Esto es un infierno

Los tesinandos (y también sus consortes) saben más o menos cuándo comienza la aventura pero ignoran por completo todo lo que se encontrarán durante semejante trayecto y no tienen ni idea de cuándo llegarán a puerto. Es una experiencia dura, un ejercicio de resistencia, la prueba de fuego de muchas carreras profesionales, de muchas parejas también.

Una tesis puede ser un infierno que con el tiempo se recuerda con una sonrisa (aunque sea helada) mientras se respira aliviado por haberla dejado atrás. El camino hacia el doctorado está empedrado de buenas intenciones, y los que lo han recorrido vuelven cambiados, por dentro y por fuera. Si hay un consuelo es que en todas partes cuecen habas y que lo que nos parecía propio de la universidad española tampoco es tan diferente en Francia, Alemania o Gran Bretaña.

maldita tesis

El cómic “Maldita tesis”, de la francesa Tiphaine Rivière, se ha ido traduciendo al castellano, el inglés o el alemán y provoca risotadas en cualquier lengua, porque las circunstancias que rodean a Jeanne Dargan cuando, a los veintisiete años, deja su trabajo como profesora de secundaria para investigar sobre Kafka no difieren demasiado en toda Europa. El director de tesis que desaparece y no contesta a los correos de su doctoranda; la burocracia universitaria que impide a la investigadora cobrar por su clases, en las que sustituye a un profesor titular; la falta de financiación para afrontar los gastos que generar vivir día a día, con la molesta manía de comer mientras se investiga; los comentarios condescendientes de los familiares, que ven que aquello no termina nunca; la dulce tentación de dejar para mañana el definitivo arranque de la redacción, después de haber procrastinado en los años de investigación…

Son situaciones que a todo el mundo le suenan y que Tiphaine Rivière explica con una dosis de mala leche y mucha gracia para desdramatizar, incluso riéndose de sí misma. La autora de inspira en sus propias vivencias, no en vano fue estudiante de doctorado y trabajo en los despachos de la universidad para ir obteniendo algunos ingresos. Lo fue consignando en un blog llamado Le bureau 14 de la Sorbonne, que acabó en esta novela gráfica tan hilarante. La publicó Grijalbo en 2016, con traducción de Carlos Mayor Ortega, y una de las fortalezas de sus páginas es el dinamismo de cada plana y la expresividad de sus dibujos.

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Las vistas parisinas de enclaves parisinos míticos de las intelectualidad (la propia facultad de la Sorbona, las terrazas de los cafés, la Biblioteca Nacional…) se alternan con situaciones cotidianas, sueños oscuros que muestran el peculiar mundo kafkiano y muchos rostros que dejan ver todas las emociones humanas.

Los agobios de la autora, que desde su trabajo en las dependencias universitarias debió de ver a muchos colegas luchando por sobrevivir a esta época, hicieron que terminara su aventura de manera bien diferente a la de la protagonista de su cómic. En esta entrevista en Le Monde es curioso ver comentarios de los lectores que refuerzan el sentir general de las viñetas. En su página de Facebook son igualmente muchos quienes recuerdan que salieron triunfadores del envite.

Un entretenimiento catártico que se lee con una sonrisa casi permanente.

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El horror ilustrado

“Tengo la sensación de que, sea cual sea mi futuro, nunca abandonaré del todo este maldito campo. Siempre seré un prisionero de Mauthausen”. Son las últimas palabras de un cómic y debieron de ser las primeras palabras de la nueva vida que se abrió para Antonio Hernández Marín, cuando los estadounidenses liberaron Mauthausen y él logró su objetivo de salir de aquel infierno. Durante cuatro años y medio había perdido su identidad para ser simplemente un número, el 4443. Sobrevivió, volvió para contarlo. Más de 5.500 compatriotas suyos se confundieron con el aire en forma de cenizas, quemados en los hornos de los campos de exterminio nazi. Él volvió, pero, como tantos otros, arrastró la culpa del superviviente, el estigma de haber claudicado en algún momento, y gracias a ello haber salvado la vida. El dolor de haber sufrido tanto y no ser reconocido por sus compatriotas, porque España escondió su odisea durante la dictadura; la pena de que se hubiera silenciado su valor ya en la democracia, cuando podría haberse convertido en referente moral. Los supervivientes habían derrotado a la tiranía de los nazis gracias a los valientes ejercicios de solidaridad en que se convirtieron sus experiencias cotidianas, cuando la vida no valía casi nada y uno podía encontrarse con la muerte simplemente abrazando una valla electrificada.

El cómic “Deportado 4443”, publicado por Ediciones B en 2017, es la recopilación en forma de libro de un ejercicio que se puso en marcha en Twitter, en la cuenta @deportado4443. La abrió el periodista Carlos Hernández de Miguel y fue explicando en tiempo real la experiencias de su “tío de Francia”, que acabó en Mauthausen un día de finales de enero de 1941. Había recorrido en tren los paisajes nevados de Europa en medio de la incertidumbre, aterido de frío, rodeado de compañeros que morían de hambre y sed dentro de vagones de ganado, sellados por fuera.

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Una peripecia similar a la de Antonio Hernández la habíamos podido leer antes en obras de Joaquim Amat-Piniella, Mariano Constante, Francesc Boix, Jorge Semprún, Primo Levi o Neus Català. Todos arrastraban el dolor de haber salido vivos de semejante akelarre. Lo que hace diferente este relato es que su sobrino abrió esa cuenta en Twitter (hoy acumula más de 40.000 seguidores) y de ese éxito nació este cómic, con dibujos de Ioannes Ensis, tan bellos en su impecable factura técnica como desoladores por la realidad que muestran. Los textos son casi telegráficos, de acuerdo con las exigencias de la red: “No puedo creer lo que veo. Hay una fortaleza enorme en lo alto de una colina que acabamos de subir. Todo es de piedra; la puerta está coronada por un águila” (página 42); “Los SS tienen días de diversión. En el último convoy llegaron varios judíos holandeses. No les dan de comer, tienen los ojos entumecidos, sin dientes, y a varios les faltan las orejas. ¡Pobre diablos!” (página 106); “En estos días Hitler celebra su 54 cumpleaños. De Diego dice que ha oído que harán una gran fiesta. Nos tememos lo peor” (página 188); “El campo está tranquilo por fuera… Los cañonazos se oyen cada vez más cerca. Espero que los rusos lleguen pronto y acaben con esta incertidumbre” (página 244).

Estos tuits, que hemos podido leer de forma mucho más extensa en obras memorialísticas o en investigaciones, aparecen ilustrados en este libro con unos dibujos estremecedores, con una factura técnica que hiere por su belleza, por la precisión, por el grado de detalle. Casi todo lo que aparece lo hemos leído o visto antes: las fotos de Boix, la desgraciadamente famosa escalera de Mauthausen, la solidaridad entre los deportados, el activismo de Constante, el sadismo de los médicos nazis, el frío, los piojos, la sopa sucia con un nabo flotando…

 

Se hace difícil admirar la belleza gráfica de cada página sin que quede atenuada por la crudeza de los breves textos que las acompañan. Es un libro absolutamente admirable, que provoca una mezcla de sorpresa, estupor, admiración y repulsa. La historia es tan dolorosa que ni la admirable labor del dibujante Ioannes Ensis puede poner paños calientes.

Es un libro desolador, deslumbrante, admirable, doloroso.

 

 

El hombre encelado

He visto un par de veces los cómics de Agustín Ferrer, y se lo tengo que agradecer en ambos casos a Jot Down, que los ha incluido en los packs de promoción cuando uno compra algún ejemplar de su cada vez más amplio catálogo de revistas y libros temáticos. Hace unos meses leí “Cazador de sonrisas” (Grafito editorial, 2015), el día a día de un dentista estadounidense en la década de 1960, esclavo de una serie de obsesiones que tiene un componente morboso de primer orden, por esa mezcla de pavor e incertidumbre que suelen provocar los odontólogos. Tienen a sus pacientes a su merced, anestesiados o medio atontados, trajinando en medio de unos ruidos infernales y ejerciendo unas fuerzas que parecen que van a desmontar el complejo Lego que albergamos en nuestras bocas. Aquí pueden verse algunas páginas interiores de este cómic de “línea clara e historias oscuras”

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Me llegó el otro día un nuevo cómic de Agustín Ferrer, de cubierta horrorosa y título que parece extraído de una peli porno de hacer treinta años: “Las apasionantes lecturas del Sr. Smith” (reedición en 2018 a cargo de West Indies Publishing Company). Y algo calenturiento hay al final de cada historieta, con esas erecciones que hacen feliz a la señora Smith, y que llevan en una ocasión al hijo de ambos a preguntarse atónito: “Mamá, ¿a papá le ha picado un bicho?” ante el abultamiento que muestra la entrepierna de su progenitor.

Apasionantes Lecturas

Este cómic es de formato pequeño, y su estridente cubierta de un verde subido (a tono con las historietas) no es justa con las páginas interiores, dibujadas con detalle y buen gusto, al servicio de un guion gamberro, que parece escrito por una cuadrilla de amigotes que van pidiendo rondas de cervezas a medida que ponen el colofón (erecto) a cada relato. Todo gira en torno al Sr. Smith del título, trabajador de Silverstone Books, que confía en su buen ojo a la hora de seleccionar títulos para su catálogo. Su trabajo consiste en leer originales y descubrir potenciales éxitos. Da igual el género: de novelas del Oeste a historias de marcianos, de cuentos infantiles a relatos de ciencia ficción. Siempre acaba con picores en la entrepierna que despiertan el deseo de su señora y parece que acaban satisfaciéndola.

Un humor simple que hace las delicias de lectores como yo…y como la madre del autor. Así lo hace constar en la dedicatoria: “A mi señora madre, que aún sigue riéndose de estas cosas”. Los títulos de los capítulos parecen sacados de un cómic irreverente de Mortadelo: “Orgullo y prepucio”, “Tras el culo de Asimov”, “Arquitectos contra la ley de la gravedad”… Y esos finales tronados, con ese punto adolescente “siempre pensando en lo único”, son simples pero efectivos.

En esta entrada del blog de cómic de TVE se puede averiguar quién es Agustín Ferrer, un arquitecto navarro que quería meterse en el mundo de las viñetas. Se mencionaban los dos cómics que hemos comentado aquí (de eso hace ya unos cuantos años). Y en el propio blog del autor se puede apreciar que ha seguido trabajando y que quizá ahora sus obras son menos gamberras.

Para nosotros ha sido un agradable descubrimiento.

Esos ojos

Hace unos años me impactó la luz macilenta que desprendía una película documental de animación titulada “Vals con Bashir”. En aquella época seguía con interés el suplemento literario de Le Monde, que le dedicó su reportaje de apertura. Y coincidió con un viaje que hice a París, en el que me sorprendió la publicidad de este film en las marquesinas, tan abundante que parecía una superproducción americana.

Tardó un poco en llegar a nuestros cines y creo que pasó con rapidez por la cartelera. Yo la vi en casa y ya no pude olvidar ese tono amarillento que se adueñó de la pantalla desde casi el inicio, así como la dureza de la historia que contaba, el tono pesimista que emanaba del relato. El autor de semejante diatriba antiisraelí, todo un alegato pacifista, era un judío que había participado –siendo poco menos que un adolescente– en la matanza de Sabra y Chatila (18 de septiembre de 1982), donde todavía hoy no se sabe si murieron centenares o miles de refugiados palestinos. Creo que unas imágenes reales de ese campo después de la matanza, en unos planos que quitan el aliento, son las únicas que no están dibujadas en esta película de animación tan estimable. Una obra valiente, dirigida por Ari Folman y en la que participó como dibujante David Polonsky, que también fue director artístico del film.

El éxito (con Globo de Oro y candidatura al Oscar incluidos) hizo que les llovieran encargos, entre ellos convertir en película animación infantil el “Diario” de Anna Frank. No sé si el proyecto todavía está en marcha, que seguro necesitará de unos cuantos años de gestación, pero de momento podemos disfrutar (si es que es válido este verbo para semejantes circunstancias narradas) del cómic basado en ese diario, acaso el más famoso en la historia de la literatura. Lo publicó hace unos meses Penguin Random House (que curiosamente ni aparece en cubierta), en una edición cuidada, hermosa, con detalles como el de la página de cortesía, en el que una Anna Frank tumbada parece estar confensándose a su diario, en un dibujo elegante, precioso, conmovedor.

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El trazo preciso que recordaba de la película de hace unos años ha madurado en este cómic, que ofrece páginas de una belleza sobrecogedora: la doble plana que muestra la entrada de unos ladrones en el refugio de la familia (páginas 72-73), un sueño erótico de la propia Anna (página 97) o una metáfora del enamoramiento de ella y Peter durante su confinamiento en el desván son algunos de los ejemplos de estos dibujos en el que el tratamiento de la luz se muestra con especial maestría. Hay viñetas a toda página que parecen extraídas de eso que llaman cómic de línea clara (páginas 19 y 86) y el gusto por el detalle está presente en todo momento, con una imaginación desbordante.

El “Diario de Anna Frank”, ese cautiverio en la “casa de atrás”, se puede leer de muchas maneras a lo largo de una vida. Si de joven uno lo lee con la congoja de saber el final, a medida que va releyéndolo con los años contextualiza mejor lo que pasó en Ámsterdam durante la ocupación nazi, descubre que hubo muchas otras obras testimoniales escritas en circunstancias similares (aquí hablamos de otra con muchos paralelismos a la de Anna Frank) y hasta comprueba, desolado, que haya cafres que niegan la mayor y lo consideran pura ficción.

Este cómic ha llegado a mis manos después de que lo leyeran dos de los jóvenes que pululan por mi casa. Con 14 años, mi hijo se ha quedado fascinado por los dibujos, que le acercaban de una manera digerible una realidad tan atroz. Tres años más joven, su hermana (que ya había leído el mencionado “He viscut tan poc” y estaba leyendo la versión “sin dibujitos” del diario) miraba las páginas empatizando con esa joven que hablaba –o se confiaba– de manera tan desenvuelta acerca de sexo, manías personales, miedo a los bombardeos, horror ante la idea de una muerte cercana o hastío por tantos meses de “presidio”.

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Dicen en el epílogo Ari Folman y David Polonsky que condensar el diario en cómic, según sus cálculos, hubiera necesitado de 3.500 páginas y unos 10 años de trabajo. Han logrado destilar la obra y dejarla en poco más de 150 planas fabulosas, en las que prevalece esa mirada que todos reconocemos de las pocos fotos que se conservan de la protagonista. El brillo en los ojos de Anna que se ve en la cubierta es absolutamente hipnótico. Aparece casi en cada página del cómic, aportando matices, diciendo mucho más que un rosario de palabras.

Un cómic al que volver. De manera recurrente.

Nuestros ayeres (y II)

“Echar la vista atrás es bueno a veces”, decía una canción de esas con estribillo marcado a fuego en nuestros recuerdos. Era una frivolidad que a fuerza de repetirla perdía el significado y uno la tarareaba sin detenerse a pensar ya en lo que pudiera decir. Siempre hemos reivindicado aquí mirar atrás, y más en estos tiempos en los que se sospecha de aquellos que intentan entender qué nos pasa hoy a base de buscar razones en el ayer. En el prólogo a un cómic excepcional, Cuerda de presas (Astiberri, 2005 y 2017), el estudioso Felipe Hernández Cava aludía a un título de Natalia Ginzburg para hablar de “nuestros ayeres” y la reflexión moral que suponía esta colección de historias breves, protagonizadas por mujeres, ambientadas en la guerra civil y la posguerra.

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Con guión de Jorge García y dibujos de Fidel Martínez este escaso centenar de páginas es un puñetazo emocionante, una llamada de atención, un grito ahogado, la reivindicación de una memoria que se resiste a desaparecer porque hay todavía muchas personas que quieren contar, como sea, lo que otros prefieren que no se sepa, arguyendo eso tan manido de que es mejor no abrir heridas.

Cuerda de presas son 11 historias dibujadas en un portentoso blanco y negro. El trazo con el que está esculpida cada viñeta recuerda a un artista al admiramos con devoción, que también cayó víctima del fuego de los franquistas: Ramón Acín. El juego de sombras devastadoras y la composición de muchas páginas evocan los bocetos y hasta el resultado final del Guernica de Picasso. Los textos, complemento desolador a imágenes tan potentes, acaban por mostrar una realidad demoledora.

Poco se puede explicar de este cómic al que no nos atrevemos a llamar “necesario”. Lo es cualquier historia que muestre aquellos episodios que con tanto encono se han querido escamotear. Lo que hace muy recomendable a este libro tan bien editado es la factura impecable de sus páginas, de cada una de ellas. No hay ni una mala.

Nuestros ayeres (I)

Estaba escuchando la radio esta misma mañana mientras trajinaba por la cocina cuando alguien ha empezado a contar una historia que enseguida me ha resultado familiar. Estaba ubicada en un pueblo de Guadalajara, pero había leído episodios similares ambientados en el Pirineo aragonés, en la ciudad de Barcelona, en la Ribera navarra, en Zaragoza, en Badajoz, en pueblos del sur de Valencia… Personas asesinadas hace casi ochenta años que siguen sin ser localizadas, por un lado; personas todavía vivas que perseveran buscando a sus padres, porque creen que cuando sepan dónde yacen y los puedan trasladar a un sitio donde honrar su memoria todos descansarán, los vivos y los muertos.

Era en el programa A vivir que son dos días, de la Cadena SER, que presentaba hoy el tercer capítulo de una serie titulada Vidas enterradas. Los testimonios que se van sucediendo son durísimos, la congoja que acompaña a estas personas (familiares de rojos encarcelados y fusilados) se percibe en cada frase: todavía no entienden muchas veces por qué los mataron, no acaban de comprender que hayan pasado tantos años y sigan pidiendo, ya no justicia, sino un poco de apoyo humano, y se han agarrado a la acción de tribunales argentinos para señalar a aquellos que en España han gozado de la protección de las autoridades, sean del color que sean.

La llamada “memoria histórica” de la que tanto se ríen algunos intelectuales progresistas, (afeando esa redundancia que se da en el mismo enunciado), esa “memoria” a la que el presidente del gobierno se jacta de no haber dado ni un céntimo desde que está en el cargo, ese concepto diluido que ahora busca cadáveres en las cunetas, hace tiempo que se cultiva en diversas manifestaciones artísticas y culturales, en pos de sacar a la luz algunas de esas centenares de miles de vidas que fueron segadas sin ton ni son. Al escuchar esta mañana el programa en la radio me han venido imágenes de los varios cómics que voy acumulando en los últimos meses, documentándome para contar una de esas vidas que hay que rescatar del olvido, y buscando inspiración en viñetas a las que me gustaría homenajear.

No es la primera vez que escribimos aquí de cómic y Guerra Civil y lo seguiremos haciendo mientras vayan apareciendo obras de la calidad artística y el nivel documental que tienen por ejemplo Cuerda de presas (de Jorge García y Fidel Martínez) o ese ya clásico titulado La balada del norte, de Alfonso Zapico, del que se anuncia para 2019 un tercer volumen (todos están en Astiberri). Esa eclosión de las viñetas para explicar la guerra española y la durísima posguerra debe de tener algo que ver con la edad de los nietos de los protagonistas de aquella contienda. Si los hijos callaron, como sus padres, por el miedo instalado hasta el tuétano, cuando los nietos se desembarazaron de ese temor y empezaron a reivindicar la memoria de sus antepasados se encontraron con el cómic como una herramienta muy eficaz para conectar con el público y para recrear aquellas historias contadas a media voz, pero marcadas a fuego en el recuerdo de sus protagonistas.

Hace muchos años, a primeros de los noventa, me encontré con unas cuantas páginas de un cómic de trazo minucioso que transitaba por la vida de Antonio Beltrán, apodado El Esquinazáu. Un personaje que da para varias películas y muchas de ellas serían inverosímiles, aunque contaran con pelos y señales todo lo que vivió este hombre: nacido en el Pirineo aragonés, fue soldado americano en la Primera Guerra Mundial, se sublevó en favor de la República española y se salvó de ser fusilado, peleó en la guerra, se exilió, fue Oficial del Ejército Soviético… Ese cómic quedó inconcluso, a pesar de que había mucho que contar y los dibujos eran de una calidad notable.

Yo por entonces había leído a Carlos Giménez y poco más sabía de historias de la guerra en viñetas. En estos treinta años ha habido un boom que nos ha regalado horas y horas de satisfacción. La apoteosis de Alfonso Zapico narrando la revolución de Asturias es uno de los últimos jalones de este idilio entre historia y viñetas. Javier Pérez de Albéniz lo resume perfectamente en el prólogo al segundo volumen: “obra ambiciosa que huye del panfleto”, “episodios nacionales divididos en viñetas”, “Zapico convierte el odio en belleza”…

Es imposible decir nada nuevo ni mejor de una obra, La balada del norte, que ya está considerada una obra maestra de la historieta española. No sé cuántas veces he vuelto a mirar algunas páginas: por la calidad del trazo, por la originalidad en la composición, por el movimiento que confiere a algunos personajes o a algunos vehículos añadiendo una línea que parece imprecisa y es todo un prodigio de sutileza. Apolonio el minero, su hija Isolina, el novio de ella, Tristán, que es hijo del propietario de las minas, son personajes que pasan a formar parte de nuestras vidas. Quiero saber qué será de Isolina, ahora que la revolución ya está en marcha y este segundo volumen se cierra cuando las fuerzas represivas de Franco, López Ochoa y algún otro cafre estaban a las puertas de las ciudades principales.

La documentación para montar esta historia se intuye monumental, pero no cae el guion en una exhibición de musculatura en forma de datos menudos. La narración está sabiamente contextualizada, anécdotas que parecen menores van añadiendo aristas a los personajes, ya sea en forma de una talla de madera en forma de virgen que va de mano en mano de las beatas de Oviedo, ya sea en una descripción de cómo se entibaba una galería en la mina, antes de seguir excavando. Hay dobles páginas gloriosas que muestran de un vistazo la riqueza de la obra y las paradojas de la realidad narrada: la paz de unas vacas que pacen con la silueta de la catedral ovetense al fondo empieza a verse alterada con las letras de un acrónimo que se hizo célebre en aquella revuelta: UHP. En la página enfrentada, a toda plana, una mujer puño en alto grita vivas a la revolución social. Y así en bastantes ocasiones a lo largo de las 500 páginas que ocupan los dos volúmenes ya publicados.

Habrá que esperar un año para saber qué ha preparado Alfonso Zapico. Se nos van a hacer largos estos meses.

Otro bendito cómic sobre la guerra civil

 

Lo malo de las recopilaciones con voluntad de resultar canónicas es que pueden provocar tanta desazón como el interés que despiertan por la selección que proponen. Me ha pasado muchas veces al revisar las listas tipo “100 libros que hay que leer antes de morir…” y me ocurre cada vez que voy repasando los anuarios de cómics que editan Jot Down y la ACDCÓMIC (Asociación de críticos y divulgadores del cómic). Repaso, con retraso, el último, dedicado a 2016, y voy viendo que algunos de los libros reseñados ya han sido mencionados aquí (Los vagabundos de la chatarra, de Jorge Carrión y Sagar Forniés; Glenn Gould, de Sandrine Revel, El ala rota, de Altarriba y Kim, y Crisálida, de Carlos Giménez). Pero constato, sobre todo, que hay muchísimos por leer, que no hay tiempo material para disfrutar de todos los goces que anticipan las críticas contenidas en esta antología.

comics esenciales jot down

Dice Mikel Bao, al hablar de “La virgen roja”, de Mary M. Talbot y Bryan Talbot, que “las historias se olvidan: la gente necesita que le refresquen la memoria, porque mucho de lo que se ha ganado con la lucha en décadas precedentes se está perdiendo en el presente” y explica que precisamente esa es la idea alrededor de la cual se ha construido esta notable obra: “quizá en el pasado se puedan encontrar respuestas a algunas de las preguntas que plantea el turbulento siglo XXI en el que nos encontramos inmersos”. Aquí nos gustan mucho los cómics dedicados a la guerra civil y ya hemos dicho en alguna ocasión que se repite mucho el patrón de que un guionista o un dibujante dedican un cómic a la historia que han oído en casa a hurtadillas, a las vivencias familiares que sólo se explican a medias, para ahorrar disgustos a los descendientes, para intentar olvidar y pasar página. Las historias del “médico de Belchite” que dedicó Sento a un familiar de su mujer, los dos volúmenes que dedicó Altarriba a sus padres con los dibujos de Kim, y hasta “los surcos del azar” que recorrió Paco Roca beben de este planteamiento que de manera casi literal retoma Jaime Martín para explicar la peripecia de su abuela Isabel en “Jamás tendré 20 años”, que con su cubierta rojinegra se hace la dueña y señora de la sección de cómics de cualquier librería.

El casi imperceptible brillo en los ojos de la “libertaria” que levanta el puño cerrado en esa portada invita a abrir inmediatamente este álbum publicado por Norma en 2016, desde la versión original en francés publicada por Dupuis como “Jamais je n’aurai 20 ans”. La historia está montada, como tantas otras veces, en forma de flashback, a partir de unos chavales que juegan a la guerra y no entienden que sus abuelos les abronquen: “Se acabó esta mierda de película. Id a jugar a la pelota como los demás niños”.

A partir de entonces una páginas magníficamente construidas viajan al verano que destrozó tantas vidas para desarrollar cronológicamente la vida de Isabel y Jaime: el viaje de la primera desde Melilla hasta L’Hospitalet y la participación del abuelo en la guerra, en el llamado Frente del Serrablo y en Belchite permiten que se pueda hablar de esas ilusiones quebradas para toda una generación, de los golpes en la puerta de madrugada que precedían a los fatídicos “paseos”, de los bombardeos de la aviación en la contienda y el estraperlo en la posguerra, de las delaciones antes y después de acabado el conflicto, como si la condena fuera para siempre y a los vencidos se les tuviera que recordar sin parar que perdieron la guerra y la paz.

El giro final de la historia dice mucho del estado en que quedó este país cuando se decidió que el silencio tenía que ser la respuesta a muchas de las preguntas que las nuevas generaciones nos hemos ido haciendo.

Son esperanzadoras, para el mundo del cómic y para los aficionados a la Historia (en especial la de España), las palabras que dedica el citado Mikel Bao para cerrar su reseña de “La virgen roja”: “un estupendo libro, indicado particularmente para los amantes de las historias cercanas a la realidad que tan habituales son en el mundo de la novela gráfica y que están atrayendo a muchos lectores a muchos lectores tradicionales al cómic en los últimos años”.

Se puede aplicar tal cual al libro de Jaime Martín. Muy recomendable.

Cómic y guerra civil

Soy un admirador confeso del blog Historia y Cómic, de esa voluntad didáctica de sus post y de ese deseo de aprender (y sobre todo, enseñar) Historia a través de un lenguaje muy atractivo para los jóvenes, los que están en edad de andar peleándose con las fechas y los hechos del pasado para pasar un examen. Si el tema les subyuga, será seguramente un entretenimiento futuro y una vacuna contra teorías disparatadas y relatos demagógicos.

He hecho el ejercicio de filtrar los contenidos del blog por la etiqueta “Guerra civil” y ha sido una delicia ir pasando las entradas dedicadas a los cómics que se han ocupado de la contienda española por antonomasia. Desde luego, son todos los que están: Miguel Gallardo y su padre con “Un largo silencio”; Kim y Altarriba con sus dos éxitos de crítica y público, precisamente en sendos álbum dedicados a los padres del guionista; Paco Roca y sus “surcos del azar”; “Sento y “el médico de Belchite”; Carlos Giménez, tanto por “Paracuellos” como por la serie dedicada a la guerra… Prácticamente todos ellos se basan en historias que tienen un trasfondo familiar, que arrancan de un fogonazo que se activa en la mente de un padre, un abuelo o un tío que estuvo allí y que, después de décadas de estar callado, quiere explicar su odisea particular. “Memoria histórica a través de la memoria familiar”, como aparece en alguno de los post del blog. O como dice Antonio Altarriba en una entrevista antológica que ha colgado Jot Down, “sería bueno que los jóvenes supieran estas cosas que yo cuento”.

Aquí nos gusta hablar de cómics, y todo lo relacionado con la Guerra civil española llama nuestra atención. Hemos dedicado abundantes textos al tema, y los que quedan. Acabamos de terminar un álbum que se publicó en Francia en dos volúmenes y que en castellano publicó Norma en 2015 en un solo libro, con una breve pero interesantísima sección al final en la que aparecía parte de la documentación utilizada para montar algunas viñetas de belleza cautivadora (la huida a Francia a través de Le Perthus, los pabellones del hospital de Sant Pau en Barcelona, las panorámicas del campo de Argèles, las escenas dantescas de Mauthausen).

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La historia de “El convoy”, el titulo de este cómic con guion de Denis Lapière y dibujos de Eduard Torrents, se estructura según una fórmula frecuente en las historias que abordan nuestra guerra. Un flashback desde un presente más o menos cercano, con un par de historias que se desarrollan en paralelo, una más familiar o amorosa, la otra con un componente más documental o historicista. El relato en “El convoy” tiene la fortuna de cerrarse un 20 de noviembre de 1975, jornada a medias jubilosa. Desapareció físicamente el protagonista de tanto dolor pero lo dejó todo “atado y bien todo”, nadie podía imaginarse hasta qué punto. Este cómic, organizado en dos partes que pueden ser disfrutadas por separado, rinde homenaje a aquellos que nos precedieron y puede ser muy útil para ilustrar (y nunca mejor dicho) a los que puedan experimentar temor si agarran un libro para saber algo de nuestro pasado reciente.

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Con un planteamiento bien distinto, con un tono más intelectual (dicho sin ningún desdoro) y una plasmación gráfica más expresionista, Lluís Juste de Nin traslada a la Barcelona de la II República (y por extensión de todo lo que vendría) la historia flaubertiana de “La educación sentimental”. Publicado en 2009 por Edicions del Ponent, “Barcelona 1931. L’Educació Sentimental” no es un álbum fácilmente digerible. Multitud de personajes, tramas que se cruzan, una contextualización ricamente documentada y unos dibujos en glorioso blanco y negro obligan a leer más de una vez muchas páginas. La composición, planteada con absoluta libertad, rinde homenaje más o menos evidente a los carteles de Carles Fontseré, a las fotografías de Centelles, o a la cabecera del Cu-Cut. El trazo desgarbado de Lluís Juste de Nin deviene en unas viñetas repletas de movimiento, con una expresividad reforzada por las onomatopeyas, los cuerpos desacomplejados de los textos o la planificación absolutamente libre de cualquier pauta.

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Si en “El cónvoy” parecía que el propósito último era reivindicar esa memoria silenciada durante tantos años, en la adaptación de Flaubert hay un planteamiento más lúdico, en el que se reconocen los propios personajes. El último texto lo hace bien explícito: “Sí, potser el millor que hem tingut va ser allò”.

Perdidos en Israel

La larga destilación del relato de nuestro último post se podría decir que nos lleva a “Una judía americana perdida en Israel”, este cómic de Sarah Glidden, que un día decide apuntarse al programa “derecho de nacimiento”, por el que todos los judíos del mundo tienen pagada una visita a Israel. El diario de Eva Heyman que glosábamos el otro día, las humillaciones sufridas, el elevadísimo precio a pagar, la tragedia colectiva que tuvo por escenario buena parte de Europa central y oriental tiene aquí un epílogo, en forma de cómic, elaborado por una autora desprejuiciada que en la cuarta viñeta dice estar “lista para ir allí y descubrir la verdad oculta tras todo este follón”.

Es un ejercicio interesante confrontar el título original de la obra con el que lleva versión española de Norma (2011): con el mismo dibujo en la cubierta, en inglés parece que ofrece una “Historia de Israel para dummies”, mientras la versión en castellano centra el tiro en la protagonista, en la situación de desamparo que por momentos parece sentir cuando visita la que pudo ser tierra de sus ancestros. Ya nos gustó mucho la visión que ofrecía Sarah Glidden de su visita a Iraq y Turquía, con ese cuestionamiento permanente, esas dudas difíciles de gobernar, ese escepticismo con el que miraba lo que ocurría a su alrededor. En esta visita a Israel, publicada previamente a las “Oscuridades programadas” que glosamos aquí, no tiene claro ni el motivo de su viaje ni lo que se va a encontrar. Teme a la propaganda, y parece que vaya siempre mirando detrás del decorado, tratando de descubrir si es simplemente cartón piedra.

Las acuarelas y los tonos suaves característicos de Glidden parecen sugerir un relato naif, pero nada más lejos de las corrientes que discurren por debajo de las viñetas. La narradora no deja de aludir al “conflicto” y empatiza rápidamente con los árabes “que estuvieron aquí durante mucho tiempo antes de que volviera el hebreo”. Viaja a Cisjordania, y su autobús discurre durante muchos kilómetros en paralelo al muro que separa ambas comunidades. Visita “la antigua Siria”, los Altos del Golán, donde pregunta sarcástica  qué interés tiene pelear por un espacio donde no se puede construir. El guía le recuerda que es territorio minado, uno de los lugares más calientes del planeta. Sigue su ruta, propagandística, por Tel Aviv, el desierto, el mar de Galilea y llega hasta Jerusalén. En el intento por comprender Israel nos lo va enseñando a los lectores, y nos muestra el Salón de los Nombres, con el que se rinde homenaje “a todos y cada uno de los judíos que fallecieron en el Holocausto”, o explica el mito fundacional de los Cielos y la Tierra, con una piedra que arrancó Dios de su trono, y que fue el pico donde el Rey David y su hijo Salomón construyeron el primer templo, allí donde está ahora la Cúpula de la Roca, cerca de ese Muro de las Lamentaciones que estamos cansados de ver en los telediarios, cuando se produce uno de eso follones que pretendía desentrañar Sarah Glidden al principio de su viaje.

Cuando apareció la obra en castellano, los responsables de Norma tuvieron el buen criterio de montar un minisite que ayuda a entender el proceso de creación de este cómic, con entrevista a la autora incluida. Al final de la obra, muy recomendable, la autora se dibuja ya en su país, reencontrándose con sus amigos estadounidenses. Uno de ellos le pregunta, a dos viñetas del final: “¿Qué demonios pasa en Israel?”.

La cara de ella es todo un poema.

 

Periodismo contra los apagones informativos

 

Todo el mundo tiene una historia que contar. Es una de las máximas del periodismo. Si uno escarba, en su propia vida o en la de otros, acabará hallando restos de una vivencia y algo podrá hacer con ellos. Es el punto de partida de un cómic autobiográfico que va encadenando historias envueltas a su vez en la historia de la gestación del cómic, un relato de relatos con el periodismo como verdadero telón de fondo. Se titula “Oscuridades programadas”, la metafórica traducción a un concepto muy asentado en inglés (rolling blockouts), que llega acompañada de un subtítulo mucho más descriptivo: “Crónicas desde Turquía, Siria e Iraq”.

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La autora es Sarah Glidden y lo acaba de publicar Salamandra Graphic. Los medios han acudido en tropel a hacerse eco de su aparición y todos se han centrado en la reflexión que plantea el libro en torno al periodismo, a su presente y, especialmente a su papel en la sociedad. En TVE, en El Periódico, en el diario en catalán Ara han aparecido reportajes generosos en los que se hablaba más de la forma de del fondo. Un “híbrido literario”, así lo calificaba Núria Juanico en Ara, que remataba su reportaje con unas declaraciones elocuentes de la propia Glidden: el periodismo “es un oficio que cada vez incluye más géneros y ensancha sus fronteras literarias”. Lo cierto es que este cómic, con textos muy largos y continuos diálogos llenos de reflexiones ampliamente argumentadas, es una defensa apasionada del matiz, de las fuentes contrastadas, de los diferentes puntos de vista, de la duda.

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El punto de partida es curioso. Sarah Glidden acompaña a dos amigos periodistas de Seattle, defensores de una manera de entender la profesión más cercana al cooperativismo que al mero negocio de informar. Seattle Globalist es el nombre de este proyecto que sigue bien vivo. En este a viaje a Oriente Medio va con ellos Dan,  un curioso acompañante, amigo de la infancia de la autora, exmarine destacado a la guerra de Iraq, que quiere ver in situ las consecuencias del paso del Ejército estadounidense por aquellas tierras. A ratos se arrepiente de haber formado parte de aquel contingente que tanto dolor ocasionó, a veces quiere pensar que no todo estuvo mal y que, en cierto modo, ayudó a derrocar al tirano. A veces no quiere desvelar su paso, en otras ocasiones se presenta como un marine que estuvo ahí.

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Esa historia, la de Dan, aparece de manera recurrente a lo largo de todo el relato e incluso sirve de argamasa para enlazar con otras biografías. Hay un bloguero iraní que cuenta su manera de hacer, hay un funcionario de Naciones Unidas que que enumera en qué consiste ser refugiado, hay, precisamente, un refugiado iraquí que fue expulsado de EEUU tras una oscura acusación de haber colaborado con Al Qaeda y hay muchos pequeños dramas, muy tristes por su cotidianeidad, protagonizados por exiliados kurdos. Muchas historias que van proporcionando diferentes puntos de vista mientras el grupo de amigos en los que se ha “empotrado” Sarah Glidden va reflexionando sobre su propia vista, sobre el periodismo, sobre la actitud de su país como árbitro del mundo y hasta acerca de sus propias vidas. “Necesitamos comprender cómo obrar con inteligencia dentro de la complejidad. Supongo que esa es la promesa del periodismo de calidad”.

Del periodismo de calidad y hasta de la propia existencia. Ese cuestionamiento permanente se puede apreciar en otro pasaje de este prolijo relato (300 páginas): “todo lo que hago como periodista se basa en el convencimiento de que, al exponer información e ideas, la gente se cuestionará cosas que daba por sentadas”. La obsesión por contar con todos los puntos de vista, el afán por huir de la comodidad que proporcionan los relatos oficiales, recuerda los cómics de Joe Sacco, al que dedica la autora la obra, entre otros autores. Técnicamente, las acuarelas y los tonos pastel de Glidden nada tienen que ver con el trazo de Sacco, en glorioso blanco y negro. Tampoco la composición de las páginas: poco rastro hay aquí de esas panorámicas a doble página, bien abigarradas, tan del gusto de Sacco.

Coinciden ambos, sin embargo, en la abundancia de textos, en el gusto por añadir una frase que acabe de dejar claro lo que cualquier protagonista quiere decir. El cómic de Glidden recuerda también a Sacco en ese planteamiento casi documental de escribir sobre el terreno, de mostrar con precisión cómo es el pequeño piso donde vive un refugiado kurdo, cómo se ve la ciudad de noche, cuando se producen los apagones que dan título al libro, cuánto fuma uno de los entrevistados o de qué manera cocinaba en EEUU los bollos de miel, en el microondas, y cómo los extraña ahora, el refugiado iraquí que fue expulsado por colaborar, supuestamente, con el terrorismo islámico que tiene al mundo en jaque.

“¿Qué es el periodismo?”, se pregunta la autora cuando queda escasamente una docena de viñetas para el final. La respuesta es una sucesión de preguntas, que hay que ver contextualizadas, dibujadas, una detrás de otra, en la página 296. Y así al final, volver a preguntarse: “¿PARA qué se hace periodismo?” Algo me dice que la respuesta a tan complejas cuestiones está en realidad hacia la mitad del libro, e incluso oculta en el propio título. Los “rolling blockouts” del título original no suenan tan bien como esas “oscuridades programadas” de la traducción al castellano. Son, lisa y llanamente, “cortes de luz provocados”, muy del gusto de los estados autoritarios o de los países que viven situaciones convulsas. En la página 152, observando la ciudad de Suleimaniya, en el Kurdistán iraquí, dice la autora que “se programan apagones para evitar sobrecargas y conseguir que la red siga funcionando”.

Se puede añadir el adjetivo “informativos” detrás de “apagones” y todo tendría más sentido todavía.