Amalgama de identidades

Leo con impuntualidad cíclica cada novedad de Almudena Grandes. Sus libros pasan por otras manos antes de caer en las mías. La amiga que me los cede, firmados por la autora después de encontrarse ambas en Sant Jordi, los lee con devoción pero apenas me adelanta detalles. Otra lectora concienzuda suele enfrascarse en ellos antes de que yo pueda dedicarme. Como a esta lectora la tengo bien cerca puedo apreciar con qué cadencia avanza e intuir en qué momento me llegará el turno. Tampoco suele darme muchos detalles, pero es más fácil (por una cuestión meramente temporal) saber si en esta ocasión la historia me cautivará más que en el pasado, o al revés.

Con más de un año de demora he podido acceder a “Los pacientes del doctor García”, la cuarta entrega de los “Episodios de una guerra interminable”. Más de 750 páginas envueltas en una de esas subyugantes cubiertas de Tusquets, con ese negro tan elegante en torno a una foto coloreada que también tiene su historia.

Por distintas razones, los diferentes estadios de lectura de Almudena en nuestro particular circuito nos hemos ido demorando: No ayuda la abultada paginación y tampoco lo hace la complejidad del planteamiento, con personajes que van desplegando sucesivas identidades, entremezclando algunas de ellas, en una ceremonia de la confusión que es muy necesaria para hacer avanzar la trama, como lo fue en su momento (en pleno franquismo) para esquivar las vigilancias externas e internas, las de las potencias vencedoras de la segunda guerra mundial y las de las autoridades franquistas, siempre oportunistas y adaptando los pocos principios que tenían a las veleidades del momento.

El antepenúltimo de los episodios de Almudena Grandes (porque ya sabemos incluso los títulos y los temas de los dos que faltan por editarse) gira en torno a una red de evasión de nazis a través de la España franquista, para acabar en muchos casos cruzando el charco y tomar refugio en la Argentina de Perón. Clara Stauffer es el personaje central en esta trama de evasores, un personaje real en torno al cual se despliega un amplio abanico de personajes ficticios que toman características de muchas personas que sí existieron. Al final de la novela hay todo un dramatis personae, para que los (más o menos) atribulados lectores puedan cerciorarse de hasta qué punto han seguido perfectamente el hilo de la trama. Y hay también una nota de la autora que acaba poniendo orden en lo que por momentos parecía una trama absolutamente desbordante, y hasta desbordada.

El doctor García del título arranca protagonizando una historia que viajará por el Madrid sometido de la guerra civil pero también por el de los señoritos vencedores, que tendrá localizaciones en Berlín, en los bosques de Estonia en los que combatió la División Azul, en Buenos Aires, en las montañas leonesas, en el despacho de un congresista en Massachussets y hasta en el restaurante que regenta en Toulouse una vieja conocida de los lectores de esta serie.

Este viaje por medio mundo es también una sucesión de idas y venidas en el tiempo, desde los años 30 en el Madrid sitiado hasta la dictadura de Videla en Argentina. Los diferentes capítulos, de extensión muy diversa, van precedidos a veces de acotaciones documentales que ubican a los lectores y permiten que luego el relato fluya de una manera más libre, menos atento a detalles que otorguen rigor a costa de desviar el hilo narrativo.

Es sin duda la novela más compleja de la saga, la historia más ambiciosa de las que ha planteado hasta ahora Almudena Grandes, con ese desdoblamiento de identidades y esa sucesión de acontecimientos que llegan a obnubilar a los lectores. Hay, además, guiños a los seguidores más devotos (que debemos de ser muchos) y aparecen en el relato personajes de otras novelas de la serie (como la cocinera Inés de la primera entrega, su marido o la Manolita de las distintas bodas), así como hay un peculiar “cameo” de Pérez Galdós (inspirador con sus “Episodios nacionales” de estos otros), en forma de una lectura en voz alta de su “Trafalgar”. En esta precisa urdimbre de personajes, historias, conexiones con otras obras, alusiones a acontecimientos de todo tipo (como el concierto de Raimon en la Facultad de Políticas de la Universidad de Madrid) y tantas localizaciones, me ha sorprendido que se “cuelan” en la novela detalles que pueden parecer menores pero que alejan al lector cuando apenas está entrando en la historia.

Al principio hay unos cuantos encuentros sexuales con menciones a “follar”, “pollas” así como una liberalidad en una mujer de derechas que parecen fuera de sitio. Mucho más adelante se describen hábitos de consumo que parecen más propios de hoy que de los años sesenta: reservas de varios meses para ir a comer en un restaurante con estrella Michelin no parece de recibo hace medio siglo, cuando comer (incluso en Francia) era satisfacer una necesidad antes que atender un esnobismo de atesorar visitas en restaurantes de postín.

La narración, de puro ambiciosa, parece caer en concesiones a la galería cuando aparecen detalles como los mencionados. Y la sólida trabazón de una historia tan compleja se muestra descuidada. Quizá no es la mejor novela de la serie, pero sí se nota el aliento narrativo de la autora, a la que imaginamos sepultada en hojas y hojas de documentación mientras va pergeñando las dos novelas que nos quedan por leer. Y que abordaremos siguiendo escrupulosamente el protocolo establecido. Que vayan pasando las novelas por todas las manos que sean necesarias.      

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Casciari, cuentos en todos los formatos

Mi voracidad lectora se encontró hace poco con la horma de su zapato: la grafomanía de un tipo que me sonaba pero al que no tenía constancia de haber leído. En la mesa de intercambio de libros de una biblioteca de Barcelona se acumulan enciclopedias incompletas y libros de aquellos que regalaban los bancos y a veces uno se topa con sorpresas. Fue el caso.

Con un título llamativo y un subtítulo provocador, los de Plaza & Janés montaron en 2007 una cubierta que llamaba la atención por un detalle sutil: reproduce la etiqueta de la cerveza Quilmes, la birra argentina por antonomasia.

Recordé el nombre del autor porque de vez en cuando asoma por mi Twitter y enseguida me acordé de un amigo español que casó en Argentina, se fue a vivir allá, volvió por aquí e intuyo que le gustará cuando le regale esta recopilación divertida de textos que parecen elaborados sin orden ni concierto pero que tienen mucha miga y están abrochados con una declaración de amor. Casi nada.

Hernán Casciari tiene una web en la que uno podría quedarse a vivir, leyéndolo, escuchándolo, abriendo puertas que no se sabe qué encierran, riendo con él, a veces frunciendo el ceño en desacuerdo, sintiéndolo tan cercano en esa disociación entre dos mundos en la que parece vivir.

En este libro de apariencia jocosa se habla a menudo de esa sensación de atender dos realidades, separadas por un océano: su Argentina natal y la Barcelona en la que ha arraigado, con hija incluida fruta de su relación con una catalana. “Si entrásemos a hurtadillas en el ordenador portátil de cualquier desconocido, y estudiásemos brevemente el historial de los diez últimos periódicos que ha visitado, sabríamos en qué patria piensa, en qué patria le preocupa, cuál lo desvela, con independencia de dónde haya elegido vivir, o dónde le haya tocado. Creo, entonces, que hay una nueva y moderna concepción de identidad y quisiera resumirla en cinco palabras: «Somos de donde necesitamos saber»”.

Tengo marcado otro texto en el que diserta sobre las palabras: “¿Será muy difícil mandar a la mierda a todas las palabras que no tienen nada que ver con su significante, y empezar a hacer como los yanquis, que a «deténgase por el amor de dios» le dicen «stop»?”. Y leí varias veces otro muy ingenioso en el que argumenta la teoría de que la edad de los países hay que dividirla por 14 (al contrario que la de los perros, que hay que multiplicarla por 8) y así se entiende todo un poco mejor: los 200 años de Argentina son en realidad unos 14, “la edad del pavo, es rebelde, pajera, no tiene memoria, contesta sin pensar y está llena de acné”. Francia es una separada de 36 años, Italia es viuda desde hace tiempo, vive cuidando a San Marino y el Vaticano; Suecia y Noruega son dos lesbianas de treinta y nueve, “que están buenas a pesar de la edad y no dan bola a nadie”; Irán e Irak eran dos primos que robaban motos y vendían los repuestos, hasta que un día robaron un repuesto a la motoreta de EEUU y se les acabó el negocio…

¿Y España? Casciari lo deja para el final y no tiene desperdicio. Para saberlo, hay que leer el libro… o entrar en su blog, donde están todos los textos de este libro, y también muchos otros que merecen un alto en el estrés diario, para soltar adrenalina.

Mientras seguía dándole vueltas a este libro hallado por casualidad me tropecé esta misma semana con uno de los textos que Jorge Carrión (aquí sentimos veneración por él) escribe en The New York Times en español. Y allí estaba Casciari. Como ejemplo de las expectativas que se le abren a la literatura, que quizá acabe siendo más escuchada que leída, gracias a las nuevas tecnologías, a las aplicaciones que abren rumbos desconocidos y posibilidades impensables no hace tanto.

Los que se adentren en el texto de Carrión, además de acompañarle en sus indagaciones sobre el futuro más o menos cercano, se encontrarán con un regalo. Merced precisamente a las posibilidades que abren los hiperenlaces, se puede disfrutar del mencionado texto acerca de la edad de los países en un vídeo alojada en You Tube en el que Casciari luce en todo su esplendor.

Casciari por tierra, mar y aire.

Manguel, el lector que leemos

Tengo la sensación gozosa de que, durante años, Alberto Manguel estuvo escribiendo el mismo libro, que iba compartiendo por entregas con sus lectores, que somos devotos de su obra. Casi todos sus títulos han ido apareciendo en Alianza, aunque también tengo por casa una edición de “Una historia de la lectura”, sabrosamente ilustrada y primorosamente editada por Lumen en 2005.

La lectura, los libros, las bibliotecas… son algunos de los sustantivos presentes en muchos de sus títulos, que son un canto a la alegría de leer, una exaltación de la literatura, un brindis por esos autores, personajes y lugares imaginarios que nos acompañan desde siempre. Rebusco en mi biblioteca, donde los libros de Manguel tienen un lugar destacado desde hace un par de décadas y descubro que hay multitud de marcas en ellos, recortes de prensa, muchas páginas subrayadas. Siempre me gustó Manguel, desde que lo descubrí con “En el bosque del espejo”, publicado por Alianza en 2001. En una entrevista que conservo en papel amarillento, el periodista de Babelia ya le preguntaba por la lectura electrónica y le hacía la típica pregunta de si se había leído los 50.000 ejemplares (entonces) de su biblioteca. “Los he abierto todos”, le respondía Manguel.

Leí después “Una historia de la lectura”, que regalé en varias ocasiones a amigos que padecían la misma fiebre que yo, y seguí con “Leer imágenes” (2002), “Stevenson bajo las palmeras” (2003), “Diario de lecturas” (2004), “Con Borges” (2004)… Si el de Stevenson es una breve novela que aborda un asesinato en la isla de los mares del sur donde se retiró el escritor escocés, el de Borges tiene algo mágico, ilustrado con unas fotografías bellísimas que firma Sara Facio. El escritor argentino tuvo durante años unos cuantos amigos que pasaban por su casa a leerle en voz alta. Manguel fue uno de ellos y explica en este libro, con una mezcla de admiración y orgullo, esa experiencia, que es también una especie de introducción a la literatura borgiana.

Los libros de Manguel son para “lletraferits”, feliz catalanismo que no vale la pena traducir porque se entiende perfectamente. Hace poco más de un año, Alianza publicó la (pen)última obra del autor argentino-canadiense, titulada “Mientras embalo mi biblioteca”, y que se presenta en un curioso estuche diseñado por Manuel Estrada, que asemeja una caja donde se guardan algunos de los ejemplares de la vasta biblioteca que Manguel consiguió erigir en Francia… y que un día tuvo que desmantelar.

“Mi última biblioteca estaba en Francia, dentro de un presbiterio de piedra al sur del valle del Loira, en una aldea tranquila de menos de diez casas”. Así arranca esta biobibliografía de 200 páginas en la que hay imágenes del autor posando orgulloso mientras intenta alcanzar un anaquel y también instantáneas de las estanterías vacías y un montón de cajas perfectamente apiladas y etiquetadas. Una vez más, tengo las páginas de este libro con abundantes pliegues por las esquinas. “Me resulta más fácil recordar la historia leída una vez hace mucho tiempo que al joven que la leyó”. “Cuando leo a Kafka tengo la impresión de que las preguntas que suscita están siempre más allá de mi entendimiento”. “Quizá los libros tienen esa capacidad de reconfortarnos porque en realidad no los poseemos; son ellos los que nos poseen a nosotros”… y se van sucediendo los pasajes subrayados, hasta llegar a un capítulo con el que me siento especialmente identificado y donde Manguel -después de confesar que “en los días de mi juventud, y para aquellos a quienes nos gustaba leer, el diccionario era un objeto mágico dotado de poderes extraordinarios”- habla de su predilección por El Pequeño Larousse, “con su rosado estrato de frases extranjeras que separaban las palabras comunes de los nombres propios”.


Alberto Manguel, en Mondion en Francia en 2013, foto procedente de El País

En algún momento de este libro gozoso dice Manguel que “si toda biblioteca es autobiográfica, embalarla se parece, en cierta manera, a hacer la necrológica de uno mismo”.  El libro termina con su autor accediendo a uno de los mayores honores que pudiera lograr alguien como él, por diversas razones. Le proponen para hacerse cargo de la Biblioteca Nacional de Argentina, puesto en el que le había precedido su admirado Borges. En esta entrevista en El País comenta con sorna algunas cómo algunas cuestiones más prosaicas eliminan mucho del glamour que pueda tener semejante dedicación, a la que llegaba en tanto que autor, bibliotecario y, sobre todo, lector. Y se va cerrando un libro que esperemos tenga continuidad en un futuro reciente explicando precisamente ese cometido al frente de una de las instituciones más prestigiosas de su país.

Alterné la lectura de este “ensayo lector” con una de las pocas obras de ficción de Manguel, que me pasó una amiga conocedora de mi admiración por el autor-lector por antonomasia. “El regreso” es una novela corta, publicada por Bruguera en 2007, que aborda la vuelta a su ciudad natal de Néstor Andrés Fabris, establecido en Roma durante muchos años después de huir precipitadamente por culpa de la dictadura argentina. Vuelve para asistir a la boda de su ahijado y se reencuentra con los fantasmas de una vida que le fue hurtada.


Esta novela desasosegante recuerda a los mencionados Borges y Kafka, se van abriendo ventanas espacio temporales por las que el protagonista se ve obligado a mirar, sin entender qué está pasando. Es rehén de las decisiones del pasado, de una fuga que encendió sospechas de traición, de una salvación (la propia) que condenó a otros compañeros de fatigas y luchas. La historia se cierra de una manera confusa, sin que los lectores podamos intuir qué será de Néstor Andrés, que parecía ser feliz vendiendo antigüedades en una tranquila calle de Roma.

Hace poco, Alianza reeditó la “Guía de lugares imaginarios” que Manguel escribió con Gianni Guadalupi, y que apareció por primera vez en el año 2000. En su edición abreviada son 700 páginas de letra menuda acompañadas de curiosos mapas y dibujos en blanco y negro. Saboreo las entradas de este peculiar diccionario como sorbos de un buen whisky de malta. Leo una y dejo que pasen los días antes de volver a otra, para que el libro dure más. Me demoro sabiendo que me esperan la Tierra de los Blemios, Megapatagonia, el Reino de las Muñecas, el Castillo del Príncipe Próspero o el Túnel Atlántico que conectaba la isla de Manhattan con un punto en la Bretaña francesa, cerca de Brest, de 4.200 km de distancia.

Con Manguel tenemos lectura asegurada.

“¿Hay cafetera en los puticlubs?”


Cada año, éste es uno de los posts más leídos del blog. El título es explícito y el cómic del que habla tampoco utiliza eufemismos. En los tiempos que corren es relativamente sencillo averiguar qué caminos conducen al público a consumir determinados productos y qué motivaciones les guían en su recorrido. Hace un par de semanas el post sobre “las memorias de un putero” volvió a llamar la atención de algún lector despistado, más de tres años después de su publicación. Como el backoffice de este blog permite saber qué palabras clave introducen en sus búsquedas, pude comprobar que el que se tropezó con el post dedicado a Chester Brown en realidad tenía una duda más prosaica: “¿Hay cafetera en los puticlubs?”

Indagar en su necesidad de cafeína puede dar para una historia más bizarra, pero por si vuelve a aparecer por estas páginas, le vamos a hacer sugerencias que igual le ahorran una visita al burdel y le proporcionan unas memorables sesiones de onanismo. Tres libros bien distintos repletos de historias bien calientes, con méritos notables más allá de sus relatos para leer con una mano.

La caçadora de cossos, fue segunda novela de la escritora en catalán Najat El Hachmi, nacida en Nador en 1979 pero que con ocho años se estableció en Vic. Había ganado en 2008 el Premi Ramon Llull por “L’últim patriarca” y tres años más tarde publicó en Columna esta historia de alto voltaje en torno a una joven que va “cazando cuerpos”, añadiendo piezas en una colección de amantes a los que recuerda por su procedencia (el ghanés, el vasco, el extremeño) o por alguna característica a veces física (el ciego), a veces más subjetiva (el etéreo, el virtual). Se queda con muchos otros detalles: las preferencias sexuales de ellos, los lugares peculiares en los que se encontraron, el olor o los momentos en los que decidía pasar página y buscar nueva diversión.

Si la novela al principio es una sucesión bien explícita de historias protagonizadas por esa colección de cuerpos, todo empieza a cambiar cuando la protagonista (que narra en primera persona) pasa a explicar cómo es su trabajo de limpiadora por horas en casa de un escritor, que siempre está presente cuando ella trajina con la bayeta y el limpiacristales. Y detalla sus conversaciones con el escritor y se somete ante el lector a especie de terapia en la que su interlocutor parece instarle a buscar el amor, más allá del sexo.

Mucho más sutil pero no menos explícito es un cómic de título enigmático: “La espinaca de Yukiko”, publicado por Ponent Mon en 2003, y recientemente reeditado. Un fogonazo amoroso que Frédéric Boilet narra de manera especialmente subjetiva. La página del 8 de abril nos informa de que ha conocido a Yukiko en una exposición sobre la nouvelle vague que se inaugura en Japón y ha conseguido su teléfono. Irán apareciendo más páginas arrancadas a la agenda, con esbozos rápidos, algunas anotaciones en japonés y escuetos comentarios personales. Son breves interrupciones que sirven de acotación a una historia dibujada con una belleza increíble, con el estilo de ese nouvelle manga que se inspira en las películas de aquella corriente francesa. Las viñetas se pueden seguir como planos que acercan o alejan el punto de vista. Hay panorámicas cercenadas, planos detalle, desenfoques y hasta juegos con el fuera de campo que hacen más explícita la pasión de unos amantes que no están dentro de foco.

Las imágenes son tan explícitas como podían serlo las palabras de la narradora que se dedicaba a cazar cuerpos. Si allí era una mujer en busca de algo más que sexo, aquí es un hombre el que, como ensalzó Libération, “dibuja la ternura, el vínculo, la relación amorosa en cámara subjetiva, ese instante fugitivo en que la emoción le embarga a uno”.

Si ha llegado hasta aquí el lector interesado en tomarse un café después de “limpiar la escopeta”, no quedará defraudado. Ovidie es una estrella del porno francés que explica una decena de historias que asegura que son totalmente reales, algunas protagonizadas por ella misma. Las dibuja Jérôme d’Aviau y las publicó La Cúpula en 2013.

Hay un poco de todo: tríos, sustos al aliviarse en solitario, sorpresas en la sobremesa, sexting, encuentros fortuitos con desconocidos y excitación en el metro… Son capítulos que harán las delicias de más de un fantasioso (y fantasiosa), tan elocuentes como excitantes, sin renunciar a ese punto de humor que ayuda a liberar una risa floja con la que salir más airoso (o airosa) de los trances más inesperados.

Con un poco de suerte, y si los motores de búsqueda colaboran, en unos años este post de hoy seguirá sumando visitas mientras algún internauta errático intenta saciar su curiosidad o busca un lugar para tomarse un carajillo bien cargado.

Viajar en dibujos

Últimamente me voy “encontrando” con Jorge Carrión sin yo pretenderlo. Ahora mismo estoy leyendo un curioso libro de viajes por carreteras secundarias de España, que lo firma Alfonso Armada, pero está dentro de una colección llamada “Lo real”, publicada por Malpaso y dirigida por Carrión. Desde hace meses voy demorando la lectura de un libro suyo que tuvo unas estupendas críticas y que a mí me ha llegado en una “edición ampliada”. Se llama, cómo no, “Librerías” y lo publicó Anagrama. Y ahora acabo de degustar un libro-revista maravilloso, que combina la cabecera de “Altaïr Magazine” con el título “Viajes dibujados”, lleva el sello de Norma Editorial y una cubierta de lo más atractiva, firmada por Miguel Gallardo. Pues en esta conjunción de nombres también está Jorge Carrión como “asesor editorial y autor de los textos introductorios”.

No tienen desperdicio esas introducciones a las catorce historietas que viajan por todo el mundo, con estéticas bien diversas y planteamientos muy diferentes, algunos verdaderamente originales. Carrión es también el responsable del texto “Imágenes y palabras para (re)imaginar el viaje”, que en ocho páginas parte de Heródoto y esos dibujos que se intuye ilustraban sus crónicas para hacer un elogio de los cuadernos de viaje ilustrados que, sin ánimo de verlos publicados, llevaron tantos viajeros más o menos ilustres. Son pocas páginas pero el lector comienza a salivar cuando se cruzan referencias tana variadas como Gauguin, Joe Sacco, el Maus de Spiegelman o Los desastres de la guerra de Goya. Y todo esto sin haber atisbado todavía una sola viñeta de estos viajes dibujados.

El trayecto arranca en Beirut, y aquí se puede continuar con la historia titulada “Fronteras invisibles” que trata la invisible “línea verde” que separaba el este del oeste de la capital libanesa durante las guerras civiles de los años setenta, ochenta y noventa. El bus de la línea 4, que cruza esas murallas inexistentes físicamente, con viajeros de todas las comunidades religiosas de la ciudad es uno de los símbolos de un lugar que ahora muestra otras cicatrices, tan habituales en todo el mundo: las zonas para gente con dinero donde no son bienvenidos los que carecen de él.

Este peculiar cuaderno multiviajero le cede el protagonismo luego a Florencia, con la visión personal que de ella ofrece una dibujante por la que sentimos debilidad: Sarah Glidden. La capital universal del arte, en sus lápices, es muy diferente de lo que dicen las guías. Esbozos en blanco y negro, largas marchas de texto y una mirada muy particular nos muestra de otra manera esas calles que deben de estar llenas de turistas, pero que aquí no tienen cabida.

La ruta sigue por México, con las ilustraciones casi psicotrópicas de Peter Kuper; se desplaza a Australia, de la mano de Gabi Martínez y Tyto Alba; pasa por Berlín, visto por la libanesa Zeina Abirached; y llega al Kurdistán iraquí. El relato “Domiz”, de Olivier Kugliz, sobre el campo de refugiados del mismo nombre, es una de mis preferidos en esta obra: por el tema, por la estética de las ilustraciones, por la ternura con que se aborda la dureza cotidiana en un campo así, donde los refugiados quieren volver como sea a algo parecido a una rutina.

Los viajes dibujados pasan también Rusia, Nueva York, Guinea Ecuatorial, Tierra del Fuego, el casi recién nacido Sudán del Sur o Nicaragua. Y hasta hay espacio al final para un original ensayo gráfico en el que se tratan cuestiones controvertidas como la relación entre los viajeros y los lugareños, entre “visitantes” y “locatarios”; o reflexiones acerca del museo como ese espacio donde muchas veces se encuentran los turistas con los habitantes de la ciudad que visitan.

Este número especial de la revista es un lujazo que se puede leer del derecho y del revés, con historias que no serán en absoluto caducas. Y al que se podrá volver de manera recurrente. Algo parecido ocurre con la librería del mismo nombre que abre sus puertas en la Gran Via de Barcelona. Es un lugar al que se puede entrar para deambular por su plantas, mirando mapas, soñando con viajes, echando un vistazo a lo que escribieron otros cuando tuvieron la oportunidad de visitar lugares. Para los que no tienen tan fácil viajar a la capital catalana, la recomendación es pasear por el blog de Altaïr.

Y pasarán las horas sin darse cuenta.

Las fotos de Mauthausen

El trayecto desde la estación de tren de Mauthausen hasta el infausto campo de exterminio del mismo nombre atraviesa la localidad de punta a punta, sigue por un trazado que está marcado con las señales del tramo austriaco del Camino de Santiago y se va elevando por en medio de casas unifamiliares, hasta llegar a un altozano desde el que se aprecia un paisaje, que en pleno verano, mezcla campos de un verde delicado con tonos amarillos en algunos árboles y el azul desbordante de un mediodía repleto de luz. Es un lugar de lo más agradable si no fuera por el estigma de las atrocidades que se cometieron en aquellos parajes.

Cualquier visitante del campo, si no va en coche, tiene que hacer el mismo recorrido que los presos que llegaban en reatas y pasaban por aquellas calles entre la indiferencia de la mayoría de los lugareños. Todavía hoy causa cierta sorpresa que se erijan casas tan coquetas a escasos centenares de metros de semejante memorial de barbarie. Un amigo que había visitado el lugar me dijo cuando le comenté mi intención de ir: “dicen que no hay pájaros en el campo”. En las horas que pasé por ahí no me fijé en ese detalle, impresionado quizá por el silencio que se abatía sobre el lugar.

Durante algunos años leí bastantes estudios sobre los presos españoles en los campos de exterminio, desde Jorge Semprún a Mariano Constante, pero hubo un momento en el que no pude soportar aquella sobredosis de barbaridades. Cuando apareció la investigación de Benito Bermejo titulada “Francesc Boix, el fotògraf de Mauthausen” (publicada por La Magrana en 2002; y en castellano por RBA) me reenganché al tema pero no pude terminar el libro. El horror era el verdadero protagonista de este estudio exhaustivo, documentado con una minuciosidad que llegaba a herir, de tan elocuente. Allí se explicaba con todo lujo de detalles la epopeya de un grupo de comunistas (en su mayoría) españoles que se conjuraron para sacar del campo fotografías que pudieran ser testimonio de las atrocidades cometidas ahí dentro. Entre ellos estaba Boix, que había sido reportero gráfico antes de la guerra civil española y que había conseguido estar en los laboratorios del campo, asistiendo a un oficial que cultivaba la fotografía de una manera enfermiza, hasta el punto de dejar constancia no sólo de las salvajadas que se perpetraban sino también de las visitas “insignes” que hacían destacadas personalidades del régimen nazi.

Boix y sus compinches tejieron una red tan débil como perfectamente sincronizada que logró sacar unos cuantos cientos de negativos, hasta una granja cercana en la que vivía una mujer dispuesta a no mirar hacia otro lado. Este episodio valiente permitiría que algunos jerarcas nazis pudieran ser juzgados en Nuremberg y, ante la evidencia de las pruebas, ser condenados (algunos) a la pena capital.

El libro de Benito Bermejo recorre todo el periplo vital de Francesc Boix, desde su nacimiento en 1920 en la calle Margarit de la capital catalana hasta su muerte prematura en París, el mes de julio de 1951. Es una obra ricamente ilustrada, con cientos de imágenes, algunas de ellas verdaderamente espeluznantes. Está también enriquecido con perfiles e investigaciones colaterales que ayudan a contextualizar, y se recopila incluso la declaración de Boix en Nuremberg en el tribunal de 1946. Una investigación imprescindible para conocer una de las epopeyas (si es que hubo alguna que no lo fue) vivida en aquel infierno de Mauthausen.

Como por desgracia no es frecuente que este tipo de trabajos trasciendan el ámbito académico y el de las personas especialmente interesadas en el tema, me sorprendió que desde hace unos meses se empezara a hablar del “fotógrafo de Mauthausen” y menudearan las menciones en las redes. Había en marcha una película (que tuvo cierto éxito de público) y se iba a publicar un cómic con este título: “El fotógrafo de Mauthausen”. Apareció hace unos meses, editado por Norma, con guion de Salva Rubio, dibujo de Pedro J. Colombo y color de Aintzane Landa. Intuyo las dificultades del guionista para condensar una historia tan potente, para centrar en una selección de detalles una vida tan plena y tan decisiva para sus semejantes. Los dibujos están inspirados muchas veces en esas fotografías ya emblemáticas de Boix, que muestran la dureza del día a día en el campo, la presencia cotidiana de la muerte. Y hay dobles páginas espectaculares con perspectivas del campo, sus torretas, sus muros y alambradas, toda esa parafernalia destructora que acompañaba a esos esqueletos vivientes en que acabaron convirtiéndose los miles de personas allá encerradas. El color de las páginas adquiere tonos sombríos, incluso cuando el campo fue liberado y Boix recaló de nuevo en París.

La publicación del cómic, como el estreno de la película, puede ser la mejor manera de que la vida de Boix, y la de sus camaradas primero en la lucha y luego en el campo, sea conocida por una parte del público y unas franjas de edad que no tendrían acceso a un libro como el de Bermejo, publicado hace casi veinte años. Este cómic, además, ofrece un dossier histórico que combina en más de 50 páginas textos de Rosa Torán (historiadora y vicepresidenta de Amical de Mauthausen) y Ralf Lechner (responsable de colecciones en el Memorial del campo) con explicaciones del autor acerca de cómo se gestó su trabajo. Además, hay numerosas imágenes de Boix, algunas recreadas también en las viñetas, y de Paul Ricken, el nazi al que el fotógrafo catalán ayudó en el campo y cuya minuciosidad permitió demostrar el conocimiento que los nazis tenían de las actividades en el campo, el mismo que intentaron soslayar durante el juicio de Nuremberg.

El duro epílogo de este cómic, que comienza explicando el porqué de su existencia: “difundir el conocimiento del Holocausto español y el destino de sus supervivientes”, acaba con una pregunta: “¿cómo explicar la tolerancia de todos estos estamentos [muchos de nuestros políticos, empresarios, sacerdotes, jueces y la monarquía] ante crímenes contra la humanidad y el desprecio a las víctimas y sus familias hasta hoy?”.

En esas estamos.  

Un regalo diferido


Durante unos meses febriles leí sin descanso a Saramago, algunos años antes de que le dieran el Nobel. Empecé con la “Historia del cerco de Lisboa”, porque alguien me explicó el argumento y por aquel entonces me dedicaba profesionalmente a corregir textos y actualizar enciclopedias, como el protagonista de la narración. Hubo algo en aquel texto que me cautivó, aunque pronto pude comprobar que no era solo aquella historia. La manera morosa de narrar, el trazo de unos personajes que el lector terminaba por sentir muy cercanos, los relatos protagonizados por hombres y mujeres levantados del suelo, que iban apareciendo (como si fueran cameos) en otras novelas del autor, me subyugaron por completo.

Leí “El año de la muerte de Ricardo Reis” pocas semanas antes de una escapada a Lisboa y en aquella ciudad repleta de lugares inolvidables busqué durante una tarde cómo llegar al lugar desde el que Adamastor preside una vista impagable del Atlántico. Cuando alcancé aquel espacio el sol se estaba escondiendo, o así quiero recordarlo, y guardo una imagen que asociaré por siempre a aquel viaje, en una época en la que casi todo era posible y las penas no podíamos ni barruntarlas.

Seguí leyendo a Saramago, incluso estuve en la presentación que hizo en el CCCB de su novela “La caverna”. Unos años después, ya laureado con el Nobel, un amigo me consiguió un ejemplar dedicado de su “Ensayo sobre la lucidez”, que hace poco dejé a una lectora novel del portugués, cruzando los dedos para que el volumen vuelva pronto a su sitio.

Y un día, no sé muy bien por qué, dejé de leerlo, y tampoco volví a las muchas novelas (publicadas por Alfaguara) que sigo guardando en un espacio destacado de mi biblioteca. Algunas de sus últimas obras ya ni las busqué, escamado por alguna mala reseña. Había algunos medios y algunos críticos que parecían disfrutar poniendo verdes sus obras y aprovechando para sacar a relucir su comunismo militante, que no abandonó ni en sus años de más reconocimiento, consecuente hasta el último aliento. El otro día me encontré con el libro que acaba de sacar Alfaguara, “El cuaderno del año del Nobel”, una nueva entrega de esos “cuadernos de Lanzarote” en los que llevaba un diario más o menos personal.

Se dice en el introito de este último “cuaderno” que ha permanecido durante casi veinte años perfectamente archivado en la carpeta de uno de los ordenadores que utilizó Saramago y que, al preparar algo relacionado con la efeméride del Nobel, surgió este texto, que se puede considerar un regalo al futuro que tenía preparado el autor para sus devotos lectores. No tiene desperdicio, y no sé qué pensaría si ahora levantara la cabeza y viera el panorama. Hace veinte años decía don José: “la izquierda, además de haber dejado de pensar, ha perdido el hábito de la lectura”.

Si viera cuántos hábitos ha ido dejando de cultivar la izquierda. El libro vuelve una y otra vez sobre una de las ideas más queridas por Saramago, que defendió en muchos textos y entrevistas: que los verdaderos gobernantes del mundo no son elegidos por los ciudadanos, sino que son amos y señores de empresas transnacionales que toman decisiones que afectan a miles de millones de personas y no tienen que rendir cuentas ante nadie, si no es ante sus accionistas.

Aparecen varias entradas del diario referidas a la lucha que mantenían en Mafra los que defendían poner el nombre del escritor a una escuela de la localidad (en la que está ubicada la novela “Memorial del convento”) y el alcalde de la misma, que vetó en repetidas ocasiones la iniciativa. Hay otro momento muy propio de Saramago, cuando “desenmascara” aprovechando que se cumple una década del evento, cómo unos escritores de campanillas quisieron desvirtuar en 1987 (medio siglo después) el Congreso de Escritores Antifascistas en Defensa de la Cultura. Son esas historias menudas del mundo de las letras que tanto ayudan a conocer el talante de los que sabe aprovechar el viento para llegar siempre al puerto oportuno.

Textos largos acompañados de escuetas anotaciones que llegan al clímax el 8 de octubre: “Aeropuerto de Frankfurt. Premio Nobel. La azafata. Teresa Cruz. Entrevistas”.

Las semanas siguientes son una sucesión de viajes, reconocimientos y discursos. Se reproduce en el día correspondiente el texto que leyó Saramago al recibir el Nobel, unos párrafos bellísimos en los que rendía homenaje a sus abuelos, que le cautivaron con historias a pesar de ser analfabetos y vivir en una pobreza que nunca les hizo perder la dignidad. En la página web de la casa lanzaroteña de Saramago se pueden leer esos párrafos que, casi al final, nos hacían esta advertencia: “usamos perversamente la razón cuando humillamos la vida, que la dignidad del ser humano es insultada todos los días por los poderosos de nuestro mundo, que el hombre dejó de respetarse a sí mismo cuando perdió el respeto que debía a su semejante”.   

Pasado y presente


Hace pocos días me llegó por Whatsapp me llegó el mensaje escueto de un amigo: “Si puedes, léelos”. Y esta foto.

Después llegó otro texto lacónico: “Pasado y presente”.

Como el criterio comiquero de mi amigo hay que aceptarlo a pie juntillas, enseguida los localicé y me metí con ellos. Ambos son de Norma, uno publicado hace 11 años y el otro de febrero del año pasado. En cualquier caso, las ediciones originales de estas dos obras se remontan a la década de 1980 y tienen unas génesis llenas de vericuetos que quizá expliquen esas tramas alambicadas, en las que se pueden rastrear referencias de otras obras y otras artes.

“Reyes disfrazados” parte de un texto de James Vance, que el propio autor explica en un breve prefacio que tiene sus raíces en una obra de teatro suya que gozó de cierto éxito y que a su vez rebusca en los recuerdos de su niñez, cuando pasaba los veranos en casa de su abuela y de tanto en tanto aparecían por la puerta trasera “zarrapastrosos pidiendo comida o dinero”. Los dibujos corren a cargo de Dan Burr, con una estética que en la página de arranque de la historia me remitió directamente al rostro de Henry Fonda y a los paisajes en los que acontece la adaptación cinematográfica de “Las uvas de la ira”. Freddie Bloch, el protagonista, es un chaval que tiene mucho de Tom Joad, el protagonista de la novela de Steinbeck, de la peli de John Ford y hasta de la canción que muchos años después escribió Bruce Springsteen.

Esos soñadores con los que se va encontrando Freddie en su periplo por la América devastada de la Gran Depresión son los “reyes disfrazados” del título. Son los que pueblan esa carretera “que está viva esta noche” (en la canción el Boss), los que se ayudan sin pedir nada a cambio. En un largo viaje en el vagón de un tren de mercancías, Bloch intenta entender qué clase de personaje lo acompaña. Se hace llamar “el rey de España” y parece sumido en una locura de la que sale de tanto en tanto para soltar frases que son una declaración de principios: “caminar a oscuras intentando hacer lo mejor para la gente que quieres. Esperando que no puedan ver lo asustado que estás de pifiarla, pero apechugando porque tienes gente que cuenta contigo. Eso es lo que hace un hombre. No puede hacer más”. Llegan ahora los ecos de aquella balada mortecina de Springsteen convertida en un grito de guerra en la versión que montó muchos después con Tom Morello, de Rage Against the Machine, cuando Tom Joad le pide a su madre que le busque ahí, “dondequiera que haya alguien luchando por tener un sitio donde establecerse, o por un trabajo digno o una mano que le ayude, dondequiera que alguien esté luchando por ser libre”. Y remata con esa frase efervescente: “Look in their eyes, Mom, you’ll see me.”

Esta novela gráfica, que en la contraportada dicen que está considerada uno de los 100 mejores cómics de todos los tiempos, ha sido galardonada con los premios más prestigiosos y cuenta en esta edición con un prólogo de Alan Moore que es un premio en sí mismo. Después de contextualizar la historia explicada, describe de maravilla estas 200 páginas sensacionales: “resonantes y claras líneas de tinta y líneas de diálogo, en negros sólidos que van más allá de borde la luz que proyecta la hoguera y en tonalidades morales grises que amenazan con devorar las mejores intenciones”. En esta “obra maestra manchada de barro”, dice Alan Moore, “hay buena gente”.

También la hay en “S.O.S. Bienestar”, edición integral de una serie de historietas que con guion de Van Hamme y dibujos de Griffo se empezó a publicar a finales de los ochenta. Es el presente, que decía mi amigo, a pesar de que esta distopía que su autor empezó a pergeñar en 1973, cuando decidió dejar su trabajo en una multinacional. De ahí extrajo un episodio anecdótico que está en la base de una de las historias, el de un empleado que llevaba años enviando una estadística de cientos de páginas sin cuestionarse que tuviera sentido alguno.

Las diversas historietas (“Aspiraciones profesionales”, “¡Vivan las vacaciones!” “Seguridad pública”…) encuentran un sentido global gracias al bloque final titulado “Revolución”. Mientras tanto, los lectores creen estar viendo en viñetas una versión actualizada del “1984” de Orwell o una traslación al siglo XX de algunos de los relatos de Kafka, aunque hay algo que trae ecos permanentes de un lenguaje similar, también con estética muy clara y un fondo muy oscuro. Después de ver en varias páginas referencias a las pantallas, a tarjetas inteligentes, al Estado benefactor que  tiene todas nuestras vidas parametrizadas me asombra que hace treinta años estuvieran anticipando los argumentos de algunos de los episodios más celebrados de una serie muy en boga ahora mismo: “Black Mirror”.

El presente de hoy fue imaginado hace tres décadas, con un poso apocalíptico que incluso se quedó corto a la hora de calibrar la alienación, el control y el afán acaparador que rigen nuestros días. La última viñeta hablaba de libertad, como la del cómic de los “reyes disfrazados” apuntaba a los sueños. Debe de ser el resquicio que sus autores dejan a la esperanza, tras pintar unas historias que, una en glorioso en B/N y la otra en luminoso color, albergan tanto pesimismo.

No eres nadie sin tu DNI

En las últimas semanas Santiago Lorenzo ha aparecido con frecuencia en todo tipo de medios. He escuchado entrevistas en la radio y los periódicos, han salido reseñas de sus libros, se ha hablado de él en Twitter y también apareció en el programa de libros de La 2, ese milagro que cada semana muestra (y demuestra) que se puede hablar de literatura sin parecer jactancioso y que se puede hacer tele de interés con imaginación y pocos medios.

Hablaba Santiago Lorenzo de “Los asquerosos”, la última novela que le acaba de publicar Blackie Books, con 8 ediciones ya y muchos miles de ejemplares vendidos. Y me acordé de que tenía sin leer otra del mismo autor y la misma editorial, titulada “Los millones”. La compré hace un tiempo por mi querencia por este sello y porque entendía que el planteamiento iba a gustarle a la persona a la que se lo regalé: “a uno del GRAPO le toca la Primitiva y no puede cobrar porque no tiene DNI”.

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Son casi 200 páginas que pasan en un suspiro porque la anécdota publicitada en la contraportada, un señuelo de aires berlanguianos, enseguida se va enredando. La novela, que comienza en una prisión, va desgranando la vida de Francisco, pendiente siempre de una consigna que le lleve a protagonizar un atentado de consecuencias desconocidas. La historia está ubicada en 1986 y, visto en perspectiva, todo tiene un tufillo a carajillo de Soberano y olor a cigarrillos 46, en un bar con mesas de formica y un mostrador de cinc repleto de rayas concéntricas.

Como no debían de andar los GRAPO sobrados de logística e infraestructura, Francisco padece esas carencias. Espera consignas que le han de llegar mediante instrucciones que recuerdan a las puertas de acceso secretas a la TIA que utilizan Mortadelo y Filemón cuando el Súper los llama con urgencia. En ese ambiente ochentero, en un Madrid castizo de una España que se desperezaba, Francisco encuentra el amor, quebrando aquel dicho de “afortunado en el juego…”. Él tiene 200 millones de la Primitiva, aunque no pueda acceder (de momento) a ellos y se ha echado una novia. Poco más se puede contar sin desvelar detalles cruciales de esta historia muy divertida, con abundantes referencias a marcas y chismes que conocimos los que fuimos a la EGB y con muchas referencias a maquetas de trenes, tan en boga en la época. Cuando se pasa la última página, uno se da cuenta de la construcción circular de la historia pero todavía queda un párrafo en el que, como en muchas películas, se dice qué vida llevaron los protagonistas cuando se cayó el telón.

En la divertida faja que los editores pusieron a la versión en tapa dura de la novela (publicada en 2003 y agotada, hay otra en bolsillo) salen elogios de Marcos Ordóñez (“Santiago Lorenzo en hijo de Azcona”), Kiko Amat (“Una obra sobre el hueco en el alma que horada la falta de seres a quien amar”) y Miqui Otero (“Ya no concibo mi vida sin Los millones”). En esta misma faja aparecen todas las obras anteriores de Lorenzo, entre ellas una película titulada “Mamá es boba”, que recuerdo como en un sueño, con imágenes impactantes. Al buscar información sobre ella doy con una entrevista jugosa en El Cultural, de 1999, recién estrenada la película en el Festival de Valladolid con división de opiniones. En una de las respuestas, al ser preguntado por sus proyectos futuros, dice Lorenzo que ya tiene un guion preparado y algún dinero para hacer una peli sobre uno el GRAPO al que le tocan 1000 millones.

En la novela ,al final, no fueron tantos (aún hablábamos de pesetas) pero es divertido fantasear con la posibilidad de que la peli sea realidad un día. ¿Quién haría de Francisco?

¡A jugar!

Cátedra publicó en 1987 la primera edición de “Ejercicios de estilo”, en una versión fantástica de Antonio Fernández Ferrer. Hay que destacar el nombre del “versionador” de la obra original porque no pudo ser fácil verter a una lengua distinta del francés un libro que basa gran parte de su encanto en los juegos que establece con la lengua en que fue escrito. No sé en qué reimpresión debe de estar este libro, la que yo tengo de 2012 es la 15ª, o sea, una nueva edición cada año.

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Este es el libro que dio más fama a Raymond Queneau, y se sigue recomendando a todo aquel que quiere ponerse a escribir. Es una buena manera de adquirir musculatura, pegada, flexibilidad, fondo… o lo que sea que necesita hacer alguien que aspira a contar algo que suscite un mínimo interés. Los 99 “ejercicios” que componen el libro son variaciones sobre una nimiedad: en un autobús alguien se queja de que lo molestan al pasar, y ese mismo alguien es visto después en otro sitio mientras un amigo le aconseja que se ponga un botón más en el abrigo”. En torno a esta menudencia, Queneau empieza a estirar la lengua, a estrujarse el magín, a ponerse estupendo, a burlarse de los estirados y de los paletos, de los que van de intelectuales, a quitar letras, a destilar la historia, a inflarla y le salen 99 maneras de explicar un acontecido que parece mentira que pueda dar tanto de sí. Ya hace unos años que José María Plaza explicó muy bien en El Mundo ese carácter juguetón del autor francés, y de sus compinches de correrías experimentales en el OuLiPo. Hablaba de él a propósito de una novela muy divertida que también tenía ese punto gamberro y que publicó Blackie Books. A nosotros nos encantó en su momento.

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En medio de tantas referencias cruzadas, hace unos días encontré en una biblioteca de Barcelona un cómic titulado “99 ejercicios de estilo”, de Matt Madden, y corrí a abrir sus páginas a ver si era lo que me imaginaba. Tal cual. Ya en la solapa de este cómic, publicado en 2007 por la desparecida Sins Entido, se informaba de que Madden es el representante americano de OuBaPo, el Taller de Historieta Potencial. Y en una breve introducción el propio dibujante dejaba clara su deuda con Queneau y explicaba el reto que se puso para aplicar “esa idea a la narrativa visual”. Le llevó varios años, necesitó del soporte de amigos que le animaban a seguir cuando Madden creía que estaba en un callejón sin salida y terminó mostrando de 99 maneras (98 si se excluye el modelo del que parte) que la forma influye y mucho a la hora de contar una historia con imágenes. La experiencia, para los que ya disfrutaron del libro de Queneau, es sumamente enriquecedora. Aquí la nimiedad que se narra es doméstica: alguien sentado delante de un ordenador se levanta hacia la nevera; por el camino una voz le pregunta la hora y, tras responder, se le va el santo al cielo. Semejante minucia se puede contar desde el punto de vista de la persona que pregunta la hora, desde dentro de la propia nevera, como si la protagonizaran unos marcianos, con una estética underground, como si fuera un anuncio o, entre otras decenas de opciones, en línea clara, en color o mediante un mapa. Esta noticia de RTVE lo explica muy bien.

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Hay un momento en el que Madden riza el rizo y en la historia 57, titulada “Dos en uno” aparecen fusionadas la historia de Queneau y la del comiquero. Aquí las posibilidades se multiplican exponencialmente y quién sabe qué podría salir si algún otro gamberro de las palabras y los dibujos comienza a abrir más puertas en este laberinto repleto de posibilidades de juego y diversión.