Un taxista sandinista

“El séptimo vicio”, el espacio de cine de Radio 3, se emite una vez al mes desde Barcelona, en directo, en la sala grande de la Filmoteca de Catalunya. Es una ocasión óptima para poner cara a tantas voces y formar parte de un programa que parece hecho sin guión, a golpe de genialidad de sus invitados, que (a decir verdad) suelen estar bien elegidos. Hace ya unos meses que “els vicis de Filmoteca” (así se llama esta cita barcelonesa con el programa de Javier Tolentino) anunciaron que emitían una peli documental basada en las conversaciones que tuvieron Hitchcock y Truffaut, de las que salió un libro canónico de cine que Alianza reedita sin parar. En el programa previo a la proyección estaba prevista la participación del “enfant terrible” del cine catalán, Albert Serra, y de un escritor de novela negra llamado Carlos Zanón, que a mí me sonaba por las estupendas reseñas que firmaba de vez en cuando en Babelia.

Albert Serra gusta de epatar al respetable con sus opiniones rotundas y, en directo, acompaña sus declaraciones de un histrionismo que tiene algo de daliniano, inflexiones de voz incluidas. Repantingado en una butaca en el escenario, delante de un micrófono y con esos cascos enormes que usan en la radio, parecía encontrarse en su salsa. Si no hubiera asistido en directo a aquella emisión me hubiera perdido las caras de sorpresa de Carlos Zanón, que parecía aguantar con estoicismo semejantes salidas de tono. Él había sido entrevistado poco antes y había hecho gala de una sencillez que poco tenía que ver con su compañero de programa. Desde la invisibilidad de casa, si hubiera escuchado el programa mientras preparo la cena (como hago muchas tardes) no hubiera reparado en ese escritor que nada más terminar la charla, en los minutos previos a la proyección a la película que remata la jornada, despareció por el largo pasillo de la sala Segundo de Chomón, en un edificio de reciente creación en pleno Raval, un entorno urbano cargado de referencias cinematográficas y literarias.

Esta otra Barcelona, alejada de la ciudad de postal que atrae a millones de turistas con su palo-selfie, es la gran protagonista (precisamente) de la última novela de Carlos Zanón, “Taxi”, recién publicada por Salamandra y que ha suscitado el interés prácticamente unánime de los medios. Lo más curioso es que, al tratarse de una novela tan rica en detalles, cada reseñista ha encontrado algo interesante… y diferente del resto. Es una novela negra, es una historia ambientada en Barcelona (subgénero que no deja de enriquecerse), es una novela proletaria, es una road movie a caballo de un taxi, es una historia de amor, es un homenaje a los Clash…

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Kiko Amat, tan admirado en este blog, lo clava en un breve billete que escribió en el Culturas de La Vanguardia: “Taxi es un Zanón sin cinturón de seguridad, callejero, soñando con bohemia pero engrilletado a Horta”. Alguien que conozca mínimamente Barcelona disfrutará mucho más esta novela, y cuando pase con el bus por una cantonada del Eixample creerá ver en uno de los taxis aparcados a Sandino, el protagonista de esta historia que se va metiendo en problemas ya no se sabe si como consecuencia del destino o por su mala cabeza y su picha tan brava. No verá con los mismos ojos las obras que se están haciendo junto al hotel Vela, un icónico edificio que separa las playas de la Barceloneta de los muelles del puerto comercial. Si son ciertas las amenazas que se ciernen sobre Sandino a buen seguro que en los cimientos de esas obras descansa el cadáver de alguien que se pasó de listo. Y al pasar por debajo de Montjuïc, con esa sucesión de nichos con vistas a los muelles de contenedores, no podrá evitar pensar en las citas del taxista con su colega Sofía, compañera además de infortunios, víctima de una confusión en la que también quiso ser más lista que los malos.

“Taxi” es una novela oscura, más que negra, pegada a la actualidad. Todo ocurre en siete días del mes de octubre de 2016, y por eso aparecen la CUP y la Colau, el “procés”, o inmigrantes árabes que frecuentan compañías extrañas y hasta una mención a la parisina Bataclán. Quizá estos apuntes tan coyunturales la hagan envejecer demasiado deprisa, pero “Taxi” parece a veces un documental de esos grabados con cámara oculta para mostrar la ciudad allá donde pierde su nombre, donde baja la intensidad de las luces para ocultar más que iluminar.

Esta historia de amor repleta de corazones rotos y entrepiernas doloridas se convierte por momentos en un caos de subtramas levemente punteadas por versos de canciones que uno no sabe si informan de lo que viene a continuación (“Let’s go crazy”, “Police on my back”, “Career oportunities”) o meras maniobras de distracción (“Charlie don’t surf”, “Stop the world”).

El taxista proletario que aspira a follarse a una pija redomada para añadir otra muesca a su canana es el mismo que no se atreve a enfrentarse a su mujer, que le pide hablar con él. Entre tanto, “apatrullando la ciudad” con su Prius amarillo y negro, a Sandino la semana le cundirá como para echar algún polvo más rápido de lo deseado y rememorar tiempos de esplendor, cuando toreaba en grandes plazas. En una entrevista en el diario Ara, donde recuerdan que Zanón está escribiendo una novela que recupera a Pepe Carvalho y es él mismo comisario de BCNegra, el escritor dice que estas historias sentimentales o sexuales son “las cadenas que arrastra el protagonista, a las que se suman las de la familia y la lealtad a los amigos”. Es el punto de partida de “Taxi”, y también el de destino.

Una carrera para disfrutar por una ciudad que descubrir.

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Porno isabelino

“Luces de bohemia” es, para muchas promociones de bachilleres, un libro que asociamos a las lecturas obligatorias del COU, con muchas posibilidades de que “cayera” en la prueba de Literatura en el examen de selectividad. Así descubrimos a un autor de nombre rimbombante y biografía de leyenda, que a casi nadie deja indiferente y que, más allá de las peripecias de Max Estrella y Don Latino de Híspalis, nos legó una bibliografía abundante que todavía goza de bastante interés.

Tuve un profesor en la EGB, un cura un poco tronado, que siempre nos ilustraba el subgénero del esperpento que practicaba Valle Inclán con la misma explicación: “imaginaos a alguien envuelto en la bandera española, eso es esperpéntico”. El hombre, que no era precisamente de ideas disolventes ni nacionalista de nada (porque entonces no estaba tan en boga) se adelantó en muchos años a estas actitudes tan peculiares de envolverse en todo tipo de banderas para justificar una amplia variedad de desmanes. Pero nunca logré asociar semejante imagen a un esperpento, que por otro lado era palabra habitual de nuestras madres cuando ya teníamos capacidad de elegir qué ropa nos poníamos y salíamos a la calle con según qué pintas.

luces de bohemia

En la caótica biblioteca que he ido acumulando sabría localizar perfectamente el volumen de Austral en el que leí “Luces de bohemia” en el instituto. No era muy grueso y estaba forrado con papel adhesivo pero las cubiertas se cuarteaban por el uso y sus páginas están llenas de anotaciones que nos iba sugiriendo la profesora de Literatura, una enamorada de la Generación del 98 y especialmente de Machado y Valle. Eran necesarias muchas precisiones para un texto que tenía muchas lecturas, demasiadas claves para unos chavales que asistíamos entre admirados y acojonados al frenesí adjetivador de Valle Inclán, a sus acotaciones llenas de guiños ocultos, a unos nombres de personajes cargados de simbolismo. He leído esta pieza teatral varias veces, la he visto representada unas cuantas más (una con el gran Walter Vidarte en el papel de Latino de Híspalis) y no ha sido la única pieza de Valle Inclán a la que me he acercado. “Martes de Carnaval” y “Tirano Banderas” fueron obras que también leí en su momento, pero nunca acababa de encontrar una edición de “El ruedo ibérico”, sobre la que había leído muchas historias extraliterarias: que si era una obra demasiado ambiciosa, que no consiguió escribir todos los libros que la conformaban, que había algunos escritos pero no publicados, que se avanzó a la época por su atrevimiento…

el ruerdo iberico

No hace mucho Cátedra anunció que en su inconfundible colección “Letras hispánicas” (la de las cubiertas negrísimas) iba a aparecer lo que podía ser una edición casi definitiva, a cargo de Diego Martínez Torrón. Llevo leída la mitad de las casi 1000 páginas de este fresco novelístico planteado en forma de tres trilogías, de la que sólo se publicaron las tres primeras novelas, y una de ellas incompleta. Y me he tomado un descanso. Lo necesitaba. Es Valle en su versión más apoteósica.

Para muestra un botón. Recién comenzada la primera novela , página 2, epígrafe 3:

“Los héroes marciales de la revolución española no mudaron de grito hasta los último amenes. Sus laureadas calvas se fruncían de perplejidades con los tropos de la oratoria demagógica. Aquellos mílites gloriosos alumbraban en secreto una devota candelilla por la señora. Ante la retórica de los motines populares, los espadones de la ronca revolucionaria nunca excusaron sus filos para acuchillar descamisados. El Ejército Español nunca ha malogrado ocasión de mostrarse heroico con la turba descalza y pelona que corre tras la charanga”.

Esto se publicó a finales de la década de 1920, y la pena no es que pueda estar hasta de actualidad, sino que es una descripción de la Historia de España que se puede aplicar a diferentes épocas, no sólo a los meses en los que se enmarca buena parte de la narración, alrededor de la Revolución de 1868.

El libro está atestado de adjetivos, de préstamos de otras lenguas, de descripciones hirientes que hace alguien que tampoco vivía tan lejos en el tiempo de los hechos que narraba. Cualquier escritor que novele hoy los años del tardofranquismo tiene una perspectiva similar a la que disfrutaba Valle respecto de los hechos que explicaba, estirándolos hasta provocar admiración por su valentía. Las acusaciones que hace de Isabel II, a veces con meros sobreentendidos, no sé si podrían realizarse hoy de sus descendientes sin que pesara sobre su autor una orden de busca y captura por injurias.

Al leer precisamente “La corte de los milagros”, primer libro de la primera trilogía, no podía evitar pensar en unas ilustraciones que hicieron furor en su momento, atribuidas a los hermanos Bécquer, especialmente a Valeriano. Se publicaron con el título de “Los Borbones en pelota” y son pornografía pura, acuarelada, no fotografiada. Las poses explícitas en las que se puede apreciar a Isabel II, dándose gusto y dándoselo a una amplia variedad de militares, ministros, religiosos y hasta algún animal de cuatro patas, se combinan con las imágenes de su marido, cornudo agradecido, entre otras consideraciones. Estas acuarelas han vuelto a ser actualidad en los últimos años, ante alguno de los embates que han sufrido los medios satíricos por burlarse de las más altas instancias del Estado.

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Elconfidencial.com y eldiario.es han hablado de estas ediciones en los últimos años. La profesora Isabel Burdiel publicó un estudio excepcional (visible aquí) que le fue publicado por la Institución Fernando el Católico, dependiente de la Diputación e Zaragoza. Y bien se podría hacer un reportaje sobre la serie de novelas de Valle Inclán, porque tampoco se queda manco (y perdón por el chiste fácil). Dice en la página 324: “Era plena de luces la mañana madrileña, cuando dejó su lecho de columnas con leones dorados, la Reina Nuestra Señora. La Católica Majestad, vestida una bata de ringorrangos, flamencota, herpética, rubiales, encendidos los ojos del sueño, pintados los labios con las boqueras del chocolate, tenía esa expresión, un poco manflota, de las peponas de ocho cuartos”. Por si no nos quedara claro, el editor Martínez Torrón añade a pie de página: “Impresionantes y reiteradas las descripciones de Isabel, en donde se dibujan con cuatro palabras su psicología, lascivia, carácter popular, beaturronería e ingenua humanidad, pero a la vez su incapacidad para el cargo”.  En esa “corte de los milagros” se amontonaban jetas de variado pelaje, Sor Patrocinio, la monja de las llagas, y el confesor Antonio María Claret, generales con las más venales intenciones y presidentes de gobierno que sabían que las crisis se sucedían y había que estar muy espabilado para colocar a todos “los míos” antes de que llegara otro a hacer lo propio con “los suyos”.

Me resta por leer prácticamente la mitad de tan soberbio fresco, recargado de colores, repleto de imágenes, con tantos adjetivos que me impelen a subir a la superficie a tomar aire para seguir con la lectura. (Continuará)

Otro bendito cómic sobre la guerra civil

 

Lo malo de las recopilaciones con voluntad de resultar canónicas es que pueden provocar tanta desazón como el interés que despiertan por la selección que proponen. Me ha pasado muchas veces al revisar las listas tipo “100 libros que hay que leer antes de morir…” y me ocurre cada vez que voy repasando los anuarios de cómics que editan Jot Down y la ACDCÓMIC (Asociación de críticos y divulgadores del cómic). Repaso, con retraso, el último, dedicado a 2016, y voy viendo que algunos de los libros reseñados ya han sido mencionados aquí (Los vagabundos de la chatarra, de Jorge Carrión y Sagar Forniés; Glenn Gould, de Sandrine Revel, El ala rota, de Altarriba y Kim, y Crisálida, de Carlos Giménez). Pero constato, sobre todo, que hay muchísimos por leer, que no hay tiempo material para disfrutar de todos los goces que anticipan las críticas contenidas en esta antología.

comics esenciales jot down

Dice Mikel Bao, al hablar de “La virgen roja”, de Mary M. Talbot y Bryan Talbot, que “las historias se olvidan: la gente necesita que le refresquen la memoria, porque mucho de lo que se ha ganado con la lucha en décadas precedentes se está perdiendo en el presente” y explica que precisamente esa es la idea alrededor de la cual se ha construido esta notable obra: “quizá en el pasado se puedan encontrar respuestas a algunas de las preguntas que plantea el turbulento siglo XXI en el que nos encontramos inmersos”. Aquí nos gustan mucho los cómics dedicados a la guerra civil y ya hemos dicho en alguna ocasión que se repite mucho el patrón de que un guionista o un dibujante dedican un cómic a la historia que han oído en casa a hurtadillas, a las vivencias familiares que sólo se explican a medias, para ahorrar disgustos a los descendientes, para intentar olvidar y pasar página. Las historias del “médico de Belchite” que dedicó Sento a un familiar de su mujer, los dos volúmenes que dedicó Altarriba a sus padres con los dibujos de Kim, y hasta “los surcos del azar” que recorrió Paco Roca beben de este planteamiento que de manera casi literal retoma Jaime Martín para explicar la peripecia de su abuela Isabel en “Jamás tendré 20 años”, que con su cubierta rojinegra se hace la dueña y señora de la sección de cómics de cualquier librería.

El casi imperceptible brillo en los ojos de la “libertaria” que levanta el puño cerrado en esa portada invita a abrir inmediatamente este álbum publicado por Norma en 2016, desde la versión original en francés publicada por Dupuis como “Jamais je n’aurai 20 ans”. La historia está montada, como tantas otras veces, en forma de flashback, a partir de unos chavales que juegan a la guerra y no entienden que sus abuelos les abronquen: “Se acabó esta mierda de película. Id a jugar a la pelota como los demás niños”.

A partir de entonces una páginas magníficamente construidas viajan al verano que destrozó tantas vidas para desarrollar cronológicamente la vida de Isabel y Jaime: el viaje de la primera desde Melilla hasta L’Hospitalet y la participación del abuelo en la guerra, en el llamado Frente del Serrablo y en Belchite permiten que se pueda hablar de esas ilusiones quebradas para toda una generación, de los golpes en la puerta de madrugada que precedían a los fatídicos “paseos”, de los bombardeos de la aviación en la contienda y el estraperlo en la posguerra, de las delaciones antes y después de acabado el conflicto, como si la condena fuera para siempre y a los vencidos se les tuviera que recordar sin parar que perdieron la guerra y la paz.

El giro final de la historia dice mucho del estado en que quedó este país cuando se decidió que el silencio tenía que ser la respuesta a muchas de las preguntas que las nuevas generaciones nos hemos ido haciendo.

Son esperanzadoras, para el mundo del cómic y para los aficionados a la Historia (en especial la de España), las palabras que dedica el citado Mikel Bao para cerrar su reseña de “La virgen roja”: “un estupendo libro, indicado particularmente para los amantes de las historias cercanas a la realidad que tan habituales son en el mundo de la novela gráfica y que están atrayendo a muchos lectores a muchos lectores tradicionales al cómic en los últimos años”.

Se puede aplicar tal cual al libro de Jaime Martín. Muy recomendable.

Literatura más allá de generaciones

“Los milenials han revertido las tendencias juveniles que comenzaron en los años sesenta. Han disminuido las ratios de delincuencia juvenil; fuman y beben menos, y ha descendido el número de embarazos entre adolescentes. (…) Nunca hemos visto una generación tan cercana a sus padres”. Las comillas pertenecen a un estudio titulado Millennials Rising: The Next Great Generation, y lo cita Mar Abad en un libro interesante y muy entretenido que se titula “De estraperlo a postureo”, del sello Vox, el de los diccionarios de toda la vida. Esta obra quiere demostrar que según las palabras que utilicemos denotamos en qué año hemos nacido, más o menos, a qué generación pertenecemos. Y repasa un siglo de España, en una especie de manual (muy ameno) de sociología disfrazado de estudio léxico y lingüístico (muy divertido).

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Se citan cinco generaciones, la “silenciosa” (nacidos antes de la guerra civil); los baby boomers (nacidos en plena posguerra);  la Generación X (los que aparecimos con el desarrollismo y la transición); los milenials, que llegaron con una pierna en cada siglo; y la Generación Z, que apenas es comentada porque todavía está creando ese léxico que permita a los habitantes del futuro asociarla a un tiempo y unas circunstancias.

El libro evidencia un notable trabajo de documentación, que la autora parece haber trabajado con deleite: preguntas a los mayores, visionado de horas y horas del archivo de TVE, películas viejunas, canciones de la Movida, coplas, diccionarios muy variados y muchas búsquedas en la red. Todo vale para montar este trabajo que cada uno disfrutará en mayor medida cuando se vea reflejado en la generación a la que pertenece. La identificación con el mítico programa ¿infantil? La bola de cristal explica las canas que nos adornan, por ejemplo. La lectura de las páginas dedicadas a los años del estraperlo ayuda a entender por qué también las palabras parecían ser grises, en consonancia con la tristeza y las fotos en blanco y negro que nos explican qué pasó en la guerra y después de ella. Y al leer sobre los milenials he recordado enseguida una publicidad de Alianza Editorial que vi hace poco en una librería, que se preguntaba abiertamente: “¿existe una literatura para milenials?”.

Por eso abríamos este texto con esa definición tan dura de esta generación, que todavía ahondaba en vituperios: “son sorprendente convencionales en sus valores sociales y culturales”. Ronja von Rönne, nacida en 1992, es una autora de esta colección de Alianza y en el folleto mencionado dice: “éramos la mejor protegida y más depresiva de todas las generaciones. Era nuestra hiperreflexión neurótica, el continuo preguntarse por el papel propio, la maniática dedicación a nosotros mismos, el tiempo que se abría ante nosotros desierto e infinito, y el aburrimiento incierto de nuestras arenosas”. Tengo un novela suya por leer titulada “Ya vamos”, “un libro radical sobre el dolor de crecer y el poliamor”. Esta última es justamente una de las palabras que según Mar Abad definen a esta generación, como lo son precariado, selfi, posverdad, sexting, meme, hípster y pagafantas, entre otras.

un invierno en sokcho

Y acabo de terminar precisamente otra novela de esta misma colección, sin saber que tenía por target a los milenials. En este caso es de una autora francesa, Élisa Shua Dusapin, también de 1992, que ganó varios premios con esta, su primera obra publicada. Se titula “Un invierno en Sokcho” y su morosa narración se desarrolla en una pequeña ciudad portuaria de Corea del Sur, muy cerca de la frontera con su temido vecino del norte.

Pocas páginas para una historia en la que la joven protagonista ejerce de recepcionista en un hotel de una ciudad de veraneo en la que no hay un alma en pleno invierno. Hasta ahí llega un francés, Kerrand, que rompe con la rutina del lugar. Es un viñetista que está preparando una nueva novela gráfica y despierta el interés de la protagonista, que se ofrece al huésped para acompañarlo en sus breves viajes de documentación.

Ese tedio cotidiano está descrito con una precisión que sorprende por la economía de medios de la narradora, que estructura el relato en breves secuencias de pocas páginas. Su relación con un novio que cambia de ciudad, las visitas a su madre, el día a día en un hotel decrépito se van mostrando con aparente sencillez, parece que se vayan fundiendo con la novela gráfica que está levantando Kerrand. La narradora describe ese cómic que aparece ante sus ojos y el contorno se difumina con la novela que nosotros estamos leyendo: “Era un lugar sin serlo. Esos sitios que toman forma en el instante en que pensamos en ellos, luego se disuelven, un umbral, un paisaje, allá donde la nieve que cae tropieza con la espuma y una parte del copo se evapora mientras la otra se une al mar”.

Un milenial igual se reconoce en ella, ¿por qué reservarle ese gusto solo a esta generación?

Homenaje berlanguiano a la radio

Me sonaban campanadas de que la RAE había incluido en su diccionario la palabra “berlanguiano”, pero una consulta rápida en la web me hace ver que no fue así. Al tiempo, Google devuelve un montón de páginas relacionadas con la búsqueda del adjetivo, entre ellas una campaña en change.org, precisamente para que la Academia la tomara en consideración, así como una iniciativa del inefable diario Las Provincias en pos de una definición. Aparecen diversas propuestas y hay una muy certera del actor Juanjo Puigcorbé: “Dícese de la situación coral aparentemente caótica o esperpéntica donde los caracteres muestran o ponen en evidencia su monstruosidad sin categoría moral pero de una forma vitalista”. Cuando murió Berlanga su compañero de oficio Santiago Segura volvió a reivindicar la inclusión de la palabra de marras y en su texto del diario Público se hizo unas preguntas que añadían matices a lo que podría ser una explicación más certera: “¿Quién nos va a retratar ahora? ¿Quién va a sentar un pobre a nuestra mesa? ¿Quién como tú nos va a golpear con el garrote de la risa? ¿Quién nos mostrará lo caóticos y rijosos que podemos llegar a ser?”

Me ha venido a la memoria esta divertida reivindicación al leer una novela absolutamente berlanguiana, ya desde la primera página. Fue empezar a leerla y recordar inevitablemente el arranque de Bienvenido Mr. Marshall, con la cálida voz del narrador que acompaña a la cámara mientras nos muestra la fuente seca, la iglesia del mil no sé cuántos, el reloj que no funciona y el mítico balcón del ayuntamiento de Villar del Río, desde el que Pepe Isbert encasqueta a sus convecinos el famoso discurso que les debe.

Esta divertida novela es un homenaje a la radio, como se encarga de ratificar el sorprendente final, con una estructura de relato contenido en otro relato. La ha escrito un hombre de radio y TV, Juan Herrera, que hace años puso en marcha en Radio 3 un programa ingenioso y divertido, Jack el Despertador, y que luego ha arrancado risas con Humor amarillo, un programa que uno ya no sabe si se ha convertido en “programa de culto” de tan chusco que era, o al contrario. “La radio de piedra”, no podía llevar otro título, la acaba de publicar AdN, acrónimo de Alianza de novelas, con una cubierta tan elegante como atractiva, si bien igual despista un poco sobre el contenido de la novela.

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Son capítulos cortos, casi microcuentos, que como las escenas de una película nos van presentando, primero, a los personajes para luego ponerlos en acción y empezar a cruzar sus vidas. También en esta presentación coral es berlanguiana la novela, pero lo es sobre todo en el humor negro y socarrón, en el anticlericalismo latente, en la irreverencia ante los convencionalismos y en esa simpatía por los perdedores. El sexo sin censuras, en una especie de pornografía rural con olor a sacristía, acaban de redondear este homenaje sin disimulos al gran cineasta valenciano. No recuerdo ahora si aparece en el texto la palabra “austrohúngaro”, esa especie de fetiche que Berlanga incluía en sus películas, viniera a cuenta o no.

Hay muchas escenas que podrían haber sido descartes de La vaquilla, en una novela ambientada en la guerra civil en la que no faltan beatas lujuriosas, un cura como don Críspulo en connivencia con las fuerzas vivas, Dimas el ciego y Abelito el tonto de pueblo, Las Lombrices (unas hermanas que gozan dando goce), una compañía de alemanes y, por haber, hay hasta un cameo de Franco.

Gusta el autor de la frase rotunda (“en los templos la saliva de los clérigos se solidificaba y caía como cera caliente sobre las cabezas de los feligreses”, “los niños, aunque solo sean una inversión militar de futuro, son el alma de las calles”, “fuera de la sacristía tenían menos futuro que un helado y una estufa”… y así durante 200 páginas divididas en una cuarentena de capítulos que se leen en un suspiro.

No será una novela que aparezca en las quinielas para los premios oficiales pero se enmarca perfectamente en esa tradición realista que, una vez desbocada, prefiere transitar por los senderos del humor y responder con una mueca a los que la puedan acusar de poco profunda. Dice el cómico Luis Piedrahita en una faja que le han puesto los editores que “este libro es capaz del único milagro que vale la pena: convertir la tristeza en belleza”. Y se olvida de algo muy importante que también lograr: despertar unas cuantas sonrisas.

Adoctrinamiento en las aulas

“La libertad no se enseña, se vive”. Parece una de esas frases que ahora  se convierten enseguida en cartelitos viralizables en las redes sociales. Fue, en cambio, una máxima que nos acompañó a varias promociones de estudiantes de bachillerato en un instituto de una ciudad de provincias, en el Pirineo. No sé si venía de los tiempos de la famosa Transición, pero aguantó durante años en las paredes de un centro que precisamente llevaba a gala que los estudiantes no enguarraran las paredes de los lavabos, como parece preceptivo, con consignas más o menos jocosas o revolucionarias. La pintada estaba hecha con una caligrafía precisa y había pocas posibilidades de poner faltas de ortografía. Quizá por eso resistió tanto tiempo. No es extraño que muchos de los estudiantes que nos la encontrábamos varias veces cada día sigamos recordándola.

Pienso estos días en aquella pintada de mi juventud al tiempo que se entrecruzan mis lecturas con las noticias de la prensa. Dicen los diarios, con titulares muy aparatosos, que en Cataluña se adoctrina en las escuelas. Y mi mente viaja inevitablemente al pasado. No al adoctrinamiento que yo “sufriera” sino a una entrevista que leí en algún sitio a un ministro socialista del ramo, creo que Maravall. Venía decir que su partido había logrado que la guerra civil española quedara al margen del currículo escolar en las materias relacionadas con la Historia y las Ciencias Sociales para evitar reabrir las heridas del pasado. Es un eufemismo muy habitual para evitar sonrojarse, una manera sutil de “adoctrinar”, si hacemos caso de la terminología de moda. Cuando años después de salir del instituto y hasta de la universidad tuve la suerte de poder tratar con historiadores renombrados mis quejas sobre la educación que recibimos en algunas materias comentábamos con sorna que lo sabíamos casi todo sobre el Zollverein o la unificación italiana, pero apenas habíamos oído campanadas acerca de las guerras carlistas, sobre la insurrección republicana de Jaca, la guerra civil o la dictadura. Y todo para no abrir heridas, que muchos ni deben de saber que existen.

Como tengo varios hijos en la educación pública catalana, en la primaria y la secundaria, no sólo no he tenido la sensación de que hayan sido adoctrinados, sino que creo que los chavales, en buena lógica, ya van “adoctrinados” de casa. Los padres somos (o deberíamos serlo) muy importantes en lo que se refiere a trasmisión de valores. Hay  cosas que, como decía la pintada de mi instituto, no se enseñan, se viven.  Y si las autoridades creen que la escuela adoctrina y que hay que intervenirla, me temo que luego tendrán que enviar inspectores a las casas y después poner en marcha un cuerpo de agentes que vigile la ortodoxia y más tarde… Más tarde, leer “1984”, y aprender de ese final tan logrado.

Una amiga me hizo llegar hace poco una novela, conocedora de que me había gustado otro título de la misma colección. Y así cayó en mis manos “Sweet Sixteen”, de Annelise Heurtier, publicado por Milenio en traducción de Cristina Ridruejo, dentro de la colección Nandibú Horizontes (en catalán lo ha publicado Pagès Editors). La historia se ha explicado muchas veces, como la de Rosa Parks. La segregación racial empezó a resquebrajarse en Estados Unidos gracias a iniciativas casi individuales, muy valientes, que se propusieron vivir la libertad, más allá de que se enseñara. En un instituto de Little Rock (Arkansas) nueve estudiantes negros se atrevieron a ir a las mismas clases que compartían más de 2000 alumnos blancos, en pos de la aplicación de una sentencia judicial que les reconocía los mismos derechos.

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Lo que vino a continuación fue una lucha entre un mundo que se aprestaba a asomar la cabeza, un miedo cerval a que las cosas cambiasen, un sinnúmero de prejuicios infundados y la tozudez de los que no tienen casi nada que perder, y por eso pueden aspirar a todo. Aquello sí fue adoctrinamiento. Mientras se sustanciaban reclamaciones judiciales y todo tipo de recursos, los nueve alumnos brillantes (y negros) que obtuvieron el respaldo de sus familias para luchar por cambiar las cosas se enfrentaron a los insultos, el boicot y las amenazas. Pocos blancos se alinearon con ellos y todavía fueron menos los que osaron hacerlo de manera pública. Esta novela, con nombres ficticios que recuerdan a los reales, recrea lo que pudo pasar en aquel instituto y narra en paralelo las minucias cotidianas de una chica negra y otra blanca que comparten la clase. Molly es la negra y Grace, la blanca.

“La vida de los negros parecía estar formada por un ingenioso engranaje de pequeñas injusticias cotidianas, con un único objetivo: mantenerlos en su lugar, es decir, bajo el yugo de los blancos.” Acaba de arrancar la novela y la narradora bucea en la mente de Molly, la niña negra que, en virtud de sus buenos resultados académicos, tiene opciones de asistir al prestigioso Instituto Central de Little Rock. En las siguientes páginas, de una manera casi documental, va apareciendo ese día a día, esa sucesión de injusticias cotidianas. Un planteamiento eficaz, no muy original, al servicio de un relato que no es en absoluto neutro ni buenista.

Cuando la lucha es para perpetuar esa injusticia puede ocurrir que salga el tiro por la culata. Esta novela entretenida tiene un giro inesperado que la hace más interesante, más allá de un relato basado en hechos reales. Independientemente de lo que enseñaran en ese instituto, lo que se vivió durante unos meses en las aulas, o en la puerta, con la policía apostada para asegurar que los negros entraran en el edificio mientras los padres blancos acompañaban a sus hijos a insultar a esos compañeros “indeseados”, fue la muestra palpable de que hay muchas cosas que se aprenden mientras se viven, más allá de lo que se enseñe.

Los Cinco le dan al frasco

Acaba de salir un nuevo Astérix, con guión de alguien que no es Goscinny, con dibujos de alguien distinto de Uderzo. Como ya lo sabemos, después de disfrutar de sus viñetas a toda velocidad, tenemos la sensación de que no está a la altura de los álbumes que sí hicieron al alimón sus creadores originarios. Es un revival permanente, que parece dirigido a estas generaciones que crecimos rodeados de una serie de referentes y que ahora disponemos de cierta capacidad adquisitiva, tampoco demasiada, y queremos alimentar esa nostalgia.

Si alguien puede haberse forrado con libros tan vacíos como los de “Yo fui a la EGB”, por qué no aprovecharse de esa nostalgia por el tiempo que se fue y encima reírnos un poco de nosotros mismos. Hace unos meses, en las islas de donde provenían, empezaron a aparecer, y a leerse, unos relatos con Los Cinco de Enid Blyton como protagonistas, haciendo frente a la realidad de los nuevos tiempos: Los Cinco y las consecuencias desgarradoras del Brexit, Los Cinco van a ser padres, Los Cinco afrontan la típica cena de navidad con sus compañeros de trabajo o, glups, Los Cinco se proponen dejar de beber. Escritos casi todos por Bruno Vincent y publicados por Quercus, creo que aún no tienen versión en castellano. Sus cubiertas nos remiten, impepinablemente, a las que tuvimos en nuestras manos cuando éramos niños y leíamos las aventuras de Julián, Ana, Dick, Jorge y el perro Tim como si la saga no terminara nunca, soñando con viajar a la isla de Kirrin y zamparnos un pastel de carne, que pasaríamos con tragos generosos de cerveza de jengibre. Un tópico detrás de otro en estas aventuras que Enid Blyton escribía como churros, con un oficio que rayaba en la desgana, sin demasiadas contemplaciones ni un especial cuidado en pulir los detalles.

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Algo de todo esto aparece en un libro titulado “Los Cinco y yo”, de Antonio Orejudo, publicado hace unos meses por Tusquets y que una amiga me recomendó vivamente, diciéndome que se leía rápido, que resultaba muy interesante y que a ella le parecía que era como una serpiente, mudando de piel cada cierto número de páginas, en una especie de reinvención continua. Le hice caso y me costó conectar entrar en el juego. Al principio, en lo que parecía una mera evocación nostálgica, llegué a pensar que mi amiga me estaba tomando el pelo. Entonces se debió de producir una de estas mudas de piel y empecé a atisbar el juego literario que proponía Orejudo. A partir de entonces, Los Cinco se desplegaron en toda su variedad de registros y, como lector, me dejé guiar por donde el narrador quiso llevarme.

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Esa evocación primera, con guiños a los nacidos en los años sesenta que se pueden hacer extensibles a los de una quincena de años después, va dejando destellos de buen humor y apuntes sarcásticos al tiempo que aparece un escritor tan real como Rafael Reig, que escribe una especie de continuación de las aventuras de Los Cinco en la línea de lo realizado por Bruno Vincent en Gran Bretaña. “After Five” se llama esta novela que va descubriendo su trama a la par que el propio Orejudo, convertido también en protagonista de su propio relato, nos cuenta su vida de escritor normalillo, lejos de aquellas aspiraciones de triunfo a escala mundial que trazó precisamente con Reig, cuando Los Cinco aún no tenían sobrepeso ni debían de hacer frente al pago de cuotas de la hipoteca.

En esa mezcla de realidad y ficción, con subtramas que enlazan novelas de laboratorio farmacéutico (un subgénero que no deja de aportar títulos) con realidades post-hippies y británicos en bañador por la costa almeriense, Orejudo va retorciendo los límites de la novela, jugando con los tiempos narrativos, aportando detalles que unas veces hacen más verosímil tan compleja estructura y en otras ocasiones parecen humoradas que no desentonan en absoluto. En una entrevista en el siempre interesante Página 2, el programa de libros de TVE, intentaba huir de esa etiqueta de escritor humorístico, pero esta novela se lee con una sonrisa, si no una risotada de vez en cuando. Una vez el lector acepta el juego que le propone el autor, la complicidad se va afianzando precisamente por esos guiños divertidos, que una vez vienen por el título escandaloso de una ponencia sobre Los Cinco en un congreso para frikies de las historias de Enid Blyton, en otra ocasión podemos encontrarlos en ese sarcasmo que utiliza para hablar de Reig (cuando le interesa) o, sencillamente, a medida que avanza la historia y podemos imaginar la tripa cervecera de Julián o los estragos de la edad en cualquiera de los otros miembros de los “Famous Five”.

Una novela muy entretenida que, además, suscitó debates interesantes acerca de la generación a la que pertenece su autor. Un ejercicio de estilo del que no era fácil salir indemne y que Orejudo resolvió con destreza, sin escabullirse por uno de esos pasadizos secretos que siempre aparecían en los libros de Los Cinco.

Jesús Moncada, el escritor discreto

Cuando apareció “Calaveres atònites”, en diciembre de 1999, pude entrevistar a su autor, Jesús Moncada. No lo podíamos imaginar, pero sería la última obra que publicó en vida. Tiempo hubo para recopilaciones de relatos, pero antes de 2005, fecha de su muerte, no llegaron más obras originales. Se dice que una gran novela, ubicada en Barcelona, quedó en los cajones del siempre perfeccionista Moncada. Parece que estaba ambientada en el entorno laboral de la Montaner i Simón, la editorial que albergó el espectacular edificio que hoy es sede la Fundació Tàpies, y que recordaba unos años en los que Moncada abandonó su deseo de ser pintor para convertirse en uno de los escritores más destacados en lengua catalana, nacido en la Franja de Ponent (para los catalanes), en la Franja Oriental (para los aragoneses).

Llegué a la recopilación de cuentos de “Calaveres atònites” después de haber devorado uno tras otro todos los libros de Moncada. Me sorprendí, aragonés como él, de no saber nada de su literatura, de no conocer su nombre antes de instalarme en Barcelona, como había hecho él veinte años antes. En Cataluña era un autor cuyas obras se esperaban con interés pero más allá de la famosa Franja pocos parecían saber que había publicado con Anagrama la que era su novela más ambiciosa: “Camino de sirga”, traducción literal del “camí de sirga” en catalán que hacía referencia a la ruta que seguían los “machos” para remontar río Ebro arriba, tirando de una cuerda, las barcas (llaüts, en catalán) que bajaban hacia Tortosa el lignito que se extraía de las minas de Mequinenza.

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He comprobado que “Calaveres atònites” resiste de maravilla una relectura. Hace casi dos décadas que lo leí, y en la página de cortesía veo con tristeza el dibujo que me dedicó Moncada, al lado de un texto donde me aseguraba que yo acabaría en el infierno. O eso dice la caricatura de la Berta. No recuerdo cuánto rato pasé con él en la sede barcelonesa de La Magrana, su editorial entonces, antes de que la comprara RBA. Pero fue un momento inolvidable. Esa sonrisa que aparece en muchas de las fotografías era una risa de tonos gamberros, que coincidía plenamente con ese humor socarrón (somarda, le decimos en Aragón) que invadía sus textos, de un anticlericalismo feroz. Al releer el primer relato de esta recopilación, donde en primera persona Mallol Fontcalda explica cómo fue su aterrizaje en la villa de Mequinenza, adonde llegaba para ser secretario del juzgado desde su Barcelona natal. La estupefacción con la que recuerda ese momento, en una especie de prólogo para una selección de cuentos escritos por un tal Moncada (empieza aquí un juego de espejos que deviene infinito), es la misma que siente el lector al descubrir cualquiera de las historias de este escritor “rural” que evocó desde el barrio de Gracia barcelonés aquel pueblo suyo y sus habitantes, anegado el primero por las aguas de dos pantanos, vivísimos los personajes gracias a las historias de Moncada.

Prácticamente todos sus libros (salvo “La galeria de les estatues” i “Estremida memòria) acontecen en Mequinenza, ese espacio literario de proporciones míticas donde personajes con nombres de resonancias clásicas se chotean de las penurias de la posguerra, cultivan un anticlericalismo que de tan bestia raya en la caricatura y sobreviven armándose de mal humor ante las penurias e iniquidades de la dictadura, ellos que han sido siempre tan de izquierdas (incluso en el momento actual). Son una especie de aldea gala reubicada por culpa de las aguas de unos pantanos que casi acaban con todo rastro de vida inteligente, además de arrasar con los recursos económicos. La “suerte” de esta villa desgraciadamente desaparecida es que tuvo a Jesús Moncada como cronista.

He vuelto a leer estos relatos, a repasar mis apuntes de hace años, a mirar las entrevistas y reseñas que recorté de los periódicos de 1999, a evocar a aquel autor entrañable que se fue demasiado pronto por culpa de un cáncer. Y lo hecho merced a una biografía publicada por Pagès editors hace escasamente un mes. Se titula “Jesús Moncada, mosaic de vida” y está escrita por Marc Biosca. La foto de la cubierta muestra a un Moncada que mira por un ventanal, en la sede citada de la Montaner i Simón. Vista ahora, la imagen tiene un poder de evocación descomunal. Libros en las estanterías, la pantalla de un flexo difuminada en primer plano, una mesa con una pila de hojas pulcramente ordenadas… Y el editor mirando al infinito, quizá descansando después de muchas horas corrigiendo pruebas, recuperando fuerzas para seguir en la brecha.

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Dicen que Moncada concedió pocas entrevistas, que fue un autor que dio escasas pistas sobre su vida personal. El mismo confesó que traducía, especialmente a autores franceses, para comprar el tiempo que luego dedicaba a escribir y rescribir minuciosamente sus relatos. Pocas señales quedan de su compromiso político, más allá de su afiliación a un partido independentista de izquierdas, cuando no era difícil ser lo segundo pero parecía una marcianada ejercer de lo primero. Hoy las tornas han cambiado. Recuerdo que yo, a instancias de unos amigos y bien convencido de ello, le propuse que nos ayudara en la oposición a unos embalses en el Pirineo aragonés que siguen sin hacerse pero cuya amenaza pende sobre el territorio desde hace décadas. Rehusó firme pero amablemente, lo que podía decir ya lo había hecho en sus relatos.

No se le conoce a Moncada pareja sentimental pero sí unos cuantos padrinos literarios, de su paisano Edmón Vallès a Pere Calders. Se explican algunas de sus amistades del círculo profesional pero tampoco parece que disfrutara demasiado en las bambalinas de los premios y los oropeles de la fama. Coleccionó galardones en Cataluña y sólo al final, a punto de irse para siempre río abajo, el Gobierno aragonés le entregó su galardón mayor, aunque algunos miembros del jurado explican que había sido propuesto en reiteradas ocasiones y siempre rechazado precisamente por no escribir en castellano.

De todo esto habla esta biografía que al principio se presenta desordenada pero que va tomando cuerpo y acaba siendo un trabajo interesante. Se echa en falta un índice onomástico, tan necesario siempre en estos estudios biográficos, pero dispone de un abundante aparato bibliográfico, de gran utilidad para seguir la huella de un autor que parece que se prodigó poco pero que, en realidad, se asomó cuando tenía algo que decir, algo que anunciar.

Los relatos de Moncada han envejecido de maravilla. He pasado unas horas extraordinarias, con risas incluso, al revisitar las disparatadas situaciones que se producían en la villa de Mequinenza, con esos nombres ya familiares del juez Crònides, la Berta, Penèlope Valldabó, el cardenal Maties o Leucofrina, en espacios no menos míticos del Café del Moll, el Café de la Granota, el puticlub Calipso o la farmacia de Honorat del Rom.

Qué mala hostia tan sana, tan saludable.

 

Aturada general

Cunde un silencio peculiar hoy por Barcelona. Hace dos días se votó en una consulta real que se decretó que fuera irreal. Su resultado, irreal también por tantas irregularidades, está desencadenando un aluvión de hechos bien reales, como este silencio estruendoso que invade esta gran ciudad. Fueron también muy reales las hostias que repartieron miles de policías alojados durante unos días en lo que parece más inverosímil: un crucero pintado con los monigotes de la Warner Bros.

Desde dentro de Cataluña, independientemente de nuestras convicciones y anhelos más o menos disolventes, no acabamos de entender lo que consideramos una reacción desaforada. Llevamos años de manifestaciones que, más que pedir, se limitaban a mostrar, y no habíamos pensado que pudiera apalearse a gente que se había acostumbrado a ir a una concentración como quien va de concierto de Festa Major. La lógica familiar que no dudaba en cargar con niños de cualquier edad para ponerlos detrás de una pancarta se ha visto desarmada. En el silencio que hoy ocupa las calles de Barcelona hay algo de incertidumbre, porque los grupos de whatsapp que en convocatorias anteriores se limitaban a concretar dónde quedar, ahora avisan de que puede haber infiltrados que alienten la violencia para desprestigiar esta autodenominada “revolta dels somriures”.

Hoy Barcelona está parada. En el barrio desde el que escribo solo abren sus puertas algunas tiendas non-stop, unos bares y las oficinas de La Caixa. Se prepara una de esas manifestaciones grandiosas mientras las redes avisan de que los buses no circulan porque las calles están llenas de gente, la red de metro está sin servicio y las familias empiezan a caminar sin saber muy bien si podrán a llegar a los puntos de encuentro.

Esa Barcelona hoy convulsionada fue convulsa en el pasado. Su tradición levantisca, de reacciones mucho más airadas, ha protagonizado muchas novelas y películas. Conocer ese pasado ayudaría a entender por qué este silencio de hoy, por qué la firmeza de tanta gente defendiendo ser preguntada. Saber por qué hay este silencio hoy quizá ayude a imaginar un futuro menos incierto. Una novela titulada “La fada negra”, publicada por Planeta y galardonada con el premio que más dotación económica tiene en la lengua catalana (el Premi Josep Pla) aborda la “jamància”, una revuelta poco conocida acaecida en 1843. Pocos meses antes, la ciudad había sido bombardeada por orden de Espartero, autor de una cita que aparece regularmente, en boca de bocazas y demagogos: “para que España vaya bien hay que bombardear Barcelona cada 50 años”. El autor de esta novela, Xavier Theros, debía de rumiar desde hace tiempo la historia que ha construido en torno a esta revuelta. Aquí se puede leer un texto que publicó en El País hace unos años. En este diario antes y últimamente en Ara van apareciendo piezas breves de Theros que siempre saben a muy poco. Conoce la ciudad del pasado palmo a palmo, rastrea en los rincones del presente las huellas que dejaron militarazos y pescaderas, menestrales y obispos.

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Ese dominio de la ciudad, esa capacidad para pasear por espacios desaparecidos hace décadas es lo mejor de “La fada negra”, una novela que combina acción, intriga y hasta pasión amorosa, ingredientes habituales en un thriller que se precie. Adolece, en cambio, de un historicismo, de una elocuencia y una precisión por el detalle que rompen el ritmo narrativo y parecen descansos que el autor toma para no perder él mismo el hilo. Son buena muestra las páginas 245-255, la 285, pero hay muchas más. El autor, más que el narrador, necesita poner en antecedentes a los lectores para ir introduciendo nuevos nombres, para contextualizar determinados giros en la narración. Y le va instruyendo, con la mejor intención pero con resultados dolorosos para la narración, que por momentos parece un ensayo histórico, de nivel, eso sí.

Las andanzas de Llàtzer Llampades, reconvertido en policía después de que un oscuro episodio del pasado le obligara a dejar la marina mercante y también a su familia, nos llevan por calles oscuras de la Barcelona aneja a la Rambla. Quedan fuera de las murallas las villas de Gracia, de Sant Martí, Sants… Corre el siglo XIX y empieza a atisbarse una especulación inmobiliaria que estallará pocas décadas después, retratada con más humor y sutileza por Eduardo Mendoza en “La ciudad de los prodigios”. En el fondo de todo el relato de Theros está ese deseo de enriquecimiento rápido, a expensas de decisiones políticas y corrupciones variadas. Si la tradición levantisca de Barcelona no ha languidecido con el tiempo tampoco se puede decir que los corruptos de ahora no tengan antecesores en los que inspirarse.

Esta novela, que parece un producto concebido para lograr un éxito de público, fue precisamente el libro más vendido en catalán en el último Sant Jordi. No es una obra desdeñable, en absoluto. De la pericia de Theros para explicar historietas dan fe sus colaboraciones en la prensa, antes mencionadas. Su colaboración con el malogrado Rafael Metlikovez, en un dúo alucinante llamado “Accidents Polipoètics”, ofrece una muestra de su amplitud de registros.

El fragor de la batalla, el ruido de los bombardeos, las escaramuzas por los callejones que rodean a la Ciutat Vella poco tienen que ver con el silencio que hoy impregna la movilización de miles de personas por las anchas avenidas que hay fuera de las antiguas murallas. Barcelona es el paisaje, en ambos casos.

No hubo más lecturas veraniegas

El verano que acaba de disiparse ha sido extraño en lo tocante a lecturas. Ya decíamos un día aquí que Rodrigo Fresán y su novela sobre la vida de Federico Esperanto nos ayudaron a sobrellevar algunos momentos de zozobra personal. Cuando la cabeza necesitaba de evasión, sin tanta necesidad de concentración, escapaba hacia otras vivencias que, a primera vista, se antojaban más fútiles, pero que permanecen en el tiempo, señal de que en el relato había algo más que esparcimiento.

El azar me ha llevado a conectar esta novela basada en cuentos (¿o sería mejor decir “conjunto de relatos que acaban conformando una novela”?) con una reseña aparecida hace ya uno años en el ABC, que tildaba a este libro de “salingeriano” y que firmaba, precisamente, Rodrigo Fresán. Caí en él por la confianza que me inspira la editorial, Libros del Asteroide. Estaba en la mesa de recomendaciones de una biblioteca y no me sonaba en absoluto el nombre de su autora: Sarah Shun-lien Bynum. En 2011 apareció en castellano la traducción de “Las crónicas de la señorita Hempel”, que agrupaba ocho relatos con títulos tan breves como escurridizos: “Talento”, “Cómplice”, “Chungo” o “Encontronazo”.

cronicas de la señorita hempel

Los protagoniza Beatrice Hempel, profesora de Literatura en un colegio privado estadounidense. Se va mostrando de manera diáfana su día a día, historias cotidianas presentadas sin circunloquios ni experimentos narrativos. Parece un documental naif de alguien que está descubriendo en qué consiste eso de trabajar, de ganarse un prestigio y una reputación, mientras se torean las congojas personales que va deparando el destino. La evocación nostálgica del padre desaparecido, la desprejuiciada manera de hablar con sus alumnos de sus experiencias sexuales, como si fuera lo más normal del mundo, las charlas con los compañeros de claustro… Son “tranches de vie” que se muestran como suele ser típico de muchísimos libros americanos: a la gente le ocurren cosas y hay alguien para explicarlas. Y estamos nosotros, al otro lado, para darle sentido a esos relatos.

Esa inocencia es la que puede ser tildada de “salingeriana” en la reseña de Fresán. Y eso modo de narrar, tan invisible, es el que habrá posibilitado que la autora haya ido coleccionando premios y auspicios de ser una de las grandes narradoras del futuro, en esas clasificaciones tan futboleras que menudean en la prensa: “mejor narradora sub-35” y cosas parecidas.

En parecidos ranking ha aparecido otra autora, mucho más incisiva, que por la forma y hasta el fondo parece en los antípodas de los relatos de Sarah Shun-lien Bynum. Se trata de Merrit Tierce, una activista que cultiva una especie de “dirty realism”, visible en “Que me quieras”, novedad de Blackie Books en 2017. Una novela sin concesiones que reclama su lectura desde la contraportada, donde los editores han sido muy hábiles en los reclamos. Dos párrafos bastan para llamar la atención:

“Cuando dice Chúpamela en realidad quiere decir que todo esto es un circo, cariño, que les den a estos cabrones”.

“Y cuando le contesto Si quieres que la chupe, sácatela, lo que quiero decir es que somos duros, que a pesar de toda la mierda brillamos”.

que me quieras

La escritora Roxane Gay considera que la historia de Marie, una joven camarera que tiene una hija pero no su custodia, está narrada con una “una prosa gloriosa, afilada como una cuchilla de afeitar sucia. Tan vulnerable, dura y honesta que quita el aliento”. Poco se puede añadir a tan certera definición. La novela se lee a borbotones, como parece haber sido escrita. Se suceden los polvos, los tiritos de droga, los comentarios soeces de los hombres y la sensación de frustración de la protagonista. Su trabajo en un local de pedigrí le permitiría ganarse la vida sin estrecheces, pero todo lo que rodea a ese trabajo la va empujando en la dirección contraria. Se siente culpable de no poder atender en condiciones a su hija, y se evade de la sucia realidad follando con casi todo lo que se mueve alrededor.

Se siente entonces doblemente culpable y el lector se va empapando de esa angustia. Las flores marchitas de la cubierta, esa lata de cerveza estrujada, la ceniza que se consume del cigarro son la conseguida sinopsis de una novela que termina como empieza cada jornada de su protagonista: “Me llamo Marie y soy su camarera esta noche”.