Sitios así

Cuando llevaba una cincuentena de páginas del último libro de Emmanuel Carrère, le daba vueltas a la extraña atracción que me producían esos textos. Unos eran meras crónicas de sucesos; el otro, el relato de un viaje a Rumanía poco después de la caída de Ceausescu. Eran piezas de 1990, publicadas en medios franceses, y tenían un ritmo interno moroso, repleto de detalles, de frases subordinadas perfectamente organizadas en pos de un discurso que parece completo, sin flecos. Me gustaban esos textos y ya estaba salivando al ver que quedaban todavía 400 páginas, hasta completar los 33 artículos que componen “Conviene tener un sitio a donde ir” (Anagrama, 2017), traducidos por Jaime Zulaika.

conviene tener un sitio

Seguí leyendo y esa maestría no se diluía en absoluto, y eso que la datación de las piezas (de longitud muy diversa) era muy dispar e iba avanzando en el tiempo, hasta 2015, fecha de la última. Creo que ese placer que producía la lectura de tan variopinta recopilación de textos periodísticos radica en el lujo que supone, en estos tiempos, leer a alguien que escribe sin preocuparse por las palabras clave, sin titular de manera escandalosa a la busca de un clic, respetando la inteligencia de los lectores e incluso reconociendo sus propios errores, y hasta haciendo de ellos un texto de lo más ilustrativo, como es el artículo sobre una fallida entrevista a Catherine Deneuve. Textos para leer en papel, sin distracciones ni falsos señuelos.

Emmanuel Càrrere está recogiendo premios continuamente; hace pocos meses le dieron el que otorga la Feria de Guadalajara. Algunos de sus libros, “novelas de no ficción”, “aventuras documentadas”, híbridos entre la literatura y el periodismo, gozan del favor de muchos lectores y se traducen a toda velocidad a las lenguas más destacadas. Son obras que evidencian una gran labor de documentación previa (El adversario, sobre un trabajador de la OMS que llevaba una doble vida y un día decidió terminar con toda su familia; Limonov, acerca de un personaje que fue literato en Nueva York y París, mercenario en los Balcanes, político en su Rusia natal…) y que muestran al mismo tiempo que “nada humano le es ajeno” a Carrère.

Esta selección de textos puede ser tomada como una semblanza autobiográfica del propio autor, que a veces se ríe de sí mismo a través de sus escritos. Recoge este libro una serie de crónicas para una revista italiana planteadas como “una mirada masculina al mundo femenino”. La serie termina de forma abrupta cuando él escritor narra diferentes casos de eyaculación femenina y la editora se escandaliza hasta el punto de cancelar la colaboración de Carrère, que confiesa haber elegido ese tema para darle carpetazo a la serie. Hay recuerdos personales de escritores a los que admira (Capote, Philip K. Dick, Renaud Camus…), hay un reportaje precioso sobre una madre seropositiva en San Francisco que no tuvo precisamente suerte en la vida, hay un recuerdo divertido deuna estancia en el Foro de Davos y se cierra el libro con un texto adictivo sobre el escritor Luke Rhinehart.

El libro es un festín. Para los conocedores del escritor francés y para los que tengan la fortuna de descubrirlo con esta obra, que será la primera que leerán de su amplia bibliografía.

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Vivir en un relato

Creo que somos muchos los que, viviendo en Cataluña, tenemos la sensación de habitar una suerte de irrealidad fruto de una historia falsa hecha a base de pequeños fragmentos escogidos de relatos totalmente reales. Cada poco tiempo asistimos a un giro inesperado en la narración, o vemos, perplejos, que desde fuera de esta tierra nos explican cómo tendríamos que hacer las cosas para que cuadrara con lo que “debería ser”.

Vivimos momentos de esquizofrenia, con la sensación de que no entendemos lo que ocurre a nuestro alrededor, estupefactos ante opiniones que sin haber pisado nuestras calles se quedan tan tranquilas diciéndonos por dónde debemos girar. A los que tenemos la certeza de que el emperador, de aquí y de allá, va desnudo, nos llaman “equidistantes” y desde hace tiempo hay que considerarlo un insulto.

Uno llega a la conclusión de que está rodeado de majaderos, sometido a las decisiones de personas que hacen más caso a sus ensoñaciones que a un análisis mínimamente cuidadoso de la realidad. Van pasando los días, los meses, hasta los años, y casi nada nos sorprende. Desde hace un tiempo, como me gusta que la radio me acompañe, me he refugiado en emisoras que eluden la política: Betevé, Radio 3, Ràdio 4, Icat, hasta Rock FM… Me apetece saber cosas, descubrir qué hay de nuevo en el ancho mundo, no desconfiar de un autor por el mero hecho de que sea de una nacionalidad… u otra.

La semana pasada, en la versión en español de The New York Times, apareció un texto sobre Quim Torra firmado por Daniel Gascón, redactor de Letras libres. Cuando empecé a leerlo me chocó que en la primera línea hablara de la “Generalidad”. En este país usar determinados nombres castellanizados ya no deja duda sobre el sesgo que tendrá un texto. No defrauda las expectativas Gascón: en las siguientes líneas hace un preámbulo catastrofista de la situación en Cataluña que, visto desde la propia Cataluña, tiene mucho de cartón piedra: fuga de miles de empresas, políticos huidos, mala imagen para España y la propia Cataluña… Ni un ápice de empatía hacia los catalanes que se consideran más catalanes que españoles (que son más de dos millones), ni una mención a las “collejas” que desde hace tiempo prodigan en Europa a la justicia española ante lo que parece un ejercicio de sobreactuación legalista, nada sobre la represión policial el día 1 de octubre, cuando se llevaron hostias incluso los pocos que fueron a votar que no.

Un texto que denuncia los tuits desaforados de Quim Torra, con tantas agarraderas para denunciar ese “supremacismo”, está escrito sólo para convencidos y, del mismo modo, parece tomar por tontos a los que puedan albergar alguna duda sobre ese planteamiento maniqueo. Pero como la imbecilidad está muy extendida, al día siguiente de este texto tan poco elaborado, el antaño venerable diario La Vanguardia cuela en su edición digital esta noticia, posiblemente a la busca de clics que se puedan intercambiar por ingresos publicitarios. O quizá en busca de un enemigo exterior en los aragoneses para tener más prietas las filas.

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Torpeza tras torpeza. A Quim Torra lo tildaron de “supremacista”, “xenófobo”, “racista”, “excluyente” y no sé cuántas cosas más desde todos los lados. Un cafre con micrófono abogó por bombardear Barcelona, varios políticos dijeron muy circunspectos que había que intervenir ya TV3, la policía autonómica y la escuela mediante un ampliado artículo 155, y desde el PSOE pidieron adecuar la ley para poder hacer frente a la “rebelión”. La Vanguardia tuvo a bien destacar la procedencia aragonesa de un articulista que escribe en castellano para una web neoyorkina con vocación mundial.  Y este es el nivel de “frikismo” en el que nos desenvolvemos.

Ha habido mucha literatura sobre el “procés” (otro eufemismo) pero casi siempre pasa como con el artículo de Gascón, sólo se escribe para convencidos. Hace unos meses, sin embargo, apareció lo que el propio autor consideraba un “panfleto” y es en realidad mucho más que eso. Lo  publicó  Anagrama a finales de 2017 en catalán y castellano, lo firmaba un filólogo llamado Jordi Amat y tenía un título de lo más elocuente: “La confabulació dels irresponsables” / “La conjura de los irresponsables”. Cien páginas, ni una más, para intentar contextualizar de dónde viene todo esto que estamos viviendo, para mostrar que esta “nave de los locos” la han pilotado unos cuantos políticos que han ido inflamando su palabrería para ocultar sus miserias. Al desafío de unos (más retórico que tangible) han respondido los otros con la ley de su mano, que para eso es suya. La chulería de estos ha agudizado el ingenio de los primeros. Todos ellos han ido retorciendo las palabras, apelando a principios cada vez más elevados, arguyendo razones históricas para justificar sus tropelías, envolviéndonos en su palabrería, pidiéndonos que nos alistemos en sus filas sin tener muy claro qué horizonte prometernos.

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Creo que el libro de Jordi Amat es incomodo para los dos bandos en litigio, porque pone de manifiesto lo endeble del discurso que pregonan en Madrid y Barcelona. Dice Amat en la página 47: “el procés, essencialment, s’hauria d’explicar com l’assumpció progressiva pel corrent central de la ciutadania de Catalunya d’una mutació del catalanisme. (…) Així, per molts, la vivència normalitzada dels catalans com a ciutadans de l’Estat s’ha fet problemática o s’ha fet innecesària i fins i tot insuportable (…) Una part considerable de la societat catalana ha interioritzat que la pertinença a Espanya és una rèmora.” Y, ante la respuesta desarbolada de las autoridades españolas, Amat (que no se considera en absoluto soberanista) habla “de bons amics independentistas a qui la guerra bruta ha esbotzat l’horitzó. Avui, aconseguint votar, reconquereixent l’honor. No puc compartir la seva il·lusió perquè dubto que el nostre context possibiliti una independència postmoderna, però tampoc puc negar el dolor que s’ha sembrat”.

Un periodista de los que no rehúyen la polémica como Ignacio Sánchez-Cuenca recomendaba vivamente hace unos meses el libro de Jordi Amat. En el recomendable suplemento literario del diario en catalán Ara entrevistaban al propio Amat, i creo que hacían de tripas corazón para titular así: “El Procés ha de fugir del relat i tornar a la realitat”. Como este libro está en las dos lenguas inteligibles para casi todos los actores del “relato”, sería muy interesante que todos pudieran acercarse a él. Por menos de ocho euros, en un centenar de páginas, todo el mundo puede acceder a unas cuantas claves que explican por qué ha fracasado la política, por qué este lodazal de hoy empezó gestarse hace unos años, cuando los “irresponsables” del título empezaron a agitar las aguas, sin tener muy claro si pescarían algo.

Y siguen…

Jesús Moncada, el escritor discreto

Cuando apareció “Calaveres atònites”, en diciembre de 1999, pude entrevistar a su autor, Jesús Moncada. No lo podíamos imaginar, pero sería la última obra que publicó en vida. Tiempo hubo para recopilaciones de relatos, pero antes de 2005, fecha de su muerte, no llegaron más obras originales. Se dice que una gran novela, ubicada en Barcelona, quedó en los cajones del siempre perfeccionista Moncada. Parece que estaba ambientada en el entorno laboral de la Montaner i Simón, la editorial que albergó el espectacular edificio que hoy es sede la Fundació Tàpies, y que recordaba unos años en los que Moncada abandonó su deseo de ser pintor para convertirse en uno de los escritores más destacados en lengua catalana, nacido en la Franja de Ponent (para los catalanes), en la Franja Oriental (para los aragoneses).

Llegué a la recopilación de cuentos de “Calaveres atònites” después de haber devorado uno tras otro todos los libros de Moncada. Me sorprendí, aragonés como él, de no saber nada de su literatura, de no conocer su nombre antes de instalarme en Barcelona, como había hecho él veinte años antes. En Cataluña era un autor cuyas obras se esperaban con interés pero más allá de la famosa Franja pocos parecían saber que había publicado con Anagrama la que era su novela más ambiciosa: “Camino de sirga”, traducción literal del “camí de sirga” en catalán que hacía referencia a la ruta que seguían los “machos” para remontar río Ebro arriba, tirando de una cuerda, las barcas (llaüts, en catalán) que bajaban hacia Tortosa el lignito que se extraía de las minas de Mequinenza.

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He comprobado que “Calaveres atònites” resiste de maravilla una relectura. Hace casi dos décadas que lo leí, y en la página de cortesía veo con tristeza el dibujo que me dedicó Moncada, al lado de un texto donde me aseguraba que yo acabaría en el infierno. O eso dice la caricatura de la Berta. No recuerdo cuánto rato pasé con él en la sede barcelonesa de La Magrana, su editorial entonces, antes de que la comprara RBA. Pero fue un momento inolvidable. Esa sonrisa que aparece en muchas de las fotografías era una risa de tonos gamberros, que coincidía plenamente con ese humor socarrón (somarda, le decimos en Aragón) que invadía sus textos, de un anticlericalismo feroz. Al releer el primer relato de esta recopilación, donde en primera persona Mallol Fontcalda explica cómo fue su aterrizaje en la villa de Mequinenza, adonde llegaba para ser secretario del juzgado desde su Barcelona natal. La estupefacción con la que recuerda ese momento, en una especie de prólogo para una selección de cuentos escritos por un tal Moncada (empieza aquí un juego de espejos que deviene infinito), es la misma que siente el lector al descubrir cualquiera de las historias de este escritor “rural” que evocó desde el barrio de Gracia barcelonés aquel pueblo suyo y sus habitantes, anegado el primero por las aguas de dos pantanos, vivísimos los personajes gracias a las historias de Moncada.

Prácticamente todos sus libros (salvo “La galeria de les estatues” i “Estremida memòria) acontecen en Mequinenza, ese espacio literario de proporciones míticas donde personajes con nombres de resonancias clásicas se chotean de las penurias de la posguerra, cultivan un anticlericalismo que de tan bestia raya en la caricatura y sobreviven armándose de mal humor ante las penurias e iniquidades de la dictadura, ellos que han sido siempre tan de izquierdas (incluso en el momento actual). Son una especie de aldea gala reubicada por culpa de las aguas de unos pantanos que casi acaban con todo rastro de vida inteligente, además de arrasar con los recursos económicos. La “suerte” de esta villa desgraciadamente desaparecida es que tuvo a Jesús Moncada como cronista.

He vuelto a leer estos relatos, a repasar mis apuntes de hace años, a mirar las entrevistas y reseñas que recorté de los periódicos de 1999, a evocar a aquel autor entrañable que se fue demasiado pronto por culpa de un cáncer. Y lo hecho merced a una biografía publicada por Pagès editors hace escasamente un mes. Se titula “Jesús Moncada, mosaic de vida” y está escrita por Marc Biosca. La foto de la cubierta muestra a un Moncada que mira por un ventanal, en la sede citada de la Montaner i Simón. Vista ahora, la imagen tiene un poder de evocación descomunal. Libros en las estanterías, la pantalla de un flexo difuminada en primer plano, una mesa con una pila de hojas pulcramente ordenadas… Y el editor mirando al infinito, quizá descansando después de muchas horas corrigiendo pruebas, recuperando fuerzas para seguir en la brecha.

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Dicen que Moncada concedió pocas entrevistas, que fue un autor que dio escasas pistas sobre su vida personal. El mismo confesó que traducía, especialmente a autores franceses, para comprar el tiempo que luego dedicaba a escribir y rescribir minuciosamente sus relatos. Pocas señales quedan de su compromiso político, más allá de su afiliación a un partido independentista de izquierdas, cuando no era difícil ser lo segundo pero parecía una marcianada ejercer de lo primero. Hoy las tornas han cambiado. Recuerdo que yo, a instancias de unos amigos y bien convencido de ello, le propuse que nos ayudara en la oposición a unos embalses en el Pirineo aragonés que siguen sin hacerse pero cuya amenaza pende sobre el territorio desde hace décadas. Rehusó firme pero amablemente, lo que podía decir ya lo había hecho en sus relatos.

No se le conoce a Moncada pareja sentimental pero sí unos cuantos padrinos literarios, de su paisano Edmón Vallès a Pere Calders. Se explican algunas de sus amistades del círculo profesional pero tampoco parece que disfrutara demasiado en las bambalinas de los premios y los oropeles de la fama. Coleccionó galardones en Cataluña y sólo al final, a punto de irse para siempre río abajo, el Gobierno aragonés le entregó su galardón mayor, aunque algunos miembros del jurado explican que había sido propuesto en reiteradas ocasiones y siempre rechazado precisamente por no escribir en castellano.

De todo esto habla esta biografía que al principio se presenta desordenada pero que va tomando cuerpo y acaba siendo un trabajo interesante. Se echa en falta un índice onomástico, tan necesario siempre en estos estudios biográficos, pero dispone de un abundante aparato bibliográfico, de gran utilidad para seguir la huella de un autor que parece que se prodigó poco pero que, en realidad, se asomó cuando tenía algo que decir, algo que anunciar.

Los relatos de Moncada han envejecido de maravilla. He pasado unas horas extraordinarias, con risas incluso, al revisitar las disparatadas situaciones que se producían en la villa de Mequinenza, con esos nombres ya familiares del juez Crònides, la Berta, Penèlope Valldabó, el cardenal Maties o Leucofrina, en espacios no menos míticos del Café del Moll, el Café de la Granota, el puticlub Calipso o la farmacia de Honorat del Rom.

Qué mala hostia tan sana, tan saludable.

 

Lecturas tranquilas

Aparece y desaparece Richard Ford en mi horizonte lector, pero sin embargo permanece. Disfruté hace ya un tiempo “Canadá”, recién traducida, y fue un nombre que se me quedó grabado. Leí varias entrevistas con él, comprobé que Anagrama lo editaba en todos los formatos posibles y hace unos meses hablé de él en esta página, a propósito del premio que le daban en Oviedo. Lo relacionaba entonces con James Salter, del que ha dejado dichas certeras palabras, y me topé además con otro libro y otro autor que seguro iba a leer: las memorias de Bruce Springsteen. El círculo se cerró por aquellos días del mes de octubre, cuando Ford hablaba del libro del Boss en un artículo de The New York Times que luego reprodujo aquí El Cultural de El Mundo.

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Empecé a leer entonces un viejo éxito suyo, “El periodista deportivo”, que quedó relegado durante unas semanas a pesar de que las primeras páginas prometían unas cuantas horas de deleite. Lo devoré finalmente en las últimas vacaciones navideñas, para confirmar que tenía más razón que un santo el periodista deportivo George Vecsey cuando afirmaba que era “una novela de lectura compulsiva que tiene tanto que ver con la crónica de deportes como`’Moby Dick’ con la caza de las ballenas”. Los que hayan leído la novela de Melville podrán intuir por dónde van los tiros.

Frank Bascombe, el protagonista y narrador en primera persona, es verdad que es un periodista deportivo, el que da título a la novela. También es cierto que sabemos desde el principio que el fin de semana que conformará el tiempo narrado se abre con un viaje a Detroit para que Frank entreviste a una estrella del fútbol que ha quedado paralítica en silla de ruedas. Otras menciones menores al periodismo deportivo aparecen por el texto, con especial mención para una reflexión del propio protagonista que no me resisto a copiar: “el periodismo deportivo no es tanto una profesión real como un agradable estado de ánimo, es más una manera de enfocar las cosas que de hacer o saber exactamente”.

Este fin de semana vertiginoso arranca un Viernes Santo, cuando Frank salta la verja del cementerio para encontrarse con su exmujer y rendir homenaje a su hijo Ralph, en el que hubiera sido su 13º cumpleaños. Basta una página y media para saber todo esto y algo más. Vienen después otras cuatrocientas donde vamos a conocer un poco mejor por lo que ha pasado Frank, aunque ni nosotros ni él lo acabemos de entender del todo. Un matrimonio roto, dos hijos más a los que adora, varios ligues inanes y una nueva historia que lucha por abrirse paso, las confidencias de un amigo al que ha conocido en un curioso “club de divorciados”, éxitos profesionales del pasado, el retrato de una ciudad residencial para gente de posibles a menos de 100 kms de Nueva York, los rituales de la fiesta de Pascua en una familia cristiana (la de su nuevo ligue) y hasta los detalles de una nevada en Detroit. Se puede apreciar que no son gratuitas las alusiones a “Moby Dick” y la pesca de ballenas.

Cuando falta un párrafo para llegar a la palabra FIN dice Bascombe: “y me di cuenta de que al fin había terminado mi duelo (…). La tristeza, la verdadera tristeza, es relativamente breve, pero el duelo puede ser muy largo”. Los lectores pueden dar fe de ello. Lo que parece una narración tranquila, casi documental, de la vida aparentemente sencilla de un tipo que ha visto el éxito y ha padecido tragedias familiares, se convierte en un ejercicio de duelo, en la redención de una pena que el narrador cargaba a su espalda como una quemadura solar veraniega, sin acabar de vérsela, sin posibilidad de aliviarla de manera inmediata, necesitado de tiempo para que se curara y dejara la menor cantidad de secuelas.

Para el lector que, como yo, ha tenido la suerte de descubrir ahora este personaje inolvidable se suceden las buenas noticias. Hay dos novelas más dedicadas a él: “Día de la Independencia” y “Acción de Gracias”, y hasta una colección de relatos, “Francamente, Frank”. Todo en Anagrama.

Dice un crítico francés en la página de Anagrama que Richard Ford “se está convirtiendo tranquilamente en el mejor escritor norteamericano”. Así es, tranquilamente.

El escritor que frotaba las palabras

En las librerías toman posiciones los títulos que tendrán que batirse el cobre en la campaña navideña, que ya está aquí (a pesar de que aún no ha acabado octubre). Visito estos días algunas de esas librerías que se llaman “literarias” (como la madrileña Tipos infames, muy recomendable) y paso también por expendedurías de libros, como el Relay de la estación de Atocha, que cumple una meritoria labor en la vertiente más industrial del libro, la de poner al alcance de miles de personas los artefactos que precisamente están pensados para que compren libros esos miles de personas que no tienen por costumbre leer mucho. Me sorprendo de que en dos establecimientos a priori divergentes tengan tanto protagonismo las novelas de Richard Ford, en las ediciones canónicas de Anagrama, en las versiones de bolsillo o en la encuadernación de tapa dura a precio asequible. Leí Canadá (2013) al poco de salir, en la versión en catalán de Anagrama-Empúries. Tiene un arranque demoledor, como un puñetazo: “Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después.” Imposible sustraerse a semejante invitación, que luego se confirma como un festín de antología. Una novela intensa, que parece un documental por la precisión de los detalles, pero que se lee como una de esas historias de frontera, con el aroma de las narraciones clásicas.

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Al echarle una ojeada a los periódicos del día empiezo a entender por qué están los libros de Ford en puntos de venta tan distintos. Han estado avispados los comerciales de Anagrama y han aprovechado la coyuntura del premio Princesa de Asturias que se entrega estos días a Richard Ford para colocar unos ejemplares que, desgraciadamente, quedarán arrumbados en cuanto lleguen los “planetas” del premio y demás apuestas de la campaña de regalo. Los lectores despistados perderán la oportunidad de cruzarse por casualidad con Richard Ford, porque las mesas de novedades estarán llenas de libros enriquecidos con clembuterol. Una pena.

La presencia de los libros de Ford en el punto de venta coincide con la sucesión de entrevistas en los diarios. En Abc, Inés Martín Rodrigo hace la crónica de un encuentro del escritor estadounidense con bibliotecarios asturianos y enumera sus filias literarias: Walter Percy, John Banville, Elisabeth Bowen y James Salter. De la novela Años luz de este último dice: “No es una novela perfecta, no tiene trama ninguna, pero tiene las mejores frases escritas en inglés. Salter da sentencias cuando habla, sus frases son robustas para el cerebro. Cuando te gusta una novela es porque la novela te controla y puede hacer lo que quiera contigo, y Salter es muy bueno en eso”.

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Llevo una treintena de páginas de El periodista deportivo, novela de Ford de 1986, que va por la séptima edición en los “compactos” de Anagrama, y de él podría decir lo mismo que él dice de Salter. Cuando descubrí hace unos meses (gracias, otra vez, a Juan Tallón) a Salter enseguida lo entronqué con Ford, como si el segundo fuera discípulo del primero. El texto en Abc me confirma esa intuición. La pareja rota que protagoniza la novela de Ford evoca a la que acabará rompiéndose en la de Salter, pero lo curioso es el aire que impregna ambas narraciones, esa sensación de cotidianeidad, de cercanía, de narración sin artificios.

Años luz (Salamandra) quizá no tenga trama, pero el lector asiste al desmoronamiento de una pareja que parece no tener argumentos para que anide en ellos la infelicidad. Salter describe con una sutileza remarcable los pequeños malentendidos que van minando la relación entre Viri Berland y Nedra. Cuando todo haya saltado por los aires, dirá ella de los cuentos que escribe su marido que “eran ligeros pero no frívolos, poseían una claridad extraña, eran como una parte del océano donde se ve el fondo”.

Qué mejor definición de la literatura de Salter que la que hace él mismo. Y que se hace patente sobre todo en Juego y distracción, una novela de finales de la década de 1960 que le ocasionó problemas con la censura por su lenguaje explícito a la hora de abordar el placer sexual. Esta novela fue donde Salter, según confesó a Inés Martín Rodrigo, halló una voz propia, “sentí cómo debía escribir”. Una vez más, el juego de las apariencias: la historia de una pareja que deambula por Francia, en aparente despreocupación, con ganas de enriquecer su experiencia amatoria y coleccionando posturas y lugares curiosos para dar rienda suelta al fragor corporal. Él es americano, indolente, y ella una francesa que parece quedar encandilada y sometida.

Ahí caí rendido a Salter, y la suerte es que aún me quedan tres o cuatro títulos para agotar toda su producción. Cuando murió, en junio de 2015, Inés Martín Rodrigo recordaba la entrevista que le había hecho meses antes en Abc y acabó recurriendo a nuestro admirado Tallón para dar una medida del interés que genera Salter: “escribía desde el aire, como el aviador que era, y eso facilitaba una perspectiva amplísima sobre sus historias, cuyo aire te da en la cara. Porque, con Salter, «cuando caes en la cuenta tienes las manos con las que sujetas sus libros adheridas a la sutileza, inteligencia y belleza de su prosa». Su frase, de hecho, «impide que los hechos cojan polvo». Posee, en definitiva, “esa sencillez imposible de alcanzar: puede tomar una palabra, frotarla, y hacer salir de ella un misterio”.

Música y fútbol

A finales de la década de 1980 apenas podíamos intuir cuál sería el destino del fútbol televisado, mientras en la segunda cadena de TVE (quizás entonces ni siquiera se llamaba La 2) ofrecían en directo los sábados por la tarde un partido de la liga inglesa. Debían de ser los años de transición hacia la Premier League, “marca registrada” a la conquista de los mercados exteriores y en la que los campos se habían modernizado, habían desaparecido las “vallas asesinas” de infausto recuerdo en Heysel, todos los espectadores estaban sentados, no había borrachos en las gradas (o no los enfocaban las cámaras) y, algo que ahora ya pasa en todo el mundo, los precios sólo eran accesibles a un público de posibles.

La retransmisión que ofrecía la pantalla mostraba la cara “doméstica” de los hooligans británicos: miles de gargantas cantando “a cappella” himnos legendarios, miles de culos perfectamente sentados alrededor de unos campos de un verde imposible fuera de las islas y jugadores ahora ya en el panteón de ilustres persiguiendo a toda velocidad la sombra de un balón, que volaba de área a área, lejos del pasto. En términos futbolísticos se hablaba de racanería en el campo, aburrimiento en la grada y altanería en los despachos hacia el futbol practicado en el resto del continente.

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La cara B de todo esto, la explicación a ras de calle de tantos cambios en tan poco tiempo, se puede encontrar en un libro de Nick Hornby que siempre aparece cuando se elabora un canon de la cada vez menos imposible relación entre fútbol y literatura. “Fiebre en las gradas”, publicado en castellano por Anagrama tras aparecer en inglés en 1993, es un libro que no está envejeciendo bien del todo, porque hay muchos nombres que van apolillando el relato. También porque el glamour actual puede deslumbrar y provocar que las historias narradas, llenas de campos embarrados, peleas en el fondo del estadio y borracheras descomunales, aparezcan como batallitas que se cuentan en voz baja, mientras un rictus de vergüenza se adueña de nuestras cabezas despeinadas.

El libro de Nick Hornby es el relato de una pasión gunner, la biografía colectiva de un equipo segundón de Londres que parecía condenado por una especie de maldición futbolera, la crónica de los fracasos sucesivos del Arsenal entre finales de los años 60 y el campeonato liguero de 1989. Aún tendrían que llegar los años del jeque como amo del club, las muchas temporadas del francés Arsène Wenger como técnico de un equipo aclamado por su juego preciosista y criticado por su escasa contundencia a la hora de sentenciar títulos.

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Arsène Wenger y Nick Hornby

PROCEDENCIA DE LA FOTO: http://peterfromtexas.tumblr.com/post/39137035855/arsene-wenger-and-nick-hornby

En esta semana de marzo que ahora comienza vuelve a cruzarse el Arsenal con el Barça (de Messi, Neymar y toda la pléyade de estrellas) en una eliminatoria de Champions League, y lo hace en desventaja tras perder 0-2 en el Emirates Stadium (el apellido publicitario de una línea aérea del Golfo Pérsico ha acabado con un nombre de resonancias legendarias como Highbury, el antiguo campo gunner). Se volverá a hablar de Nick Hornby, seguro que lo entrevistan en muchos medios y volverá a citarse “Fiebre en la gradas” como uno de los libros imprescindibles, a pesar del tiempo pasado y aunque queden ya muy lejanos nombres como los del desdentado Peter Beardsley, el portero Grobbelaar, el entrenador Jock Stein o el mítico George Best (toda una fuente de frases e historias a menudos apócrifas) o parezcan historias conservadas en papel amarillento las de los años de `plomo del thatcherismo, la tragedia de Hillsborough o los viajes en tren de los hooligans por condados alejados y campos de tercera.

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El libro de Hornby, más que “literatura del yo”, es uno de los precursores de esos libros de evocación que ahora triunfan entre la generación de los baby boomers. Es verdad que el autor parte de su vida y sus recuerdos para proyectarlos sobre un paisaje y unos años que acaban conformando una especie de retrato generacional. Es un libro que, leído fuera de las islas y una par de décadas después, no se entiende bien sin notas a pie de página. Hay otro del mismo autor, “31 canciones”, que ha envejecido mejor, a pesar de estar elaborado con mimbres similares. En este caso son episodios de la vida de Hornby (algunos bien personales, como la enfermedad de su hijo, las dificultades de su matrimonio precisamente a causa de los condicionantes de esta enfermedad) los que se van mezclando con melodías y cantantes que le acompañaron en esos trances vitales. Dedica a cada una de estas canciones un pequeño ensayo que unas veces relaciona la canción con el propio proceso creativo del escritor, otras veces sirve para reflexionar acerca de las modas imperantes y, en algunos casos, es meramente una descripción técnica de una melodía. Springsteen, Led Zeppelin, Aretha Franklin, Van Morrison, The Clash… son algunos de los protagonistas de esta recopilación que se lee como la versión seria y objetiva de una novela, también de Hornby, titulada “Alta fidelidad”. En este caso la literatura y un peculiar humor muy inglés son los protagonistas.

Cuando se habla de música y fútbol, Hornby es un nombre recurrente. Con razón.

Piezas de un puzzle inacabable

Hay una tenue trabazón que no sé en dónde nace pero que va surcando algunas de las muchas lecturas que durante años he acumulado con la Guerra Civil como protagonista o escenario de lo narrado. Los condensados libros de Juan Eduardo Zúñiga, “A sangre y fuego” de Chaves Nogales, algunos de los “Campos” de Max Aub, “Incerta glòria” de Joan Sales, “Días de llamas” de Juan Iturralde”, el “Homenaje a Cataluña” de Orwell y una colección de relatos de Alberto Méndez, alguien que no vivió la contienda (todos los anteriores sí) pero que debió de sufrir en sus carnes la condición de derrotado durante la posguerra. Son cuatro cuentos, sutilmente relacionados entre ellos, que publicó Anagrama con el título “Los girasoles ciegos” y que supusieron el reconocimiento casi unánime de la crítica y el favor de los lectores. El autor, desgraciadamente, disfrutó escasamente de tan merecido éxito literario y murió poco después de dar el original a la imprenta.

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En la estantería imaginaria de esta selección de “libros de la guerra” la lógica que los reúne tiene que ver con las dramáticas realidades que han de vivir sus personajes. Situaciones límite en las que para ser un héroe basta con no humillar a nadie o, todo lo contrario, momentos en los que hasta el más íntegro tiene que renunciar a su esencia más íntima si quiere vivir un minuto más, un día más. El lector asiste anhelante a estas disyuntivas, feliz de no tener que tomar la decisión, contrito si el resultado de tal determinación no es el que más le satisfacía desde la comodidad de ser un mero espectador.
La proximidad de nombres, el reconocimiento de paisajes que se intuyen propios, la abundante información que cada uno acumulamos sobre historias que nuestros abuelos y padres vivieron bien de cerca, hace que muchas novelas sobre la Guerra Civil sean en buena medida nuestras historias, las que han construido (aunque sea con material de derribo) la sociedad que hoy combatimos por momentos para hacerla más habitable en otros ratos.
Leo ahora en una noticia de El País que 12 años después de la muerte de su autor, la novela de Alberto Méndez sigue contando con el favor del público, la recomendación de los libreros y es libro de lectura habitual en los planes de muchos institutos. Eso hace que cada año se sigan vendiendo entre más de 10.000 ejemplares (Herralde dixit). Dicen que lleva acumulado más de medio millón de lectores en todo el mundo y se acaba de publicar un libro con las actas de un congreso celebrado en Zúrich en 2014 y organizado por las profesoras Itziar López Guil y Cristina Albizu. Las ha publicado Antonio Machado Libros.

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Tardé en leer “Los girasoles ciegos” y no recuerdo por qué. Lo hice en una edición de Círculo. Quedé impactado. Un militar nacional que deserta cuando faltan horas para que los suyos tomen Madrid; un derrotado que asiste en los montes a su compañera, de parto, cuando ambos huían en pos de su fatídico encuentro con el destino; un condenado a muerte que asegura conocer al hijo de uno de los hombres que lo juzgan, desaparecido en la guerra: un auténtico bestia cuya biografía edulcora el condenado para así mantener el interés del juez (y de su mujer, especialmente) y así gambetear con la muerte y ganar horas y hasta días de vida añadida; y un topo que asiste impotente a que su mujer acceda a las pretensiones de un cura rijoso a cambio de que éste no abra la boca y descubre su escondite. No es “otra maldita novela sobre la guerra civil” (parafraseando a Isaac Rosa) y sí un relato sombrío, desasosegante, fatal, de unos años y unas gentes que lo perdieron todo en un conflicto tan salvaje.
Piezas, una vez más, del puzzle que todavía hoy queremos componer sin saber muy bien ni la cantidad de fragmentos que lo conforman ni, lo que es más extraño, cuál es la escena que nos encontraremos al final, cuando todo encaje más o menos, si es que eso es factible.

Chirbes, el escritor necesario

“Cuando todas y cada una de las gacetillas de folio y medio de este celebrado experto sean menos que cagadas de moscas en papel viejo de periódico, las novelas de Rafael Chirbes, las que ha escrito y las que aún faltan por escribir, seguirán alimentando la imaginación y la inteligencia de esos lectores que no dejan de buscar el fulgor de la vida y la pasión moral en la literatura”. En octubre se cumplirán 20 años de la publicación de este texto de Muñoz Molina, titulado “En folio y medio”, en el que reivindicaba la labor de los escritores y denunciaba que un crítico no necesitara más espacio que una hoja y pico para emborronar el esfuerzo de años de concepción y escritura.

Razonaba de esta manera a raíz de una crítica no sólo mala sino también “paternalista”, hecha por Ignacio Echevarría con “calculada mala fe, con extraordinaria bajeza intelectual” para juzgar “La larga marcha”, de Chirbes, recién publicada por aquellas fechas. Supe de este texto porque fue el protagonista de la primera clase de un posgrado especializado en crítica literaria al que asistí a principios de la década de 2000. Por entonces, Rafael Chirbes no gozaba todavía del favor de los lectores, tampoco había recibido los premios que acompañaron a sus dos obras más conocidas (“Crematorio” y “En la orilla”) y, ay, estaba vivo y en plena forma. En aquella clase inaugural salieron a relucir aspectos personales de la relación entre Muñoz Molina y Chirbes, que si eran amigos y el primero defendía desde su posición de éxito al segundo; que si había inquina entre el novelista andaluz y el crítico, o entre este último y escritor valenciano… El caso es que al final uno no sabía si los organizadores del posgrado nos enviaban un aviso para navegantes (en tanto que posibles críticos futuros), nos abrían de par en par la puerta de esa peculiar relación que mantienen autores y críticos (con camarillas, bandos, prejuicios y comidas y parrandas sazonadas con grandes dosis de hipocresía y fariseísmo) o, sencillamente, pretendían alimentar la polémica desde el inicio y hacernos entrar con energía en un curso de nueve meses que mostró las luces y sombras de un oficio (el de crítico) para que el que, más que estudios, debería haber la obligación de leer, leer más, leer sin parar.

paris austerlitz

Rafael Chirbes murió este verano y dejó lista una novela que acaba de publicar Anagrama, en el arranque de 2016: “París-Austerlitz”. La crítica la ha recibido con sus mejores galas, abundantes comentarios elogiosos que han llamado la atención sobre su precipitado final en una novela de 160 páginas (corta para lo habitual últimamente en el autor), que han recalcado que se sale de la línea última de su novelística y, lo más curioso, que abundan en que –aunque póstuma– la obra se ha gestado durante los últimos 20 años, casi coincidiendo prácticamente con la época en que Muñoz Molina salió a defenderlo en público, antes de que diera sus obras reconocidas. Esta última novela dicen que entronca con “Mimoun”, la primera que publicó (Anagrama, 1988). Ambientada aquella en Marruecos, había en ella una homosexualidad latente que luego se hizo invisible y se intuía una voz muy personal que fundía el texto y el contexto, que con sus historias habría de ayudar a explicar la Historia de su generación y que tenía mucho del poso que generan las ambiciones satisfechas a medias, las esperanzas tiznadas por la decepción y la desconfianza que generan la hipocresía y el arribismo.

mimoun

Todo esto brilló en su esplendor máximo en “Crematorio” y “En la orilla”, las “novelas de la crisis”. Semejante definición creo que no le gustaba ni un pelo al novelista, pero demostró que se podía hacer literatura del contenido del telediario y convirtió el País Valencià (o Comunidad Valenciana, según gustos) en un espacio literario vagamente escondido tras nombres como Missent o el pantano de Olba, ahora ya inolvidables. La corrupción política que acompañó a la especulación urbanística es el magma en que se asientan estas dos novelas, que no son sino el relato de la desolación y las oportunidades perdidas, el lamento por la cobardía y la denuncia de una sociedad deslumbrada por el enriquecimiento rápido. Si “Crematorio” recrea en un flashback deslumbrante el ascenso y caída de Bertomeu, magnate de la construcción bien relacionado con las esferas políticas regionales, “En la orilla” registra las consecuencias de la crisis multiorgánica que arrasó con las clases medias y hundió en la miseria a muchos de los que estaban por debajo.

crematorio         en la orilla

El pantano cenagoso en el que arranca esta novela es la metáfora de una sociedad envilecida, donde todo lo malo parece ser posible y (lo que es peor) a la postre todo estaba permitido. La vida de Esteban la vamos descubriendo en todos sus matices gracias a la aparición sucesiva de una serie de personajes relacionados con él: su padre, del que ha acabado haciéndose cargo; Liliana, la colombiana que cuidaba al padre hasta que Esteban se quedó sin dinero para pagarle el sueldo; Francisco, su amigo de juventud, que triunfó en la capital y le robó la novia, ahora convertida en chef de lujo con estrellas Michelin; Pedrós, un constructor que ha causado la ruina de Esteban al escapar dejando un reguero de deudas; los antiguos trabajadores de la carpintería del padre de Esteban, a los que tuvo que despedir cuando le embargaron la propia empresa y sus bienes personales por la estafa de Pedrós…

En ese litoral levantino absolutamente depredado se suceden episodios de ambas novelas que parecen extraídos de la “Gomorra” de Saviano o de cualquier novela de mafiosos neoyorquinos. Historias muy telegénicas, con tiroteos, putas, cocaína y políticos venales en playas soleadas, que se trasladaron a una serie de TV titulada “Crematorio”. Diversos episodios de impecable factura técnica, con guiones bien trabados, algunas interpretaciones notables (Pepe Sancho, Montserrat Carulla) y que captaron el espíritu de las novelas de Chirbes. Como dicen que en aquellas tierras todo es posible, contaron con la financiación de Canal 9, la televisión pública dependiente del gobierno autonómico que hizo posible semejantes paisaje y paisanaje.

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Hay que leer a Chirbes para entender mejor estos últimos años y este país. Y dicen que hay que leer su última novela para entenderle mejor a él. Le ha costado toda una vida lograr el reconocimiento del público (español), como ha sido lenta la conquista de la crítica, aunque desde el principio tuvo generosos valedores. Otro día veremos, gracias el especial que le dedicó la revista Turia en su número 112 (de noviembre de 2014) cómo su obra era casi más reconocida fuera que dentro de nuestras fronteras. Así fue hasta que publicó “En la orilla”, el libro necesario que tantos lectores y críticos parecía que estuvieran esperando (Herralde dixit).

“Siempre en movimiento”

Una psicóloga me explicó una vez que tenía una paciente que, acabada la visita, marchaba y volvía al poco rato para asegurarse de que se había ido. No sé si fue esta historia la que me indujo a leer a Oliver Sacks o simplemente me recordó el título de uno de sus libros más famosos: “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”. En cualquier caso, durante los últimos veinte años, he sido un lector fiel de la obra de Sacks si hago caso de mis notas y de las fechas de los exlibris. En enero de 1998 devoré el citado libro en la inconfundible versión de Muchnik Editores (1987). En septiembre de 2001 fue “Un antropólogo en Marte”, que recuerdo que compré en el remate de una librería que cerraba sus puertas. Dos años m´s tarde leí “El tío Tungsteno” (lo más parecido a unas memorias de infancia) y por entonces cayó en mis manos también “Migraña”, todos ellos publicados en Anagrama. En el verano de 2009 leí “Musicofília. Històries de la música i el cervell” (La Magrana) y por alguna estantería andará un tomito publicado por National Geographic con los recuerdos de una excursión a Oaxaca de Oliver Sacks, que fue con un grupo de amigos para conocer in situ unos helechos muy peculiares. No recuerdo cuándo lo leí pero sí tengo muy presente la admiración que me producía esa manera de escribir apasionada, didáctica, eléctrica, absorbente, erudita.

libros de sacks

Así son todos los libros de Oliver Sacks, ya aborde los síntomas de un afectado por el síndrome de Tourette, explique su infancia en Londres, en plena guerra mundial, o rememore sus relaciones familiares. Y, no podía ser de otro modo, así son las memorias que ha publicado Anagrama hace un par de meses. “En movimiento. Una vida”, se llama este libro póstumo, pues Sacks murió el pasado mes de agosto, pocos meses después de anunciar en una bellísima columna en The New York Times que el cáncer que padecía había derivado en una metástasis y que no había salvación posible.

No sé si habrá la posibilidad de leer un nuevo libro de Sacks, nadie ha dicho que haya más capítulos de sus memorias o que quede algún inédito. Pero no se puede negar que estas memorias sacian las ansias del lector más exigente. Aquí están todas las características de la obra del gran neurólogo británico que hizo casi toda su carrera en EEUU: amenidad, rigor, socarronería, afán divulgador, curiosidad insaciable, autoexigencia, franqueza… Y los capítulos abordan cuestiones tan variadas como la devoción por su tía Lem, las duras palabras que le lanzó su madre al conocer la homosexualidad de Sacks, su relación con personajes tan diversos como Francis Crick (que disfrutaba enormemente de sus historias clínicas), Robert de Niro y Robin Williams (que protagonizaron la versión cinematográfica de “Despertares”), el poeta W. H. Auden, el neuropsicólogo A. R. Luria o el psicólogo Knut Nordby, totalmente ciego al color y con el que visitó una isla de Guam con un curioso y alto porcentaje de habitantes con la misma dolencia.

en movimiento

Sacks va entreverando episodios personales como su devoción por las motos, su dependencia de las drogas durante unos años o su afición al culturismo y la halterofilia, sin dejar de lado su homosexualidad o la abstinencia sexual que practicó durante décadas, con la explicación de su actividad profesional y, con ello, la descripción de enfermedades y pacientes que parecen sacados de un mundo de ciencia-ficción: enfermos que presentan cientos de tics por minuto, pacientes ciegos al color o, por el contrario, que no pueden escuchar una pieza de música sin convertir cada nota en una tonalidad cromática; enfermos abandonados durante años que vuelven por un momento a la realidad (como los que vemos en “Despertares”), alguien incapaz de recordar qué acaba de decir pero que puede dirigir un coro con decenas de personas cantando una pieza sofisticadísima…

El protagonismo omnipresente de la familia se aprecia de manera sutil en un momento durísimo, cuando sus padres ya han muerto, sus hermanos están lejos o también han fallecido y la casa familiar de Londres deja de ser el “lugar impregnado de recuerdos y emociones” para convertirse sus visitas en meras visitas “y no en un regreso a mi país y a mi gente”.

En algún momento de este libro, Oliver Sacks habla de su amistad con el poeta Thom Gunn y evoca el poema “On the move”, con unos versos muy elocuentes: “En el peor de los casos, estás en movimiento; en el mejor, / no llegas a ningún absoluto en el que descansar, / siempre estás más cerca si no te detienes”.

Dice Sacks de su amigo el poeta que siguió avanzando, siempre en movimiento, hasta el mismísimo momento de su muerte”. Lo podía haber dicho de sí mismo.

 

Cómo se escribe una novela (dos lecciones)

Debe de ser que el oficio de novelista proporciona a quien lo desempeña con brillantez algunas habilidades extra, como para ser capaz de desmenuzar sus relatos por partes y volverlos a presentar, incluso enseñando las costuras, como si fueran piezas acabadas en las que hasta los pespuntes son dignos de admiración.

Hace poco, en su sección semanal en el suplemento literario del diario en catalán Ara, Eva Piquer despachaba en tres palabras la “Operación Dulce” (Anagrama, 2013) de Ian McEwan como una “novela de espías”. O no tenía más espacio para poder matizar o no había caído en todo lo que contiene esta novela, sí, de espías ambientada en plena Guerra Fría, en la que una meritoria del MI5, Serena Frome, debe reclutar escritores con futuro para escribir obras que puedan ser leídas como propaganda anticomunista.

operacion dulce

Es verdad que el relato se perfila como una operación secreta, que se describen con cierto detalle algunas fases del reclutamiento de miembros del MI5 y que en la trama se suceden episodios que parecen salidos de una película de James Bond. En realidad, el de espía no es más que un disfraz con el que McEwan se presenta en una fiesta literaria a la que nos invita, y de la que a veces nos enseña hasta la tramoya o el cuarto de las escobas.

El juego literario se presenta desde la primera línea (“Me llamo Serena Frome y hace casi cuarenta años me encomendaron una misión secreta del Servicio de Seguridad británico”), donde el autor se trasmuta en una narradora que además lo hace en primera persona. El artificio está servido y pronto se irá desplegando una gran variedad de recursos con el propósito de mostrar las vacilaciones que provoca el acto creador, poner en evidencia las entretelas de los premios y otros elementos promocionales de un autor casi desconocido, homenajear a las personas “normales” que acompañan al escritor en su proceso creador y hasta dar consejos sobre cómo abordar un bloqueo creativo. Selecciones de noticias, reseñas y críticas literarias, cartas cruzadas entre los protagonistas, fragmentos de la novela que escribe el autor reclutado por Serena, recuerdos envueltos, todos ellos, en un relato que es de por sí un recuerdo de cuatro décadas atrás… Como ha señalado oportunamente Javier Aparicio Maydeu en otro libro imprescindible a pesar de su desorden y desmesura, “la metaficción como anfetamina de la creación”. Y dejemos la categoría de “novela de espías” para el que solo se queda en la superficie, deslumbrado por la brillantina del disfraz.

Tampoco son novelas negras las tres que publicó Ramiro Pinilla otorgando el protagonismo a su librero convertido en detective privado. Y eso que responden a los cánones del género casi al pie de la letra: el muerto está ya en la primera página, los sospechosos más evidentes son al final más inocentes que el lector, el detective fuma Lucky, viste abrigo y va tocado con sombrero y los títulos no pueden ser más admonitorios: “Sólo un muerto más”, “El cementerio vacío” y “Cadáveres en la playa”. Publicadas por Tusquets en 2009, 2013 y 2014, poco antes de la muerte de Pinilla esta última, ha sido Círculo quien las he recopilado en una llamada “Trilogía Samuel Esparta”.

trilogia samuel esparta

Ya de buen comienzo Pinilla pone las cartas sobre la mesa y crea un detective que evoca indefectiblemente al Sam Spade de Dashiell Hammet. El seudónimo de Samuel Esparta lo elige el librero de Getxo Sancho Bordaberri, que cambia de nombre para cambiar de actividad y dejar la librería Beltza en manos de su ayudante Koldobike mientras él inicia las pesquisas que le llevarán a resolver misterios y, sobre todo, le permitirán escribir novelas que nos son más que el relato fidedigno de todo el proceso investigador, sin dejar nada en el tintero. Sabemos cómo avanza la investigación porque estamos leyendo la novela que se inspiró en ella y tenemos acceso a la novela porque hay una investigación en marcha.

Sancho Bordaberri, cansado de su fracaso como escritor de novela negra ambientando sus historias en Nueva York, decide mirar hacia su propio pueblo y ponerse a investigar un crimen ocurrido años atrás en la playa. Dos hermanos fueron encadenados en la playa y uno de ellos murió con la subida de la marea, el otro se salvó. Son los años de la posguerra y Getxo acoge, además de a la nobleza del hierro y el carbón vizcaínos, a muchos perdedores que lo son por partida doble: por vascos y por rojos. En medio del silencio impuesto por la dictadura Bordaberri/Esparta salda con éxito su primer caso y su fama, para bien o para mal, permitirá que los getxotarras lo contraten en el futuro para desenmascarar otros crímenes de enjundia.

Algunos de los protagonistas de las dos nuevas novelas se saben inmersos en una narración que un día será publicada y establecen con el narrador (el propio Esparta) juegos metaficcionales que al autor Pinilla le sirven para guiñar el ojo a sus lectores. Quejas sobre lo poco que se leía (y se lee) en este país, comentarios sobre las buenas ventas de “Cien años de soledad”, quejas sobre los editores y los distribuidores (que a buen seguro festejarán los libreros) y otros muchos detalles que a veces tienen de autoparodia una serie de novelas que pueden parecer un divertimento pero que los lectores de Pinilla sabemos que se tomaba muy en serio.

Son tres libros en absoluto menores que, sobre todo en el caso del primero, se podrían entender como subtramas de “Verdes valles, colinas rojas”, la monumental trilogía que a tantos lectores encandiló y que sacó del ostracismo a Pinilla. No en vano, aparecen mencionados Roque Altube, Madia o Magda (sigue sin aclararse el nombre), Ella, el maestro… Y está omnipresente Getxo, y el miedo que siguió a la guerra, y la situación paupérrima en que quedó el país en todos los sentidos, y las características tan definitorias de lo vasco que hemos visto en toda la obra de Pinilla…

Son tres novelas fabulosas por el juego metaliterario con el que están trenzadas y son muy entretenidas, acercando el género negro a los caseríos de la margen derecha de la ría del Nervión y sustituyendo los problemas de alcohol, drogas o discriminación debido a cuestiones de raza por deseos de venganza que alimentan varias generaciones de una familia vasca, agravios surgidos de la guerra civil o supersticiones atávicas de un cementerio que se vacía por debajo, horadado por las olas que quieren que dos amantes enterrados al lado el uno del otro viajen abrazados sobre el agua por toda la eternidad.

Dice Sancho Bordaberri, totalmente metido en un papel de Samuel Esparta en un momento de la segunda novela: “No soy un justiciero, sólo rastreo realidades para engarzar una trama”.

Koldobike, su ayudante (que llega a teñirse de rubia cuando Esparta se pone en acción para así estar más a tono con las novelas de Chandler o Hammet) le die pocas líneas más adelante: “La novela está llena de elecciones tuyas. ¿Cómo te las arreglas para engañarte creyendo que la novela baila sola? ¡Tú eres también la realidad!”.

Dan ganas de aplaudir.