Sin filtros

Se anuncia curso para el verano en una librería de Barcelona. Se titula “Yo y mis sombras”, y lo impartirá Gabriela Wiener. El contenido del curso se presenta con una pregunta: “¿Para qué escribir sobre uno mismo?”. La respuesta, si la hay, puede hallarse en el último libro publicado por la propia Wiener, en Malpaso Ediciones. Se titula “Llamada perdida” y es de hace un par de años, de abril de 2015.

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Es una edición sobria, elegante, con las páginas tintadas en magenta al corte y un negro absoluto envolviendo la foto que Daniel Mordzinski le hizo a la autora, y que aparece en cubierta. No llegan a las 200 páginas estos textos palpitantes, pura literatura del yo, que se va exponiendo sin tabúes, sin remilgos ni pudores.

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Contra el discurso intelectual predominante, Gabriela Wiener traza unos perfiles muy cercanos de dos autoras ampliamente denostadas: Corín Tellado e Isabel Allende. Las muestra en momentos íntimos, haciendo confesiones personales, reconociendo la primera su incapacidad para el amor después de un matrimonio fracasado, al tiempo que inundaba el mundo de novelas románticas. Explica la chilena el dolor por la pérdida de su hija, que exorcizó en un libro que fue best seller (también) y que ni en este terreno más personal logró el favor de la crítica más sesuda.  Las muestra Wiener como dos abuelitas encantadoras que siguen haciendo gala de una profesionalidad incuestionable mientras explica la asturiana que ha dejado a sus hijos la explotación de los derechos de sus novelas rosa y Allende cuenta que lo confía todo a una nuera que es además su asistente, confidente y hasta algo más que hija política.

Dice Wiener que “este puñado de historias y observaciones no son más que frutos de la reincidencia en el vicio de documentar lo que me rodea con la esperanza de que al relatarme alguien más se sienta retratado”. Es duro, incluso en silencio, reconocerse retratado aunque sea a medias en estas historias que viajan a los abismos más íntimos. La manera en que Gabriela confiesa su incapacidad para ser fiel se complementa con la revelación de los celos proverbiales de su marido o, lo que puede resultar más morboso, se completa con la descripción de los tríos en los que participa la pareja, siempre con otra mujer por deseo expreso de él, y que puede terminar resultando hiriente de tanta sinceridad.

Alguien que viene de explicar de manera anecdótica su obsesión por el número 11, su temor a morir cuando se descubre un bulto en el pecho o su “necesidad” de emborracharse al menos una vez a la semana, con esa franqueza que desarma, sin filtros, convierte al lector en un voyeur que envidia ese gusto por desnudarse, ese valor por desvelar las angustias más íntimas, los efluvios más personales.

Hay momentos delicados cuando uno se asoma a la vida de los demás, aunque ellos no se ruboricen al mostrarse sin tapujos. Coincidir con alguien en un momento de debilidad lo convierte en un cómplice mucho más cercano. En estos días en los que el dolor por la pérdida se despierta conmigo cada mañana, hay una frase a la que no dejo de darle vueltas: “la vida adulta es palpar incesantemente la Nada con los dedos de la imaginación”.

Una manera hermosa para hablar de la muerte, evitando nombrarla. El curso de Gabriela Wiener que anuncia la librería “No llegiu” se celebrará a pocas manzanas de donde escribo esto, a escasos cinco minutos caminando. No tendré valor para asistir, porque no querré mirar dentro de mí menos contarlo, sin filtros.

Media vida caminado bajo la lluvia

Los cuatro discos de la grabación pirata del concierto del Boss en Berlín Oeste, a los que aludíamos aquí, se grabaron ante 17.000 personas. Corría el año 1988 y faltaba poco para que el Muro fuese demolido. Bruce Springsteen había pasado al otro lado unos días antes, había cruzado el Checkpoint Charlie para tocar ante la multitud más grande a la que se había enfrentado: 167.000 alemanes orientales más todos los que estaban en sus casas, viendo el show que emitía en directo la tele oficial, que había logrado incluso censurar en vivo una mención del propio Springsteen al odioso muro. Era la gira del Tunnel of Love, que acabaría llegando a Barcelona, sin la E Street Band. Fue la primera vez que lo vi en directo.

Estuve bien cerca del escenario, aún no se estilaban las pulseras para premiar a los más madrugadores de la cola. Quedé maravillado con la potencia del show, con los músicos que acompañaban al Jefe, con los coros. Recuerdo que alguien alrededor, veterano en estas lides, me dijo que no había color con otras actuaciones anteriores, cuando sí estaba acompañado de Clarence Clemmons, Steve van Zandt y Cía. Tardaría todavía unos años en comprobarlo, en 1999 y en Zaragoza. Qué razón tenía.

Las memorias de Springsteen van desgranando anécdotas e historias poco conocidas que sirven para ver cómo funciona por dentro esa banda tan bien engrasada, siempre al servicio del Jefe pero sin perder un ápice de protagonismo en cuanto a individualidades. “Una dictadura bondadosa”, así la considera el líder del tinglado, que cuenta cómo él es quien firma los contratos pero no duda ni en repartir juego ni en pagar con creces semejante dedicación. Dice en otro pasaje que sus músicos son, cada uno de ellos en su posición, “los mejor pagados del mundo”. Y no debe de andar muy desencaminado cuando consigue liarlos en giras maratonianas o en grabaciones muy personales, donde a veces brillan poco o, en ocasiones como en las Seeger Sessions, desaparecen de los créditos del disco y del avión de la gira.

Si la carrera de Springsteen y sus amigos se ha construido en buena medida sobre un escenario, con esos conciertos épicos que todos guardamos en nuestra memoria, no es extraño que sus memorias abunden en referencias a ellos. Habla, por supuesto, de cómo se batía el cobre en los locales de su pueblo y alrededores hasta hacerse con un nombre. Alude a su primer viaje a California, donde empezó a construirse el mito del rockero que venía con ganas de futuro. Cuando explica su primera experiencia en Europa en 1975, de la que hay un doble CD frenético, en el Hammersmith Odeon de Londres, es imposible no simpatizar con ese joven ansioso que no acababa de ver claro su estatus de estrella internacional. “Estoy asustado y enfadado, enfadado de verdad” (página 211). Y no sería por falta de fe en sí mismo, aunque confiese “a mis veinticinco años soy un jovencito provinciano que todavía no había salido del país”.

En otros momentos explica brevemente su gira mundial con Amnistía Internacional, de la que me quedé casi en las puertas, en 1988. Y de la vuelta a los ruedos con su banda de siempre, en 1993, que arrancó su gira europea en Barcelona. Cuenta también como el hijo de Max Weinberg sustituyó durante una temporada a su padre en la batería, con resultados más que notables, y explica por qué Jack Clemmons tuvo que pasar varias pruebas hasta hacerse con el papel, sólo hasta cierto punto, reservado a su tío Clarence hasta su muerte. Todos haremos nuestras lecturas personales de estas memorias. Yo no las puedo disociar de esos conciertos en los que me he sentido parte, aunque infinitesimal, de esa trayectoria. Dice en la página 363 que no escribe estrictamente para los deseos de su público, “pero a estas alturas estamos enredados en un diálogo que nos ya ocupa media vida”. Ahí casi todos nos sentiremos reflejados.

Tengo subrayadas, o con las páginas dobladas en una esquina, confesiones del más variado pelaje: los comentarios a la caótica relación con su padre, el relato de su boda con Patti (donde se lacera sin remilgos: “mi egocentrismo, mi narcisismo, mi aislamiento”), el recuerdo del nacimiento de sus tres hijos, qué supuso grabar un disco como “The Ghost of Tom Joad”, sus influencias musicales, los episodios depresivos, por qué su hermana le inspiró la canción “The river”…

Estas memorias del Boss son densas e iluminan sobre su vida y -especialmente- su obra. Es como si nos hubiera invitado durante unas horas a pasear por su hogar mientras iba enseñando esos recuerdos que no acaban de encajar con la decoración de la casa nueva pero sin los cuales sería imposible entender cómo ha llegado hasta ahí. Y por un instante hemos visto, colgado detrás de una puerta, el batín que se pone para estar por casa, cuando no hay afuera miles de personas gritando anhelantes, esperando un truco de magia.

Y entonces entiendes por qué llevamos tantos años corriendo juntos, sin rendirnos, caminado bajo la lluvia, esperando un día soleado o citándonos ahí, donde Mary.

Un tintineo con ronquera

Los carros de supermercado tienen un sonido muy característico que los hace inconfundibles. Incluso cuando ruedan sobre la superficie lisa de los pasillos de la sección de congelados, ese tintineo que parece diseñado para hacer de la compra toda una experiencia. “Vivir experiencias es lo más”, toda una divisa del neomarketing. Cuando uno de estos carros sale a la calle porque el usuario tiene mal aparcado el coche en la esquina y hay que vaciar a toda prisa en el maletero las bolsas de la compra, el discurrir de las ruedas del carro por las rugosidades de la acera convierte el tintineo en una especie de carraspera que anula por completo cualquier “experiencia multi-sensorial”.

Un carro de estos, pero cargado de ferralla, de motores de lavadora, de chapas, de listones de aluminio o de cualquiera de esas basuras inclasificables pero rígidas que dejamos al lado de un contenedor porque no sabemos dónde abandonarlas, ya no produce un tintineo sino un sonido ronco, una melodía gris para la banda sonora de una película ambientada en las calles oscuras de un barrio decadente.

Ese sonido tan peculiar es habitual desde hace unos años en el Poblenou de Barcelona. Por las calles Zamora, Pujades, Pallars, Puigcerdà, Ávila, Llull, Ramón Turró… y tantas otras trazadas a cordel hace décadas para erigir lo que se llamó el “Manchester català” es normal ver a hombres fornidos, negros casi siempre, arrastrando a duras penas carros de la compra cargados de hierros de todo tipo, que van vaciando en naves desnudas en las que se intuyen montones de chatarra, en pleno proceso de clasificación.

El Poblenou es un barrio que muestra todas las miserias (y por supuesto, muchas de las bondades) de la capital catalana. Una mezcla de vecinos con raíces en el barrio y barceloneses llegados de cualquier punto del globo; edificios y espacios añejos como la Rambla o los ateneos con hitos urbanísticos como el nuevo mercado del Encants Vells o la torre Agbar, ambos en la delgada línea que separa lo epatante de los ridículo; oficios manuales de siempre conviviendo con profesiones que todavía se están dotando de contenido; riqueza relativa conseguida a golpe de esfuerzo junto a pobreza enquistada que ni todo el esfuerzo de un hombre logra atenuar. En definitiva, edificios con espejos en el techo y plazas con leds que se iluminan al compás de la música al lado de esquinas donde se acumulan los vidrios rotos, los hierros oxidados y la lámpara de pie de la abuela que alguien dejó en el contendor pensando que ese día la recogida selectiva de residuos del Ayuntamiento pasaba por el barrio. Posiblemente fuera uno de “los vagabundos de la chatarra” el que la cargara en uno de esos carros de tintineo ronquilloso para depositarla en un almacén del Poblenou, muy cerca de la escuela de diseño más chic o del teatro nacional erigido con ínfulas de emparentar con edificio clásicos.

Algo de todo eso hay en un cómic que es muchas más cosas, por encima de las viñetas elaboradas con trazo feísta y voluntad documental. Es una novela gráfica, es un reportaje periodístico, es una contraguía turística, es una “historia basada en hechos reales”, es una crónica, y es un homenaje también a la gente que hace que la ciudad palpite más allá de los planes trazados con escuadra, cartabón y lápices de colores desde un despacho lejos de los arrabales y de la realidad. “Barcelona. Los vagabundos de la chatarra” (Norma, 2015), se titula este libro vivo, concebido por el escritor Jorge Carrión y dibujado por Sagar Forniés. De ambos hablábamos aquí de pasada, cuando glosábamos la obra de Joe Sacco, por una entrevista en cómic que le habían hecho ambos para el Culturas de La vanguardia. Es posible que me los haya cruzado más de una vez, en todos esos meses en los que se desplazaban en bicicleta por las calles del barrio, documentándose para el libro, entrevistado a gente. Nos movemos por la misma zona durante muchas horas del día.

Es un libro que se extiende más allá de sus páginas, con una web asociada muy recomendable, en la que hay documentación, se puede asistir al “cómo se hizo”, ver bocetos y conocer por los propios autor el porqué de este cómic.

Es un libro que cuenta “una historia que siempre acaba mal” (como titula Carrión el prólogo), que ofrece páginas memorables, con panorámicas de una ciudad acostumbrada a vivir “días históricos” cada dos por tres mientras la lucha por el pan bulle en sus calles, ajena a las cámaras. Es una hábil combinación de recursos narrativos: el cómic se cierra con una paradójica combinación de pantallazos de Twitter, en los que Ajuntament tuitea mensajes oficiales tan hueros como relamidos, montados sobre viñetas que escuetamente ilustran la trazabilidad de la chatarra, desde el carro del vagabundo hasta el carguero que supuestamente se la lleva bien lejos, a la China floreciente y ávida de hierro para seguir creciendo.

Al final del libro uno se encuentra con unas guardas impactantes, irónicas, elocuentes. Una sucesión de carros de supermercado giran enloquecidos sobre su propio eje. Mudos. Sin ese tintineo que ya nos es familiar.

Growing up

Como esos clásicos que dicen que podemos ir leyendo varias veces a medida que crecemos y nos van diciendo cosas distintas (o las vamos encontrando nosotros donde antes no habíamos sabido verlas), Thunder Road es una canción de Bruce Springsteen en que la que ido he viendo cómo crecía yo a la par que el texto envejecía de manera magnífica. La habré escuchado en casi todos los conciertos del Boss a los que he asistido, acompañado de amigos de la infancia, de la novia que desde hace años es más que una compañera en todo, de gente desconocida con la que gritaba y saltaba después de no haber cruzado más de dos palabras. Y siempre descubriendo cosas nuevas, fijándome en detalles distintos, dándole un nuevo sentido a la historia que se narra. Una mera historia de “cars and girls”, si hacemos caso de una canción que en tono de burla hizo Prefab Sprout para criticar a esos soñadores de pacotilla que venden falsas ilusiones. Para mí, una de las mejores letras del Boss, elaborada con una madurez que desarma si tenemos en cuenta que está incluida en Born to run, un disco de 1975.

Es verdad que se habla de chicas que escuchan a Roy Orbison cantando a los solitarios, claro que hay autopistas por las que huir, y aparecen caminos polvorientos y motores que rugen pero el texto arranca con una imagen preciosa de un vestido tendido que ondea en el porche mientras se superpone la visión de ella bailando y sigue toda una declaración de amor en forma de una promesa de cambiar, de romper con el pasado para iniciar una nueva vida, de liberarse de las ataduras. Una canción con un poder de evocación enorme: “tengo esta guitarra y aprendí a hacerla hablar”, que anticipa a la pareja que viaja “río abajo” en The river. Es un texto que para mí alguna vez fue simplemente una canción, que más tarde me insufló ánimos para romper con la rutina, “coger la carretera del trueno” y abandonar la tranquilidad familiar en pos de algo que no sabía bien qué era; que hubo unos meses en los que hice mía esa inocente declaración de amor, de alguien que hace promesas que no tiene ninguna certeza de convertir en realidad y que ahora mismo estoy escuchando con la misma sonrisa bobalicona que se me dibuja cada vez que oigo las primeras notas de esa armónica eterna… hasta que el piano eleva el crescendo que se cierra con Jake Clemmons (ahora) acompañando al saxo los últimos golpes de guitarra de Bruce.

Es difícil deslindar momentos clave de mi vida del fondo sonoro que el Boss les puso. Durante años sonaba Bobby Jean y recordaba una vieja historia de amor cuando oía el verso en que ella “camina bajo la lluvia”. Nació mi primer hijo el mismo día en el que aparecía el DVD del concierto que Bruce grabó en el Palau Sant Jordi de Barcelona, presentando The rising, al que pude asistir de chiripa, gracias a un amigo que venía con dos entradas y buscaba acompañante. Poco antes de que naciera mi hija me fui solo a ver el Olímpic de Badalona el concierto de una gira que meses después volvería a recalar en Barcelona: The Seger Sessions. Y también acudí, en la pista del Sant Jordi de nuevo, con una lámpara vintage coronando el escenario y Bruce prometiendo bulla en catalán: “Aquesta nit ens divertirem”.

La locura más grande que hice por el Boss fue salir un día de trabajar a las cinco de la tarde en Barcelona, pillar un avión a Bilbao, verle en un concierto en el flamante BEC de Barakaldo, dormir un poco y volver a coger un avión para estar en la oficina a las ocho de la mañana siguiente. Era la primera vez que el Boss recalaba en Bilbao y no quería perdérmelo. Un amigo me regaló la entrada y con ella la impagable experiencia de ver a los bilbaínos asistiendo a un concierto de Springsteen como quien va a un partido de pelota. Todo el mundo se conocía, la gente se cedía el paso, hacían comentarios divertidos de punta a punta del metro, cuando volvíamos de madrugada, y parecía que habían ido para hacer el cumplido al Boss, por tener el detalle de escoger Bilbao para su primera visita a Euskadi. Tiempo después fui por última vez al viejo San Mamés para ver de nuevo al “Jefe”.  No había pasado en esa ocasión por Barcelona y tenemos demasiados amigos en Bilbao como para dejar pasar la ocasión.

Desde entonces, el Olímpic de Montjuïc (con Radio Nowhere) y un par de veces el Camp Nou (con la gira de Wrecking ball y la presentación de The ties that bind) han sido mis últimas citas con Bruce. La sensación angustiosa de que quizá fuera la última vez que lo viera me ha acompañado desde el concierto de la Feria de muestras de Bilbao. Falsas alarmas. El emotivo vídeo que acompaña a Tenth Avenue Freeze Out, con ese recuerdo a cuando Big Man se integró en la banda o las imágenes de Danny Federici, muestra desde la gira anterior que The E Street Band también es mortal.

concierto boss

Dicen que la presente gira europea puede ser la despedida de esa banda cuya alineación podemos repetir de memoria. Sin ellos nada será lo mismo pero de momento podemos decir que los hemos vuelto a ver, y que no perdemos la esperanza de que regresen. Hay razones para creer que a volveremos a escuchar en directo Thunder Road, y habrá en nuestras vidas nuevos hitos que asociar a un disco del Boss, mensajes que cruzarnos de manera invisible, evidencias de que seguimos vivos.

Y vamos creciendo.

The ties that bind

Una noche de verano de 1986, en una ciudad de provincias, tres franceses querían seguir bebiendo bueno, abundante y barato. Entraron en el bar más grande de una plaza céntrica y pidieron tragos que casi no se veían delante de las narices. “Servido, cobrado” era el lema de la casa, y encima en francos, que se cambiaban a 15 pesetas, con lo que el dueño ganaba dos veces: cobrando los tragos bien caros (que para eso eran franceses) y cambiando por debajo de las veinte y pico pesetas que era la tarifa oficial. Fue entrando la madrugada y las abundantes mesas de la terraza se fueron vaciando, hasta dejar sólo a los clientes de confianza. Era para mí el momento más esperado del día. Con el camarero que me estaba enseñando los primeros trucos del oficio poníamos la música a tope y empezábamos a recoger mesas y sillas a toda velocidad, antes de escobar las aceras y pasar un manguerazo. Mi mentor en esa incipiente carrera en la hostelería era un fanático de Bruce Springsteen, y caí rendido a los encantos de aquellas canciones pegadizas, que intentaba traducir con el poco inglés que iba aprendiendo en el instituto.

Cuando sonó Glory days en los altavoces del bar, que como estaba recubierto de madera tenía una acústica fantástica, uno de los franceses se acercó bailando, medio borracho, agitando un papel en la mano derecha. Mi compañero de fatigas se acercó corriendo y empezó a decirle “Oye, Tiganá, que yo también estuve allí”, y se fue al almacén. Volvió al momento con un papel igual. Eran entradas del concierto que el Boss había dado un año antes en Montpellier, y al que dicen la crónicas que fueron varios trenes cargados de españoles.

entrada Springsteen Montpellier 1985

La noche se hizo eterna. Alfonso, mi compañero, empezó a invitar a copas a los franceses. Tiganá y sus otros dos colegas, negros como él, empezaron a hablar de fútbol, de Springsteen, nos dijeron que conocían al Tiganá verdadero (aquel futbolista que brilló con la selección francesa en los años 80), cantaron en inglés con acento francés las canciones de Born in the USA y a las tantas nos separamos después de muchos abrazos, muchas señas para hacernos entender y unos cuantos berridos de larga vida a Springsteen. “Tiganá” me regaló su entrada del concierto de Montpellier (igual se está arrepintiendo todavía) y aquel papel se convirtió para mí en una suerte de talismán que me ha acompañado por todas las casas y ciudades en las que he vivido. Lejos ahora de la casa familiar y treinta años después de aquella madrugada, esa entrada sigue enganchada con celo cerca de los LPs que he ido acumulando en todos estos años. Es el primer recuerdo que atesoro de mi larga vinculación a Springsteen y su música. Veo aquel trozo de papel y recuerdo el cassette que giraba sin descanso en la pletina del equipo de música de aquel bar, con el cansancio acumulado de doce horas de servir bandejas y la perspectiva de recoger rápido y salir a disfrutar de lo que quedara de marcha.

Por aquel tiempo, en un concurso en la radio local gané un premio por no sé qué y me dieron un single. Era Sherry Darling. Tenía disco pero no tenía tocadiscos. Fue uno de los caprichos que me permití con esos primeros sueldos veraniegos tras la barra de un bar. Cuando lo inauguré puse ese disco de 45 rpm, que todavía hoy está en mi discoteca, cerca de la entrada de Montpellier. Al lado de una caja con 5 LPs, que fue el primer disco del Boss que compré, el LIVE 1975-85, que sacó para intentar poner coto a la proliferación de discos piratas de sus conciertos. Lo conseguí en Andorra, adonde fuimos en un viaje relámpago a comprar discos, zapatillas, whisky, tabaco y azúcar. Eso era lo que se traía todo el mundo del “país de los Pirineos”. Aquella caja, rayada, repleta de recortes, con las esquinas de las fundas de los discos dobladas, me costó 3.500 pesetas, cuando el precio oficial era un billete morado.

Las cientos de horas que he pasado con aquellos cinco discos me permitieron descubrir, primero, la potencia en directo de la E Street Band; hacer un recorrido selectivo por la trayectoria previa a Born in the USA; descubrir que con el Boss no mejoraría nunca mi dicción  de la lengua inglesa y memorizar canciones hasta el más mínimo detalle. Temas que apenas le he escuchado en los conciertos, como This land is your land, Paradise by the C, Reason to believe, Raise your hand o War, se alternan con himnos que sí he berreado hasta la saciedad en estadios de Barcelona, Bilbao o Zaragoza. Nunca he podido verlo en su tierra ni viajar con el club de fans en sus giras europeas. Es algo que ya me temo quedará pendiente por siempre.

Springsteen nos gusta tanto porque nos recuerda lo mejor de nuestras vidas, porque hemos crecido con él. Porque hace más de treinta años que nos sabemos sus canciones y nos identificamos con él incluso cuando hace esos cambios que nos dejan anonadados.

entrada primer concierto springsteen 1993

La primera vez que lo vi en directo fue en Barcelona, en 1993, y venía sin su banda de siempre. Le acompañaba un grupo de músicos más que competentes que hicieron brillar los coros. Era la gira de promoción de Lucky town y Human touch, un par de discos que he ido apreciando con el tiempo. De “mi primer directo” recuerdo, por extraño que parezca, versiones de la Creedence como Who’ll stop the rain o de Jimmy Cliff, Many rivers to cross, así como unas críticas en los periódicos que fueron demoledoras. Pocos años antes, siendo unos críos, nos habíamos quedado con las ganas de ver al Boss en un concierto que aún hoy se agiganta en el tiempo. La gira de Amnistía internacional pasó por el Camp Nou en 1988 y llevaba de la mano a Tracy Chapman, Sting, Peter Gabriel, Youssou N’Dour y Bruce. Llegamos a la tienda que vendía las entradas en Tarragona pocas horas de después de que se llevaran las últimas. “Esgotades”, decía la dependienta, a la que mirábamos con una cara de rabia y una sensación de injusticia que hoy recuerdo con una nitidez hiriente.

Eran los años en los que iba a los conciertos con los amigos de toda la vida, reforzando esos lazos que nos unen, descubriendo esas experiencias que nos llevaban a cometer locuras y a creer que empezábamos a construir nuestra libertad personal.

Se consolidaba nuestra relación con el Boss sin que pudiéramos intuir todas las cosas que aún veríamos, los lugares en los que nos íbamos a encontrar, las canciones que nos iba a proporcionar para seguir creciendo.

(Continuará)

 

Una historia brutal

En estas páginas nos hemos ocupado de dos autores que con desigual fortuna han escrito o dibujado sobre la figura del padre desaparecido. A ambos les unía la sutileza a la hora de mostrar los sentimientos que generaba esa pérdida e, independientemente de la habilidad estilística que pudieran poner al servicio de esa evocación, la contención y la admiración eran los ejes vertebradores de ambos relatos.

Todo lo contrario de un tebeo que publicó Glénat en 2009 en colección “Novela gráfica”, con texto de Mario Torrecillas y dibujo de Tyto Alba, titulado “El hijo”. El padre de Matías, el hijo del título, ha perdido la casa familiar a las cartas, durante la guerra civil, y la misma suerte ha corrido su mujer. Matías, boxeador de medio pelo, lo descubre todo al volver al hogar y encontrárselo convertido en un burdel. Es la Barcelona de la inmediata posguerra, en la que se hacinan perdedores de todas las batallas posibles que han de convivir con los vencedores, obsesionados muchas veces en que no se descubra que ellos también pudieron perder algo.

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Matías escapa de la urbe en busca de su madre, hacia un manicomio del Pirineo donde le dicen está recluida. Allí descubre que acaba de fugarse y ha participado en un episodio violento, rodeada de una partida de locos, si es que queda ya alguien cuerdo en aquellas circunstancias. La historia acaba de empezar, narrada mediante un dibujo expresionista, sucio, impactante, con unos personajes que miran a través de un ojos que recuerdan a los frescos románicos. Es imposible atenuar la violencia de las escenas que se muestran. El tenebrismo de un trazo que puede parecer apresurado y unos encuadres con enormes cargas de negro se apropian de un relato que no da tregua al lector.

El prologuista es Agustí Villaronga, del que es fácil relacionar la violencia inmanente de su película “Pa negre” con la que aparece en esta novela gráfica. Villaronga alude al cómic “Paracuellos” de Carlos Giménez pero no es comparable la miseria moral que mostraban los responsables de aquellos “hogares de auxilio social” con la brutalidad que hay en esta negra historia, basada igualmente en oscuros hechos reales. Cuando el guionista Mario Torrecillas toma la palabra en el epílogo y explica la génesis de lo que nos acaba de explicar se entiende, o mejor dicho se asume, la dureza de lo expuesto.

Pero eso hay que descubrirlo adentrándose en la historia.

Música y fútbol

A finales de la década de 1980 apenas podíamos intuir cuál sería el destino del fútbol televisado, mientras en la segunda cadena de TVE (quizás entonces ni siquiera se llamaba La 2) ofrecían en directo los sábados por la tarde un partido de la liga inglesa. Debían de ser los años de transición hacia la Premier League, “marca registrada” a la conquista de los mercados exteriores y en la que los campos se habían modernizado, habían desaparecido las “vallas asesinas” de infausto recuerdo en Heysel, todos los espectadores estaban sentados, no había borrachos en las gradas (o no los enfocaban las cámaras) y, algo que ahora ya pasa en todo el mundo, los precios sólo eran accesibles a un público de posibles.

La retransmisión que ofrecía la pantalla mostraba la cara “doméstica” de los hooligans británicos: miles de gargantas cantando “a cappella” himnos legendarios, miles de culos perfectamente sentados alrededor de unos campos de un verde imposible fuera de las islas y jugadores ahora ya en el panteón de ilustres persiguiendo a toda velocidad la sombra de un balón, que volaba de área a área, lejos del pasto. En términos futbolísticos se hablaba de racanería en el campo, aburrimiento en la grada y altanería en los despachos hacia el futbol practicado en el resto del continente.

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La cara B de todo esto, la explicación a ras de calle de tantos cambios en tan poco tiempo, se puede encontrar en un libro de Nick Hornby que siempre aparece cuando se elabora un canon de la cada vez menos imposible relación entre fútbol y literatura. “Fiebre en las gradas”, publicado en castellano por Anagrama tras aparecer en inglés en 1993, es un libro que no está envejeciendo bien del todo, porque hay muchos nombres que van apolillando el relato. También porque el glamour actual puede deslumbrar y provocar que las historias narradas, llenas de campos embarrados, peleas en el fondo del estadio y borracheras descomunales, aparezcan como batallitas que se cuentan en voz baja, mientras un rictus de vergüenza se adueña de nuestras cabezas despeinadas.

El libro de Nick Hornby es el relato de una pasión gunner, la biografía colectiva de un equipo segundón de Londres que parecía condenado por una especie de maldición futbolera, la crónica de los fracasos sucesivos del Arsenal entre finales de los años 60 y el campeonato liguero de 1989. Aún tendrían que llegar los años del jeque como amo del club, las muchas temporadas del francés Arsène Wenger como técnico de un equipo aclamado por su juego preciosista y criticado por su escasa contundencia a la hora de sentenciar títulos.

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Arsène Wenger y Nick Hornby

PROCEDENCIA DE LA FOTO: http://peterfromtexas.tumblr.com/post/39137035855/arsene-wenger-and-nick-hornby

En esta semana de marzo que ahora comienza vuelve a cruzarse el Arsenal con el Barça (de Messi, Neymar y toda la pléyade de estrellas) en una eliminatoria de Champions League, y lo hace en desventaja tras perder 0-2 en el Emirates Stadium (el apellido publicitario de una línea aérea del Golfo Pérsico ha acabado con un nombre de resonancias legendarias como Highbury, el antiguo campo gunner). Se volverá a hablar de Nick Hornby, seguro que lo entrevistan en muchos medios y volverá a citarse “Fiebre en la gradas” como uno de los libros imprescindibles, a pesar del tiempo pasado y aunque queden ya muy lejanos nombres como los del desdentado Peter Beardsley, el portero Grobbelaar, el entrenador Jock Stein o el mítico George Best (toda una fuente de frases e historias a menudos apócrifas) o parezcan historias conservadas en papel amarillento las de los años de `plomo del thatcherismo, la tragedia de Hillsborough o los viajes en tren de los hooligans por condados alejados y campos de tercera.

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El libro de Hornby, más que “literatura del yo”, es uno de los precursores de esos libros de evocación que ahora triunfan entre la generación de los baby boomers. Es verdad que el autor parte de su vida y sus recuerdos para proyectarlos sobre un paisaje y unos años que acaban conformando una especie de retrato generacional. Es un libro que, leído fuera de las islas y una par de décadas después, no se entiende bien sin notas a pie de página. Hay otro del mismo autor, “31 canciones”, que ha envejecido mejor, a pesar de estar elaborado con mimbres similares. En este caso son episodios de la vida de Hornby (algunos bien personales, como la enfermedad de su hijo, las dificultades de su matrimonio precisamente a causa de los condicionantes de esta enfermedad) los que se van mezclando con melodías y cantantes que le acompañaron en esos trances vitales. Dedica a cada una de estas canciones un pequeño ensayo que unas veces relaciona la canción con el propio proceso creativo del escritor, otras veces sirve para reflexionar acerca de las modas imperantes y, en algunos casos, es meramente una descripción técnica de una melodía. Springsteen, Led Zeppelin, Aretha Franklin, Van Morrison, The Clash… son algunos de los protagonistas de esta recopilación que se lee como la versión seria y objetiva de una novela, también de Hornby, titulada “Alta fidelidad”. En este caso la literatura y un peculiar humor muy inglés son los protagonistas.

Cuando se habla de música y fútbol, Hornby es un nombre recurrente. Con razón.

Republicana, roja y atea

Los caprichos del azar han querido que cayera en mis manos el ejemplar de una novela que tenía otro destinatario. Está dedicado por su autora, Clara Usón, y dice escuetamente: “Para Álvaro. Una novela republicana, roja y anticlerical. Ojalá te guste”. Rescatada de un puesto de venta de libros de segunda mano en el barcelonés Mercat de Sant Antoni, nada me permite saber si Álvaro la leyó o se la quitó de encima sin apreciar siquiera la ajustada definición que su autora hace de “Valor”, publicada hace escasos meses por Seix Barral y recibida con muy buenas críticas, que en casi todos los casos recordaban la calidad de la anterior obra de Clara Usón, “La hija del este”, y los abundantes galardones que cosechó.

Llegué a ella después de escuchar esta entrevista en “A vivir que son dos días” (Cadena SER), donde cultivan una original sección de recomendaciones literarias, en la que dos lectores no profesionales tienen la oportunidad de hablar con el autor o autora de la novela que han leído, juzgando sin cortapisas y cotejando sus opiniones con el autorizado (y nunca mejor dicho) punto de vista del autor. Me sorprendió reconocer en la lectura del arranque de la novela –que hacía Óscar López (fantástico divulgador de libros y entusiasta promotor de la lectura, sin ejercicios de dandismo literario ni posturas elitistas)– el eco de unas frases que me ha acompañado desde hace más de dos décadas, cuando empecé a interesarme por una intentona republicana acaecida en Jaca (Huesca) en 1930. “Apuntadme bien para que no sufra –pide Fermín Galán a los soldados del pelotón. Un capellán busca reconciliarlo con Dios, y Galán le dice que no está dispuesto a echar por tierra en el último minuto las creencias de toda una vida”.

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En cinco escasas líneas está justificado el título de esta novela republicana, roja y atea. El valor que probó Galán cuando afrontó las consecuencias de su fallida intentona está concentrado en esos dos gestos que dejó para el recuerdo, minutos antes de dar él mismo la orden de “Fuego” y morir abatido por los disparos del pelotón y poco después de echar con cajas destempladas al “cuervo” que proponía perdones eternos a las acciones terrenales de un militar cultivado, crítico, descreído y valiente, totalmente alejado de los usos de la época entre sus compañeros de uniforme. En la entrevista mencionada, Clara Usón explicaba que había una razón familiar en la elección de esta historia de Fermín Galán como una de las tres tramas que se trenzan en su novela. Luis Duch Lacasa, tío de la autora, había apoyado a Galán y lo había hecho además desde una posición peculiar para la época: toda la familia de Duch era gente de orden, propietarios, monárquicos y de derechas, burguesía de provincias en una ciudad repleta de militares y curas, como constató Pío Baroja cuando acudió a Jaca precisamente para asistir a los juicios que condenaron al resto de militares y civiles complotados junto a Galán. El propio Luis Duch era una especie de señorito que estudiaba Derecho (con poco provecho) en Madrid mientras disfrutaba de las rentas familiares y se permitía ser un hombre comprometido con la izquierda. Pagaría con su vida pocos años después semejante compromiso, cuando fue fusilado en la sangría que sacudió Jaca en las primeras semanas de la guerra civil. Él fue uno de los primeros en caer (de los 400 asesinatos que hubo en la ciudad) y no lo salvó –quizá eso lo condenó– ni su condición de “propietario” ni el apellido Lacasa.

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Los sangrientos sucesos de Jaca y su comarca los estudió con precisión Esteban C. Gómez en dos libros que trascienden el ámbito local objeto de su investigación. “La insurrección de Jaca. Los hombres que trajeron la República” (1996) y “El eco de las descargas. Adiós a la esperanza republicana” (2002) abrieron la espita de futuras investigaciones, levantaron el manto de silencio que se abatía sobre lo ocurrido en esa zona en los años 30 y propiciaron, sin saberlo, que novelas como “Valor” recuperasen un episodio que ahora se presenta “literaturizado” pero sin caer en el riesgo de la mitificación. La sublevación republicana de Jaca, su gestación y su sangriento final componen uno de los tres episodios que aborda esta novela. Otro es una historia de ignominia protagonizada por un cura en la Croacia independiente de la Segunda Guerra Mundial, en el campo de concentración de Jasenovac, durante el régimen nazi de los ustacha. La tercera trama está mucho más cercana en el tiempo, es de anteayer, y está protagonizada por una directora de sucursal bancaria que ha estafado a amigos, conocidos y clientes con el negocio de las preferentes y ha de hacer frente a una complicada situación personal en una sociedad banal, vacunada ya de espantos.

Este último episodio encierra la clave que traza una fina urdimbre entre las tres historias y otorga una visión de conjunto a lo que por momentos parecía ser una mera sucesión de subtramas inconexas, con el “valor” manifestándose de manera radical en la resolución de todas ellas. Al final del conjunto, el lector se queda sin aliento. Lo que parecía un ejercicio de erudición e investigación plasmado con un notable pulso narrativo se convierte en un tríptico que viaja por el siglo XX para descubrir las honduras del alma humana, jugar con los detalles y el azar que van decidiendo la vida de cada uno y mostrar sin tapujos que el valor, bien o mal entendido, puede ser la base de aquel adagio tantas veces citado de “un bel morir tutta una vita onora”.

Álvaro, el receptor del ejemplar que acabó cayendo en mis manos, no sé si leyó esta novela “republicana, roja y atea”. Creo que, como a mí, le hubiera gustado.

Tantas historias

Ignoro la razón (creo que no lo explican por ningún sitio) por la que los relatos de Paco Inclán en el libro “Tantas mentiras” (2015) van precedidos por una especie de portadilla que en la cara es un plano con los nombres de las calles y en el envés repite ese mismo callejero pero absolutamente mudo, sin más pistas para el lector que ese trazado de calles y manzanas. Del detalle a lo genérico, de lo local a lo universal. Como las historias que explica Inclán, viajero infatigable que ha seleccionado este ramillete de textos de escritura transparente.

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Sus historias minuciosamente explicadas, con ese gusto por los detalles que otorgan verosimilitud a la historia más disparatada, transitan de la Dirección General de Extranjería de la República de Ecuador (en Quito) a un piso de la Gran Vía en Barcelona, de un campamento de refugiados saharauis en Argelia a una pequeña parroquia viguesa o a la embajada de Corea del Norte en México D.F. También caben relatos sacados de jornadas inolvidables en Guatemala, Bogotá, un bosque de California o en plena selva amazónica, entre Colombia y Ecuador.
Los episodios que Paco Inclán explica, en muchas ocasiones con un protagonismo que no parece deseado, gustan de la sorpresa y la paradoja, atesoran descripciones que provocan  carcajadas, se ceban con el absurdo cotidiano y mezclan crónica periodística con relatos viajeros y entrevistas en deconstrucción, hasta dejar para el final un curioso micro-relato. Poco se puede contar de cada historia sin hurtarle al autor el privilegio de ser él el que provoque el éxtasis lector. Sí se pueden esbozar algunos argumentos para animar la salivación: una prostituta que deja a su hija en el pasillo de un hotel mientras ella cumple con sus obligaciones laborales, el destino del catalán que más sabía en el mundo de pelota vasca, la espera infructuosa de un grupo de periodistas ante la posible llegada al desierto de Javier Bardem…

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Relatos destilados con pericia que se presentan primorosamente editados por Jekyill&Jill. La cubierta, no menos elegante y bella, es obra de Víctor Coyote Aparicio, antes conocido como Víctor Abundancia cuando tocaba bailables acompañado de sus “Coyotes”. Y el conjunto está rematado con esa mini-novela antes citada, acompañada de un curioso epílogo de (des)escritura de esta joya de papel. “Tantas mentiras” es uno de esos libros que, en la biblioteca de cada uno, despierta buenos recuerdos y nos hacen dibujar media sonrisa.

Por qué hizo boom


“Premio Nobel a Vargas Llosa. Todos parecen contentos. (…) No hay alcalde en España que no tenga una foto con él. (…) En Pamplona lo nombraron “Copero Mayor del Reino de Navarra”. (…) Yo creo que no emite esa resonancia propia de los mejores. Por poner cercanos a él, no creo que produzca el eco de un Cortázar, de un García Márquez, un Rulfo o un Onetti. No digamos nada de Borges. Lo que sí creo es que Vargas Llosa podría haberse dedicado a cualquier cosa y siempre habría llegado muy arriba”. Está acabando ya el año 2010 y ésta es una de las entradas que Iñaki Uriarte ha conservado en su diario, muy condensado. Quiere la casualidad que lo lea en paralelo al final del monumental ensayo “Aquellos años del boom”, de Xavi Ayén, precisamente cuando el periodista catalán cierra su documentada semblanza biográfica de los artífices del mayor terremoto literario y comercial de la literatura en español con el episodio que vivió él en Nueva York, al lado del escritor peruano cuando era informado de que le habían concedido el galardón por antonomasia.

El libro de Ayén, publicado en 2014 por RBA, lleva el subtítulo elocuente de “García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo”. Aunque el protagonismo es coral y muchos de los protagonistas del ensayo coinciden con los citados por Uriarte en su diario como detentadores de mayores méritos que el escritor hispano-peruano, éste tiene un protagonismo destacado y el colofón del premio Nobel evoca esos finales “made in Hollywood”, después de lo que parecía el desarrollo de toda una saga repleta de ramificaciones personales, temporales, geográficas, políticas y hasta sexuales.

Lo que queda claro es que Vargas Llosa es un verdadero stajanovista de la pluma, se dedica a ello con una constancia y meticulosidad que recuerdan la anécdota de Onetti, cuando decía que él mantenía una relación adúltera con la literatura mientras que Vargas Llosa vivía con ella un matriomonio perfecto, con todas sus servidumbres, sacrificios y, se sobreentiende, recompensas. El propio escritor lo ha confirmado en una entrevista que Babelia le ha dedicado ante la proximidad de su 80º cumpleaños. En un raro gesto de inmodestia dice no tener “un talento natural para escribir”. La entrevista se pierde luego en los vericuetos de su romance (es ridículo caer en semejante terminología, pero las circunstancias lo aconsejan) con Isabel Preysler, reina de las revistas del corazón. Es como el cierre lógico a una vida sentimental marcada por haberse casado primero con su tía y luego con su prima. Si una es la “tía Julia” que dio título a una novela y generó problemas familiares y hasta legales, la otra es la Patricia de “naricilla respingona” a quien dedicó su discurso del Nobel. En medio hubo otros amores que también tuvieron su cuota de protagonismo en la carrera literaria del peruano.

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De todo ello habla Ayén en este libro que se va extendiendo por medio mundo, desplazando el foco del boom de París a Barcelona, de ahí a México o Buenos Aires, con escalas en Estocolmo, Nueva York y hasta Calaceite. Siempre siguiendo el rastro de un puñado de amigos que venían de Colombia, Perú, Uruguay, Argentina, Chile, Brasil, México y encontraron en la capital catalana terreno abonado para levantar un puñado de obras literarias prácticamente inmortales. El estudio de Ayén se abre con lo que parece una concesión sensacionalista, la narración detallada del puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez, adornado con un filete ensangrentado para bajarle la hinchazón del ojo y manteniendo la sospecha de que fue un asunto de faldas el que quebró por siempre la amistad fraternal entre los dos representantes más conspicuos del boom.

Esta eclosión fue posible por una concatenación de circunstancias favorables, una especie de conjunción astral al más puro estilo Carmen Balcells (la gran dama en una sombra “muy luminosa”) en la que se alinean unos autores que escapaban de América por razones diversas; el anhelo de libertad de una Barcelona que buscaba romper las costuras de una dictadura agonizante; unos editores jóvenes, atrevidos y con el punto ególatra necesario para desoír los rigores de una incierta cuenta de resultados; una emergente Balcells, que parecía omnipresente en su afán por inventar un oficio de agente literaria todavía por definir; una revolución cubana tan triunfante como ilusionante y engañosa, y (lo más importante) muchas historias por contar y caudales enormes de talento para hacerlo.

Destilado, éste podría ser un resumen muy extractado de la ambiciosa investigación de Xavi Ayén. Pero es muchísimo más: un caleidoscopio de voces, estilos de vida, principios morales, acentos de la lengua española, procedencias sociales y hasta vidas sentimentales en el que todo se va sucediendo con suavidad, sin ligereza, con tenues y escasas reiteraciones que no suponen una merma en el relato contenido de una amistad cargada de literatura.

Este rompecabezas está concebido con precisión, elevado con pulso firme y sostenido con templanza, en pos de un final apoteósico en el que el periodista lleva al lector de la mano al piso 46 de un rascacielos neoyorkino, donde Vargas Llosa recibe la noticia que esperaba con falsa modestia desde hacía ya unos años. Muchas páginas atrás hemos visto cómo vivió un trance similar García Márquez, también hemos leído por qué no se lo dieron a Borges o hemos repasado anécdotas menores de cuando se lo llevaron Cela y Octavio Paz, de la misma manera que ha quedado constancia de los méritos que atesoraron otras voces destacadas del español como Rulfo, Cortázar u Onetti.

Este libro inmenso, lleno de historias muy personales, algunas verdaderamente miserables, al lado de episodios no exentos de grandeza y generosidad o de pequeñas tragedias no menos lacerantes, no muestra el enorme trabajo que encierra. Las horas de satisfacción que proporciona al lector son ínfimas comparadas con el placer que ha debido de experimentar Xavi Ayén mientras se iba documentando, montando el armazón de semejante obra, para luego revestirlo e iluminarlo hasta acabar facturando una obra, si no definitiva, sí imprescindible para saber qué fue eso del boom y entender por qué sus ecos no terminan de apagarse.