Cuentos de antología

Durante algunos años me dediqué profesionalmente a buscar fotos para ilustrar obras enciclopédicas. En la era pre-internet no resultaba sencillo localizar según qué personajes. O habían dejado poco rastro gráfico o allá donde había una foto en blanco y negro, desvaída, tampoco era fácil acceder, por las distancias físicas, por el coste de una simple llamada telefónica, por el material en el que estaba guardada o por las transformaciones que necesitaba para acabar impresa en una hoja de papel de lo más normal y corriente.

No hace tanto de esto, bastante menos de veinte años, y ya suena a batallita del abuelo Cebolleta. De aquellas búsquedas me quedó el recuerdo de un par de escritores especialmente escurridizos, con nombres de pila bien sonoros, quizá para compensar apellidos tan convencionales: Felisberto Hernández y Macedonio Fernández. Al primero no logré ilustrarlo, al otro sí, con una foto tramada que parecía rescatada de algún recorte de periódico.

Me he encontrado con ellos (y con Roberto Arlt, que también me provocó quebraderos de cabeza hasta que conseguí un retrato suyo que se ha convertido en canónico, en una rotunda combinación de luces y sombras en la que destaca un mechón del flequillo con caída a la derecha), digo que los he encontrado a todos juntos en un libro que parece la carta de un restaurante de postín, por la salivación que produce dar una lectura somera al índice. Lo acaba de reeditar Alianza (la primera aparición es de 1992) con una cubierta de Manuel Estrada que tiene algo de poema visual.

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Esta recopilación de narraciones breves hispanoamericanas, escritas en el siglo XX, se presenta en dos volúmenes, con introducción y biografías de José Miguel Oviedo, que también es el responsable de seleccionar la cuarentena de voces. Explica el antólogo que esta “lectura personal de un repertorio de obras” es una selección de “los cuentos que mejor muestran la diversidad del género” en el siglo que se fue, como preparándose para recibir las primeras quejas de los que echen en falta a este u otro autor. Puede sorprender encontrar textos de escaso recorrido de autores que no nos suenan de nada, cada cual echará en falta a alguien, ya sea Eduardo Galeano, Cabrera Infante o unas cuantas mujeres más.

Establece Oviedo una clasificación en cuatro apartados, bastante bien fundamentados los tres primeros, que se deshilacha al final, cuando el cuarto capítulo agrupa los textos con un vaporoso epígrafe: “Otras direcciones, desde el boom”. Con el boom como protagonista estelar el segundo volumen (que tiempo habrá de comentar) acoge una selección de vacas sagradas de las que hemos leído casi todo, y que han sido reconocidas con todo tipo de galardones: hay no menos de 3 Nobel de literatura, muchos premios Cervantes y hasta un par de mujeres: Elena Poniatovska y Rosario Ferré.

En el primer volumen están los escritores agrupados dentro de la tradición realista, “criollistas, indigenistas y neorrealistas”, por un lado; y los innovadores, por otro, con espacio para el “cuento fantástico, vanguardista, especulativo y humorístico”. En todos ellos encontrará el lector acicates para profundizar, para buscar más. Los comentarios biográficos de José Manuel Oviedo son muchas veces de una sutileza clarividente. Dice, precisamente de Macedonio Fernández, que era “un maestro en el arte de estar siempre en otra parte”. Al describir el gusto rutinario de los oficinistas colombófilos que protagonizan un cuento del uruguayo Carlos Martínez Moreno, recupera un fragmento que explica que “los condenados a galeras se juntaban a remar, una vez libres”. Se desprenden ciertos prejuicios en los perfiles de algunos autores (por ejemplo, la defensa del castrismo por parte de Benedetti) al tiempo que se soslayan episodios oscuros de otros, como los vaivenes pinochetistas de Borges. No obstante esto, la contextualización de los relatos seleccionados en el conjunto de la obra de cada escritor está lograda y hay aseguradas unas cuantas horas de felicidad lectora. Dos cuentos míticos de Borges (Funes el memorioso y El Aleph) ejemplifican esa “literatura al cubo” del argentino; otro escrito al alimón con su compadre Bioy Casares sirve para recuperar a H. Bustos Domecq, escritor falso de relatos bien ciertos, aunque basados en una concatenación de juegos literarios.

Son imperdibles otros textos de difícil localización, como el despiadado Pequeños propietarios, de Roberto Arlt; el onírico El balcón, de Felisberto Hernández, o el demoledor relato del puertorriqueño José Luis González, titulado En el fondo del caño hay un negrito. Y así hasta completar 400 páginas. Que se leen de un tirón y quedan revoloteando en la memoria, como las fotos de ese álbum que uno no sabe si volver a mirar o mejor dejará reposar en un cajón, a la espera de olvidarlo para volver a descubrirlo.

De países inexistentes y vidas imaginarias

Cuando El Pequeño Larousse celebró el centenario de su aparición en español incluyó en las guardas las banderas de los países que existían en 1912, en recuerdo de la primera vez que se tradujo al español. Fue curioso ver que la bandera de China, antes de ser comunista, casi llevaba los colores del arco iris; que las enseñas de Andorra, Gran Bretaña o El Salvador eran sensiblemente diferentes a las actuales, y que sólo un siglo atrás existían Persia, Siam o Zanzíbar, además de Serbia y Montenegro, que se unieron más tarde para acabar divorciándose.

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Me he acordado de aquel ejercicio de nostalgia al pasear por los territorios recogidos en el “Atlas de países que no existen” (Geoplaneta, 2016). Lo firma Nick Middleton, un catedrático de Geografía de la Universidad de Oxford que ha ocupado unos cuantos años en registrar “una cincuentena de estados no reconocidos y en gran medida inadvertidos”. El libro está editado con mimo, con un ojo de buey en cubierta que anticipa el alarde de diseño del interior, donde cada “país inexistente” se presenta troquelado sobre el mapa del territorio que lo acoge oficialmente. En su académica introducción Middleton va explicando los criterios que han regido históricamente para determinar qué país puede lograr el reconocimiento como tal, con todas las salvedades existentes. Comenta lo que cualquier guerra pone en evidencia casi a diario, que el mapa político del mundo no es estático, que vivimos en “un mundo que fluye”. Recupera la manoseada cita de Max Weber de que un estado existe “cuando alguien tiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza sobre un territorio”. Salen a relucir la ONU, los efectos de la colonización de África, el conflicto cotidiano de Israel y Palestina y otros temas y subtemas que son consustanciales a las cuestiones fronterizas.

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El libro se organiza en capítulos de cuatro páginas, en los que el autor ofrece información concisa sobre cada país además de mostrar el efecto cartográfico antes mencionado. Agrupados por continentes, imagino que cada lector echará en falta alguno o entenderá que sobran países de los que aparecen. Está Cataluña pero no Escocia, aparece el Tíbet pero no el Kurdistán. En cualquier caso, la variada tipología de territorios geográficos sin el label político merece las horas que puede ocupar esta entretenida lectura. Por ejemplo, en medio de Copenhague hay una comuna hippy que tiene de plazo hasta 2018 para tomar o dejar la oferta del gobierno danés de comprar el tercio de kilómetro cuadrado sobre el que se asienta. El mismo gobierno tiene otro frente abierto, esta vez de 2.000.000 de km2, llamado Groenlandia. Cuenta Middleton que en 2009, para celebrar el autogobierno, las autoridades de la inmensa isla arponearon un par de ballenas que proporcionaron comida a toda la población, unas 40.000 almas.

En este libro aparecen, por razones bien diferentes, el reino de Redonda (en las antillanas islas de Barlovento), donde los literatos se reparten todo tipo de títulos nobiliarios con Javier Marías como monarca; la República Árabe Saharaui Democrática, condenada a la indefinición por la desidia española y por la abundancia de recursos naturales, demasiado rica para que la dejen caminar sola. Hay nombres de resonancias míticas (La Araucanía) o gamberradas diplomáticas –como la República Turca del Norte de Chipre– que provocarían sonrojo de no ser por las muertes que ha ocasionado. Y se van sucediendo curiosidades como la Antártida, la república rebelde de Abjasia, en Georgia, una isla con 23.000.000 millones de habitantes como Taiwan y otra mucho más pequeña y misteriosa como Rapa Nui. Lo mejor queda para el colofón, un verdadero país inexistente a caballo de varios océanos, que mantiene disputas con al menos 16 estados “reales” y que tiene una población acumulada de 67 habitantes. Su capital es Cyberterra.

En un lugar tan peculiar y fluctuante se hallarían como en casa algunos de los personajes que retrata Marcel Schwob con su precisión de cirujano. Hablábamos de él hace bien poco y seguimos devorando con deleite sus libros concisos. En “Vidas cruzadas” (recién editado por Alianza) es capaz de sacar petróleo de un puñado de datos llegados en voz baja de la noche de los tiempos. Si El Pequeño Larousse (por volver al argumento de inicio) despachaba a Eróstrato con un lacónico relato: “pirómano efesio que para inmortalizar su nombre con una hazaña incendió el templo de Artemisa en Éfeso (356 a.C.)”, Schwob dedica cinco suculentas páginas a elucubrar con precisión de documentalista acerca del carácter violento de la madre del incendiario, sobre las túnicas púrpuras de sus convecinos o en torno a la prohibición de que el nombre del pirómano trascendiera por los siglos de los siglos.

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Algo parecido les ocurre a personajes históricos como el pintor Uccello, el poeta Lucrecio, la princesa Pocahontas o el filósofo Empédocles, del que las enciclopedias dicen que se arrojó al cráter del Etna.

Con semejante final qué biografía no iba a imaginarle Schwob.

Marcel Schwob, un glorioso descubrimiento

Todavía recuerdo la textura del papel de la sobrecubierta de la edición en que leí la “Historia universal de la infamia”. Recuerdo también el bar en el que un amigo me dejó ese ejemplar que leí con devoción. Fue una tarde domingo de hace más de veinte años. No había logrado localizar el volumen en la biblioteca de mi pueblo y no andaba sobrado de cuartos para comprar todos los libros que quería tener. Mi amigo me dijo, como al desgaire, que le acababan de llegar todos los volúmenes de una “Obra completa” de Jorge Luis Borges que estaba publicando Círculo de Lectores. Lo leí un par de veces y me consta que él hizo lo propio en cuanto se lo devolví, motivado en parte por mi interés. Había oído hablar mucho de este libro y el título era demasiado poderoso como para olvidarlo. Más tarde me fui encontrando con “El Aleph”, “El libro de arena”, “Ficciones” (en aquellas ediciones míticas de Alianza con cubiertas de Daniel Gil) y siempre volvía el recuerdo aquel mi primer encuentro con el escritor argentino. Nunca he sabido definir ese estilo tan peculiar borgiano: textos concisos, referencias eruditas, historias intensas, con un ritmo que parecía marcado por la precisión de un ajustadísimo mecanismo de relojería. Relatos breves en los que no eran necesarias más palabras.

Vuelvo de vez en cuando a Borges, a pesar de que haya tanto por leer. Siempre es una experiencia embriagadora, y tengo la suerte de haber olvidado muchos de esos finales apoteósicos, de modo que me dejo mecer como si fuera la primera vez por las peripecias de Funes el memorioso, de “El inmortal”, del jardín de los senderos que se bifurcan.

Me he acordado inmediatamente de Borges al descubrir los relatos de un escritor francés del que no sabía nada: Marcel Schwob. Lo está reeditando Alianza en su inacabable colección de bolsillo y lleva unas cubiertas del estudio de Manuel Estrada que evocan indefectiblemente las del mencionado Daniel Gil. Después de leer, absorto, maravillas como “El Dom”, “El cuento de los huevos”, “Los tres aduaneros”, “Para Milo” o “La última noche”, recupero el prólogo que ha hecho Mauro Armiño para esta edición. Él es el responsable de la traducción (cómo debe de ser el original francés si es tan bella la versión en castellano) y firma una introducción que contextualiza al autor y su obra: no llegó a vivir 40 años, entre 1867 y 1905, publicó media docena de libros y tradujo al francés a Shakespeare, Thomas de Quincey y a su admirado Stevenson, entre otros.

Mi descubrimiento de Schwob ha llegado por medio de un conjunto de relatos titulado “Corazón doble”, que aglutina además los cuentos de otro libro: “La leyenda de los mendigos”. Dice en un prefacio el propio Schwob que el terror es el protagonista de estas historias. Poco que ver con “historias para no dormir” o subgéneros de literatura de miedo. Es mucho más complejo, más sutil y refinado. Mucho más subyugante.

Y ahí entronca con el recuerdo que yo tenía de los cuentos de Borges. Luego he descubierto que el argentino se consideraba deudor del francés. Hay muchos fragmentos en estos cuentos, más de una treintena, que merecen ser rescatados. Escojo por ejemplo el arranque de “El cuento de los huevos”:

Había una vez un pequeño y bondadoso rey (no busquéis otro, la especie se ha extinguido) que dejaba a su pueblo vivir a su antojo: creía que era un buen medio de hacerlo feliz. Y él mismo vivía al suyo, piadoso, bonachón, sin escuchar nunca a sus ministros, porque no los tenía, y celebrando consejo únicamente con su cocinero, hombre de gran mérito, y con un viejo mago que le echaba las catas para entretenerlo. Comía poco, pero bien; sus súbditos hacían lo mismo; nada turbaba su serenidad; cada cual era libre de cortar su trigo en agraz, de dejarlo madurar y guardar el grano para la próxima siembra. Era realmente un rey filósofo, que hacía filosofía sin saberlo; y lo que muestra bien que era sabio sin haber aprendido sabiduría es el maravilloso caso en que pensó perderse, y su pueblo con él, por haber querido instruirse en las máximas saludables.

Ocurrió que un año, hacia el fin de la cuaresma, aquel buen rey mandó llamar a su mayordomo, que se llamaba Fripesaulcetus o algo parecido, a fin de consultarle sobre una grave cuestión. Se trataba de saber lo que comería Su Majestad el domingo de Pascua.

Da buena idea de lo que un lletraferit encontrará  en estas jugosas páginas. Anatole France, como recoge el traductor en su texto introductorio, lo captó de maravilla: “todos estos cuentos son raros o curiosos, de un sentimiento extraño, con una especie de magia de estilo y de arte”.

Es eso, sin más.

Con “El corazón de las tinieblas” de fondo

Fue un profesor de literatura, ya en la universidad, el que nos descubrió a Joseph Conrad a casi todos los alumnos de Periodismo de aquel curso. Encargó que compráramos “El corazón de las tinieblas” en la edición de Alianza y la estuvimos desmenuzando durante semanas. He vuelto un par de veces a leer aquel ejemplar lleno de notas y pliegues en las esquinas. El barco varado en el Thamesis en oposición al que remonta el río Congo, la civilización de la metrópoli londinense frente a la barbarie africana, el viaje hacia las fuentes del río que es en realidad un trayecto para descubrir de los fantasmas personales del capitán que se ha apartado del mundo, un viaje a lo desconocido de la naturaleza que se transmuta en un paseo por los abismos de la locura.

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Alguien comentó entonces en clase que “Apocalypse Now”, la personal versión de la guerra de Vietnam en la que Coppola se dejó la fortuna, la salud y casi la vida, era en realidad una adaptación de la novela de Conrad, trasladando la acción de continente y haciendo avanzar unas décadas el periodo narrado. Volví a ver la película y, aunque seguía disfrutando de los fuegos de artificio que son el ataque de los helicópteros al son de “La cabalgata de las walkirias”, el surfista que monta las olas que generan las bombas o el olor del napalm con el que dice gozar por las mañanas el personaje de Robert Duvall, ataviado con su sombrero del Séptimo de Caballería, concentré la atención en esa trama oscura, densa, bañada en sudor, locura y sangre. El recorrido hasta los dominios de Kurtz es uno de los hitos que han quedado en el imaginario para tratar de entender aquella guerra de Vietnam. Las canciones de la Creedence, preguntándose “quién pararía la lluvia”, como el tema de The Doors que sirve precisamente para abrir el film de Coppola, proporcionan también el fondo sonoro a una contienda sobre la que se siguen haciendo películas que aquí consumimos como si esa fuera también una guerra nuestra.

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El coronel Kurtz, en una fotograma de “Apocalypse Now” (imagen procedente de oldpicsarchive.com)

Cuando hace unos meses murió Robert Stone lo asocié enseguida a uno de los “libros peligrosos” que sugería Juan Tallón en su ensayo de Larousse Editorial. “Dog Soldiers” era la novela que había seleccionado de este escritor estadounidense, una obra de 1973 que no había tenido traducción al castellano hasta el año 2010, en una edición sobria, elegante y prologada con precisión por Rodrigo Fresán. Libros del Silencio, la editorial que la hizo posible, ya no existe (desgraciadamente).

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Durante la lectura frenética de esta novela me venían a la cabeza imágenes de “Apocalypse Now”. La historia la protagoniza John Converse, un periodista destacado en Vietnam que abomina de todo lo que ve ahí. Corrupción, falsedad, crímenes, la miseria humana en todo su esplendor. Enseguida se vuelve un descreído y decide hacer un pingüe negocio: aprovechando el viaje de vuelta a casa en un barco de la armada americana transportará tres kilos de heroína que venderá en su país. Su novia y un viejo amigo serán sus socios en la empresa. La realidad se impone, la codicia también y el supuesto negocio se puede ir al garete cuando la pareja de socios decide volar por su cuenta. Vietnam queda atrás y la novela se convierte en una especie de road movie por el sur de EEUU, un escenario y unas historias que después hemos visto en algunas obras de Don Winslow, por ejemplo.
En ese esmerado prólogo que hace Fresán de “Dog Soldiers” la mención a la película de Coppola aparece en la primera línea, y el recuerdo de Conrad sale pocos renglones después. Y es que el propio Robert Stone, después de dedicar su obra “Al Comité de Responsabilidades”, coloca un pequeño fragmento de “El corazón de las tinieblas”, que se puede tomar como un sorbo condensado del largo trago al que nos convida: “He visto el demonio de la violencia, el demonio de la avaricia, el demonio del deseo ardiente…”. Todos esos demonios son los que el lector teme encontrar en cualquier vuelta de la carretera que lleva a casa de Dieter, donde puede estar escondida la droga que se convierte en el eje del relato. Están en la balacera final y vuelven de Vietnam a un país que no se atreve a mirarse al espejo, porque está seguro de no entender lo que ve. Fresán recoge en el prólogo diversas declaraciones de Stone en entrevistas muy espaciadas en el tiempo, algunas contemporáneas al éxito de crítica y público que tuvo “Dog Soldiers” en la primera mitad de la década de 1970, otras bastantes cercanas a la actualidad, cuando su obra era conocida por otras novelas. “Vuelvo una y otra vez a la guerra porque me temo que la guerra vuelve una y otra vez a nosotros”, decía en 1985. Juan Tallón, al escoger “Dog Soldiers” entre el centenar de libros que hay que leer, decía que “no puedes actuar de espaldas a la realidad todo el tiempo, como si la fiesta no fuse a acabar y nadie apagase la luz ni la música” antes de recordar una charla entre el protagonista y una misionera en Saigón, que le dice: “siempre me ha sorprendido que, estando las cosas como están, la gente encuentre tan difícil creer en Satanás”.
Esos demonios a los que aludía Stone en el prefacio de su novela, tomando prestadas palabras de Conrad, están muy presentes en esta historia, como poblaban también los sueños y delirios de Kurtz (capitán en “El corazón de las tinieblas” y coronel en “Apocalypse Now”). La omnipresencia de la novela de Conrad en el hábitat que rodea a la novela de Stone se puede apreciar, de manera paradójica, en una crítica casi demoledora con que se encontró la versión en castellano cuando apareció en 2011. La firmaba Sergi Torres en Jot Down y en poco más de un folio no le perdonaba casi nada: “una gran novela primigenia que luego sería superada por todos sus sucesores”. Para acabar recomendando a sus posibles lectores que se entretuvieran mejor con… “El corazón de las tinieblas”.

Más sexo y menos poesía

La expectación que levantó el tráiler de “50 sombras de Grey”, deudora del éxito planetario de la novela homónima (primera parte de una trilogía con más sombras todavía), hizo que las secciones de Cultura de muchos medios desempolvaran otros títulos de “nivel literario superior”. La etiqueta de “porno para mamás” con que despacharon los libros de E. L. James tenía que tener un contrapunto de calidad, con títulos clásicos firmados por autores consagrados, para que así quedara bien claro que mostrar el sexo en la literatura es tan antiguo como el andar a pie y que las historias procaces han existido desde que alguien quiso alardear con lo bien que se lo había pasado jugando con lo que nos cuelga.

En estas recomendaciones culturetas no faltaban referencias a las “1.000 y una noches”, a los “Trópicos” de Henry Miller, al Decameron, a “La lozana andaluza” y a otros hitos de eso que a veces llaman “libros para leer con una mano”. En esta variada panoplia de lecturas calientes solía aparecer “El amante de Lady Chatterley”, todo un clásico de la infidelidad en el que además se puede encontrar una crítica a esa aristocracia decadente, rentista, clasista e hipócrita así como cierta denuncia de la sociedad británica rural, con minas de carbón a punto de agotarse y miles de obreros malviviendo mientras los amos hacían gala de indolencia al tiempo que les salían unos cuernos del tamaño de un fémur.

el amante de lady Chatterley

“Somos un par de guerreros maltrechos”, le dice la Lady ardorosa a su amante enfebrecido después de uno de sus polvos reconstituyentes, en la cama de él, abandonadas las incomodidades de los encuentros furtivos en la caseta del guardabosque. Además de haber creado un arquetipo, si algo puede sorprender de esta novela es la frescura de los diálogos o las descripciones de los vaivenes amatorios. No hay metáforas ni circunloquios y, cuando Clifford introduce sus dedos en los agujeros más recónditos de Connie, es así como se explica. La hipocresía de la que hace gala el lord cornudo e impedido se reserva para las reuniones sociales, aunque reconozca, sin remordimientos, que “hemos envenenado a las masas con un poco de instrucción”, “lo que ahora necesitamos coger son látigos, no las espadas” o “decir que las masas pueden gobernarse por sí mismas no es más que una pura farsa”.

Un “mal follao” resumiría un castizo, por oposición a la rebelde Lady Chatterley. Ésta, cuando atisba lo endeble que es su cautiverio social, deja atrás los convencionalismos, se lía con el empleado de marido, finge un matrimonio de conveniencia con un pintor mojigato y espera ansiosa que llegue el momento de escapar a la caseta del guardabosque para recuperar el placer que descubrió en su juventud de estudiante en Alemania. Para acabarlo de arreglar, un padre putero y libre de remilgos, la anima a seguir por la misma senda por él transitada.

obras completas de Sally Mara

Con un componente mucho menos dramático (más bien todo lo contrario), Raymond Queneau jugueteó con el sexo en tres novelas que atribuyó a Sally Mara, una especie de seudónimo que le sirvió para establecer un juego metaliterario con algún que otro colega del OuLiPo. Los de Blackie Books han reunido con el genérico y poco comercial título de “Obras completas de Sally Mara” estos tres relatos desopilantes, cada uno de su padre y de su madre., que se titulan por orden de aparición “Diario íntimo”, “Siempre somos demasiado buenos con las mujeres” y “Sally íntima”. En el primero conocemos a esa Sally, que quiere aprender gaélico y se va dando de bruces con una variopinta serie de hombres (y alguna mujer) que sólo piensan en lo único. En una Irlanda católica y cafre, Sally cuenta sus encuentros con el sexo opuesto (muchas veces enhiesto) como si se cayera de un guindo, y es delirante ese contraste entre su supuesta ingenuidad y la cazurrería imperante. La segunda novela todavía es más gamberra. Allí es una funcionaria de Correos, Gertie, la que se va pasando por la piedra a los integrantes de un comando del IRA que ha asaltado las oficinas postales. En la tensa espera hasta que las tropas británicas remonten el río para tomar la estafeta (comandadas, para más inri, por el prometido de Gertie), los fluidos corporales se irán liberando en medio de una sucesión de situaciones esperpénticas. Los aforismos del último libro de la trilogía culminan tan estimulante obra. El crítico Santos Villanueva recogía en El Cultural el que quizá mejor defina este divertimento de Queneau: “el humor es un intento de lijar la gilipollez de los grandes sentimientos”.

Completa esta terna erótica una autora habitual de tales recopilaciones: Anaïs Nin. Dice en un prólogo firmado en 1976 que fue un coleccionista cuadro décadas atrás el que, a razón de un dólar la página, le pidió a Henry Miller que le escribiera cuentos eróticos. Pronto el famoso escritor hizo partícipe a Anaïs Nin del encargo, al tiempo que las dificultades económicas de ambos –dice el prólogo de esta edición de Alianza– hicieron el resto. Nin empezó a recopilar historias que había vivido, ella o sus amigos, y también rehízo otras que le habían contado. El coleccionista le pidió “más sexo y menos poesía” y la autora se rodeó de sus amigos para suministrar al misterioso protector “tal cantidad de satisfacciones perversas que nos mendigaba más”.

delta de venus

En una apostilla de la introducción, Anaïs Nin señala que al elaborar los relatos se dio cuenta de que “durante siglos sólo habíamos tenido un modelo para este género literario: los textos de autores masculinos”. Ella proporcionó un lenguaje de mujer, “viendo la experiencia sexual desde la perspectiva femenina”. La quincena de relatos de “Delta de Venus” toca todos los palos: voyeurismo, pedofilia, prostitución, infidelidades, sexo rápido, penes diversos y penetraciones variadas… y lo hace con un lenguaje explícito en el que hasta se puede rastrear la poesía desdeñada por el coleccionista. Ricos en detalles, sin gazmoñerías, con nalgas que se abren, entrañas ardientes, bocas hábiles y penes de antología, las fantasías del coleccionista quedan satisfechas al tiempo que los lectores seguimos agradeciendo aquellos dólares tan bien invertidos.

D. H. Lawrence, Raymond Queneau y Anaïs Nin levantaron obras libres, divertidas o frescas que siguen vivas casi un siglo de que se publicara la primera de ellas. Es seguro que no podrán decir lo mismo esas “sombras de Grey” que tantos palos han recibido: de los críticos, por su poca calidad literaria; de las feministas, por su imagen de mujer sometida; de los pornógrafos, por quedarse cortas sus fantasías… Los sellos editoriales que han arreglado sus balances anuales a cuenta de los cientos de miles de ejemplares vendidos no han abierto la boca todavía, ni para lanzar gritos de gozo.

“La ciudad que se añora a sí misma”

Acabo de volver de Roma y ya estoy suspirando por volver. Es mucho más lo que dejé de ver que lo que pude visitar. Pisar espacios por los que había viajado tantas veces a través del cine o los libros de arte proporcionaba una sensación única que se mezclaba con el temor de no volver a vivir esa experiencia. Intenté cruzar mi mirada con los ojos del Moisés, me asomé desde el centro del Panteón al ojo que lleva dos mil años alumbrándolo, la compañía de miles de personas me impidió emocionarme en la Capilla Sixtina, intenté a empujones lograr una buena vista en algunas de las estancias de Rafael, dejé volar mi imaginación por las gradas del Coliseo, paseé como pude por la atestada Piazza Navona, me asomé casi en solitario a la Pietà de Miguel Ángel en la basílica de San Pedro y bajé por las escaleras de la Piazza Spagna.

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No logré ver ni el David de Bernini, ni los frescos de Il Gesu ni el éxtasis de Santa Teresa. Me encontré rodeada de andamios la Fontana de Trevi y pasé apresuradamente por la Columna Trajana, gocé desde Villa Borghese de la perspectiva que ofrece la Piazza del Popolo y recorrí muchas veces la Vía del Corso, errando sin más por una calle que se parecía a cualquier zona de compras de cualquier ciudad europea con una diferencia sustancial: bastaba con torcer a izquierda o derecha y uno volvía a pisar adoquines que han vivido historias durante cientos de años.

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Iba buscando por Roma algo que era imposible encontrar: el aroma de un tiempo que ya pasó pero con el que llevaba conviviendo en las últimas semanas, leyendo lo que en su momento debió de ser una guía de viaje antes de que el turismo de masas tomara por asalto cualquier rincón romano con motivos para ser visitado. Para visitar la capital italiana leí con fruición un libro que se escribió cuando Italia no existía tal como la conocemos hoy. Lo escribió un francés y lo organizó como una especie de diario, aunque fuera escrito en la distancia. Roma se convirtió así en un enorme decorado, muy vivo, sobre el que fue volcando sensaciones, prejuicios, muchas lecturas anteriores y las vivencias de más de un año de estancia en la “ciudad eterna”, que perdurará mientras quede un lector curioso y deseoso de dejarse conducir.

“La Cloaca Máxima (…) Qué pasión por lo útil tenían los primeros romanos.” “El Concilio de Trento ha creado la religión tal como la conocemos hoy. Los papas comenzaron a temer los escándalos causados por los cardenales y no metieron, en general, en el Sacro Colegio más que a los imbéciles de alto linaje. Ahora todo va mejor.” “Es casi imposible escribir sin recordar, al menos indirectamente, verdades que ofenden mortalmente al poder.” “Clemente XII era un papa que tenía dinero; le propusieron hacer el muelle del Tíber desde la Porta del Popolo al Ponte Sant’Angelo pero prefirió embellecer su catedral.” “En el Sacro Colegio la piedad era rara y el ateísmo bastante corriente.” Son cientos las frases lapidarias que aparecen en los «Paseos por Roma» de Stendhal. Tengo el libro lleno de subrayados, esquinas dobladas y anotaciones destacadas. Lo difícil es escoger unas cuantas que atrapen lo que ofrece esta obra: erudición, pasión por la belleza, devoción por el arte, ironía, comparaciones odiosas con su Francia natal, voluntad de servicio a los lectores… Esta edición de Alianza, en realidad una selección a cargo de Daniel García López, va acompañada de una breve introducción y una cronología que ayuda a entender esa devoción stendhaliana por Roma, donde vivió en diferentes etapas. Así pudo empaparse de la ciudad y sus habitantes y hablando con ellos dar alas a su vocación de errabundo que traslada magníficamente a sus páginas, más de 500 en esta edición.

paseos por roma  Paseos por Roma, Alianza, 2007

Esta peculiar guía llena de digresiones, cargada de vitriolo cuando habla de los muchos Papas que en Roma han sido, abundante en recomendaciones hoy imposibles de seguir –casi dos siglos después de que fuera escrita– es sobre todo un libro excepcional , que recoge plenamente aquel propósito de Richard Ford cuando incluyó en el título de una de sus obras a sus propios destinatarios: “los viajeros en casa”. Un libro para volver eternamente a él, como a Roma.

Fiel a un estilo bien diferente, el que su autor se labró en otras historias de Londres o Nueva York, Enric González hace un somero repaso a su etapa como corresponsal de El País en la capital italiana y reúne también unas «Historias de Roma», dado el éxito de sus columnas en el que entonces era su diario y los miles de lectores que rieron al tiempo que planeaban sus viajes por las ciudades donde González había ido ejerciendo sus corresponsalías. Publicadas por RBA y mucho más breves que las entregas dedicadas a otras ciudades, el registro de González no tiene nada que ver con el de Stendhal, pero tampoco es frívolo ni superficial. La habilidad del cronista para dotar a sus textos de eso que en el oficio se llama “ambiente” se combina con un estilo directo, fresco, cargado de ironía y con devoción por las historias cercanas, de personas normales y corrientes que siempre tienen algo qué explicar. Esta peculiar guía de González, leída por desgracia a la vuelta de Roma, mezcla anécdotas de Coppi y Bartali con chismes sobre Berlusconi, esboza la aterradora historia de Anna Fallarino (donde también acaba apareciendo Il Cavaliere), aborda la rivalidad entre la Lazio y la Roma, descubre el local que ofrece el mejor café del mundo, desgrana recuerdos de Alberto Sordi, detalla el lugar donde fue asesinado Aldo Moro, glosa la habilidad de Paloma Gómez Borrero para moverse por el Vaticano, relaciona las oscuras finanzas del Banco Ambrosiano con la trama que aparece en la tercera entrega de El Padrino… Sazona sus “historias de Roma” con pequeñas cuitas cotidianas, explica su condición de inquilino en un palacio y el lector devora en un suspiro un libro que se antoja muy corto, con muchos hilos que podrían haber seguido enredándose para disfrute del respetable.

historias de roma Historias de Roma, RBA, 2010

No terminaré aquí mi viaje a Roma. Me espera, y lo postergo con el propósito de alargar este estado de encantamiento, el libro que acaba de publicar otro ilustre viaje: Javier Reverte. Tiempo habrá para hablar de él.