Un taxista sandinista

“El séptimo vicio”, el espacio de cine de Radio 3, se emite una vez al mes desde Barcelona, en directo, en la sala grande de la Filmoteca de Catalunya. Es una ocasión óptima para poner cara a tantas voces y formar parte de un programa que parece hecho sin guión, a golpe de genialidad de sus invitados, que (a decir verdad) suelen estar bien elegidos. Hace ya unos meses que “els vicis de Filmoteca” (así se llama esta cita barcelonesa con el programa de Javier Tolentino) anunciaron que emitían una peli documental basada en las conversaciones que tuvieron Hitchcock y Truffaut, de las que salió un libro canónico de cine que Alianza reedita sin parar. En el programa previo a la proyección estaba prevista la participación del “enfant terrible” del cine catalán, Albert Serra, y de un escritor de novela negra llamado Carlos Zanón, que a mí me sonaba por las estupendas reseñas que firmaba de vez en cuando en Babelia.

Albert Serra gusta de epatar al respetable con sus opiniones rotundas y, en directo, acompaña sus declaraciones de un histrionismo que tiene algo de daliniano, inflexiones de voz incluidas. Repantingado en una butaca en el escenario, delante de un micrófono y con esos cascos enormes que usan en la radio, parecía encontrarse en su salsa. Si no hubiera asistido en directo a aquella emisión me hubiera perdido las caras de sorpresa de Carlos Zanón, que parecía aguantar con estoicismo semejantes salidas de tono. Él había sido entrevistado poco antes y había hecho gala de una sencillez que poco tenía que ver con su compañero de programa. Desde la invisibilidad de casa, si hubiera escuchado el programa mientras preparo la cena (como hago muchas tardes) no hubiera reparado en ese escritor que nada más terminar la charla, en los minutos previos a la proyección a la película que remata la jornada, despareció por el largo pasillo de la sala Segundo de Chomón, en un edificio de reciente creación en pleno Raval, un entorno urbano cargado de referencias cinematográficas y literarias.

Esta otra Barcelona, alejada de la ciudad de postal que atrae a millones de turistas con su palo-selfie, es la gran protagonista (precisamente) de la última novela de Carlos Zanón, “Taxi”, recién publicada por Salamandra y que ha suscitado el interés prácticamente unánime de los medios. Lo más curioso es que, al tratarse de una novela tan rica en detalles, cada reseñista ha encontrado algo interesante… y diferente del resto. Es una novela negra, es una historia ambientada en Barcelona (subgénero que no deja de enriquecerse), es una novela proletaria, es una road movie a caballo de un taxi, es una historia de amor, es un homenaje a los Clash…

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Kiko Amat, tan admirado en este blog, lo clava en un breve billete que escribió en el Culturas de La Vanguardia: “Taxi es un Zanón sin cinturón de seguridad, callejero, soñando con bohemia pero engrilletado a Horta”. Alguien que conozca mínimamente Barcelona disfrutará mucho más esta novela, y cuando pase con el bus por una cantonada del Eixample creerá ver en uno de los taxis aparcados a Sandino, el protagonista de esta historia que se va metiendo en problemas ya no se sabe si como consecuencia del destino o por su mala cabeza y su picha tan brava. No verá con los mismos ojos las obras que se están haciendo junto al hotel Vela, un icónico edificio que separa las playas de la Barceloneta de los muelles del puerto comercial. Si son ciertas las amenazas que se ciernen sobre Sandino a buen seguro que en los cimientos de esas obras descansa el cadáver de alguien que se pasó de listo. Y al pasar por debajo de Montjuïc, con esa sucesión de nichos con vistas a los muelles de contenedores, no podrá evitar pensar en las citas del taxista con su colega Sofía, compañera además de infortunios, víctima de una confusión en la que también quiso ser más lista que los malos.

“Taxi” es una novela oscura, más que negra, pegada a la actualidad. Todo ocurre en siete días del mes de octubre de 2016, y por eso aparecen la CUP y la Colau, el “procés”, o inmigrantes árabes que frecuentan compañías extrañas y hasta una mención a la parisina Bataclán. Quizá estos apuntes tan coyunturales la hagan envejecer demasiado deprisa, pero “Taxi” parece a veces un documental de esos grabados con cámara oculta para mostrar la ciudad allá donde pierde su nombre, donde baja la intensidad de las luces para ocultar más que iluminar.

Esta historia de amor repleta de corazones rotos y entrepiernas doloridas se convierte por momentos en un caos de subtramas levemente punteadas por versos de canciones que uno no sabe si informan de lo que viene a continuación (“Let’s go crazy”, “Police on my back”, “Career oportunities”) o meras maniobras de distracción (“Charlie don’t surf”, “Stop the world”).

El taxista proletario que aspira a follarse a una pija redomada para añadir otra muesca a su canana es el mismo que no se atreve a enfrentarse a su mujer, que le pide hablar con él. Entre tanto, “apatrullando la ciudad” con su Prius amarillo y negro, a Sandino la semana le cundirá como para echar algún polvo más rápido de lo deseado y rememorar tiempos de esplendor, cuando toreaba en grandes plazas. En una entrevista en el diario Ara, donde recuerdan que Zanón está escribiendo una novela que recupera a Pepe Carvalho y es él mismo comisario de BCNegra, el escritor dice que estas historias sentimentales o sexuales son “las cadenas que arrastra el protagonista, a las que se suman las de la familia y la lealtad a los amigos”. Es el punto de partida de “Taxi”, y también el de destino.

Una carrera para disfrutar por una ciudad que descubrir.

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Variaciones sobre Glenn Gould

Cuando le explicaba una vez a un amigo organista la fascinación que me producían las Variaciones Goldberg, que escucho en Spotify en cualquier circunstancia y ambiente, me decía que las grabadas por Glenn Gould eran la apoteosis de unas piezas que Bach había concebido para dos teclados y que el pianista canadiense interpretaba con una destreza y una finura excepcionales. Me comentaba mi amigo aspectos técnicos que un ignorante como yo no logró ni siquiera retener. A partir de entonces, solo he escuchado esas versiones, de 1955 y de 1981.

Cacé hace poco el cómic “Glenn Gould. Una vida acontratiempo”, que Sandrine Revel le dedicó, publicado por Astiberri en castellano (2016). Y ha coincidido su lectura con el hecho de que el pianista canadiense haya ocupado la atención de los suplementos literarios, porque Acantilado acaba de publicar uno de los libros que Bruno Monsaigeon recopiló con todo tipo de materiales alrededor de la vida y obra de su amigo Gould. Se titula muy elocuentemente “No, no soy en absoluto un excéntrico”. En el reportaje que le dedicó Babelia hace pocas semanas aparecía un texto del profesor Ramón del Castillo donde afirmaba que “la gran excentricidad de Gould era que estaba convencido de que la máxima intimidad e intensidad que se puede obtener con el oyente es fruto del artificio y no de la naturalidad”. Es la tesis central de un texto que gira en torno a la renuncia del pianista a tocar en público, para encerrarse en un estudio durante años y años a editar sin parar las tomas que archivaba de sus ejecuciones. “Nunca tocó las versiones que se oyen en sus discos, esas interpretaciones no existen, son una pura invención; lo que oímos siempre es un montaje hecho de tomas empalmadas”. Y después de dejar claro que su música estaba retocada al extremo, el profesor Ramón del Castillo se pregunta: “Pero dejaba por eso de ser especial?” Su respuesta es igual de categórica: “Al contrario”. En otro texto magnífico, esta vez de Álvaro Guibert en El Cultural, se añade luz al asunto: “Gould diseñó y vivió su carrera como un viaje hacia la soledad creativa que Monsaingeon caracteriza así: unos pocos años de concertista, solo los imprescindibles para conseguir la independencia financiera, seguidos de un cuarto de siglo de reclusión productiva en su propio estudio de grabación”.

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Soledad, excentricidad, relación pasional con el piano y el micro, genialidad… son algunos de los sustantivos que se acumulan en la contraportada del cómic publicado por Astiberri. Parecen indisociables de la figura de Glenn Gould y hallan acomodo de las formas más diversas en las páginas de este álbum que pasea por la faceta más íntima del pianista, indisolublemente unida a esa capacidad extraordinaria (y peculiar) para interpretar al piano, con los ojos cerrados, encorvado, sentado en una silla no menos particular que el personaje. Las páginas del cómic muestran una obra en absoluta deconstrucción, con una mezcla exuberante de ilustraciones a página completa, planas fragmentadas en decenas de ventanas con manos que vuelan sobre el teclado, recreaciones de imágenes del cerebro del genio,  sueños, vistas cenitales de un estudio de grabación, ensoñaciones, una sucesión de retratos de personas que opinan sobre él…

Es un cómic heteróclito, por llamarlo de alguna manera, que viaja en el tiempo, que se detiene en su debut como solista con la Sinfónica de Toronto, siendo un chaval; que aborda su reclusión en los estudios de grabación, que toca de refilón una relación sentimental fracasada y que, en definitiva, pone su fragmentada estructura al servicio de la vida de un genio que no por más conocida deja de ser subyugante.

Reflexionaba en torno a la soledad de los creadores Mar Abad en la revista Yorokobu y utilizaba las páginas de este cómic como hilo argumental. “La soledad es un buen momento para crear”, dice la periodista. “La presencia de otros me distrae”, aparece en el cómic que dijo Gould. “La reclusión monástica me conviene”, aparece en sus labios en otro momento. “Odio a los espectadores, no como individuos, sino como masa”.

La maravillosa sensación que uno tiene de estar escuchando algo imperecedero cuando oye sus interpretaciones (con toda la edición posterior que lleven a sus espaldas) no se ve en absoluto mermada cuando se conocen más detalles de su vida. Las delicadas imágenes del cómic de Sandrine Revel, al contrario, nos acercan más a una persona que optó por encerrarse para abrirnos las ventanas de Bach a los oyentes más ignorantes.

Honorificabilitudinitatutibus

Descubrí a Bill Bryson de manera accidental. No había oído hablar siquiera de su gran best seller, “Una breve historia de casi todo”, cuando un amigo escritor que se estaba documentando para hacer una guía de Toronto recibió una recomendación de su editor: “Lee un libro que se llama ‘En las antípodas’, el tono que utiliza Bill Bryson sería perfecto para explicar cómo es Toronto”. El amigo me encargó el libro y, antes de enviárselo, decidí echarle una ojeada. Fue imposible dejarlo. No se me había pasado por la cabeza ir a Australia, ni era un territorio que me resultara especialmente atractivo (o no más que muchos otros), poco sabía más allá de que era una isla enorme adonde los británicos estuvieron enviando durante décadas a lo peor de la sociedad y en la que había especies endémicas que llamaban la atención por su tamaño y sus rarezas.

en las antipodas bill bryson.png

No obstante, el tono de Bill Bryson describiendo un viaje por aquella isla fascinante me resultó embriagador y empecé a buscar en Google Maps vistas aéreas de Uluru para certificar las descripciones del autor, reí a carcajadas con algunas historias menores que sabía encajar con labor de taracea en medio de un viaje de sur a norte, atravesando un desierto de fuego; paseé por estancias del parlamento australiano, supe de héroes malditos de esas tierras australes… La copiosa documentación que había detrás solo se traslucía en la precisión de una fecha, el gusto por el detalle, en una cita colocada en el momento idóneo. El olfato con el que sabía trascender la anécdota volvía interesantes aparentes nimiedades y el tono cáustico, siempre el tono, con el que podía hablar de un compañero de asiento en el avión establecía una complicidad con el lector que lo convertía en rendido admirador, en agradecido compañero de andanzas.

Las alharacas de las efemérides han machacado durante unas semanas con el cuarto centenario de la muerte de Cervantes y Shakespeare, con el 23 de abril como estación de llegada. Babelia, que ha cambiado de manos hace poco y lleva sus riendas ahora alguien apellidado Seisdedos, dedicó un especial que me sorprendió por gratamente. Se citaban obras canónicas de las que han fisgado con más o menos acierto en la vidas de ambos genios, pero se les pasó por alto una titulada sencillamente “Shakespeare”, escrita por Bill Bryson. La encontré rodeada de títulos canónicos sobre “el bardo de Stratford-upon-Avon” (cómo nos gusta semejante sobrenombre), casi desvalida, flaca, en un formato pequeño, con un rojo llamativo en la cubierta, publicada por RBA en 2009. Eso que llaman ahora “los paratextos” no se andaban con chiquitas: “estilo ágil y ameno”, “pequeña gran biografía”, “una delicia”, una obra “accesible y estimulante llena del humor y la irreverencia característicos de Bryson”.

shakespeare

Pues todo eso y mucho más. Empieza hablando Bryson del retrato más famoso que existe de Shakespeare, del que asegura que no hay ninguna prueba de que se pueda parecer lo más mínimo al poeta para reconocer inmediatamente que “hace ya más de dos siglos (…) el historiador George Steevens observó que todo cuanto sabemos de William Shakespeare se reduce a un exiguo puñado de datos: nació en Stratford-upon-Avon, tuvo una familia allí, viajó a Londres, se convirtió en actor y autor, regresó a Stratford, hizo testamento y murió”. Con semejante bagaje de certidumbres no es extraño que el autor diga que poco puede saberse de Shakespeare sin recurrir a la especulación y “de ahí que sea tan delgado este libro”.

Son 180 páginas escasas, pero como se puede apreciar en las comillas anteriores, ahí está el inconfundible tono de Bryson, adobado de abundante documentación, pasión por contar y un tema más que atractivo. En capítulos tan cortos como suculentos se va hablando del contexto histórico, con Isabel I y Jacobo I; de la gestación de sus obras (muchas veces apoyado en meras especulaciones), de temas familiares, del destinatario (masculino) de los ardorosos versos de la mayoría de sus sonetos, de la historia del Globe, cuya falsa réplica se alza hoy cerca del Thamesis, del “Primer Folio”, esa recopilación monumental que poco después de su muerte fijó en cierta manera el canon shakesperiano y desató todo tipo de fabulaciones entre los estudiosos (que no cesan, ni las especulaciones ni los expertos), de las vicisitudes que han padecido los ejemplares de este título que la colección de la Biblioteca Folger de Washington atesora (son ochenta, un tercio de los que han sobrevivido), de las conjeturas sobre si Shakespeare fue éste, aquél o todos a la vez… Y hay un capítulo que es especialmente interesante, tanto como divertido. El de los estudiosos que se han aplicado a fondo para arrojar luz sobre fragmentos de su obra, desenmascarar la propia personalidad del bardo, atribuirle o quitarle obras y, en definitiva pasar el rato y hacérnoslo pasar a nosotros. Recuerda Bryson a A.L. Rowse, que analiza quién pudiera ser la dama  a la que ensalza el poeta en un soneto y dice sin asomo de duda que es Emilia Bassano, hija de uno de los músicos de la reina para asegurar de forma categórica (en 1973) que sus conclusiones “no pueden impugnarse porque son sencillamente verdaderas”. Y punto. No menos jocosa es la interpretación de historiadores “meticulosos en su inventiva” como Sir Edward Durning-Lawrence, que es capaz de traducir “Honorificabilitudinitatutibus” en lo siguiente: “estas obras, creación de F. Bacon, se presentan para el mundo”. Y de paso quitarle la autoría a Shakespeare.

Como decían otros elogios de la cubierta: “Una joya de principio a fin”. Y ya está.

Lectores, “atentos a sus pantallas”

Una clase con Javier Aparicio, en un posgrado de crítica literaria que ofrecía la Pompeu Fabra hace una década, podía convertirse en un curioso deambular en el que no tenía tanto interés saber adónde íbamos como entretenerse durante el trayecto, sin sospechar por dónde nos podría salir el guía ni saber si estábamos pertrechados para afrontar el recorrido que se le podía ocurrir sobre la marcha.
Durante sus charlas tenía, simultáneamente, una pantalla gigante conectada a la web de Le Monde des livres (por ejemplo), un montón de suplementos literarios del ámbito anglosajón, una montaña de libros… y no utilizaba nada en su discurso. Esas charlas, aparentemente sin guión, recogían menciones frecuentes al paso de Aparicio por la agencia literaria de Carme Balcells o anécdotas de Babelia –donde reseña desde hace años novelas escritas en inglés. Sus clases eran interesantes y caóticas (o al revés).

la imaginacion en la jaula

Muy similares al último libro que ha publicado en Cátedra ( Razones y estrategias de la creación coartada, 2015), última entrega de una tetralogía en la que ha indagado sobre la “ficción contemporánea”, en algunos libros de una manera más ordenada que otra.
En el caso que nos ocupa hay medio centenar de páginas con notas complementarias en sus diversas lenguas originales (inglés, francés, italiano, castellano), que se suman a una bibliografía copiosa y decenas y decenas de notas a pie de página (muchas veces más extensas que los textos que anotan) y que aparecen también indistintamente en diversas lenguas. Cada capítulo, además, va acompañado de un copioso aparato iconográfico, en el que igual caben pantallazos web que reproducciones de originales anotados de escritores célebres, fotos de Jackson Pollock en plena action painting o el documento que sirvió de guía a Georges Perec para combinar las historias de “La vida, instrucciones de uso”.
Semejante despliegue está precisamente al servicio de un ensayo que parece contaminado por lo que trata de desentrañar: los complejos mecanismos de la creación en la actualidad, que alternan diversos noveles de elaboración, múltiples actores, todo tipo de herramientas más o menos “electrónicas” y que acaban componiendo un proceso cada vez más coral, en el que intervienen casi por igual el creador y toda una corte de agentes, documentalistas, coolhunter, técnicos, curators y hasta el público, que hace tiempo que dejó de ser mero receptor de la creación para ser algo todavía por definir.
Aparicio hace gala de su amplio saber, que a veces simplemente esboza mientras en otras ocasiones despliega en toda su vastedad. Su magnífica reseña de la “Operación Dulce” de Ian McEwan, amplia y documentada en una de sus largas notas al pie, le da pie a hablar de la metaliteratura. Su pasado como agente le permite desentrañar con gracia los numerosísimos epígrafes en que se subdividen los géneros literarios, siempre en busca de un nicho lector y en pos de autores que alimenten esa necesidad generada.
Las reseñas de la prensa especializada han sido numerosas y cariñosas (casi siempre). Han hablado del libro como “un cubo de Rubik” para justificar una lectura tan fragmentada como el proceso de creación que analiza. Han destacado su buen humor (al alcance de entendidos, casi, porque habla en jerga) y la erudición. Una voz discrepante, la del crítico de La Voz de Avilés, empezaba su crítica de un modo lacerante: “La modernidad nubla la vista a ciertos eruditos que parecen haberlo leído, o consultado, todo y no haberse enterado de nada”. En Babelia, Ricard Ruiz Garzón prefiere considerarlo “un festín crítico”.
Aunque parezca imposible, ambos tienen su punto de razón.

Clap clap

Los quintos de Kiko Amat, aunque no hayamos leído tanto como él, tenemos la vista lo suficientemente cascada como para no poder leer (ni con gafas) los textos de los chistes que encabezan cada capítulo. Creo que es el único pero que he sabido encontrarle a un libro como “Chap Chap”, peculiar título de esta “antología confesional” donde, como dice la solapa, hay “artículos, listas, diatribas, columnas varias, piezas inéditas, piezas rechazadas y panegíricos escritos entre 1987 y 2014”.

Una vez descrito objetivamente el contenido, es hora de pasar a las sensaciones, que son variadas y muy gratas. Este tocho de casi 500 páginas editadas primorosamente por Blackie Books no está reñida la tapa blanda y solapas con un libro bien elaborado y mejor parido) tiene también un índice onomástico muy útil y se organiza en capítulo simplemente numerados, entre los que se intercalan “pruebas” de títulos elocuentes: “9 insultos gratuitos”, “9 insultos merecidos”, “los 6 peores artículos de mi carrera” y “osados preámbulos que no veían a cuento”.

Chap_Chap

La prosa torrencial de Kiko Amat, sin vergüenza alguna para ridiculizarse a sí mismo, llena todo lo demás. Está tan seguro de poseer un estilo propio, y de saber defenderlo y cultivarlo con gracia, que hasta se permite dar las claves para hacer un buen artículo.

Conocedor de los gustos de su público, los hace partícipes de su pasión por algunos grupos británicos (también hay grupos de Barcelona como los Brighton 64 o los experimentos de su adorado Miqui Puig) y da rienda suelta a una erudición en absoluto impostada. Por la misma razón, porque sabe cómo recibirán sus seguidores una columna firmada por él si aborda a determinados personajes, se chotea de un concierto de Julio Iglesias, hace una extravagante entrevista a Miguel Bosé, visita al clan de los Pujol en su retiro de Queralbs tras reconocer el patriarca que no había encontrado el momento de declarar unos milloncejos o justifica su delirante enganche a una serie escrita con los pies como “Al salir de clase”, todo un fenómeno en su momento que todavía hoy parece imposible que se llegara a grabar más allá del episodio piloto.

Con el mismo aplomo que utiliza para poner a parir a The Style Council luego es capaz de argumentar a su favor, elabora un desopilante decálogo de cosas que no puedes hacer desde que tienes hijos (cagar tranquilo, por ejemplo) y otro de las que sí puedes hacer con ellos (hacer el imbécil en público, sin ir más lejos), y va entrando en aparentes contradicciones: juzga severamente su pasado cafre de chico de extrarradio para poco después reconocer que fue ese pasado lo que lo llevó (o lo trajo) hasta donde está hoy: desde el suburbial Sant Boi al Passeig de Sant Joan barcelonés, en pleno Eixample, al lado de la cada vez más pijotera Gràcia.

Son textos muy variados, en todos los sentidos: más largos o más cortos, más o menos insultantes, mejor o peor concebidos, con mayor o menor carga de erudición, para fanzines de corta circulación o para el suplemento cultural del diario del Conde, publicados o censurados, cargados de admiración o desprendiendo una mala baba que pocos articulistas destilan con tanta gracia. No es por ello este un libro desigual: el nivel medio es más que alto, la personalidad de Kiko Amat ejerce de argamasa y los casi 30 años transcurridos desde el primer texto publicado y el más reciente muestran, más que una evolución, una reafirmación en una manera muy personal de hacer periodismo cultural, de manera que los últimos evidencian oficio y acopio de lecturas y canciones pero no se puede decir que sean mejores. Aquel operario de la SEAT, que también repartió cartas, atendió en la FNAC, encuestó y preparó concentrado de frutas (impagables páginas 371 y ss.), quería vivir de escribir y lo consiguió.

No es que el libro se lea de un tirón, es que no hay manera de dejarlo. He trasnochado durante una semana por culpa de Kiko Amat. Ahora, cuando me encuentro esporádicamente su firma en Babelia o en el Culturas, tengo la sensación de rencontrarme con un viejo conocido y me pregunto qué tal estará su pelirroja familia, si habrá conseguido colar su último texto o qué estará escuchando en este momento, mientras intenta hacerse una paja evitando las escrutadoras miradas de sus hijos desde las fotos que hay desperdigadas por esas estanterías repletas de libros y discos.

Éste es el grado de cercanía que uno alcanza cuando lee de un tirón un libro tan absorbente como “Chap Chap”. Una puta maravilla.

No hay finales felices

Descubrí a Jhumpa Lahiri por las recomendaciones literarias que hacía Carlos Boyero con su vehemencia habitual en sus columnas de Babelia o en los encuentros con los lectores que primero sostenía en El mundo y luego en El país. Sin ser devoto de su manera de entender la crítica de cine, sí que me he sorprendido en numerosas ocasiones con gustos coincidentes por lo que a música (el Boss, Wilco) y literatura se refiere (Don Winslow, entre muchos otros).

tierra desacostumbrada jhumpa lahiri

El primer libro de Lahiri que cayó en mis manos fue Tierra desacostumbrada (Salamandra), con un título tan forzado que parecía una traducción literal del Unnaconstumed earth original (2008). Parece más cercana Una terra estranya de la traducción al catalán. Me enganché sin remedio con los relatos que a modo de “tranche de vie” desarrollaban unas situaciones en las que miembros de diversas familias indias establecidas en EEUU vivían las contradicciones que genera la lucha entre dos identidades, dos culturas con difícil trabazón, y que son en buena medida el detonante de los conflictos que se enseñoreaban de cada historia. Unos hermanos en los que él es alcohólico y ella “una mujer de su casa”, residente en Londres tras casarse con un historiador de arte cargado de dinero; una pareja que asiste a una boda y deja en casa de los abuelos a sus dos hijos y en la celebración descubre que sus pasados respectivos están llenos de misterios y que el día a día de unos padres con hijos pequeños mata la pasión, el sexo y hasta el cariño; una mujer india que vuelve a EEUU para tratarse un cáncer; una hija y su padre viudo que rehace su vida… Recuerdo que los personajes iban formándose y creciendo a medida que avanzaba el relato, que los viajes por vacaciones a la India no hacían sino enfatizar esa lucha sorda por evadirse de las tradiciones y los roles asentados durante generaciones sin que los personajes lograran integrarse del todo en la realidad americana, más pendiente del día a día, de los retos del futuro, de las aspiraciones de medrar social y económicamente a costa de ir soltando el lastre que imponían las reglas, las vestimentas y hasta las comidas de un lugar de origen separado por miles de kilómetros del escenario de lo narrado.

La aparente facilidad de muchas novelas americanas por contar historias, simple y llanamente, acabó por subyugarme y cuando terminé enseguida quise leer más obras de Lahiri. Vi que había ganado el Pulitzer en el año 2000 por otra colección de relatos que fue traducida al catalán como Intèrpret d’emocions (Columna). El intérprete de emociones que da título al libro es el protagonista de uno de los relatos largos que conforman esta colección, quizá el más sutil a la hora de mostrar ese choque entre una cultura ancestral y sus valores solidarios nacidos de la necesidad de sobrevivir con el materialismo frenético de la vida americana, más apegada al triunfo social y con apremios más banales. “Sexy” era quizá el relato más frívolo y “Quan el senyor Pirzada venia a sopar” podía leerse como un repaso histórico al nacimiento de Bangla Desh y las funestas consecuencias que tuvo para miles de familias.

Ambas colecciones de cuentos atesoraban unos valores literarios que parecían marca de la casa: narraciones bien orquestadas, breves apuntes intercalados que devienen en detonantes de unos finales sorprendentes, esa lucha permanente entre dos culturas muy alejadas…

la fondalada jhumpa lahiri     la hondonada jhumpa lahiri

Salamandra publico el año pasado La hondonada, pocos meses después de que apareciera el original en inglés, y en catalán apareció como La fondalada (Ara llibres), que es la que leído. Alude el título a una balsa que se cubría en la época de lluvias en un barrio humilde de Calcuta, todavía sometida a los coletazos de la metrópoli británica, a pesar de que la independencia de la India ya era un hecho. Se fraguaba entonces una lucha desigual entre unos jóvenes que querían imitar el comunismo para evitar que las élites del nuevo país no fueran más que una sustitución autóctona de la forma de hacer los colonizadores. Dos hermanos, Subbash y Udayan, son los protagonistas –el segundo, en ausencia durante más de la mitad de la novela– de esta narración cuyo trasfondo puede leerse como una visión fragmentaria de la historia de ese subcontinente desde la independencia hasta prácticamente anteayer.

Si Ubayan es el “revolucionario” que quiere cambiar las cosas por la vía rápida, Subbash es el hombre tranquilo que –sin cuestionar la rebeldía del hermano– toma otro camino, acaba emigrando a EEUU (siempre ese choque de dos culturas que la propia Lahiri vivió en carne propia) para seguir sus estudios de biología marina. La cotidianeidad del desarraigo queda en esta novela, no obstante, en un segundo plano; las controversias entre las dos realidades es aquí más histórica y política que cultural, y el hilo argumental lo desarrolla Gauri, una mujer que compartirán ambos hermanos a causa de una tragedia ocurrida en la hondonada que no se puede desvelar para no destrozar media novela. Son setenta años de una saga familiar los que pasan ante los ojos del lector, con el eco de aquella tragedia planeando casi en cada página, inmarcesible al paso del tiempo.

Es la novela más americana de Jhumpa Lahiri, como una búsqueda –según explicaba en una entrevista en La vanguardia– de “las cosas de nuestra vida que olvidamos y luego vuelven a aparecer”. El peso del pasado, los sentimientos sometidos a las razones mejor intencionadas, el abandono, los nuevos valores de una sociedad en crisis moral son algunas de las subtramas que van entrelazándose en esta novela “desacostumbrada” de Lahiri en la que, como en sus relatos anteriores, si no acaba del todo mal tampoco es que termine bien.

La propia escritora lo decía en la entrevista antes señalada: “incluso en los momentos felices existe la pérdida”.

Obabakoak, una relectura

La rentrée literaria de 2004 alimentó las habladurías de las camarillas que todavía rigen (aunque en franco retroceso) la actividad libresca en este país. El crítico de Babelia Ignacio Echevarría publicó una incendiaria reseña de la novela El hijo del acordeonista, en la que aprovechó para ajustar cuentas casi personales con el autor. En “Una elegía pastoral”, que es como tituló Echevarría su diatriba, se deslizaban descalificaciones (“beatitud, maniqueísmo, inopia, bobería, sentimentalidad jurásica”…) que venían enfatizadas por la cubierta del propio suplemento literario de El País, en donde se apreciaba la bonhomía pública de Atxaga enmarcada por una ventana rodeada de plantas, en lo parecía un caserío de su tierra natal. El conjunto se antojaba una enorme burla, aunque nadie lo hubiera previsto así.

Si el asunto adquirió tintes casi surrealistas algo tuvo que ver el despliegue mediático que en las semanas siguientes hizo El País, que encargó a diferentes autores de renombre que glosaran las virtudes de la novela de Atxaga para tratar de frenar la cascada de críticas negativas que siguieron a la de Echevarría. Y es que en la rechifla general que provocó “el affaire Echevarría” mucho tuvo que ver que la novela del escritor vasco era una de las apuestas del año de Alfaguara, poderoso sello entonces del no menos robusto Grupo Prisa (de eso hace diez años), editor a su vez del también por aquella época potente diario independiente de la mañana.

A resultas de tan curioso episodio, Echevarría nunca más escribió una reseña en Babelia, con el tiempo acabó en la competencia (El cultural, de El Mundo), y quedó en evidencia el trapicheo de críticas no tan críticas en los medios que tenían intereses en las novelas que reseñaban, aunque en este caso fuera una excepción.

Me he acordado de este curioso incidente, que generó una catarata de cartas al director, desmentidos del defensor del lector, intercambios de puyas entre escritores y críticos y muchas sonrisas maliciosas al releer otra novela de Atxaga: Obabakoak, la que dio a conocer al mundo ese territorio mítico de Obaba donde precisamente también se desarrollaba en parte la novela vituperaba por Echevarría.

Obabakoak apareció en la década de 1980 y rápidamente fue un éxito de crítica y público, en su aparición en euskera y en su rápida traducción al castellano y luego a una gran cantidad de lenguas. Convirtió a Bernardo Atxaga en un renovador de la literatura vasca y rápidamente desde la capital del centro lo erigieron en uno de los autores periféricos, acompañado de Quim Monzó para la lengua catalana y Manuel Rivas para la gallega. Monzó, sobre todo, ha hecho coña de esta condición de “periférico” que le endilgan los que catalogan desde el supuesto centro.

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Leí Obabakoak, si hago caso de la fecha de la página de los créditos, a principios del nuevo milenio. Me gustó descubrir ese territorio mítico, me sedujo esa sucesión de relatos aparentemente independientes que luego enlazaban casi todos en una especie de obra mayor. Hubo finales en algunos de estos textos que me sorprendieron por su originalidad y hubo planteamientos en ellos (el chaval que aprende alemán enviando cartas a una novia idealizada de Hamburgo, por ejemplo; o el miedo a que un lagarto se pueda introducir por la oreja y volver tonta a su víctima a base de devorarle el cerebro) que me obligaron a devorar páginas y páginas en pos de una resolución.

Al releer ahora Obabakoak (una novela que he recomendado varias veces), me he acordado en parte de la crítica de Echevarría. No porque crea que Atxaga es un autor bobalicón o un sentimentalista jurásico, pero sí que creo que es una novela que no está envejeciendo bien, o que no soporta segundas lecturas así como así. Ha habido textos que, una vez superada el recuerdo de la sorpresa de un desenlace original, rechinan en su desarrollo. De igual manera, el artificio de colocar varios cuentos atendiendo a que serán los que se leerán en una velada literaria se antoja poco elaborado.

El epílogo del propio Atxaga (al menos en la 12ª edición de bolsillo que publicó “Punto de lectura”) puede aclarar un poco este carácter arcádico que supuran algunos de los relatos. Viene a decir que poco a poco está desarrollando una carrera literaria en una lengua que tenía escasa tradición (el euskera) y compara ese lento caminar con una partida del juego de la oca, donde hay casillas temibles que te pueden llevar a la cárcel, a retroceder varios puestos o incluso a volver al punto de partida. Atxaga venía de publicar en 1984 Bi anai, la mejor de las que le he leído (que han sido casi todas) y con Obabakoak logró el favor del público.

Es una buena puerta de acceso al mundo de Obaba, a su mundo. Quizá al lugar donde fuiste feliz no siempre haya necesidad de volver.