No eres nadie sin tu DNI

En las últimas semanas Santiago Lorenzo ha aparecido con frecuencia en todo tipo de medios. He escuchado entrevistas en la radio y los periódicos, han salido reseñas de sus libros, se ha hablado de él en Twitter y también apareció en el programa de libros de La 2, ese milagro que cada semana muestra (y demuestra) que se puede hablar de literatura sin parecer jactancioso y que se puede hacer tele de interés con imaginación y pocos medios.

Hablaba Santiago Lorenzo de “Los asquerosos”, la última novela que le acaba de publicar Blackie Books, con 8 ediciones ya y muchos miles de ejemplares vendidos. Y me acordé de que tenía sin leer otra del mismo autor y la misma editorial, titulada “Los millones”. La compré hace un tiempo por mi querencia por este sello y porque entendía que el planteamiento iba a gustarle a la persona a la que se lo regalé: “a uno del GRAPO le toca la Primitiva y no puede cobrar porque no tiene DNI”.

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Son casi 200 páginas que pasan en un suspiro porque la anécdota publicitada en la contraportada, un señuelo de aires berlanguianos, enseguida se va enredando. La novela, que comienza en una prisión, va desgranando la vida de Francisco, pendiente siempre de una consigna que le lleve a protagonizar un atentado de consecuencias desconocidas. La historia está ubicada en 1986 y, visto en perspectiva, todo tiene un tufillo a carajillo de Soberano y olor a cigarrillos 46, en un bar con mesas de formica y un mostrador de cinc repleto de rayas concéntricas.

Como no debían de andar los GRAPO sobrados de logística e infraestructura, Francisco padece esas carencias. Espera consignas que le han de llegar mediante instrucciones que recuerdan a las puertas de acceso secretas a la TIA que utilizan Mortadelo y Filemón cuando el Súper los llama con urgencia. En ese ambiente ochentero, en un Madrid castizo de una España que se desperezaba, Francisco encuentra el amor, quebrando aquel dicho de “afortunado en el juego…”. Él tiene 200 millones de la Primitiva, aunque no pueda acceder (de momento) a ellos y se ha echado una novia. Poco más se puede contar sin desvelar detalles cruciales de esta historia muy divertida, con abundantes referencias a marcas y chismes que conocimos los que fuimos a la EGB y con muchas referencias a maquetas de trenes, tan en boga en la época. Cuando se pasa la última página, uno se da cuenta de la construcción circular de la historia pero todavía queda un párrafo en el que, como en muchas películas, se dice qué vida llevaron los protagonistas cuando se cayó el telón.

En la divertida faja que los editores pusieron a la versión en tapa dura de la novela (publicada en 2003 y agotada, hay otra en bolsillo) salen elogios de Marcos Ordóñez (“Santiago Lorenzo en hijo de Azcona”), Kiko Amat (“Una obra sobre el hueco en el alma que horada la falta de seres a quien amar”) y Miqui Otero (“Ya no concibo mi vida sin Los millones”). En esta misma faja aparecen todas las obras anteriores de Lorenzo, entre ellas una película titulada “Mamá es boba”, que recuerdo como en un sueño, con imágenes impactantes. Al buscar información sobre ella doy con una entrevista jugosa en El Cultural, de 1999, recién estrenada la película en el Festival de Valladolid con división de opiniones. En una de las respuestas, al ser preguntado por sus proyectos futuros, dice Lorenzo que ya tiene un guion preparado y algún dinero para hacer una peli sobre uno el GRAPO al que le tocan 1000 millones.

En la novela ,al final, no fueron tantos (aún hablábamos de pesetas) pero es divertido fantasear con la posibilidad de que la peli sea realidad un día. ¿Quién haría de Francisco?

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¡A jugar!

Cátedra publicó en 1987 la primera edición de “Ejercicios de estilo”, en una versión fantástica de Antonio Fernández Ferrer. Hay que destacar el nombre del “versionador” de la obra original porque no pudo ser fácil verter a una lengua distinta del francés un libro que basa gran parte de su encanto en los juegos que establece con la lengua en que fue escrito. No sé en qué reimpresión debe de estar este libro, la que yo tengo de 2012 es la 15ª, o sea, una nueva edición cada año.

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Este es el libro que dio más fama a Raymond Queneau, y se sigue recomendando a todo aquel que quiere ponerse a escribir. Es una buena manera de adquirir musculatura, pegada, flexibilidad, fondo… o lo que sea que necesita hacer alguien que aspira a contar algo que suscite un mínimo interés. Los 99 “ejercicios” que componen el libro son variaciones sobre una nimiedad: en un autobús alguien se queja de que lo molestan al pasar, y ese mismo alguien es visto después en otro sitio mientras un amigo le aconseja que se ponga un botón más en el abrigo”. En torno a esta menudencia, Queneau empieza a estirar la lengua, a estrujarse el magín, a ponerse estupendo, a burlarse de los estirados y de los paletos, de los que van de intelectuales, a quitar letras, a destilar la historia, a inflarla y le salen 99 maneras de explicar un acontecido que parece mentira que pueda dar tanto de sí. Ya hace unos años que José María Plaza explicó muy bien en El Mundo ese carácter juguetón del autor francés, y de sus compinches de correrías experimentales en el OuLiPo. Hablaba de él a propósito de una novela muy divertida que también tenía ese punto gamberro y que publicó Blackie Books. A nosotros nos encantó en su momento.

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En medio de tantas referencias cruzadas, hace unos días encontré en una biblioteca de Barcelona un cómic titulado “99 ejercicios de estilo”, de Matt Madden, y corrí a abrir sus páginas a ver si era lo que me imaginaba. Tal cual. Ya en la solapa de este cómic, publicado en 2007 por la desparecida Sins Entido, se informaba de que Madden es el representante americano de OuBaPo, el Taller de Historieta Potencial. Y en una breve introducción el propio dibujante dejaba clara su deuda con Queneau y explicaba el reto que se puso para aplicar “esa idea a la narrativa visual”. Le llevó varios años, necesitó del soporte de amigos que le animaban a seguir cuando Madden creía que estaba en un callejón sin salida y terminó mostrando de 99 maneras (98 si se excluye el modelo del que parte) que la forma influye y mucho a la hora de contar una historia con imágenes. La experiencia, para los que ya disfrutaron del libro de Queneau, es sumamente enriquecedora. Aquí la nimiedad que se narra es doméstica: alguien sentado delante de un ordenador se levanta hacia la nevera; por el camino una voz le pregunta la hora y, tras responder, se le va el santo al cielo. Semejante minucia se puede contar desde el punto de vista de la persona que pregunta la hora, desde dentro de la propia nevera, como si la protagonizaran unos marcianos, con una estética underground, como si fuera un anuncio o, entre otras decenas de opciones, en línea clara, en color o mediante un mapa. Esta noticia de RTVE lo explica muy bien.

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Hay un momento en el que Madden riza el rizo y en la historia 57, titulada “Dos en uno” aparecen fusionadas la historia de Queneau y la del comiquero. Aquí las posibilidades se multiplican exponencialmente y quién sabe qué podría salir si algún otro gamberro de las palabras y los dibujos comienza a abrir más puertas en este laberinto repleto de posibilidades de juego y diversión.

 

Novela recomendada… y recomendable

Los lectores guardamos como oro en paño a aquellas amistades que saben recomendarnos libros sin más argumentos que frases del tipo “es un libro que tiene algo”, “te va a gustar, seguro”, “ya verás qué bueno” y cosas por el estilo. Hace poco, en una conversación con muchos hilos abiertos, y a propósito de alguno de ellos, una amiga me dijo: “el próximo día te traigo una novela muy buena”. Sin más.

Vino con ella a la siguiente cita y se quedó en la pila de los libros pendientes. Cuando me enfrasqué en la lectura ya no recordaba por qué motivo me la había recomendado. La he degustado durante muchos días, lo que me ha ido dando pie a comentar con mi amiga en qué parte de la historia me encontraba, mientras ella me animaba a seguir descubriendo por qué la consideraba tan completa, tan redonda. La he terminado hace un par de horas, con la sensación de haber deambulado por la historia de Gran Bretaña y sus colonias, de haber alimentado mi asombro ante la oscuridad del catolicismo en Irlanda, de haber asistido a un striptease emocional por parte del autor, de haber compartido el miedo de un escritor a enfrentarse con la ingente tarea de escribir algo que merezca ser leído, y de haber empatizado con un hijo que va descubriendo secretos familiares que, si no le ayudan a vivir mejor, al menos le sirven para soportarse cada día.

John Lanchester escribió en 2007 esta novela autobiográfica que tradujo al catalán Joan Puntí para Edicions 62 y que publicó en castellano Anagrama. “Novel·la familiar” es el título de la versión catalana, que llegaba precedida por el Premi Llibreter de 2005 a otra historia del mismo autor: “El port de les aromes”. Tuvo que morir su madre para que él superara cierto bloqueo y se pusiera a indagar en el pasado de sus progenitores y así descubrir un secreto materno que es el motor de esta novela, pero también de la vida de su madre y, por ende, punto de partida de la propia existencia del escritor. Para entonces ya había publicado varios libros, había obtenido distintos galardones y había pasado por episodios clínicos que se entienden mejor cuanto más se conocen sus antecedentes familiares.

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La madre del autor, Julie (en la última de sus “rencarnaciones”), había nacido en la Irlanda más católica y rural, en una familia extensa que dio a varias de sus hijas a la Iglesia. Ella pasó dos veces por el convento, alcanzó ciertas responsabilidades en la jerarquía católica, estuvo muchos años dedicada a la enseñanza en la entonces India colonial y un día logró salir de la asfixiante condición de monja, para recalar en Londres, capital de una metrópoli donde apenas había vivido unos años de juventud. “La vida d’una familia no és una realitat neutral a la qual puguem arribar per un simple procés d’investigació i consens, és una història en la qual els personatges i les accions més importants són diferents segons qui en sigui el narrador. Aquesta no és una versió consensuada, és la història de la meva mare”. Es la primera parte de la novela, asfixiante por momentos. Todo un recorrido por la historia de Irlanda, con sus hambrunas, sus éxodos masivos, su dependencia de la Iglesia católica, como elemento diferenciador respecto del anglicanismo británico. Son 150 páginas en las que aparecen frustraciones familiares, temores a romper con el designio del Señor, la lucha de una mujer que quiere volver a empezar, aunque eso suponga romper con las ataduras del pasado, renunciar a la familia y hasta reinventarse una misma a base de sentar las bases de un secreto que de puro inocente se convierte en trascendental.

La novela cambia, ligeramente, de protagonista cuando Julie, después de diversas vicisitudes, se enamora, por decirlo de manera novelada, de un ciudadano británico que había nacido en Ciudad del Cabo y había desarrollado su carrera como banquero por distintas ubicaciones coloniales británicas, también a miles de kilómetros de esa metrópoli que extendía sus redes cada vez más esclerotizadas por medio mundo. Bill Lanchester tuvo una vida no menos azarosa que la de su futura esposa. Separado de sus padres durante muchos años, vivió en el hemisferio sur, entonces casi propiedad exclusiva del Imperio británico. Con la Segunda Guerra Mundial por en medio y la detención de sus padres en campos japoneses, creció en Australia, en cuyo ejército tomó parte. Su vida profesional se desarrolló en diversas colonias británicas del Índico, donde fue adquiriendo mayores responsabilidades, en una carrera que llevó a su familia, Julie y el hijo de ambos, John, a viajar constantemente. Hong Kong, Alemania, Malaysia, Birmania, nuevamente Hong Kong… En la década de 1960 y los años que siguieron, en plena época postcolonial, el autor de “Novel·la familiar” descubre que sus padres ven desmoronarse un mundo en el que creían vivir con cierta seguridad. El Imperio hace agua y envían a su hijo a estudiar a la metrópoli, a uno de esos internados de los que hemos leído tantas cosas. La madre convive a diario con su secreto, que el hijo analiza en la novela a posteriori. Él lo descubre cuando su madre ha muerto después de vivir muchos años como viuda de un hombre que murió joven, recién jubilado y establecido en las islas británicas, cansado de dar vueltas por el mundo en pos de un ascenso a la cúspide del banco que no terminó de lograr.

Esta novela familiar experimenta un nuevo giro cuando centra su atención en el hijo, el autor de la misma. Sus miedos, sus tribulaciones, los intentos por construirse una carrera docente en la universidad, sus problemas de salud y la omnipresencia de la madre (y su secreto) adquieren protagonismo. Es el último tercio de la historia y John Lanchester muestra casi todas las cartas. Con el foco puesto en sí mismo, la figura de la madre ayuda a los lectores a comprender algunas de las congojas del hijo, las dificultades para forjar una trayectoria en la que parecen pesar los ecos del pasado. El espacio en el que se desarrollan estos años, las dos últimas décadas del siglo XX, son las ciudades de Norwich o Londres, el entorno de Oxford. Y cuando faltan pocas páginas para la resolución de la historia, Lanchester explica las razones de esta obra: “un llibre hauria de ser una destral per obrir el mar glaçat que hi ha dins nostre”. Son palabras de Kafka, reconoce, y enumera las diferentes hachas que en su caso necesitó para escribir su libro: la muerte del padre, una relación adulta, una terapia y el infarto de la madre. No acaba la historia. Quedan pocas páginas, una veintena sobre un total que supera las 400, pero aquí se descubre que no era del todo cierta la ficción que la madre había montado para hacer posible una realidad, de la que John Lanchester era deudor máximo.

El secreto que escondía toda una vida era el mismo que justificaba una existencia y, en definitiva, el motor de esta novela tan recomendable. Completa, redonda, con algo diferente. Como me aseguró la amiga que me la recomendó.

Una novela frente a VOX

Menudean estos días análisis más o menos apresurados acerca de la irrupción de Vox en el parlamento andaluz. Ahora todo el mundo parece que lo viera venir pero se sigue mirando con displicencia a los 400.000 votantes que han catapultado a un partido que tiene a gala mostrarse sin complejos, que hace bandera de las palabras gruesas y que se declara enemigo de lo políticamente correcto. Recetas simples para problemas de calado. Escobazos contra los ratones escurridizos.

En un reportaje televisivo los periodistas visitan los mítines en Huelva, Almería y Málaga, y sorprende la juventud de muchos de los asistentes. Los que explican por qué están ahí se muestran alborozados por haberse “comprometido”. Tanto ellos como los mayores que acceden a hablar en pantalla se soliviantan con los inmigrantes y hablan de “invasión”. Y me acuerdo enseguida la última novela que he leído, aparentemente intrascendente, y que aún no sé por dónde coger. “Invasion” es el título original en inglés de esta novela de Luke Rhinehart, que publicó Malpaso en 2017 con traducción de María Luz García de la Hoz con un título más preciso, quizá demasiado elocuente: “La invasión de las bolas peludas”.

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Este artefacto parece por momentos un texto de la revista Mongolia, incluso por lo cafre. Incluye pasajes que entroncan con el humor de El Perich o con esos discursos imposibles de Tip y Coll: “No borgotaba, sino palopalaba la jicaración de la sangría en la zumba, la zomba y la zambomba: alipando consútiles peristáticamente fueron y la expancia verbicracia delicayeron”. Van intercalando fragmentos de un diccionario de lo más perspicaz y noticias de prensa con propósito paródico que se alternan con manifiestos políticos de lo más vital, con vocación hedonista.

Las “bolas peludas” del título son miembros (y miembras al mismo tiempo, porque son hermafroditas), que se reproducen como las estrellas de mar y adoptan aspecto humano cuando les interesa. Provienen de una civilización muy avanzada y llegan a la Tierra con el propósito de jugar, que es lo mismo que decir que roban a los bancos, bromean con los ordenadores de la CIA y el FBI y hacen el gamberro, convocando a los humanos a “manidiversiones”, donde reina el baile, la música y el folleteo… hasta que las autoridades toman medidas para evitar que el ejemplo cunda.

La novela (porque hay una trama en la que se ve implicada una familia que quiere vivir experiencias nuevas) acaba con la palabra “disparate”, que dice una de las bolas peludas invasoras a la que precisamente llaman así: Disparates. Muchas de las 400 páginas son disparatadas, aunque vayan soltando verdades como sopapos, y se nos hiela la sonrisa cuando comprobamos que la inepcia de los políticos que aparecen en la historia no es mayor que la de algunos de los políticos auténticos que todos hemos visto. Y recuerdo entonces algunas barbaridades que han aparecido en los mítines de Vox (y de sus imitadores) y que los medios han recogido escandalizados a posteriori, cuando los diputados logrados en Andalucía parecían un lamparón en el flamante traje democrático.

Se cierra el libro con un manifiesto que la “nación de Central Park” (hay que leer la novela para saber quiénes sus integrantes) envía a sus conciudadanos. El punto 2 dice que nadie podrá gastar al año más de 10.000$ en la promoción de mensajes políticos y que la información de ese gasto deberá ser de conocimiento público. No estaría mal aplicarla por estos lares. “Las mujeres tendrán igual salario por igual trabajo”. Y es imposible no pensar en las soflamas de Vox, que pintan con brocha gorda en estos asuntos. Y me conmueve el punto 6: “todo ser humano que esté legal o ilegalmente en Estados Unidos sin estar naturalizado tendrá el derecho de solicitar la ciudadanía para él o ella y sus hijos. Y a todos se les dará audiencia al cabo de 30 días de solicitarlo”. Y remata: “las juntas que tramiten estas solicitudes de ciudadanía estarán formadas por jueces y otros funcionarios cuya composición racial y de género refleje la composición racial y de género de toda la nación”.

Quiero suscribir este manifiesto de inmediato cuando veo que el punto 10 establece que “la cerveza será declarada bebida nacional de los Estados Unidos de América” y se cierra con un colofón insuperable: “a todo ciudadano se le debe pedir que haga algo, al menos una vez al día, únicamente por diversión”.

Lo que parecía una novela entretenida, con pasajes descacharrantes y algunos altibajos, deviene casi en un programa subversivo, que podría asumir incluso algún simpatizante desencantado del partido con nombre de diccionario, para desgracia de los sufridos diccionarios.

James Salter y Céline

Hace unos días me sorprendió el libro que un amigo, lector fuera de serie, tenía en la mesa de la oficina, junto a las llaves, la cartera y el casco de la moto, porque él lee hasta en los semáforos, sentado mientras espera la luz verde. Era una cubierta amarillenta, en una edición en tapa dura con lomo recto, como las de antaño. Un libro de Planeta de 1973, en una selección de clásicos de esos que hacen la boca agua. No es fácil ver este título hoy, básicamente porque el autor merece desprecio por sus ideas aunque deslumbre por su talento.

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De eso estuvimos hablando un rato, de Louis-Ferdinand Céline y su “Viaje al fin de la noche”. Recuerdo que en su momento no conseguía encontrar un ejemplar y quiso la casualidad que apareciese en la mesa de bookcrossing de una biblioteca de Barcelona en la misma época en que los periódicos informaban de que el Gobierno francés había decidido suspender los actos del 50 aniversario de la muerte de Céline, para no ensalzar a un escritor que fue acendrado antisemita. Cuando lo leí quedé fascinado por la virulencia de la historia, por la magia que emanaba de aquel relato, por el frenesí con el que viaja por la Historia de Francia, y por extensión de Occidente, en una narración en primera persona que arranca en la Primera Guerra Mundial, pasa por la África colonial y se dirige luego a Estados Unidos, antes de volver a París, donde ejerce la medicina el que parece el alter ego del propio autor.

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“Hay algo deslumbrante en esta manera de narrar”, escribía yo hace siete años en unas notas temblorosas que intentaban apresar la intensidad de aquella novela. Un relato sombrío, ruin, descarnado, desencantado con la condición humana, que se articula merced a un lenguaje directo, a la potencia de las expresiones, al magnetismo que emana de unas frases que hacen de la novela algo sumamente adictivo. Recuerdo leerlo con el corazón encogido, con una expresión de fastidio que enseguida me vino a la memoria al intercambiar experiencias con mi amigo lector y motero. Y vuelve a surgir la duda, escribía yo entonces, sobre “si ese perfecto cabrón que dicen era el escritor es el mismo que despliega tantos recursos y tanto arte para llegar al alma del lector”. ¿Condenar al autor ha de hacerse extensible a su obra?

Ha querido el azar que estos días estuviera leyendo un libro de otro autor que me encandila: James Salter. Salamandra publicó hace unos meses “El arte de la ficción”, la recopilación de tres conferencias que el autor dio poco antes de morir, con casi noventa años. Habla de su pasión lectora, enumera algunos de sus modelos, reflexiona acerca de algunas obras capitales en su formación lectora y… aborda a Céline. Son pocas páginas, pero deslumbran por la finura con la que traza el perfil del personaje. Nos pone en antecedentes: “Céline, cuando vivía en Meudon, a las afueras de París, después de la guerra, trabajaba en una mesa de cocina sobre la que había un cordel para tender la ropa. En el cordel colgaba los capítulos del libro que estaba escribiendo. Entonces ya había caído en desgracia. Después de la guerra lo encarcelaron por colaboracionismo con los nazis. Lo habían declarado una vergüenza nacional”.

Explica más tarde Salter que Céline “había inventado un nuevo estilo de escritura, un asalto al lenguaje, en estallidos mordaces donde caben la vulgaridad y la jerga de la calle, la obscenidad, el improperio, todo ello separado por elipsis reiteradas, puntos suspensivos…”. Y remataba su breve pero atinado análisis con algo que ya hemos comentado: “A Ferdinand nunca se lo ha redimido. Permanece oficialmente excluido (…) Céline creía que hay que pagar por lo que uno escribe, no es de balde”.

El libro de Salter, cien páginas escasas, está destinado a ser muchas veces releído. Con esa particular manera de escribir como quien no quiere la cosa, dejando caer comentarios sobre lecturas del pasado, admiración por colegas coetáneos o detalles modestos sobre su propia obra, es una lección de inteligencia narrativa y habilidad a la hora de elegir a los maestros en quienes inspirarse.

Estas sucintas lecciones son una reivindicación de un estilo propio, de una voz propia, mejor dicho. Y va enumerando ejemplos. Que va trufando con anécdotas de su propia carrera, cuando fue piloto en la guerra de Corea, cuando ejerció de guionista en Hollywood, cuando literaturizó un amor imposible que vivió… Y cita y comenta a muchos autores: Balzac, Saul Bellow, Flaubert, E.M. Forster, Malcolm Lowry, Marguerite Duras, Thomas Mann, Nabokov, Capote, Kerouac, … y Céline.

Claro que sí.

Una novela kurda

El gozo que proporciona leer “Las plumas” es una recompensa a la perseverancia. Esta novela de Salim Barakat, un sirio de raíces kurdas, fue escrita en árabe y refleja, con mucha sutileza, algunos de los momentos de este pueblo sin estado. La versión original apareció en Nicosia en 1990 y se vertió al castellano hace un par de años, en traducción de Carolina Frías Ortiz y Almudena García Algarra, que publicó Navona.

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No es una novela fácil. Conocer, siquiera de manera somera algunos de los episodios más destacados de la historia kurda, ayuda a saborear el relato, que intercala unas vivencias muy personales con evocaciones del pasado reciente y lamentos por tantos sueños rotos y tantas traiciones. El primer capítulo de la primera parte lleva un título largo, medio jocoso, que se convierte en un spoiler en toda regla: “Esbozo heterogéneo del tiempo anterior al suicidio de Mem y los detalles anunciados, aireados a la ligera”.

El centenar largo de páginas que desarrollan tan peculiar título es una combinación lírica de sueños, metáforas, aspiraciones enigmáticas y propósitos extraños que pueden desnortar al lector más concienzudo. Las aves hablan, como lo hacen también algunos árboles; unos chacales caminan en pos de algo que hay hacia el norte y unas etéreas plumas (las del título) parece por momentos que encierran la clave para entender tan intrincada historia.

Nada más lejos de la realidad. Mem, el protagonista, vive en Chipre esperando el momento de visitar al Gran Hombre. Ha viajado desde Siria, donde ha quedado Dino, su hermano gemelo, acompañado de una extensa familia compuesta por sus padres y seis hermanas. Cuando el relato vuelve desde Chipre a la ciudad siria de Qamishli se van evocando las ilusiones rotas, aquella oportunidad perdida de la república kurda de Mahabad (en 1946), las traiciones del Ejército Rojo  y, antes y después, ahora mismo, de las potencias occidentales, que siempre han visto a “los lobos montañeses” como un aliado coyuntural al que no costaba demasiado dejar en la estacada. La brújula se vuelve loca en una de las zonas calientes del planeta, donde las fronteras se trazan con tiza y están sometidas por igual a las veleidades de un tirano que a los buenos propósitos de un demócrata que ve oportunidad de medrar.

El lirismo onírico de la primera mitad de la novela se troca en el relato aséptico de las páginas de sucesos de un diario. Y la historia avanza hacia su desenlace. La prosa de la autopsia se mezcla con los sentimientos de una familia que comienza a perder a sus miembros. La historia cotidiana de unas gentes, los kurdos, que viven entre Siria, Turquía, Irán e Iraq, reclamando un estado que les han prometido muchas veces y se lo han negado muchas más. Esta novela tan poco épica quedará como un jalón en la historia de los kurdos. Las aspiraciones de un comerciante de telas que añora el pasado al tiempo que teme el futuro, las frustraciones trasladadas a unos hijos presa de su destino, la tragedia de una familia que habla en sueños con el hijo desaparecido… son algunas de las tramas que se van superponiendo, al tiempo que hablan pájaros y plantas.

Se estrena estos días un documental de Alba Sotorra, titulado “Comandante Arian”, que muestra una historia menos evocadora pero condenadamente real. Las mujeres se han hecho con su propio espacio en las Unidades de Protección Popular (YPG), unas milicias kurdas que luchan contra el Estado Islámico y son combatidas por Turquía y apoyadas por Estados Unidos. Ese batallón femenino no sólo ha sido bien recibido por sus compañeros masculinos, sino que han copiado algunas de las iniciativas de sus compañeras, para hacer más humana (si cabe) la resistencia kurda, que lleva siglos sin cejar en su empeño.

En el programa Equilibristas, de Radio 3, Alba Sotorra explicaba sus vivencias en esa lucha de las mujeres kurdas, y cómo ha rodado cámara en mano el día a día con ellas, durante muchos meses. En los últimos años la determinación kurda contra el Estado Islámico ha permitido un giro notable en las estrategias de su pueblo. Y los kurdos han vuelto a ser protagonistas de ese avispero que se asienta sobre la antigua Mesopotamia.

Una novela de 1990, como “Las plumas”, puede parecer que es un mero relato del pasado, pero sin esos ecos no se entiende el afán de este pueblo por crear “un lugar acogedor para sus vacas, sus cabras, su nostalgia y hasta para sus huesos”.

 

Estos lodos

Sé de la dificultad de elaborar un buen texto para la contraportada de un libro. Y por eso me dejo convencer por aquellos que considero logrados, los que explican sin desvelar, que cautivan sin epatar, que toman al lector de la mano o lo agarran por las solapas y en veinte líneas escasas lo engatusan para que les dedique las próximas horas de lectura.

“Aquest és un relat de fantasmes”, dice la primera línea explicativa de “Les possessions”. Más adelante intenta encajonar lo imposible: “Entre l’elegia, la crónica i el thriller”. Y remata la sabrosa descripción con una frase rotunda: “perquè créixer consisteix a no tenir un lloc on tornar”. Esta obra inclasificable de Llucia Ramis la ha publicado en catalán Anagrama (que la ha galardonado con el Premi Llibres Anagrama de Novel·la) y Libros del Asteroide ha hecho lo propio en castellano.

 

Es la primera vez que leo a “la Ramis”, después de haber visto críticas muy buenas sobre sus libros anteriores. Acudo a la cita con ganas, porque en sus crónicas de La Vanguardia (y antes de El Mundo) me he encontrado con una mirada fresca, coñera, libre de prejuicios gracias al hecho de ser joven, bien considerada entre sus colegas periodistas, desenvuelta y venida de fuera, de “ses illes” en este caso.

En esta novela se atisba una autora con afán por marcar un estilo personal, que ha trabajado un texto que recuerda a muchos otros pero que tiene su propia personalidad. Es una narración en primera persona (tan de moda), se pueden reconocer rasgos de la escritora en la narradora (también muy habitual en los libros de hoy), que mezcla ficción con una realidad que nos resulta muy presente (la cultura del pelotazo, el amiguismo, la corrupción en Baleares) y va alternando diversas subtramas, con viajes al pasado que tienen algo de esas series de Netflix tan presentes en los cánones narrativos de la actualidad.

Estas historias que va trenzando dibujan en segundo plano escenas de ese costumbrismo moderno con el que convivimos: un novio con problemas del pasado que aspira a una vida convencional, con un par de críos de los que enseñar fotos en Facebook; una historia de amor condenada a salir mal, unos padres demasiado acostumbrados a estar juntos como para plantearse una separación, bromas inocentes que son argamasa para una relación de pareja y tantas historias anodinas que toman conciencia de su cotidianeidad el día que alguien comete una salvajada de tal magnitud que acaba abriendo los telediarios… Y la rutina se va a hacer puñetas.

No sé hasta qué punto ésta es una novela coyuntural, de las que pierden interés cuando se oxida la realidad que las envuelve. La corrupción es el trasfondo de estas historias, en las que hay ecos de Chirbes, de ese Mediterráneo donde se ganaba dinero a toda velocidad vendiendo trozos de tierra para cubrirla de cemento. Parte del encanto de lo narrado está en el desenfado de Llucia Ramis para retratar a los cuarentañeros que viven en precario, que intentan imaginar un futuro que ven lastrado por los excesos de las generaciones que les precedieron. La pericia de la escritora para cruzar los hilos argumentales está enriquecida con esos giros que delatan su catalán de las islas y con frases luminosas, rítmicas, como la que describe, por ejemplo, el sueño ligero de las personas mayores: “als que comparteixen llit amb la mort els desperta la por, avorrida mentre tothom dorm”.

Avanza la trama y todo va ligando, aunque en uno de los hilos (precisamente el que insta a la narradora y protagonista a sospechar de su propio entorno) quede la sensación de que no se cierra el círculo. El viaje final al lugar donde fue feliz (ese al que ya avisa la canción de que nunca debemos tratar de volver) abrocha una historia tan compleja como entretenida.

Cruzando diversas historias, de una manera igualmente eficaz, monta su última novela Clara Usón, en la que quiero encontrar ciertas similitudes con el libro de Llucia Ramis. La combinación de ficción y realidad, el relato en primera persona, la corrupción y el silencio de los medios de comunicación o los tabúes de una sociedad mojigata son algunas de las premisas que comparten “Les possessions” y “El asesino tímido”, la novela de Usón publicada hace poco por Seix Barral.

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La documentación hace más verídica la ficción y una narración en primera persona con ribetes de autoficción se alterna con la desventuras de una joven llamada a ser famosa que parecía tenerlo todo: una buena posición social, belleza a raudales, una incipiente carrera en el mundo del cine (aunque tuviera que enseñar las tetas en cada película por exigencias del guión) y un amante de campanillas, de alto copete, la más elevada dignidad del estado.

Sorprende que, una vez levantada la veda o precisamente porque la real figura no se ha hecho merecedora del respeto que nos habían impuesto, se elucubre en esta novela con tanta claridad sobre los amoríos de una actriz del destape con todo un monarca, y la posible implicación de los servicios secretos en la eliminación de la chica una vez que había decidido hablar más de la cuenta. Es la parte más morbosa de una novela que lleva el particular sello de Clara Usón.

Tiene la habilidad de que no rechine en absoluto la entrada en escena de Wittgenstein, como soporte intelectual a las dos historias paralelas que se van contando: la de la joven que viajaba a esquiar con sus padres al Pirineo mientras intentaba liberarse del yugo familiar (la narradora) y la de otra joven, la actriz Sandra Mozarowsky, que protagonizaba sin saberlo una tragedia.

Si la novela de Ramis acontece en los años más recientes, con víctimas inocentes de un sistema que cada día muestra más síntomas de estar podrido hasta los cimientos, la de Usón es una foto del momento en el que todo empezó a joderse. Otra víctima inocente saltó al vacío (o fue saltada) y con ella impunidad se fue abriendo paso a machetazos, mientras las mentiras cortesanas alababan alborozadas el vestido nuevo del rey, y casi todos le reían las gracias.

De aquellos polvos…

Envidia

Es lo que he sentido al ir pasando las páginas del libro que me ha entretenido los últimos diez días. Auténtica envidia. Una investigación muy bien presentada, minuciosamente documentada, ilustrada con profusión, resultado de innumerables pesquisas y hallazgos que han debido de procurar muchas alegrías a su autor, Julià Guillamon.

La obra en cuestión cayó en mis manos como regalo de Sant Jordi, consecuencia involuntaria de un paseo por el Poblenou que ya relatamos aquí. Es un estuche de la editorial Comanegra, que contiene la versión facsímil de una novela de los años 30, titulada “Història de una noia i vint braçalets”, de un centenar de páginas, que va acompañada de un estudio del citado Guillamon, que se titula “L’enigma Arquimbau” y lleva un sugerente subtítulo: “Sexe, feminisme i literatura a l’era del flirt”.

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Si la novela de Rosa Maria Arquimbau fue editada por la Llibreria Catalonia en 1934, el estudio que se ocupa de ella se publicó 81 años después. La primera, sin contextualizar, se lee en un rato. La investigación lleva unas cuantas horas más y, además de arrojar luz sobre una novela menor que hoy quizá se despacharía como chick-lit, pone los dientes muy largos a cualquier lector que alguna vez haya disfrutado del placer de dedicar horas y horas a documentarse sobre un tema.

Creo que en ningún momento alude Guillamon a los años que haya necesitado para investigar la época que analiza. Que en realidad es todo el siglo XX y establece nexos entre numerosas personalidades de las letras catalanas desde finales del XIX hasta la recuperación de la democracia. Esa faceta investigadora del autor se puede apreciar en el reciente “El Barri de la Plata”, en trabajos anteriores (La ciutat interrompuda) y en las diversas exposiciones que ha comisariado. Ese músculo documentalista se aprecia no solo en los abundantes testimonios gráficos que jalonan todo el libro (hay cientos de fotografías) sino también en las conexiones que va trenzando entre personas, obras, acontecimientos más o menos conocidos y pequeñas historias familiares, hasta conformar un mosaico que trasciende el objetivo primero del análisis para mostrar una época, una sociedad y un panorama literario que poco tiene que ver con los grandes nombres del presente y hasta del pasado reciente.

La novela de Rosa Maria Arquimbau que origina semejantes pesquisas se ocupa de una “noia” de provincias que se establece en Barcelona para aprender peluquería. Se dedica en realidad a coleccionar amantes, que son los que proporcionan los “veinte brazaletes” del título. El tono desenvuelto con el que va explicando esa sucesión de conquistas es uno de los puntos más llamativos de esta novela corta y jugosa, que gracias al trabajo de Guillamon se puede entender como una novela en clave, ver en ella conexiones con personas reales (algunas conocidas) y mostrar los muchos cambios que experimentó este país en los años 30. Esa libertad en las formas, esa liberación de los roles, esa huida de la hipocresía aparecen como trasfondo de una historia quizá poco elaborada, con un final un tanto convencional, pero que iba rompiendo amarras con lo que entonces debía de ser la literatura escrita por mujeres.

Leída la novela, llega el momento para el segundo volumen del estuche, ilustrado en su cubierta con una bella fotografía de “l’Arquimbau”. Hay muchas más en el interior, que la muestran en su plenitud física, en una estancia en una casa de reposo, sola, acompañada, con bastantes más años encima, en Barcelona, en el exilio parisino, en su intento de llegar a México vía Orán (como tantos derrotados en la guerra), con algunas de sus parejas, con su marido, de nuevo sola…

Todas estas fotos ilustran un texto detallista que viene y va, sin perder nunca el hilo. Relata el periodismo de los inicios del siglo, explica anécdotas de Josep Tarradellas y su mujer Antònia Macià, amigos de Rosa Maria; se detiene en la relación de ésta con Josep Maria de Segarra (cuya “Vida privada” pudo servir de inspiración a la novela de la “noia”), explica las miserias de la posguerra, llega hasta los años de la transición y, en definitiva, reivindica la figura de una escritora cuyo nombre ha quedado sepultado por otras autoras mucho más poderosas: Mercè Rodoreda, con la que no congenió; Maria Aurèlia Capmany, Montserrat Roig…).

La envidia que provoca ver un libro tan bien editado, con detalles como el uso de una segunda tinta para las citas, el diseño de unas elegantes guardas o la maquetación precisa de tantas imágenes, se acrecienta (esa envidia) al entrever las satisfacciones que debió de proporcionar a Guillamon empezar a atar cabos y conectar a tantos personajes. Sus análisis pormenorizado, con un discurso muy ameno, convierten lo que parecía ser un estudio para especialistas en literatura femenina catalana del primer tercio del siglo XX en un extenso reportaje muy recomendable para cualquier persona interesada en saber qué cuece tras una historia. Y qué historia.

La hija de Mladic

“Cuando otros eran felices pero yo morí”. Es el epitafio en la tumba de una joven en un cementerio bogomil. A Danilo Papo y su padre, Vlado, les gusta localizar los camposantos de sus ancestros siguiendo un mapa arqueológico que los lleva por diversas localidades bosnias. Los bogomiles fueron una secta herética que desde Bulgaria se extendió por media Europa a partir del siglo X, hasta llegar al sur de Francia, cuyas historias de cátaros siguen dando argumento a novelas superventas en cualquier lengua. Fueron perseguidos por el Papa y dicen las páginas de color rosa de El Pequeño Larousse (consagradas a refranes y frases célebres) que en esta coyuntura se pronunciaron unas palabras que siempre me han impresionado: “Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos”. Las soltó un arzobispo católico francés ante la imposibilidad de salvar la vida de sus siervos, en el sitio de Bèziers, donde parece que se mezclaban justos y pecadores.

Esta frase, tan imponente, como el epitafio del principio, están separados por un par de páginas en una novela de casi 500. Justo en la mitad del relato, cuando se descubre quién está contando la historia. Es el mencionado  Danilo Papo, hijo de serbia y judío, nieto de musulmana y croata, un bosnio que se considera “el último de los bogomil”, que explica desde muy cerca parte de la vida de Ana Mladic, hija de Ratko, el héroe serbio que intentó aniquilar a los bosnios (casi lo consigue) y que se hizo tristemente célebre en el sitio de Sarajevo. La hija del Este se titula esta novela de Clara Usón, que fue premio de la Crítica en 2012, pocos meses después de ser publicada por Seix Barral. Una inteligente combinación de ficción y hechos históricos, prolijamente documentados, como otras de la misma autora que hemos comentado aquí.

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Ana Mladic volvió cambiada de un viaje a Moscú con sus amigos, en una época en la que no era fácil salir de Serbia por las restricciones que Occidente había puesto a sus habitantes como consecuencia de las sucesivas guerras en los Balcanes. En la capital rusa se resquebraja la campana de cristal que protegía el día a día de Ana como estudiante brillante de la carrera de Medicina. Quiere terminar los estudios cuanto antes para ejercer en el frente, curando a los soldados que obedecen las órdenes de su padre, un hombre afectuoso que idolatra a su familia y venera especialmente a esa hija modélica. En Moscú, Ana tiene que enfrentarse a sus contradicciones, negar la evidencia y, lo que es peor, descubre que la camadería que comparte  con sus colegas de viaje es fruto del temor a las represalias que pueda emprender el padre Ratko, más que de los años de confidencias compartidas con esos amigos.

El viaje a Moscú es el desencadenante de un relato que en otras circunstancias sería sencillamente la historia de una relación paternofilial truncada por una conjunción de factores como los que se dan en tantas familias. La ficción viene precedida de un breve proemio de tres páginas donde se sugiere al lector mirar un par de vídeos en Youtube. Se atisba lo que puede ocurrir más adelante.

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A partir de entonces la historia de Ana se va combinando con una “galería de héroes” que arranca con el príncipe Lazar, el mismo que regó Kosovo con sangre serbia en el siglo XIV. Comparte protagonismo con Milosevic, Karadzic y el padre de Ana, Mladic. Esta alternancia de ficción y documentación va arrojando luz sobre el día a día de ella, matizando ese amor paternal y esa admiración de la hija hacia el héroe serbio, que vuelve los fines de semana absolutamente derrengado a causa del trabajo. Y mientras saborea una merienda con su familia echa pestes de los políticos y lamenta no haber podido ser más expeditivo en su encargo de limpiar Sarajevo de bosnios musulmanes.

La fina ligazón de historias, puntos de vista narrativos, voces opuestas e informaciones documentales es el gran atractivo de una novela que muchos lectores podrán ver también como un estudio histórico. Una obra muy sutil en la que de repente suena una detonación que amortigua los bombazos y morteros que hasta entonces estaban arrasando tantos poblados bosnios, incluida la atroz matanza de Srebenica. “Los Balcanes producen más historia de las que pueden deglutir”, dijo Churchill. Y así está recogido en el relato, cuando precisamente se intenta explicar las dudas que durante años generó en la comunidad internacional una intervención en la guerra balcánica. Esta contemporización de las democracias occidentales provocó decenas de miles de muertos y el estallido de una federación de países que se habían ido mezclando a pesar de esa Historia indigerible.

El trágico destino de Ana Mladic, alimentado por políticos y militares como su amado padre, se iba fraguando mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor y sus amigos temían decírselo. Esta enrevesada realidad la evoca con maestría Clara Usón mediante una historia de ficción.

Chukry, a secas

Hay nombres que asoman a nuestras vidas de manera guadianesca y su persistencia en nuestra memoria se debe precisamente a ese continuo ir y venir, a ese permanente juego del escondite. Leí muchos textos de Juan Goytisolo y, como era un tipo perseverante en sus filias y en sus fobias, hablaba de manera recurrente de Mohamed Chukri, un escritor del que iba recomendando títulos que se me olvidaban poco después de leerlos. En El País de su buena época me gustaba leer a Javier Valenzuela, en sus diferentes destinos como corresponsal, y también había hablado de ese autor esquivo, del que no era sencillo localizar las ediciones de sus libros. Este verano me encontré en una balda del garaje de un amigo un libro con una cubierta en la que destacaba precisamente el nombre de Chukri. Tipografía sobria, combinación de palo seco para el nombre del autor y letra romana para el título, con una foto virada a amarillo que muestra el rostro de un joven que parece retar al mundo, o en su defecto, al lector que ose aguantarle la mirada.

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Ayer mismo, una amiga hablaba en su muro de Facebook de un libro de Chukri, y quise recomendarle el que había leído este verano, y que aún me tenía conmovido. Ella ya lo conocía, por ese título descubrió al autor y también quedó conmocionada. El pan a secas, publicado en 2012 por Cabaret Voltaire, viene de una nueva traducción (hecha por Rajae Boumediane El Metni) de la versión definitiva supervisada por el propio autor pocos meses antes de morir, en 2003. El original es de 1972, cuando Chukry le dictaba en castellano a Paul Bowles una historia que él iba a traduciendo al inglés. Tuvo aquel relato edición en castellano en los 80, que se llamó El pan desnudo, por calco de la versión en francés Le pain nu, que hizo Tahar Ben Jelloun y que fue un éxito descomunal. En aquella época se publicó también Marruecos y pronto cayó la censura sobre ella. Explica con más detalle todo esto Juan José Téllez en un texto muy interesante publicado en Infolibre, periódico digital dirigido por… Javier Valenzuela. Volvemos a encontrarnos con las mismas caras.

El pan a secas, además de un libro precioso en la sobriedad en la edición de Cabaret Voltaire, es un relato autobiográfico en el que la figura del padre noquea al lector. Un salvaje, un verdadero psicópata, cuyas reacciones furibundas marcarán a todos los que le rodean. Mohamed Chukri vive con su familia en el Rif y viajan todos a Tánger para matar el hambre que los devora en su tierra de origen. Pronto huye de casa y por el camino descubrirá de todo, siempre con la supervivencia con horizonte más próximo. Más hambre, más violencia, el sexo como vía de escape y como un no desdeñable medio de llevarse algo a la faltriquera. La sordidez del relato no parece fingida, en un país y en una época en los que no cabía apelar a la justicia, la dignidad o la vergüenza. Se trata de vivir, y quién dijo que iba a ser fácil.

Hay páginas que se sufren más que leerse. Son bofetones, construidos a base de un relato directo, sin artificios. “Su herida era profunda, se le veía el hueso. Mi cuerpo se estremeció. No sé por qué disfruté tanto viéndolo sangrar bajo la lluvia. La arena absorbía su sangre. Llovía como si el cielo tuviera las venas abiertas”.  Es el relato conciso de una pelea con otro que anda en correrías similares a las suyas. La sucesión de desgracias abarca casi todo el espectro más oscuro: hambre, violencia, pulgas, abandono, muerte, traiciones y una sensación de desamparo que se combate con rudeza, con la mirada desafiante del que nada tiene y tampoco va a estar mucho peor.

La crudeza con la que Chukry expone las miserias de su infancia, seguro que potenciadoras de ese alcoholismo en el que parecía moverse de maravilla (así se puede ver en diversas entrevistas con el varias veces mencionado Valenzuela), se eleva cuando evoca a su progenitor: “si a alguien le deseo la muerte, es a mi padre. Lo odio, a él y a los que se le parecen, y no recuerdo cuántas veces lo habré matado en mi imaginación. Tan sólo me queda matarlo de verdad”.

Parece mentira que quien escribiera eso (o se lo dictara a Bowles hace casi medio siglo) sea el mismo cuyo retrato aparece en esta edición tan austera y elegante. Los ojillos vivarachos, templados por las arrugas que causan no sólo los años, son el rasgo más destacado de un escritor que fue analfabeto hasta bien pasada la adolescencia, cuya obra se prohibió durante décadas en el mundo árabe y que deslumbró con su primer libro.

Tenemos la suerte de que nos queda casi toda su obra por descubrir. Todavía.