Periodismo contra los apagones informativos

 

Todo el mundo tiene una historia que contar. Es una de las máximas del periodismo. Si uno escarba, en su propia vida o en la de otros, acabará hallando restos de una vivencia y algo podrá hacer con ellos. Es el punto de partida de un cómic autobiográfico que va encadenando historias envueltas a su vez en la historia de la gestación del cómic, un relato de relatos con el periodismo como verdadero telón de fondo. Se titula “Oscuridades programadas”, la metafórica traducción a un concepto muy asentado en inglés (rolling blockouts), que llega acompañada de un subtítulo mucho más descriptivo: “Crónicas desde Turquía, Siria e Iraq”.

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La autora es Sarah Glidden y lo acaba de publicar Salamandra Graphic. Los medios han acudido en tropel a hacerse eco de su aparición y todos se han centrado en la reflexión que plantea el libro en torno al periodismo, a su presente y, especialmente a su papel en la sociedad. En TVE, en El Periódico, en el diario en catalán Ara han aparecido reportajes generosos en los que se hablaba más de la forma de del fondo. Un “híbrido literario”, así lo calificaba Núria Juanico en Ara, que remataba su reportaje con unas declaraciones elocuentes de la propia Glidden: el periodismo “es un oficio que cada vez incluye más géneros y ensancha sus fronteras literarias”. Lo cierto es que este cómic, con textos muy largos y continuos diálogos llenos de reflexiones ampliamente argumentadas, es una defensa apasionada del matiz, de las fuentes contrastadas, de los diferentes puntos de vista, de la duda.

ICULT  paginas comic  Oscuridades programadas de Sarah Glidden

El punto de partida es curioso. Sarah Glidden acompaña a dos amigos periodistas de Seattle, defensores de una manera de entender la profesión más cercana al cooperativismo que al mero negocio de informar. Seattle Globalist es el nombre de este proyecto que sigue bien vivo. En este a viaje a Oriente Medio va con ellos Dan,  un curioso acompañante, amigo de la infancia de la autora, exmarine destacado a la guerra de Iraq, que quiere ver in situ las consecuencias del paso del Ejército estadounidense por aquellas tierras. A ratos se arrepiente de haber formado parte de aquel contingente que tanto dolor ocasionó, a veces quiere pensar que no todo estuvo mal y que, en cierto modo, ayudó a derrocar al tirano. A veces no quiere desvelar su paso, en otras ocasiones se presenta como un marine que estuvo ahí.

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Esa historia, la de Dan, aparece de manera recurrente a lo largo de todo el relato e incluso sirve de argamasa para enlazar con otras biografías. Hay un bloguero iraní que cuenta su manera de hacer, hay un funcionario de Naciones Unidas que que enumera en qué consiste ser refugiado, hay, precisamente, un refugiado iraquí que fue expulsado de EEUU tras una oscura acusación de haber colaborado con Al Qaeda y hay muchos pequeños dramas, muy tristes por su cotidianeidad, protagonizados por exiliados kurdos. Muchas historias que van proporcionando diferentes puntos de vista mientras el grupo de amigos en los que se ha “empotrado” Sarah Glidden va reflexionando sobre su propia vista, sobre el periodismo, sobre la actitud de su país como árbitro del mundo y hasta acerca de sus propias vidas. “Necesitamos comprender cómo obrar con inteligencia dentro de la complejidad. Supongo que esa es la promesa del periodismo de calidad”.

Del periodismo de calidad y hasta de la propia existencia. Ese cuestionamiento permanente se puede apreciar en otro pasaje de este prolijo relato (300 páginas): “todo lo que hago como periodista se basa en el convencimiento de que, al exponer información e ideas, la gente se cuestionará cosas que daba por sentadas”. La obsesión por contar con todos los puntos de vista, el afán por huir de la comodidad que proporcionan los relatos oficiales, recuerda los cómics de Joe Sacco, al que dedica la autora la obra, entre otros autores. Técnicamente, las acuarelas y los tonos pastel de Glidden nada tienen que ver con el trazo de Sacco, en glorioso blanco y negro. Tampoco la composición de las páginas: poco rastro hay aquí de esas panorámicas a doble página, bien abigarradas, tan del gusto de Sacco.

Coinciden ambos, sin embargo, en la abundancia de textos, en el gusto por añadir una frase que acabe de dejar claro lo que cualquier protagonista quiere decir. El cómic de Glidden recuerda también a Sacco en ese planteamiento casi documental de escribir sobre el terreno, de mostrar con precisión cómo es el pequeño piso donde vive un refugiado kurdo, cómo se ve la ciudad de noche, cuando se producen los apagones que dan título al libro, cuánto fuma uno de los entrevistados o de qué manera cocinaba en EEUU los bollos de miel, en el microondas, y cómo los extraña ahora, el refugiado iraquí que fue expulsado por colaborar, supuestamente, con el terrorismo islámico que tiene al mundo en jaque.

“¿Qué es el periodismo?”, se pregunta la autora cuando queda escasamente una docena de viñetas para el final. La respuesta es una sucesión de preguntas, que hay que ver contextualizadas, dibujadas, una detrás de otra, en la página 296. Y así al final, volver a preguntarse: “¿PARA qué se hace periodismo?” Algo me dice que la respuesta a tan complejas cuestiones está en realidad hacia la mitad del libro, e incluso oculta en el propio título. Los “rolling blockouts” del título original no suenan tan bien como esas “oscuridades programadas” de la traducción al castellano. Son, lisa y llanamente, “cortes de luz provocados”, muy del gusto de los estados autoritarios o de los países que viven situaciones convulsas. En la página 152, observando la ciudad de Suleimaniya, en el Kurdistán iraquí, dice la autora que “se programan apagones para evitar sobrecargas y conseguir que la red siga funcionando”.

Se puede añadir el adjetivo “informativos” detrás de “apagones” y todo tendría más sentido todavía.

Variaciones sobre Glenn Gould

Cuando le explicaba una vez a un amigo organista la fascinación que me producían las Variaciones Goldberg, que escucho en Spotify en cualquier circunstancia y ambiente, me decía que las grabadas por Glenn Gould eran la apoteosis de unas piezas que Bach había concebido para dos teclados y que el pianista canadiense interpretaba con una destreza y una finura excepcionales. Me comentaba mi amigo aspectos técnicos que un ignorante como yo no logró ni siquiera retener. A partir de entonces, solo he escuchado esas versiones, de 1955 y de 1981.

Cacé hace poco el cómic “Glenn Gould. Una vida acontratiempo”, que Sandrine Revel le dedicó, publicado por Astiberri en castellano (2016). Y ha coincidido su lectura con el hecho de que el pianista canadiense haya ocupado la atención de los suplementos literarios, porque Acantilado acaba de publicar uno de los libros que Bruno Monsaigeon recopiló con todo tipo de materiales alrededor de la vida y obra de su amigo Gould. Se titula muy elocuentemente “No, no soy en absoluto un excéntrico”. En el reportaje que le dedicó Babelia hace pocas semanas aparecía un texto del profesor Ramón del Castillo donde afirmaba que “la gran excentricidad de Gould era que estaba convencido de que la máxima intimidad e intensidad que se puede obtener con el oyente es fruto del artificio y no de la naturalidad”. Es la tesis central de un texto que gira en torno a la renuncia del pianista a tocar en público, para encerrarse en un estudio durante años y años a editar sin parar las tomas que archivaba de sus ejecuciones. “Nunca tocó las versiones que se oyen en sus discos, esas interpretaciones no existen, son una pura invención; lo que oímos siempre es un montaje hecho de tomas empalmadas”. Y después de dejar claro que su música estaba retocada al extremo, el profesor Ramón del Castillo se pregunta: “Pero dejaba por eso de ser especial?” Su respuesta es igual de categórica: “Al contrario”. En otro texto magnífico, esta vez de Álvaro Guibert en El Cultural, se añade luz al asunto: “Gould diseñó y vivió su carrera como un viaje hacia la soledad creativa que Monsaingeon caracteriza así: unos pocos años de concertista, solo los imprescindibles para conseguir la independencia financiera, seguidos de un cuarto de siglo de reclusión productiva en su propio estudio de grabación”.

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Soledad, excentricidad, relación pasional con el piano y el micro, genialidad… son algunos de los sustantivos que se acumulan en la contraportada del cómic publicado por Astiberri. Parecen indisociables de la figura de Glenn Gould y hallan acomodo de las formas más diversas en las páginas de este álbum que pasea por la faceta más íntima del pianista, indisolublemente unida a esa capacidad extraordinaria (y peculiar) para interpretar al piano, con los ojos cerrados, encorvado, sentado en una silla no menos particular que el personaje. Las páginas del cómic muestran una obra en absoluta deconstrucción, con una mezcla exuberante de ilustraciones a página completa, planas fragmentadas en decenas de ventanas con manos que vuelan sobre el teclado, recreaciones de imágenes del cerebro del genio,  sueños, vistas cenitales de un estudio de grabación, ensoñaciones, una sucesión de retratos de personas que opinan sobre él…

Es un cómic heteróclito, por llamarlo de alguna manera, que viaja en el tiempo, que se detiene en su debut como solista con la Sinfónica de Toronto, siendo un chaval; que aborda su reclusión en los estudios de grabación, que toca de refilón una relación sentimental fracasada y que, en definitiva, pone su fragmentada estructura al servicio de la vida de un genio que no por más conocida deja de ser subyugante.

Reflexionaba en torno a la soledad de los creadores Mar Abad en la revista Yorokobu y utilizaba las páginas de este cómic como hilo argumental. “La soledad es un buen momento para crear”, dice la periodista. “La presencia de otros me distrae”, aparece en el cómic que dijo Gould. “La reclusión monástica me conviene”, aparece en sus labios en otro momento. “Odio a los espectadores, no como individuos, sino como masa”.

La maravillosa sensación que uno tiene de estar escuchando algo imperecedero cuando oye sus interpretaciones (con toda la edición posterior que lleven a sus espaldas) no se ve en absoluto mermada cuando se conocen más detalles de su vida. Las delicadas imágenes del cómic de Sandrine Revel, al contrario, nos acercan más a una persona que optó por encerrarse para abrirnos las ventanas de Bach a los oyentes más ignorantes.

Más allá de Paracuellos

En las páginas literarias del sábado del diario Ara aparecía el otro día una breve reseña del último álbum de la serie Paracuellos, de Carlos Giménez. El penúltimo, mejor dicho, porque se anuncia otro para 2017, que ya será el octavo. Decía Xavi Serra que tras la primera entrega de la colección, los siguientes (publicados a finales del siglo que se fue) ya mostraban que el autor “había dicho todo sobre los días más tristes de su infancia” y que el séptimo, de reciente aparición, no venía sino a incidir en ello. Remataba la breve pieza con una frase contundente: “un retorno relativo [el del autor a los hogares de Auxilio Social] porque, según cómo, todavía no ha conseguido salir”.

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De una manera mucho más matizada y enriquecedora, la especialista en cómics de El Periódico de Catalunya, Anna Abella, entrevistó hace unos meses al propio Giménez coincidiendo con la salida de Crisálida (Reservoir Books, 2106). La enésima demostración de que el dibujante no se quedó precisamente en Paracuellos y que ha abordado los temas más variopintos, en los escenarios más diversos y con todo tipo de personajes. Sin renunciar, eso sí, a esas viñetas que parecen dibujadas con cincel, con esos juegos de luces y sombras y esos rasgos en los rostros que los emparentan con esculturas barrocas de aquellas que atrapan el movimiento.

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Decía Giménez a propósito de Crisálida que a veces le han tildado de impúdico, precisamente por las miserias que relató de su paso por esos centros de internamiento franquistas para niños desamparados, y que se lo habían vuelto a decir ahora, cuando enfrenta a su alter ego Tío Pablo con el alter ego que él se ha creado, Raúl, para hablar de la muerte, de la soledad, de la vejez, del miedo a lo desconocido… Es un juego de espejos en el que se suceden reflexiones muy personales, que teme el lector sean las del propio autor, por la carga desesperada que conllevan. La “crisálida” del título dice el protagonista que es “una cáscara que crece y nos aprisiona” después de aseverar que “empezamos a morirnos el día en que empezamos a pensar seriamente en la muerte”. En torno a esta idea se suceden las reflexiones de Raúl / tío Pablo / Carlos Giménez, que confrontan sus temores hablando a las claras en cenas de amigos, reflexionando mientras entinta una viñeta o dándole vueltas a las cosas en los momentos más cotidianos.

Crisálida, ahora; Barrio, Los profesionales, Una, grande y libre, Pepe y muchos otros álbumes del pasado dejan claro que Carlos Giménez salió hace tiempo de Paracuellos, pero que su maestría le permite volver ahí cuando quiere, aunque sea para decir que aquello fue una iniquidad. Como dice en la entrevista con Abella, “poner la otra mejilla es falta de dignidad”.

S de Seth, de sencillez

Seth es un dibujante (y guionista) canadiense que presenta un aspecto peculiar, como si fuese el protagonista de “Pleasantville” y un día hubiera decidido evadirse del mundo actual e introducirse en unos escenarios en B/N de varias décadas atrás. Basta con ver el aspecto exterior que cultiva en una foto que publica Santiago García en “Cómics sensacionales” (Larousse, 2015) o, mejor aún, hacer caso al propio Santiago y buscar el video que muestra en YouTube la casa donde vive Seth en Toronto.

Creo no es baladí fijarse en el aspecto de este historietista, porque sus obras respiran un aire melancólico y abordan historias con un atisbo de nostalgia adocenada, todo ello en conexión directa con esas gafas con montura de carey y esos trajes marrones de dos piezas que se gasta el bueno de Seth. Hace unos años dicen que tuvo que salir a la palestra para disculparse por haber sido demasiado bueno ficcionalizando lo que parecía una historia absolutamente real. Aún no estaba tan de moda lo de la autoficción y el grado de detalle que proporcionó Seth en “La vida es buena si no te rindes” (Sins Entido, 2003) provocó que todo el mundo se tragara la bola y creyera que existió de verdad Kalo, un dibujante que publicó algunas viñetas en The New Yorker y al que el autor seguía  la pista, sin dejar de aportar detalles, en pos de otras publicaciones. Las virtudes de Seth ya podían apreciarse en esta obra, con unos dibujos bitono y una línea clara de impecable factura, el tono melancólico y la mezcla de supuesta documentación ilustrada con reflexiones personales de aire desgarbado y un relato minucioso.

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Acabo de leer de un tirón, con numerosas idas y venidas atrás y adelante a lo largo del centenar escaso de páginas, el álbum “George Sprott (1894-1975)”, publicado por Random House en 2009. No podía evitar el recuerdo de las muchas mañanas que pasé en la hemeroteca de La Vanguardia, en el edificio de la calle Pelai. Las mesas robustas, las estanterías protegidas por puertas de vidrio, el papel pintado de las paredes, esos colores marrones de los tomos de periódicos encuadernados los relacionaba inmediatamente con esta biografía, detallada, de George, un presentador decrépito de un programa sin audiencia en una televisión local de la provincia de Ontario, en Canadá.

Cubiertas de las ediciones española y estadounidense

Décadas haciendo el mismo programa, basado en unas películas mudas rodadas en unos viajes al Ártico acaecidos muchos años atrás, sumido todo en una rutina con aroma de alcanfor. Esta monótona vida, rodeado de personas grises como él, que cenan cada día en un bar de lo más normalito y se citan cada jueves para una conferencia a la que siempre asisten los mismos, a pesar de que ni entre ellos se dirijan la palabra. Esta decrepitud mortecina no se muestra, sin embargo, de una manera triste o miserable. Con una planificación admirable (la que provoca precisamente esas ideas y venidas por el álbum), se suceden viñetas de todos los tamaños, con unos dibujos llenos de matices a pesar de aparente sencillez, que acaban conformando una puesta en página elegante, esmerada, con escenas milimetradamente organizadas y saltos en el tiempo permanentes.

Todo se cuenta a partir de la narración de las últimas horas de George Sprott, poco antes de volver a entrar en antena. Acaba de cenar y está en el camerino. Un infarto se lo lleva por delante. Es su sobrina la que lo encuentra, prácticamente la única persona que lo soportaba. El álbum es como un libro de recortes, un patchwork de retratos grupales, notas documentales dibujadas con prolijidad, fotografías de maquetas en cartón de los edificios que aparecen en las viñetas (la sede la cadena de televisión CKCK, el teatro Coronet Hall, el restaurante Melody Grill…). Un narrador algo patán, que deja traslucir sus dudas, que casi alardea de sus fallos de planteamiento, nos conduce de la mano por la vida de George. Sencillez, melancolía, cotidianeidad, temores, confidencias, prejuicios, olvidos, momentos de gloria y bochornos de corto alcance, decepciones y algún pequeño triunfo…

La vida de George y la de cualquiera de nosotros.

 

Quedamos en “El ave turuta”

Algo tienen las historietas de Sir Tim O’Theo que me cautivaron desde pequeño, cuando los tebeos eran una forma de evasión más potente que la tele. Corría la década de 1980, vivía en un pueblo y comprar ejemplares de Pulgarcito o Mortadelo no era algo que estuviera a mi alcance todas las semanas. De vez en cuando, un familiar se dejaba caer por casa con una pila de tebeos que algún primo más mayor había arrinconado.

Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Carpanta, el botones Sacarino, Pepe Gotera y Otilio, Anacleto, doña Urraca… eran las historietas que todo el mundo leía. También yo, pero tenía predilección por otros personajes (secundarios, menores) que con la ayuda de una rima se asentaban en mi memoria: Manolón, conductor de camión; doña Tecla Bisturín, enfermera de postín; Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte…

Los dos primeros eran de Raf, nombre artístico de Joan Rafart Roldán, como lo era también Sir Tim O’Theo y como lo fueron muchos años más tarde las dobles páginas que aparecían en los números extra de El Jueves, con las caricaturas de todos los que lo hacían posible. Siempre tuve debilidad por Sir Tim O’Theo: había algo en el dibujo que me subyugaba, pero también en ese ambiente, en los personajes que acompañaban al “sagaz” detective, en el inepto policía Blops y en las pintas que invariablemente pagaba el criado Patson en la barra de “El ave turuta”. Ese soniquete de “elemental, querido Patson” era una reiteración, un guiño de Raf a sus lectores, un anclaje que buscábamos fervorosamente en unas dobles páginas diferentes a las del resto de la revista.

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ICULT COMIC ILUSTRACIONES RAF EDITORIAL BRUGUERA

He podido conocer la génesis de Sir Tim O’Theo y todo su desarrollo gracias a un libro absolutamente recomendable: “Raf. El ‘gentleman’ de Bruguera” (Amaniaco, 2015), de Jordi Canyissà. Cuidadosamente documentado, escrito con rigor y amenidad, destila un profundo conocimiento no sólo del dibujante sino también del contexto, y además está copiosamente ilustrado. Un trabajo fabuloso, como sentencia Antoni Guiral en el prólogo: “A pesar de ser un apasionado de Raf, también se ha convertido en su cronista”. Por la bibliografía y la abundante nómina de agradecimientos se intuye la ingente cantidad de horas dedicadas a esta biografía, que es también un recorrido por la historia de la editorial Bruguera, una descripción de la industria del tebeo en la posguerra, una semblanza de las nuevas revistas que aparecen tras la dictadura y hasta un poco optimista relato de la profesión de dibujante en este país.

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Dice el autor del dibujo de Raf: “esconde mucho más de lo que muestra al lector de un vistazo rápido”. Lo mismo puede decirse de este libro. Es una obra que informa en abundancia pero sin abrumar, que relata un mundo tan peculiar como el del tebeo sin que nadie no especialista se sienta desplazado, que retrata a varias generaciones a través de los dibujantes que les proporcionaban entretenimiento y mediante los lectores que estaban fraguando, sin intuirlo, su memoria sentimental.

Canyissà, y muchos de los entrevistados, coinciden en que el dibujo “preciso y riguroso” de Raf, ya sea en historietas infantiles o en El Jueves, “no se aprecia, se adora”. Los numerosos detalles, la composición, la sensación de movimiento lograda con los mínimos recursos, la construcción de unos escenarios a los que el lector desea volver… todo ello se aprecia en el centenar de páginas ilustradas que se reproducen en este libro. Desde hace unos meses hay muestras del trabajo de Raf en la web Humoristán y ya hace años que un blog como Lady Filstrup rinde homenaje y proporciona información de primera mano a quien quiera asomarse a estos autores y esta época.

Decía al principio que no sabía por qué me encandilaba Sir Tim O’Theo cuando era pequeño. Mucho tiempo después devoré de una sentada las novelas de P.G. Wodehouse sin quitarme la sonrisa de la cara. No fui capaz de establecer la pertinente correspondencia entre Jeeves (el competente criado de Bertie Wooster) y el no menos leal y eficaz Patson, al servicio de Sir Tim. Me identifico por completo con el humor socarrón de ambos. Y en su libro Canyissà explica que el anglófilo Raf se inspiró precisamente en las historias de Wodehouse para perfilar sus personajes.

Explica muchísimas más historias, algunas muy personales. Hasta el punto de que al cerrar la última página uno desearía que hubiera otro anexo, con más dibujos, con más historias. Levantemos nuestras pintas en honor de Raf, de sir Tim O’Theo y de Jordi Canyissà.

Paga Patson.

Ramón Acín vive

Ochenta años hace de su fusilamiento en Huesca, en las tapias del cementerio. La causa, según el inicuo parte: “en refriega habida por motivo de Guerra Civil”. Fue un 6 de agosto de 1936. Diecisiete días después corría la misma (mala) suerte su mujer, Concha Monrás. Quedaban dos huérfanas, Katia y Sol; unas pajaritas que se convertirían en el símbolo de una obra artística notable, y el recuerdo de un hombre comprometido, beligerante, coherente. Se llamaba Ramón Acín, y no llegó a cumplir 48 años.

ramon by panter.jpgRetrato de Ramón Acín, por Sergio Sanjuán

La ingeniosa frase de Andrés Trapiello para referirse a los escritores de derechas “que ganaron la guerra pero perdieron los manuales de literatura” no puede ser más falsa en el caso de Acín, ni aún dándole la vuelta. Perdió la guerra en tanto que se dejó la vida, fue vilipendiado y denunciado antes de su oprobiosa muerte, se le ignoró durante años y algunas de sus obras fueron destruidas a martillazos, pero es cierto que a la postre acabó ganando un lugar merecido en la pequeña historia del arte local, desde donde se ha ido proyectando por todo el país. Quiso la suerte, y nunca mejor dicho, que su nombre quedara ligado para siempre a una de las películas más notorias de Luis Buñuel. Tierra sin pan, también conocida como Las Hurdes, fue posible gracias al 29.757, un número que resultó premiado en la lotería de Navidad de 1932 y que Acín, en cumplimiento de una promesa, destinó a producir el famoso documental del cineasta calandino. En el relato “Padre de almas”, del libro colectivo Mosen (Pirineum Editorial, 2000), se puede rastrear toda la historia.

Y de unos años a esta parte, de manera regular, la vida y obra de Ramón Acín se han ido haciendo un hueco en el panorama editorial y han ido ganando el favor del público en forma de exposiciones o de reivindicación de su variada obra pictórica, escultórica y hasta escrita, pues dejó un buen número de artículos en la prensa oscense y algún que otro libro. En 1982 se celebró una exposición en Huesca con 92 obras catalogadas hasta entonces. Seis años después, con motivo del centenario de su nacimiento, superaban ya los tres centenares las obras localizadas. Un libro que ahora adquiere el rango de joya de coleccionista, con un rótulo fundido en hierro y enganchado en la cubierta, se hacía eco de esta colección de pinturas y esculturas, en una investigación dirigida por Manuel García Guatas.

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Colofón del catálogo dedicado a Ramón Acín, (Diputación de Huesca, 1988)

En 1998 Sonya Torres Planells trazó una semblanza biográfica y artística para Virus. Un lustro después una nueva exposición antológica, esta vez en el Museo de Bellas Artes de Zaragoza, posibilitó un nuevo catálogo con textos del propio García Guatas, Carlos Forcadell y Mercè Ibarz, entre otros. El libro-DVD La línea sentida, de Emilio Casanova y Jesús Lou, permitió que las nuevas tecnologías acogieran en su seno la obra de Acín y la opinión de numerosos estudiosos, que no dejan de escudriñar su trayectoria. Hace sólo unos meses que Debate publicó Ramón Acín toma la palabra. Edición anotada de sus escritos (1913-1936) y hace pocas semanas apareció, esta vez en formato cómic, La bondad y la ira, con el significativo subtítulo de “Últimas horas de Ramón Acín” (GP Ediciones).

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Este tebeo, con texto de Juan Pérez y dibujos de Daniel Viñuales, recrea en luctuoso blanco y negro los instantes que precedieron a la detención de Acín, que salió de su escondite en su propia casa de Huesca para defender a su mujer, a la que estaba humillando un grupo de fascistas que iba en busca del artista y acabaron llevándose a los dos, para asesinarlos en menos de un mes. Esas horas trágicas recrean en un acelerado flashback momentos decisivos de la vida de Acín: su labor como maestro en la Normal de Huesca, su activismo anarquista, su detención tras haber escrito en contra de la guerra de África, su participación en la insurrección republicana de Jaca y el consiguiente exilio en París, la vuelta a la España republicana y los honores que se le rindieron y la vuelta al activismo. Es un cómic breve e intenso, coronado por una cubierta muy lograda: tres agujeros asesinan una pajarita, y a través de ellos se ve el fondo rojo de la solapa de papel. Es el único detalle colorido en una obra austera, en la que predominan grises y negros. Hay muchas pajaritas en sus páginas, símbolos de libertad atenazada, protagonistas de historias que Ramón cuenta a sus hijas Katia y Sol, recuerdo del artista que se fue demasiado pronto pero cuya obra se asienta hoy en el parque de Huesca, en una calle de Barcelona, con esa rigidez que el hierro de las esculturas proporciona hoy a los frágiles papeles con los que juegan los niños.

Este cómic es un jalón más en una serie bibliográfica que seguirá creciendo, sin duda. Es meritoria la labor que lleva a cabo la Fundación Acín, atenta a cualquier mención que se hace del hombre o el artista. Este artículo de José Carlos Mainer, publicado con motivo de la recopilación periodística de Acín en Debate, despertará el hambre de los lectores por saber más, que se pondrán a buscar sus libros, sus pinturas, sus esculturas.

Porque Ramón Acín sigue vivo, muy vivo.

Un tintineo con ronquera

Los carros de supermercado tienen un sonido muy característico que los hace inconfundibles. Incluso cuando ruedan sobre la superficie lisa de los pasillos de la sección de congelados, ese tintineo que parece diseñado para hacer de la compra toda una experiencia. “Vivir experiencias es lo más”, toda una divisa del neomarketing. Cuando uno de estos carros sale a la calle porque el usuario tiene mal aparcado el coche en la esquina y hay que vaciar a toda prisa en el maletero las bolsas de la compra, el discurrir de las ruedas del carro por las rugosidades de la acera convierte el tintineo en una especie de carraspera que anula por completo cualquier “experiencia multi-sensorial”.

Un carro de estos, pero cargado de ferralla, de motores de lavadora, de chapas, de listones de aluminio o de cualquiera de esas basuras inclasificables pero rígidas que dejamos al lado de un contenedor porque no sabemos dónde abandonarlas, ya no produce un tintineo sino un sonido ronco, una melodía gris para la banda sonora de una película ambientada en las calles oscuras de un barrio decadente.

Ese sonido tan peculiar es habitual desde hace unos años en el Poblenou de Barcelona. Por las calles Zamora, Pujades, Pallars, Puigcerdà, Ávila, Llull, Ramón Turró… y tantas otras trazadas a cordel hace décadas para erigir lo que se llamó el “Manchester català” es normal ver a hombres fornidos, negros casi siempre, arrastrando a duras penas carros de la compra cargados de hierros de todo tipo, que van vaciando en naves desnudas en las que se intuyen montones de chatarra, en pleno proceso de clasificación.

El Poblenou es un barrio que muestra todas las miserias (y por supuesto, muchas de las bondades) de la capital catalana. Una mezcla de vecinos con raíces en el barrio y barceloneses llegados de cualquier punto del globo; edificios y espacios añejos como la Rambla o los ateneos con hitos urbanísticos como el nuevo mercado del Encants Vells o la torre Agbar, ambos en la delgada línea que separa lo epatante de los ridículo; oficios manuales de siempre conviviendo con profesiones que todavía se están dotando de contenido; riqueza relativa conseguida a golpe de esfuerzo junto a pobreza enquistada que ni todo el esfuerzo de un hombre logra atenuar. En definitiva, edificios con espejos en el techo y plazas con leds que se iluminan al compás de la música al lado de esquinas donde se acumulan los vidrios rotos, los hierros oxidados y la lámpara de pie de la abuela que alguien dejó en el contendor pensando que ese día la recogida selectiva de residuos del Ayuntamiento pasaba por el barrio. Posiblemente fuera uno de “los vagabundos de la chatarra” el que la cargara en uno de esos carros de tintineo ronquilloso para depositarla en un almacén del Poblenou, muy cerca de la escuela de diseño más chic o del teatro nacional erigido con ínfulas de emparentar con edificio clásicos.

Algo de todo eso hay en un cómic que es muchas más cosas, por encima de las viñetas elaboradas con trazo feísta y voluntad documental. Es una novela gráfica, es un reportaje periodístico, es una contraguía turística, es una “historia basada en hechos reales”, es una crónica, y es un homenaje también a la gente que hace que la ciudad palpite más allá de los planes trazados con escuadra, cartabón y lápices de colores desde un despacho lejos de los arrabales y de la realidad. “Barcelona. Los vagabundos de la chatarra” (Norma, 2015), se titula este libro vivo, concebido por el escritor Jorge Carrión y dibujado por Sagar Forniés. De ambos hablábamos aquí de pasada, cuando glosábamos la obra de Joe Sacco, por una entrevista en cómic que le habían hecho ambos para el Culturas de La vanguardia. Es posible que me los haya cruzado más de una vez, en todos esos meses en los que se desplazaban en bicicleta por las calles del barrio, documentándose para el libro, entrevistado a gente. Nos movemos por la misma zona durante muchas horas del día.

Es un libro que se extiende más allá de sus páginas, con una web asociada muy recomendable, en la que hay documentación, se puede asistir al “cómo se hizo”, ver bocetos y conocer por los propios autor el porqué de este cómic.

Es un libro que cuenta “una historia que siempre acaba mal” (como titula Carrión el prólogo), que ofrece páginas memorables, con panorámicas de una ciudad acostumbrada a vivir “días históricos” cada dos por tres mientras la lucha pro el pan bulle en sus calles, ajena a las cámaras. Es una hábil combinación de recursos narrativos: el cómic se cierra con una paradójica combinación de pantallazos de Twitter, en los que Ajuntament tuitea mensajes oficiales tan hueros como relamidos, montados sobre viñetas que escuetamente ilustran la trazabilidad de la chatarra, desde el carro del vagabundo hasta el carguero que supuestamente se la lleva bien lejos, a la China floreciente y ávida de hierro para seguir creciendo.

Al final del libro uno se encuentra con unas guardas impactantes, irónicas, elocuentes. Una sucesión de carros de supermercado giran enloquecidos sobre su propio eje. Mudos. Sin ese tintineo que ya nos es familiar.

Una historia brutal

En estas páginas nos hemos ocupado de dos autores que con desigual fortuna han escrito o dibujado sobre la figura del padre desaparecido. A ambos les unía la sutileza a la hora de mostrar los sentimientos que generaba esa pérdida e, independientemente de la habilidad estilística que pudieran poner al servicio de esa evocación, la contención y la admiración eran los ejes vertebradores de ambos relatos.

Todo lo contrario de un tebeo que publicó Glénat en 2009 en colección “Novela gráfica”, con texto de Mario Torrecillas y dibujo de Tyto Alba, titulado “El hijo”. El padre de Matías, el hijo del título, ha perdido la casa familiar a las cartas, durante la guerra civil, y la misma suerte ha corrido su mujer. Matías, boxeador de medio pelo, lo descubre todo al volver al hogar y encontrárselo convertido en un burdel. Es la Barcelona de la inmediata posguerra, en la que se hacinan perdedores de todas las batallas posibles que han de convivir con los vencedores, obsesionados muchas veces en que no se descubra que ellos también pudieron perder algo.

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Matías escapa de la urbe en busca de su madre, hacia un manicomio del Pirineo donde le dicen está recluida. Allí descubre que acaba de fugarse y ha participado en un episodio violento, rodeada de una partida de locos, si es que queda ya alguien cuerdo en aquellas circunstancias. La historia acaba de empezar, narrada mediante un dibujo expresionista, sucio, impactante, con unos personajes que miran a través de un ojos que recuerdan a los frescos románicos. Es imposible atenuar la violencia de las escenas que se muestran. El tenebrismo de un trazo que puede parecer apresurado y unos encuadres con enormes cargas de negro se apropian de un relato que no da tregua al lector.

El prologuista es Agustí Villaronga, del que es fácil relacionar la violencia inmanente de su película “Pa negre” con la que aparece en esta novela gráfica. Villaronga alude al cómic “Paracuellos” de Carlos Giménez pero no es comparable la miseria moral que mostraban los responsables de aquellos “hogares de auxilio social” con la brutalidad que hay en esta negra historia, basada igualmente en oscuros hechos reales. Cuando el guionista Mario Torrecillas toma la palabra en el epílogo y explica la génesis de lo que nos acaba de explicar se entiende, o mejor dicho se asume, la dureza de lo expuesto.

Pero eso hay que descubrirlo adentrándose en la historia.

Cosas que nunca te dije

“Me gustaría poder olvidar todos tus libros para volver a descubrirlos y leerlos como si fuera la primera vez”. Esto es esencia lo que le dijo una lectora a Cortázar (si la anécdota es real) y que éste consideraba el mejor halago que nunca hubiera recibido. Con otros nombres propios, cambiando el género, la edad, la nacionalidad del entusiasta lector o del admirado escritor, adornada con detalles menores, hace poco o décadas atrás, la historieta funciona de maravilla como epítome de la admiración sin límites del fervor apasionado.

Me ha venido a la memoria al leer el sucinto halago que los editores de Astiberri han puesto a modo de reclamo en la cubierta del último libro de Paco Roca: “La casa”. Es un texto de Javier Pérez de Albéniz, responsable de un blog imprescindible (El Descodificador) y firma asociada a las secciones de Cultura, con predilección por la tele, desde hace una pila de años. Dice que es “un libro mágico sobre la sencillez y el adiós” y remata con una frase absolutamente embriagadora: “Afortunadamente, las cosas le pasan a quien sabe contarlas”.

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“La casa” es una maravilla en todos los sentidos. Es un ejercicio de madurez que se manifiesta casi en cada página, en cada viñeta. El autor se muestra como un rendido admirador de un padre al que no dijo todo lo que hubiera debido decirle. Transpiran los dibujos un delicado homenaje que es emocionante a fuer de sencillo, que alcanza la épica contando cosas cotidianas, que lamenta la pretendida aversión al sentimentalismo en la que nos hemos criado varias generaciones masculinas en este país, incapaces de dar un abrazo a nuestros padres, de musitar un “te quiero”, de decir en voz alta “qué importante has sido simplemente estando”.

La delicadeza que Paco Roca mostró en narraciones tan diferentes como las de los ancianos de “Arrugas”, los artistas de “El invierno del dibujante” o el combatiente desconocido de “Lo surcos del azar” estalla de pura contención en estas páginas, en las que un leve cambio de iluminación evidencia el ciclo completo del paso de las estaciones, el detalle de una bufanda deja claro que han pasado meses, las hojas caídas d un árbol hablan de un tiempo que se fue irremediablemente. La casa a la que alude el título es la que el padre del trío protagonista levantó con sus propias manos como segunda residencia, con el afán de legar a sus hijos algo más de lo que sus padres pudieron dejarle a él. Hay que preparar la casa para colgarle el cartel de “Se vende” y acuden los tres hijos, por primera vez desde la desaparición del padre. El gozne de un puerta, el fruto de una higuera, la piscina vacía, las herramientas del garaje, una pérgola que nunca llegaron a levantar, una firma  en un trozo de cemento fresco, un desconchón en la pared activan los misteriosos resortes de la memoria y traen historias menudas de aquel padre que embarcó a sus hijos en la construcción de una piscina para compartir con ellos unas horas más, que era capaz de conectar la tele a la batería del Ford Fiesta para que no se perdieran los partidos de basket de madrugada en los Juegos de Los Ángeles y que un día, cuando parecía estar mejor que nunca tras la operación…

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Imágenes procedentes de la web del autor http://www.pacoroca.com

La luz cálida de las viñetas se complementa con ese trazo que parece esquemático y, sin embargo, está cargado de matices y con una composición enteramente al servicio de la narración: las doce viñetas de la primera página son magistrales, como lo es el paso de las estaciones recogido en la página siguiente o la vuelta a la página dividida en doce recuadros que viene a continuación para mostrar la dificultades para abrir una cerradura cuando encima está lloviendo. Esta obra delicada de factura impecable se puede convertir en manual de lectura necesaria para toda nuestra generación. Ese pudor que a muchos de nosotros nos ha impedido ejercer de hijos, y cuyo fantasma queremos ahuyentar volcándonos en mostrar cariño (a veces de forma exagerada) en nuestra descendencia, lo refleja Paco Roca con una naturalidad que desarma. Afortunadamente le pasan las cosas a gente como él. Su desnudo emocional nos invita a llorar sin vergüenza. Es complicado seleccionar un episodio, doblar la página por una esquina, marcar con un post it una frase de esas que hemos dicho con una cerveza de más. Porque todas son magistrales. Pero es imposible olvidar el cierre de este tebeo, ese padre que trasciende al tiempo gracias al viejo amigo que…

Hasta aquí puedo contar.

“Reportajes en viñetas”

“El periodismo es un proceso lento. Necesita tiempo, constancia, tiempo, un poco de obsesión”. La repetición de la palabra tiempo enfatiza ese carácter lento del periodismo, tan alejado de lo que se estila ahora en esta sociedad hiperactiva, donde primero decimos o hacemos para después pensar si no hubiera sido mejor no haberlo dicho o hecho. Las comillas del inicio corresponden a una curiosa entrevista en formato cómic que, con los dibujos de Sagar Forniés, le hizo Jorge Carrión a Joe Sacco durante una vista a Barcelona, y que publicó La Vanguardia en su suplemento Culturas en septiembre de 2014. Un auténtico lujo, una recopilación de talento que dio como resultado cuatro páginas memorables.
La cita de Sacco con que arranca este texto era la respuesta a la inevitable pregunta que le hicieron a este maestro del género, con una manera muy peculiar de entender las viñetas: “¿Qué consejo le darías a alguien que trabaja en su primer cómic de no ficción?”. Sacco parece hablar de sí mismo al contestar: “la gran ventaja con que cuento es que a la gente le encanta hablar de sí misma. Sólo tienes que dejarles que te cuenten su historia. Si no tienen nada que ocultar, estarán dispuestos a regalártela. No les presiones”. Otra vez la mención al tiempo, a la lentitud, a la constancia.

apuntes de un derrotista

Esto es, en buena medida, la obra de Sacco. En sus “Apuntes de un derrotista” (Planeta DeAgostini, 2006) ese trazo underground tan característico escarba incluso en los demonios familiares durante los bombardeos de la aviación de Mussolini de la isla de Malta, donde nació este dibujante que enseguida viajo por medio mundo con sus padres antes de instalarse en EEUU. Y aparecen después de recuerdos autobiográficos, reflexiones políticas del propio Sacco (que en la entrevista mencionada se define indudablemente “como de izquierdas”) y algunos de esos cómics de no ficción que hielan el corazón: “Cuando las bombas buenas caen sobre la gente mala” (o cómo los bombardeos “liberadores” han masacrado a la población civil en el último siglo) o “Más mujeres, más niños, más deprisa” (recuerdo de más bombardeos, los ya referidos de Malta durante la Segunda Guerra Mundial). Todas ellas son composiciones muy trabajadas, con técnicas bien diferenciadas, puestas al servicio de lo narrado: tramados para enfatizar la oscuridad, relatos fragmentados, encuadres que combinan vistas cenitales y contrapicados, contrastes de luz muy expresionistas… En esta recopilación de viñetas e historias cortas se puede asistir (casi como un voyeur) a la complejidad del mundo de Sacco, que se muestra desacralizado, irreverente a veces, juguetón.

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Sin dejar de ocupar un papel protagónico, pero sí en un segundo término más adecuado a lo que se puede tomar por una crónica periodística, en otra obra Sacco nos cuenta sus andanzas en uno de los puntos más calientes del planeta. “En la Franja de Gaza” (obra de 1993 que publicó en España Planeta DeAgostini casi diez años más tarde) es el personalísimo punto de vista de Sacco (no en vano aparece a veces autorretratado con sus características gafas redondas en pos de una nueva entrevista) acerca de la situación de los palestinos, sometidos a humillaciones constantes por parte de los israelíes. La desolación causada por tantos ataques arbitrarios, tantos muertes absurdas, tantos atropellos y tanta tensión transpira en cada página de esta monumental obra de denuncia. “¿Qué le pasa a una persona cuando cree no tener ningún poder?”. Es una de las muchas preguntas que se va haciendo Joe Sacco mientras va visitando a opositores más o menos violentos y organizados, cuando comparte con una familia de pobreza extrema lo poco que tienen mientras rememoran las humillaciones que han padecido durante tres generaciones.

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Los dibujos parecen hechos a partir de fotografías como las que ganaron en su momento el Pulitzer. Encuadres magníficos, con escenas a doble página repletas de detalles que cortan el aliento. Después de haber conocido a tantos protagonistas anónimos del infausto día a día en la Franja no sorprende la rotundidad con la que Sacco se pronuncia en la entrevista de Culturas acerca de Claude Lanzmann, del que hemos hablado en este blog. A la pregunta de si hay alguna “influencia directa de Shoah” en su obra responde tajante: “No, de ninguna manera. Es lo contrario. Él cree que los hechos históricos no pueden ser reconstruidos”.

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Sacco sabe bien que eso no sólo debe ser posible sino que además es deseable. Cuando hace un par de años se conmemoró el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, una de las obras que quedó para siempre de semejante efeméride fue una originalísima, deslumbrante, un cómic titulado “La gran guerra” (Reservoir Books). Un gran fresco, de diez metros de longitud, que se presentó en un peculiar formato, todo seguido, en una sucesión de planchas en glorioso blanco y negro, sin ningún texto de apoyo. Sólo dibujos para intentar acercarse al horror del 1 de julio de 1916, en la batalla del Somme, donde murieron decenas de miles de británicos en una sola jornada. Desde el amanecer hasta las noche más negra, se va desplegando este libro (emparentado con el tapiz de Bayeux o hasta con la Columna Trajana) que el lector (aquí mero observador, porque no hay nada que leer) mira con una mezcla de admiración y horror.
Estos “reportajes en viñetas” (como los definió certeramente Santiago García en sus “Cómics sensacionales” (Larousse, 2015) hablan de un periodismo comprometido con el que siempre se ha querido identificar este periodista en dibujos. Al fin y al cabo, en uno de sus libros sobre Palestina lo definía con una sencillez apabullante: “nadie que sepa qué ha venido a buscar se va a casa con las manos vacías”.