Una novela kurda

El gozo que proporciona leer “Las plumas” es una recompensa a la perseverancia. Esta novela de Salim Barakat, un sirio de raíces kurdas, fue escrita en árabe y refleja, con mucha sutileza, algunos de los momentos de este pueblo sin estado. La versión original apareció en Nicosia en 1990 y se vertió al castellano hace un par de años, en traducción de Carolina Frías Ortiz y Almudena García Algarra, que publicó Navona.

las plumas

No es una novela fácil. Conocer, siquiera de manera somera algunos de los episodios más destacados de la historia kurda, ayuda a saborear el relato, que intercala unas vivencias muy personales con evocaciones del pasado reciente y lamentos por tantos sueños rotos y tantas traiciones. El primer capítulo de la primera parte lleva un título largo, medio jocoso, que se convierte en un spoiler en toda regla: “Esbozo heterogéneo del tiempo anterior al suicidio de Mem y los detalles anunciados, aireados a la ligera”.

El centenar largo de páginas que desarrollan tan peculiar título es una combinación lírica de sueños, metáforas, aspiraciones enigmáticas y propósitos extraños que pueden desnortar al lector más concienzudo. Las aves hablan, como lo hacen también algunos árboles; unos chacales caminan en pos de algo que hay hacia el norte y unas etéreas plumas (las del título) parece por momentos que encierran la clave para entender tan intrincada historia.

Nada más lejos de la realidad. Mem, el protagonista, vive en Chipre esperando el momento de visitar al Gran Hombre. Ha viajado desde Siria, donde ha quedado Dino, su hermano gemelo, acompañado de una extensa familia compuesta por sus padres y seis hermanas. Cuando el relato vuelve desde Chipre a la ciudad siria de Qamishli se van evocando las ilusiones rotas, aquella oportunidad perdida de la república kurda de Mahabad (en 1946), las traiciones del Ejército Rojo  y, antes y después, ahora mismo, de las potencias occidentales, que siempre han visto a “los lobos montañeses” como un aliado coyuntural al que no costaba demasiado dejar en la estacada. La brújula se vuelve loca en una de las zonas calientes del planeta, donde las fronteras se trazan con tiza y están sometidas por igual a las veleidades de un tirano que a los buenos propósitos de un demócrata que ve oportunidad de medrar.

El lirismo onírico de la primera mitad de la novela se troca en el relato aséptico de las páginas de sucesos de un diario. Y la historia avanza hacia su desenlace. La prosa de la autopsia se mezcla con los sentimientos de una familia que comienza a perder a sus miembros. La historia cotidiana de unas gentes, los kurdos, que viven entre Siria, Turquía, Irán e Iraq, reclamando un estado que les han prometido muchas veces y se lo han negado muchas más. Esta novela tan poco épica quedará como un jalón en la historia de los kurdos. Las aspiraciones de un comerciante de telas que añora el pasado al tiempo que teme el futuro, las frustraciones trasladadas a unos hijos presa de su destino, la tragedia de una familia que habla en sueños con el hijo desaparecido… son algunas de las tramas que se van superponiendo, al tiempo que hablan pájaros y plantas.

Se estrena estos días un documental de Alba Sotorra, titulado “Comandante Arian”, que muestra una historia menos evocadora pero condenadamente real. Las mujeres se han hecho con su propio espacio en las Unidades de Protección Popular (YPG), unas milicias kurdas que luchan contra el Estado Islámico y son combatidas por Turquía y apoyadas por Estados Unidos. Ese batallón femenino no sólo ha sido bien recibido por sus compañeros masculinos, sino que han copiado algunas de las iniciativas de sus compañeras, para hacer más humana (si cabe) la resistencia kurda, que lleva siglos sin cejar en su empeño.

En el programa Equilibristas, de Radio 3, Alba Sotorra explicaba sus vivencias en esa lucha de las mujeres kurdas, y cómo ha rodado cámara en mano el día a día con ellas, durante muchos meses. En los últimos años la determinación kurda contra el Estado Islámico ha permitido un giro notable en las estrategias de su pueblo. Y los kurdos han vuelto a ser protagonistas de ese avispero que se asienta sobre la antigua Mesopotamia.

Una novela de 1990, como “Las plumas”, puede parecer que es un mero relato del pasado, pero sin esos ecos no se entiende el afán de este pueblo por crear “un lugar acogedor para sus vacas, sus cabras, su nostalgia y hasta para sus huesos”.

 

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Estos lodos

Sé de la dificultad de elaborar un buen texto para la contraportada de un libro. Y por eso me dejo convencer por aquellos que considero logrados, los que explican sin desvelar, que cautivan sin epatar, que toman al lector de la mano o lo agarran por las solapas y en veinte líneas escasas lo engatusan para que les dedique las próximas horas de lectura.

“Aquest és un relat de fantasmes”, dice la primera línea explicativa de “Les possessions”. Más adelante intenta encajonar lo imposible: “Entre l’elegia, la crónica i el thriller”. Y remata la sabrosa descripción con una frase rotunda: “perquè créixer consisteix a no tenir un lloc on tornar”. Esta obra inclasificable de Llucia Ramis la ha publicado en catalán Anagrama (que la ha galardonado con el Premi Llibres Anagrama de Novel·la) y Libros del Asteroide ha hecho lo propio en castellano.

 

Es la primera vez que leo a “la Ramis”, después de haber visto críticas muy buenas sobre sus libros anteriores. Acudo a la cita con ganas, porque en sus crónicas de La Vanguardia (y antes de El Mundo) me he encontrado con una mirada fresca, coñera, libre de prejuicios gracias al hecho de ser joven, bien considerada entre sus colegas periodistas, desenvuelta y venida de fuera, de “ses illes” en este caso.

En esta novela se atisba una autora con afán por marcar un estilo personal, que ha trabajado un texto que recuerda a muchos otros pero que tiene su propia personalidad. Es una narración en primera persona (tan de moda), se pueden reconocer rasgos de la escritora en la narradora (también muy habitual en los libros de hoy), que mezcla ficción con una realidad que nos resulta muy presente (la cultura del pelotazo, el amiguismo, la corrupción en Baleares) y va alternando diversas subtramas, con viajes al pasado que tienen algo de esas series de Netflix tan presentes en los cánones narrativos de la actualidad.

Estas historias que va trenzando dibujan en segundo plano escenas de ese costumbrismo moderno con el que convivimos: un novio con problemas del pasado que aspira a una vida convencional, con un par de críos de los que enseñar fotos en Facebook; una historia de amor condenada a salir mal, unos padres demasiado acostumbrados a estar juntos como para plantearse una separación, bromas inocentes que son argamasa para una relación de pareja y tantas historias anodinas que toman conciencia de su cotidianeidad el día que alguien comete una salvajada de tal magnitud que acaba abriendo los telediarios… Y la rutina se va a hacer puñetas.

No sé hasta qué punto ésta es una novela coyuntural, de las que pierden interés cuando se oxida la realidad que las envuelve. La corrupción es el trasfondo de estas historias, en las que hay ecos de Chirbes, de ese Mediterráneo donde se ganaba dinero a toda velocidad vendiendo trozos de tierra para cubrirla de cemento. Parte del encanto de lo narrado está en el desenfado de Llucia Ramis para retratar a los cuarentañeros que viven en precario, que intentan imaginar un futuro que ven lastrado por los excesos de las generaciones que les precedieron. La pericia de la escritora para cruzar los hilos argumentales está enriquecida con esos giros que delatan su catalán de las islas y con frases luminosas, rítmicas, como la que describe, por ejemplo, el sueño ligero de las personas mayores: “als que comparteixen llit amb la mort els desperta la por, avorrida mentre tothom dorm”.

Avanza la trama y todo va ligando, aunque en uno de los hilos (precisamente el que insta a la narradora y protagonista a sospechar de su propio entorno) quede la sensación de que no se cierra el círculo. El viaje final al lugar donde fue feliz (ese al que ya avisa la canción de que nunca debemos tratar de volver) abrocha una historia tan compleja como entretenida.

Cruzando diversas historias, de una manera igualmente eficaz, monta su última novela Clara Usón, en la que quiero encontrar ciertas similitudes con el libro de Llucia Ramis. La combinación de ficción y realidad, el relato en primera persona, la corrupción y el silencio de los medios de comunicación o los tabúes de una sociedad mojigata son algunas de las premisas que comparten “Les possessions” y “El asesino tímido”, la novela de Usón publicada hace poco por Seix Barral.

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La documentación hace más verídica la ficción y una narración en primera persona con ribetes de autoficción se alterna con la desventuras de una joven llamada a ser famosa que parecía tenerlo todo: una buena posición social, belleza a raudales, una incipiente carrera en el mundo del cine (aunque tuviera que enseñar las tetas en cada película por exigencias del guión) y un amante de campanillas, de alto copete, la más elevada dignidad del estado.

Sorprende que, una vez levantada la veda o precisamente porque la real figura no se ha hecho merecedora del respeto que nos habían impuesto, se elucubre en esta novela con tanta claridad sobre los amoríos de una actriz del destape con todo un monarca, y la posible implicación de los servicios secretos en la eliminación de la chica una vez que había decidido hablar más de la cuenta. Es la parte más morbosa de una novela que lleva el particular sello de Clara Usón.

Tiene la habilidad de que no rechine en absoluto la entrada en escena de Wittgenstein, como soporte intelectual a las dos historias paralelas que se van contando: la de la joven que viajaba a esquiar con sus padres al Pirineo mientras intentaba liberarse del yugo familiar (la narradora) y la de otra joven, la actriz Sandra Mozarowsky, que protagonizaba sin saberlo una tragedia.

Si la novela de Ramis acontece en los años más recientes, con víctimas inocentes de un sistema que cada día muestra más síntomas de estar podrido hasta los cimientos, la de Usón es una foto del momento en el que todo empezó a joderse. Otra víctima inocente saltó al vacío (o fue saltada) y con ella impunidad se fue abriendo paso a machetazos, mientras las mentiras cortesanas alababan alborozadas el vestido nuevo del rey, y casi todos le reían las gracias.

De aquellos polvos…

Envidia

Es lo que he sentido al ir pasando las páginas del libro que me ha entretenido los últimos diez días. Auténtica envidia. Una investigación muy bien presentada, minuciosamente documentada, ilustrada con profusión, resultado de innumerables pesquisas y hallazgos que han debido de procurar muchas alegrías a su autor, Julià Guillamon.

La obra en cuestión cayó en mis manos como regalo de Sant Jordi, consecuencia involuntaria de un paseo por el Poblenou que ya relatamos aquí. Es un estuche de la editorial Comanegra, que contiene la versión facsímil de una novela de los años 30, titulada “Història de una noia i vint braçalets”, de un centenar de páginas, que va acompañada de un estudio del citado Guillamon, que se titula “L’enigma Arquimbau” y lleva un sugerente subtítulo: “Sexe, feminisme i literatura a l’era del flirt”.

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Si la novela de Rosa Maria Arquimbau fue editada por la Llibreria Catalonia en 1934, el estudio que se ocupa de ella se publicó 81 años después. La primera, sin contextualizar, se lee en un rato. La investigación lleva unas cuantas horas más y, además de arrojar luz sobre una novela menor que hoy quizá se despacharía como chick-lit, pone los dientes muy largos a cualquier lector que alguna vez haya disfrutado del placer de dedicar horas y horas a documentarse sobre un tema.

Creo que en ningún momento alude Guillamon a los años que haya necesitado para investigar la época que analiza. Que en realidad es todo el siglo XX y establece nexos entre numerosas personalidades de las letras catalanas desde finales del XIX hasta la recuperación de la democracia. Esa faceta investigadora del autor se puede apreciar en el reciente “El Barri de la Plata”, en trabajos anteriores (La ciutat interrompuda) y en las diversas exposiciones que ha comisariado. Ese músculo documentalista se aprecia no solo en los abundantes testimonios gráficos que jalonan todo el libro (hay cientos de fotografías) sino también en las conexiones que va trenzando entre personas, obras, acontecimientos más o menos conocidos y pequeñas historias familiares, hasta conformar un mosaico que trasciende el objetivo primero del análisis para mostrar una época, una sociedad y un panorama literario que poco tiene que ver con los grandes nombres del presente y hasta del pasado reciente.

La novela de Rosa Maria Arquimbau que origina semejantes pesquisas se ocupa de una “noia” de provincias que se establece en Barcelona para aprender peluquería. Se dedica en realidad a coleccionar amantes, que son los que proporcionan los “veinte brazaletes” del título. El tono desenvuelto con el que va explicando esa sucesión de conquistas es uno de los puntos más llamativos de esta novela corta y jugosa, que gracias al trabajo de Guillamon se puede entender como una novela en clave, ver en ella conexiones con personas reales (algunas conocidas) y mostrar los muchos cambios que experimentó este país en los años 30. Esa libertad en las formas, esa liberación de los roles, esa huida de la hipocresía aparecen como trasfondo de una historia quizá poco elaborada, con un final un tanto convencional, pero que iba rompiendo amarras con lo que entonces debía de ser la literatura escrita por mujeres.

Leída la novela, llega el momento para el segundo volumen del estuche, ilustrado en su cubierta con una bella fotografía de “l’Arquimbau”. Hay muchas más en el interior, que la muestran en su plenitud física, en una estancia en una casa de reposo, sola, acompañada, con bastantes más años encima, en Barcelona, en el exilio parisino, en su intento de llegar a México vía Orán (como tantos derrotados en la guerra), con algunas de sus parejas, con su marido, de nuevo sola…

Todas estas fotos ilustran un texto detallista que viene y va, sin perder nunca el hilo. Relata el periodismo de los inicios del siglo, explica anécdotas de Josep Tarradellas y su mujer Antònia Macià, amigos de Rosa Maria; se detiene en la relación de ésta con Josep Maria de Segarra (cuya “Vida privada” pudo servir de inspiración a la novela de la “noia”), explica las miserias de la posguerra, llega hasta los años de la transición y, en definitiva, reivindica la figura de una escritora cuyo nombre ha quedado sepultado por otras autoras mucho más poderosas: Mercè Rodoreda, con la que no congenió; Maria Aurèlia Capmany, Montserrat Roig…).

La envidia que provoca ver un libro tan bien editado, con detalles como el uso de una segunda tinta para las citas, el diseño de unas elegantes guardas o la maquetación precisa de tantas imágenes, se acrecienta (esa envidia) al entrever las satisfacciones que debió de proporcionar a Guillamon empezar a atar cabos y conectar a tantos personajes. Sus análisis pormenorizado, con un discurso muy ameno, convierten lo que parecía ser un estudio para especialistas en literatura femenina catalana del primer tercio del siglo XX en un extenso reportaje muy recomendable para cualquier persona interesada en saber qué cuece tras una historia. Y qué historia.

La hija de Mladic

“Cuando otros eran felices pero yo morí”. Es el epitafio en la tumba de una joven en un cementerio bogomil. A Danilo Papo y su padre, Vlado, les gusta localizar los camposantos de sus ancestros siguiendo un mapa arqueológico que los lleva por diversas localidades bosnias. Los bogomiles fueron una secta herética que desde Bulgaria se extendió por media Europa a partir del siglo X, hasta llegar al sur de Francia, cuyas historias de cátaros siguen dando argumento a novelas superventas en cualquier lengua. Fueron perseguidos por el Papa y dicen las páginas de color rosa de El Pequeño Larousse (consagradas a refranes y frases célebres) que en esta coyuntura se pronunciaron unas palabras que siempre me han impresionado: “Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos”. Las soltó un arzobispo católico francés ante la imposibilidad de salvar la vida de sus siervos, en el sitio de Bèziers, donde parece que se mezclaban justos y pecadores.

Esta frase, tan imponente, como el epitafio del principio, están separados por un par de páginas en una novela de casi 500. Justo en la mitad del relato, cuando se descubre quién está contando la historia. Es el mencionado  Danilo Papo, hijo de serbia y judío, nieto de musulmana y croata, un bosnio que se considera “el último de los bogomil”, que explica desde muy cerca parte de la vida de Ana Mladic, hija de Ratko, el héroe serbio que intentó aniquilar a los bosnios (casi lo consigue) y que se hizo tristemente célebre en el sitio de Sarajevo. La hija del Este se titula esta novela de Clara Usón, que fue premio de la Crítica en 2012, pocos meses después de ser publicada por Seix Barral. Una inteligente combinación de ficción y hechos históricos, prolijamente documentados, como otras de la misma autora que hemos comentado aquí.

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Ana Mladic volvió cambiada de un viaje a Moscú con sus amigos, en una época en la que no era fácil salir de Serbia por las restricciones que Occidente había puesto a sus habitantes como consecuencia de las sucesivas guerras en los Balcanes. En la capital rusa se resquebraja la campana de cristal que protegía el día a día de Ana como estudiante brillante de la carrera de Medicina. Quiere terminar los estudios cuanto antes para ejercer en el frente, curando a los soldados que obedecen las órdenes de su padre, un hombre afectuoso que idolatra a su familia y venera especialmente a esa hija modélica. En Moscú, Ana tiene que enfrentarse a sus contradicciones, negar la evidencia y, lo que es peor, descubre que la camadería que comparte  con sus colegas de viaje es fruto del temor a las represalias que pueda emprender el padre Ratko, más que de los años de confidencias compartidas con esos amigos.

El viaje a Moscú es el desencadenante de un relato que en otras circunstancias sería sencillamente la historia de una relación paternofilial truncada por una conjunción de factores como los que se dan en tantas familias. La ficción viene precedida de un breve proemio de tres páginas donde se sugiere al lector mirar un par de vídeos en Youtube. Se atisba lo que puede ocurrir más adelante.

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A partir de entonces la historia de Ana se va combinando con una “galería de héroes” que arranca con el príncipe Lazar, el mismo que regó Kosovo con sangre serbia en el siglo XIV. Comparte protagonismo con Milosevic, Karadzic y el padre de Ana, Mladic. Esta alternancia de ficción y documentación va arrojando luz sobre el día a día de ella, matizando ese amor paternal y esa admiración de la hija hacia el héroe serbio, que vuelve los fines de semana absolutamente derrengado a causa del trabajo. Y mientras saborea una merienda con su familia echa pestes de los políticos y lamenta no haber podido ser más expeditivo en su encargo de limpiar Sarajevo de bosnios musulmanes.

La fina ligazón de historias, puntos de vista narrativos, voces opuestas e informaciones documentales es el gran atractivo de una novela que muchos lectores podrán ver también como un estudio histórico. Una obra muy sutil en la que de repente suena una detonación que amortigua los bombazos y morteros que hasta entonces estaban arrasando tantos poblados bosnios, incluida la atroz matanza de Srebenica. “Los Balcanes producen más historia de las que pueden deglutir”, dijo Churchill. Y así está recogido en el relato, cuando precisamente se intenta explicar las dudas que durante años generó en la comunidad internacional una intervención en la guerra balcánica. Esta contemporización de las democracias occidentales provocó decenas de miles de muertos y el estallido de una federación de países que se habían ido mezclando a pesar de esa Historia indigerible.

El trágico destino de Ana Mladic, alimentado por políticos y militares como su amado padre, se iba fraguando mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor y sus amigos temían decírselo. Esta enrevesada realidad la evoca con maestría Clara Usón mediante una historia de ficción.

Chukry, a secas

Hay nombres que asoman a nuestras vidas de manera guadianesca y su persistencia en nuestra memoria se debe precisamente a ese continuo ir y venir, a ese permanente juego del escondite. Leí muchos textos de Juan Goytisolo y, como era un tipo perseverante en sus filias y en sus fobias, hablaba de manera recurrente de Mohamed Chukri, un escritor del que iba recomendando títulos que se me olvidaban poco después de leerlos. En El País de su buena época me gustaba leer a Javier Valenzuela, en sus diferentes destinos como corresponsal, y también había hablado de ese autor esquivo, del que no era sencillo localizar las ediciones de sus libros. Este verano me encontré en una balda del garaje de un amigo un libro con una cubierta en la que destacaba precisamente el nombre de Chukri. Tipografía sobria, combinación de palo seco para el nombre del autor y letra romana para el título, con una foto virada a amarillo que muestra el rostro de un joven que parece retar al mundo, o en su defecto, al lector que ose aguantarle la mirada.

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Ayer mismo, una amiga hablaba en su muro de Facebook de un libro de Chukri, y quise recomendarle el que había leído este verano, y que aún me tenía conmovido. Ella ya lo conocía, por ese título descubrió al autor y también quedó conmocionada. El pan a secas, publicado en 2012 por Cabaret Voltaire, viene de una nueva traducción (hecha por Rajae Boumediane El Metni) de la versión definitiva supervisada por el propio autor pocos meses antes de morir, en 2003. El original es de 1972, cuando Chukry le dictaba en castellano a Paul Bowles una historia que él iba a traduciendo al inglés. Tuvo aquel relato edición en castellano en los 80, que se llamó El pan desnudo, por calco de la versión en francés Le pain nu, que hizo Tahar Ben Jelloun y que fue un éxito descomunal. En aquella época se publicó también Marruecos y pronto cayó la censura sobre ella. Explica con más detalle todo esto Juan José Téllez en un texto muy interesante publicado en Infolibre, periódico digital dirigido por… Javier Valenzuela. Volvemos a encontrarnos con las mismas caras.

El pan a secas, además de un libro precioso en la sobriedad en la edición de Cabaret Voltaire, es un relato autobiográfico en el que la figura del padre noquea al lector. Un salvaje, un verdadero psicópata, cuyas reacciones furibundas marcarán a todos los que le rodean. Mohamed Chukri vive con su familia en el Rif y viajan todos a Tánger para matar el hambre que los devora en su tierra de origen. Pronto huye de casa y por el camino descubrirá de todo, siempre con la supervivencia con horizonte más próximo. Más hambre, más violencia, el sexo como vía de escape y como un no desdeñable medio de llevarse algo a la faltriquera. La sordidez del relato no parece fingida, en un país y en una época en los que no cabía apelar a la justicia, la dignidad o la vergüenza. Se trata de vivir, y quién dijo que iba a ser fácil.

Hay páginas que se sufren más que leerse. Son bofetones, construidos a base de un relato directo, sin artificios. “Su herida era profunda, se le veía el hueso. Mi cuerpo se estremeció. No sé por qué disfruté tanto viéndolo sangrar bajo la lluvia. La arena absorbía su sangre. Llovía como si el cielo tuviera las venas abiertas”.  Es el relato conciso de una pelea con otro que anda en correrías similares a las suyas. La sucesión de desgracias abarca casi todo el espectro más oscuro: hambre, violencia, pulgas, abandono, muerte, traiciones y una sensación de desamparo que se combate con rudeza, con la mirada desafiante del que nada tiene y tampoco va a estar mucho peor.

La crudeza con la que Chukry expone las miserias de su infancia, seguro que potenciadoras de ese alcoholismo en el que parecía moverse de maravilla (así se puede ver en diversas entrevistas con el varias veces mencionado Valenzuela), se eleva cuando evoca a su progenitor: “si a alguien le deseo la muerte, es a mi padre. Lo odio, a él y a los que se le parecen, y no recuerdo cuántas veces lo habré matado en mi imaginación. Tan sólo me queda matarlo de verdad”.

Parece mentira que quien escribiera eso (o se lo dictara a Bowles hace casi medio siglo) sea el mismo cuyo retrato aparece en esta edición tan austera y elegante. Los ojillos vivarachos, templados por las arrugas que causan no sólo los años, son el rasgo más destacado de un escritor que fue analfabeto hasta bien pasada la adolescencia, cuya obra se prohibió durante décadas en el mundo árabe y que deslumbró con su primer libro.

Tenemos la suerte de que nos queda casi toda su obra por descubrir. Todavía.

A vueltas con la figura del padre

Casualidad o no, en casi todos los libros que he leído en los últimos meses la figura del padre tenía un protagonismo central. Hace poco hablábamos de Ordesa, el libro de Manuel Vilas, y solo unas semanas antes lo hacíamos de El Barri de la Plata, de Julià Guillamon. Llevo muchos días dándole vueltas a una novela del año pasado, Tierra de campos, de David Trueba, que sigue fiel a Anagrama. Es muy completa, con esa habilidad del autor para explicarnos una película con palabras: empieza como una road movie mesetaria, se convierte en una especie de festín berlanguiano, tiene algo de documental musical del Madrid pos-movida y, por encima de todo, es una especie de homenaje velado a la figura paterna.

tierra de campos

Todo comienza cuando Dani Mosca, el narrador, comienza a explicarnos que va al pueblo de nacimiento de su padre, para enterrarlo. Viaja desde Madrid hacia el norte, a la Tierra de Campos del título. El trayecto lo hace en un coche fúnebre, con el ataúd de su progenitor en a su espalda, y con un chofer dicharachero, ecuatoriano, que pone el contrapunto de perplejidad a lo que para Dani Mosca ha sido cotidiano durante muchos años de su vida: hacer canciones, cantarlas, emborracharse, follar, disfrutar de esa condición tan peculiar como es la de ser famoso, vivir la noche y construirse una biografía a base de combatir las recomendaciones que le hacía precisamente el hombre que yace cadáver en la parte trasera del coche.

Recorren los “campos” del título mientras Dani viaja a su infancia, cuando veraneaba en el pueblo de su padre. Sobre estos parajes escribía hace poco Primitivo Carbajo, en un original número de Tinta Libre dedicado a una especie de turismo alternativo. Titulaba su texto “Más iglesias que escuelas, más historia que vida” y enseguida me venían a la cabeza fragmentos de la novela al evocar esos pueblos que se llenan de actividad en verano, cuando vuelven de la capital todos los descendientes del pueblo que marcharon para prosperar. Y que llegado septiembre vuelven a dejar a los abuelos en sus casas de muchas habitaciones y muy grandes, luchando contra la soledad, en silencio, sin apenas niños por las calles, esperando que pasen rápidos los meses hasta las próximas vacaciones.

David Trueba muestra su vena más mordaz en los capítulos que abordan la presencia de Dani Mosca en el pueblo, donde lo convierten en pregonero de las fiestas, se encuentra con algunas de las fantasías ardorosas de su adolescencia para acabar entendiendo que no hay escapatoria y que tiene que ser el famoso que se puede permitir el pueblo, aunque sea como homenaje postrero a su padre, que nunca entendió que el hijo pudiera ganarse la vida haciendo canciones.

Esos años de músico, con el ascenso profesional y las dudas personales que jalonaron toda su carrera, tienen mucho de película de Trueba. Recuerdan “Los peores años de nuestra vida” y fragmentos de otras de sus obras, donde despliega esa habilidad para recrear diálogos ingeniosos y escenas protagonizadas por pagafantas y otros perdedores cotidianos. En una novela que va transitando por paisajes tan distintos, con viajes atrás en el tiempo y poniendo el foco ora en el padre, ora en el hijo, ora en los personajes que acaban de definirlos, tiene mucho de película coral, de crónica de unos años vistos con el ojo desprejuiciado de Dani Mosca. “Los padres son un material literario de primera”, titulaba hace poco Jordi Nopca un texto en el suplemento literario del diario Ara.

Esta novela, divertida a ratos, de esas que te congelan a veces la sonrisa, es una muestra (más) de esa condición literaria de la figura paterna. Pronto hablaremos aquí de ejemplos bien distintos en los que padres se apropian del protagonismo de otras historias, para desgracia de sus hijos, que intentan no ahogarse.

El diario de un reportero

El amigo que me descubrió a “la dama de las abejas” me pasó este verano un libro de una editorial que desconocía: Stella Maris. En una primera búsqueda en Google, el teclado predictivo enseguida asocia el nombre de la editorial con su cierre. La web que aparece en la contraportada del libro ya no existe y la página de Facebook hace muchos meses que no se actualiza. Parece que dejó colgados a muchos autores, que veían sus libros a precios de saldo y nadie les daba ni un euro por los derechos de autor. Hubo concurso de acreedores y la empresa bajó la persiana.

El libro que acabo de leer de Stella Maris es un diario íntimo de Manuel Leguineche, que arranca el 14 de octubre de 1986, su primera noche en El Tejar de la Mata, una casa en La Alcarria, en la provincia de Guadalajara, donde se instaló hasta su muerte, en 2014. Allí regresaba después de sus muchos viajes por medio mundo ejerciendo de reportero, maestro de una manera de hacer periodismo. “La felicidad en la tierra” (2015) se titula esta colección de 23 capítulos, que abarcan varios años y que, aunque no estén explícitamente datados, se pueden deducir algunas fechas por los hechos que se mencionan: el cincuenta cumpleaños del propio diarista, nacido en 1941; la guerra del Golfo, unos meses más tarde; el medio siglo de Serrat, en 1993… Hay otra edición de Alfaguara, que lo había publicado 15 años atrás.

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Leguineche siempre cultivó un estilo basado en una escritura sin demasiados adornos, con un léxico preciso y referencias exactas que ayudaran a contextualizar. Muy documentado, le gustaba salpicar sus crónicas con declaraciones de personas de a pie, alejadas de los círculos de poder. Nos explicaba las guerras con los pies en el suelo, sin “empotrarse” en los ejércitos, preguntando por las calles. Este diario responde plenamente a este estilo. Unas veces cede la palabra a las personas que trabajan en su casa, que recuerdan su infancia en la guerra civil, por ejemplo. En otras ocasiones recopila léxico especializado, giros locales, palabras para designar útiles de labranza, plantas o animales de la zona. Explica sus día a día en el pueblo, las comilonas con los amigos y, por supuesto, sus gloriosas partidas de mus.

Le van visitando amigos a los que llama escuetamente por sus nombres (Camilo, Arturo o Javier), a los que por sus apellidos conoceréis: Cela, Pérez Reverte o, sencillamente, Reverte (el Javier al que dedica el libro). A menudo cita sus idas y venidas: “acabo de volver de Afganistán”, “me voy a Iraq”, “vengo de Moscú” y parece feliz cuando recupera la calma alcarreña, al explicar cómo ha extrañado el canto del cuco o al relatar que los cuervos se comportan igual en cualquier zona del mundo, lluevan o no las bombas a su lado. Hay también recuerdos de su infancia vasca, cerca de Gernika, de los platos que cocinaba su madre. De sus años de estudiante en Tudela. Y continuamente cita versos, copia estrofas enteras, menciona a muchos poetas. Rememora sus inicios en el mundo del periodismo, con Miguel Delibes como mentor.

Hace años leí mucho a Leguineche. Recuerdo con cariño un libro titulado “El precio del paraíso”, en el que relataba la odisea de Antonio García Barón, un chaval de Monzón que con 14 años se alistó en la Columna Durruti, acabó cayendo en Mauthausen y salió vivo. Acabó en la selva amazónica de Bolivia, contratado durante un tiempo por el gobierno para contar rayos. Ese libro, publicado a mediados de los 90 y recientemente reeditado, también sale mencionado de pasado en este diario, tan ameno, tan útil para conocer un poco más a ese reportero que parecía muy tímido tras su franca sonrisa y esos bigotones de las fotos más antiguas.

Leguineche murió en 2014 aunque los achaques de salud hacía un tiempo que le habían alejado de la actividad profesional y de la vida pública. Su aspecto físico era muy distinto e incluso en la cubierta de  libro de Stella Maris cuesta al principio relacionarlo con esa imagen que cultivábamos de él. Hubo necrológicas muy sentidas, hechas por colegas que le admiraban. Todo el mundo tenía alguna historia que contar, que añadían matices al retrato de la persona (y del personaje). Una de mis preferidas la explicó Manuel Segura en su blog, casi al final del texto.

Este diario se lee con fruición, aunque a veces la composición de la página no facilite precisamente la lectura. Se echa en falta una revisión ortotipográfica porque hay centenares de palabras cortadas por la mitad, sin ningún sentido, en medio de una línea. Una auténtica chapuza que molesta y despista. Aunque no hay a quien protestar, porque la editorial ya no existe. Sus libros se venden casi a peso, en librerías especializadas en este tipo de productos rebajados.

Será la única manera de hacerse con este diario sin apenas fechas pero repleto de sabiduría y humanidad.

Padre

A veces, cuando entro en un ascensor, veo en el espejo gestos de mi padre. Continuamente me sorprendo diciéndoles a mis hijos las mismas frases que me lanzaba él hace 30 o 40 años. No son necesariamente broncas, también recupero de lo más hondo de la memoria chascarrillos, frases hechas, “mazadas”, que decimos en Aragón, que igual puntean un cruce de opiniones que cierran con contundencia un argumento de andar por casa. “A ver si van a mandar más los mocos que las narices”. Añoro su sonrisa franca con la misma intensidad con que lamento no haber sabido despedirme de él. Se fue sin que le dijera lo importante que era para mí. No tuve valor, me pudo el pudor. Crecí convencido de que los sentimientos no se manifiestan en público, ni siquiera a solas en una habitación de hospital.

En los últimos meses empezó a crecer una bola en la prensa en torno a una novela de Alfaguara titulada “Ordesa”, de Manuel Vilas, un escritor del que tenía escasas referencias, pero todas buenas. El nombre de Ordesa evoca irremediablemente paisajes enormes, de una belleza inacabable. Cuando supe de qué iba el libro preferí alejarme de él, por el peso de la ausencia que sentía. Mi padre acababa de morir. Pero iba recortando las reseñas, como el que graba el tráiler de una película que no se atreve a ver.

“Desde las primeras páginas sabemos que nos vamos a sentir arrastrados por su amenidad, y sobre todo por su intensidad”, decía José Antonio Masoliver en el Culturas. “Es una elegía por la clase media-baja española”, anotó Agustín Sánchez Vidal en el Artes&Letras de Heraldo de Aragón. “Ordesa és un llibre de dol i una anàlisi materialista del duel”, apuntaba Javier Rodríguez Marcos en un suplemento especial de El País para el día de Sant Jordi. Y el propio Manuel Vilas, en un texto en un Babelia dedicado a “la literatura del yo” afirmaba que en “Ordesa” quiso “reflejar la belleza y la poesía que hubo en las vidas de la generación de hombres y mujeres nacidos en la década de los 30, la de mis padres”.

Los míos nacieron una década después pero casi pertenecen a la misma quinta y conocieron un paisaje y unas circunstancias calcadas a las de los padres de Vilas. Me siento muy reflejado en lo que dice a continuación: “sus vidas fueron buenas. Eso quise hacer yo en Ordesa, mostrar la impúdica poesía de los desfavorecidos de la historia de España”.

Una amiga, después de reiterarme que lo iba a pasar mal leyendo el libro, me dejó su ejemplar. Y tenía razón, lo pasé mal. Porque aparecía el mismo hospital en el que murió mi padre, hablaba de ciudades y lugares por los que he transitado y evocaba situaciones que coincidían exactamente con otras vividas por mí. Lo pasé mal pero me sentí reconfortado por ese texto impúdico, escrito por alguien valiente que, como ha dicho Juan Tallón, se atrevía a poner toda la mierda encima de la mesa y escribir acerca de ella. Quiero volver a leerlo pero me atenaza otra vez el miedo a experimentar la desazón de revisitar el hospital San Jorge de Huesca. No recuerdo con exactitud la historia que se explica (quizá porque la interioricé enseguida y la mezclé con experiencias propias) pero sí tengo presente la intensidad del relato, el dolor por la situación que vivía España hace pocos años, con tantas burbujas estallando y mostrando la miseria oculta tras la tramoya.

Me conmueve la tristeza que experimenta Vilas al explicar la incomunicación creciente con sus hijos, que como le hacía él a su madre apenas le cogen el teléfono. Igual que esa sensación de fracaso del narrador, con un divorcio a cuestas, problemas de alcoholismo y un trabajo que le hastía, como profesor de instituto.

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Acaricio la cubierta, tan atractiva con ese color amarillo, y recuerdo que en las primeras páginas explicaba con dulzura no exenta de dolor que “el estado de mi alma era un vago recuerdo de algo que ocurrió en un lugar del norte de España llamado Ordesa, un lugar lleno de montañas, y era un recuerdo amarillo”. El epílogo de este libro incandescente reúne un puñado de poemas. Es la apoteosis. En el último, en el que habla de su madre (la otra gran protagonista de la historia) hiere por su intensidad. “Todo lo recuerdo, y todo lo recordaré”.

Y uno cierra el libro casi sin aliento.

Desmadre a la americana

Son muchas páginas (más de 600) que en algún momento pueden antojarse demasiadas. Como un sendero por un bosque lleno de broza que a veces molesta al caminar pero que en otras ocasiones permite distraerse mirando detalles en las revueltas de ese trazado sinuoso. Todo un  catálogo de señuelos que no deben desviarnos del tema central de la novela: el duelo, la evocación de la persona prematuramente desaparecida.

“La extraordinària família Telemacus”, de Daryl Gregory, (que he leído en la edición en catalán de La Campana y que ha publicado en castellano Blackie Books) parte de un argumento que nos puede sonar de un cómic (los Watchmen de Alan Moore) y hasta de una película de animación infantil (Los increíbles). Una familia con superpoderes, o con habilidades inexplicables, ha dejado de ejercitarlos y sobrelleva como puede una existencia “normal”: haciendo arreglos en casa, disfrutando de la jubilación, ligando por internet, trabajando en un supermercado o intentando que no se hunda una empresa de instalaciones eléctricas. Sobre esta familia tronada, que vive situaciones muy divertidas, planea la sombra de una muerte, la de la madre, Maureen (Mo). Demasiado joven, tras una rápida enfermedad y después de un episodio bochornoso en el programa más visto de la TV estadounidense, del que se van deslizando detalles a medida que avanza la narración.

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Maureen dejó un viudo (Teddy) y tres hijos: Buddy, Frankie e Irene, la mayor, que tuvo que ejercer de madre con sus hermanos pequeños y que en 1995 (cuando transcurre la historia) ya tiene un hijo, Matty, que es fundamental en el desarrollo de la trama. En la edición en catalán, traducida por Imma Falcó, los editores han tenido la buena idea de colocar un tarjetón en el que describen brevemente tanto a los seis miembros de la familia como a la quincena de secundarios que van apareciendo. Es un como un lazarillo para los momentos más caóticos, que los hay.

La trama acontece en pocos meses de 1995, de junio a octubre. Los capítulos parecen secuencias de una película, que van poniendo el foco de manera sucesiva en cada uno de los personajes, mientras el resto de los familiares hacen de las suyas. El recuerdo del pasado, la desaparición de Maureen, el fatídico momento en el que fueron al programa del “increíble Archibald”, los trabajos para la CIA en plena “guerra fría” van salpicando el relato del presente. Hay un recurso epistolar que es uno de los hallazgos deliciosos de esta novela, basado en esos superpoderes, del que no se puede explicar mucho para no estropear la magia de esta historia embrollada en la que todo tiene sentido al final, aunque pueda parecer inverosímil.

Vuelve a repetirse aquello tan repetido de “Anna Karénina” de que todas las familias felices se parecen y las infelices lo son cada una a su manera. En un conjunto tan desestructurado como los Telemacus, los antiguos superpoderes parecen por momentos simples trastornos mentales. Lo que en el pasado parecían retos para pasmar a públicos boquiabiertos se han convertido en excusas para hacer saltar la banca de un casino flotante o en tretas para desvalijar a un mafioso. Y el humor se va abriendo paso cuando el lector descubre de qué manera tan original consigue Matty, el más joven de la saga, poner en marcha su fuerza oculta, la de salir de su cuerpo.

Lo que habíamos sabido hasta entonces (con un mago tramposo, una vidente excepcional, una chica capaz de detectar quién miente, un joven que puede mover cosas con la mente y otro que también anticipa el futuro) se va liando hasta dejar epatado al lector.

Y entonces resulta que todo cuadra. Un desmadre.

¿Para qué sirve Manolo García?

Con quince años recién cumplidos empecé a trabajar de camarero en verano, con la vista puesta en sacar dinero para marchar algún día a la universidad. Era el benjamín de la plantilla. A casi todos los compañeros les gustaba poner música para acompañar tantas y tantas horas de barra. El que llegaba primero tenía el privilegio de elegir los dos casetes que entraban en la doble pletina del bar, y se aseguraba (con el auto-reverse) un par de horas (y hasta tres, si la cinta era de 90’) de sus canciones favoritas. Uno de los más madrugadores solía poner un directo de The Kinks. Gracias a otro camarero descubrí al Boss, que por entonces defendía Born in the USA. Teníamos un colega muy vago que, en cambio, tenía buen gusto musical y traía a Bowie, Fleetwood Mac o Camarón. Y a prácticamente todos nos entusiasmaba una cinta que empezamos a copiarnos unos a otros en la que había canciones como “Dulces sueños”, “Querida Milagros” o “Son cuatro días”. Sólo había un disidente entre aquellos compañeros de trabajo y de juerga. Por las noches, ya sin clientes, cuando las poníamos a todo trapo mientras recogíamos a toda velocidad, no faltaba su comentario:

-Ya estamos otra vez con las gitanerías

El Último de la Fila se instaló en nuestras vidas y aquel sentimiento de complicidad con un grupo que entonces era poco conocido, proponía un sonido tan peculiar y tenía letras tan extrañas se fue extendiendo como una mancha de aceite hasta conectar con miles, centenares, millones de personas que abrazaron encantadas esa música “arábigo-épico-aflamencada”.

Esta particular definición es de Luis García Gil y aparece en un texto de Cuaderno Efe Eme dedicado a Manolo García, y por extensión a los grupos Los Rápidos, Los Burros y El Último de la Fila, en los que tuvo el protagonismo al 50% con Quimi Portet. Son 224 páginas con cientos de fotos, maquetadas con el buen gusto que tienen los demás volúmenes de esta colección. Hay textos de los colaboradores habituales (Diego A. Manrique, Jesús Ordovás, César Prieto, Eduardo Tébar…), una introducción del director, Juan Puchades y una entrevista enorme de Arancha Moreno: más de 40 páginas que deben de resumir las más de cuatro horas de charla. Hay también aportaciones de Bunbury y Miguel Ríos así como los análisis de todos los discos de los grupos por los que pasó Manolo García, así como los de su trayectoria en solitario. Hay todo tipo de fotos (algunas verdaderas rarezas) y muchas imágenes firmadas por Xavier Mercadé a lo largo de estas décadas de música en directo.

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Porque Manolo García y Quimi Portet se hicieron fuertes en los conciertos. Sus discos los agotábamos en pocos días, nada más salir. Los LPs los escuchábamos sin parar, vuelta y vuelta. Igual que los casetes, que cambiaban de cara automáticamente y no movíamos un dedo por sustituirlas. En sus conciertos se les veía entregados, sin mirar el reloj. Yo pude verlos teloneando a Tina Turner, cuando eran el grupo más famoso del momento; en plazas de toros, en pabellones de baloncesto, en la calle, en ciudades grandes y en capitales de provincia. Y me quedé con las ganas de verlos en el Camp Nou, en el famoso concierto de Amnistía Internacional. Me perdí uno de sus conciertos en Zaragoza porque estaba estudiando para la selectividad. Y todavía lamento no haberme escapado con mis amigos aquel día, cuando estuvieron en primera fila y así salieron en una foto de la portada del periódico del día siguiente.

Las canciones de El Último de la Fila son una de esas cosas que asocio a una de las épocas más felices de mi vida, cuando todo parecía posible y no faltaba nadie a mi alrededor. Los peculiares diseños de sus discos, las letras surrealistas de algunas canciones, ese sonido moruno logrado por unos tipos que eran catalanes, el paulatino éxito que fueron logrando mientras nosotros les acompañábamos en su ascenso… De todo esto me he acordado mientras pasaba sin descanso las páginas de este libro publicado por Efe Eme. No hubiera podido imaginar hace 30 años que iba a descubrir tan completo volumen en un largo viaje en tren por el centro de Europa. Se producía la paradoja de estar leyendo sobre unos discos como “Enemigos de lo ajeno” o “Como la cabeza al sombrero” mientras veía por los ventanales del vagón las siluetas de los Alpes o los pináculos de las iglesias, en medio de unos campos inacabables con todos los matices del verde. Una música que triunfó rotundamente en la península pero que apenas trascendió un poco a Italia y algo a América Latina. Aquí se explica que algunas canciones se tradujeron al italiano con la ayuda de Franco Battiato y que si el triunfo más allá del Atlántico no se consolidó fue debido al deseo de Manolo y Quimi de seguir disfrutando de la música, sin convertirse en meros esclavos de la industria.

Leía en plenas vacaciones sobre unas canciones que empecé a descubrir justo 33 años antes, cuando el verano era sinónimo de muchas horas despierto, a un lado u otro de la barra de un bar, de muchos bares. Esa “gitanería” que decía mi compañero de fatigas fue creciendo, proporcionando álbumes inolvidables (“Pequeño catálogo de seres y estares”, “Astronomía razonable”) y dejó himnos que todos hemos canturreado (“Cuando el mar te tenga”, “Como un burro amarrado a la puerta del baile”, “Canta por mí”, “Mar antiguo”). Algunas canciones “menores”, de los años prehistóricos de Los Rápidos o Los Burros, como “Disneylandia”, “Huesos” o “Portugal”, iban apareciendo en mi recuerdo, mientras el libro revelaba claves para entender cómo surgieron, con quién se fueron asociando los dos músicos (desde que Sergio Makaroff los localizara intentando formar con ellos una banda que pronto emprendió el vuelo en solitario).

La cercanía de Manolo García, esa campechanía que parece alejada de toda impostura, el origen humilde, el carácter autodidacta, la sintonía con Quimi Portet, la veneración que parece sentir la crítica ya no sólo por él sino por toda su trayectoria están presentes casi en cada uno de los textos que componen esta discobiografía. Hay un par de menciones negativas: una de Mingus B. Formentor en La Vanguardia sobre la reiterativa propuesta en solitario de Manolo García respecto a sus años de El Último y esta de Víctor Lenore en El Confidencial a propósito precisamente de su último trabajo. El resto los textos están elaborados desde la admiración e incluso la pasión. Y como la gran mayoría de los lectores llegarán a estas páginas en busca de esta sintonía, la lectura será gozosa.

Cuando El Último de la Fila anunció su disolución hubo un crítico que dijo que las malas noticias nunca vienen solas, para añadir socarrón que encima se anunciaba la vuelta de Mecano. No recuerdo que llegara a producirse, pero Manolo y Quimi tomaron caminos separados. El primero sonó desde su primer disco algo así como la continuación de El Último por otros medios. Tuvo verdaderos bombazos (“Pájaros de barro”, “Nunca el tiempo es perdido”, “A San Fernando, un ratito a pie y otro caminado”). Quimi Portet ha ido publicando discos en catalán que muestran de dónde venía la vena surrealista y gamberra en los años de pareja de hecho de Manolo. Una propuesta, la de Quimi, más arriesgada y muy interesante, aunque no la haya comprado el gran público.

El volumen de Efe Eme disecciona los discos de Manolo García, sus viajes a Brasil, Grecia o Nueva York en busca de músicos que le dieran otro sonido, que abrieran la paleta de colores de su música- Se habla mucho de su faceta pictórica, no en vano el diseño de todos sus discos tiene mucho de Manolo. Se buscan las raíces de su música (de la Creedence a Serrat, de Triana a Khaled, de Los Chichos a Bowie), y aparecen muchas pequeñas historias que nos hacen sentir muy bien, porque nos vemos reflejados en la música de alguien que se puede parecer a nosotros.

Para los que dejamos a Manolo García que siguiera su recorrido sin nosotros, para no estropear el recuerdo maravilloso de sus años con Quimi Portet, para los que le acompañamos aullando en sus conciertos durante años, quizá ha llegado el momento de volver a saborear esos trabajos en solitario. Parecen repletos de esa honestidad que le ha caracterizado, y en cada disco dicen que sigue habiendo un puñado de canciones de nivel.

Estoy viajando en un tren que está punto de cruzar la frontera por Perpinyà. Y ya tengo ganas de llegar a casa para recuperar algunos de esos discos raros que tenía medio olvidados. “¿Para qué sirve una hormiga?” decía la cara B de un single presentado en una caja de pequeño formato, con diseños casi extravagantes. Pues también estos discos salen en este libro de Efe Eme. Se habla de ellos.

Imprescindible. Una gozada.