Periodismo contra los apagones informativos

 

Todo el mundo tiene una historia que contar. Es una de las máximas del periodismo. Si uno escarba, en su propia vida o en la de otros, acabará hallando restos de una vivencia y algo podrá hacer con ellos. Es el punto de partida de un cómic autobiográfico que va encadenando historias envueltas a su vez en la historia de la gestación del cómic, un relato de relatos con el periodismo como verdadero telón de fondo. Se titula “Oscuridades programadas”, la metafórica traducción a un concepto muy asentado en inglés (rolling blockouts), que llega acompañada de un subtítulo mucho más descriptivo: “Crónicas desde Turquía, Siria e Iraq”.

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La autora es Sarah Glidden y lo acaba de publicar Salamandra Graphic. Los medios han acudido en tropel a hacerse eco de su aparición y todos se han centrado en la reflexión que plantea el libro en torno al periodismo, a su presente y, especialmente a su papel en la sociedad. En TVE, en El Periódico, en el diario en catalán Ara han aparecido reportajes generosos en los que se hablaba más de la forma de del fondo. Un “híbrido literario”, así lo calificaba Núria Juanico en Ara, que remataba su reportaje con unas declaraciones elocuentes de la propia Glidden: el periodismo “es un oficio que cada vez incluye más géneros y ensancha sus fronteras literarias”. Lo cierto es que este cómic, con textos muy largos y continuos diálogos llenos de reflexiones ampliamente argumentadas, es una defensa apasionada del matiz, de las fuentes contrastadas, de los diferentes puntos de vista, de la duda.

ICULT  paginas comic  Oscuridades programadas de Sarah Glidden

El punto de partida es curioso. Sarah Glidden acompaña a dos amigos periodistas de Seattle, defensores de una manera de entender la profesión más cercana al cooperativismo que al mero negocio de informar. Seattle Globalist es el nombre de este proyecto que sigue bien vivo. En este a viaje a Oriente Medio va con ellos Dan,  un curioso acompañante, amigo de la infancia de la autora, exmarine destacado a la guerra de Iraq, que quiere ver in situ las consecuencias del paso del Ejército estadounidense por aquellas tierras. A ratos se arrepiente de haber formado parte de aquel contingente que tanto dolor ocasionó, a veces quiere pensar que no todo estuvo mal y que, en cierto modo, ayudó a derrocar al tirano. A veces no quiere desvelar su paso, en otras ocasiones se presenta como un marine que estuvo ahí.

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Esa historia, la de Dan, aparece de manera recurrente a lo largo de todo el relato e incluso sirve de argamasa para enlazar con otras biografías. Hay un bloguero iraní que cuenta su manera de hacer, hay un funcionario de Naciones Unidas que que enumera en qué consiste ser refugiado, hay, precisamente, un refugiado iraquí que fue expulsado de EEUU tras una oscura acusación de haber colaborado con Al Qaeda y hay muchos pequeños dramas, muy tristes por su cotidianeidad, protagonizados por exiliados kurdos. Muchas historias que van proporcionando diferentes puntos de vista mientras el grupo de amigos en los que se ha “empotrado” Sarah Glidden va reflexionando sobre su propia vista, sobre el periodismo, sobre la actitud de su país como árbitro del mundo y hasta acerca de sus propias vidas. “Necesitamos comprender cómo obrar con inteligencia dentro de la complejidad. Supongo que esa es la promesa del periodismo de calidad”.

Del periodismo de calidad y hasta de la propia existencia. Ese cuestionamiento permanente se puede apreciar en otro pasaje de este prolijo relato (300 páginas): “todo lo que hago como periodista se basa en el convencimiento de que, al exponer información e ideas, la gente se cuestionará cosas que daba por sentadas”. La obsesión por contar con todos los puntos de vista, el afán por huir de la comodidad que proporcionan los relatos oficiales, recuerda los cómics de Joe Sacco, al que dedica la autora la obra, entre otros autores. Técnicamente, las acuarelas y los tonos pastel de Glidden nada tienen que ver con el trazo de Sacco, en glorioso blanco y negro. Tampoco la composición de las páginas: poco rastro hay aquí de esas panorámicas a doble página, bien abigarradas, tan del gusto de Sacco.

Coinciden ambos, sin embargo, en la abundancia de textos, en el gusto por añadir una frase que acabe de dejar claro lo que cualquier protagonista quiere decir. El cómic de Glidden recuerda también a Sacco en ese planteamiento casi documental de escribir sobre el terreno, de mostrar con precisión cómo es el pequeño piso donde vive un refugiado kurdo, cómo se ve la ciudad de noche, cuando se producen los apagones que dan título al libro, cuánto fuma uno de los entrevistados o de qué manera cocinaba en EEUU los bollos de miel, en el microondas, y cómo los extraña ahora, el refugiado iraquí que fue expulsado por colaborar, supuestamente, con el terrorismo islámico que tiene al mundo en jaque.

“¿Qué es el periodismo?”, se pregunta la autora cuando queda escasamente una docena de viñetas para el final. La respuesta es una sucesión de preguntas, que hay que ver contextualizadas, dibujadas, una detrás de otra, en la página 296. Y así al final, volver a preguntarse: “¿PARA qué se hace periodismo?” Algo me dice que la respuesta a tan complejas cuestiones está en realidad hacia la mitad del libro, e incluso oculta en el propio título. Los “rolling blockouts” del título original no suenan tan bien como esas “oscuridades programadas” de la traducción al castellano. Son, lisa y llanamente, “cortes de luz provocados”, muy del gusto de los estados autoritarios o de los países que viven situaciones convulsas. En la página 152, observando la ciudad de Suleimaniya, en el Kurdistán iraquí, dice la autora que “se programan apagones para evitar sobrecargas y conseguir que la red siga funcionando”.

Se puede añadir el adjetivo “informativos” detrás de “apagones” y todo tendría más sentido todavía.

“Un relato unívoco”

He localizado las notas que tomé hace diez años, después de leer un conjunto de relatos titulado “Los peces de la amargura”. Alababa ahí la valentía del autor al retratarse sin medias tintas al lado de las víctimas de ETA y traía a colación, porque se lo había leído al escritor en algún sitio, que esa libertad con la que podía posicionarse la facilitaba el hecho de vivir en Alemania desde muchos años atrás.

Estos cuentos los escribió Fernando Aramburu y se publicaron en Tusquets. Lograron algunos premios, tuvieron bastantes lectores y reseñas elogiosas. En la misma editorial, con una emotiva foto en la cubierta que adquiere significado pleno al leer la novela, apareció hace pocos meses “Patria”, que se ha convertido en un fenómeno que va más allá de sus valores literarios, que también los tiene.

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La campaña encomiástica que se ha puesto en marcha satura por sus maximalismos. En la faja de la 8ª edición se acumulan los elogios: “sabes que has leído un clásico”, “una de las grandes novelas de la literatura española contemporánea”, “un libro que durará para siempre”… En la prensa se suceden los reportajes en la páginas de Cultura, más allá de las reseñas especializadas, que destacan los 150.000 ejemplares vendidos, la “conmoción que ha supuesto” el libro y hasta el premio Francisco Umbral con el que ha sido galardonado. El presidente del jurado, Fernando R. Lafuente, no se anda con chiquitas: “la historia íntima del País Vasco como nunca antes se había contado”. Y remata: “es la gran novela sobre el terrorismo; los otros libros, a su lado, constituyen notas y apuntes”. Esta campaña mediática no repara en gastos ni se detiene en minucias. Un reportaje de Luis R. Aizpeolea en Tinta Libre descubre el final sin ningún remordimiento y, por si no hubiera quedado claro, insiste en que termina igual que un documental recientemente estrenado, del que también desvela la sorpresa final. Este veterano periodista, que durante años firmó muchas informaciones sobre Euskadi en El País, también lo tiene clarísimo: “con esta exitosa novela, Aramburu avanza en su objetivo narrativo-político: la derrota literaria de ETA”.

Aquí está la clave de este libro, “que parece escrito para turistas”. Así de rotundo se manifiesta Bernardo Atxaga, en un reportaje muy jugoso, diametralmente opuesto a casi toda la prensa, escrito por Oskar Bañuelos en el diario Ara. El boom de esta novela –prosigue Atxaga, que escribió “El hombre solo”, una ficción con el terrorismo de protagonista– “tiene que ver con la promoción, con la propaganda y con el interés de diferentes poderes, muchos de los cuales no se circunscriben a la literatura”.

En un análisis reduccionista se puede pensar que es una novela llamada a triunfar de Miranda de Ebro hacia abajo. La escritora Karmele Jaio dice que el libro de Aramburu refleja “la visión que tiene una parte de la sociedad, una parte de las víctimas si se quiere, y no se puede tomar la parte por el todo”. En el mismo texto del Ara, Atxaga concluye que “algunos autores escriben desde una especie de daltonismo, una distorsión de la realidad”. En la misma línea se manifiesta el crítico de Radio Euskadi Kike Martín, molesto con esa “visión de las dos Euskadis (una buena y otra mala) y de la falta de compromiso por miedo de una parte de la sociedad”.

Es esa visión maniquea, simplista, con finalidad ejemplarizante, la que resta credibilidad a una historia que, a pesar de sus más de 600 páginas, se lee sin descanso, merced a capítulos breves, casi fogonazos. Más de 120 secuencias que viajan en el tiempo, que se mueven sin cesar del casco viejo de un pueblo guipuzcoano innominado a las elegantes calles de Donosti, del cementerio de Polloe a la Universidad de Zaragoza, donde estudia la hija de una víctima de ETA. Esa construcción formal, con un esfuerzo evidente por modular distintas voces alternando variados registros lingüísticos, ha sido muy bien analizada por Justo Navarro en Revista de Libros. Es una de las críticas más ponderadas que se han publicado. No exagera los aciertos hasta rozar la caricatura, como han hecho otros exégetas.

Hay un escritor que aparece como personaje en la propia novela, en una secuencia que amenaza con reventar la “cuarta pared”, y dice: “procuré evitar los dos peligros que considero más graves en este tipo de literatura: los tonos patéticos, sentimentales, por un lado; por otro, la tentación de detener el relato para tomar de manera explícita postura política. Para ello están, a mi juicio, las entrevistas, los artículos de periódico”. Desgraciadamente, es una las descripciones más certeras de esta novela. Y no debe extrañar que sea el propio Aramburu el que intente exorcizar el miedo que le atenaza poniéndolo en boca de uno de sus personajes.

Novelas recientes, de tono menos constitucionalista (por seguir con la etiqueta que algunos críticos han utilizado) pueden ser “Twist”, de Harkaitz Cano (Seix Barral) o “Martutene”, de Ramón Saizarbitoria (Erein). Están escritas con un perfil más fino, con una precisión que puede herir más que un pelotazo en la cara, que retratan una situación mucho más compleja y hasta endemoniada, teniendo claro siempre que hubo unos que apretaban el gatillo y otros que caían abatidos por sus balas.

Al leer esta novela absorbente, apasionada, entretenida, no acabo de entender ese propósito de buscar “la derrota literaria de ETA”. Un escritor como Javier Cercas, con tendencia a literaturizar la realidad (o lo contrario, porque a veces parece que no se aclare), está en pleno promoción de su último libro, donde recrea la vida de un pariente suyo, falangista, que murió en la guerra. Y dice: “el escritor da soluciones ambiguas y poliédricas. La literatura tiene prohibidas las respuestas claras, nítidas y taxativas que puede ofrecer el periodismo, la historia y la justicia. Nosotros trabajamos con la ambigüedad y la contradicción”.

Decididamente, no es el caso de “Patria”.

* Tomo el título de una reseña que me ha parecido fundamental para entender no sólo “Patria” sino buena parte de la operación mediática orquestada en torno a ella. La escribió Jabo H. Pizarroso y se puede leer aquí. No tiene precio tampoco el comentario que hace Juan Gorostidi en este mismo blog.

Más allá de Paracuellos

En las páginas literarias del sábado del diario Ara aparecía el otro día una breve reseña del último álbum de la serie Paracuellos, de Carlos Giménez. El penúltimo, mejor dicho, porque se anuncia otro para 2017, que ya será el octavo. Decía Xavi Serra que tras la primera entrega de la colección, los siguientes (publicados a finales del siglo que se fue) ya mostraban que el autor “había dicho todo sobre los días más tristes de su infancia” y que el séptimo, de reciente aparición, no venía sino a incidir en ello. Remataba la breve pieza con una frase contundente: “un retorno relativo [el del autor a los hogares de Auxilio Social] porque, según cómo, todavía no ha conseguido salir”.

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De una manera mucho más matizada y enriquecedora, la especialista en cómics de El Periódico de Catalunya, Anna Abella, entrevistó hace unos meses al propio Giménez coincidiendo con la salida de Crisálida (Reservoir Books, 2106). La enésima demostración de que el dibujante no se quedó precisamente en Paracuellos y que ha abordado los temas más variopintos, en los escenarios más diversos y con todo tipo de personajes. Sin renunciar, eso sí, a esas viñetas que parecen dibujadas con cincel, con esos juegos de luces y sombras y esos rasgos en los rostros que los emparentan con esculturas barrocas de aquellas que atrapan el movimiento.

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Decía Giménez a propósito de Crisálida que a veces le han tildado de impúdico, precisamente por las miserias que relató de su paso por esos centros de internamiento franquistas para niños desamparados, y que se lo habían vuelto a decir ahora, cuando enfrenta a su alter ego Tío Pablo con el alter ego que él se ha creado, Raúl, para hablar de la muerte, de la soledad, de la vejez, del miedo a lo desconocido… Es un juego de espejos en el que se suceden reflexiones muy personales, que teme el lector sean las del propio autor, por la carga desesperada que conllevan. La “crisálida” del título dice el protagonista que es “una cáscara que crece y nos aprisiona” después de aseverar que “empezamos a morirnos el día en que empezamos a pensar seriamente en la muerte”. En torno a esta idea se suceden las reflexiones de Raúl / tío Pablo / Carlos Giménez, que confrontan sus temores hablando a las claras en cenas de amigos, reflexionando mientras entinta una viñeta o dándole vueltas a las cosas en los momentos más cotidianos.

Crisálida, ahora; Barrio, Los profesionales, Una, grande y libre, Pepe y muchos otros álbumes del pasado dejan claro que Carlos Giménez salió hace tiempo de Paracuellos, pero que su maestría le permite volver ahí cuando quiere, aunque sea para decir que aquello fue una iniquidad. Como dice en la entrevista con Abella, “poner la otra mejilla es falta de dignidad”.

Querida Milagros…

Esta mañana al salir a patrullar, / hallamos muerto al soldado Adrián. / Como manda el reglamento procedimos a buscar / los objetos que llevara. Sólo hallamos esta carta. La segunda carta empezaba: “Te saludo desde Kabul” Lo leí y grité tanto que los vecinos vinieron corriendo. “¿Dónde está la ley? ¿Dónde puedo buscar amparo?” Me golpeaba la cabeza contra las paredes. “Sólo le tengo a él, hasta en los tiempos del zar libraban del servicio militar al hijo único. Pero a él le han enviado a la guerra”.

Querida Milagros, llevo seis días aquí. / Te echo de menos, no puedo vivir sin ti. / He visto las explosiones brillando a mi alrededor. / Tengo miedo, no lo oculto, sólo me queda tu amor”. En el hospital recibí carta de un amigo, por ella supe que una mina explosiva italiana había hecho saltar nuestro vehículo por los aires. Él había visto como junto con el motor del carro había salido volando un hombre. Ese hombre era yo.

Por ahora la suerte me ha sonreído; / necesito verte, aquí no hay amigos; / no estaría de más que alguien me explicara, / qué tiene esto que ver contigo y conmigo. Al poco tiempo empezamos a preguntarnos ¿Cuál es nuestro papel aquí? Nuestras dudas no gustaron a los superiores. Las zapatillas y los pijamas aún faltaban pero las pancartas y los llamamientos ya colgaban por todas partes.

Querida Milagros, queda tanto por vivir. / Sería absurdo dejarse la piel aquí. / Querida Milagros, aún no he podido dormir. / un sueño frío me anuncia que llega el fin. / Cuando leas esta carta háblales a las estrellas, / desde que he llegado aquí sólo he hablado con ellas. ¿Qué comprendí allí? Que el bien nunca gana. Que el mal en el mundo no disminuye. Que el hombre es espantoso. Y la naturaleza es bella… (…) En Afgán comprendí lo que es la vida. Aquellos años para mí fueron los mejores, se lo digo. Allí experimentamos de todo, probamos de todo. Vivimos la verdadera amistad entre hombres. Contemplamos cosas realmente exóticas: las bocanadas de neblina matinal en los estrechos desfiladeros, igual que cortinas de humo (…) Algunos paisajes parecen lunares, de ciencia ficción, algo espacial.

He visto a los hombres llorar como niños; / he visto a la muerte como un ave extraña, / planear en silencio sobre los caminos, / devorar a un sol que es tuyo y es mío. Nos trataban como a un rebaño… Unos estaban contentos, lo habían pedido ellos mismos. Otros no querían, estaban histéricos, lloraban, hasta había los que se emborrachaban con colonia. Joder… La desolación se apoderó de mí, todo me daba lo mismo.

Querida Milagros, llevo seis días aquí. / Te echo de menos, no puedo vivir sin ti. / Querida Milagros, llevo seis días aquí. / Muchos han muerto, casi todos morirán / Querida Milagros, me tengo que despedir / siempre te quiere: / tu soldado Adrián. Pasas días esperando un carta… Recibes una de tu chica, las flores le llegan hasta la cintura, ¡joder, haberme enviado una con bañador! ¡En biquini! O al menos de cuerpo entero, para poder mirarle las piernas… Por debajo de una falda corta… Entre nosotros, por la noche, el tema estrella siempre eran las mujeres. Cómo eran nuestras chicas y qué habíamos probado cada uno…

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Leía horrorizado la espeluznante sucesión de testimonios sobre la guerra de Afganistán que logró recuperar Svletana Alexiévich y sonaba en mi cabeza el alegato antibelicista que hizo El último de la fila en forma de canción. El lirismo de aquel soldado aturdido que confía a su novia sus congojas era el contrapunto ideal a las palabras de los supervivientes de la guerra afgana o a las palabras de las madres aterradas al rememorar cómo se fueron sus hijos para no volver, cuántas recuerdos arrastran mezclados con la sensación de culpa por no haber intentado evitar que cayeran en pos de un ideal tan difuso como el de ayudar a un pueblo hermano. Este libro aterrador se titula “Los muchachos de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán”. Si a su autora, una veterana periodista bielorrusa, no le hubieran premiado con el Nobel de Literatura posiblemente Debate no hubiera editado este volumen, y la obra de Svletana Alexiévich hubiera gozado del favor de un público minoritario en una editorial como Raig Verd, que creo fue una de las primeras que apostó por ella.

El libro es descorazonador. Los testimonios se suceden, sin ninguna acotación de la periodista. Podría compararse con un iceberg, sólo vemos la punta. Todo el trabajo de documentación, investigación, entrevistas, contraste de fuentes, transcripción no se vislumbra, si acaso se intuye. Es un enorme desagravio, con decenas de relatos muy personales, llenos de dolor, cuajados de injusticia, manchados por las mentiras que provocaron que miles de soldados soviéticos murieran en un territorio hostil donde nada se les había perdido. Dice Alexiévich en unas escuetas notas que preceden a los testimonios de los protagonistas que ella se dedica “desesperadamente (libro tras libro) a disminuir la historia hasta que toma una dimensión humana”. Así se puede colegir en cada una de las páginas de este libro.

A modo de curiosidad, el volumen se complementa con un apéndice esclarecedor. El avance de parte del libro en el periódico Komsomólskaia Pravda y la representación de una obra teatral basada en el libro provocaron que un tribunal de Minsk admitiera una demanda contra la autora por tergiversar los relatos de los testigos. Se suceden los argumentos de las partes, se recoge el fallo del jurado y se puede apreciar la herida que en la sociedad soviética, entonces, y todavía hoy en los distintos países que enviaron a sus hijos a esta absurda guerra sigue supurando. Aunque la tentación de matar al mensajero es grande, el reconocimiento del Nobel y el creciente número de lectores pueden blindar a Svletana Alexiévich ante ataques como los que han sufrido colegas suyos de la extinta Unión Soviética.

Con motivo de la entrega del Nobel se sucedieron las entrevistas en los medios españoles. Hay dos que por la categoría de los entrevistadores lograron trazar un perfil completo de la periodista: la veterana Pilar Bonet en El País Semanal (que a veces es algo más que una mera sucesión de anuncios de productos caros) y las imprescindibles “converses amb vida” de Carles Capdevila en el suplemento dominical del diario catalán Ara merecen una lectura sosegada.

Los mapas de nuestra vida

“No vaig ser capaç de llençar aquells mapes que ja no en feien falta. Les meves fronteres hi estaven representades. No vull viure sense ells”. Lo decía hace pocos días el periodista Roger Cohen en un artículo de The New York Times que reproducía el diario catalán Ara. Un texto que tenía algo de la magdalena de Proust al evocar su vida simplemente encontrando unos mapas antiguos en una habitación llena de papeles y objetos destinados a la basura. Y rememoraba su paso por las guerras de la antigua Yugoslavia (ahí sí que cambiaron los mapas), se acordaba de sus tiempos de corresponsal en Italia, sus estancias en Jerusalén o en Oriente Medio, donde los mapas reflejan las suturas de tantas heridas mal cicatrizadas, imposibles de desinfectar ahora ya.

Leyendo a Cohen me acordé enseguida de que durante años un mapa me acompañaba a la hora de hacer mis deberes escolares, en la mesa de una cocina que concentraba la actividad familiar en un piso de un pueblo pirenaico. El mapa en cuestión estaba impreso en un hule que cubría la mesa camilla, y a medida que se desgastaba por el uso era cambiado de manera invariable por otro que reproducía el mismo mapa, de la península Ibérica, con decenas de ciudades españolas enmarcadas en sus respectivas provincias mientras que de Portugal sólo salían las más destacadas y del sur de Francia escasamente se podían intuir las capitales de departamento. Viajé por aquel mapa miles de veces, soñando con visitar todos los mares que se nombraban (yo que soy de tierra adentro), siguiendo el Camino de Santiago que pasa por mi pueblo, memorizando los cabos, golfos y todos los accidentes geográficos que allí aparecían. Siempre he pensado que mi afición por los mapas (en paralelo a mi alergia por los GPS y esas voces metálicas que alertan de la próxima rotonda) viene de aquel mapa que unas veces estaba manchado de restos de comida, otras tenía la huella reseca y morada de un culo de botella de vino a granel y, casi siempre, sólo era visible a medias porque éramos muchos en aquella casa y todos teníamos la costumbre de dejar en esa mesa lo que lleváramos entre manos.

Muchos años más tarde, lejos de aquella cocina, me dediqué de manera profesional a tareas relacionadas con los mapas y hube de editar, traducir, diseñar, encargar e incluso esbozar mapas políticos, geográficos, temáticos y hasta de espacios imaginarios. Uno de los cartógrafos con los que trabajé me explicaba que una de sus actividades preferidas para evadirse era prepararse un gin-tonic en las tardes de domingo y aislarse dibujando mapas de lugares que sólo existían en su imaginación, enriquecidos con detalles que se le iban ocurriendo con el paso de los años, como si los mapas se transformaran a medida que él crecía, en una especie de retrato de Dorian Grey con sus ríos, valles y curvas de nivel.

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No hace mucho tiempo me llamaron la atención los elogios que fue cosechando en los medios de comunicación un ensayo que se llamaba precisamente “En el mapa”. El subtítulo era mucho más jugoso: “De cómo el mundo adquirió su aspecto”. Lo publicó Taurus en castellano en 2013, que del mismo autor, Simon Garfield, ya había editado un par de años antes otro libro que yo leí después con similar placer: “Es mi tipo”, un entretenido ensayo sobre la tipografía.

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El libro de Garfield dedicado a los mapas es una verdadera joya, y se convierte de manera irremediable en una obra a la que recurrir de manera sistemática, ya sea como fuente de deleite inmediato o como fuente secundaria de información. Es una obra de divulgación que destaca por la habilidad en la organización de la información, documentada con celo, montado a base de capítulos breves con títulos bien llamativos en los que acaban conviviendo sin estridencias Amerigo Vespucio, Google Maps, los teleñecos, Harry Potter, el cerebro de los taxistas de Londres, Jennifer Aniston o los dragones que habitaban “terras ignotas” en los mapamundis del pasado. Para transitar desde aquellos tiempos al incipiente desarrollo de la sonda Galileo (que tendría que ser la respuesta europea al control estadounidense del GPS), el libro de Garfield va desgranando historias reales, leyendas, anécdotas, acude a noticias de la prensa, recupera experiencias personales y las combina con imágenes en B/N (reproducidas con bastante calidad) que igual muestran un mapa con la actividad mundial de los usuarios de Facebook, un mapa de Tailandia “para mujeres”, cartas cuadradas con pedazos añadidos para mostrar nuevos territorios descubiertos y hasta un divertido mapamundi, con diseño similar a un plano de metro, con todas las ciudades que tienen suburbano en el planeta. Es difícil destacar un detalle concreto de este libro con una trabazón tan estudiada, que va pasando de nombres míticos de la cartografía como Ptolomeo, Joan Blaeu, Mercator, Peters… al diseñador del plano del metro londinense o a nombres mucho más prosaicos o, en principio, poco relacionados con los mapas. En una entrevista el propio Garfield explicaba por qué escogía los temas que abordaba: “Tiendo a seleccionar asuntos que sé que me permitirán contar muchas historias interesantes y que también tendrán una buena combinación de análisis histórico y actual. Me gustan los asuntos de amplio alcance y que en principio pueden parecer complejos; mi reto es hacerlos accesibles a mucha gente.”

Este libro dedicado a los mapas es una buena muestra de su manera de hacer. La calidad global del ensayo se puede apreciar además en la abundante bibliografía manejada y en el prolijo índice onomástico del final. Un libro que es una delicia, repleto –como decía Gila– de esas informaciones que no valen para nada pero que sirven para hacer crucigramas.