Nuestros ayeres (y II)

“Echar la vista atrás es bueno a veces”, decía una canción de esas con estribillo marcado a fuego en nuestros recuerdos. Era una frivolidad que a fuerza de repetirla perdía el significado y uno la tarareaba sin detenerse a pensar ya en lo que pudiera decir. Siempre hemos reivindicado aquí mirar atrás, y más en estos tiempos en los que se sospecha de aquellos que intentan entender qué nos pasa hoy a base de buscar razones en el ayer. En el prólogo a un cómic excepcional, Cuerda de presas (Astiberri, 2005 y 2017), el estudioso Felipe Hernández Cava aludía a un título de Natalia Ginzburg para hablar de “nuestros ayeres” y la reflexión moral que suponía esta colección de historias breves, protagonizadas por mujeres, ambientadas en la guerra civil y la posguerra.

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Con guión de Jorge García y dibujos de Fidel Martínez este escaso centenar de páginas es un puñetazo emocionante, una llamada de atención, un grito ahogado, la reivindicación de una memoria que se resiste a desaparecer porque hay todavía muchas personas que quieren contar, como sea, lo que otros prefieren que no se sepa, arguyendo eso tan manido de que es mejor no abrir heridas.

Cuerda de presas son 11 historias dibujadas en un portentoso blanco y negro. El trazo con el que está esculpida cada viñeta recuerda a un artista al admiramos con devoción, que también cayó víctima del fuego de los franquistas: Ramón Acín. El juego de sombras devastadoras y la composición de muchas páginas evocan los bocetos y hasta el resultado final del Guernica de Picasso. Los textos, complemento desolador a imágenes tan potentes, acaban por mostrar una realidad demoledora.

Poco se puede explicar de este cómic al que no nos atrevemos a llamar “necesario”. Lo es cualquier historia que muestre aquellos episodios que con tanto encono se han querido escamotear. Lo que hace muy recomendable a este libro tan bien editado es la factura impecable de sus páginas, de cada una de ellas. No hay ni una mala.

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Nuestros ayeres (I)

Estaba escuchando la radio esta misma mañana mientras trajinaba por la cocina cuando alguien ha empezado a contar una historia que enseguida me ha resultado familiar. Estaba ubicada en un pueblo de Guadalajara, pero había leído episodios similares ambientados en el Pirineo aragonés, en la ciudad de Barcelona, en la Ribera navarra, en Zaragoza, en Badajoz, en pueblos del sur de Valencia… Personas asesinadas hace casi ochenta años que siguen sin ser localizadas, por un lado; personas todavía vivas que perseveran buscando a sus padres, porque creen que cuando sepan dónde yacen y los puedan trasladar a un sitio donde honrar su memoria todos descansarán, los vivos y los muertos.

Era en el programa A vivir que son dos días, de la Cadena SER, que presentaba hoy el tercer capítulo de una serie titulada Vidas enterradas. Los testimonios que se van sucediendo son durísimos, la congoja que acompaña a estas personas (familiares de rojos encarcelados y fusilados) se percibe en cada frase: todavía no entienden muchas veces por qué los mataron, no acaban de comprender que hayan pasado tantos años y sigan pidiendo, ya no justicia, sino un poco de apoyo humano, y se han agarrado a la acción de tribunales argentinos para señalar a aquellos que en España han gozado de la protección de las autoridades, sean del color que sean.

La llamada “memoria histórica” de la que tanto se ríen algunos intelectuales progresistas, (afeando esa redundancia que se da en el mismo enunciado), esa “memoria” a la que el presidente del gobierno se jacta de no haber dado ni un céntimo desde que está en el cargo, ese concepto diluido que ahora busca cadáveres en las cunetas, hace tiempo que se cultiva en diversas manifestaciones artísticas y culturales, en pos de sacar a la luz algunas de esas centenares de miles de vidas que fueron segadas sin ton ni son. Al escuchar esta mañana el programa en la radio me han venido imágenes de los varios cómics que voy acumulando en los últimos meses, documentándome para contar una de esas vidas que hay que rescatar del olvido, y buscando inspiración en viñetas a las que me gustaría homenajear.

No es la primera vez que escribimos aquí de cómic y Guerra Civil y lo seguiremos haciendo mientras vayan apareciendo obras de la calidad artística y el nivel documental que tienen por ejemplo Cuerda de presas (de Jorge García y Fidel Martínez) o ese ya clásico titulado La balada del norte, de Alfonso Zapico, del que se anuncia para 2019 un tercer volumen (todos están en Astiberri). Esa eclosión de las viñetas para explicar la guerra española y la durísima posguerra debe de tener algo que ver con la edad de los nietos de los protagonistas de aquella contienda. Si los hijos callaron, como sus padres, por el miedo instalado hasta el tuétano, cuando los nietos se desembarazaron de ese temor y empezaron a reivindicar la memoria de sus antepasados se encontraron con el cómic como una herramienta muy eficaz para conectar con el público y para recrear aquellas historias contadas a media voz, pero marcadas a fuego en el recuerdo de sus protagonistas.

Hace muchos años, a primeros de los noventa, me encontré con unas cuantas páginas de un cómic de trazo minucioso que transitaba por la vida de Antonio Beltrán, apodado El Esquinazáu. Un personaje que da para varias películas y muchas de ellas serían inverosímiles, aunque contaran con pelos y señales todo lo que vivió este hombre: nacido en el Pirineo aragonés, fue soldado americano en la Primera Guerra Mundial, se sublevó en favor de la República española y se salvó de ser fusilado, peleó en la guerra, se exilió, fue Oficial del Ejército Soviético… Ese cómic quedó inconcluso, a pesar de que había mucho que contar y los dibujos eran de una calidad notable.

Yo por entonces había leído a Carlos Giménez y poco más sabía de historias de la guerra en viñetas. En estos treinta años ha habido un boom que nos ha regalado horas y horas de satisfacción. La apoteosis de Alfonso Zapico narrando la revolución de Asturias es uno de los últimos jalones de este idilio entre historia y viñetas. Javier Pérez de Albéniz lo resume perfectamente en el prólogo al segundo volumen: “obra ambiciosa que huye del panfleto”, “episodios nacionales divididos en viñetas”, “Zapico convierte el odio en belleza”…

Es imposible decir nada nuevo ni mejor de una obra, La balada del norte, que ya está considerada una obra maestra de la historieta española. No sé cuántas veces he vuelto a mirar algunas páginas: por la calidad del trazo, por la originalidad en la composición, por el movimiento que confiere a algunos personajes o a algunos vehículos añadiendo una línea que parece imprecisa y es todo un prodigio de sutileza. Apolonio el minero, su hija Isolina, el novio de ella, Tristán, que es hijo del propietario de las minas, son personajes que pasan a formar parte de nuestras vidas. Quiero saber qué será de Isolina, ahora que la revolución ya está en marcha y este segundo volumen se cierra cuando las fuerzas represivas de Franco, López Ochoa y algún otro cafre estaban a las puertas de las ciudades principales.

La documentación para montar esta historia se intuye monumental, pero no cae el guion en una exhibición de musculatura en forma de datos menudos. La narración está sabiamente contextualizada, anécdotas que parecen menores van añadiendo aristas a los personajes, ya sea en forma de una talla de madera en forma de virgen que va de mano en mano de las beatas de Oviedo, ya sea en una descripción de cómo se entibaba una galería en la mina, antes de seguir excavando. Hay dobles páginas gloriosas que muestran de un vistazo la riqueza de la obra y las paradojas de la realidad narrada: la paz de unas vacas que pacen con la silueta de la catedral ovetense al fondo empieza a verse alterada con las letras de un acrónimo que se hizo célebre en aquella revuelta: UHP. En la página enfrentada, a toda plana, una mujer puño en alto grita vivas a la revolución social. Y así en bastantes ocasiones a lo largo de las 500 páginas que ocupan los dos volúmenes ya publicados.

Habrá que esperar un año para saber qué ha preparado Alfonso Zapico. Se nos van a hacer largos estos meses.

Variaciones sobre Glenn Gould

Cuando le explicaba una vez a un amigo organista la fascinación que me producían las Variaciones Goldberg, que escucho en Spotify en cualquier circunstancia y ambiente, me decía que las grabadas por Glenn Gould eran la apoteosis de unas piezas que Bach había concebido para dos teclados y que el pianista canadiense interpretaba con una destreza y una finura excepcionales. Me comentaba mi amigo aspectos técnicos que un ignorante como yo no logró ni siquiera retener. A partir de entonces, solo he escuchado esas versiones, de 1955 y de 1981.

Cacé hace poco el cómic “Glenn Gould. Una vida acontratiempo”, que Sandrine Revel le dedicó, publicado por Astiberri en castellano (2016). Y ha coincidido su lectura con el hecho de que el pianista canadiense haya ocupado la atención de los suplementos literarios, porque Acantilado acaba de publicar uno de los libros que Bruno Monsaigeon recopiló con todo tipo de materiales alrededor de la vida y obra de su amigo Gould. Se titula muy elocuentemente “No, no soy en absoluto un excéntrico”. En el reportaje que le dedicó Babelia hace pocas semanas aparecía un texto del profesor Ramón del Castillo donde afirmaba que “la gran excentricidad de Gould era que estaba convencido de que la máxima intimidad e intensidad que se puede obtener con el oyente es fruto del artificio y no de la naturalidad”. Es la tesis central de un texto que gira en torno a la renuncia del pianista a tocar en público, para encerrarse en un estudio durante años y años a editar sin parar las tomas que archivaba de sus ejecuciones. “Nunca tocó las versiones que se oyen en sus discos, esas interpretaciones no existen, son una pura invención; lo que oímos siempre es un montaje hecho de tomas empalmadas”. Y después de dejar claro que su música estaba retocada al extremo, el profesor Ramón del Castillo se pregunta: “Pero dejaba por eso de ser especial?” Su respuesta es igual de categórica: “Al contrario”. En otro texto magnífico, esta vez de Álvaro Guibert en El Cultural, se añade luz al asunto: “Gould diseñó y vivió su carrera como un viaje hacia la soledad creativa que Monsaingeon caracteriza así: unos pocos años de concertista, solo los imprescindibles para conseguir la independencia financiera, seguidos de un cuarto de siglo de reclusión productiva en su propio estudio de grabación”.

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Soledad, excentricidad, relación pasional con el piano y el micro, genialidad… son algunos de los sustantivos que se acumulan en la contraportada del cómic publicado por Astiberri. Parecen indisociables de la figura de Glenn Gould y hallan acomodo de las formas más diversas en las páginas de este álbum que pasea por la faceta más íntima del pianista, indisolublemente unida a esa capacidad extraordinaria (y peculiar) para interpretar al piano, con los ojos cerrados, encorvado, sentado en una silla no menos particular que el personaje. Las páginas del cómic muestran una obra en absoluta deconstrucción, con una mezcla exuberante de ilustraciones a página completa, planas fragmentadas en decenas de ventanas con manos que vuelan sobre el teclado, recreaciones de imágenes del cerebro del genio,  sueños, vistas cenitales de un estudio de grabación, ensoñaciones, una sucesión de retratos de personas que opinan sobre él…

Es un cómic heteróclito, por llamarlo de alguna manera, que viaja en el tiempo, que se detiene en su debut como solista con la Sinfónica de Toronto, siendo un chaval; que aborda su reclusión en los estudios de grabación, que toca de refilón una relación sentimental fracasada y que, en definitiva, pone su fragmentada estructura al servicio de la vida de un genio que no por más conocida deja de ser subyugante.

Reflexionaba en torno a la soledad de los creadores Mar Abad en la revista Yorokobu y utilizaba las páginas de este cómic como hilo argumental. “La soledad es un buen momento para crear”, dice la periodista. “La presencia de otros me distrae”, aparece en el cómic que dijo Gould. “La reclusión monástica me conviene”, aparece en sus labios en otro momento. “Odio a los espectadores, no como individuos, sino como masa”.

La maravillosa sensación que uno tiene de estar escuchando algo imperecedero cuando oye sus interpretaciones (con toda la edición posterior que lleven a sus espaldas) no se ve en absoluto mermada cuando se conocen más detalles de su vida. Las delicadas imágenes del cómic de Sandrine Revel, al contrario, nos acercan más a una persona que optó por encerrarse para abrirnos las ventanas de Bach a los oyentes más ignorantes.

Cosas que nunca te dije

“Me gustaría poder olvidar todos tus libros para volver a descubrirlos y leerlos como si fuera la primera vez”. Esto es esencia lo que le dijo una lectora a Cortázar (si la anécdota es real) y que éste consideraba el mejor halago que nunca hubiera recibido. Con otros nombres propios, cambiando el género, la edad, la nacionalidad del entusiasta lector o del admirado escritor, adornada con detalles menores, hace poco o décadas atrás, la historieta funciona de maravilla como epítome de la admiración sin límites del fervor apasionado.

Me ha venido a la memoria al leer el sucinto halago que los editores de Astiberri han puesto a modo de reclamo en la cubierta del último libro de Paco Roca: “La casa”. Es un texto de Javier Pérez de Albéniz, responsable de un blog imprescindible (El Descodificador) y firma asociada a las secciones de Cultura, con predilección por la tele, desde hace una pila de años. Dice que es “un libro mágico sobre la sencillez y el adiós” y remata con una frase absolutamente embriagadora: “Afortunadamente, las cosas le pasan a quien sabe contarlas”.

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“La casa” es una maravilla en todos los sentidos. Es un ejercicio de madurez que se manifiesta casi en cada página, en cada viñeta. El autor se muestra como un rendido admirador de un padre al que no dijo todo lo que hubiera debido decirle. Transpiran los dibujos un delicado homenaje que es emocionante a fuer de sencillo, que alcanza la épica contando cosas cotidianas, que lamenta la pretendida aversión al sentimentalismo en la que nos hemos criado varias generaciones masculinas en este país, incapaces de dar un abrazo a nuestros padres, de musitar un “te quiero”, de decir en voz alta “qué importante has sido simplemente estando”.

La delicadeza que Paco Roca mostró en narraciones tan diferentes como las de los ancianos de “Arrugas”, los artistas de “El invierno del dibujante” o el combatiente desconocido de “Lo surcos del azar” estalla de pura contención en estas páginas, en las que un leve cambio de iluminación evidencia el ciclo completo del paso de las estaciones, el detalle de una bufanda deja claro que han pasado meses, las hojas caídas d un árbol hablan de un tiempo que se fue irremediablemente. La casa a la que alude el título es la que el padre del trío protagonista levantó con sus propias manos como segunda residencia, con el afán de legar a sus hijos algo más de lo que sus padres pudieron dejarle a él. Hay que preparar la casa para colgarle el cartel de “Se vende” y acuden los tres hijos, por primera vez desde la desaparición del padre. El gozne de un puerta, el fruto de una higuera, la piscina vacía, las herramientas del garaje, una pérgola que nunca llegaron a levantar, una firma  en un trozo de cemento fresco, un desconchón en la pared activan los misteriosos resortes de la memoria y traen historias menudas de aquel padre que embarcó a sus hijos en la construcción de una piscina para compartir con ellos unas horas más, que era capaz de conectar la tele a la batería del Ford Fiesta para que no se perdieran los partidos de basket de madrugada en los Juegos de Los Ángeles y que un día, cuando parecía estar mejor que nunca tras la operación…

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Imágenes procedentes de la web del autor http://www.pacoroca.com

La luz cálida de las viñetas se complementa con ese trazo que parece esquemático y, sin embargo, está cargado de matices y con una composición enteramente al servicio de la narración: las doce viñetas de la primera página son magistrales, como lo es el paso de las estaciones recogido en la página siguiente o la vuelta a la página dividida en doce recuadros que viene a continuación para mostrar la dificultades para abrir una cerradura cuando encima está lloviendo. Esta obra delicada de factura impecable se puede convertir en manual de lectura necesaria para toda nuestra generación. Ese pudor que a muchos de nosotros nos ha impedido ejercer de hijos, y cuyo fantasma queremos ahuyentar volcándonos en mostrar cariño (a veces de forma exagerada) en nuestra descendencia, lo refleja Paco Roca con una naturalidad que desarma. Afortunadamente le pasan las cosas a gente como él. Su desnudo emocional nos invita a llorar sin vergüenza. Es complicado seleccionar un episodio, doblar la página por una esquina, marcar con un post it una frase de esas que hemos dicho con una cerveza de más. Porque todas son magistrales. Pero es imposible olvidar el cierre de este tebeo, ese padre que trasciende al tiempo gracias al viejo amigo que…

Hasta aquí puedo contar.

María nos hace más viejos

“Miguel es más padre que nunca”, dice la psiquiatra infantil Amaia Hervás en el epílogo de “María cumple 20 años” (Astiberri, 2015). Un título de resonancias serratianas para poner de relieve todo lo que conlleva el paso del tiempo: si hace unos años el propósito de Miguel Gallardo con “María y yo” era hacer visible la realidad del autismo, ahora este volumen es una especie de diario en el que se desahoga como padre, da rienda suelta a sus temores, verbaliza su sufrimiento, agradece el apoyo de tanta gente (él, que además tiene la suerte de poder hacerlo públicamente) y, en definitiva, “es más padre que nunca”.

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Como en la primera entrega, Gallardo plantea el libro a cuatro manos, aunque el protagonismo de los dibujos de su hija (con un diagnóstico de “trastorno del espectro autista”) es ahora mucho menor: los trazos que se repiten en las guardas, algunos esbozos interiores y poco más. Hay más libertad en la composición de la página, con dibujos a toda plana, minuciosas recreaciones de retratos de amigos y familiares, listas de títulos de canciones escritas a mano o autorretratos del autor apurando cada minuto de las vacaciones con su hija (que durante el año vive en Canarias con su madre).

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Un libro desacomplejado, libérrimo, que parece la crónica de un tiempo que se ha esfumado y el anticipo del futuro incierto que se abate sobre Miguel Gallardo, más preocupado que nunca por que María se convierta en una adulta en un mundo que no está preparado ni concebido para personas como ella. Es emocionante recorrer esa “red de cariño” en la que deposita sus esperanzas futuras. Decenas de personas que han visto crecer a María, que han compartido con ella o con sus padres unos momentos que ahora los convierten en garantes de que el futuro sea lo menos duro posible.

Hasta ahora María ha sido feliz. Sus padres desean que lo siga siendo. Están agobiados. Este libro es la crónica de esa “angoixa”.

Linea clara para una guerra sucia

Es una buena noticia que Salamandra extienda su olfato y buen hacer al campo del cómic. Acaba de inaugurar “Salamandra Graphic” con una cuidada edición (marca de la casa), austera pero eficaz, cuidadosa con los detalles tipográficos y hasta con el papel utilizado.

Sento, un autor de amplio recorrido que incluye paradas en El Víbora, Cairo y El Jueves, recurre a la historia familiar para elaborar Un médico novato, o lo que es lo mismo, el paso fugaz por la medicina de un estudiante recién salido de la facultad que en el verano de 1936 Cae en un pueblo de La Rioja (Rincón de Soto) poco antes del estallido de la Guerra Civil. Sus ideas avanzadas –como se decía entonces– le llevan directo a la cárcel, donde asiste desconcertado a las sacas, a la indignidad de los nuevos dueños del poder y, en definitiva, despierta a la vida acechado por la sombra perenne y arbitraria de la muerte sin sentido.

un medico novato_interiorEn glorioso B/N con sutiles apoyos bitono, Sento narra la historia de un familiar de su mujer y alimenta la cosecha de obras recientes como las memorias ilustradas que Miguel Gallardo dedicó a su padre en Un largo silencio (2012) o el libro El arte de volar (2009), en el que el guionista Altarriba explica la historia del suyo mediante los dibujos de Kim. Sin grandes alardes en la planificación pero sí variando la puesta en página al servicio de la narración o generando el dinamismo que la sucesión monótona de días en la cárcel pretende evitar, la línea clara de Sento va arrojando luz sobre las tinieblas de aquel negro verano del 36.

El gusto por los detalles, el trazo fino, los personajes cercanos trazados con el cariño que debe de inspirar el roce familiar configuran esta historia con final feliz (porque así fue en la realidad en este caso concreto). A modo de remate, un breve apéndice final reproduce correspondencia y fotografías de las personas reales que inspiraron la narración.

Pablo Uriel, como se llamaba el médico protagonista, es homenajeado por su descendiente político, inmerso en una saga de médicos que queda patente en los agradecimientos finales.

un medico novato

Un médico novato

Salamandra Graphic, 2014

Muchos de los elogios y comentarios anteriores se pueden aplicar a otro cómic que lleva ya un par de ediciones, con escasos meses en las librerías, y que firma el ya célebre Paco Roca tras el éxito que cosecharon sus “arrugas”, en el papel y en las pantallas. Los surcos del azar homenajea desde el título a los perdedores de la guerra, con esa alusión a los versos de Antonio Machado “¿Para qué llamar caminos / a los surcos del azar?”. Publicado por Astiberri en un grueso volumen de más de 300 páginas, Paco Roca despliega una ambiciosa historia que avanza en paralelo con dos subtramas: la investigación del autor sobre un “héroe” de la Resistencia que desparece de un día para otro pocas horas después de liberar París, tras haber perdido la guerra en España, haber sobrevivido a los batallones de trabajo en África y haber logrado echar a los nazis de la Francia ocupada, y la propia historia de este anciano, instalado en Francia desde el fin de la II Guerra Mundial, donde montó un taller de coches y se dedicó a cultivar la memoria de Estrella, su compañera de los años de la Resistencia.

Las dos historias avanzan en paralelo, enfatizado el cambio temporal narrativo por detalles que no se hacen estridentes (B/N y trazo fino, sin marcos para la historia presente: la visita de Paco Roca al antiguo guerrillero; y color, con otro trazo un pelín más grueso y viñetas enmarcadas para el flash back).

La calidad del guión se complementa con el arte gráfico, hasta conformar una historia rotunda, que reivindica a los luchadores que prefirieron pasar desapercibidos cuando vieron que sus expectativas de un mundo más justo morían en los despachos de las cancillerías internacionales y arramblaban con los esfuerzos e ideales de varias generaciones de combatientes.

En la contracubierta del libro, un breve texto de Javier Pérez Andújar agradece a Paco Roca “por devolverme al país al que pertenezco”. Todos los premios que ha recibido ya (y han sido unos cuantos) quedan en poco ante el halago de Pérez Andújar.

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Los surcos del azar

Astiberri, 2013