Islandia, el mejor país del mundo

En la última edición de las fiestas barcelonesas de la Mercè, en el Passeig Lluís Companys se ofrecía la posibilidad de ver un cine panorámico, tumbados en el suelo, cubiertos por una cúpula en la que se sucedían ocho minutos de imágenes espectaculares con Islandia como protagonista. En realidad, era un publirreportaje de un laboratorio farmacéutico (Amgen) que ha llevado a cabo una extracción de datos para secuenciar el ADN de casi la mitad de los 300.000 islandeses que pueblan la isla. Dicen que, gracias a que la población islandesa apenas se ha mezclado con gente venida de fuera durante los doce siglos que la isla lleva habitada y dado que hay un registro meticuloso de los datos de nacimiento, muerte y parentesco de todos ellos en los últimos mil años, hay un árbol genealógico inmenso que puede proporcionar mucha información genética a la hora de conocer dónde y por qué aparecen determinadas enfermedades y, lo que es más importante (y monetizable) cómo abordarlas de manera personalizada.

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El vídeo en sí es más espectacular que informativo, pocos datos pero bellamente ilustrados con paisajes alucinantes, auroras boreales y naturaleza en plena ebullición. Acababa de leer un libro pequeñito, publicado en 2016  por Cuadernos del horizonte, titulado “Crónicas de Islandia”, y que aglutinaba en algo más de cien páginas unos cuantos reportajes de John Carlin que habían aparecido en El País entre agosto de 2006 y marzo de 2012. Ya había leído ahí sobre este proyecto de analizar el ADN de miles de personas aprovechando sus peculiares condiciones de “no contaminación”. Cayó en libro en mis manos como regalo de Jot Down, al comprar una revista dedicada a las islas. Creo que habíamos leído en familia algunos de estos reportajes hace más de una década, y que ellos fueron la espoleta que motivaron precisamente uno de los viajes que recuerdo con más placer: once días recorriendo Islandia, en un viaje circular a través de la única carretera totalmente asfaltada que rodea la isla. Fue en agosto de 2008 y con frecuencia vuelven a mi memoria flashes de aquellas jornadas que parecían eternas, con un sol que no acababa de esconderse y una sensación de estar pisando tierra que estaba viva, y que hacía todo lo posible por hacerlo patente.

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Dice John Carlin en este librito que es “el mejor país del mundo”, y por todo lo que va apareciendo en sus reportajes es difícil contradecirlo. Son escasamente 300.000 personas absolutamente tolerantes, donde abundan los escritores y, lo que es mejor, los lectores; que viven en un paisaje de ensueño, herederos de una tradición en las que las mujeres tienen un protagonismo esencial y donde no parece haber sitio para los celos ni los resquemores. Es habitual tener varias parejas a lo largo de la vida, así como hijos con todas ellas, desde bien jóvenes. Nadie se rasga las vestiduras, todo el mundo participa de la educación de todos los miembros de la familia. Apenas hay delitos, porque todo el mundo se conoce.

Durante los días en que anduve arriba y abajo por la isla me sorprendieron muchas cosas: la calle estaba llena de gente a cualquier hora, incluso de madrugada. Hacía fresco durante algunos momentos del día, pero el sol era bienvenido y nadie quería ausentarse. En los pueblos más solitarios (o en el centro de Reikiavik) las bicis estaban apoyadas en una farola, en una valla, sin necesidad de candados a pruebas de bomba como ocurre en Barcelona ahora mismo. Nadie las iba a robar. En sus paisajes espectaculares echaba en falta los árboles, apenas se veían. Por la carretera que daba la vuelta a la isla, donde no se puede circular a más de 90 km/hora, aparecía de vez en cuando una especie de podios con coches destrozados, a modo de memento mori. En los campos, recién cosechados, las balas de paja estaban envueltas en plásticos y con dibujos coloridos. De vez en cuando aparecían una muñeca hinchable y un maniquí masculino en posturas elocuentes que uno no sabía si eran espantapájaros, arte efímero o pura coña marinera. Y el agua corría por doquier. Cascadas espectaculares, glaciares, ríos, la inmensidad del cercano océano Ártico, los geiseres… Todo era agua en la isla más septentrional. Explicaban los paneles que las casas de casi toda la isla disfrutaban de agua caliente gracias a unas canalizaciones que explotaban esa energía geotérmica venida del subsuelo. El estruendo de las piezas enormes de hielo que se rompían al llegar al mar se asemejaba al de millones de litros cayendo por minuto desde cientos de metros, en algunas de las cascadas más espectaculares del mundo.

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En los núcleos habitados, allí una ciudad de 3000 habitantes ya es una urbe, sorprendía la limpieza de todo, las fachadas coloridas de las casas, las atestadas librerías en un pueblo de escasamente 500 almas. La tierra ruge y, aunque parece imperceptible, tienes la sensación de andar pisando los sueños de miles de antepasados.

Muchas de estas cosas las cuenta John Carlin en su libro, aunque él tiene la habilidad de hablar con muchos islandeses, incluso antes de salir de Barcelona, cuando se entrevista con Eidur Gudjohnsen, que entonces jugaba en el Barça. Él le pone en la pista de las personas a las que tiene que visitar. Carlin muestra de maravilla la evolución de la isla, con esa crisis económica que rompió el sueño de sus habitantes y permitió que muchos europeos (ante la debilidad momentánea de la corona islandesa) pudiéramos hacer el viaje de nuestras vidas. En esta serie de reportajes (que todo hay que decirlo, podrían haber sido objeto de una mínima edición para evitar repeticiones) se puede seguir el resurgir de la sociedad islandesa, gracias precisamente a las mujeres, a las que debiéramos encomendarnos cada cierto tiempo para atenuar tanto exceso de testosterona.

Volver a viajar por Islandia gracias a este libro de John Carlin es un regalo, que engrandece los recuerdos de una visita que tanto ansiamos repetir.

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Música y fútbol

A finales de la década de 1980 apenas podíamos intuir cuál sería el destino del fútbol televisado, mientras en la segunda cadena de TVE (quizás entonces ni siquiera se llamaba La 2) ofrecían en directo los sábados por la tarde un partido de la liga inglesa. Debían de ser los años de transición hacia la Premier League, “marca registrada” a la conquista de los mercados exteriores y en la que los campos se habían modernizado, habían desaparecido las “vallas asesinas” de infausto recuerdo en Heysel, todos los espectadores estaban sentados, no había borrachos en las gradas (o no los enfocaban las cámaras) y, algo que ahora ya pasa en todo el mundo, los precios sólo eran accesibles a un público de posibles.

La retransmisión que ofrecía la pantalla mostraba la cara “doméstica” de los hooligans británicos: miles de gargantas cantando “a cappella” himnos legendarios, miles de culos perfectamente sentados alrededor de unos campos de un verde imposible fuera de las islas y jugadores ahora ya en el panteón de ilustres persiguiendo a toda velocidad la sombra de un balón, que volaba de área a área, lejos del pasto. En términos futbolísticos se hablaba de racanería en el campo, aburrimiento en la grada y altanería en los despachos hacia el futbol practicado en el resto del continente.

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La cara B de todo esto, la explicación a ras de calle de tantos cambios en tan poco tiempo, se puede encontrar en un libro de Nick Hornby que siempre aparece cuando se elabora un canon de la cada vez menos imposible relación entre fútbol y literatura. “Fiebre en las gradas”, publicado en castellano por Anagrama tras aparecer en inglés en 1993, es un libro que no está envejeciendo bien del todo, porque hay muchos nombres que van apolillando el relato. También porque el glamour actual puede deslumbrar y provocar que las historias narradas, llenas de campos embarrados, peleas en el fondo del estadio y borracheras descomunales, aparezcan como batallitas que se cuentan en voz baja, mientras un rictus de vergüenza se adueña de nuestras cabezas despeinadas.

El libro de Nick Hornby es el relato de una pasión gunner, la biografía colectiva de un equipo segundón de Londres que parecía condenado por una especie de maldición futbolera, la crónica de los fracasos sucesivos del Arsenal entre finales de los años 60 y el campeonato liguero de 1989. Aún tendrían que llegar los años del jeque como amo del club, las muchas temporadas del francés Arsène Wenger como técnico de un equipo aclamado por su juego preciosista y criticado por su escasa contundencia a la hora de sentenciar títulos.

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Arsène Wenger y Nick Hornby

PROCEDENCIA DE LA FOTO: http://peterfromtexas.tumblr.com/post/39137035855/arsene-wenger-and-nick-hornby

En esta semana de marzo que ahora comienza vuelve a cruzarse el Arsenal con el Barça (de Messi, Neymar y toda la pléyade de estrellas) en una eliminatoria de Champions League, y lo hace en desventaja tras perder 0-2 en el Emirates Stadium (el apellido publicitario de una línea aérea del Golfo Pérsico ha acabado con un nombre de resonancias legendarias como Highbury, el antiguo campo gunner). Se volverá a hablar de Nick Hornby, seguro que lo entrevistan en muchos medios y volverá a citarse “Fiebre en la gradas” como uno de los libros imprescindibles, a pesar del tiempo pasado y aunque queden ya muy lejanos nombres como los del desdentado Peter Beardsley, el portero Grobbelaar, el entrenador Jock Stein o el mítico George Best (toda una fuente de frases e historias a menudos apócrifas) o parezcan historias conservadas en papel amarillento las de los años de `plomo del thatcherismo, la tragedia de Hillsborough o los viajes en tren de los hooligans por condados alejados y campos de tercera.

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El libro de Hornby, más que “literatura del yo”, es uno de los precursores de esos libros de evocación que ahora triunfan entre la generación de los baby boomers. Es verdad que el autor parte de su vida y sus recuerdos para proyectarlos sobre un paisaje y unos años que acaban conformando una especie de retrato generacional. Es un libro que, leído fuera de las islas y una par de décadas después, no se entiende bien sin notas a pie de página. Hay otro del mismo autor, “31 canciones”, que ha envejecido mejor, a pesar de estar elaborado con mimbres similares. En este caso son episodios de la vida de Hornby (algunos bien personales, como la enfermedad de su hijo, las dificultades de su matrimonio precisamente a causa de los condicionantes de esta enfermedad) los que se van mezclando con melodías y cantantes que le acompañaron en esos trances vitales. Dedica a cada una de estas canciones un pequeño ensayo que unas veces relaciona la canción con el propio proceso creativo del escritor, otras veces sirve para reflexionar acerca de las modas imperantes y, en algunos casos, es meramente una descripción técnica de una melodía. Springsteen, Led Zeppelin, Aretha Franklin, Van Morrison, The Clash… son algunos de los protagonistas de esta recopilación que se lee como la versión seria y objetiva de una novela, también de Hornby, titulada “Alta fidelidad”. En este caso la literatura y un peculiar humor muy inglés son los protagonistas.

Cuando se habla de música y fútbol, Hornby es un nombre recurrente. Con razón.