Oliver Twist en Bahía

Aquí tenemos devoción por Jorge Amado, parecida a la que sentían por Faulkner en el pueblo de Amanece que no es poco. Aún nos quedan historias suyas por leer, pero ya deben de ser pocas. Es literatura necesaria para ahuyentar momentos de tristeza. Algunos dirán que es frívola, menor, desmañada, mero entretenimiento. Y algo de razón tendrán. Pero contagia la alegría de vivir, disipa las nubes más oscuras, es un canto al deseo y los sentidos, divierte, hace reír y por unas horas nos traslada a alguna de esas ciudades brasileñas de Bahía, que nos llenan la casa de luz y todo empieza a oler a especias, a peces asados de nombres musicales, a cachaça y a sexo.

Alianza es la editorial de Jorge Amado en España y últimamente va reeditando sus novelas con unas cubiertas preciosas de Manuel Estrada. Hace poco ha salido, con la traducción que Basilio Losada hizo en 1995, una novela breve de título llamativo: “De cómo los turcos descubrieron América”. Lo mejor, más incluso que la historia que se narra, es el prólogo del autor, en el que explica que la novela surgió de un encargo que le hicieron desde Italia para celebrar en 1992 el famoso “Quinto Centenario” del descubrimiento de América. Un encargo conjunto a Norman Mailer, Carlos Fuentes y el propio Amado para que escribieran sendas novelas en inglés, español y portugués, que se deberían haber editado en un solo volumen con su traducción al italiano. El libro nunca vio la luz pero Amado hizo algo así como un “spin off” y desarrolló en esta historia un personaje  que venía de otra novela.

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Esta narración menor, en tamaño y en alcance literario, lleva dos “co-títulos” que desvelan hasta el final de la historia, pero eso es lo de menos: “De cómo el árabe Jamil Bichara, desbravador de selvas, de visita en la ciudad de Itabuna para aliviar tristezas, ganó allí fortuna y casamiento”, es uno de los títulos alternativos. El otro es más sucinto: “Los esponsales de Adna”. Actualmente, algunas de las palabras puestas en boca de los personajes no aguantarían un embate en las redes sociales. Uno cualquiera de esos que cogen el rábano por la hojas diría que Amado es un machista recalcitrante por describir “la ley imperante”, por la que “a la esposa, el ciudadano la ha de tratar con miramientos, para tener hijos con ella, cumpliendo un deber sagrado; para fantasías, indecencias y porquerías, están las putas”. Hay otros pasajes que no pasarían el tamiz de lo políticamente correcto: “Adma, para curarse, precisaba de inmediato dos remedios: el rabo y una buena tunda, en dosis generosas”.

Lo ocurrido a dos inmigrantes (uno sirio, el otro, libanés; ambos “turcos” para el habla de la gente), llegados a Brasil en busca de fortuna, es el hilo conductor de esta historia con todos los componentes de la literatura de Amado, aunque sea en dosis homeopáticas.

De más enjundia es el otro novelón que ha publicado Alianza, “Teresa Batista, cansada de guerra”, sin editar desde 1983, y que apareció originalmente en 1973. Fue un éxito que superó incluso a novelas anteriores de Amado, como “Doña Flor y sus dos maridos” o “Gabriela, clavo y canela”. Según el colofón que puso el propio autor, le llevó de febrero a noviembre de 1972 montar esta historia que parece la traslación a Bahía de las desventuras (más que aventuras) londinenses de Oliver Twist. Organizada en cinco apartados, y más de 600 páginas, cada título de capítulo es un auténtico spoiler. “La muchacha que sangró al capitán con el cuchillo de cortar carne seca” o “La noche que Teresa Batista durmió con la muerte” son dos ejemplos de esos que no dejan dudas del final del trayecto pero que también invitan al lector a perderse por los vericuetos del recorrido.

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La sensación durante la lectura puede ser de aturdimiento, con repeticiones que parecen más fruto del despiste que de una voluntad de estilo, con viajes al pasado quizá innecesarios, con un narrador que se inmiscuye en el relato para aleccionar: “no intenten decir que fue inocente, por favor, no digan que fue víctima de las circunstancias, no digan que fue engañada al tomar al capitán por un ser humano”.

Hay otros momentos en los que a Amado le puede la vena comprometida. Recurre a la cursiva, se sale del relato y explica, por ejemplo, la dureza cotidiana de la vida de las putas, helándonos la sonrisa que parecía provocar la huelga convocada por “las hermanas prostibularias”: “cuando una puta se desviste y se echa para recibir a un hombre y darle el supremo placer de la vida a cambio de una escasa paga, ¿sabe, ilustre combatiente de la justicia social, cuántos están comiendo de esa escasa paga? El propietario de la casa, el arrendatario, la celestina, el comisario, el gigoló, el poli, el gobierno. La puta no tiene quien la defienda, nadie se levanta por ella, los periódicos no dedican ni una columna a describir la miseria de los prostíbulos, es asunto prohibido”.

La narración es sobre la mala suerte de Teresa Batista, puteada desde la infancia por un déspota, tratada como una reina de manera efímera por un ricachón enamorado de su belleza sin igual, huelguista en una protesta sin sexo, desesperada mientras aguarda a un marinero sin hoja de ruta clara. Semejante folletín tiene todo lo que nos gusta de los libros de Amado: sabor, color, olor y buen humor. Casi al final hacen un cameo dos cantantes, Caetano y Gil. Sí, son ellos, hace 46 años ya estaban por ahí. Caetano Veloso y Gilberto Gil, toda una metáfora de lo que nos ofrece Amado: melodías quedas para explicar historias duras, mezcla racial y estampas bahianas.

El propio Amado ironizaba en el prólogo antes citado: “se trata de una demostración más de que soy un novelista limitado y repetitivo, de acuerdo con la opinión corriente y expresa de los nobles señores de la crítica nacional. Opinión manifestada y repetida, sólo la transcribo para mostrar mi acuerdo con ella”.

Nos importa poco. Esperaremos la próxima reedición de otra novela de Amado. Son de hace años, pero aún no las hemos leído todas.

 

 

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¿Quién mató a la agente?

Marcelo Chiriboga fue la aportación ecuatoriana al “boom”, un movimiento literario que cada vez tiene más detractores y en el que cada casi país de Latinoamérica tuvo su escritor: el colombiano García Márquez, el peruano Vargas llosa, el mexicano Carlos Fuentes, el chileno José Donoso… Chiriboga se enfrentó a los fantasmas de la historia de su país, en especial la guerra que sostuvieron sus paisanos con el Perú, en una novela titulada La línea imaginaria. Fue glosado por sus colegas Donoso y Fuentes, protagonizó el documental Un secreto en la caja (estrenado hace un par de años en Madrid) y ahora vuelve a estar de relativa actualidad porque aparece como secundario en otra novela, esta vez del peruano Jorge Eduardo Benavides.

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La obra, titulada “El asesinato de Laura Olivo” y publicada por Alianza, fue galardonada hace unos meses con el premio Fernando Quiñones y tiene el aliciente añadido (para los letraheridos) de que desarrolla su negra trama en el mundillo editorial, con el asesinato de una agente literaria. Entre tantos escritores y agentes no es extraño que encuentre su espacio el mencionado Chiriboga, o mejor dicho, su viuda.

Y eso que tiene algo más que mérito enviudar de alguien que no existió, salvo en la imaginación de un grupo de escritores que fueron haciendo la pelota más y más grande, hasta el punto de que hay libreros en Ecuador molestos con esta pantomima, cansados de que aparezcan lectores que les llegan pidiendo la obra canónica de Chiriboga. Esa broma que empezó hace unas décadas, con sendas novelas de los mencionados Donoso y Fuentes, no se quedó solo en el escritor. Hubo toda una galería de personajes ficticios, con rasgos fácilmente identificables en personas reales, que en algunos casos crecieron y habitaron en otras obras. Fue el caso de la agente Nuria Monclús, en la que se podía intuir como mínimo el aspecto físico de Carmen Balcells. De la historia que noveló José Donoso en “El jardín de al lado” saltó la agente del “Boom” a otra donde no salía muy bien parada. Se titulaba “Sudor”, era de Alberto Fuguet, otro chileno del que hablamos aquí, y también tenía como protagonistas a uno de esos popes de la literatura americana. En esta entrevista el propio Fuguet lo explica con pelos (y nunca mejor traído) y señales.

Como la ficción no tiene nada que envidiar a la realidad, la Monclús tuvo una hija, Clara, que también se acabaría convirtiendo en agente literaria y, por qué no, acabaría recalando en otra novela, la referida de Jorge Eduardo Benavides, la que cuenta una serie de asesinatos con el mundo literario como telón de fondo. En esta especie de juego de espejos que ya se antoja infinito la Monclús hija tiene un papel protagonista, en una obra coral con una treintena larga de personajes, que van descubriendo al público sus coartadas (o esconden las pruebas que les incriminan) de manera simultánea a que las conozca el Colorado Larrazábal, un personaje pintoresco: vasco de origen, peruano de nacionalidad, de piel negra (por eso lo de “colorado”, para más lío), afincado en Lavapiés y con verdaderos problemas para volver a su país, del que salió por patas, tras investigar a un político del régimen de Fujimori.

“El asesinato de Laura Olivo” es una novela entretenida, con una trama enrevesada que se va desplegando sin darle un respiro al lector. Hay una historia de amor que discurre a la par que avanzan las pesquisas de Larrazábal, con viajes de Madrid a Barcelona incluidos. Casi nadie es lo que dice ser y laten sentimientos de venganza, rencores profesionales, afán de protagonismo y un punto de esnobismo. Los guiños al mundillo literario habrán propiciado que más de uno busque las claves de una novela que esconde, seguro, algún dardo envenenado. El hecho de que el mencionado Chiriboga tenga cierto protagonismo, con cameos como el de Jorge Edwards o el de un escritor de best sellers al que cada uno le pondremos una cara y un apellido salpìmentan esta historia que seguro proporcionó al autor un montón de buenos ratos, intentando limar las aristas de algún escritor demasiado reconocible, deseando que alguna agente literaria se llevara un buen susto, quizá no tan drástico como el que se lleva Laura Olivo.

¿Piensa usted como Churchill?

Lo imagino con el pelo revuelto, la cara iluminada por la pantalla del ordenador, riendo por lo bajini mientras deja ir otra salvajada. Le da a la tecla de salto de página y empieza otro capítulo. Tiene que consultar sus notas, que seguro son muchas. Cotejar algunas citas, confirmar una fecha, anotar la procedencia de un dato. Escribe desde la admiración, pero sabe que la suya no será una obra canónica, que para llamar la atención de los lectores ha de epatar, tiene que salirse del academicismo y montar un reportaje largo, muy largo, porque el personaje se las trae.

Boris Johnson, alcalde de Londres durante ocho años, es ahora mismo el ministro de Exteriores del Reino Unido, el que está en las bambalinas del Brexit. Fue periodista antes que político, amante del mundo clásico (dicen), y ofrece una imagen peculiar, montando en bicicleta por la ribera del Thamesis, con el flequillo absolutamente desmadejado. Es admirador sin fisuras del político británico más importante de su historia, Winston Churchill. Y se consagró a glosar su figura en una biografía que es un ditirambo, así, sin más. De un personaje con tantas dobleces, tránsfuga de sí mismo en más de una ocasión, el hoy jefe de la diplomacia británica apenas entrevé algunas sombras y despacha con trazo grueso las posibles críticas que se puedan hacer a un hombre como Churchill, que pisó casi todos los charcos y no se arrugó ante nada.

Hace un par de años Alianza Editorial publicó “El factor Churchill”, con el elocuente subtítulo “Un solo hombre cambió el rumbo de la Historia”. El año recién terminado vio cómo aparecía en versión bolsillo la misma obra, con el mismo acompañamiento gráfico. Fotografías curiosas de un hombre que estuvo en las dos guerras mundiales, alumbró algunas de las instituciones clave del mundo que habitamos, “dejó sus huellas dactilares en el mapa de Oriente Medio”, acuñó frases memorables y sigue siendo guía y faro de políticos de todo pelaje, desde los más bienintencionados hasta los cínicos más desacomplejados (por aquí tenemos un ex con bigote desleído que presume de seguir sus directrices).

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Boris Johnson escribe sobre Winston Churchill sin ocultar su rendida admiración. Hay páginas en esta biografía que rozan el sonrojo si no fuera por el desacomplejado planteamiento que desde la primera página hace patente su autor. Churchill fue periodista, como Johnson, y escribió (dice este último) “más palabras que Shakespeare y Dickens juntos”. Recibió el Nobel de Literatura en 1953 y antes las posibles críticas ante semejante premio, Johnson se queda bien ancho: “veamos la lista de quienes obtuvieron [el galardón]. Comediógrafos japoneses de vanguardia. Latinoamericanos marxisto-feministas. Exponentes polacos del poema concepto. Todos ellos poseen su mérito, cada cual a su modo, pero muchos de ellos tienen bastantes menos lectores que Churchill”.

Cuando unas páginas después contrapone a su biografiado con los nazis, Johnson dice que “no había más que mirar a Churchill para captar la vital diferencia entre su modo de vida y la seriedad, la pomposidad, la uniformidad tremebundas de los nazis. Nunca olvidemos que Hitler era abstemio, padecía esa malformación que explica muchas de sus desgracias”. Y casi al final de su estudio, argumentando acerca de los afanes de Churchill para favorecer el nacimiento del estado de Israel, disculpa que hubiera recibido “muy sustanciosas donaciones” de banqueros y financieros judíos: “es totalmente cierto que las finanzas personales de Churchill no superarían hoy el examen de los medios. […] Sí que aceptó dinero de aquellos hombres, a veces en cantidades considerables. Pero aquellos tiempos eran muy distintos […] y no era en modo alguno insólito que los políticos recibieran apoyo financiero de sus admiradores”. Y se queda tan ancho.

No es extraño que en una reseña del libro que apareció en The Telegraph su autor dijera que  esta biografía se lee como “una mezcla de los Monty Python y las Horrible Histories”. El tono exagerado de muchas comparaciones, la indulgencia con que se justifican errores tremendos que provocaron miles de muertos (como el hundimiento de la flota francesa anclada en Orán en la segunda guerra mundial en julio de 1940, para impedir que pudiera ponerse del lado de Hitler) o el cinismo con el que alaba a Churchill en su deseo de construir una Unión europea (la misma que ahora quiere abandonar su país, con el propio Johnson a la cabeza) obliga al lector a enarcar las cejas muchas veces durante la lectura de este libro. Que es muy recomendable, sin embargo.

Johnson escribe con un tono periodístico, dicho sea sin ánimo peyorativo. Capítulos no demasiado largos, cargados de citas de Churchill o sus contemporáneos (tan pródigos en ellas), con anécdotas que si no son ciertas se amoldan perfectamente al relato. Esa condescendencia que se marca el biógrafo concuerda con el estilo de vida del personaje: goloso, ingenioso, bon vivant, fumador empedernido, noctámbulo, bebedor, arriesgado hasta resultar temerario, descendiente de nobles que sabía que había que darle al populacho lo necesario para que no despertara de su pesadilla y empezara a pedir responsabilidades…

 

Churchill dejó términos para la posteridad (Oriente Medio, Telón de Acero, Cumbre) y frases que se convirtieron en auténticos clichés: “Sangre, sudor y lágrimas”, “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”, “Combatámoslos en las playas”… Su memoria prodigiosa dicen que le permitía improvisar discursos que pasaban a la Historia por su erudición y organización, su ingenio posibilitaba respuestas que se han convertido en chistes: como cuando le dijo a una mujer fea que le reprochó su borrachera que a él al día siguiente la cogorza se le habría pasado pero ella no podría decir lo mismo.

Este libro se lee con gusto precisamente por eso, porque abunda en detalles pretendidamente jocosos. Churchill fue un personaje exagerado que dictaba sus textos desde la bañera, después de cenar, con varias botellas de distintos licores en el cuerpo y fumándose los puros que son indisociables de su imagen. Fue un hombre que se jactaba de haber acabado con la vida de varias personas, de manera directa. Y que no podía ocultar que algunas de sus decisiones en los conflictos en los que participó causaron miles de muertes. Hizo discursos antológicos, se reunión con los mandamases de su época (de Roosevelt a Stalin o De Gaulle) y de aquellos polvos vienen algunos de nuestros lodos.

Aproximarse a su figura de la mano de un admirador como Boris Johnson es una manera entretenida de empezar a atisbar sus claroscuros. Para los más atrevidos, el ínclito ministro de Exteriores británico propone visitar una web y comprobar hasta qué punto podemos pensar igual que Churchill.

Curioso experimento.

Literatura más allá de generaciones

“Los milenials han revertido las tendencias juveniles que comenzaron en los años sesenta. Han disminuido las ratios de delincuencia juvenil; fuman y beben menos, y ha descendido el número de embarazos entre adolescentes. (…) Nunca hemos visto una generación tan cercana a sus padres”. Las comillas pertenecen a un estudio titulado Millennials Rising: The Next Great Generation, y lo cita Mar Abad en un libro interesante y muy entretenido que se titula “De estraperlo a postureo”, del sello Vox, el de los diccionarios de toda la vida. Esta obra quiere demostrar que según las palabras que utilicemos denotamos en qué año hemos nacido, más o menos, a qué generación pertenecemos. Y repasa un siglo de España, en una especie de manual (muy ameno) de sociología disfrazado de estudio léxico y lingüístico (muy divertido).

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Se citan cinco generaciones, la “silenciosa” (nacidos antes de la guerra civil); los baby boomers (nacidos en plena posguerra);  la Generación X (los que aparecimos con el desarrollismo y la transición); los milenials, que llegaron con una pierna en cada siglo; y la Generación Z, que apenas es comentada porque todavía está creando ese léxico que permita a los habitantes del futuro asociarla a un tiempo y unas circunstancias.

El libro evidencia un notable trabajo de documentación, que la autora parece haber trabajado con deleite: preguntas a los mayores, visionado de horas y horas del archivo de TVE, películas viejunas, canciones de la Movida, coplas, diccionarios muy variados y muchas búsquedas en la red. Todo vale para montar este trabajo que cada uno disfrutará en mayor medida cuando se vea reflejado en la generación a la que pertenece. La identificación con el mítico programa ¿infantil? La bola de cristal explica las canas que nos adornan, por ejemplo. La lectura de las páginas dedicadas a los años del estraperlo ayuda a entender por qué también las palabras parecían ser grises, en consonancia con la tristeza y las fotos en blanco y negro que nos explican qué pasó en la guerra y después de ella. Y al leer sobre los milenials he recordado enseguida una publicidad de Alianza Editorial que vi hace poco en una librería, que se preguntaba abiertamente: “¿existe una literatura para milenials?”.

Por eso abríamos este texto con esa definición tan dura de esta generación, que todavía ahondaba en vituperios: “son sorprendente convencionales en sus valores sociales y culturales”. Ronja von Rönne, nacida en 1992, es una autora de esta colección de Alianza y en el folleto mencionado dice: “éramos la mejor protegida y más depresiva de todas las generaciones. Era nuestra hiperreflexión neurótica, el continuo preguntarse por el papel propio, la maniática dedicación a nosotros mismos, el tiempo que se abría ante nosotros desierto e infinito, y el aburrimiento incierto de nuestras arenosas”. Tengo un novela suya por leer titulada “Ya vamos”, “un libro radical sobre el dolor de crecer y el poliamor”. Esta última es justamente una de las palabras que según Mar Abad definen a esta generación, como lo son precariado, selfi, posverdad, sexting, meme, hípster y pagafantas, entre otras.

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Y acabo de terminar precisamente otra novela de esta misma colección, sin saber que tenía por target a los milenials. En este caso es de una autora francesa, Élisa Shua Dusapin, también de 1992, que ganó varios premios con esta, su primera obra publicada. Se titula “Un invierno en Sokcho” y su morosa narración se desarrolla en una pequeña ciudad portuaria de Corea del Sur, muy cerca de la frontera con su temido vecino del norte.

Pocas páginas para una historia en la que la joven protagonista ejerce de recepcionista en un hotel de una ciudad de veraneo en la que no hay un alma en pleno invierno. Hasta ahí llega un francés, Kerrand, que rompe con la rutina del lugar. Es un viñetista que está preparando una nueva novela gráfica y despierta el interés de la protagonista, que se ofrece al huésped para acompañarlo en sus breves viajes de documentación.

Ese tedio cotidiano está descrito con una precisión que sorprende por la economía de medios de la narradora, que estructura el relato en breves secuencias de pocas páginas. Su relación con un novio que cambia de ciudad, las visitas a su madre, el día a día en un hotel decrépito se van mostrando con aparente sencillez, parece que se vayan fundiendo con la novela gráfica que está levantando Kerrand. La narradora describe ese cómic que aparece ante sus ojos y el contorno se difumina con la novela que nosotros estamos leyendo: “Era un lugar sin serlo. Esos sitios que toman forma en el instante en que pensamos en ellos, luego se disuelven, un umbral, un paisaje, allá donde la nieve que cae tropieza con la espuma y una parte del copo se evapora mientras la otra se une al mar”.

Un milenial igual se reconoce en ella, ¿por qué reservarle ese gusto solo a esta generación?

Una historia triste, a pesar de Amado

Cuando hace unos años mi padre estuvo ingresado en el hospital durante unas cuantas semanas, iba a verlo todos los sábados y siempre lamentaba, ya en el tren, haber olvidado otra vez llevarle un libro de Jorge Amado, para hacerle la convalecencia más entretenida y, sobre todo, más alegre.

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Hace poco, volvió a caer enfermo y esta vez no dudé: en el primer viaje metí en la maleta “Doña Flor y sus dos maridos”, en una edición de bolsillo de Alianza que casi hay que quebrar por el lomo para hacer menos esforzada la lectura. Durante una temporada febril me dediqué a leer sin pausa todos los títulos que había en esa colección mítica de Alianza: “Gabriela, clavo y canela”, “Cacao”, “Capitanes de la Arena”. Seguí con “Sudor” y “La tienda de los milagros” y aún se me debió de quedar alguno, menos conocido. Hay relatos que embrujan a uno sin saber muy bien por qué. Es imposible hablar de los libros de Jorge Amado sin apelar a la sensualidad, al vitalismo, a esos olores a comida que parecen emanar de las páginas, a la fragancia de las especias o de las flores, y al buen humor, sobre todo al buen humor. La crítica lo ha considerado habitualmente un autor menor y (creo que era en el especial que le dedicó la revista Turia) alguien dijo que con ese nombre y apellido parecía un señor de Cuenca y no el escritor brasileño que es, con las calles y las playas de Salvador de Bahía omnipresentes en casi toda su obra.

Durante muchos años le iba pasando libros a mi padre, lector ferviente desde muy joven a pesar de no haber podido frecuentar mucho la escuela ni haber tenido demasiado tiempo para leer, enfrascado como estaba en trabajar para sacar adelante una familia numerosa. Me decía una vez que le pilló el gusto a la lectura en esas novelas de vaqueros que se cambiaban (por no decir alquilaban) en los kioscos de los pueblos en los años sesenta. Luego accedió a las “Selecciones” del Reader’s Digest y ahí debió de descubrir que había muchos temas y muchas tramas por descubrir, y ya nunca dejó de picotear. Como yo soy un lector caótico empecé a hacerle partícipe de los libros que iban cayendo en mi zurrón, y tan pronto estaba con uno de Vargas Llosa como se adentraba en un estudio sobre la Guerra Civil o unos cuentos del Pirineo. En la mesilla de noche siempre había un libro. En los últimos años le he ido llevando de todo: “Los millones”, de Santiago Lorenzo (Blackie Books); las memorias de Tony Leblanc, las de Iñaki Anasagasti, algunas de las novelas policiacas de Andrea Camilleri (que devoró en un santiamén), el relato de las salvajadas que tuvieron que aguantar los habitantes de Jánovas, amenazados por un pantano que nunca llegó a llenarse; la epopeya de los obreros que hicieron posible la estación internacional de Canfranc, el “Victus” de Sánchez Piñol o el “Valor” de Clara Usón, que comentamos aquí en su día.

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Nada más leer “El balcón de invierno”, de Landero, también quise compartirlo con él. Y debí de dejarle algún otro en el mueble de la sala donde se ponía a pasar página tras página, cada vez más encorvado, pero siempre con el mismo gesto ensimismado durante la lectura, hasta que levantaba la cabeza, medio abstraído todavía, con el semblante serio y la mirada perdida, como si necesitara desconectar de la realidad en la que estaba inmerso para afrontar una pregunta de mi madre o un requerimiento de alguno de sus nietos. Jubilado como estaba, desde hace unos años los libros le duraban poco.

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Mi padre no se recuperó de la enfermedad que le llevó al hospital hace unos meses. Uno de mis hermanos se encargó de recoger las pertenencias que habían quedado en el armario de la habitación donde pasó sus últimos días. Ahí estaba el libro de Jorge Amado, no llegó a abrirlo. Al final, no le quedaban fuerzas ni para pasar las páginas del diario. Cuando terminó la ceremonia donde lo despedimos y nos volvimos al piso familiar las tres generaciones que tanto lo añoramos ahora, vi en una estantería unos cuantos volúmenes tumbados. Ahí estaba el inconfundible lomo verde y amarillo de “Doña Flor y sus maridos”. Había otros, y destacaba un novelón de esos de tapa dura y sobrecubierta. Había una marca entre sus páginas, una hoja de esos calendarios a los que cada día se le va quitando una capa, porque era así como le gustaba señalar dónde se quedaba.

“Es el que estaba leyendo papá”, me dijo uno de mis hermanos. Y entonces vi, de manera desgarradora, todo lo que había quedado a medias.

Cuentos de antología

Durante algunos años me dediqué profesionalmente a buscar fotos para ilustrar obras enciclopédicas. En la era pre-internet no resultaba sencillo localizar según qué personajes. O habían dejado poco rastro gráfico o allá donde había una foto en blanco y negro, desvaída, tampoco era fácil acceder, por las distancias físicas, por el coste de una simple llamada telefónica, por el material en el que estaba guardada o por las transformaciones que necesitaba para acabar impresa en una hoja de papel de lo más normal y corriente.

No hace tanto de esto, bastante menos de veinte años, y ya suena a batallita del abuelo Cebolleta. De aquellas búsquedas me quedó el recuerdo de un par de escritores especialmente escurridizos, con nombres de pila bien sonoros, quizá para compensar apellidos tan convencionales: Felisberto Hernández y Macedonio Fernández. Al primero no logré ilustrarlo, al otro sí, con una foto tramada que parecía rescatada de algún recorte de periódico.

Me he encontrado con ellos (y con Roberto Arlt, que también me provocó quebraderos de cabeza hasta que conseguí un retrato suyo que se ha convertido en canónico, en una rotunda combinación de luces y sombras en la que destaca un mechón del flequillo con caída a la derecha), digo que los he encontrado a todos juntos en un libro que parece la carta de un restaurante de postín, por la salivación que produce dar una lectura somera al índice. Lo acaba de reeditar Alianza (la primera aparición es de 1992) con una cubierta de Manuel Estrada que tiene algo de poema visual.

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Esta recopilación de narraciones breves hispanoamericanas, escritas en el siglo XX, se presenta en dos volúmenes, con introducción y biografías de José Miguel Oviedo, que también es el responsable de seleccionar la cuarentena de voces. Explica el antólogo que esta “lectura personal de un repertorio de obras” es una selección de “los cuentos que mejor muestran la diversidad del género” en el siglo que se fue, como preparándose para recibir las primeras quejas de los que echen en falta a este u otro autor. Puede sorprender encontrar textos de escaso recorrido de autores que no nos suenan de nada, cada cual echará en falta a alguien, ya sea Eduardo Galeano, Cabrera Infante o unas cuantas mujeres más.

Establece Oviedo una clasificación en cuatro apartados, bastante bien fundamentados los tres primeros, que se deshilacha al final, cuando el cuarto capítulo agrupa los textos con un vaporoso epígrafe: “Otras direcciones, desde el boom”. Con el boom como protagonista estelar el segundo volumen (que tiempo habrá de comentar) acoge una selección de vacas sagradas de las que hemos leído casi todo, y que han sido reconocidas con todo tipo de galardones: hay no menos de 3 Nobel de literatura, muchos premios Cervantes y hasta un par de mujeres: Elena Poniatovska y Rosario Ferré.

En el primer volumen están los escritores agrupados dentro de la tradición realista, “criollistas, indigenistas y neorrealistas”, por un lado; y los innovadores, por otro, con espacio para el “cuento fantástico, vanguardista, especulativo y humorístico”. En todos ellos encontrará el lector acicates para profundizar, para buscar más. Los comentarios biográficos de José Manuel Oviedo son muchas veces de una sutileza clarividente. Dice, precisamente de Macedonio Fernández, que era “un maestro en el arte de estar siempre en otra parte”. Al describir el gusto rutinario de los oficinistas colombófilos que protagonizan un cuento del uruguayo Carlos Martínez Moreno, recupera un fragmento que explica que “los condenados a galeras se juntaban a remar, una vez libres”. Se desprenden ciertos prejuicios en los perfiles de algunos autores (por ejemplo, la defensa del castrismo por parte de Benedetti) al tiempo que se soslayan episodios oscuros de otros, como los vaivenes pinochetistas de Borges. No obstante esto, la contextualización de los relatos seleccionados en el conjunto de la obra de cada escritor está lograda y hay aseguradas unas cuantas horas de felicidad lectora. Dos cuentos míticos de Borges (Funes el memorioso y El Aleph) ejemplifican esa “literatura al cubo” del argentino; otro escrito al alimón con su compadre Bioy Casares sirve para recuperar a H. Bustos Domecq, escritor falso de relatos bien ciertos, aunque basados en una concatenación de juegos literarios.

Son imperdibles otros textos de difícil localización, como el despiadado Pequeños propietarios, de Roberto Arlt; el onírico El balcón, de Felisberto Hernández, o el demoledor relato del puertorriqueño José Luis González, titulado En el fondo del caño hay un negrito. Y así hasta completar 400 páginas. Que se leen de un tirón y quedan revoloteando en la memoria, como las fotos de ese álbum que uno no sabe si volver a mirar o mejor dejará reposar en un cajón, a la espera de olvidarlo para volver a descubrirlo.

De países inexistentes y vidas imaginarias

Cuando El Pequeño Larousse celebró el centenario de su aparición en español incluyó en las guardas las banderas de los países que existían en 1912, en recuerdo de la primera vez que se tradujo al español. Fue curioso ver que la bandera de China, antes de ser comunista, casi llevaba los colores del arco iris; que las enseñas de Andorra, Gran Bretaña o El Salvador eran sensiblemente diferentes a las actuales, y que sólo un siglo atrás existían Persia, Siam o Zanzíbar, además de Serbia y Montenegro, que se unieron más tarde para acabar divorciándose.

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Me he acordado de aquel ejercicio de nostalgia al pasear por los territorios recogidos en el “Atlas de países que no existen” (Geoplaneta, 2016). Lo firma Nick Middleton, un catedrático de Geografía de la Universidad de Oxford que ha ocupado unos cuantos años en registrar “una cincuentena de estados no reconocidos y en gran medida inadvertidos”. El libro está editado con mimo, con un ojo de buey en cubierta que anticipa el alarde de diseño del interior, donde cada “país inexistente” se presenta troquelado sobre el mapa del territorio que lo acoge oficialmente. En su académica introducción Middleton va explicando los criterios que han regido históricamente para determinar qué país puede lograr el reconocimiento como tal, con todas las salvedades existentes. Comenta lo que cualquier guerra pone en evidencia casi a diario, que el mapa político del mundo no es estático, que vivimos en “un mundo que fluye”. Recupera la manoseada cita de Max Weber de que un estado existe “cuando alguien tiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza sobre un territorio”. Salen a relucir la ONU, los efectos de la colonización de África, el conflicto cotidiano de Israel y Palestina y otros temas y subtemas que son consustanciales a las cuestiones fronterizas.

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El libro se organiza en capítulos de cuatro páginas, en los que el autor ofrece información concisa sobre cada país además de mostrar el efecto cartográfico antes mencionado. Agrupados por continentes, imagino que cada lector echará en falta alguno o entenderá que sobran países de los que aparecen. Está Cataluña pero no Escocia, aparece el Tíbet pero no el Kurdistán. En cualquier caso, la variada tipología de territorios geográficos sin el label político merece las horas que puede ocupar esta entretenida lectura. Por ejemplo, en medio de Copenhague hay una comuna hippy que tiene de plazo hasta 2018 para tomar o dejar la oferta del gobierno danés de comprar el tercio de kilómetro cuadrado sobre el que se asienta. El mismo gobierno tiene otro frente abierto, esta vez de 2.000.000 de km2, llamado Groenlandia. Cuenta Middleton que en 2009, para celebrar el autogobierno, las autoridades de la inmensa isla arponearon un par de ballenas que proporcionaron comida a toda la población, unas 40.000 almas.

En este libro aparecen, por razones bien diferentes, el reino de Redonda (en las antillanas islas de Barlovento), donde los literatos se reparten todo tipo de títulos nobiliarios con Javier Marías como monarca; la República Árabe Saharaui Democrática, condenada a la indefinición por la desidia española y por la abundancia de recursos naturales, demasiado rica para que la dejen caminar sola. Hay nombres de resonancias míticas (La Araucanía) o gamberradas diplomáticas –como la República Turca del Norte de Chipre– que provocarían sonrojo de no ser por las muertes que ha ocasionado. Y se van sucediendo curiosidades como la Antártida, la república rebelde de Abjasia, en Georgia, una isla con 23.000.000 millones de habitantes como Taiwan y otra mucho más pequeña y misteriosa como Rapa Nui. Lo mejor queda para el colofón, un verdadero país inexistente a caballo de varios océanos, que mantiene disputas con al menos 16 estados “reales” y que tiene una población acumulada de 67 habitantes. Su capital es Cyberterra.

En un lugar tan peculiar y fluctuante se hallarían como en casa algunos de los personajes que retrata Marcel Schwob con su precisión de cirujano. Hablábamos de él hace bien poco y seguimos devorando con deleite sus libros concisos. En “Vidas cruzadas” (recién editado por Alianza) es capaz de sacar petróleo de un puñado de datos llegados en voz baja de la noche de los tiempos. Si El Pequeño Larousse (por volver al argumento de inicio) despachaba a Eróstrato con un lacónico relato: “pirómano efesio que para inmortalizar su nombre con una hazaña incendió el templo de Artemisa en Éfeso (356 a.C.)”, Schwob dedica cinco suculentas páginas a elucubrar con precisión de documentalista acerca del carácter violento de la madre del incendiario, sobre las túnicas púrpuras de sus convecinos o en torno a la prohibición de que el nombre del pirómano trascendiera por los siglos de los siglos.

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Algo parecido les ocurre a personajes históricos como el pintor Uccello, el poeta Lucrecio, la princesa Pocahontas o el filósofo Empédocles, del que las enciclopedias dicen que se arrojó al cráter del Etna.

Con semejante final qué biografía no iba a imaginarle Schwob.

Marcel Schwob, un glorioso descubrimiento

Todavía recuerdo la textura del papel de la sobrecubierta de la edición en que leí la “Historia universal de la infamia”. Recuerdo también el bar en el que un amigo me dejó ese ejemplar que leí con devoción. Fue una tarde domingo de hace más de veinte años. No había logrado localizar el volumen en la biblioteca de mi pueblo y no andaba sobrado de cuartos para comprar todos los libros que quería tener. Mi amigo me dijo, como al desgaire, que le acababan de llegar todos los volúmenes de una “Obra completa” de Jorge Luis Borges que estaba publicando Círculo de Lectores. Lo leí un par de veces y me consta que él hizo lo propio en cuanto se lo devolví, motivado en parte por mi interés. Había oído hablar mucho de este libro y el título era demasiado poderoso como para olvidarlo. Más tarde me fui encontrando con “El Aleph”, “El libro de arena”, “Ficciones” (en aquellas ediciones míticas de Alianza con cubiertas de Daniel Gil) y siempre volvía el recuerdo aquel mi primer encuentro con el escritor argentino. Nunca he sabido definir ese estilo tan peculiar borgiano: textos concisos, referencias eruditas, historias intensas, con un ritmo que parecía marcado por la precisión de un ajustadísimo mecanismo de relojería. Relatos breves en los que no eran necesarias más palabras.

Vuelvo de vez en cuando a Borges, a pesar de que haya tanto por leer. Siempre es una experiencia embriagadora, y tengo la suerte de haber olvidado muchos de esos finales apoteósicos, de modo que me dejo mecer como si fuera la primera vez por las peripecias de Funes el memorioso, de “El inmortal”, del jardín de los senderos que se bifurcan.

Me he acordado inmediatamente de Borges al descubrir los relatos de un escritor francés del que no sabía nada: Marcel Schwob. Lo está reeditando Alianza en su inacabable colección de bolsillo y lleva unas cubiertas del estudio de Manuel Estrada que evocan indefectiblemente las del mencionado Daniel Gil. Después de leer, absorto, maravillas como “El Dom”, “El cuento de los huevos”, “Los tres aduaneros”, “Para Milo” o “La última noche”, recupero el prólogo que ha hecho Mauro Armiño para esta edición. Él es el responsable de la traducción (cómo debe de ser el original francés si es tan bella la versión en castellano) y firma una introducción que contextualiza al autor y su obra: no llegó a vivir 40 años, entre 1867 y 1905, publicó media docena de libros y tradujo al francés a Shakespeare, Thomas de Quincey y a su admirado Stevenson, entre otros.

Mi descubrimiento de Schwob ha llegado por medio de un conjunto de relatos titulado “Corazón doble”, que aglutina además los cuentos de otro libro: “La leyenda de los mendigos”. Dice en un prefacio el propio Schwob que el terror es el protagonista de estas historias. Poco que ver con “historias para no dormir” o subgéneros de literatura de miedo. Es mucho más complejo, más sutil y refinado. Mucho más subyugante.

Y ahí entronca con el recuerdo que yo tenía de los cuentos de Borges. Luego he descubierto que el argentino se consideraba deudor del francés. Hay muchos fragmentos en estos cuentos, más de una treintena, que merecen ser rescatados. Escojo por ejemplo el arranque de “El cuento de los huevos”:

Había una vez un pequeño y bondadoso rey (no busquéis otro, la especie se ha extinguido) que dejaba a su pueblo vivir a su antojo: creía que era un buen medio de hacerlo feliz. Y él mismo vivía al suyo, piadoso, bonachón, sin escuchar nunca a sus ministros, porque no los tenía, y celebrando consejo únicamente con su cocinero, hombre de gran mérito, y con un viejo mago que le echaba las catas para entretenerlo. Comía poco, pero bien; sus súbditos hacían lo mismo; nada turbaba su serenidad; cada cual era libre de cortar su trigo en agraz, de dejarlo madurar y guardar el grano para la próxima siembra. Era realmente un rey filósofo, que hacía filosofía sin saberlo; y lo que muestra bien que era sabio sin haber aprendido sabiduría es el maravilloso caso en que pensó perderse, y su pueblo con él, por haber querido instruirse en las máximas saludables.

Ocurrió que un año, hacia el fin de la cuaresma, aquel buen rey mandó llamar a su mayordomo, que se llamaba Fripesaulcetus o algo parecido, a fin de consultarle sobre una grave cuestión. Se trataba de saber lo que comería Su Majestad el domingo de Pascua.

Da buena idea de lo que un lletraferit encontrará  en estas jugosas páginas. Anatole France, como recoge el traductor en su texto introductorio, lo captó de maravilla: “todos estos cuentos son raros o curiosos, de un sentimiento extraño, con una especie de magia de estilo y de arte”.

Es eso, sin más.

Con “El corazón de las tinieblas” de fondo

Fue un profesor de literatura, ya en la universidad, el que nos descubrió a Joseph Conrad a casi todos los alumnos de Periodismo de aquel curso. Encargó que compráramos “El corazón de las tinieblas” en la edición de Alianza y la estuvimos desmenuzando durante semanas. He vuelto un par de veces a leer aquel ejemplar lleno de notas y pliegues en las esquinas. El barco varado en el Thamesis en oposición al que remonta el río Congo, la civilización de la metrópoli londinense frente a la barbarie africana, el viaje hacia las fuentes del río que es en realidad un trayecto para descubrir de los fantasmas personales del capitán que se ha apartado del mundo, un viaje a lo desconocido de la naturaleza que se transmuta en un paseo por los abismos de la locura.

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Alguien comentó entonces en clase que “Apocalypse Now”, la personal versión de la guerra de Vietnam en la que Coppola se dejó la fortuna, la salud y casi la vida, era en realidad una adaptación de la novela de Conrad, trasladando la acción de continente y haciendo avanzar unas décadas el periodo narrado. Volví a ver la película y, aunque seguía disfrutando de los fuegos de artificio que son el ataque de los helicópteros al son de “La cabalgata de las walkirias”, el surfista que monta las olas que generan las bombas o el olor del napalm con el que dice gozar por las mañanas el personaje de Robert Duvall, ataviado con su sombrero del Séptimo de Caballería, concentré la atención en esa trama oscura, densa, bañada en sudor, locura y sangre. El recorrido hasta los dominios de Kurtz es uno de los hitos que han quedado en el imaginario para tratar de entender aquella guerra de Vietnam. Las canciones de la Creedence, preguntándose “quién pararía la lluvia”, como el tema de The Doors que sirve precisamente para abrir el film de Coppola, proporcionan también el fondo sonoro a una contienda sobre la que se siguen haciendo películas que aquí consumimos como si esa fuera también una guerra nuestra.

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El coronel Kurtz, en una fotograma de “Apocalypse Now” (imagen procedente de oldpicsarchive.com)

Cuando hace unos meses murió Robert Stone lo asocié enseguida a uno de los “libros peligrosos” que sugería Juan Tallón en su ensayo de Larousse Editorial. “Dog Soldiers” era la novela que había seleccionado de este escritor estadounidense, una obra de 1973 que no había tenido traducción al castellano hasta el año 2010, en una edición sobria, elegante y prologada con precisión por Rodrigo Fresán. Libros del Silencio, la editorial que la hizo posible, ya no existe (desgraciadamente).

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Durante la lectura frenética de esta novela me venían a la cabeza imágenes de “Apocalypse Now”. La historia la protagoniza John Converse, un periodista destacado en Vietnam que abomina de todo lo que ve ahí. Corrupción, falsedad, crímenes, la miseria humana en todo su esplendor. Enseguida se vuelve un descreído y decide hacer un pingüe negocio: aprovechando el viaje de vuelta a casa en un barco de la armada americana transportará tres kilos de heroína que venderá en su país. Su novia y un viejo amigo serán sus socios en la empresa. La realidad se impone, la codicia también y el supuesto negocio se puede ir al garete cuando la pareja de socios decide volar por su cuenta. Vietnam queda atrás y la novela se convierte en una especie de road movie por el sur de EEUU, un escenario y unas historias que después hemos visto en algunas obras de Don Winslow, por ejemplo.
En ese esmerado prólogo que hace Fresán de “Dog Soldiers” la mención a la película de Coppola aparece en la primera línea, y el recuerdo de Conrad sale pocos renglones después. Y es que el propio Robert Stone, después de dedicar su obra “Al Comité de Responsabilidades”, coloca un pequeño fragmento de “El corazón de las tinieblas”, que se puede tomar como un sorbo condensado del largo trago al que nos convida: “He visto el demonio de la violencia, el demonio de la avaricia, el demonio del deseo ardiente…”. Todos esos demonios son los que el lector teme encontrar en cualquier vuelta de la carretera que lleva a casa de Dieter, donde puede estar escondida la droga que se convierte en el eje del relato. Están en la balacera final y vuelven de Vietnam a un país que no se atreve a mirarse al espejo, porque está seguro de no entender lo que ve. Fresán recoge en el prólogo diversas declaraciones de Stone en entrevistas muy espaciadas en el tiempo, algunas contemporáneas al éxito de crítica y público que tuvo “Dog Soldiers” en la primera mitad de la década de 1970, otras bastantes cercanas a la actualidad, cuando su obra era conocida por otras novelas. “Vuelvo una y otra vez a la guerra porque me temo que la guerra vuelve una y otra vez a nosotros”, decía en 1985. Juan Tallón, al escoger “Dog Soldiers” entre el centenar de libros que hay que leer, decía que “no puedes actuar de espaldas a la realidad todo el tiempo, como si la fiesta no fuse a acabar y nadie apagase la luz ni la música” antes de recordar una charla entre el protagonista y una misionera en Saigón, que le dice: “siempre me ha sorprendido que, estando las cosas como están, la gente encuentre tan difícil creer en Satanás”.
Esos demonios a los que aludía Stone en el prefacio de su novela, tomando prestadas palabras de Conrad, están muy presentes en esta historia, como poblaban también los sueños y delirios de Kurtz (capitán en “El corazón de las tinieblas” y coronel en “Apocalypse Now”). La omnipresencia de la novela de Conrad en el hábitat que rodea a la novela de Stone se puede apreciar, de manera paradójica, en una crítica casi demoledora con que se encontró la versión en castellano cuando apareció en 2011. La firmaba Sergi Torres en Jot Down y en poco más de un folio no le perdonaba casi nada: “una gran novela primigenia que luego sería superada por todos sus sucesores”. Para acabar recomendando a sus posibles lectores que se entretuvieran mejor con… “El corazón de las tinieblas”.

Más sexo y menos poesía

La expectación que levantó el tráiler de “50 sombras de Grey”, deudora del éxito planetario de la novela homónima (primera parte de una trilogía con más sombras todavía), hizo que las secciones de Cultura de muchos medios desempolvaran otros títulos de “nivel literario superior”. La etiqueta de “porno para mamás” con que despacharon los libros de E. L. James tenía que tener un contrapunto de calidad, con títulos clásicos firmados por autores consagrados, para que así quedara bien claro que mostrar el sexo en la literatura es tan antiguo como el andar a pie y que las historias procaces han existido desde que alguien quiso alardear con lo bien que se lo había pasado jugando con lo que nos cuelga.

En estas recomendaciones culturetas no faltaban referencias a las “1.000 y una noches”, a los “Trópicos” de Henry Miller, al Decameron, a “La lozana andaluza” y a otros hitos de eso que a veces llaman “libros para leer con una mano”. En esta variada panoplia de lecturas calientes solía aparecer “El amante de Lady Chatterley”, todo un clásico de la infidelidad en el que además se puede encontrar una crítica a esa aristocracia decadente, rentista, clasista e hipócrita así como cierta denuncia de la sociedad británica rural, con minas de carbón a punto de agotarse y miles de obreros malviviendo mientras los amos hacían gala de indolencia al tiempo que les salían unos cuernos del tamaño de un fémur.

el amante de lady Chatterley

“Somos un par de guerreros maltrechos”, le dice la Lady ardorosa a su amante enfebrecido después de uno de sus polvos reconstituyentes, en la cama de él, abandonadas las incomodidades de los encuentros furtivos en la caseta del guardabosque. Además de haber creado un arquetipo, si algo puede sorprender de esta novela es la frescura de los diálogos o las descripciones de los vaivenes amatorios. No hay metáforas ni circunloquios y, cuando Clifford introduce sus dedos en los agujeros más recónditos de Connie, es así como se explica. La hipocresía de la que hace gala el lord cornudo e impedido se reserva para las reuniones sociales, aunque reconozca, sin remordimientos, que “hemos envenenado a las masas con un poco de instrucción”, “lo que ahora necesitamos coger son látigos, no las espadas” o “decir que las masas pueden gobernarse por sí mismas no es más que una pura farsa”.

Un “mal follao” resumiría un castizo, por oposición a la rebelde Lady Chatterley. Ésta, cuando atisba lo endeble que es su cautiverio social, deja atrás los convencionalismos, se lía con el empleado de marido, finge un matrimonio de conveniencia con un pintor mojigato y espera ansiosa que llegue el momento de escapar a la caseta del guardabosque para recuperar el placer que descubrió en su juventud de estudiante en Alemania. Para acabarlo de arreglar, un padre putero y libre de remilgos, la anima a seguir por la misma senda por él transitada.

obras completas de Sally Mara

Con un componente mucho menos dramático (más bien todo lo contrario), Raymond Queneau jugueteó con el sexo en tres novelas que atribuyó a Sally Mara, una especie de seudónimo que le sirvió para establecer un juego metaliterario con algún que otro colega del OuLiPo. Los de Blackie Books han reunido con el genérico y poco comercial título de “Obras completas de Sally Mara” estos tres relatos desopilantes, cada uno de su padre y de su madre., que se titulan por orden de aparición “Diario íntimo”, “Siempre somos demasiado buenos con las mujeres” y “Sally íntima”. En el primero conocemos a esa Sally, que quiere aprender gaélico y se va dando de bruces con una variopinta serie de hombres (y alguna mujer) que sólo piensan en lo único. En una Irlanda católica y cafre, Sally cuenta sus encuentros con el sexo opuesto (muchas veces enhiesto) como si se cayera de un guindo, y es delirante ese contraste entre su supuesta ingenuidad y la cazurrería imperante. La segunda novela todavía es más gamberra. Allí es una funcionaria de Correos, Gertie, la que se va pasando por la piedra a los integrantes de un comando del IRA que ha asaltado las oficinas postales. En la tensa espera hasta que las tropas británicas remonten el río para tomar la estafeta (comandadas, para más inri, por el prometido de Gertie), los fluidos corporales se irán liberando en medio de una sucesión de situaciones esperpénticas. Los aforismos del último libro de la trilogía culminan tan estimulante obra. El crítico Santos Villanueva recogía en El Cultural el que quizá mejor defina este divertimento de Queneau: “el humor es un intento de lijar la gilipollez de los grandes sentimientos”.

Completa esta terna erótica una autora habitual de tales recopilaciones: Anaïs Nin. Dice en un prólogo firmado en 1976 que fue un coleccionista cuadro décadas atrás el que, a razón de un dólar la página, le pidió a Henry Miller que le escribiera cuentos eróticos. Pronto el famoso escritor hizo partícipe a Anaïs Nin del encargo, al tiempo que las dificultades económicas de ambos –dice el prólogo de esta edición de Alianza– hicieron el resto. Nin empezó a recopilar historias que había vivido, ella o sus amigos, y también rehízo otras que le habían contado. El coleccionista le pidió “más sexo y menos poesía” y la autora se rodeó de sus amigos para suministrar al misterioso protector “tal cantidad de satisfacciones perversas que nos mendigaba más”.

delta de venus

En una apostilla de la introducción, Anaïs Nin señala que al elaborar los relatos se dio cuenta de que “durante siglos sólo habíamos tenido un modelo para este género literario: los textos de autores masculinos”. Ella proporcionó un lenguaje de mujer, “viendo la experiencia sexual desde la perspectiva femenina”. La quincena de relatos de “Delta de Venus” toca todos los palos: voyeurismo, pedofilia, prostitución, infidelidades, sexo rápido, penes diversos y penetraciones variadas… y lo hace con un lenguaje explícito en el que hasta se puede rastrear la poesía desdeñada por el coleccionista. Ricos en detalles, sin gazmoñerías, con nalgas que se abren, entrañas ardientes, bocas hábiles y penes de antología, las fantasías del coleccionista quedan satisfechas al tiempo que los lectores seguimos agradeciendo aquellos dólares tan bien invertidos.

D. H. Lawrence, Raymond Queneau y Anaïs Nin levantaron obras libres, divertidas o frescas que siguen vivas casi un siglo de que se publicara la primera de ellas. Es seguro que no podrán decir lo mismo esas “sombras de Grey” que tantos palos han recibido: de los críticos, por su poca calidad literaria; de las feministas, por su imagen de mujer sometida; de los pornógrafos, por quedarse cortas sus fantasías… Los sellos editoriales que han arreglado sus balances anuales a cuenta de los cientos de miles de ejemplares vendidos no han abierto la boca todavía, ni para lanzar gritos de gozo.