Viajar en dibujos

Últimamente me voy “encontrando” con Jorge Carrión sin yo pretenderlo. Ahora mismo estoy leyendo un curioso libro de viajes por carreteras secundarias de España, que lo firma Alfonso Armada, pero está dentro de una colección llamada “Lo real”, publicada por Malpaso y dirigida por Carrión. Desde hace meses voy demorando la lectura de un libro suyo que tuvo unas estupendas críticas y que a mí me ha llegado en una “edición ampliada”. Se llama, cómo no, “Librerías” y lo publicó Anagrama. Y ahora acabo de degustar un libro-revista maravilloso, que combina la cabecera de “Altaïr Magazine” con el título “Viajes dibujados”, lleva el sello de Norma Editorial y una cubierta de lo más atractiva, firmada por Miguel Gallardo. Pues en esta conjunción de nombres también está Jorge Carrión como “asesor editorial y autor de los textos introductorios”.

No tienen desperdicio esas introducciones a las catorce historietas que viajan por todo el mundo, con estéticas bien diversas y planteamientos muy diferentes, algunos verdaderamente originales. Carrión es también el responsable del texto “Imágenes y palabras para (re)imaginar el viaje”, que en ocho páginas parte de Heródoto y esos dibujos que se intuye ilustraban sus crónicas para hacer un elogio de los cuadernos de viaje ilustrados que, sin ánimo de verlos publicados, llevaron tantos viajeros más o menos ilustres. Son pocas páginas pero el lector comienza a salivar cuando se cruzan referencias tana variadas como Gauguin, Joe Sacco, el Maus de Spiegelman o Los desastres de la guerra de Goya. Y todo esto sin haber atisbado todavía una sola viñeta de estos viajes dibujados.

El trayecto arranca en Beirut, y aquí se puede continuar con la historia titulada “Fronteras invisibles” que trata la invisible “línea verde” que separaba el este del oeste de la capital libanesa durante las guerras civiles de los años setenta, ochenta y noventa. El bus de la línea 4, que cruza esas murallas inexistentes físicamente, con viajeros de todas las comunidades religiosas de la ciudad es uno de los símbolos de un lugar que ahora muestra otras cicatrices, tan habituales en todo el mundo: las zonas para gente con dinero donde no son bienvenidos los que carecen de él.

Este peculiar cuaderno multiviajero le cede el protagonismo luego a Florencia, con la visión personal que de ella ofrece una dibujante por la que sentimos debilidad: Sarah Glidden. La capital universal del arte, en sus lápices, es muy diferente de lo que dicen las guías. Esbozos en blanco y negro, largas marchas de texto y una mirada muy particular nos muestra de otra manera esas calles que deben de estar llenas de turistas, pero que aquí no tienen cabida.

La ruta sigue por México, con las ilustraciones casi psicotrópicas de Peter Kuper; se desplaza a Australia, de la mano de Gabi Martínez y Tyto Alba; pasa por Berlín, visto por la libanesa Zeina Abirached; y llega al Kurdistán iraquí. El relato “Domiz”, de Olivier Kugliz, sobre el campo de refugiados del mismo nombre, es una de mis preferidos en esta obra: por el tema, por la estética de las ilustraciones, por la ternura con que se aborda la dureza cotidiana en un campo así, donde los refugiados quieren volver como sea a algo parecido a una rutina.

Los viajes dibujados pasan también Rusia, Nueva York, Guinea Ecuatorial, Tierra del Fuego, el casi recién nacido Sudán del Sur o Nicaragua. Y hasta hay espacio al final para un original ensayo gráfico en el que se tratan cuestiones controvertidas como la relación entre los viajeros y los lugareños, entre “visitantes” y “locatarios”; o reflexiones acerca del museo como ese espacio donde muchas veces se encuentran los turistas con los habitantes de la ciudad que visitan.

Este número especial de la revista es un lujazo que se puede leer del derecho y del revés, con historias que no serán en absoluto caducas. Y al que se podrá volver de manera recurrente. Algo parecido ocurre con la librería del mismo nombre que abre sus puertas en la Gran Via de Barcelona. Es un lugar al que se puede entrar para deambular por su plantas, mirando mapas, soñando con viajes, echando un vistazo a lo que escribieron otros cuando tuvieron la oportunidad de visitar lugares. Para los que no tienen tan fácil viajar a la capital catalana, la recomendación es pasear por el blog de Altaïr.

Y pasarán las horas sin darse cuenta.

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Las fotos de Mauthausen

El trayecto desde la estación de tren de Mauthausen hasta el infausto campo de exterminio del mismo nombre atraviesa la localidad de punta a punta, sigue por un trazado que está marcado con las señales del tramo austriaco del Camino de Santiago y se va elevando por en medio de casas unifamiliares, hasta llegar a un altozano desde el que se aprecia un paisaje, que en pleno verano, mezcla campos de un verde delicado con tonos amarillos en algunos árboles y el azul desbordante de un mediodía repleto de luz. Es un lugar de lo más agradable si no fuera por el estigma de las atrocidades que se cometieron en aquellos parajes.

Cualquier visitante del campo, si no va en coche, tiene que hacer el mismo recorrido que los presos que llegaban en reatas y pasaban por aquellas calles entre la indiferencia de la mayoría de los lugareños. Todavía hoy causa cierta sorpresa que se erijan casas tan coquetas a escasos centenares de metros de semejante memorial de barbarie. Un amigo que había visitado el lugar me dijo cuando le comenté mi intención de ir: “dicen que no hay pájaros en el campo”. En las horas que pasé por ahí no me fijé en ese detalle, impresionado quizá por el silencio que se abatía sobre el lugar.

Durante algunos años leí bastantes estudios sobre los presos españoles en los campos de exterminio, desde Jorge Semprún a Mariano Constante, pero hubo un momento en el que no pude soportar aquella sobredosis de barbaridades. Cuando apareció la investigación de Benito Bermejo titulada “Francesc Boix, el fotògraf de Mauthausen” (publicada por La Magrana en 2002; y en castellano por RBA) me reenganché al tema pero no pude terminar el libro. El horror era el verdadero protagonista de este estudio exhaustivo, documentado con una minuciosidad que llegaba a herir, de tan elocuente. Allí se explicaba con todo lujo de detalles la epopeya de un grupo de comunistas (en su mayoría) españoles que se conjuraron para sacar del campo fotografías que pudieran ser testimonio de las atrocidades cometidas ahí dentro. Entre ellos estaba Boix, que había sido reportero gráfico antes de la guerra civil española y que había conseguido estar en los laboratorios del campo, asistiendo a un oficial que cultivaba la fotografía de una manera enfermiza, hasta el punto de dejar constancia no sólo de las salvajadas que se perpetraban sino también de las visitas “insignes” que hacían destacadas personalidades del régimen nazi.

Boix y sus compinches tejieron una red tan débil como perfectamente sincronizada que logró sacar unos cuantos cientos de negativos, hasta una granja cercana en la que vivía una mujer dispuesta a no mirar hacia otro lado. Este episodio valiente permitiría que algunos jerarcas nazis pudieran ser juzgados en Nuremberg y, ante la evidencia de las pruebas, ser condenados (algunos) a la pena capital.

El libro de Benito Bermejo recorre todo el periplo vital de Francesc Boix, desde su nacimiento en 1920 en la calle Margarit de la capital catalana hasta su muerte prematura en París, el mes de julio de 1951. Es una obra ricamente ilustrada, con cientos de imágenes, algunas de ellas verdaderamente espeluznantes. Está también enriquecido con perfiles e investigaciones colaterales que ayudan a contextualizar, y se recopila incluso la declaración de Boix en Nuremberg en el tribunal de 1946. Una investigación imprescindible para conocer una de las epopeyas (si es que hubo alguna que no lo fue) vivida en aquel infierno de Mauthausen.

Como por desgracia no es frecuente que este tipo de trabajos trasciendan el ámbito académico y el de las personas especialmente interesadas en el tema, me sorprendió que desde hace unos meses se empezara a hablar del “fotógrafo de Mauthausen” y menudearan las menciones en las redes. Había en marcha una película (que tuvo cierto éxito de público) y se iba a publicar un cómic con este título: “El fotógrafo de Mauthausen”. Apareció hace unos meses, editado por Norma, con guion de Salva Rubio, dibujo de Pedro J. Colombo y color de Aintzane Landa. Intuyo las dificultades del guionista para condensar una historia tan potente, para centrar en una selección de detalles una vida tan plena y tan decisiva para sus semejantes. Los dibujos están inspirados muchas veces en esas fotografías ya emblemáticas de Boix, que muestran la dureza del día a día en el campo, la presencia cotidiana de la muerte. Y hay dobles páginas espectaculares con perspectivas del campo, sus torretas, sus muros y alambradas, toda esa parafernalia destructora que acompañaba a esos esqueletos vivientes en que acabaron convirtiéndose los miles de personas allá encerradas. El color de las páginas adquiere tonos sombríos, incluso cuando el campo fue liberado y Boix recaló de nuevo en París.

La publicación del cómic, como el estreno de la película, puede ser la mejor manera de que la vida de Boix, y la de sus camaradas primero en la lucha y luego en el campo, sea conocida por una parte del público y unas franjas de edad que no tendrían acceso a un libro como el de Bermejo, publicado hace casi veinte años. Este cómic, además, ofrece un dossier histórico que combina en más de 50 páginas textos de Rosa Torán (historiadora y vicepresidenta de Amical de Mauthausen) y Ralf Lechner (responsable de colecciones en el Memorial del campo) con explicaciones del autor acerca de cómo se gestó su trabajo. Además, hay numerosas imágenes de Boix, algunas recreadas también en las viñetas, y de Paul Ricken, el nazi al que el fotógrafo catalán ayudó en el campo y cuya minuciosidad permitió demostrar el conocimiento que los nazis tenían de las actividades en el campo, el mismo que intentaron soslayar durante el juicio de Nuremberg.

El duro epílogo de este cómic, que comienza explicando el porqué de su existencia: “difundir el conocimiento del Holocausto español y el destino de sus supervivientes”, acaba con una pregunta: “¿cómo explicar la tolerancia de todos estos estamentos [muchos de nuestros políticos, empresarios, sacerdotes, jueces y la monarquía] ante crímenes contra la humanidad y el desprecio a las víctimas y sus familias hasta hoy?”.

En esas estamos.  

Pasado y presente


Hace pocos días me llegó por Whatsapp me llegó el mensaje escueto de un amigo: “Si puedes, léelos”. Y esta foto.

Después llegó otro texto lacónico: “Pasado y presente”.

Como el criterio comiquero de mi amigo hay que aceptarlo a pie juntillas, enseguida los localicé y me metí con ellos. Ambos son de Norma, uno publicado hace 11 años y el otro de febrero del año pasado. En cualquier caso, las ediciones originales de estas dos obras se remontan a la década de 1980 y tienen unas génesis llenas de vericuetos que quizá expliquen esas tramas alambicadas, en las que se pueden rastrear referencias de otras obras y otras artes.

“Reyes disfrazados” parte de un texto de James Vance, que el propio autor explica en un breve prefacio que tiene sus raíces en una obra de teatro suya que gozó de cierto éxito y que a su vez rebusca en los recuerdos de su niñez, cuando pasaba los veranos en casa de su abuela y de tanto en tanto aparecían por la puerta trasera “zarrapastrosos pidiendo comida o dinero”. Los dibujos corren a cargo de Dan Burr, con una estética que en la página de arranque de la historia me remitió directamente al rostro de Henry Fonda y a los paisajes en los que acontece la adaptación cinematográfica de “Las uvas de la ira”. Freddie Bloch, el protagonista, es un chaval que tiene mucho de Tom Joad, el protagonista de la novela de Steinbeck, de la peli de John Ford y hasta de la canción que muchos años después escribió Bruce Springsteen.

Esos soñadores con los que se va encontrando Freddie en su periplo por la América devastada de la Gran Depresión son los “reyes disfrazados” del título. Son los que pueblan esa carretera “que está viva esta noche” (en la canción el Boss), los que se ayudan sin pedir nada a cambio. En un largo viaje en el vagón de un tren de mercancías, Bloch intenta entender qué clase de personaje lo acompaña. Se hace llamar “el rey de España” y parece sumido en una locura de la que sale de tanto en tanto para soltar frases que son una declaración de principios: “caminar a oscuras intentando hacer lo mejor para la gente que quieres. Esperando que no puedan ver lo asustado que estás de pifiarla, pero apechugando porque tienes gente que cuenta contigo. Eso es lo que hace un hombre. No puede hacer más”. Llegan ahora los ecos de aquella balada mortecina de Springsteen convertida en un grito de guerra en la versión que montó muchos después con Tom Morello, de Rage Against the Machine, cuando Tom Joad le pide a su madre que le busque ahí, “dondequiera que haya alguien luchando por tener un sitio donde establecerse, o por un trabajo digno o una mano que le ayude, dondequiera que alguien esté luchando por ser libre”. Y remata con esa frase efervescente: “Look in their eyes, Mom, you’ll see me.”

Esta novela gráfica, que en la contraportada dicen que está considerada uno de los 100 mejores cómics de todos los tiempos, ha sido galardonada con los premios más prestigiosos y cuenta en esta edición con un prólogo de Alan Moore que es un premio en sí mismo. Después de contextualizar la historia explicada, describe de maravilla estas 200 páginas sensacionales: “resonantes y claras líneas de tinta y líneas de diálogo, en negros sólidos que van más allá de borde la luz que proyecta la hoguera y en tonalidades morales grises que amenazan con devorar las mejores intenciones”. En esta “obra maestra manchada de barro”, dice Alan Moore, “hay buena gente”.

También la hay en “S.O.S. Bienestar”, edición integral de una serie de historietas que con guion de Van Hamme y dibujos de Griffo se empezó a publicar a finales de los ochenta. Es el presente, que decía mi amigo, a pesar de que esta distopía que su autor empezó a pergeñar en 1973, cuando decidió dejar su trabajo en una multinacional. De ahí extrajo un episodio anecdótico que está en la base de una de las historias, el de un empleado que llevaba años enviando una estadística de cientos de páginas sin cuestionarse que tuviera sentido alguno.

Las diversas historietas (“Aspiraciones profesionales”, “¡Vivan las vacaciones!” “Seguridad pública”…) encuentran un sentido global gracias al bloque final titulado “Revolución”. Mientras tanto, los lectores creen estar viendo en viñetas una versión actualizada del “1984” de Orwell o una traslación al siglo XX de algunos de los relatos de Kafka, aunque hay algo que trae ecos permanentes de un lenguaje similar, también con estética muy clara y un fondo muy oscuro. Después de ver en varias páginas referencias a las pantallas, a tarjetas inteligentes, al Estado benefactor que  tiene todas nuestras vidas parametrizadas me asombra que hace treinta años estuvieran anticipando los argumentos de algunos de los episodios más celebrados de una serie muy en boga ahora mismo: “Black Mirror”.

El presente de hoy fue imaginado hace tres décadas, con un poso apocalíptico que incluso se quedó corto a la hora de calibrar la alienación, el control y el afán acaparador que rigen nuestros días. La última viñeta hablaba de libertad, como la del cómic de los “reyes disfrazados” apuntaba a los sueños. Debe de ser el resquicio que sus autores dejan a la esperanza, tras pintar unas historias que, una en glorioso en B/N y la otra en luminoso color, albergan tanto pesimismo.

¡A jugar!

Cátedra publicó en 1987 la primera edición de “Ejercicios de estilo”, en una versión fantástica de Antonio Fernández Ferrer. Hay que destacar el nombre del “versionador” de la obra original porque no pudo ser fácil verter a una lengua distinta del francés un libro que basa gran parte de su encanto en los juegos que establece con la lengua en que fue escrito. No sé en qué reimpresión debe de estar este libro, la que yo tengo de 2012 es la 15ª, o sea, una nueva edición cada año.

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Este es el libro que dio más fama a Raymond Queneau, y se sigue recomendando a todo aquel que quiere ponerse a escribir. Es una buena manera de adquirir musculatura, pegada, flexibilidad, fondo… o lo que sea que necesita hacer alguien que aspira a contar algo que suscite un mínimo interés. Los 99 “ejercicios” que componen el libro son variaciones sobre una nimiedad: en un autobús alguien se queja de que lo molestan al pasar, y ese mismo alguien es visto después en otro sitio mientras un amigo le aconseja que se ponga un botón más en el abrigo”. En torno a esta menudencia, Queneau empieza a estirar la lengua, a estrujarse el magín, a ponerse estupendo, a burlarse de los estirados y de los paletos, de los que van de intelectuales, a quitar letras, a destilar la historia, a inflarla y le salen 99 maneras de explicar un acontecido que parece mentira que pueda dar tanto de sí. Ya hace unos años que José María Plaza explicó muy bien en El Mundo ese carácter juguetón del autor francés, y de sus compinches de correrías experimentales en el OuLiPo. Hablaba de él a propósito de una novela muy divertida que también tenía ese punto gamberro y que publicó Blackie Books. A nosotros nos encantó en su momento.

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En medio de tantas referencias cruzadas, hace unos días encontré en una biblioteca de Barcelona un cómic titulado “99 ejercicios de estilo”, de Matt Madden, y corrí a abrir sus páginas a ver si era lo que me imaginaba. Tal cual. Ya en la solapa de este cómic, publicado en 2007 por la desparecida Sins Entido, se informaba de que Madden es el representante americano de OuBaPo, el Taller de Historieta Potencial. Y en una breve introducción el propio dibujante dejaba clara su deuda con Queneau y explicaba el reto que se puso para aplicar “esa idea a la narrativa visual”. Le llevó varios años, necesitó del soporte de amigos que le animaban a seguir cuando Madden creía que estaba en un callejón sin salida y terminó mostrando de 99 maneras (98 si se excluye el modelo del que parte) que la forma influye y mucho a la hora de contar una historia con imágenes. La experiencia, para los que ya disfrutaron del libro de Queneau, es sumamente enriquecedora. Aquí la nimiedad que se narra es doméstica: alguien sentado delante de un ordenador se levanta hacia la nevera; por el camino una voz le pregunta la hora y, tras responder, se le va el santo al cielo. Semejante minucia se puede contar desde el punto de vista de la persona que pregunta la hora, desde dentro de la propia nevera, como si la protagonizaran unos marcianos, con una estética underground, como si fuera un anuncio o, entre otras decenas de opciones, en línea clara, en color o mediante un mapa. Esta noticia de RTVE lo explica muy bien.

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Hay un momento en el que Madden riza el rizo y en la historia 57, titulada “Dos en uno” aparecen fusionadas la historia de Queneau y la del comiquero. Aquí las posibilidades se multiplican exponencialmente y quién sabe qué podría salir si algún otro gamberro de las palabras y los dibujos comienza a abrir más puertas en este laberinto repleto de posibilidades de juego y diversión.

 

Una historia sobre silencios

Se ha dicho muchas veces que somos los nietos de los protagonistas de la guerra civil los que estamos mejor posicionados para explicar las penurias de nuestros mayores. Los padres no pudieron explicarlas porque las heridas estaban demasiado calientes. Los abuelos las explicaban en voz baja, porque sabían de las consecuencias funestas que tenía alzar la voz. En los últimos años, que es como decir de veinte años aquí, se han sucedido los relatos que reivindicaban aquellas historias a medio contar, esas biografías que explicaban los padecimientos de un par de generaciones que se habían acostumbrado a lidiar con el silencio.

Aquí nos hemos hecho eco en varias ocasiones de “otra maldita historia sobre la guerra civil” y casi siempre han sido los cómics los que han permitido que autores más o menos jóvenes intentaran ajustar cuentas con el pasado y rellenaran esos “espacios en blanco” que se adueñaban de tantas historias cotidianas, esa Historia construida a partir de las experiencias personales, esos relatos en voz baja a la hora del café, con un cigarro en las manos adustas de hombres que tuvieron que emigrar porque en su pueblo no había manera de encontrar trabajo, precisamente porque el peso del pasado recaía como una losa sobre cualquier aspiración del presente más inmediato.

“Espacios en blanco” es precisamente el título del último cómic que ha caído en mis manos, editado por Astiberri en 2017 y con la autoría de Miguel Francisco. Tres generaciones se hacen preguntas para intentar averiguar cómo dieron con sus huesos en Badalona unas personas llegadas desde un pueblo de Almería, toda una familia “culpable” de que el abuelo se negara en su día a pegarle fuego a unos santos, y no sólo por razones ideológicas sino por una cuestión meramente práctica: “ya te dije que el yeso no ardía”.

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Miguel Francisco intenta responder a las preguntas de su hijo, que no son muy diferentes de las que él hacía a su padre. Con una diferencia, el autor del cómic buscaba información en los silencios de su padre, que dejaba la mirada perdida en las sobremesas familiares, aferrado a un café, pendiente de la ceniza del enésimo cigarro. Muchos años después, las preguntas que le hace su hijo a Miguel Francisco llegan con sordina. Viven en Helsinki, donde el padre es diseñador gráfico de éxito, responsable en buena medida de los dibujos de los Angry Birds.

“Espacios en blanco” es un cómic de impecable factura técnica en el que se abordan a la vez muchos temas: la inmigración (de Almería a Cataluña, de Barcelona a Finlandia), los secretos del pasado, las relaciones paterno-filiales, la fuerza de los recuerdos y la imposibilidad de encontrar una respuesta a preguntas que no se hicieron en el momento oportuno. Miguel Francisco tiene la habilidad de viajar en el tiempo y conciliar en varios planos paralelos historias que se desarrollan con varias décadas de diferencia. Por momentos, para mostrar ese aterrizaje en tierras ignotas, hay viñetas que muestran con sutileza (otros quizá vean oportunismo) el polvazo del autor con una joven finlandesa, camarera del bar en el que recala el protagonista nada más llegar a su país de acogida.

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Hay páginas de una composición certera y una línea gráfica que recuerdan mucho a Jaime Martín y su “Jamás tendré 20 años”. El homenaje a las desdichas del padre entronca con el cómic de Miguel Gallardo, los de Sento o los de Kim y Altarriba. Se perciben ecos de “Los surcos del azar” de Paco Roca. Es una obra que no desmerece en absoluto ese subgénero que agrupa los cómics que intentan explicarnos el pasado reciente, esos espacios en blanco que en casi todas las familias necesitamos rellenar para entendernos un poco mejor a nosotros mismos, y de paso saber por qué seguimos teniendo esa necesidad de mirar hacia atrás.

Unos terroristas muy chapuceros

Hablábamos el otro día de una novela satírica, con un punto histriónico, que se reía de esta sociedad alocada en la que vivimos, confrontándola a una invasión alienígena de bolas peludas que brillaban por su inteligencia. Un relato divertido que por momentos congelaba la sonrisa del lector y le llevaba a preguntarse dónde acababa la parodia para, desgraciadamente, convertirse en reportaje, en cierto retrato del mundo occidental.

En paralelo a esta novela de Luke Rhinehart iba pasando las páginas de “El archivo corso”, uno de los álbumes más conocidos del recientemente fallecido Pétillon. Un cómic de 48 páginas que fue galardonado en 2001 como “mejor álbum” del Festival de Angoulême y que fue publicado por Norma Editorial en 2006, cuando en Francia era un fenómeno de ventas, con muchas decenas de miles de ejemplares acumulados.

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Como esos tuits que dicen que dos noticias se entienden mejor juntas, esta novela y este cómic se complementan, porque ambos encierran una crítica a la sociedad que retratan, y también ambos echan mano del humor para no desesperarse ante la imbecilidad reinante y las dos terminen con una especie de pesimismo que no permite tener demasiada fe en las autoridades.

El cómic de Pétillon se atreve con un asunto espinoso, como es el terrorismo corso. El desgarbado Jack Palmer recibe el encargo de un notario parisino de llevar un sobre a un terrorista corso, que permanece huido. Aparece el detective por la isla y enseguida descubre que hay preguntas que no deben formularse, y menos “a la manera continental”. Se desencadenan entonces situaciones absurdas (e hilarantes) con facciones disidentes que albergan más disidencias en su seno y, como en “La vida de Brian” ya ni saben por qué disienten. Las venganzas entre clanes, los ajustes de cuentas, las explosiones “casuales” o la amnesia repentina a la hora de declarar ante un tribunal tienen el aroma de “Los Soprano” o de las pelis de Coppola y Scorsese. Y la incompetencia unos gendarmes que ya no saben quién es el enemigo tienen algo del estridente Louis de Funes haciendo de las suyas.

El humor socarrón de Pétillon aparece ya en la segunda viñeta, recién llegado Palmer al aeropuerto de Ajaccio, cuando toma un taxi y pide ir a Rossignoli. “Está en su derecho”, le espeta el taxista. El detective empieza a husmear con su cara de eterna estupefacción mientras un fino y corrosivo tono de burla acompaña una historia de tiros y asesinatos que no debió de ser fácil de trasladar a una historieta. Pétillon lo hace con delicadeza. Ayudado de cierto candor transmite la absurdidad de matar por una bandera, un trozo de tierra o unos agravios en vías de ser olvidados.

El sobre que el notario de Paris ha entregado a Palmer para que entregue en mano a Ange Leoni es la excusa para hacer avanzar la trama. Como ocurría en “El caso del velo”, que comentamos aquí, el festín narrativo está servido, regado con sabias dosis de escepticismo (nunca se ha de subestimar a un estúpido) y aliñado con un elegante toque de humor que hacen digerible un asunto difícil.

Recuerdo de Pétillon

“René Pétillon ha muerto. Mierda.” Sucinto, expresivo, se manifestaba Yan Lindingre, redactor jefe de la revista Fluide glacial. Lo anunció en Facebook el último domingo de septiembre y la noticia enseguida corrió por los medios, que empezaron a sacar necrológicas más o menos elaboradas. El diario Libération le dedicó una semblanza larga y documentada, en la que quedaba clara su admiración por este dibujante indisolublemente asociado a su personaje más famoso: Jack Palmer.

Este detective zarraspastroso, divertido por sus patochadas, encantador en tanto que inasequible al desaliento, era un fijo en las listas de cómics que había que leer alguna vez en la vida. Gracias a esa paradójica fama efímera que proporciona morirse, durante unos días se habló mucho de Pétillon (y de Palmer) y me esmeré por fin en conseguir un par de cómics, con los que paliar esa carencia que tenía, y que nunca acababa de restañar.

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“El caso del velo”, publicado por Norma en 2006, es el penúltimo affaire que protagonizó Jack Palmer, al recibir el encargo de una dentista para localizar a su hija, que había abrazado la fe islámica y no quería saber nada del decadente mundo occidental, repleto de señuelos y tentaciones. Palmer investiga sobre el terreno y su autor se permite dibujar unas escenas hilarantes, donde la cara de estupefacción de su detective podría ser perfectamente la del propio Pétillon, cuando se tropieza con unos musulmanes que parecen encantados de ejercer su propia caricatura, igual que los matones de Los Sopranos imitan a los mafiosos de “El Padrino” o “Uno de los nuestros”. La faceta de Pétillon como periodista gráfico en Le Canard Enchaîné se puede apreciar de manera descarnada en algunas viñetas , como el pasaje en el que un par de chupatintas de la ENA viene con el propósito de ejercer de mediadores en un conflicto entre musulmanes, con una facción fundamentalista que ocupa una mezquita de barrio en París. El propio final de la historia tiene mucho que ver con esta realidad chapucera, donde las miserias cotidianas arruinan cualquier pretensión de choque ideológico de altos vuelos.

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Mucho más terrenal es “Triunfo en Hollywood y otros relatos”, la trilogía que Pétillon “guionizó” para que la dibujara Jean-Marc Rochette, protagonizada por un par de majaretas que reivindican ante la monarquía británica la soberanía de las islas de Jersey y Guernesey. El que se considera legítimo propietario de una serie de derechos sobre estos ínfimos territorios es Louis de Vétilleux, merced a unos títulos que logró en el siglo XII un antepasado suyo. Le acompaña en sus viajes por el mundo un colega armado con un diccionario enciclopédico, herramienta que le proporciona ideas inmediatas para sus delirios de grandeza. Se llama Dico y lleva siempre en la mano un ejemplar de “Le Petit Robert”, con el que puede ser sucesivamente (y en pocas páginas) Guillermo el Conquistador, Henry Kissinger, Margaret Thatcher o John Lennon.

Las publicó en un solo volumen Planeta deAgostini en 2008. Las tres historias son desopilantes. Y guionista y dibujante van jugando con todos los tópicos, exagerando las gamberradas: los ingleses como estirados, los franceses come-ranas, los frívolos americanos de Hollywood y los ávidos de dinero en Wall Street, el productor plenipotenciario de la Meca del cine y la abuelita irlandesa que sueña con devolver el a los ingleses el revés que sufrieron sus antepasados. Hay gran cantidad de detalles, a veces muy sutiles, que enriquecen una historia protagonizada por un par de cantamañanas deliciosos (como lo es Jack Palmer) que revientan todos los tópicos y, precisamente por eso, hacen partícipes a los lectores y les animan a seguir página a página.

En pos de la siguiente animalada. Qué juerga

Esto es un infierno

Los tesinandos (y también sus consortes) saben más o menos cuándo comienza la aventura pero ignoran por completo todo lo que se encontrarán durante semejante trayecto y no tienen ni idea de cuándo llegarán a puerto. Es una experiencia dura, un ejercicio de resistencia, la prueba de fuego de muchas carreras profesionales, de muchas parejas también.

Una tesis puede ser un infierno que con el tiempo se recuerda con una sonrisa (aunque sea helada) mientras se respira aliviado por haberla dejado atrás. El camino hacia el doctorado está empedrado de buenas intenciones, y los que lo han recorrido vuelven cambiados, por dentro y por fuera. Si hay un consuelo es que en todas partes cuecen habas y que lo que nos parecía propio de la universidad española tampoco es tan diferente en Francia, Alemania o Gran Bretaña.

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El cómic “Maldita tesis”, de la francesa Tiphaine Rivière, se ha ido traduciendo al castellano, el inglés o el alemán y provoca risotadas en cualquier lengua, porque las circunstancias que rodean a Jeanne Dargan cuando, a los veintisiete años, deja su trabajo como profesora de secundaria para investigar sobre Kafka no difieren demasiado en toda Europa. El director de tesis que desaparece y no contesta a los correos de su doctoranda; la burocracia universitaria que impide a la investigadora cobrar por su clases, en las que sustituye a un profesor titular; la falta de financiación para afrontar los gastos que generar vivir día a día, con la molesta manía de comer mientras se investiga; los comentarios condescendientes de los familiares, que ven que aquello no termina nunca; la dulce tentación de dejar para mañana el definitivo arranque de la redacción, después de haber procrastinado en los años de investigación…

Son situaciones que a todo el mundo le suenan y que Tiphaine Rivière explica con una dosis de mala leche y mucha gracia para desdramatizar, incluso riéndose de sí misma. La autora de inspira en sus propias vivencias, no en vano fue estudiante de doctorado y trabajo en los despachos de la universidad para ir obteniendo algunos ingresos. Lo fue consignando en un blog llamado Le bureau 14 de la Sorbonne, que acabó en esta novela gráfica tan hilarante. La publicó Grijalbo en 2016, con traducción de Carlos Mayor Ortega, y una de las fortalezas de sus páginas es el dinamismo de cada plana y la expresividad de sus dibujos.

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Las vistas parisinas de enclaves parisinos míticos de las intelectualidad (la propia facultad de la Sorbona, las terrazas de los cafés, la Biblioteca Nacional…) se alternan con situaciones cotidianas, sueños oscuros que muestran el peculiar mundo kafkiano y muchos rostros que dejan ver todas las emociones humanas.

Los agobios de la autora, que desde su trabajo en las dependencias universitarias debió de ver a muchos colegas luchando por sobrevivir a esta época, hicieron que terminara su aventura de manera bien diferente a la de la protagonista de su cómic. En esta entrevista en Le Monde es curioso ver comentarios de los lectores que refuerzan el sentir general de las viñetas. En su página de Facebook son igualmente muchos quienes recuerdan que salieron triunfadores del envite.

Un entretenimiento catártico que se lee con una sonrisa casi permanente.

El horror ilustrado

“Tengo la sensación de que, sea cual sea mi futuro, nunca abandonaré del todo este maldito campo. Siempre seré un prisionero de Mauthausen”. Son las últimas palabras de un cómic y debieron de ser las primeras palabras de la nueva vida que se abrió para Antonio Hernández Marín, cuando los estadounidenses liberaron Mauthausen y él logró su objetivo de salir de aquel infierno. Durante cuatro años y medio había perdido su identidad para ser simplemente un número, el 4443. Sobrevivió, volvió para contarlo. Más de 5.500 compatriotas suyos se confundieron con el aire en forma de cenizas, quemados en los hornos de los campos de exterminio nazi. Él volvió, pero, como tantos otros, arrastró la culpa del superviviente, el estigma de haber claudicado en algún momento, y gracias a ello haber salvado la vida. El dolor de haber sufrido tanto y no ser reconocido por sus compatriotas, porque España escondió su odisea durante la dictadura; la pena de que se hubiera silenciado su valor ya en la democracia, cuando podría haberse convertido en referente moral. Los supervivientes habían derrotado a la tiranía de los nazis gracias a los valientes ejercicios de solidaridad en que se convirtieron sus experiencias cotidianas, cuando la vida no valía casi nada y uno podía encontrarse con la muerte simplemente abrazando una valla electrificada.

El cómic “Deportado 4443”, publicado por Ediciones B en 2017, es la recopilación en forma de libro de un ejercicio que se puso en marcha en Twitter, en la cuenta @deportado4443. La abrió el periodista Carlos Hernández de Miguel y fue explicando en tiempo real la experiencias de su “tío de Francia”, que acabó en Mauthausen un día de finales de enero de 1941. Había recorrido en tren los paisajes nevados de Europa en medio de la incertidumbre, aterido de frío, rodeado de compañeros que morían de hambre y sed dentro de vagones de ganado, sellados por fuera.

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Una peripecia similar a la de Antonio Hernández la habíamos podido leer antes en obras de Joaquim Amat-Piniella, Mariano Constante, Francesc Boix, Jorge Semprún, Primo Levi o Neus Català. Todos arrastraban el dolor de haber salido vivos de semejante akelarre. Lo que hace diferente este relato es que su sobrino abrió esa cuenta en Twitter (hoy acumula más de 40.000 seguidores) y de ese éxito nació este cómic, con dibujos de Ioannes Ensis, tan bellos en su impecable factura técnica como desoladores por la realidad que muestran. Los textos son casi telegráficos, de acuerdo con las exigencias de la red: “No puedo creer lo que veo. Hay una fortaleza enorme en lo alto de una colina que acabamos de subir. Todo es de piedra; la puerta está coronada por un águila” (página 42); “Los SS tienen días de diversión. En el último convoy llegaron varios judíos holandeses. No les dan de comer, tienen los ojos entumecidos, sin dientes, y a varios les faltan las orejas. ¡Pobre diablos!” (página 106); “En estos días Hitler celebra su 54 cumpleaños. De Diego dice que ha oído que harán una gran fiesta. Nos tememos lo peor” (página 188); “El campo está tranquilo por fuera… Los cañonazos se oyen cada vez más cerca. Espero que los rusos lleguen pronto y acaben con esta incertidumbre” (página 244).

Estos tuits, que hemos podido leer de forma mucho más extensa en obras memorialísticas o en investigaciones, aparecen ilustrados en este libro con unos dibujos estremecedores, con una factura técnica que hiere por su belleza, por la precisión, por el grado de detalle. Casi todo lo que aparece lo hemos leído o visto antes: las fotos de Boix, la desgraciadamente famosa escalera de Mauthausen, la solidaridad entre los deportados, el activismo de Constante, el sadismo de los médicos nazis, el frío, los piojos, la sopa sucia con un nabo flotando…

 

Se hace difícil admirar la belleza gráfica de cada página sin que quede atenuada por la crudeza de los breves textos que las acompañan. Es un libro absolutamente admirable, que provoca una mezcla de sorpresa, estupor, admiración y repulsa. La historia es tan dolorosa que ni la admirable labor del dibujante Ioannes Ensis puede poner paños calientes.

Es un libro desolador, deslumbrante, admirable, doloroso.

 

 

El hombre encelado

He visto un par de veces los cómics de Agustín Ferrer, y se lo tengo que agradecer en ambos casos a Jot Down, que los ha incluido en los packs de promoción cuando uno compra algún ejemplar de su cada vez más amplio catálogo de revistas y libros temáticos. Hace unos meses leí “Cazador de sonrisas” (Grafito editorial, 2015), el día a día de un dentista estadounidense en la década de 1960, esclavo de una serie de obsesiones que tiene un componente morboso de primer orden, por esa mezcla de pavor e incertidumbre que suelen provocar los odontólogos. Tienen a sus pacientes a su merced, anestesiados o medio atontados, trajinando en medio de unos ruidos infernales y ejerciendo unas fuerzas que parecen que van a desmontar el complejo Lego que albergamos en nuestras bocas. Aquí pueden verse algunas páginas interiores de este cómic de “línea clara e historias oscuras”

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Me llegó el otro día un nuevo cómic de Agustín Ferrer, de cubierta horrorosa y título que parece extraído de una peli porno de hacer treinta años: “Las apasionantes lecturas del Sr. Smith” (reedición en 2018 a cargo de West Indies Publishing Company). Y algo calenturiento hay al final de cada historieta, con esas erecciones que hacen feliz a la señora Smith, y que llevan en una ocasión al hijo de ambos a preguntarse atónito: “Mamá, ¿a papá le ha picado un bicho?” ante el abultamiento que muestra la entrepierna de su progenitor.

Apasionantes Lecturas

Este cómic es de formato pequeño, y su estridente cubierta de un verde subido (a tono con las historietas) no es justa con las páginas interiores, dibujadas con detalle y buen gusto, al servicio de un guion gamberro, que parece escrito por una cuadrilla de amigotes que van pidiendo rondas de cervezas a medida que ponen el colofón (erecto) a cada relato. Todo gira en torno al Sr. Smith del título, trabajador de Silverstone Books, que confía en su buen ojo a la hora de seleccionar títulos para su catálogo. Su trabajo consiste en leer originales y descubrir potenciales éxitos. Da igual el género: de novelas del Oeste a historias de marcianos, de cuentos infantiles a relatos de ciencia ficción. Siempre acaba con picores en la entrepierna que despiertan el deseo de su señora y parece que acaban satisfaciéndola.

Un humor simple que hace las delicias de lectores como yo…y como la madre del autor. Así lo hace constar en la dedicatoria: “A mi señora madre, que aún sigue riéndose de estas cosas”. Los títulos de los capítulos parecen sacados de un cómic irreverente de Mortadelo: “Orgullo y prepucio”, “Tras el culo de Asimov”, “Arquitectos contra la ley de la gravedad”… Y esos finales tronados, con ese punto adolescente “siempre pensando en lo único”, son simples pero efectivos.

En esta entrada del blog de cómic de TVE se puede averiguar quién es Agustín Ferrer, un arquitecto navarro que quería meterse en el mundo de las viñetas. Se mencionaban los dos cómics que hemos comentado aquí (de eso hace ya unos cuantos años). Y en el propio blog del autor se puede apreciar que ha seguido trabajando y que quizá ahora sus obras son menos gamberras.

Para nosotros ha sido un agradable descubrimiento.