No hubo más lecturas veraniegas

El verano que acaba de disiparse ha sido extraño en lo tocante a lecturas. Ya decíamos un día aquí que Rodrigo Fresán y su novela sobre la vida de Federico Esperanto nos ayudaron a sobrellevar algunos momentos de zozobra personal. Cuando la cabeza necesitaba de evasión, sin tanta necesidad de concentración, escapaba hacia otras vivencias que, a primera vista, se antojaban más fútiles, pero que permanecen en el tiempo, señal de que en el relato había algo más que esparcimiento.

El azar me ha llevado a conectar esta novela basada en cuentos (¿o sería mejor decir “conjunto de relatos que acaban conformando una novela”?) con una reseña aparecida hace ya uno años en el ABC, que tildaba a este libro de “salingeriano” y que firmaba, precisamente, Rodrigo Fresán. Caí en él por la confianza que me inspira la editorial, Libros del Asteroide. Estaba en la mesa de recomendaciones de una biblioteca y no me sonaba en absoluto el nombre de su autora: Sarah Shun-lien Bynum. En 2011 apareció en castellano la traducción de “Las crónicas de la señorita Hempel”, que agrupaba ocho relatos con títulos tan breves como escurridizos: “Talento”, “Cómplice”, “Chungo” o “Encontronazo”.

cronicas de la señorita hempel

Los protagoniza Beatrice Hempel, profesora de Literatura en un colegio privado estadounidense. Se va mostrando de manera diáfana su día a día, historias cotidianas presentadas sin circunloquios ni experimentos narrativos. Parece un documental naif de alguien que está descubriendo en qué consiste eso de trabajar, de ganarse un prestigio y una reputación, mientras se torean las congojas personales que va deparando el destino. La evocación nostálgica del padre desaparecido, la desprejuiciada manera de hablar con sus alumnos de sus experiencias sexuales, como si fuera lo más normal del mundo, las charlas con los compañeros de claustro… Son “tranches de vie” que se muestran como suele ser típico de muchísimos libros americanos: a la gente le ocurren cosas y hay alguien para explicarlas. Y estamos nosotros, al otro lado, para darle sentido a esos relatos.

Esa inocencia es la que puede ser tildada de “salingeriana” en la reseña de Fresán. Y eso modo de narrar, tan invisible, es el que habrá posibilitado que la autora haya ido coleccionando premios y auspicios de ser una de las grandes narradoras del futuro, en esas clasificaciones tan futboleras que menudean en la prensa: “mejor narradora sub-35” y cosas parecidas.

En parecidos ranking ha aparecido otra autora, mucho más incisiva, que por la forma y hasta el fondo parece en los antípodas de los relatos de Sarah Shun-lien Bynum. Se trata de Merrit Tierce, una activista que cultiva una especie de “dirty realism”, visible en “Que me quieras”, novedad de Blackie Books en 2017. Una novela sin concesiones que reclama su lectura desde la contraportada, donde los editores han sido muy hábiles en los reclamos. Dos párrafos bastan para llamar la atención:

“Cuando dice Chúpamela en realidad quiere decir que todo esto es un circo, cariño, que les den a estos cabrones”.

“Y cuando le contesto Si quieres que la chupe, sácatela, lo que quiero decir es que somos duros, que a pesar de toda la mierda brillamos”.

que me quieras

La escritora Roxane Gay considera que la historia de Marie, una joven camarera que tiene una hija pero no su custodia, está narrada con una “una prosa gloriosa, afilada como una cuchilla de afeitar sucia. Tan vulnerable, dura y honesta que quita el aliento”. Poco se puede añadir a tan certera definición. La novela se lee a borbotones, como parece haber sido escrita. Se suceden los polvos, los tiritos de droga, los comentarios soeces de los hombres y la sensación de frustración de la protagonista. Su trabajo en un local de pedigrí le permitiría ganarse la vida sin estrecheces, pero todo lo que rodea a ese trabajo la va empujando en la dirección contraria. Se siente culpable de no poder atender en condiciones a su hija, y se evade de la sucia realidad follando con casi todo lo que se mueve alrededor.

Se siente entonces doblemente culpable y el lector se va empapando de esa angustia. Las flores marchitas de la cubierta, esa lata de cerveza estrujada, la ceniza que se consume del cigarro son la conseguida sinopsis de una novela que termina como empieza cada jornada de su protagonista: “Me llamo Marie y soy su camarera esta noche”.

 

Anuncios

Islandia, el mejor país del mundo

En la última edición de las fiestas barcelonesas de la Mercè, en el Passeig Lluís Companys se ofrecía la posibilidad de ver un cine panorámico, tumbados en el suelo, cubiertos por una cúpula en la que se sucedían ocho minutos de imágenes espectaculares con Islandia como protagonista. En realidad, era un publirreportaje de un laboratorio farmacéutico (Amgen) que ha llevado a cabo una extracción de datos para secuenciar el ADN de casi la mitad de los 300.000 islandeses que pueblan la isla. Dicen que, gracias a que la población islandesa apenas se ha mezclado con gente venida de fuera durante los doce siglos que la isla lleva habitada y dado que hay un registro meticuloso de los datos de nacimiento, muerte y parentesco de todos ellos en los últimos mil años, hay un árbol genealógico inmenso que puede proporcionar mucha información genética a la hora de conocer dónde y por qué aparecen determinadas enfermedades y, lo que es más importante (y monetizable) cómo abordarlas de manera personalizada.

cronicas-de-islandia

El vídeo en sí es más espectacular que informativo, pocos datos pero bellamente ilustrados con paisajes alucinantes, auroras boreales y naturaleza en plena ebullición. Acababa de leer un libro pequeñito, publicado en 2016  por Cuadernos del horizonte, titulado “Crónicas de Islandia”, y que aglutinaba en algo más de cien páginas unos cuantos reportajes de John Carlin que habían aparecido en El País entre agosto de 2006 y marzo de 2012. Ya había leído ahí sobre este proyecto de analizar el ADN de miles de personas aprovechando sus peculiares condiciones de “no contaminación”. Cayó en libro en mis manos como regalo de Jot Down, al comprar una revista dedicada a las islas. Creo que habíamos leído en familia algunos de estos reportajes hace más de una década, y que ellos fueron la espoleta que motivaron precisamente uno de los viajes que recuerdo con más placer: once días recorriendo Islandia, en un viaje circular a través de la única carretera totalmente asfaltada que rodea la isla. Fue en agosto de 2008 y con frecuencia vuelven a mi memoria flashes de aquellas jornadas que parecían eternas, con un sol que no acababa de esconderse y una sensación de estar pisando tierra que estaba viva, y que hacía todo lo posible por hacerlo patente.

DSCN1319.JPG

Dice John Carlin en este librito que es “el mejor país del mundo”, y por todo lo que va apareciendo en sus reportajes es difícil contradecirlo. Son escasamente 300.000 personas absolutamente tolerantes, donde abundan los escritores y, lo que es mejor, los lectores; que viven en un paisaje de ensueño, herederos de una tradición en las que las mujeres tienen un protagonismo esencial y donde no parece haber sitio para los celos ni los resquemores. Es habitual tener varias parejas a lo largo de la vida, así como hijos con todas ellas, desde bien jóvenes. Nadie se rasga las vestiduras, todo el mundo participa de la educación de todos los miembros de la familia. Apenas hay delitos, porque todo el mundo se conoce.

Durante los días en que anduve arriba y abajo por la isla me sorprendieron muchas cosas: la calle estaba llena de gente a cualquier hora, incluso de madrugada. Hacía fresco durante algunos momentos del día, pero el sol era bienvenido y nadie quería ausentarse. En los pueblos más solitarios (o en el centro de Reikiavik) las bicis estaban apoyadas en una farola, en una valla, sin necesidad de candados a pruebas de bomba como ocurre en Barcelona ahora mismo. Nadie las iba a robar. En sus paisajes espectaculares echaba en falta los árboles, apenas se veían. Por la carretera que daba la vuelta a la isla, donde no se puede circular a más de 90 km/hora, aparecía de vez en cuando una especie de podios con coches destrozados, a modo de memento mori. En los campos, recién cosechados, las balas de paja estaban envueltas en plásticos y con dibujos coloridos. De vez en cuando aparecían una muñeca hinchable y un maniquí masculino en posturas elocuentes que uno no sabía si eran espantapájaros, arte efímero o pura coña marinera. Y el agua corría por doquier. Cascadas espectaculares, glaciares, ríos, la inmensidad del cercano océano Ártico, los geiseres… Todo era agua en la isla más septentrional. Explicaban los paneles que las casas de casi toda la isla disfrutaban de agua caliente gracias a unas canalizaciones que explotaban esa energía geotérmica venida del subsuelo. El estruendo de las piezas enormes de hielo que se rompían al llegar al mar se asemejaba al de millones de litros cayendo por minuto desde cientos de metros, en algunas de las cascadas más espectaculares del mundo.

DSCN1644

En los núcleos habitados, allí una ciudad de 3000 habitantes ya es una urbe, sorprendía la limpieza de todo, las fachadas coloridas de las casas, las atestadas librerías en un pueblo de escasamente 500 almas. La tierra ruge y, aunque parece imperceptible, tienes la sensación de andar pisando los sueños de miles de antepasados.

Muchas de estas cosas las cuenta John Carlin en su libro, aunque él tiene la habilidad de hablar con muchos islandeses, incluso antes de salir de Barcelona, cuando se entrevista con Eidur Gudjohnsen, que entonces jugaba en el Barça. Él le pone en la pista de las personas a las que tiene que visitar. Carlin muestra de maravilla la evolución de la isla, con esa crisis económica que rompió el sueño de sus habitantes y permitió que muchos europeos (ante la debilidad momentánea de la corona islandesa) pudiéramos hacer el viaje de nuestras vidas. En esta serie de reportajes (que todo hay que decirlo, podrían haber sido objeto de una mínima edición para evitar repeticiones) se puede seguir el resurgir de la sociedad islandesa, gracias precisamente a las mujeres, a las que debiéramos encomendarnos cada cierto tiempo para atenuar tanto exceso de testosterona.

Volver a viajar por Islandia gracias a este libro de John Carlin es un regalo, que engrandece los recuerdos de una visita que tanto ansiamos repetir.

El presente de un futuro ya pasado

Ha sido un verano duro, en lo tocante a emociones. Noticias no demasiado buenas se han ido sucediendo, con un impacto emocional notable. Había días, y noches, en las que no lograba encontrar ni el refugio de la lectura. Los libros que me han acompañado durante estas semanas quedarán en mi memoria como lecturas en sordina, con una veladura que no me permitirá recordar si aquello que leí era así o una simple distorsión producto de la falta de concentración, que me impidió apreciar con nitidez las historias que se narraban.

En un incómodo sillón de hospital, al lado de una cama donde sufría una persona muy querida, encontré distracción en un libro no precisamente fácil. Una novela peculiar, que exige concentración y que premia con creces el esfuerzo que se le dedica. Era la primera vez que me acercaba a las historias de Rodrigo Fresán, un escritor argentino (por ponerle una procedencia) que parece universal por sus intereses y por la ambición con la que dicen que construye su obra. Llegué a él después de haberle escuchado en directo, hace muchos años, durante un posgrado de crítica literaria al que vino para hablarnos de una novela que tenía a punto de caramelo: “Jardines de Kensington”. No sé si tuvo mucho éxito de ventas pero sí logró el reconocimiento de los críticos. Él mismo pertenece al gremio, aunque en una entrevista reciente, imperdible, en Jot Down, se reconocía más como “evangelizador”, cuando parecían reprocharle en la una pregunta por qué casi siempre habla bien de los libros que reseña.

esperanto en mondadori

Me llevé de vacaciones, sin prever las sorpresas que esperaban en un box de Urgencias, varios libros de Fresán. Sólo pude rematar el más ligero en cuanto a páginas: “Esperanto”, en una “edición corregida y aumentada” de 2011, publicada por Mondadori sobre un original fechado en 1995. Llama la atención en la cubierta la foto de Bob Dylan, que lee con gafas de sol y su melena alborotada un diario, mientras su mano derecha sostiene un cigarro, y un café le espera la mesa. En la entrevista antes mencionada dice Fresán que este libro surgió de un sueño, lo escribió en una semana, “y es casi intocable”, para añadir que lo único que hizo en la reedición fue ponerle a Dylan en cubierta (en la original aparecía James Dean). Si es verdad, como sostienen algunos críticos, que Fresán siempre está reescribiendo el mismo libro, “Esperanto” debe de ser una puerta alfombrada para un viaje con paradas en estancias amuebladas con muy buen gusto.

esperanto en tusquets

No es una novela sencilla, porque está repleta de claves y referencias que viajan atrás mientras siembran la lectura de asideros para no perderse. Con un texto pautado día a día, de domingo a domingo, vamos descubriendo la vida de Federico Esperanto, que es la vida de un país. Uno de los grandes escritores argentinos, Osvaldo Soriano, lo resumió enigmática y certeramente: “la Argentina es algo ocurrido y enterrado, un dudoso objeto de cuidadosa memoria. Fresán lo ve así y elabora un presente difuso que transcurre en un futuro ya pasado”. Parece un trabalenguas y es, en realidad, una definición. Esta novela es densa, es rocambolesca, es local y universal, lleva a Dylan en sus entrañas pero habla de una canción del verano, “Las intermitencias del corazón”, fundamental para seguir el hilo del relato, básica para perderse en los meandros de la narración.

Al intentar recordar lo que este libro me sugirió se agolpan imágenes, canciones, noticias, nombres… que uno no sabe si ya son producto del caos mental en el que fue leída la novela o están en la raíz de la sucesión de historias que, aunque mínimas, enriquecen el tronco de la narración. Tres páginas escasas, al final del todo, bajo el epígrafe “Feriado” recopilan muchas de estas referencias: Zamenhof, Scott Fitzgerald, James Dean, Jack London, The Beatles, John Cheever, Serge Gainsbourg&Jane Birkin, Marcel Proust, Marlon Brando…

Dice Fresán, a modo de cierre de esta “edición corregida”, que Federico Esperanto “sigue navegando” y que le gustaría preguntarle “qué hizo o qué deshizo durante todos estos años” si alguno de los lectores alcanza a verlo y le deja aviso. Pocas líneas antes perfila sus rasgos, que coinciden con el “rostro un tanto malicioso de Tim Roth” al tiempo que señala que su acompañante, La Montaña García, “no podía ser otro que el gran y grande John Goodman”.

Más referencias cruzadas para una novela de apariencia convencional, con un organismo a prueba de bombas.

Perdidos en Israel

La larga destilación del relato de nuestro último post se podría decir que nos lleva a “Una judía americana perdida en Israel”, este cómic de Sarah Glidden, que un día decide apuntarse al programa “derecho de nacimiento”, por el que todos los judíos del mundo tienen pagada una visita a Israel. El diario de Eva Heyman que glosábamos el otro día, las humillaciones sufridas, el elevadísimo precio a pagar, la tragedia colectiva que tuvo por escenario buena parte de Europa central y oriental tiene aquí un epílogo, en forma de cómic, elaborado por una autora desprejuiciada que en la cuarta viñeta dice estar “lista para ir allí y descubrir la verdad oculta tras todo este follón”.

Es un ejercicio interesante confrontar el título original de la obra con el que lleva versión española de Norma (2011): con el mismo dibujo en la cubierta, en inglés parece que ofrece una “Historia de Israel para dummies”, mientras la versión en castellano centra el tiro en la protagonista, en la situación de desamparo que por momentos parece sentir cuando visita la que pudo ser tierra de sus ancestros. Ya nos gustó mucho la visión que ofrecía Sarah Glidden de su visita a Iraq y Turquía, con ese cuestionamiento permanente, esas dudas difíciles de gobernar, ese escepticismo con el que miraba lo que ocurría a su alrededor. En esta visita a Israel, publicada previamente a las “Oscuridades programadas” que glosamos aquí, no tiene claro ni el motivo de su viaje ni lo que se va a encontrar. Teme a la propaganda, y parece que vaya siempre mirando detrás del decorado, tratando de descubrir si es simplemente cartón piedra.

Las acuarelas y los tonos suaves característicos de Glidden parecen sugerir un relato naif, pero nada más lejos de las corrientes que discurren por debajo de las viñetas. La narradora no deja de aludir al “conflicto” y empatiza rápidamente con los árabes “que estuvieron aquí durante mucho tiempo antes de que volviera el hebreo”. Viaja a Cisjordania, y su autobús discurre durante muchos kilómetros en paralelo al muro que separa ambas comunidades. Visita “la antigua Siria”, los Altos del Golán, donde pregunta sarcástica  qué interés tiene pelear por un espacio donde no se puede construir. El guía le recuerda que es territorio minado, uno de los lugares más calientes del planeta. Sigue su ruta, propagandística, por Tel Aviv, el desierto, el mar de Galilea y llega hasta Jerusalén. En el intento por comprender Israel nos lo va enseñando a los lectores, y nos muestra el Salón de los Nombres, con el que se rinde homenaje “a todos y cada uno de los judíos que fallecieron en el Holocausto”, o explica el mito fundacional de los Cielos y la Tierra, con una piedra que arrancó Dios de su trono, y que fue el pico donde el Rey David y su hijo Salomón construyeron el primer templo, allí donde está ahora la Cúpula de la Roca, cerca de ese Muro de las Lamentaciones que estamos cansados de ver en los telediarios, cuando se produce uno de eso follones que pretendía desentrañar Sarah Glidden al principio de su viaje.

Cuando apareció la obra en castellano, los responsables de Norma tuvieron el buen criterio de montar un minisite que ayuda a entender el proceso de creación de este cómic, con entrevista a la autora incluida. Al final de la obra, muy recomendable, la autora se dibuja ya en su país, reencontrándose con sus amigos estadounidenses. Uno de ellos le pregunta, a dos viñetas del final: “¿Qué demonios pasa en Israel?”.

La cara de ella es todo un poema.

 

El libro de la bicicleta

Durante unas cuantas semanas fue “el libro de la bicicleta”, sin más. Mi hija se acordaba de que salía una en la cubierta. Yo había tenido un ejemplar en mis manos pero ni me había fijado en el título ni me sonaba de nada la autora. Aunque recordaba también que había una bicicleta. Preguntamos en varias librerías por un libro con una bicicleta en el título y algún librero nos miraba con una mezcla mal disimulada de sorna y estupor. Yo estaba convencido de que la bicicleta del dibujo era azul, y con esa premisa seguí buscando. Infructuosamente.

Una tarde, en una librería muy curiosa que hay en el Poblenou de Barcelona, llamada Nollegiu (No leáis) y ubicada en lo que antes era una tienda de ropa, estábamos esperando (también con mi hija) que llegara Ferran Adrià a presentar una novela negra de una autora peruana, ambientada en el mundo de la alta cocina. Casi nada. Llegó el pope de la cocina tecnoemocional y apareció después el peruano Gastón Acurio, jerarca de la renovación culinaria de su país. Durante la espera, sin pretenderlo, dimos con el libro de la bicicleta, en la versión en catalán publicada por NED Ediciones. El tema se las traía, para despertar el interés de una niña de once años. El título no era precisamente optimista. Y la autora no vivió más de 13 años, hasta que cayó en manos del siniestro Mengele, en el campo de Auschwitz, un día de octubre de 1944.

9788494353048_he viscut

Hace unos meses ya hablamos aquí de qué arduo es satisfacer el interés de un niño que quiere saber más sobre los nazis. Es difícil ocultar la siniestra realidad, como es complicado no caer en la sensiblería al intentar explicar a unos niños la magnitud de la maldad humana. Habitualmente se recurre al padre bienintencionado de “La vida es bella”, al niño del pijama de rayas o a una versión expurgada del diario de Anna Frank, pero no nos gusta a los mayores quebrar la inocencia infantil con narraciones más poderosas como “La lista de Schindler” o “Shoah”, los recuerdos de Primo Levi, Mariano Constante o Joaquim Amat-Piniella, las fotos de Francesc Boix ni siquiera el cómic de Spiegelman, por citar unos pocos.

Cuando le eché un vistazo a la contra y a las solapas del “libro de la bicicleta” empecé a dudar de si eso lo soportaría una niña de once años recién cumplidos, lectora voraz (eso sí) a la que casi ningún tema le resulta ajeno. Se empeñó y se lo leyó, a tragos cortos, sufriendo más de una vez no tanto por lo que se cuenta como por lo que se imaginaba. El libro ha sido considerado como una versión “húngara” del Diario de Anna Frank, no en vano en los dos casos las autoras son dos jóvenes que narran su cautiverio, una en Amsterdam, la otra en la actual Oradea (Rumania) en lo que entonces era Nagyvárad (Hungría). Las dos ven cómo el mundo se desmorona mientras ellas abren los ojos a una realidad que no pueden acabar de asimilar. Eva Heyman, la autora de “He viscut tan poc”, comienza a escribir el día de 13º cumpleaños, en febrero de 1944, y sus páginas no van más allá del mes de mayo, cuando es deportada a Polonia, para desaparecer en octubre, en un camión amarillo con dirección a los hornos.

La profundidad de algunas de sus reflexiones, sus lamentos ante lo que intuye que será una vida muy corta, su rebeldía precisamente ante la apatía con que sus paisanos asimilan todas las vejaciones que sufren, el dolor por la desaparición de Marta, su mejor amiga, la deliciosa relación que establece con su padre y su padrastro (que choca con el escepticismo con el que mira a su madre) son algunos de los muchos afectos y emociones que contienen estas cien páginas intensas, que uno imagina de caligrafía apretada. Un planteamiento tan redondo, por la fecha de inicio, por cómo se salvan los papeles, por la perfecta organización del tempo narrativo, con ese crescendo que no ahorra ningún sufrimiento al lector, lleva a sospechar a veces si no será todo una de esas narraciones documentales salpimentadas con un personaje infantil y un destino fatal. Una especie de manuscrito hallado en una maleta destinado a convertirse en un best-seller de la llamada “literatura del Holocausto”. Pero no.

En la edición catalana, el libro lleva un prólogo de Vicenç Villatoro así como un texto de Ágnes Zsolt, madre de Eva, que consiguió llegar a Suiza y salvarse. Allí explica cómo se conservó el diario. Y se cierra con un epílogo de Mihály Dés, que contextualiza la obra y remata su preciso texto con una frase que define certeramente lo que el lector todavía no acaba de asimilar, cuando pasa la última página: “el relato de su marcha hacia la muerte se convierte en una reivindicación triunfal de la vida”.

Una historia triste, a pesar de Amado

Cuando hace unos años mi padre estuvo ingresado en el hospital durante unas cuantas semanas, iba a verlo todos los sábados y siempre lamentaba, ya en el tren, haber olvidado otra vez llevarle un libro de Jorge Amado, para hacerle la convalecencia más entretenida y, sobre todo, más alegre.

Amado_LB00211201

Hace poco, volvió a caer enfermo y esta vez no dudé: en el primer viaje metí en la maleta “Doña Flor y sus dos maridos”, en una edición de bolsillo de Alianza que casi hay que quebrar por el lomo para hacer menos esforzada la lectura. Durante una temporada febril me dediqué a leer sin pausa todos los títulos que había en esa colección mítica de Alianza: “Gabriela, clavo y canela”, “Cacao”, “Capitanes de la Arena”. Seguí con “Sudor” y “La tienda de los milagros” y aún se me debió de quedar alguno, menos conocido. Hay relatos que embrujan a uno sin saber muy bien por qué. Es imposible hablar de los libros de Jorge Amado sin apelar a la sensualidad, al vitalismo, a esos olores a comida que parecen emanar de las páginas, a la fragancia de las especias o de las flores, y al buen humor, sobre todo al buen humor. La crítica lo ha considerado habitualmente un autor menor y (creo que era en el especial que le dedicó la revista Turia) alguien dijo que con ese nombre y apellido parecía un señor de Cuenca y no el escritor brasileño que es, con las calles y las playas de Salvador de Bahía omnipresentes en casi toda su obra.

Durante muchos años le iba pasando libros a mi padre, lector ferviente desde muy joven a pesar de no haber podido frecuentar mucho la escuela ni haber tenido demasiado tiempo para leer, enfrascado como estaba en trabajar para sacar adelante una familia numerosa. Me decía una vez que le pilló el gusto a la lectura en esas novelas de vaqueros que se cambiaban (por no decir alquilaban) en los kioscos de los pueblos en los años sesenta. Luego accedió a las “Selecciones” del Reader’s Digest y ahí debió de descubrir que había muchos temas y muchas tramas por descubrir, y ya nunca dejó de picotear. Como yo soy un lector caótico empecé a hacerle partícipe de los libros que iban cayendo en mi zurrón, y tan pronto estaba con uno de Vargas Llosa como se adentraba en un estudio sobre la Guerra Civil o unos cuentos del Pirineo. En la mesilla de noche siempre había un libro. En los últimos años le he ido llevando de todo: “Los millones”, de Santiago Lorenzo (Blackie Books); las memorias de Tony Leblanc, las de Iñaki Anasagasti, algunas de las novelas policiacas de Andrea Camilleri (que devoró en un santiamén), el relato de las salvajadas que tuvieron que aguantar los habitantes de Jánovas, amenazados por un pantano que nunca llegó a llenarse; la epopeya de los obreros que hicieron posible la estación internacional de Canfranc, el “Victus” de Sánchez Piñol o el “Valor” de Clara Usón, que comentamos aquí en su día.

janovas

Nada más leer “El balcón de invierno”, de Landero, también quise compartirlo con él. Y debí de dejarle algún otro en el mueble de la sala donde se ponía a pasar página tras página, cada vez más encorvado, pero siempre con el mismo gesto ensimismado durante la lectura, hasta que levantaba la cabeza, medio abstraído todavía, con el semblante serio y la mirada perdida, como si necesitara desconectar de la realidad en la que estaba inmerso para afrontar una pregunta de mi madre o un requerimiento de alguno de sus nietos. Jubilado como estaba, desde hace unos años los libros le duraban poco.

los millones

Mi padre no se recuperó de la enfermedad que le llevó al hospital hace unos meses. Uno de mis hermanos se encargó de recoger las pertenencias que habían quedado en el armario de la habitación donde pasó sus últimos días. Ahí estaba el libro de Jorge Amado, no llegó a abrirlo. Al final, no le quedaban fuerzas ni para pasar las páginas del diario. Cuando terminó la ceremonia donde lo despedimos y nos volvimos al piso familiar las tres generaciones que tanto lo añoramos ahora, vi en una estantería unos cuantos volúmenes tumbados. Ahí estaba el inconfundible lomo verde y amarillo de “Doña Flor y sus maridos”. Había otros, y destacaba un novelón de esos de tapa dura y sobrecubierta. Había una marca entre sus páginas, una hoja de esos calendarios a los que cada día se le va quitando una capa, porque era así como le gustaba señalar dónde se quedaba.

“Es el que estaba leyendo papá”, me dijo uno de mis hermanos. Y entonces vi, de manera desgarradora, todo lo que había quedado a medias.

¿Qué ‘por qué’?

Hace pocos días, en el amplio espacio que Casa del libro tiene en la Rambla de Catalunya, en Barcelona, muchas personas se quedaron sin silla y escucharon embelesadas, pero de pie, a Roberto Canessa, que venía hablar de su libro, y no era la primera vez. Meses atrás vino a lo mismo y fue requerido por los medios, de todo pelaje, en los que triunfó sin discusión con su discurso positivo, generoso, franco, y hasta divertido. Igual salió en la ambicionada (por los gabinetes de prensa) “contra” de La Vanguardia que en un programa de TVE que ha sido ampliamente denostado. Así de potente es el mensaje que “vende” Canessa, y que en el libro “Tenía que sobrevivir” (Al Revés, 2107) aparece magníficamente expuesto en el texto del escritor uruguayo Pablo Vierci.

Y eso que este libro no es fácil de vender, ni de leer. Se puede pasar del agobio al llanto en cuestión de un párrafo, se puede reír para a continuación hundirse en la desolación. Es una historia de superación, un libro sobre el liderazgo, un manual de autoayuda, una historia de aventuras, un diario de viaje, una biografía y hasta un panfleto religioso. Y, sin embargo, nada molesta, todo es digerible. Y, además, está muy bien escrito.

9788416328741_tenia que sobrevivir

Son dos libros en uno, ya decía Vierci en una entrevista que “la primera parte del libro es la causa y la segunda la consecuencia”, pero es que esa primera parte es nada más y nada menos que la narración del accidente de aviación que sufrió un equipo de rugby uruguayo en los Andes, hace casi medio siglo. Se hizo famoso por una película de Disney (Viven) y antes se había hablado mucho de esta epopeya porque los supervivientes aguantaron más de dos meses con temperaturas por debajo de 20 bajo cero, pasaron todo tipo de calamidades (fracturas, aludes, muertes…) y, para aguantar un minuto más, un día más, comieron parte de los cuerpos de los compañeros que no pudieron resistir.

Es inevitable ahondar en este detalle y en todas las entrevistas (que han sido muchísimas) ha aparecido tarde o temprano. Ese punto morboso, casi insignificante ante la magnitud de lo narrado, enseguida se convierte en una nebulosa mientras adquieren nitidez las historias que se suceden, tanto del pasado más remoto como de la mera actualidad.

Roberto Canessa, además de ser uno de los dos supervivientes que se aventuró en una expedición casi ilógica subiendo y bajando picos en los Andes hasta contactar con alguien que pudiera dar al mundo la noticia de que estaban vivos, se convirtió con los años en un cardiólogo pediátrico de reconocido prestigio, que introdujo las ecocardiografías en su país y ha salvado las vidas de muchos niños que estaban condenados a irse de este mundo sin apenas darse cuenta. En la presentación de Barcelona del otro día, uno de los momentos más emotivos, fue cuando una señora del público explicó que allí estaba un chaval que había sido operado por el doctor Canessa quince años atrás, en su país natal. Hubo más familiares que tomaron la palabra para decir muy brevemente que ellos habían pasado por un trago similar, y agradecían al doctor superviviente (o al revés, porque aquí no queda claro qué provocó qué) su dedicación.

Canessa salió de la montaña con una vocación clara de ayudar a los demás. Él cree en Dios, en un Dios amable alejado de ese que no paraba de prohibir cosas en su infancia. Transmite un mensaje positivo perfectamente asimilable por todos los credos, incluso para los que tenemos la certeza de no creer, y –nunca mejor dicho– predica con el ejemplo. Se van sucediendo en la segunda parte del libro historias inevitablemente emocionantes, de niños que salvan la vida, pero también hay finales trágicos y madres rotas que no entienden que eso les haya tocado a ellas. Hay palabras sencillas que dibujan historias enormes y se suceden tecnicismos médicos, de esos que tienen media docena de sílabas, que son perfectamente entendibles, de tan cercanas que son las vivencias que se cuentan.

Este multilibro es una obra hagiográfica (no cabe duda) pero eso no es peyorativo en absoluto. Se lee con una sonrisa, a veces; con muecas de dolor en muchas más ocasiones, pero a nadie deja indiferente semejante sucesión de episodios de una fuerza tan notable. Al buscar respuestas a tantos por qué, al intentar entender tantas situaciones al límite es cuando miramos dentro de nosotros.

Acercarnos a este libro nos hace mejores.

Atracar en islas desconocidas

La última novela de Jaume Cabré, Jo confesso (Proa, 2011), fue un acontecimiento que superó el marco exclusivamente literario. Se cumplía la cadencia informal del autor, que da una novela a la imprenta cada 7 u 8 años, y se especulaba con el éxito que tendría más allá de la frontera catalana, porque en el caso de casi todas las novelas en lengua catalana hay una frontera, que se hace más patente si uno mira desde el oeste, tocando la línea imaginaria que marcarían Fraga o Valderrobres.

Leí absorto esta novela compleja, embrujado por esa especie de palimpsesto que proponía el narrador, y que le permitía viajar adelante y atrás en el tiempo siguiendo la huella de un valioso violín. Era la excusa para abordar la maldad, para reflexionar sobre los límites de la crueldad, en un viaje por varios siglos y muchos países que daba igual en qué lengua se hubiera escrito en origen, lo importante era que se tradujera a muchas otras, que circulara esa historia. Tuve la ocasión de comentar la novela con un escritor de esos que tienen abundante obra publicada, y me dejó aturdido el desdén con que zanjó mi entusiasmo: “Mi mujer se lo está leyendo y dice que salen muchos alemanes, se nota que allí dicen que vende mucho”.

Descubrí a Jaume Cabré en “Las veus del Pamano” y en pocos meses me las arreglé para leer casi todo lo que había publicado. Fueron cayendo de manera “inmisericorde” las novelas “Senyoria” y “L’ombra de l’eunuc” así como los cuentos del “Viatge d’hivern”. Me sedujo la complejidad de sus planteamientos narrativos, con estructuras que no dejaban un cabo suelto y se erguían enhiestas, sin que pudiera entreverse la tramoya. Abundancia de planteamientos, historias que iban ganando matices mientras se los personajes iban siendo moldeados y referencias a clásicos de la literatura, que reforzaban esa complicidad entre autor y lector hasta convertirse en una especie de amistad interesada, como cuando vas al encuentro de alguien cuya compañía sabes que va a proporcionar  momentos para el recuerdo.

Dice Cabré, a modo de broche a esta recopilación de cuentos que es su último libro, “Quan arriba la penombra”, que de vez en cuando escribe algún cuento como quien “atraca en una isla desconocida”, a modo de descanso en las duras travesías en que se embarca para escribir sus novelas. Va guardando relatos que, según confiesa también en este colofón, deja al escrutinio de un selecto grupo de lectores cercanos (qué suerte será pertenecer a esa minoría) y cuyo veredicto juzga de gran valor a la hora de decidirse a publicarlos.

portada_quan-arriba-la-penombra_jaume-cabre_201612121811

Los cuentos que presenta en este precioso volumen editado por Proa tienen la maldad como eje vertebrador, sin que ello condicione en absoluto la autonomía de ninguno de ellos. Es verdad que se pueden entrever guiños entre algunos de ellos, como esa ligazón que hay entre los movimientos de una sinfonía. Un personaje que aparece por aquí, una referencia cruzada que evoca algo leído mucho antes, una broma macabra que viaja en el tiempo y abrocha dos décadas lejanas. Es complicado adentrarse a esbozar alguna de las historias sin correr el peligro de matar esa sorpresa que el narrador reserva al lector desprevenido.

Como en el texto de la contra ya se anticipan algunos argumentos, no chafamos ninguna sorpresa si decimos que, como en otro famoso texto de Quim Monzó, también aquí hay un cuento con un premio Nobel de literatura como protagonista. Y se percibe el mismo tono irónico al abordar tan espinosa cuestión, en una literatura como la catalana todavía ajena a tan prestigioso galardón. Hay alguna gamberrada de resabios cultos, con personajes de salen o entran de un cuadro de Millet. Y se suceden los asesinatos que, en su frialdad, recuerdan a las míticas salvajadas que literaturizó Max Aub en sus “Crímenes ejemplares”.

Si estos relatos son las “obras menores” que Cabré erige para tener los músculos tonificados mientras va edificando sus libros mayores, están de enhorabuena los alemanes, franceses, polacos, holandeses, italianos y tantos otros que esperan con devoción sus traducciones. Aquel escritor que me explicaba que cedía con displicencia a su mujer los libros de Cabré, posiblemente se lo seguirá perdiendo. Y como él muchos de sus paisanos: mientras la novela ambientada en el Pirineo en los años del maquis cautivaba a cientos de miles de lectores en Alemania, solo despachaba un puñado de miles en España.

El “caso Cabré”, como lo calificó el periodista Jaume Subirana hace unos años, al hilo de las tres páginas que Le Monde Livres dedicó a “Confiteor”, sigue vivo. Para combatir esa ceguera, basta con abrir los ojos. Y leer.

¿Qué música para Toronto?

Tengo la suerte de compartir muchas experiencias vitales desde hace más de 40 años con una persona que ahora vive a más de 6000 km de mi casa. Es cierto que Skype, Whatsapp, los correos electrónicos y algún que otro medio de comunicación menos instantáneo permiten sobrellevar esta distancia, que además hemos roto a golpe de avión varias veces en los últimos años. Es un tipo culto, buen conversador, con una memoria fantástica para títulos de canciones, citas literarias y recomendaciones de todo tipo, desde un artículo en el periódico a una novela poco conocida o un concierto imprescindible. Vive en Toronto desde hace pocos años y se ha hecho ya con un lugar en el mundillo cultural hispano de la ciudad. El otro día el cartero me trajo, por fin, un libro con su nombre en la cubierta. Se titula “Historias de Toronto” y reúne una docena de historias en castellano de autores con procedencia bien diversa: México, Venezuela, Perú, Colombia, España…

Historias_de_Toronto_Portada_y_contraportada

Este amigo querido se llama Juan Gavasa y ha escrito un texto con Paco Belsué como protagonista, un paisano suyo al que los azares del destino llevaron también a Toronto, en circunstancias bien distintas y en una época lejana, la dictadura de Franco. En el Toronto de los 60 y 70, una ciudad más lisérgica que la actual y estupefacta ante el mundo que se estaba desperezando, aterrizó este diseñador gráfico de Jaca (en los Pirineos) que acabaría ideando uno de los logotipos más elegantes que existen en el imaginario del béisbol americano.

blue-jays-655x320

Este pájaro azul, reproducido millones de veces en el merchandising deportivo que inunda las tiendas de la ciudad, no debió de reportar ni un centavo extra a la persona que lo ideó pero Juan Gavasa supo ver la fuerza de esta historia, primero en forma de reportaje periodístico y ahora en un relato de este volumen, titulado “Los pájaros azules mienten”, que aparece enmarcado entre dos acontecimientos históricos para la ciudad: la última Stanley Cup que ganaron los Maple Leafs (el equipo local de hockey sobre hielo), el 2 de mayo de 1967; y la primera de las dos series mundiales que alcanzaron los Blue Jays, el 24 de octubre de 1992. En esos 25 años cabe un mundo y una historia de amor callado, presentada de forma sutil y, desgraciadamente, trágica.

En un libro de relatos con autores variados es casi obligado que se destaquen los diferentes puntos de vista, la diversidad temática y hasta los distintos grados de solidez narrativa. Por razones bien dispares me he sentido atraído por varios textos, que no tienen nada que ver entre sí, en los que no faltan los elementos más reconocibles de ese decorado torontiano: la CN Tower, Union Station, el downtown, los rascacielos, las calles tiradas a cordel o las copiosas nevadas invernales.

La mexicana Martha Bátiz levanta un entramado intenso, duro, que evoca algunos de los cuentos más oscuros (en su cotidianeidad) de Mario Benedetti. A la tragedia que supone ser refugiada (aún más por su condición de mujer) se unen la violencia y las torturas. “La lista” es un relato que viaja al pasado desde el presente narrativo, que habla de dos culturas, que pincela la actualidad de los refugiados que vienen de Oriente Medio y la opone a los años de las dictaduras latinoamericanas. Una historia que no da un segundo de respiro mientras se precipita hacia un final descorazonador.

Bien diferente es el texto del peruano José Antonio Villalobos, una historia de cierto glamour que se desarrolla en el piso 35 de un rascacielos desde el que se atisba el perfil de esa icónica CN Tower. Tonos refinados, encuentros casuales, ambiente cinéfilo y una historia de amor que lleva al protagonista a descubrir que “es mejor enamorarse en invierno mientras se camina sobre la nieve”.

En casi todos los relatos del volumen Toronto es el decorado en el que se ubican las historias. En el último de la colección, “El mapa”, del mexicano Claudio Palomares, la ciudad se convierte en protagonista. Un recorrido sentimental por la ciudad: “Toronto como expresión física de las estructuras emocionales de la memoria”. Así se titula la tesis doctoral del protagonista del relato, que va descubriendo la urbe al tiempo que mira hacia sí mismo: “tal vez recorro esta ciudad para encontrarme”. En su vagabundear describe la invasión hípster en Queen West, la verticalidad del Downtown, los cafés que pueblan todos los barrios, hasta llegar al día de la lectura de la tesis en la universidad, en una variante de esas novelas de campus, un género tan del gusto de la literatura americana.

Mientras iba leyendo los textos de esta antología recordaba, salvando todas las distancias, la primera vez que vi “Historias de Nueva York”, la película en la que Coppola, Woody Allen y Scorsese mostraban su amor por la ciudad en unas historias que tomaban por decorado la Gran Manzana. Curiosamente, de aquel film me quedó (mucho más que los planos o los argumentos de los tres mediometrajes que lo componían) la canción “A whiter shade of pale” de Procol Harum con la que se cerraba (y creo que se abría) la historia de Martin Scorsese. Y al evocar aquella película intentaba ponerle una banda sonora a este libro y a las dos visitas que he hecho a Toronto.

 

Ha sido imposible. Mi amigo es un profundo conocedor de todo tipo de músicas y durante nuestros encuentros en la ciudad, con más o menos Canadian en el cuerpo, hemos mezclado nuestros hits de juventud con ritmos afrobeat, canciones de Triana o lo que quisieran poner las emisoras que se iban metiendo en el aparato del coche, ya fuera viajando a un cottage en el norte o acercándonos a la frontera con EEUU para (re)conocer las cataratas del Niagara.

Hace un tiempo hablábamos aquí de un hijo ilustre de esta ciudad, Glenn Gould, que ahí debió de grabar esas “Variaciones Goldberg” de Bach que no dejan de asombrar, ni después de haberlas escuchado cientos de veces. En esa rapidez endiablada de ejecución vislumbro las luces intermitentes de los coches que cruzan Toronto de noche, en busca de las zonas residenciales de las afueras. En medio de los silencios quiero imaginar el crujido de unas botas sobre la nieve. Las melodías  del piano son una concatenación de notas que, en las partituras, si entornas los ojos, seguro que permiten vislumbrar el skyline de Toronto, esa ciudad en permanente transformación, que alberga millones de historias, que ahora es también “un poco mía”, de tantos afectos ahí depositados.

Un aperitivo antes del festín

“Casi en susurros, Ginzburg dibuja un mapa sentimental, con palabras comunes pero trascendentales”. Pocas palabras necesitaba Juan Tallón para sintetizar el que consideraba uno de sus cien “libros peligrosos”, el “Léxico familiar” de la escritora italiana. Recogía esta novela autobiográfica y aprovechaba para recordar a Cesare Pavese. De ambos, especialmente de las últimas horas del poeta, volvería a ocuparse más tarde, en un librito muy recomendable titulado “Fin de poema”, que salió primero en gallego y luego publicó en castellano Al Revés.

Las recomendaciones de Tallón las sigo a ciegas, aunque en este caso tengo la sensación de haberme quedado a medio camino, porque he accedido a la prosa sencilla de Ginzburg no en su obra canónica sino en  un libro de pocas páginas, “Las pequeñas virtudes”, en edición de El Acantilado (2002) y traducción de Celia Filipetto. Repasa cuestiones personales, que parecen nimias, con ese léxico común en el que hasta los términos más frecuentes se convierten en algo más elevado porque la narradora tiene la habilidad de insuflarles un algo difícil de explicar: “una vez que se ha padecido, la experiencia del mal ya no se olvida nunca. Quien ha visto derrumbarse las casas sabe demasiado claramente cuán frágiles son los jarrones con flores, los cuadros, las paredes blancas”. Y añade pocas líneas más tarde: “No nos curaremos nunca de esta guerra. Es inútil. Jamás volveremos a ser gente serena, gente que piensa y estudia y construye su vida en paz. Mirad lo que han hecho con nosotros”.

Este relato (si como tal se puede considerar un apunte biográfico tan descarnado) se titula “El hijo del hombre”, y debe de ser el más corto de los once que componen este volumen. Sin duda, es el más intenso. “Nosotros no podemos mentir en los libros ni podemos mentir en ninguna de las cosas que hacemos. Acaso es el único bien que nos ha traído la guerra. No mentir y no tolerar que nos mientan los demás”. El impacto de la segunda guerra mundial fue demoledor para aquellos que como Ginzburg jugaban con las peores cartas: judíos, intelectuales, de izquierdas, sospechosos por tantas razones.

las-pequenas-virtudes

La narradora habla en otro momento de su oficio de escritora, explica casi con alivio que su condición de madre la ha obligado a apartarse por un tiempo del esfuerzo que supone enfrentarse a la hoja en blanco, pero al mismo tiempo reflexiona sobre un oficio al que espera volver con cosas que decir: “ser felices o infelices nos lleva a escribir de un modo u otro. Cuando somos felices, nuestra fantasía tiene más fuerza; cuando somos infelices, nuestra memoria actúa entonces con más brío”.

A pocas páginas del final, Ginzburg se cuestiona la relación que ha de construir con sus hijos mientras desgrana cómo fue la que mantuvo con sus padres. El lector, por entonces, ya se ha visto arrastrado por esa prosa que de tan nítida permite vislumbrar las ideas más sumergidas, como si estuvieran perfectamente iluminadas. “Hoy que el diálogo entre padres e hijos se ha hecho posible, es preciso que nos revelemos en este diálogo tal cual somos: imperfectos, confiados en que ellos, nuestros hijos, no se nos parezcan, que sean más fuertes y mejores que nosotros”.

Este libro intenso no es en absoluto un catálogo de pensamientos elevadísimos expuestos con habilidad y un léxico que ahora llamaríamos “casual”. Con un punto sardónico la narradora recuerda su paso por Inglaterra, durante su huida a Londres, y le vienen a la memoria los horrorosos platos de la cocina del país, ella tan mediterránea, tan deudora del sencillo placer de un poco de aceite de oliva. Rememora unos pasteles de chocolate salpicados de almendras y dice que “son malos, inocuos pero malos, por el sabor parece como si tuvieran centenares de años. Los dulces junto a las momias de los faraones deben de tener el mismo sabor”.

Terminado el libro, con notas en papelitos sueltos, con las esquinas dobladas en muchas páginas, uno tiene la necesidad de salir a buscar sin más dilación un ejemplar de ese “Léxico familiar” que glosaba Tallón. Y certificas la “peligrosidad” de sus recomendaciones, después de otro festín de literatura. Estas “pequeñas virtudes”, a medio camino entre el ensayo y la autobiografía, no han sido más un aperitivo. Que ha cumplido con su función de despertar el apetito.