Variaciones sobre Glenn Gould

Cuando le explicaba una vez a un amigo organista la fascinación que me producían las Variaciones Goldberg, que escucho en Spotify en cualquier circunstancia y ambiente, me decía que las grabadas por Glenn Gould eran la apoteosis de unas piezas que Bach había concebido para dos teclados y que el pianista canadiense interpretaba con una destreza y una finura excepcionales. Me comentaba mi amigo aspectos técnicos que un ignorante como yo no logró ni siquiera retener. A partir de entonces, solo he escuchado esas versiones, de 1955 y de 1981.

Cacé hace poco el cómic “Glenn Gould. Una vida acontratiempo”, que Sandrine Revel le dedicó, publicado por Astiberri en castellano (2016). Y ha coincidido su lectura con el hecho de que el pianista canadiense haya ocupado la atención de los suplementos literarios, porque Acantilado acaba de publicar uno de los libros que Bruno Monsaigeon recopiló con todo tipo de materiales alrededor de la vida y obra de su amigo Gould. Se titula muy elocuentemente “No, no soy en absoluto un excéntrico”. En el reportaje que le dedicó Babelia hace pocas semanas aparecía un texto del profesor Ramón del Castillo donde afirmaba que “la gran excentricidad de Gould era que estaba convencido de que la máxima intimidad e intensidad que se puede obtener con el oyente es fruto del artificio y no de la naturalidad”. Es la tesis central de un texto que gira en torno a la renuncia del pianista a tocar en público, para encerrarse en un estudio durante años y años a editar sin parar las tomas que archivaba de sus ejecuciones. “Nunca tocó las versiones que se oyen en sus discos, esas interpretaciones no existen, son una pura invención; lo que oímos siempre es un montaje hecho de tomas empalmadas”. Y después de dejar claro que su música estaba retocada al extremo, el profesor Ramón del Castillo se pregunta: “Pero dejaba por eso de ser especial?” Su respuesta es igual de categórica: “Al contrario”. En otro texto magnífico, esta vez de Álvaro Guibert en El Cultural, se añade luz al asunto: “Gould diseñó y vivió su carrera como un viaje hacia la soledad creativa que Monsaingeon caracteriza así: unos pocos años de concertista, solo los imprescindibles para conseguir la independencia financiera, seguidos de un cuarto de siglo de reclusión productiva en su propio estudio de grabación”.

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Soledad, excentricidad, relación pasional con el piano y el micro, genialidad… son algunos de los sustantivos que se acumulan en la contraportada del cómic publicado por Astiberri. Parecen indisociables de la figura de Glenn Gould y hallan acomodo de las formas más diversas en las páginas de este álbum que pasea por la faceta más íntima del pianista, indisolublemente unida a esa capacidad extraordinaria (y peculiar) para interpretar al piano, con los ojos cerrados, encorvado, sentado en una silla no menos particular que el personaje. Las páginas del cómic muestran una obra en absoluta deconstrucción, con una mezcla exuberante de ilustraciones a página completa, planas fragmentadas en decenas de ventanas con manos que vuelan sobre el teclado, recreaciones de imágenes del cerebro del genio,  sueños, vistas cenitales de un estudio de grabación, ensoñaciones, una sucesión de retratos de personas que opinan sobre él…

Es un cómic heteróclito, por llamarlo de alguna manera, que viaja en el tiempo, que se detiene en su debut como solista con la Sinfónica de Toronto, siendo un chaval; que aborda su reclusión en los estudios de grabación, que toca de refilón una relación sentimental fracasada y que, en definitiva, pone su fragmentada estructura al servicio de la vida de un genio que no por más conocida deja de ser subyugante.

Reflexionaba en torno a la soledad de los creadores Mar Abad en la revista Yorokobu y utilizaba las páginas de este cómic como hilo argumental. “La soledad es un buen momento para crear”, dice la periodista. “La presencia de otros me distrae”, aparece en el cómic que dijo Gould. “La reclusión monástica me conviene”, aparece en sus labios en otro momento. “Odio a los espectadores, no como individuos, sino como masa”.

La maravillosa sensación que uno tiene de estar escuchando algo imperecedero cuando oye sus interpretaciones (con toda la edición posterior que lleven a sus espaldas) no se ve en absoluto mermada cuando se conocen más detalles de su vida. Las delicadas imágenes del cómic de Sandrine Revel, al contrario, nos acercan más a una persona que optó por encerrarse para abrirnos las ventanas de Bach a los oyentes más ignorantes.

Una carta de 300 páginas

Decíamos ayer que el arranque de “Instrumental”  es absolutamente desconcertante, directo como un guantazo, con un efecto paradójico que puede resultar disuasorio. “La música clásica me la pone dura”. Todo lo que viene a partir de entonces es doblemente impactante, por lo que se cuenta y por ese tono fresco, cómplice, aparentemente desprejuiciado con el que lo explica.

Teniendo en cuenta que lo hemos leído en la edición en castellano de Blackie Books, en diversas ocasiones me planteé si este era el tono imperante también en el original inglés, reconociendo la dificultad que hubo de afrontar el traductor a la hora de verter no sólo el texto sino también ese aire de desahogo visceral. Por ello, me llamó la atención hace poco que la traductora Gemma Rovira valorara como muy admirable esta traducción, “por el grado de simbiosis con el autor y el equilibrio que consigue”.

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Poco se puede decir de un libro del que tanto se ha hablado, que aborda un ramillete de cuestiones espinosas, y que además tuvo incluso dificultades para ver la luz a causa del pleito que la madre del hijo del autor puso con el fin de que no se publicara la obra. James Rhodes es un concertista de piano de cierto nivel que sufrió abusos sexuales de pequeño. Un profesor lo violó sistemáticamente cuando tenía seis años. Luego estuvo ingresado en un psiquiátrico, fue drogadicto y alcohólico, se intentó suicidar cinco veces y perdió la custodia de su hijo. Estas cuatro últimas frases son las que aparecen en la contra del libro y pueden resultar tan disuasorias para algunos como morbosas para otros. Y, sin embargo, no hay concesiones al sensacionalismo. El libro es un canto a la vida, una apoteosis musical, un desahogo de 300 páginas: “Y en muchos sentidos, (…) este libro es la carta que te he escrito, Peter Lee, que te estás pudriendo en tu asquerosa tumba, para contarte que no has ganado. Nuestro secreto ya no es un secreto, un vínculo que compartimos, un lazo contigo, privado e íntimo, de ningún tipo. Nada de lo que me hiciste fue inofensivo, divertido o cariñoso, a pesar de lo que decías. No fue más que una aberrante y penetrante violación de la confianza”.

Se plantea Rhodes en algún momento qué hacer con semejante nivel de culpa, cómo no ahogarse en él. Y va desgranando su sufrimiento, que se acrecienta cuando se convierte en padre. A pesar de que también dice que “sólo hay dos cosas en la vida” que tiene garantizadas: el amor que le inspira su hijo y el amor que le inspira la música, hay momentos en que parece sucumbir al dolor pasado y hasta su condición de padre se ve emponzoñada por lo que a él le ocurrió. Cuando está buscando colegio para el pequeño, en una zona pija de Londres, le obsesiona que en algún momento del día un profesor tenga la posibilidad de quedarse a solas con el niño.

Sabe Rhodes, y lo dice más de una vez, que jamás logrará que lo que pasó desaparezca del todo, y de ahí su entrega obsesiva al trabajo, que en su caso es volcarse en los ensayos de piano, para acabar ejecutando algunas de las piezas más complicadas compuestas para este instrumento. De hecho, cada capítulo del libro es un tema musical que le sirve para hacer una introducción sobre el autor, algunos de sus intérpretes y su propia experiencia a la hora de abordarlo. “Me entrego al trabajo –dice–. Y desde fuera parece que soy como cualquier otro cabronazo trabajador que sólo quiere hacerlo lo mejor posible y no decepcionar a los demás. Pero lo cierto es que, si no me entrego a ello acabaré matándome, asesinando, desmoronándome de la peor de las maneras”.

Las canciones de este libro, las que abren cada capítulo, se pueden escuchar en una lista de Sportify. Un ejercicio interesante es escucharlas de manera virginal, sin haber entrado en las páginas de este libro, e intentar recordar qué se sintió después de esta audición. Cuando uno vuelva a esta lista, ya devoradas las páginas de “Instrumental”, las sensaciones serán bien diferentes. Habrá temas que acuchillarán, con unas reverberaciones distintas, casi tenebrosas.

Este libro tan duro está repleto de pequeñas historias maravillosas. Como diamantes diminutos brillando en un montón de mierda. Las dificultades con algunas de sus parejas, sus problemas para recuperar la custodia de su hijo, sus recaídas en diversas drogadicciones, el dolor causado por su profesor, sus internamientos en psiquiátricos conforman esos “ecos del pasado que se transformaron en gritos” cuando se convirtió en padre. En medio de tanta dureza destellan la relación que mantiene con su mánager, sus éxitos en algunos conciertos y una pequeña historia de la que voy a intentar no desvelar casi nada, protagonizada por un viejo amigo que le va a visitar en una de esas estancias hospitalarias, cuando peor estaba. Le hace un regalo prohibido, que Rhodes recuerda así: “me metí en la cama. Me puse los auriculares. Madrugada. Todo oscuro y silencioso a más no poder. Le di a la tecla de reproducción y escuché una pieza de Bach que no conocía, que me llevó a un sitio de tal esplendor, de tal abandono, esperanza, belleza y espacio infinito que fue como rozarle la cara a Dios. Juro que en ese preciso instante viví una especie de epifanía espiritual. La obra era Adagio de Bach y Marcello, creada para oboe y orquesta por un compositor barroco llamado Alessandro Marcello, que gustaba tantísimo a Bach que éste la transcribió para piano solo. Glenn Gould tocaba su Steinway y me alcanzaba desde cuarenta años atrás, desde trescientos años atrás, y me decía que las cosas no sólo se iban a arreglar, sino que iban a ser una puta maravilla”.

Como este libro, como la traducción de Ismael Attrache.