Otro bendito cómic sobre la guerra civil

 

Lo malo de las recopilaciones con voluntad de resultar canónicas es que pueden provocar tanta desazón como el interés que despiertan por la selección que proponen. Me ha pasado muchas veces al revisar las listas tipo “100 libros que hay que leer antes de morir…” y me ocurre cada vez que voy repasando los anuarios de cómics que editan Jot Down y la ACDCÓMIC (Asociación de críticos y divulgadores del cómic). Repaso, con retraso, el último, dedicado a 2016, y voy viendo que algunos de los libros reseñados ya han sido mencionados aquí (Los vagabundos de la chatarra, de Jorge Carrión y Sagar Forniés; Glenn Gould, de Sandrine Revel, El ala rota, de Altarriba y Kim, y Crisálida, de Carlos Giménez). Pero constato, sobre todo, que hay muchísimos por leer, que no hay tiempo material para disfrutar de todos los goces que anticipan las críticas contenidas en esta antología.

comics esenciales jot down

Dice Mikel Bao, al hablar de “La virgen roja”, de Mary M. Talbot y Bryan Talbot, que “las historias se olvidan: la gente necesita que le refresquen la memoria, porque mucho de lo que se ha ganado con la lucha en décadas precedentes se está perdiendo en el presente” y explica que precisamente esa es la idea alrededor de la cual se ha construido esta notable obra: “quizá en el pasado se puedan encontrar respuestas a algunas de las preguntas que plantea el turbulento siglo XXI en el que nos encontramos inmersos”. Aquí nos gustan mucho los cómics dedicados a la guerra civil y ya hemos dicho en alguna ocasión que se repite mucho el patrón de que un guionista o un dibujante dedican un cómic a la historia que han oído en casa a hurtadillas, a las vivencias familiares que sólo se explican a medias, para ahorrar disgustos a los descendientes, para intentar olvidar y pasar página. Las historias del “médico de Belchite” que dedicó Sento a un familiar de su mujer, los dos volúmenes que dedicó Altarriba a sus padres con los dibujos de Kim, y hasta “los surcos del azar” que recorrió Paco Roca beben de este planteamiento que de manera casi literal retoma Jaime Martín para explicar la peripecia de su abuela Isabel en “Jamás tendré 20 años”, que con su cubierta rojinegra se hace la dueña y señora de la sección de cómics de cualquier librería.

El casi imperceptible brillo en los ojos de la “libertaria” que levanta el puño cerrado en esa portada invita a abrir inmediatamente este álbum publicado por Norma en 2016, desde la versión original en francés publicada por Dupuis como “Jamais je n’aurai 20 ans”. La historia está montada, como tantas otras veces, en forma de flashback, a partir de unos chavales que juegan a la guerra y no entienden que sus abuelos les abronquen: “Se acabó esta mierda de película. Id a jugar a la pelota como los demás niños”.

A partir de entonces una páginas magníficamente construidas viajan al verano que destrozó tantas vidas para desarrollar cronológicamente la vida de Isabel y Jaime: el viaje de la primera desde Melilla hasta L’Hospitalet y la participación del abuelo en la guerra, en el llamado Frente del Serrablo y en Belchite permiten que se pueda hablar de esas ilusiones quebradas para toda una generación, de los golpes en la puerta de madrugada que precedían a los fatídicos “paseos”, de los bombardeos de la aviación en la contienda y el estraperlo en la posguerra, de las delaciones antes y después de acabado el conflicto, como si la condena fuera para siempre y a los vencidos se les tuviera que recordar sin parar que perdieron la guerra y la paz.

El giro final de la historia dice mucho del estado en que quedó este país cuando se decidió que el silencio tenía que ser la respuesta a muchas de las preguntas que las nuevas generaciones nos hemos ido haciendo.

Son esperanzadoras, para el mundo del cómic y para los aficionados a la Historia (en especial la de España), las palabras que dedica el citado Mikel Bao para cerrar su reseña de “La virgen roja”: “un estupendo libro, indicado particularmente para los amantes de las historias cercanas a la realidad que tan habituales son en el mundo de la novela gráfica y que están atrayendo a muchos lectores a muchos lectores tradicionales al cómic en los últimos años”.

Se puede aplicar tal cual al libro de Jaime Martín. Muy recomendable.

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Cómic y guerra civil

Soy un admirador confeso del blog Historia y Cómic, de esa voluntad didáctica de sus post y de ese deseo de aprender (y sobre todo, enseñar) Historia a través de un lenguaje muy atractivo para los jóvenes, los que están en edad de andar peleándose con las fechas y los hechos del pasado para pasar un examen. Si el tema les subyuga, será seguramente un entretenimiento futuro y una vacuna contra teorías disparatadas y relatos demagógicos.

He hecho el ejercicio de filtrar los contenidos del blog por la etiqueta “Guerra civil” y ha sido una delicia ir pasando las entradas dedicadas a los cómics que se han ocupado de la contienda española por antonomasia. Desde luego, son todos los que están: Miguel Gallardo y su padre con “Un largo silencio”; Kim y Altarriba con sus dos éxitos de crítica y público, precisamente en sendos álbum dedicados a los padres del guionista; Paco Roca y sus “surcos del azar”; “Sento y “el médico de Belchite”; Carlos Giménez, tanto por “Paracuellos” como por la serie dedicada a la guerra… Prácticamente todos ellos se basan en historias que tienen un trasfondo familiar, que arrancan de un fogonazo que se activa en la mente de un padre, un abuelo o un tío que estuvo allí y que, después de décadas de estar callado, quiere explicar su odisea particular. “Memoria histórica a través de la memoria familiar”, como aparece en alguno de los post del blog. O como dice Antonio Altarriba en una entrevista antológica que ha colgado Jot Down, “sería bueno que los jóvenes supieran estas cosas que yo cuento”.

Aquí nos gusta hablar de cómics, y todo lo relacionado con la Guerra civil española llama nuestra atención. Hemos dedicado abundantes textos al tema, y los que quedan. Acabamos de terminar un álbum que se publicó en Francia en dos volúmenes y que en castellano publicó Norma en 2015 en un solo libro, con una breve pero interesantísima sección al final en la que aparecía parte de la documentación utilizada para montar algunas viñetas de belleza cautivadora (la huida a Francia a través de Le Perthus, los pabellones del hospital de Sant Pau en Barcelona, las panorámicas del campo de Argèles, las escenas dantescas de Mauthausen).

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La historia de “El convoy”, el titulo de este cómic con guion de Denis Lapière y dibujos de Eduard Torrents, se estructura según una fórmula frecuente en las historias que abordan nuestra guerra. Un flashback desde un presente más o menos cercano, con un par de historias que se desarrollan en paralelo, una más familiar o amorosa, la otra con un componente más documental o historicista. El relato en “El convoy” tiene la fortuna de cerrarse un 20 de noviembre de 1975, jornada a medias jubilosa. Desapareció físicamente el protagonista de tanto dolor pero lo dejó todo “atado y bien todo”, nadie podía imaginarse hasta qué punto. Este cómic, organizado en dos partes que pueden ser disfrutadas por separado, rinde homenaje a aquellos que nos precedieron y puede ser muy útil para ilustrar (y nunca mejor dicho) a los que puedan experimentar temor si agarran un libro para saber algo de nuestro pasado reciente.

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Con un planteamiento bien distinto, con un tono más intelectual (dicho sin ningún desdoro) y una plasmación gráfica más expresionista, Lluís Juste de Nin traslada a la Barcelona de la II República (y por extensión de todo lo que vendría) la historia flaubertiana de “La educación sentimental”. Publicado en 2009 por Edicions del Ponent, “Barcelona 1931. L’Educació Sentimental” no es un álbum fácilmente digerible. Multitud de personajes, tramas que se cruzan, una contextualización ricamente documentada y unos dibujos en glorioso blanco y negro obligan a leer más de una vez muchas páginas. La composición, planteada con absoluta libertad, rinde homenaje más o menos evidente a los carteles de Carles Fontseré, a las fotografías de Centelles, o a la cabecera del Cu-Cut. El trazo desgarbado de Lluís Juste de Nin deviene en unas viñetas repletas de movimiento, con una expresividad reforzada por las onomatopeyas, los cuerpos desacomplejados de los textos o la planificación absolutamente libre de cualquier pauta.

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Si en “El cónvoy” parecía que el propósito último era reivindicar esa memoria silenciada durante tantos años, en la adaptación de Flaubert hay un planteamiento más lúdico, en el que se reconocen los propios personajes. El último texto lo hace bien explícito: “Sí, potser el millor que hem tingut va ser allò”.

Perdidos en Israel

La larga destilación del relato de nuestro último post se podría decir que nos lleva a “Una judía americana perdida en Israel”, este cómic de Sarah Glidden, que un día decide apuntarse al programa “derecho de nacimiento”, por el que todos los judíos del mundo tienen pagada una visita a Israel. El diario de Eva Heyman que glosábamos el otro día, las humillaciones sufridas, el elevadísimo precio a pagar, la tragedia colectiva que tuvo por escenario buena parte de Europa central y oriental tiene aquí un epílogo, en forma de cómic, elaborado por una autora desprejuiciada que en la cuarta viñeta dice estar “lista para ir allí y descubrir la verdad oculta tras todo este follón”.

Es un ejercicio interesante confrontar el título original de la obra con el que lleva versión española de Norma (2011): con el mismo dibujo en la cubierta, en inglés parece que ofrece una “Historia de Israel para dummies”, mientras la versión en castellano centra el tiro en la protagonista, en la situación de desamparo que por momentos parece sentir cuando visita la que pudo ser tierra de sus ancestros. Ya nos gustó mucho la visión que ofrecía Sarah Glidden de su visita a Iraq y Turquía, con ese cuestionamiento permanente, esas dudas difíciles de gobernar, ese escepticismo con el que miraba lo que ocurría a su alrededor. En esta visita a Israel, publicada previamente a las “Oscuridades programadas” que glosamos aquí, no tiene claro ni el motivo de su viaje ni lo que se va a encontrar. Teme a la propaganda, y parece que vaya siempre mirando detrás del decorado, tratando de descubrir si es simplemente cartón piedra.

Las acuarelas y los tonos suaves característicos de Glidden parecen sugerir un relato naif, pero nada más lejos de las corrientes que discurren por debajo de las viñetas. La narradora no deja de aludir al “conflicto” y empatiza rápidamente con los árabes “que estuvieron aquí durante mucho tiempo antes de que volviera el hebreo”. Viaja a Cisjordania, y su autobús discurre durante muchos kilómetros en paralelo al muro que separa ambas comunidades. Visita “la antigua Siria”, los Altos del Golán, donde pregunta sarcástica  qué interés tiene pelear por un espacio donde no se puede construir. El guía le recuerda que es territorio minado, uno de los lugares más calientes del planeta. Sigue su ruta, propagandística, por Tel Aviv, el desierto, el mar de Galilea y llega hasta Jerusalén. En el intento por comprender Israel nos lo va enseñando a los lectores, y nos muestra el Salón de los Nombres, con el que se rinde homenaje “a todos y cada uno de los judíos que fallecieron en el Holocausto”, o explica el mito fundacional de los Cielos y la Tierra, con una piedra que arrancó Dios de su trono, y que fue el pico donde el Rey David y su hijo Salomón construyeron el primer templo, allí donde está ahora la Cúpula de la Roca, cerca de ese Muro de las Lamentaciones que estamos cansados de ver en los telediarios, cuando se produce uno de eso follones que pretendía desentrañar Sarah Glidden al principio de su viaje.

Cuando apareció la obra en castellano, los responsables de Norma tuvieron el buen criterio de montar un minisite que ayuda a entender el proceso de creación de este cómic, con entrevista a la autora incluida. Al final de la obra, muy recomendable, la autora se dibuja ya en su país, reencontrándose con sus amigos estadounidenses. Uno de ellos le pregunta, a dos viñetas del final: “¿Qué demonios pasa en Israel?”.

La cara de ella es todo un poema.

 

Periodismo contra los apagones informativos

 

Todo el mundo tiene una historia que contar. Es una de las máximas del periodismo. Si uno escarba, en su propia vida o en la de otros, acabará hallando restos de una vivencia y algo podrá hacer con ellos. Es el punto de partida de un cómic autobiográfico que va encadenando historias envueltas a su vez en la historia de la gestación del cómic, un relato de relatos con el periodismo como verdadero telón de fondo. Se titula “Oscuridades programadas”, la metafórica traducción a un concepto muy asentado en inglés (rolling blockouts), que llega acompañada de un subtítulo mucho más descriptivo: “Crónicas desde Turquía, Siria e Iraq”.

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La autora es Sarah Glidden y lo acaba de publicar Salamandra Graphic. Los medios han acudido en tropel a hacerse eco de su aparición y todos se han centrado en la reflexión que plantea el libro en torno al periodismo, a su presente y, especialmente a su papel en la sociedad. En TVE, en El Periódico, en el diario en catalán Ara han aparecido reportajes generosos en los que se hablaba más de la forma de del fondo. Un “híbrido literario”, así lo calificaba Núria Juanico en Ara, que remataba su reportaje con unas declaraciones elocuentes de la propia Glidden: el periodismo “es un oficio que cada vez incluye más géneros y ensancha sus fronteras literarias”. Lo cierto es que este cómic, con textos muy largos y continuos diálogos llenos de reflexiones ampliamente argumentadas, es una defensa apasionada del matiz, de las fuentes contrastadas, de los diferentes puntos de vista, de la duda.

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El punto de partida es curioso. Sarah Glidden acompaña a dos amigos periodistas de Seattle, defensores de una manera de entender la profesión más cercana al cooperativismo que al mero negocio de informar. Seattle Globalist es el nombre de este proyecto que sigue bien vivo. En este a viaje a Oriente Medio va con ellos Dan,  un curioso acompañante, amigo de la infancia de la autora, exmarine destacado a la guerra de Iraq, que quiere ver in situ las consecuencias del paso del Ejército estadounidense por aquellas tierras. A ratos se arrepiente de haber formado parte de aquel contingente que tanto dolor ocasionó, a veces quiere pensar que no todo estuvo mal y que, en cierto modo, ayudó a derrocar al tirano. A veces no quiere desvelar su paso, en otras ocasiones se presenta como un marine que estuvo ahí.

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Esa historia, la de Dan, aparece de manera recurrente a lo largo de todo el relato e incluso sirve de argamasa para enlazar con otras biografías. Hay un bloguero iraní que cuenta su manera de hacer, hay un funcionario de Naciones Unidas que que enumera en qué consiste ser refugiado, hay, precisamente, un refugiado iraquí que fue expulsado de EEUU tras una oscura acusación de haber colaborado con Al Qaeda y hay muchos pequeños dramas, muy tristes por su cotidianeidad, protagonizados por exiliados kurdos. Muchas historias que van proporcionando diferentes puntos de vista mientras el grupo de amigos en los que se ha “empotrado” Sarah Glidden va reflexionando sobre su propia vista, sobre el periodismo, sobre la actitud de su país como árbitro del mundo y hasta acerca de sus propias vidas. “Necesitamos comprender cómo obrar con inteligencia dentro de la complejidad. Supongo que esa es la promesa del periodismo de calidad”.

Del periodismo de calidad y hasta de la propia existencia. Ese cuestionamiento permanente se puede apreciar en otro pasaje de este prolijo relato (300 páginas): “todo lo que hago como periodista se basa en el convencimiento de que, al exponer información e ideas, la gente se cuestionará cosas que daba por sentadas”. La obsesión por contar con todos los puntos de vista, el afán por huir de la comodidad que proporcionan los relatos oficiales, recuerda los cómics de Joe Sacco, al que dedica la autora la obra, entre otros autores. Técnicamente, las acuarelas y los tonos pastel de Glidden nada tienen que ver con el trazo de Sacco, en glorioso blanco y negro. Tampoco la composición de las páginas: poco rastro hay aquí de esas panorámicas a doble página, bien abigarradas, tan del gusto de Sacco.

Coinciden ambos, sin embargo, en la abundancia de textos, en el gusto por añadir una frase que acabe de dejar claro lo que cualquier protagonista quiere decir. El cómic de Glidden recuerda también a Sacco en ese planteamiento casi documental de escribir sobre el terreno, de mostrar con precisión cómo es el pequeño piso donde vive un refugiado kurdo, cómo se ve la ciudad de noche, cuando se producen los apagones que dan título al libro, cuánto fuma uno de los entrevistados o de qué manera cocinaba en EEUU los bollos de miel, en el microondas, y cómo los extraña ahora, el refugiado iraquí que fue expulsado por colaborar, supuestamente, con el terrorismo islámico que tiene al mundo en jaque.

“¿Qué es el periodismo?”, se pregunta la autora cuando queda escasamente una docena de viñetas para el final. La respuesta es una sucesión de preguntas, que hay que ver contextualizadas, dibujadas, una detrás de otra, en la página 296. Y así al final, volver a preguntarse: “¿PARA qué se hace periodismo?” Algo me dice que la respuesta a tan complejas cuestiones está en realidad hacia la mitad del libro, e incluso oculta en el propio título. Los “rolling blockouts” del título original no suenan tan bien como esas “oscuridades programadas” de la traducción al castellano. Son, lisa y llanamente, “cortes de luz provocados”, muy del gusto de los estados autoritarios o de los países que viven situaciones convulsas. En la página 152, observando la ciudad de Suleimaniya, en el Kurdistán iraquí, dice la autora que “se programan apagones para evitar sobrecargas y conseguir que la red siga funcionando”.

Se puede añadir el adjetivo “informativos” detrás de “apagones” y todo tendría más sentido todavía.

Variaciones sobre Glenn Gould

Cuando le explicaba una vez a un amigo organista la fascinación que me producían las Variaciones Goldberg, que escucho en Spotify en cualquier circunstancia y ambiente, me decía que las grabadas por Glenn Gould eran la apoteosis de unas piezas que Bach había concebido para dos teclados y que el pianista canadiense interpretaba con una destreza y una finura excepcionales. Me comentaba mi amigo aspectos técnicos que un ignorante como yo no logró ni siquiera retener. A partir de entonces, solo he escuchado esas versiones, de 1955 y de 1981.

Cacé hace poco el cómic “Glenn Gould. Una vida acontratiempo”, que Sandrine Revel le dedicó, publicado por Astiberri en castellano (2016). Y ha coincidido su lectura con el hecho de que el pianista canadiense haya ocupado la atención de los suplementos literarios, porque Acantilado acaba de publicar uno de los libros que Bruno Monsaigeon recopiló con todo tipo de materiales alrededor de la vida y obra de su amigo Gould. Se titula muy elocuentemente “No, no soy en absoluto un excéntrico”. En el reportaje que le dedicó Babelia hace pocas semanas aparecía un texto del profesor Ramón del Castillo donde afirmaba que “la gran excentricidad de Gould era que estaba convencido de que la máxima intimidad e intensidad que se puede obtener con el oyente es fruto del artificio y no de la naturalidad”. Es la tesis central de un texto que gira en torno a la renuncia del pianista a tocar en público, para encerrarse en un estudio durante años y años a editar sin parar las tomas que archivaba de sus ejecuciones. “Nunca tocó las versiones que se oyen en sus discos, esas interpretaciones no existen, son una pura invención; lo que oímos siempre es un montaje hecho de tomas empalmadas”. Y después de dejar claro que su música estaba retocada al extremo, el profesor Ramón del Castillo se pregunta: “Pero dejaba por eso de ser especial?” Su respuesta es igual de categórica: “Al contrario”. En otro texto magnífico, esta vez de Álvaro Guibert en El Cultural, se añade luz al asunto: “Gould diseñó y vivió su carrera como un viaje hacia la soledad creativa que Monsaingeon caracteriza así: unos pocos años de concertista, solo los imprescindibles para conseguir la independencia financiera, seguidos de un cuarto de siglo de reclusión productiva en su propio estudio de grabación”.

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Soledad, excentricidad, relación pasional con el piano y el micro, genialidad… son algunos de los sustantivos que se acumulan en la contraportada del cómic publicado por Astiberri. Parecen indisociables de la figura de Glenn Gould y hallan acomodo de las formas más diversas en las páginas de este álbum que pasea por la faceta más íntima del pianista, indisolublemente unida a esa capacidad extraordinaria (y peculiar) para interpretar al piano, con los ojos cerrados, encorvado, sentado en una silla no menos particular que el personaje. Las páginas del cómic muestran una obra en absoluta deconstrucción, con una mezcla exuberante de ilustraciones a página completa, planas fragmentadas en decenas de ventanas con manos que vuelan sobre el teclado, recreaciones de imágenes del cerebro del genio,  sueños, vistas cenitales de un estudio de grabación, ensoñaciones, una sucesión de retratos de personas que opinan sobre él…

Es un cómic heteróclito, por llamarlo de alguna manera, que viaja en el tiempo, que se detiene en su debut como solista con la Sinfónica de Toronto, siendo un chaval; que aborda su reclusión en los estudios de grabación, que toca de refilón una relación sentimental fracasada y que, en definitiva, pone su fragmentada estructura al servicio de la vida de un genio que no por más conocida deja de ser subyugante.

Reflexionaba en torno a la soledad de los creadores Mar Abad en la revista Yorokobu y utilizaba las páginas de este cómic como hilo argumental. “La soledad es un buen momento para crear”, dice la periodista. “La presencia de otros me distrae”, aparece en el cómic que dijo Gould. “La reclusión monástica me conviene”, aparece en sus labios en otro momento. “Odio a los espectadores, no como individuos, sino como masa”.

La maravillosa sensación que uno tiene de estar escuchando algo imperecedero cuando oye sus interpretaciones (con toda la edición posterior que lleven a sus espaldas) no se ve en absoluto mermada cuando se conocen más detalles de su vida. Las delicadas imágenes del cómic de Sandrine Revel, al contrario, nos acercan más a una persona que optó por encerrarse para abrirnos las ventanas de Bach a los oyentes más ignorantes.

Más allá de Paracuellos

En las páginas literarias del sábado del diario Ara aparecía el otro día una breve reseña del último álbum de la serie Paracuellos, de Carlos Giménez. El penúltimo, mejor dicho, porque se anuncia otro para 2017, que ya será el octavo. Decía Xavi Serra que tras la primera entrega de la colección, los siguientes (publicados a finales del siglo que se fue) ya mostraban que el autor “había dicho todo sobre los días más tristes de su infancia” y que el séptimo, de reciente aparición, no venía sino a incidir en ello. Remataba la breve pieza con una frase contundente: “un retorno relativo [el del autor a los hogares de Auxilio Social] porque, según cómo, todavía no ha conseguido salir”.

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De una manera mucho más matizada y enriquecedora, la especialista en cómics de El Periódico de Catalunya, Anna Abella, entrevistó hace unos meses al propio Giménez coincidiendo con la salida de Crisálida (Reservoir Books, 2106). La enésima demostración de que el dibujante no se quedó precisamente en Paracuellos y que ha abordado los temas más variopintos, en los escenarios más diversos y con todo tipo de personajes. Sin renunciar, eso sí, a esas viñetas que parecen dibujadas con cincel, con esos juegos de luces y sombras y esos rasgos en los rostros que los emparentan con esculturas barrocas de aquellas que atrapan el movimiento.

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Decía Giménez a propósito de Crisálida que a veces le han tildado de impúdico, precisamente por las miserias que relató de su paso por esos centros de internamiento franquistas para niños desamparados, y que se lo habían vuelto a decir ahora, cuando enfrenta a su alter ego Tío Pablo con el alter ego que él se ha creado, Raúl, para hablar de la muerte, de la soledad, de la vejez, del miedo a lo desconocido… Es un juego de espejos en el que se suceden reflexiones muy personales, que teme el lector sean las del propio autor, por la carga desesperada que conllevan. La “crisálida” del título dice el protagonista que es “una cáscara que crece y nos aprisiona” después de aseverar que “empezamos a morirnos el día en que empezamos a pensar seriamente en la muerte”. En torno a esta idea se suceden las reflexiones de Raúl / tío Pablo / Carlos Giménez, que confrontan sus temores hablando a las claras en cenas de amigos, reflexionando mientras entinta una viñeta o dándole vueltas a las cosas en los momentos más cotidianos.

Crisálida, ahora; Barrio, Los profesionales, Una, grande y libre, Pepe y muchos otros álbumes del pasado dejan claro que Carlos Giménez salió hace tiempo de Paracuellos, pero que su maestría le permite volver ahí cuando quiere, aunque sea para decir que aquello fue una iniquidad. Como dice en la entrevista con Abella, “poner la otra mejilla es falta de dignidad”.

S de Seth, de sencillez

Seth es un dibujante (y guionista) canadiense que presenta un aspecto peculiar, como si fuese el protagonista de “Pleasantville” y un día hubiera decidido evadirse del mundo actual e introducirse en unos escenarios en B/N de varias décadas atrás. Basta con ver el aspecto exterior que cultiva en una foto que publica Santiago García en “Cómics sensacionales” (Larousse, 2015) o, mejor aún, hacer caso al propio Santiago y buscar el video que muestra en YouTube la casa donde vive Seth en Toronto.

Creo no es baladí fijarse en el aspecto de este historietista, porque sus obras respiran un aire melancólico y abordan historias con un atisbo de nostalgia adocenada, todo ello en conexión directa con esas gafas con montura de carey y esos trajes marrones de dos piezas que se gasta el bueno de Seth. Hace unos años dicen que tuvo que salir a la palestra para disculparse por haber sido demasiado bueno ficcionalizando lo que parecía una historia absolutamente real. Aún no estaba tan de moda lo de la autoficción y el grado de detalle que proporcionó Seth en “La vida es buena si no te rindes” (Sins Entido, 2003) provocó que todo el mundo se tragara la bola y creyera que existió de verdad Kalo, un dibujante que publicó algunas viñetas en The New Yorker y al que el autor seguía  la pista, sin dejar de aportar detalles, en pos de otras publicaciones. Las virtudes de Seth ya podían apreciarse en esta obra, con unos dibujos bitono y una línea clara de impecable factura, el tono melancólico y la mezcla de supuesta documentación ilustrada con reflexiones personales de aire desgarbado y un relato minucioso.

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Acabo de leer de un tirón, con numerosas idas y venidas atrás y adelante a lo largo del centenar escaso de páginas, el álbum “George Sprott (1894-1975)”, publicado por Random House en 2009. No podía evitar el recuerdo de las muchas mañanas que pasé en la hemeroteca de La Vanguardia, en el edificio de la calle Pelai. Las mesas robustas, las estanterías protegidas por puertas de vidrio, el papel pintado de las paredes, esos colores marrones de los tomos de periódicos encuadernados los relacionaba inmediatamente con esta biografía, detallada, de George, un presentador decrépito de un programa sin audiencia en una televisión local de la provincia de Ontario, en Canadá.

Cubiertas de las ediciones española y estadounidense

Décadas haciendo el mismo programa, basado en unas películas mudas rodadas en unos viajes al Ártico acaecidos muchos años atrás, sumido todo en una rutina con aroma de alcanfor. Esta monótona vida, rodeado de personas grises como él, que cenan cada día en un bar de lo más normalito y se citan cada jueves para una conferencia a la que siempre asisten los mismos, a pesar de que ni entre ellos se dirijan la palabra. Esta decrepitud mortecina no se muestra, sin embargo, de una manera triste o miserable. Con una planificación admirable (la que provoca precisamente esas ideas y venidas por el álbum), se suceden viñetas de todos los tamaños, con unos dibujos llenos de matices a pesar de aparente sencillez, que acaban conformando una puesta en página elegante, esmerada, con escenas milimetradamente organizadas y saltos en el tiempo permanentes.

Todo se cuenta a partir de la narración de las últimas horas de George Sprott, poco antes de volver a entrar en antena. Acaba de cenar y está en el camerino. Un infarto se lo lleva por delante. Es su sobrina la que lo encuentra, prácticamente la única persona que lo soportaba. El álbum es como un libro de recortes, un patchwork de retratos grupales, notas documentales dibujadas con prolijidad, fotografías de maquetas en cartón de los edificios que aparecen en las viñetas (la sede la cadena de televisión CKCK, el teatro Coronet Hall, el restaurante Melody Grill…). Un narrador algo patán, que deja traslucir sus dudas, que casi alardea de sus fallos de planteamiento, nos conduce de la mano por la vida de George. Sencillez, melancolía, cotidianeidad, temores, confidencias, prejuicios, olvidos, momentos de gloria y bochornos de corto alcance, decepciones y algún pequeño triunfo…

La vida de George y la de cualquiera de nosotros.

 

Quedamos en “El ave turuta”

Algo tienen las historietas de Sir Tim O’Theo que me cautivaron desde pequeño, cuando los tebeos eran una forma de evasión más potente que la tele. Corría la década de 1980, vivía en un pueblo y comprar ejemplares de Pulgarcito o Mortadelo no era algo que estuviera a mi alcance todas las semanas. De vez en cuando, un familiar se dejaba caer por casa con una pila de tebeos que algún primo más mayor había arrinconado.

Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Carpanta, el botones Sacarino, Pepe Gotera y Otilio, Anacleto, doña Urraca… eran las historietas que todo el mundo leía. También yo, pero tenía predilección por otros personajes (secundarios, menores) que con la ayuda de una rima se asentaban en mi memoria: Manolón, conductor de camión; doña Tecla Bisturín, enfermera de postín; Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte…

Los dos primeros eran de Raf, nombre artístico de Joan Rafart Roldán, como lo era también Sir Tim O’Theo y como lo fueron muchos años más tarde las dobles páginas que aparecían en los números extra de El Jueves, con las caricaturas de todos los que lo hacían posible. Siempre tuve debilidad por Sir Tim O’Theo: había algo en el dibujo que me subyugaba, pero también en ese ambiente, en los personajes que acompañaban al “sagaz” detective, en el inepto policía Blops y en las pintas que invariablemente pagaba el criado Patson en la barra de “El ave turuta”. Ese soniquete de “elemental, querido Patson” era una reiteración, un guiño de Raf a sus lectores, un anclaje que buscábamos fervorosamente en unas dobles páginas diferentes a las del resto de la revista.

ICULT COMIC ILUSTRACIONES  RAF EDITORIAL BRUGUERA

ICULT COMIC ILUSTRACIONES RAF EDITORIAL BRUGUERA

He podido conocer la génesis de Sir Tim O’Theo y todo su desarrollo gracias a un libro absolutamente recomendable: “Raf. El ‘gentleman’ de Bruguera” (Amaniaco, 2015), de Jordi Canyissà. Cuidadosamente documentado, escrito con rigor y amenidad, destila un profundo conocimiento no sólo del dibujante sino también del contexto, y además está copiosamente ilustrado. Un trabajo fabuloso, como sentencia Antoni Guiral en el prólogo: “A pesar de ser un apasionado de Raf, también se ha convertido en su cronista”. Por la bibliografía y la abundante nómina de agradecimientos se intuye la ingente cantidad de horas dedicadas a esta biografía, que es también un recorrido por la historia de la editorial Bruguera, una descripción de la industria del tebeo en la posguerra, una semblanza de las nuevas revistas que aparecen tras la dictadura y hasta un poco optimista relato de la profesión de dibujante en este país.

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Dice el autor del dibujo de Raf: “esconde mucho más de lo que muestra al lector de un vistazo rápido”. Lo mismo puede decirse de este libro. Es una obra que informa en abundancia pero sin abrumar, que relata un mundo tan peculiar como el del tebeo sin que nadie no especialista se sienta desplazado, que retrata a varias generaciones a través de los dibujantes que les proporcionaban entretenimiento y mediante los lectores que estaban fraguando, sin intuirlo, su memoria sentimental.

Canyissà, y muchos de los entrevistados, coinciden en que el dibujo “preciso y riguroso” de Raf, ya sea en historietas infantiles o en El Jueves, “no se aprecia, se adora”. Los numerosos detalles, la composición, la sensación de movimiento lograda con los mínimos recursos, la construcción de unos escenarios a los que el lector desea volver… todo ello se aprecia en el centenar de páginas ilustradas que se reproducen en este libro. Desde hace unos meses hay muestras del trabajo de Raf en la web Humoristán y ya hace años que un blog como Lady Filstrup rinde homenaje y proporciona información de primera mano a quien quiera asomarse a estos autores y esta época.

Decía al principio que no sabía por qué me encandilaba Sir Tim O’Theo cuando era pequeño. Mucho tiempo después devoré de una sentada las novelas de P.G. Wodehouse sin quitarme la sonrisa de la cara. No fui capaz de establecer la pertinente correspondencia entre Jeeves (el competente criado de Bertie Wooster) y el no menos leal y eficaz Patson, al servicio de Sir Tim. Me identifico por completo con el humor socarrón de ambos. Y en su libro Canyissà explica que el anglófilo Raf se inspiró precisamente en las historias de Wodehouse para perfilar sus personajes.

Explica muchísimas más historias, algunas muy personales. Hasta el punto de que al cerrar la última página uno desearía que hubiera otro anexo, con más dibujos, con más historias. Levantemos nuestras pintas en honor de Raf, de sir Tim O’Theo y de Jordi Canyissà.

Paga Patson.

Ramón Acín vive

Ochenta años hace de su fusilamiento en Huesca, en las tapias del cementerio. La causa, según el inicuo parte: “en refriega habida por motivo de Guerra Civil”. Fue un 6 de agosto de 1936. Diecisiete días después corría la misma (mala) suerte su mujer, Concha Monrás. Quedaban dos huérfanas, Katia y Sol; unas pajaritas que se convertirían en el símbolo de una obra artística notable, y el recuerdo de un hombre comprometido, beligerante, coherente. Se llamaba Ramón Acín, y no llegó a cumplir 48 años.

ramon by panter.jpgRetrato de Ramón Acín, por Sergio Sanjuán

La ingeniosa frase de Andrés Trapiello para referirse a los escritores de derechas “que ganaron la guerra pero perdieron los manuales de literatura” no puede ser más falsa en el caso de Acín, ni aún dándole la vuelta. Perdió la guerra en tanto que se dejó la vida, fue vilipendiado y denunciado antes de su oprobiosa muerte, se le ignoró durante años y algunas de sus obras fueron destruidas a martillazos, pero es cierto que a la postre acabó ganando un lugar merecido en la pequeña historia del arte local, desde donde se ha ido proyectando por todo el país. Quiso la suerte, y nunca mejor dicho, que su nombre quedara ligado para siempre a una de las películas más notorias de Luis Buñuel. Tierra sin pan, también conocida como Las Hurdes, fue posible gracias al 29.757, un número que resultó premiado en la lotería de Navidad de 1932 y que Acín, en cumplimiento de una promesa, destinó a producir el famoso documental del cineasta calandino. En el relato “Padre de almas”, del libro colectivo Mosen (Pirineum Editorial, 2000), se puede rastrear toda la historia.

Y de unos años a esta parte, de manera regular, la vida y obra de Ramón Acín se han ido haciendo un hueco en el panorama editorial y han ido ganando el favor del público en forma de exposiciones o de reivindicación de su variada obra pictórica, escultórica y hasta escrita, pues dejó un buen número de artículos en la prensa oscense y algún que otro libro. En 1982 se celebró una exposición en Huesca con 92 obras catalogadas hasta entonces. Seis años después, con motivo del centenario de su nacimiento, superaban ya los tres centenares las obras localizadas. Un libro que ahora adquiere el rango de joya de coleccionista, con un rótulo fundido en hierro y enganchado en la cubierta, se hacía eco de esta colección de pinturas y esculturas, en una investigación dirigida por Manuel García Guatas.

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Colofón del catálogo dedicado a Ramón Acín, (Diputación de Huesca, 1988)

En 1998 Sonya Torres Planells trazó una semblanza biográfica y artística para Virus. Un lustro después una nueva exposición antológica, esta vez en el Museo de Bellas Artes de Zaragoza, posibilitó un nuevo catálogo con textos del propio García Guatas, Carlos Forcadell y Mercè Ibarz, entre otros. El libro-DVD La línea sentida, de Emilio Casanova y Jesús Lou, permitió que las nuevas tecnologías acogieran en su seno la obra de Acín y la opinión de numerosos estudiosos, que no dejan de escudriñar su trayectoria. Hace sólo unos meses que Debate publicó Ramón Acín toma la palabra. Edición anotada de sus escritos (1913-1936) y hace pocas semanas apareció, esta vez en formato cómic, La bondad y la ira, con el significativo subtítulo de “Últimas horas de Ramón Acín” (GP Ediciones).

Portada La bondad_ramon acin

Este tebeo, con texto de Juan Pérez y dibujos de Daniel Viñuales, recrea en luctuoso blanco y negro los instantes que precedieron a la detención de Acín, que salió de su escondite en su propia casa de Huesca para defender a su mujer, a la que estaba humillando un grupo de fascistas que iba en busca del artista y acabaron llevándose a los dos, para asesinarlos en menos de un mes. Esas horas trágicas recrean en un acelerado flashback momentos decisivos de la vida de Acín: su labor como maestro en la Normal de Huesca, su activismo anarquista, su detención tras haber escrito en contra de la guerra de África, su participación en la insurrección republicana de Jaca y el consiguiente exilio en París, la vuelta a la España republicana y los honores que se le rindieron y la vuelta al activismo. Es un cómic breve e intenso, coronado por una cubierta muy lograda: tres agujeros asesinan una pajarita, y a través de ellos se ve el fondo rojo de la solapa de papel. Es el único detalle colorido en una obra austera, en la que predominan grises y negros. Hay muchas pajaritas en sus páginas, símbolos de libertad atenazada, protagonistas de historias que Ramón cuenta a sus hijas Katia y Sol, recuerdo del artista que se fue demasiado pronto pero cuya obra se asienta hoy en el parque de Huesca, en una calle de Barcelona, con esa rigidez que el hierro de las esculturas proporciona hoy a los frágiles papeles con los que juegan los niños.

Este cómic es un jalón más en una serie bibliográfica que seguirá creciendo, sin duda. Es meritoria la labor que lleva a cabo la Fundación Acín, atenta a cualquier mención que se hace del hombre o el artista. Este artículo de José Carlos Mainer, publicado con motivo de la recopilación periodística de Acín en Debate, despertará el hambre de los lectores por saber más, que se pondrán a buscar sus libros, sus pinturas, sus esculturas.

Porque Ramón Acín sigue vivo, muy vivo.

Un tintineo con ronquera

Los carros de supermercado tienen un sonido muy característico que los hace inconfundibles. Incluso cuando ruedan sobre la superficie lisa de los pasillos de la sección de congelados, ese tintineo que parece diseñado para hacer de la compra toda una experiencia. “Vivir experiencias es lo más”, toda una divisa del neomarketing. Cuando uno de estos carros sale a la calle porque el usuario tiene mal aparcado el coche en la esquina y hay que vaciar a toda prisa en el maletero las bolsas de la compra, el discurrir de las ruedas del carro por las rugosidades de la acera convierte el tintineo en una especie de carraspera que anula por completo cualquier “experiencia multi-sensorial”.

Un carro de estos, pero cargado de ferralla, de motores de lavadora, de chapas, de listones de aluminio o de cualquiera de esas basuras inclasificables pero rígidas que dejamos al lado de un contenedor porque no sabemos dónde abandonarlas, ya no produce un tintineo sino un sonido ronco, una melodía gris para la banda sonora de una película ambientada en las calles oscuras de un barrio decadente.

Ese sonido tan peculiar es habitual desde hace unos años en el Poblenou de Barcelona. Por las calles Zamora, Pujades, Pallars, Puigcerdà, Ávila, Llull, Ramón Turró… y tantas otras trazadas a cordel hace décadas para erigir lo que se llamó el “Manchester català” es normal ver a hombres fornidos, negros casi siempre, arrastrando a duras penas carros de la compra cargados de hierros de todo tipo, que van vaciando en naves desnudas en las que se intuyen montones de chatarra, en pleno proceso de clasificación.

El Poblenou es un barrio que muestra todas las miserias (y por supuesto, muchas de las bondades) de la capital catalana. Una mezcla de vecinos con raíces en el barrio y barceloneses llegados de cualquier punto del globo; edificios y espacios añejos como la Rambla o los ateneos con hitos urbanísticos como el nuevo mercado del Encants Vells o la torre Agbar, ambos en la delgada línea que separa lo epatante de los ridículo; oficios manuales de siempre conviviendo con profesiones que todavía se están dotando de contenido; riqueza relativa conseguida a golpe de esfuerzo junto a pobreza enquistada que ni todo el esfuerzo de un hombre logra atenuar. En definitiva, edificios con espejos en el techo y plazas con leds que se iluminan al compás de la música al lado de esquinas donde se acumulan los vidrios rotos, los hierros oxidados y la lámpara de pie de la abuela que alguien dejó en el contendor pensando que ese día la recogida selectiva de residuos del Ayuntamiento pasaba por el barrio. Posiblemente fuera uno de “los vagabundos de la chatarra” el que la cargara en uno de esos carros de tintineo ronquilloso para depositarla en un almacén del Poblenou, muy cerca de la escuela de diseño más chic o del teatro nacional erigido con ínfulas de emparentar con edificio clásicos.

Algo de todo eso hay en un cómic que es muchas más cosas, por encima de las viñetas elaboradas con trazo feísta y voluntad documental. Es una novela gráfica, es un reportaje periodístico, es una contraguía turística, es una “historia basada en hechos reales”, es una crónica, y es un homenaje también a la gente que hace que la ciudad palpite más allá de los planes trazados con escuadra, cartabón y lápices de colores desde un despacho lejos de los arrabales y de la realidad. “Barcelona. Los vagabundos de la chatarra” (Norma, 2015), se titula este libro vivo, concebido por el escritor Jorge Carrión y dibujado por Sagar Forniés. De ambos hablábamos aquí de pasada, cuando glosábamos la obra de Joe Sacco, por una entrevista en cómic que le habían hecho ambos para el Culturas de La vanguardia. Es posible que me los haya cruzado más de una vez, en todos esos meses en los que se desplazaban en bicicleta por las calles del barrio, documentándose para el libro, entrevistado a gente. Nos movemos por la misma zona durante muchas horas del día.

Es un libro que se extiende más allá de sus páginas, con una web asociada muy recomendable, en la que hay documentación, se puede asistir al “cómo se hizo”, ver bocetos y conocer por los propios autor el porqué de este cómic.

Es un libro que cuenta “una historia que siempre acaba mal” (como titula Carrión el prólogo), que ofrece páginas memorables, con panorámicas de una ciudad acostumbrada a vivir “días históricos” cada dos por tres mientras la lucha por el pan bulle en sus calles, ajena a las cámaras. Es una hábil combinación de recursos narrativos: el cómic se cierra con una paradójica combinación de pantallazos de Twitter, en los que Ajuntament tuitea mensajes oficiales tan hueros como relamidos, montados sobre viñetas que escuetamente ilustran la trazabilidad de la chatarra, desde el carro del vagabundo hasta el carguero que supuestamente se la lleva bien lejos, a la China floreciente y ávida de hierro para seguir creciendo.

Al final del libro uno se encuentra con unas guardas impactantes, irónicas, elocuentes. Una sucesión de carros de supermercado giran enloquecidos sobre su propio eje. Mudos. Sin ese tintineo que ya nos es familiar.