginas, le vamos a hacer sugerencias que igual le ahorran una visita al burdel y le proporcionan unas memorables sesiones de onanismo. Tres libros bien distintos repletos de historias bien calientes, con méritos notables más allá de sus relatos para leer con una mano.

La caçadora de cossos, fue segunda novela de la escritora en catalán Najat El Hachmi, nacida en Nador en 1979 pero que con ocho años se estableció en Vic. Había ganado en 2008 el Premi Ramon Llull por “L’últim patriarca” y tres años más tarde publicó en Columna esta historia de alto voltaje en torno a una joven que va “cazando cuerpos”, añadiendo piezas en una colección de amantes a los que recuerda por su procedencia (el ghanés, el vasco, el extremeño) o por alguna característica a veces física (el ciego), a veces más subjetiva (el etéreo, el virtual). Se queda con muchos otros detalles: las preferencias sexuales de ellos, los lugares peculiares en los que se encontraron, el olor o los momentos en los que decidía pasar página y buscar nueva diversión.

Si la novela al principio es una sucesión bien explícita de historias protagonizadas por esa colección de cuerpos, todo empieza a cambiar cuando la protagonista (que narra en primera persona) pasa a explicar cómo es su trabajo de limpiadora por horas en casa de un escritor, que siempre está presente cuando ella trajina con la bayeta y el limpiacristales. Y detalla sus conversaciones con el escritor y se somete ante el lector a especie de terapia en la que su interlocutor parece instarle a buscar el amor, más allá del sexo.

Mucho más sutil pero no menos explícito es un cómic de título enigmático: “La espinaca de Yukiko”, publicado por Ponent Mon en 2003, y recientemente reeditado. Un fogonazo amoroso que Frédéric Boilet narra de manera especialmente subjetiva. La página del 8 de abril nos informa de que ha conocido a Yukiko en una exposición sobre la nouvelle vague que se inaugura en Japón y ha conseguido su teléfono. Irán apareciendo más páginas arrancadas a la agenda, con esbozos rápidos, algunas anotaciones en japonés y escuetos comentarios personales. Son breves interrupciones que sirven de acotación a una historia dibujada con una belleza increíble, con el estilo de ese nouvelle manga que se inspira en las películas de aquella corriente francesa. Las viñetas se pueden seguir como planos que acercan o alejan el punto de vista. Hay panorámicas cercenadas, planos detalle, desenfoques y hasta juegos con el fuera de campo que hacen más explícita la pasión de unos amantes que no están dentro de foco.

Las imágenes son tan explícitas como podían serlo las palabras de la narradora que se dedicaba a cazar cuerpos. Si allí era una mujer en busca de algo más que sexo, aquí es un hombre el que, como ensalzó Libération, “dibuja la ternura, el vínculo, la relación amorosa en cámara subjetiva, ese instante fugitivo en que la emoción le embarga a uno”.

Si ha llegado hasta aquí el lector interesado en tomarse un café después de “limpiar la escopeta”, no quedará defraudado. Ovidie es una estrella del porno francés que explica una decena de historias que asegura que son totalmente reales, algunas protagonizadas por ella misma. Las dibuja Jérôme d’Aviau y las publicó La Cúpula en 2013.

Hay un poco de todo: tríos, sustos al aliviarse en solitario, sorpresas en la sobremesa, sexting, encuentros fortuitos con desconocidos y excitación en el metro… Son capítulos que harán las delicias de más de un fantasioso (y fantasiosa), tan elocuentes como excitantes, sin renunciar a ese punto de humor que ayuda a liberar una risa floja con la que salir más airoso (o airosa) de los trances más inesperados.

Con un poco de suerte, y si los motores de búsqueda colaboran, en unos años este post de hoy seguirá sumando visitas mientras algún internauta errático intenta saciar su curiosidad o busca un lugar para tomarse un carajillo bien cargado.

Viajar en dibujos

Últimamente me voy “encontrando” con Jorge Carrión sin yo pretenderlo. Ahora mismo estoy leyendo un curioso libro de viajes por carreteras secundarias de España, que lo firma Alfonso Armada, pero está dentro de una colección llamada “Lo real”, publicada por Malpaso y dirigida por Carrión. Desde hace meses voy demorando la lectura de un libro suyo que tuvo unas estupendas críticas y que a mí me ha llegado en una “edición ampliada”. Se llama, cómo no, “Librerías” y lo publicó Anagrama. Y ahora acabo de degustar un libro-revista maravilloso, que combina la cabecera de “Altaïr Magazine” con el título “Viajes dibujados”, lleva el sello de Norma Editorial y una cubierta de lo más atractiva, firmada por Miguel Gallardo. Pues en esta conjunción de nombres también está Jorge Carrión como “asesor editorial y autor de los textos introductorios”.

No tienen desperdicio esas introducciones a las catorce historietas que viajan por todo el mundo, con estéticas bien diversas y planteamientos muy diferentes, algunos verdaderamente originales. Carrión es también el responsable del texto “Imágenes y palabras para (re)imaginar el viaje”, que en ocho páginas parte de Heródoto y esos dibujos que se intuye ilustraban sus crónicas para hacer un elogio de los cuadernos de viaje ilustrados que, sin ánimo de verlos publicados, llevaron tantos viajeros más o menos ilustres. Son pocas páginas pero el lector comienza a salivar cuando se cruzan referencias tana variadas como Gauguin, Joe Sacco, el Maus de Spiegelman o Los desastres de la guerra de Goya. Y todo esto sin haber atisbado todavía una sola viñeta de estos viajes dibujados.

El trayecto arranca en Beirut, y aquí se puede continuar con la historia titulada “Fronteras invisibles” que trata la invisible “línea verde” que separaba el este del oeste de la capital libanesa durante las guerras civiles de los años setenta, ochenta y noventa. El bus de la línea 4, que cruza esas murallas inexistentes físicamente, con viajeros de todas las comunidades religiosas de la ciudad es uno de los símbolos de un lugar que ahora muestra otras cicatrices, tan habituales en todo el mundo: las zonas para gente con dinero donde no son bienvenidos los que carecen de él.

Este peculiar cuaderno multiviajero le cede el protagonismo luego a Florencia, con la visión personal que de ella ofrece una dibujante por la que sentimos debilidad: Sarah Glidden. La capital universal del arte, en sus lápices, es muy diferente de lo que dicen las guías. Esbozos en blanco y negro, largas marchas de texto y una mirada muy particular nos muestra de otra manera esas calles que deben de estar llenas de turistas, pero que aquí no tienen cabida.

La ruta sigue por México, con las ilustraciones casi psicotrópicas de Peter Kuper; se desplaza a Australia, de la mano de Gabi Martínez y Tyto Alba; pasa por Berlín, visto por la libanesa Zeina Abirached; y llega al Kurdistán iraquí. El relato “Domiz”, de Olivier Kugliz, sobre el campo de refugiados del mismo nombre, es una de mis preferidos en esta obra: por el tema, por la estética de las ilustraciones, por la ternura con que se aborda la dureza cotidiana en un campo así, donde los refugiados quieren volver como sea a algo parecido a una rutina.

Los viajes dibujados pasan también Rusia, Nueva York, Guinea Ecuatorial, Tierra del Fuego, el casi recién nacido Sudán del Sur o Nicaragua. Y hasta hay espacio al final para un original ensayo gráfico en el que se tratan cuestiones controvertidas como la relación entre los viajeros y los lugareños, entre “visitantes” y “locatarios”; o reflexiones acerca del museo como ese espacio donde muchas veces se encuentran los turistas con los habitantes de la ciudad que visitan.

Este número especial de la revista es un lujazo que se puede leer del derecho y del revés, con historias que no serán en absoluto caducas. Y al que se podrá volver de manera recurrente. Algo parecido ocurre con la librería del mismo nombre que abre sus puertas en la Gran Via de Barcelona. Es un lugar al que se puede entrar para deambular por su plantas, mirando mapas, soñando con viajes, echando un vistazo a lo que escribieron otros cuando tuvieron la oportunidad de visitar lugares. Para los que no tienen tan fácil viajar a la capital catalana, la recomendación es pasear por el blog de Altaïr.

Y pasarán las horas sin darse cuenta.

Las fotos de Mauthausen

El trayecto desde la estación de tren de Mauthausen hasta el infausto campo de exterminio del mismo nombre atraviesa la localidad de punta a punta, sigue por un trazado que está marcado con las señales del tramo austriaco del Camino de Santiago y se va elevando por en medio de casas unifamiliares, hasta llegar a un altozano desde el que se aprecia un paisaje, que en pleno verano, mezcla campos de un verde delicado con tonos amarillos en algunos árboles y el azul desbordante de un mediodía repleto de luz. Es un lugar de lo más agradable si no fuera por el estigma de las atrocidades que se cometieron en aquellos parajes.

Cualquier visitante del campo, si no va en coche, tiene que hacer el mismo recorrido que los presos que llegaban en reatas y pasaban por aquellas calles entre la indiferencia de la mayoría de los lugareños. Todavía hoy causa cierta sorpresa que se erijan casas tan coquetas a escasos centenares de metros de semejante memorial de barbarie. Un amigo que había visitado el lugar me dijo cuando le comenté mi intención de ir: “dicen que no hay pájaros en el campo”. En las horas que pasé por ahí no me fijé en ese detalle, impresionado quizá por el silencio que se abatía sobre el lugar.

Durante algunos años leí bastantes estudios sobre los presos españoles en los campos de exterminio, desde Jorge Semprún a Mariano Constante, pero hubo un momento en el que no pude soportar aquella sobredosis de barbaridades. Cuando apareció la investigación de Benito Bermejo titulada “Francesc Boix, el fotògraf de Mauthausen” (publicada por La Magrana en 2002; y en castellano por RBA) me reenganché al tema pero no pude terminar el libro. El horror era el verdadero protagonista de este estudio exhaustivo, documentado con una minuciosidad que llegaba a herir, de tan elocuente. Allí se explicaba con todo lujo de detalles la epopeya de un grupo de comunistas (en su mayoría) españoles que se conjuraron para sacar del campo fotografías que pudieran ser testimonio de las atrocidades cometidas ahí dentro. Entre ellos estaba Boix, que había sido reportero gráfico antes de la guerra civil española y que había conseguido estar en los laboratorios del campo, asistiendo a un oficial que cultivaba la fotografía de una manera enfermiza, hasta el punto de dejar constancia no sólo de las salvajadas que se perpetraban sino también de las visitas “insignes” que hacían destacadas personalidades del régimen nazi.

Boix y sus compinches tejieron una red tan débil como perfectamente sincronizada que logró sacar unos cuantos cientos de negativos, hasta una granja cercana en la que vivía una mujer dispuesta a no mirar hacia otro lado. Este episodio valiente permitiría que algunos jerarcas nazis pudieran ser juzgados en Nuremberg y, ante la evidencia de las pruebas, ser condenados (algunos) a la pena capital.

El libro de Benito Bermejo recorre todo el periplo vital de Francesc Boix, desde su nacimiento en 1920 en la calle Margarit de la capital catalana hasta su muerte prematura en París, el mes de julio de 1951. Es una obra ricamente ilustrada, con cientos de imágenes, algunas de ellas verdaderamente espeluznantes. Está también enriquecido con perfiles e investigaciones colaterales que ayudan a contextualizar, y se recopila incluso la declaración de Boix en Nuremberg en el tribunal de 1946. Una investigación imprescindible para conocer una de las epopeyas (si es que hubo alguna que no lo fue) vivida en aquel infierno de Mauthausen.

Como por desgracia no es frecuente que este tipo de trabajos trasciendan el ámbito académico y el de las personas especialmente interesadas en el tema, me sorprendió que desde hace unos meses se empezara a hablar del “fotógrafo de Mauthausen” y menudearan las menciones en las redes. Había en marcha una película (que tuvo cierto éxito de público) y se iba a publicar un cómic con este título: “El fotógrafo de Mauthausen”. Apareció hace unos meses, editado por Norma, con guion de Salva Rubio, dibujo de Pedro J. Colombo y color de Aintzane Landa. Intuyo las dificultades del guionista para condensar una historia tan potente, para centrar en una selección de detalles una vida tan plena y tan decisiva para sus semejantes. Los dibujos están inspirados muchas veces en esas fotografías ya emblemáticas de Boix, que muestran la dureza del día a día en el campo, la presencia cotidiana de la muerte. Y hay dobles páginas espectaculares con perspectivas del campo, sus torretas, sus muros y alambradas, toda esa parafernalia destructora que acompañaba a esos esqueletos vivientes en que acabaron convirtiéndose los miles de personas allá encerradas. El color de las páginas adquiere tonos sombríos, incluso cuando el campo fue liberado y Boix recaló de nuevo en París.

La publicación del cómic, como el estreno de la película, puede ser la mejor manera de que la vida de Boix, y la de sus camaradas primero en la lucha y luego en el campo, sea conocida por una parte del público y unas franjas de edad que no tendrían acceso a un libro como el de Bermejo, publicado hace casi veinte años. Este cómic, además, ofrece un dossier histórico que combina en más de 50 páginas textos de Rosa Torán (historiadora y vicepresidenta de Amical de Mauthausen) y Ralf Lechner (responsable de colecciones en el Memorial del campo) con explicaciones del autor acerca de cómo se gestó su trabajo. Además, hay numerosas imágenes de Boix, algunas recreadas también en las viñetas, y de Paul Ricken, el nazi al que el fotógrafo catalán ayudó en el campo y cuya minuciosidad permitió demostrar el conocimiento que los nazis tenían de las actividades en el campo, el mismo que intentaron soslayar durante el juicio de Nuremberg.

El duro epílogo de este cómic, que comienza explicando el porqué de su existencia: “difundir el conocimiento del Holocausto español y el destino de sus supervivientes”, acaba con una pregunta: “¿cómo explicar la tolerancia de todos estos estamentos [muchos de nuestros políticos, empresarios, sacerdotes, jueces y la monarquía] ante crímenes contra la humanidad y el desprecio a las víctimas y sus familias hasta hoy?”.

En esas estamos.