Hibakusha

Una historia biográfica, familiar, luctuosa, vital, japonesa, estadounidense, bélica, dura, redentora, estremecedora, edificante, pacifista, sobrecogedora, cotidiana, tristísima, inmarcesible, dolorosa, inolvidable, universal…

Una narración memorialista, sincera, rotunda, fiel, breve, documental, detallista, cercana, amena, sencilla, precisa, empática, evocadora, descriptiva, personal, eficaz, desnuda, cálida, magnética, cómplice, delicada…

Una edición valiente, arriesgada, atractiva, sencilla, elegante, sobria, ilustrada, sucinta, documentada, asequible, necesaria…

Caben cientos de adjetivos para describir este libro, una obra fundamental para entender no solo la guerra sino el comportamiento humano. Esta reivindicación de la palabra, de contar lo ocurrido para evitar caer en los mismos errores, de escuchar al prójimo, de atender a los demás, de saber más. La historia de Sachiko, superviviente de la bomba de Nagasaki, la han publicado Editorial Milenio en castellano y Pagès Editors en catalán.

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Aquí somos admiradores de la labor que hacen estos sellos, especialmente en su colección Nandibú. Libros para adolescentes, con historias que hablan de ellos (ahora o en el pasado), que les interpelan como lectores inteligentes y, sobre todo, lecturas que les hacen preguntas. El racismo en EEUU cuando empezó a resquebrajarse, las desapariciones en la dictadura argentina, la inmigración ilegal de chavales hispanos hacia el norte gringo… son algunos de los títulos que nos han encandilado.

Igual que esta historia de una niña de seis años que pasó de jugar en la calle con sus amigos y hermanos a tener que enterrarlos. Un relato elaborado por la estadounidense Caren Stelson, que un día de 2005 escuchó a Sachiko Yasui contar su historia y necesitó saber más. En una de esas charlas a chavales americanos les dijo algo que puede parecer una obviedad: “Cada palabra es valiosa”. Y añadió algo más: “Una palabra puede proteger la paz mundial”.

El relato de la historia de esta hibakusha (superviviente de la bomba) ratifica el valor de la palabra. Son ciento y pocas páginas, no hace falta más.

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“Hay que leer a los rusos”

El aquí admirado Juan Tallón ha hecho de esta frase, que le decía desde bien joven su papá, una especie de mantra que va sacando de la chistera allá donde le dejan escribir algo. Para explicar la excelsa temporada que disputó hace unos años su querido Atlético de Madrid recurrió a “los rusos” y mostró en su blog cómo el Cholo Simeone había puesto a sus hombres a leer a Tolstoi, Gógol, Dostoievski, Gorki o Pushkin. Ahí la clave del éxito.

Nos volvió a colar el mismo argumento en Babelia, cuando recordaba el despertar adolescente a la literatura, la lectura por placer, el descubrimiento de novelas más allá de las prescritas (como las medicinas) en el instituto, y que al llegar a casa se encontraba con la letanía paterna, que recalcaba que “hay que leer a los rusos”.

Y en una amena entrevista en Negratinta vuelve a acordarse de su padre, evoca esa obsesión por los rusos e intenta explicar papel jugaron Dostoievski o Tolstoi en su formación lectora, que dada su trayectoria, explica su estilo como escritor.

Me he acordado muchas veces de esta chanza de Tallón al devorar sin descanso un libro difícil de clasificar, escrito por una traductora (de quién si no de los rusos), ilustrado con las fotos en B/N que ha hecho su pareja, organizado como una guía de viaje por ciudades de medio mundo y que es, en definitiva, una especie de libro de memorias que se puede leer como una apología de la literatura rusa. El libro se titula “En la ciudad líquida”, lo editó con esmero hace pocos meses Caballo de Troya y lo ha escrito Marta Rebón, responsable de traducciones al catalán y al castellano de obras fundamentales de Vasili Grossman, Nikolai Gógol, Mijaíl Bulgákov, Vladimir Nabokov o Liudmila Ulítskaya.

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Las páginas que van de las 373 a las 384, una bibliografía de los libros comentados en la obra aderezada con una serie de recursos que se pueden encontrar en bibliotecas o en la red, inducen a pedir un par de años sabáticos para estar leyendo a los rusos sin parar. Hasta llegar aquí, el libro va dejando caer migas de pan, para que sigamos el camino sin pérdida en pos de una literatura que a lo largo de los siglos ha ido legando obras y autores absolutamente canónicos.

Nunca me había fijado en que Marta Rebón firmaba las traducciones de Vida y destino, El maestro y Margarita o Las almas muertas. Son sus versiones las que hay por las estanterías de casa. Hace poco, en la revista Jot Down, la dejaron hablar sin prisas junto a otra traductora, Marilena de Chiara y mencionaron un par de veces estas memorias tan peculiares, hechas a base de evocar las ciudades en las que había vivido, “esas ciudades líquidas cuyos contornos se reflejan en las aguas de un río” pero también esos espacios interiores en los que “uno se sumerge cuando, en estado de suspensión, se lee, se traduce o se escribe”. Lo dice la contracubierta de este libro: “lo que hay dentro no se puede explicar”. Y no hace ninguna falta.

Quito, Moscú, San Petersburgo, Tánger, Oporto… son protagonistas principales en el libro de Marta Rebón pero hay ecos de medio mundo, mientras se suceden pequeñas historias que hablan de exilios, persecuciones, censuras, delirios imperiales, guerras devastadoras y empresas que, como no se sabía que eran imposibles, se hicieron realidad.

No encuentro una razón sola para recomendar este libro porque se me acumulan los argumentos para hacerlo: una prosa elegante, sencilla, con predilección por el dato colocado en su sitio, sin esa falsa erudición del que copia y pega de la Wikipedia; unas vivencias personales narradas con modestia, a pesar de que Rebón sea la artífice de que podamos leer a tantos autores capitales; un viaje por lugares que se antojan todavía más irresistibles en esta narración; un compendio de decenas de obras clave no solo para entender los tres últimos siglos sino también para comprender el alma humana y aprender a vivir.

En algún momento la autora dice que Pessoa no necesitó salir de Lisboa para llenar su baúl de vivencias. “Otros, sin embargo, necesitan ir al encuentro de nuevas ciudades para completar el rompecabezas de su geografía íntima”, añade. Quizá lo dice por ella, pero los lectores no podemos estar más de acuerdo.

Viajar así, sin levantarse del sillón, es un lujo.

¿Quién mató a la agente?

Marcelo Chiriboga fue la aportación ecuatoriana al “boom”, un movimiento literario que cada vez tiene más detractores y en el que cada casi país de Latinoamérica tuvo su escritor: el colombiano García Márquez, el peruano Vargas llosa, el mexicano Carlos Fuentes, el chileno José Donoso… Chiriboga se enfrentó a los fantasmas de la historia de su país, en especial la guerra que sostuvieron sus paisanos con el Perú, en una novela titulada La línea imaginaria. Fue glosado por sus colegas Donoso y Fuentes, protagonizó el documental Un secreto en la caja (estrenado hace un par de años en Madrid) y ahora vuelve a estar de relativa actualidad porque aparece como secundario en otra novela, esta vez del peruano Jorge Eduardo Benavides.

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La obra, titulada “El asesinato de Laura Olivo” y publicada por Alianza, fue galardonada hace unos meses con el premio Fernando Quiñones y tiene el aliciente añadido (para los letraheridos) de que desarrolla su negra trama en el mundillo editorial, con el asesinato de una agente literaria. Entre tantos escritores y agentes no es extraño que encuentre su espacio el mencionado Chiriboga, o mejor dicho, su viuda.

Y eso que tiene algo más que mérito enviudar de alguien que no existió, salvo en la imaginación de un grupo de escritores que fueron haciendo la pelota más y más grande, hasta el punto de que hay libreros en Ecuador molestos con esta pantomima, cansados de que aparezcan lectores que les llegan pidiendo la obra canónica de Chiriboga. Esa broma que empezó hace unas décadas, con sendas novelas de los mencionados Donoso y Fuentes, no se quedó solo en el escritor. Hubo toda una galería de personajes ficticios, con rasgos fácilmente identificables en personas reales, que en algunos casos crecieron y habitaron en otras obras. Fue el caso de la agente Nuria Monclús, en la que se podía intuir como mínimo el aspecto físico de Carmen Balcells. De la historia que noveló José Donoso en “El jardín de al lado” saltó la agente del “Boom” a otra donde no salía muy bien parada. Se titulaba “Sudor”, era de Alberto Fuguet, otro chileno del que hablamos aquí, y también tenía como protagonistas a uno de esos popes de la literatura americana. En esta entrevista el propio Fuguet lo explica con pelos (y nunca mejor traído) y señales.

Como la ficción no tiene nada que envidiar a la realidad, la Monclús tuvo una hija, Clara, que también se acabaría convirtiendo en agente literaria y, por qué no, acabaría recalando en otra novela, la referida de Jorge Eduardo Benavides, la que cuenta una serie de asesinatos con el mundo literario como telón de fondo. En esta especie de juego de espejos que ya se antoja infinito la Monclús hija tiene un papel protagonista, en una obra coral con una treintena larga de personajes, que van descubriendo al público sus coartadas (o esconden las pruebas que les incriminan) de manera simultánea a que las conozca el Colorado Larrazábal, un personaje pintoresco: vasco de origen, peruano de nacionalidad, de piel negra (por eso lo de “colorado”, para más lío), afincado en Lavapiés y con verdaderos problemas para volver a su país, del que salió por patas, tras investigar a un político del régimen de Fujimori.

“El asesinato de Laura Olivo” es una novela entretenida, con una trama enrevesada que se va desplegando sin darle un respiro al lector. Hay una historia de amor que discurre a la par que avanzan las pesquisas de Larrazábal, con viajes de Madrid a Barcelona incluidos. Casi nadie es lo que dice ser y laten sentimientos de venganza, rencores profesionales, afán de protagonismo y un punto de esnobismo. Los guiños al mundillo literario habrán propiciado que más de uno busque las claves de una novela que esconde, seguro, algún dardo envenenado. El hecho de que el mencionado Chiriboga tenga cierto protagonismo, con cameos como el de Jorge Edwards o el de un escritor de best sellers al que cada uno le pondremos una cara y un apellido salpìmentan esta historia que seguro proporcionó al autor un montón de buenos ratos, intentando limar las aristas de algún escritor demasiado reconocible, deseando que alguna agente literaria se llevara un buen susto, quizá no tan drástico como el que se lleva Laura Olivo.

Louis se irá a Nueva York

“Oí un disco de Louis Armstrong titulado West End Blues. Y no dice ninguna palabra, y pensé, esto es maravilloso, y me gustaron los sentimientos que provocaba. A veces el disco puede ponerme tan triste que lloro con muchas ganas. A veces el mismo jodido disco me deja muy feliz”.

Lo dijo Billie Holiday hacia 1956, y la cita aparece en las últimas páginas de “El blues del hombre muerto”, justo antes del epílogo en el que Ray Celestine, el autor de la novela, descubre pequeños bocados de realidad que encierra esta ficción tan musical. Para entonces, las diversas tramas de esta obra tan coral se han desplegado a lo largo de medio millar de páginas que uno lee mientras suenan en su cabeza las muchas canciones que aparecen mencionadas en el relato.

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Hablábamos aquí el otro día de la ambiciosa apuesta de Celestine para montar una tetralogía repleta de música. El disco de Armstrong al que alude “la dama del jazz” se grabó en 1928 y es una de las cumbres de la música contemporánea. Al leer el epílogo de Celestine uno entiende los encabezamientos de los diversos capítulos, descubre nuevos sentidos a algunas fases de la historia y ve más claro lo que nos espera. Los dos títulos que todavía no han aparecido viajarán de costa a costa de Estados Unidos. Mientras nos mordemos las uñas hasta que Alianza Editorial anuncie su aparición, unos párrafos que parecen perdidos a mitad de la novela ofrecen las claves de lo que se nos avecina:

“Se decía entre los músicos de jazz que el jazz había nacido en Nueva Orleans y había crecido en Chicago. Ahora Louis se estaba preguntando si tenía que ir a Nueva York para adquirir madurez. Un sitio donde los clubes de jazz estaban impregnados de racismo. En los clubes nocturnos de Harlem, como el Cotton Club, a los únicos negros que dejaban entrar era a los que trabajaban allí. Era como hacer un viaje de vuelta a la época de la esclavitud. Hasta el nombre tenía ecos de ella.”

“Y en Broadway las cosas no estaban mejor. Todos habían oído a algunos intérpretes que volvían de tocar temporadas en musicales como Shuffle Along contar que los músicos tenían que aprenderse de memorias sus intervenciones y no usar sus partituras para que el público blanco pudiese así confirmar sus prejuicios sobre que los negros no eran capaces de leer música, que su musicalidad era primitiva, y no producto de años de disciplina y de trabajo”.

El bueno de Louis ya debe de tener las maletas preparadas para instalarse en la Gran Manzana.

Esos ojos

Hace unos años me impactó la luz macilenta que desprendía una película documental de animación titulada “Vals con Bashir”. En aquella época seguía con interés el suplemento literario de Le Monde, que le dedicó su reportaje de apertura. Y coincidió con un viaje que hice a París, en el que me sorprendió la publicidad de este film en las marquesinas, tan abundante que parecía una superproducción americana.

Tardó un poco en llegar a nuestros cines y creo que pasó con rapidez por la cartelera. Yo la vi en casa y ya no pude olvidar ese tono amarillento que se adueñó de la pantalla desde casi el inicio, así como la dureza de la historia que contaba, el tono pesimista que emanaba del relato. El autor de semejante diatriba antiisraelí, todo un alegato pacifista, era un judío que había participado –siendo poco menos que un adolescente– en la matanza de Sabra y Chatila (18 de septiembre de 1982), donde todavía hoy no se sabe si murieron centenares o miles de refugiados palestinos. Creo que unas imágenes reales de ese campo después de la matanza, en unos planos que quitan el aliento, son las únicas que no están dibujadas en esta película de animación tan estimable. Una obra valiente, dirigida por Ari Folman y en la que participó como dibujante David Polonsky, que también fue director artístico del film.

El éxito (con Globo de Oro y candidatura al Oscar incluidos) hizo que les llovieran encargos, entre ellos convertir en película animación infantil el “Diario” de Anna Frank. No sé si el proyecto todavía está en marcha, que seguro necesitará de unos cuantos años de gestación, pero de momento podemos disfrutar (si es que es válido este verbo para semejantes circunstancias narradas) del cómic basado en ese diario, acaso el más famoso en la historia de la literatura. Lo publicó hace unos meses Penguin Random House (que curiosamente ni aparece en cubierta), en una edición cuidada, hermosa, con detalles como el de la página de cortesía, en el que una Anna Frank tumbada parece estar confensándose a su diario, en un dibujo elegante, precioso, conmovedor.

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El trazo preciso que recordaba de la película de hace unos años ha madurado en este cómic, que ofrece páginas de una belleza sobrecogedora: la doble plana que muestra la entrada de unos ladrones en el refugio de la familia (páginas 72-73), un sueño erótico de la propia Anna (página 97) o una metáfora del enamoramiento de ella y Peter durante su confinamiento en el desván son algunos de los ejemplos de estos dibujos en el que el tratamiento de la luz se muestra con especial maestría. Hay viñetas a toda página que parecen extraídas de eso que llaman cómic de línea clara (páginas 19 y 86) y el gusto por el detalle está presente en todo momento, con una imaginación desbordante.

El “Diario de Anna Frank”, ese cautiverio en la “casa de atrás”, se puede leer de muchas maneras a lo largo de una vida. Si de joven uno lo lee con la congoja de saber el final, a medida que va releyéndolo con los años contextualiza mejor lo que pasó en Ámsterdam durante la ocupación nazi, descubre que hubo muchas otras obras testimoniales escritas en circunstancias similares (aquí hablamos de otra con muchos paralelismos a la de Anna Frank) y hasta comprueba, desolado, que haya cafres que niegan la mayor y lo consideran pura ficción.

Este cómic ha llegado a mis manos después de que lo leyeran dos de los jóvenes que pululan por mi casa. Con 14 años, mi hijo se ha quedado fascinado por los dibujos, que le acercaban de una manera digerible una realidad tan atroz. Tres años más joven, su hermana (que ya había leído el mencionado “He viscut tan poc” y estaba leyendo la versión “sin dibujitos” del diario) miraba las páginas empatizando con esa joven que hablaba –o se confiaba– de manera tan desenvuelta acerca de sexo, manías personales, miedo a los bombardeos, horror ante la idea de una muerte cercana o hastío por tantos meses de “presidio”.

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Dicen en el epílogo Ari Folman y David Polonsky que condensar el diario en cómic, según sus cálculos, hubiera necesitado de 3.500 páginas y unos 10 años de trabajo. Han logrado destilar la obra y dejarla en poco más de 150 planas fabulosas, en las que prevalece esa mirada que todos reconocemos de las pocos fotos que se conservan de la protagonista. El brillo en los ojos de Anna que se ve en la cubierta es absolutamente hipnótico. Aparece casi en cada página del cómic, aportando matices, diciendo mucho más que un rosario de palabras.

Un cómic al que volver. De manera recurrente.

Nueva Orleans no se acaba nunca

Hacía mucho tiempo que no me pasaba, empatizar de tal manera con una ficción que parecía tan alejada de mi realidad cotidiana. Durante varias semanas he ido saboreando los episodios de una serie americana estrenada hace casi una década y ambientada en Nueva Orleans, en los meses siguientes al paso devastador del Katrina, en 2005. “Treme” se llama esta serie de 4 temporadas y 36 episodios, que no he querido todavía saber cómo acaba. La firman David Simon y Eric Overmeyer y es totalmente adictiva.

Los personajes desprenden tanta autenticidad que uno tiene la sensación de asomarse a la ventana de cualquier casa destartalada del barrio y ver lo que ocurre en las calles del Tremé, el barrio que da nombre a todo. La cuitas de Antoine Batiste, un trombonista con más picores que un adolescente; el activismo de la abogada Tony Bernette; los sacrificios de la chef Jeanette, dispuesta a enriquecer la sabrosa cocina local; los delirios musicales de Davis McAlary; el desclasamiento que padece LaDonna, una mujer de belleza inquietante y carácter volcánico; los esfuerzos del cachazudo poli Terry Colson, luchando por no ser engullido por el pozo de indolencia en el que chapotean sus compañeros; el apego a las tradiciones del Big Chief, que choca con el virtuosismo con la trompeta de su hijo, frecuentador del escenario del neoyorquino Blue Note…

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Semejante galería de personajes se ve enriquecida con las apariciones estelares de mitos como Fats Domino, Elvis Costello, Trombone Shorty, Steve Earle o Allen Toussaint, inmersos en el frenesí de una ciudad que intenta levantarse, que nunca acaba de caer, precisamente porque su orgullo se lo impide. Una ciudad que concentra los índices más altos de su país en materias tan dispares como asesinatos no resueltos, músicos por metro cuadrado o variedades gastronómicas.  En la ciudad más europea de América, en un lugar que sabe con certeza que algún día será derrotado por las fuerzas de la naturaleza, en la cuna de la música que consumimos en todo el mundo, siempre suceden cosas y, afortunadamente, hay gente con talento para contarlas.

No estoy seguro de querer saber qué ocurrirá a Annie, mi violinista callejera preferida. Por eso me demoro en conocer el desenlace, aun a sabiendas de que me estoy perdiendo unas cuantas interpretaciones musicales memorables. Porque no hay episodio donde no suenen enteras un par de piezas sin que el espectador llegue a sentir, ni por asomo, que entorpecen el devenir del episodio. Con “Treme” se detiene el tiempo. Y la banda sonora de la serie augura horas de deleite.

Alguien me habló hace poco de un libro de título sugerente (Jazz para el asesino del hacha) y cubierta no menos llamativa. Escrito por Ray Celestine y publicado por Alianza en 2015, fue traducido por Mariano Antolín Rato, en lo que se intuye un buen trabajo de traslación de esa prosa rítmica, sazonada con muchos nombres propios, mitos pioneros de ese estilo que nació en el Mississippi para viajar por todo el orbe. Esta novela intensa está ambientada en Nueva Orleans, hace un siglo, basada en la historia real de un asesino que amenazó con matar a alguien en cuya casa no sonara jazz en la madrugada de un martes de 1919.

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Este asesino en serie estaba siendo acosado por investigadores más o menos hábiles, que en la novela descubren nuevos datos al mismo tiempo que lo hace el lector (todo un acierto de planteamiento). A todos ellos les amenaza un gran temporal, uno de esos que cada dos años y medio (como dice el alcalde en algún momento) tiene la mala costumbre de arrasar la ciudad.

Avanzaba por las páginas de esta novela trepidante y enseguida pensé que estaba asistiendo a la “precuela” de Treme. También aquí hay cameos de celebridades como King Oliver o Louis Armstrong, aquí sin ser todavía el trompetista legendario de voz ronca y carrillos hinchados.

“Jazz para el asesino del hacha” es una obra bien planteada, que se asienta sobre tres subtramas que avanzan en paralelo, y van tejiendo una especie de tapiz que bien podría acabar conformando un plano de la ciudad, con sus canales y sus calles de nombres franceses. Louis Armstrong e Ida Davis, detective de la Pinkerton; un expolicía recién salido de la prisión con buenas conexiones con la Mafia, y Michael Talbott, un policía en activo con un pasado borroso y un matrimonio singular. Estos son los tres ejes principales de una historia coral en la que se mencionan canciones que hoy son estándares de cualquier Big Band. Discurre por las calles del Barrio Francés, sale a las afueras, cerca de esos diques que tantas veces se han roto, se pierde en los tugurios que igual albergan putas que asesinos o tahúres, todos al servicio de la leyenda de la ciudad más canalla.

En esta novela de corte tradicional no hay personaje que quede colgado. Todos están al servicio de una trama que se desenvuelve a buen ritmo, llena de detalles que parecen fruto de una documentación concienzuda pero que en ningún momento parecen un decorado para crear ambiente. Tiene mucho de cinematográfico el planteamiento, con cambios permanentes de localización y diálogos que parecen estar concebidos como una sucesión de planos y contraplanos. La música que parece sonar de fondo enfatiza ese aire de narración audiovisual, que la conecta en mi fuero interno y de manera indefectible con “Treme”, una serie también coral, que discurre por las mismas calles, amenazada por la violencia que parece consustancial a la ciudad.

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Recientemente, Ray Celestine ha pasado por Barcelona para participar en BCNegra y presentar (para alegría de sus seguidores) la segunda entrega delo que ya se anuncia como una tetralogía. “El blues del hombre muerto” bebe de las mismas fuentes: hay música ya desde el mismo título, diversas historias discurren en paralelo mientras van eliminando capas de una cebolla que tiene que acabar descubriendo a otro asesino en serie. Algunos de los personajes de la primera novela han medrado, han viajado y siguen protagonizando la segunda entrega. El propio Armstrong, una estrella ya en ciernes (pues no en vano la novela está ambientada a finales de la década de 1920), se traslada a Chicago y ayuda a una vieja amiga (de él y delos lectores), Ida Davis, que ha progresado en la agencia de detectives Pinkerton. La Nueva Orleans amenazada por La Mano Negra aparece mencionada de vez en cuando, pero ahora la trama se desarrolla a orillas del lago Michigan, en la ciudad donde se enriqueció Al Capone vendiendo alcohol durante la Ley Seca.

Ray Celestine aprovecha esta veta y vuelve a levantar una historia coral, perfilada con detalle, en la que la intriga se va dosificando y los lectores se enteran de lo que ocurren casi al tiempo que los personajes. En el material promocional que ha preparado la editorial se anuncia que las dos historias que quedan por aparecer viajarán a Nueva York y Los Ángeles y que irán avanzando de década en década.

Intrigados por saber qué música deleitará al asesino en serie que ya debe de estar afilando sus armas, seguiremos buscando similitudes entre el cine, la televisión y las nuevas entregas de esta tetralogía tan negra y musical.

Nuestros ayeres (y II)

“Echar la vista atrás es bueno a veces”, decía una canción de esas con estribillo marcado a fuego en nuestros recuerdos. Era una frivolidad que a fuerza de repetirla perdía el significado y uno la tarareaba sin detenerse a pensar ya en lo que pudiera decir. Siempre hemos reivindicado aquí mirar atrás, y más en estos tiempos en los que se sospecha de aquellos que intentan entender qué nos pasa hoy a base de buscar razones en el ayer. En el prólogo a un cómic excepcional, Cuerda de presas (Astiberri, 2005 y 2017), el estudioso Felipe Hernández Cava aludía a un título de Natalia Ginzburg para hablar de “nuestros ayeres” y la reflexión moral que suponía esta colección de historias breves, protagonizadas por mujeres, ambientadas en la guerra civil y la posguerra.

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Con guión de Jorge García y dibujos de Fidel Martínez este escaso centenar de páginas es un puñetazo emocionante, una llamada de atención, un grito ahogado, la reivindicación de una memoria que se resiste a desaparecer porque hay todavía muchas personas que quieren contar, como sea, lo que otros prefieren que no se sepa, arguyendo eso tan manido de que es mejor no abrir heridas.

Cuerda de presas son 11 historias dibujadas en un portentoso blanco y negro. El trazo con el que está esculpida cada viñeta recuerda a un artista al admiramos con devoción, que también cayó víctima del fuego de los franquistas: Ramón Acín. El juego de sombras devastadoras y la composición de muchas páginas evocan los bocetos y hasta el resultado final del Guernica de Picasso. Los textos, complemento desolador a imágenes tan potentes, acaban por mostrar una realidad demoledora.

Poco se puede explicar de este cómic al que no nos atrevemos a llamar “necesario”. Lo es cualquier historia que muestre aquellos episodios que con tanto encono se han querido escamotear. Lo que hace muy recomendable a este libro tan bien editado es la factura impecable de sus páginas, de cada una de ellas. No hay ni una mala.

Nuestros ayeres (I)

Estaba escuchando la radio esta misma mañana mientras trajinaba por la cocina cuando alguien ha empezado a contar una historia que enseguida me ha resultado familiar. Estaba ubicada en un pueblo de Guadalajara, pero había leído episodios similares ambientados en el Pirineo aragonés, en la ciudad de Barcelona, en la Ribera navarra, en Zaragoza, en Badajoz, en pueblos del sur de Valencia… Personas asesinadas hace casi ochenta años que siguen sin ser localizadas, por un lado; personas todavía vivas que perseveran buscando a sus padres, porque creen que cuando sepan dónde yacen y los puedan trasladar a un sitio donde honrar su memoria todos descansarán, los vivos y los muertos.

Era en el programa A vivir que son dos días, de la Cadena SER, que presentaba hoy el tercer capítulo de una serie titulada Vidas enterradas. Los testimonios que se van sucediendo son durísimos, la congoja que acompaña a estas personas (familiares de rojos encarcelados y fusilados) se percibe en cada frase: todavía no entienden muchas veces por qué los mataron, no acaban de comprender que hayan pasado tantos años y sigan pidiendo, ya no justicia, sino un poco de apoyo humano, y se han agarrado a la acción de tribunales argentinos para señalar a aquellos que en España han gozado de la protección de las autoridades, sean del color que sean.

La llamada “memoria histórica” de la que tanto se ríen algunos intelectuales progresistas, (afeando esa redundancia que se da en el mismo enunciado), esa “memoria” a la que el presidente del gobierno se jacta de no haber dado ni un céntimo desde que está en el cargo, ese concepto diluido que ahora busca cadáveres en las cunetas, hace tiempo que se cultiva en diversas manifestaciones artísticas y culturales, en pos de sacar a la luz algunas de esas centenares de miles de vidas que fueron segadas sin ton ni son. Al escuchar esta mañana el programa en la radio me han venido imágenes de los varios cómics que voy acumulando en los últimos meses, documentándome para contar una de esas vidas que hay que rescatar del olvido, y buscando inspiración en viñetas a las que me gustaría homenajear.

No es la primera vez que escribimos aquí de cómic y Guerra Civil y lo seguiremos haciendo mientras vayan apareciendo obras de la calidad artística y el nivel documental que tienen por ejemplo Cuerda de presas (de Jorge García y Fidel Martínez) o ese ya clásico titulado La balada del norte, de Alfonso Zapico, del que se anuncia para 2019 un tercer volumen (todos están en Astiberri). Esa eclosión de las viñetas para explicar la guerra española y la durísima posguerra debe de tener algo que ver con la edad de los nietos de los protagonistas de aquella contienda. Si los hijos callaron, como sus padres, por el miedo instalado hasta el tuétano, cuando los nietos se desembarazaron de ese temor y empezaron a reivindicar la memoria de sus antepasados se encontraron con el cómic como una herramienta muy eficaz para conectar con el público y para recrear aquellas historias contadas a media voz, pero marcadas a fuego en el recuerdo de sus protagonistas.

Hace muchos años, a primeros de los noventa, me encontré con unas cuantas páginas de un cómic de trazo minucioso que transitaba por la vida de Antonio Beltrán, apodado El Esquinazáu. Un personaje que da para varias películas y muchas de ellas serían inverosímiles, aunque contaran con pelos y señales todo lo que vivió este hombre: nacido en el Pirineo aragonés, fue soldado americano en la Primera Guerra Mundial, se sublevó en favor de la República española y se salvó de ser fusilado, peleó en la guerra, se exilió, fue Oficial del Ejército Soviético… Ese cómic quedó inconcluso, a pesar de que había mucho que contar y los dibujos eran de una calidad notable.

Yo por entonces había leído a Carlos Giménez y poco más sabía de historias de la guerra en viñetas. En estos treinta años ha habido un boom que nos ha regalado horas y horas de satisfacción. La apoteosis de Alfonso Zapico narrando la revolución de Asturias es uno de los últimos jalones de este idilio entre historia y viñetas. Javier Pérez de Albéniz lo resume perfectamente en el prólogo al segundo volumen: “obra ambiciosa que huye del panfleto”, “episodios nacionales divididos en viñetas”, “Zapico convierte el odio en belleza”…

Es imposible decir nada nuevo ni mejor de una obra, La balada del norte, que ya está considerada una obra maestra de la historieta española. No sé cuántas veces he vuelto a mirar algunas páginas: por la calidad del trazo, por la originalidad en la composición, por el movimiento que confiere a algunos personajes o a algunos vehículos añadiendo una línea que parece imprecisa y es todo un prodigio de sutileza. Apolonio el minero, su hija Isolina, el novio de ella, Tristán, que es hijo del propietario de las minas, son personajes que pasan a formar parte de nuestras vidas. Quiero saber qué será de Isolina, ahora que la revolución ya está en marcha y este segundo volumen se cierra cuando las fuerzas represivas de Franco, López Ochoa y algún otro cafre estaban a las puertas de las ciudades principales.

La documentación para montar esta historia se intuye monumental, pero no cae el guion en una exhibición de musculatura en forma de datos menudos. La narración está sabiamente contextualizada, anécdotas que parecen menores van añadiendo aristas a los personajes, ya sea en forma de una talla de madera en forma de virgen que va de mano en mano de las beatas de Oviedo, ya sea en una descripción de cómo se entibaba una galería en la mina, antes de seguir excavando. Hay dobles páginas gloriosas que muestran de un vistazo la riqueza de la obra y las paradojas de la realidad narrada: la paz de unas vacas que pacen con la silueta de la catedral ovetense al fondo empieza a verse alterada con las letras de un acrónimo que se hizo célebre en aquella revuelta: UHP. En la página enfrentada, a toda plana, una mujer puño en alto grita vivas a la revolución social. Y así en bastantes ocasiones a lo largo de las 500 páginas que ocupan los dos volúmenes ya publicados.

Habrá que esperar un año para saber qué ha preparado Alfonso Zapico. Se nos van a hacer largos estos meses.

Otra novela con muchas bufandas

Me queda medio centenar de páginas para acabar la última novela de Dan Brown. Lo de menos es cómo termine. Incluso si el profesor Robert Langdon  resuelve el follón que se monta cuando el eminente científico Edmond Kirsch se propone desvelar un descubrimiento que acabará con las religiones tal como las entendemos y que acabará, nunca mejor, dicho como el Rosario de la Aurora.

La cosa se tuerce, el científico no logra desvelar lo que quería decir al mundo, desde el museo Guggenheim de Bilbao, y vuela toda velocidad a Barcelona, paseando su peripecia por los edificios más emblemáticos de Gaudí, perseguido por la Casa Real española, que se conjura en una basílica excavada en el Valle de los Caídos. Origen se llama este best seller que hace honor a su nombre: lleva desde el mes de octubre en los primeros lugares de las listas de ventas que publican los suplementos literarios, sus voluminosos ejemplares se agolpan en los lugares más destacados de las librerías y Planeta (desde luego) pero también muchos libreros celebran que la última novela de Dan Brown esté ambientada en nuestro país, porque seguro que eso ha provocado muchas ventas, no sé si lecturas también.

Me estoy leyendo una novela de Dan Brown (a pesar de que quedé escamado con El Código Da Vinci) porque se lo prometí a mi hijo mayor, así de flojo es mi argumento para reincidir. Él está acostumbrado a que yo le vaya recomendando libros, los lee casi todos y me suele agradecer las sugerencias. Hasta ahora, dice, el mejor es este que comenté aquí. Las últimas navidades algún familiar le regaló Origen, porque a un adolescente es difícil encontrar algo regalable que no tenga ya. Devoró las 600 páginas en pocos días, y hasta se escondía para seguir leyendo cuando tenía la orden de apagar la luz y meterse en la cama. Le fascinó que la trama fuera por lugares que él conoce bien, el museo bilbaíno, la Sagrada Familia, la Casa Milà… y le encantó (me decía) que cada capítulo (muy breves, como secuencias de una peli de acción) lo dejara con el aliento entrecortado y a punto de dar un nuevo giro a la trama.

El caso es que acepté su recomendación, para que viera que sus opiniones son importantes para mí, aunque sea para rebatirlas más adelante. Nada más abrir el libro, en los dos primeros párrafos recuerdo que conté un montón de adjetivos. Me sumergía en una novela de esas llenas de bufandas, como decía un día Martínez de Pisón para explicar gráficamente qué son los adjetivos: bufandas que uno se pone. Una puede quedar elegante, y hasta cumplir con la función de abrigar un poco. Pero nadie (o casi nadie) sale a la calle con muchas bufandas anudadas en el cuello. Esta novela, como las de Ruiz Zafón, est engordadas con clembuterol adjetival. “Acantilado escarpado, viejo funicular, irregular cumbre, pendiente vertiginosa, enorme monasterio” y pude que alguno más caben en cuatro líneas escasas. Nada más comenzar. Y a partir de ahí no cesa el frenesí.

Los capítulos cortos antes mencionados están concebidos como secuencias de una película que posiblemente se ruede y seguro que protagoniza Tom Hanks. Hay descripciones que son en realidad propuestas para un movimiento de cámara frenético mientras suenan de fondo las aspas de un helicóptero y los protagonistas descienden por una sirga huyendo de los malos. En esta trama maniquea, en la que el príncipe Julián de España parece tener oscuras relaciones con un alto elemento de la Iglesia, conectado con el Opus Dei y emparentado con vestigios franquistas de la policía (tampoco es tan inverosímil), van apareciendo párrafos que parecen copiados de las notas documentales proporcionadas al escritor para darle ambiente al relato. Metidas con calzador, son brochazos que muestran la historia reciente de España con la sutileza de un ballenero en una tienda de Lladró. Peio H. Riaño, habitualmente más fino en sus análisis en El Español, entró a saco para criticar esa poca ponderación ambiental. Quizá no era para tantos aspavientos, porque Dan Brown no se dedica a escribir tratados de Historia, pero el relato deja un poso de descripciones publicitarias, más propias de una web turística, que chirría hasta para un lector como yo, nada devoto de la monarquía y abiertamente anticlerical.

No es una novela para recomendar, porque es imposible no encontrársela en cualquier punto de venta. Es una obra de esas que hacer sonreír a casi todos los implicados en la industria librera, especialmente a sus editores. Y sus muchas páginas de papel tan engordado como la trama se verán durante unos meses en los vagones del metro, en los buses o en la playa. En poco tiempo recordaremos como una anécdota aquella historia de persecuciones ambientada en la Pedrera.

¿Te acuerdas cómo se titulaba?

Nada es verdad…

Como de todo hace ya unos cuantos años, descubro ahora que se publicó en 2006 el artículo de Vila-Matas en el que supe un poco más de Vicente Rojo. Por razones profesionales, consultaba entonces de manera habitual prensa mexicana, buscaba información de personajes mexicanos y vivía pendiente de casi todo lo que ocurría en aquel enorme país. Por eso me sonaba el nombre de Vicente Rojo, y sabía de él que era un diseñador que había hecho cientos de cubiertas de libros y quizá entonces ya debía de conocer que la primera edición de Cien años de soledad había salido con un diseño suyo, que se ha convertido en mítico.

Vila-Matas explicaba una de esas coincidencias mágicas, o al menos él tiene la habilidad de que nos parezcan así, y daba la filiación de Vicente Rojo. No se pierdan el texto, porque entre otras cosas descubrirán que era un mexicano que había nacido en Barcelona y que desde el barrio de su infancia hay una vista curiosa de la ciudad, en las que no nos fijamos quienes pasamos por ahí con frecuencia, pendientes más de mirar el suelo que de otear el horizonte.

Hace pocas semanas una amiga me pasó una novela publicada por Acantilado que conectaba en parte con algunas de las cosas explicadas más arriba. Y además en el título llevaba el nombre del diseñador: El hombre que se creía Vicente Rojo. Como hay una serie de complicidades y trabazones que no viene a cuento explicar, la amiga que me dejó el libro no me quiso decir nada más. Y yo empecé a leer.

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Son 137 páginas avaladas por la sobriedad elegante de los libros de Acantilado. Es una novela escrita por Sònia Hernández, llamada a ser un referente de su generación según el vaticinio de la revista Granta. Una historia de eso que llaman autoficción, con ese punto intelectualista que empieza a tender cabos al lector, que puede o no saber a qué se agarra, pero que lee con satisfacción porque le hace creer más culto, le invita a jugar en algo que le hace sentir a gusto.

Lo de menos es el punto de partida, lo que parece la historia de una adolescente que está convencida de que a ella solo le ocurren cosas desagradables. Y eso es por ejemplo toparse con un pintor que quiere regalarle un cuadro enorme. Que ese pintor pueda ser Vicente Rojo a ella le importa un pimiento. Se va perfilando un juego de espejos donde empiezan a difuminarse las fronteras entre la ficción y la realidad. O en palabras del Rojo personaje: “yo no creo que exista la realidad, pero sí lo verdadero, por eso es importante indagar y trabajar para que cada uno llegue a su verdad, a la esencia del ser”.

En este artefacto literario donde la verdad y la mentira se convierten en eje de lo narrado no podía faltar precisamente Enrique Vila-Matas (que hizo de presentador en Barcelona de la novela, hace pocos meses) y uno se encuentra con la agradable sorpresa de que campa a sus anchas por estas páginas otro mexicano ilustre, Max Aub, si bien era hijo muchas tierras y, como él mismo decía, “español, por haber sido en España donde había hecho el bachillerato”. Aub es un liante de tomo y lomo, que llegó a escribir la biografía de un personaje inventado, y lo hizo tan bien que había pintores que decían haber tratado en París a Jusep Torres Campalans, de cuya vida absolutamente inventada hay varias ediciones ilustradas con numerosos cuadros suyos.

Aparece Max Aub precisamente por esa capacidad suya de fabular, pero también se menciona una obra suya que es desoladora, que encierra la tragedia de este país, que un día no impidió que muchos de sus mejores talentos se fueran y que, después, cuando algunos se tragaron su dignidad y volvieron a pisar la tierra mancillada por la dictadura, se encontraron con el desinterés de sus paisanos, que preferían vivir dormidos que soñar despiertos. Aub escribió sobre ese golpe terrible, ese encontronazo, una especie de diario que llamó “La gallina ciega”, publicado en la década de 1960, cuando él ya empezaba a estar mayor, aunque no fuera un anciano. El corazón que tantas pérdidas había lamentado empezaba a perder fuelle.

En esta curiosa novela de Sònia Hernández, con tantos guiños literarios (no en vano ella es crítica en diversas publicaciones), parece rendir homenaje a esas generaciones que se exiliaron, aunque sin hacerlo de manera vehemente. Con escuetas pinceladas esboza un retrato del periodismo cultural (con la madre de Berta entrevistando a Vicente Rojo para las páginas de Cultura de un diario local) y hasta traza sin estridencias un perfil de esa relación madre-hija en la que la primera no logra transmitir entusiasmo por nada a la segunda. O eso parece hasta el penúltimo párrafo, donde el círculo prácticamente se cierra, y la historia termina como empieza, por el título.

Una novela de esas que le acompañan a uno muchos días después de haber cerrado el libro.