Un taxista sandinista

“El séptimo vicio”, el espacio de cine de Radio 3, se emite una vez al mes desde Barcelona, en directo, en la sala grande de la Filmoteca de Catalunya. Es una ocasión óptima para poner cara a tantas voces y formar parte de un programa que parece hecho sin guión, a golpe de genialidad de sus invitados, que (a decir verdad) suelen estar bien elegidos. Hace ya unos meses que “els vicis de Filmoteca” (así se llama esta cita barcelonesa con el programa de Javier Tolentino) anunciaron que emitían una peli documental basada en las conversaciones que tuvieron Hitchcock y Truffaut, de las que salió un libro canónico de cine que Alianza reedita sin parar. En el programa previo a la proyección estaba prevista la participación del “enfant terrible” del cine catalán, Albert Serra, y de un escritor de novela negra llamado Carlos Zanón, que a mí me sonaba por las estupendas reseñas que firmaba de vez en cuando en Babelia.

Albert Serra gusta de epatar al respetable con sus opiniones rotundas y, en directo, acompaña sus declaraciones de un histrionismo que tiene algo de daliniano, inflexiones de voz incluidas. Repantingado en una butaca en el escenario, delante de un micrófono y con esos cascos enormes que usan en la radio, parecía encontrarse en su salsa. Si no hubiera asistido en directo a aquella emisión me hubiera perdido las caras de sorpresa de Carlos Zanón, que parecía aguantar con estoicismo semejantes salidas de tono. Él había sido entrevistado poco antes y había hecho gala de una sencillez que poco tenía que ver con su compañero de programa. Desde la invisibilidad de casa, si hubiera escuchado el programa mientras preparo la cena (como hago muchas tardes) no hubiera reparado en ese escritor que nada más terminar la charla, en los minutos previos a la proyección a la película que remata la jornada, despareció por el largo pasillo de la sala Segundo de Chomón, en un edificio de reciente creación en pleno Raval, un entorno urbano cargado de referencias cinematográficas y literarias.

Esta otra Barcelona, alejada de la ciudad de postal que atrae a millones de turistas con su palo-selfie, es la gran protagonista (precisamente) de la última novela de Carlos Zanón, “Taxi”, recién publicada por Salamandra y que ha suscitado el interés prácticamente unánime de los medios. Lo más curioso es que, al tratarse de una novela tan rica en detalles, cada reseñista ha encontrado algo interesante… y diferente del resto. Es una novela negra, es una historia ambientada en Barcelona (subgénero que no deja de enriquecerse), es una novela proletaria, es una road movie a caballo de un taxi, es una historia de amor, es un homenaje a los Clash…

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Kiko Amat, tan admirado en este blog, lo clava en un breve billete que escribió en el Culturas de La Vanguardia: “Taxi es un Zanón sin cinturón de seguridad, callejero, soñando con bohemia pero engrilletado a Horta”. Alguien que conozca mínimamente Barcelona disfrutará mucho más esta novela, y cuando pase con el bus por una cantonada del Eixample creerá ver en uno de los taxis aparcados a Sandino, el protagonista de esta historia que se va metiendo en problemas ya no se sabe si como consecuencia del destino o por su mala cabeza y su picha tan brava. No verá con los mismos ojos las obras que se están haciendo junto al hotel Vela, un icónico edificio que separa las playas de la Barceloneta de los muelles del puerto comercial. Si son ciertas las amenazas que se ciernen sobre Sandino a buen seguro que en los cimientos de esas obras descansa el cadáver de alguien que se pasó de listo. Y al pasar por debajo de Montjuïc, con esa sucesión de nichos con vistas a los muelles de contenedores, no podrá evitar pensar en las citas del taxista con su colega Sofía, compañera además de infortunios, víctima de una confusión en la que también quiso ser más lista que los malos.

“Taxi” es una novela oscura, más que negra, pegada a la actualidad. Todo ocurre en siete días del mes de octubre de 2016, y por eso aparecen la CUP y la Colau, el “procés”, o inmigrantes árabes que frecuentan compañías extrañas y hasta una mención a la parisina Bataclán. Quizá estos apuntes tan coyunturales la hagan envejecer demasiado deprisa, pero “Taxi” parece a veces un documental de esos grabados con cámara oculta para mostrar la ciudad allá donde pierde su nombre, donde baja la intensidad de las luces para ocultar más que iluminar.

Esta historia de amor repleta de corazones rotos y entrepiernas doloridas se convierte por momentos en un caos de subtramas levemente punteadas por versos de canciones que uno no sabe si informan de lo que viene a continuación (“Let’s go crazy”, “Police on my back”, “Career oportunities”) o meras maniobras de distracción (“Charlie don’t surf”, “Stop the world”).

El taxista proletario que aspira a follarse a una pija redomada para añadir otra muesca a su canana es el mismo que no se atreve a enfrentarse a su mujer, que le pide hablar con él. Entre tanto, “apatrullando la ciudad” con su Prius amarillo y negro, a Sandino la semana le cundirá como para echar algún polvo más rápido de lo deseado y rememorar tiempos de esplendor, cuando toreaba en grandes plazas. En una entrevista en el diario Ara, donde recuerdan que Zanón está escribiendo una novela que recupera a Pepe Carvalho y es él mismo comisario de BCNegra, el escritor dice que estas historias sentimentales o sexuales son “las cadenas que arrastra el protagonista, a las que se suman las de la familia y la lealtad a los amigos”. Es el punto de partida de “Taxi”, y también el de destino.

Una carrera para disfrutar por una ciudad que descubrir.

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Jesús Moncada, el escritor discreto

Cuando apareció “Calaveres atònites”, en diciembre de 1999, pude entrevistar a su autor, Jesús Moncada. No lo podíamos imaginar, pero sería la última obra que publicó en vida. Tiempo hubo para recopilaciones de relatos, pero antes de 2005, fecha de su muerte, no llegaron más obras originales. Se dice que una gran novela, ubicada en Barcelona, quedó en los cajones del siempre perfeccionista Moncada. Parece que estaba ambientada en el entorno laboral de la Montaner i Simón, la editorial que albergó el espectacular edificio que hoy es sede la Fundació Tàpies, y que recordaba unos años en los que Moncada abandonó su deseo de ser pintor para convertirse en uno de los escritores más destacados en lengua catalana, nacido en la Franja de Ponent (para los catalanes), en la Franja Oriental (para los aragoneses).

Llegué a la recopilación de cuentos de “Calaveres atònites” después de haber devorado uno tras otro todos los libros de Moncada. Me sorprendí, aragonés como él, de no saber nada de su literatura, de no conocer su nombre antes de instalarme en Barcelona, como había hecho él veinte años antes. En Cataluña era un autor cuyas obras se esperaban con interés pero más allá de la famosa Franja pocos parecían saber que había publicado con Anagrama la que era su novela más ambiciosa: “Camino de sirga”, traducción literal del “camí de sirga” en catalán que hacía referencia a la ruta que seguían los “machos” para remontar río Ebro arriba, tirando de una cuerda, las barcas (llaüts, en catalán) que bajaban hacia Tortosa el lignito que se extraía de las minas de Mequinenza.

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He comprobado que “Calaveres atònites” resiste de maravilla una relectura. Hace casi dos décadas que lo leí, y en la página de cortesía veo con tristeza el dibujo que me dedicó Moncada, al lado de un texto donde me aseguraba que yo acabaría en el infierno. O eso dice la caricatura de la Berta. No recuerdo cuánto rato pasé con él en la sede barcelonesa de La Magrana, su editorial entonces, antes de que la comprara RBA. Pero fue un momento inolvidable. Esa sonrisa que aparece en muchas de las fotografías era una risa de tonos gamberros, que coincidía plenamente con ese humor socarrón (somarda, le decimos en Aragón) que invadía sus textos, de un anticlericalismo feroz. Al releer el primer relato de esta recopilación, donde en primera persona Mallol Fontcalda explica cómo fue su aterrizaje en la villa de Mequinenza, adonde llegaba para ser secretario del juzgado desde su Barcelona natal. La estupefacción con la que recuerda ese momento, en una especie de prólogo para una selección de cuentos escritos por un tal Moncada (empieza aquí un juego de espejos que deviene infinito), es la misma que siente el lector al descubrir cualquiera de las historias de este escritor “rural” que evocó desde el barrio de Gracia barcelonés aquel pueblo suyo y sus habitantes, anegado el primero por las aguas de dos pantanos, vivísimos los personajes gracias a las historias de Moncada.

Prácticamente todos sus libros (salvo “La galeria de les estatues” i “Estremida memòria) acontecen en Mequinenza, ese espacio literario de proporciones míticas donde personajes con nombres de resonancias clásicas se chotean de las penurias de la posguerra, cultivan un anticlericalismo que de tan bestia raya en la caricatura y sobreviven armándose de mal humor ante las penurias e iniquidades de la dictadura, ellos que han sido siempre tan de izquierdas (incluso en el momento actual). Son una especie de aldea gala reubicada por culpa de las aguas de unos pantanos que casi acaban con todo rastro de vida inteligente, además de arrasar con los recursos económicos. La “suerte” de esta villa desgraciadamente desaparecida es que tuvo a Jesús Moncada como cronista.

He vuelto a leer estos relatos, a repasar mis apuntes de hace años, a mirar las entrevistas y reseñas que recorté de los periódicos de 1999, a evocar a aquel autor entrañable que se fue demasiado pronto por culpa de un cáncer. Y lo hecho merced a una biografía publicada por Pagès editors hace escasamente un mes. Se titula “Jesús Moncada, mosaic de vida” y está escrita por Marc Biosca. La foto de la cubierta muestra a un Moncada que mira por un ventanal, en la sede citada de la Montaner i Simón. Vista ahora, la imagen tiene un poder de evocación descomunal. Libros en las estanterías, la pantalla de un flexo difuminada en primer plano, una mesa con una pila de hojas pulcramente ordenadas… Y el editor mirando al infinito, quizá descansando después de muchas horas corrigiendo pruebas, recuperando fuerzas para seguir en la brecha.

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Dicen que Moncada concedió pocas entrevistas, que fue un autor que dio escasas pistas sobre su vida personal. El mismo confesó que traducía, especialmente a autores franceses, para comprar el tiempo que luego dedicaba a escribir y rescribir minuciosamente sus relatos. Pocas señales quedan de su compromiso político, más allá de su afiliación a un partido independentista de izquierdas, cuando no era difícil ser lo segundo pero parecía una marcianada ejercer de lo primero. Hoy las tornas han cambiado. Recuerdo que yo, a instancias de unos amigos y bien convencido de ello, le propuse que nos ayudara en la oposición a unos embalses en el Pirineo aragonés que siguen sin hacerse pero cuya amenaza pende sobre el territorio desde hace décadas. Rehusó firme pero amablemente, lo que podía decir ya lo había hecho en sus relatos.

No se le conoce a Moncada pareja sentimental pero sí unos cuantos padrinos literarios, de su paisano Edmón Vallès a Pere Calders. Se explican algunas de sus amistades del círculo profesional pero tampoco parece que disfrutara demasiado en las bambalinas de los premios y los oropeles de la fama. Coleccionó galardones en Cataluña y sólo al final, a punto de irse para siempre río abajo, el Gobierno aragonés le entregó su galardón mayor, aunque algunos miembros del jurado explican que había sido propuesto en reiteradas ocasiones y siempre rechazado precisamente por no escribir en castellano.

De todo esto habla esta biografía que al principio se presenta desordenada pero que va tomando cuerpo y acaba siendo un trabajo interesante. Se echa en falta un índice onomástico, tan necesario siempre en estos estudios biográficos, pero dispone de un abundante aparato bibliográfico, de gran utilidad para seguir la huella de un autor que parece que se prodigó poco pero que, en realidad, se asomó cuando tenía algo que decir, algo que anunciar.

Los relatos de Moncada han envejecido de maravilla. He pasado unas horas extraordinarias, con risas incluso, al revisitar las disparatadas situaciones que se producían en la villa de Mequinenza, con esos nombres ya familiares del juez Crònides, la Berta, Penèlope Valldabó, el cardenal Maties o Leucofrina, en espacios no menos míticos del Café del Moll, el Café de la Granota, el puticlub Calipso o la farmacia de Honorat del Rom.

Qué mala hostia tan sana, tan saludable.

 

Aturada general

Cunde un silencio peculiar hoy por Barcelona. Hace dos días se votó en una consulta real que se decretó que fuera irreal. Su resultado, irreal también por tantas irregularidades, está desencadenando un aluvión de hechos bien reales, como este silencio estruendoso que invade esta gran ciudad. Fueron también muy reales las hostias que repartieron miles de policías alojados durante unos días en lo que parece más inverosímil: un crucero pintado con los monigotes de la Warner Bros.

Desde dentro de Cataluña, independientemente de nuestras convicciones y anhelos más o menos disolventes, no acabamos de entender lo que consideramos una reacción desaforada. Llevamos años de manifestaciones que, más que pedir, se limitaban a mostrar, y no habíamos pensado que pudiera apalearse a gente que se había acostumbrado a ir a una concentración como quien va de concierto de Festa Major. La lógica familiar que no dudaba en cargar con niños de cualquier edad para ponerlos detrás de una pancarta se ha visto desarmada. En el silencio que hoy ocupa las calles de Barcelona hay algo de incertidumbre, porque los grupos de whatsapp que en convocatorias anteriores se limitaban a concretar dónde quedar, ahora avisan de que puede haber infiltrados que alienten la violencia para desprestigiar esta autodenominada “revolta dels somriures”.

Hoy Barcelona está parada. En el barrio desde el que escribo solo abren sus puertas algunas tiendas non-stop, unos bares y las oficinas de La Caixa. Se prepara una de esas manifestaciones grandiosas mientras las redes avisan de que los buses no circulan porque las calles están llenas de gente, la red de metro está sin servicio y las familias empiezan a caminar sin saber muy bien si podrán a llegar a los puntos de encuentro.

Esa Barcelona hoy convulsionada fue convulsa en el pasado. Su tradición levantisca, de reacciones mucho más airadas, ha protagonizado muchas novelas y películas. Conocer ese pasado ayudaría a entender por qué este silencio de hoy, por qué la firmeza de tanta gente defendiendo ser preguntada. Saber por qué hay este silencio hoy quizá ayude a imaginar un futuro menos incierto. Una novela titulada “La fada negra”, publicada por Planeta y galardonada con el premio que más dotación económica tiene en la lengua catalana (el Premi Josep Pla) aborda la “jamància”, una revuelta poco conocida acaecida en 1843. Pocos meses antes, la ciudad había sido bombardeada por orden de Espartero, autor de una cita que aparece regularmente, en boca de bocazas y demagogos: “para que España vaya bien hay que bombardear Barcelona cada 50 años”. El autor de esta novela, Xavier Theros, debía de rumiar desde hace tiempo la historia que ha construido en torno a esta revuelta. Aquí se puede leer un texto que publicó en El País hace unos años. En este diario antes y últimamente en Ara van apareciendo piezas breves de Theros que siempre saben a muy poco. Conoce la ciudad del pasado palmo a palmo, rastrea en los rincones del presente las huellas que dejaron militarazos y pescaderas, menestrales y obispos.

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Ese dominio de la ciudad, esa capacidad para pasear por espacios desaparecidos hace décadas es lo mejor de “La fada negra”, una novela que combina acción, intriga y hasta pasión amorosa, ingredientes habituales en un thriller que se precie. Adolece, en cambio, de un historicismo, de una elocuencia y una precisión por el detalle que rompen el ritmo narrativo y parecen descansos que el autor toma para no perder él mismo el hilo. Son buena muestra las páginas 245-255, la 285, pero hay muchas más. El autor, más que el narrador, necesita poner en antecedentes a los lectores para ir introduciendo nuevos nombres, para contextualizar determinados giros en la narración. Y le va instruyendo, con la mejor intención pero con resultados dolorosos para la narración, que por momentos parece un ensayo histórico, de nivel, eso sí.

Las andanzas de Llàtzer Llampades, reconvertido en policía después de que un oscuro episodio del pasado le obligara a dejar la marina mercante y también a su familia, nos llevan por calles oscuras de la Barcelona aneja a la Rambla. Quedan fuera de las murallas las villas de Gracia, de Sant Martí, Sants… Corre el siglo XIX y empieza a atisbarse una especulación inmobiliaria que estallará pocas décadas después, retratada con más humor y sutileza por Eduardo Mendoza en “La ciudad de los prodigios”. En el fondo de todo el relato de Theros está ese deseo de enriquecimiento rápido, a expensas de decisiones políticas y corrupciones variadas. Si la tradición levantisca de Barcelona no ha languidecido con el tiempo tampoco se puede decir que los corruptos de ahora no tengan antecesores en los que inspirarse.

Esta novela, que parece un producto concebido para lograr un éxito de público, fue precisamente el libro más vendido en catalán en el último Sant Jordi. No es una obra desdeñable, en absoluto. De la pericia de Theros para explicar historietas dan fe sus colaboraciones en la prensa, antes mencionadas. Su colaboración con el malogrado Rafael Metlikovez, en un dúo alucinante llamado “Accidents Polipoètics”, ofrece una muestra de su amplitud de registros.

El fragor de la batalla, el ruido de los bombardeos, las escaramuzas por los callejones que rodean a la Ciutat Vella poco tienen que ver con el silencio que hoy impregna la movilización de miles de personas por las anchas avenidas que hay fuera de las antiguas murallas. Barcelona es el paisaje, en ambos casos.

Islandia, el mejor país del mundo

En la última edición de las fiestas barcelonesas de la Mercè, en el Passeig Lluís Companys se ofrecía la posibilidad de ver un cine panorámico, tumbados en el suelo, cubiertos por una cúpula en la que se sucedían ocho minutos de imágenes espectaculares con Islandia como protagonista. En realidad, era un publirreportaje de un laboratorio farmacéutico (Amgen) que ha llevado a cabo una extracción de datos para secuenciar el ADN de casi la mitad de los 300.000 islandeses que pueblan la isla. Dicen que, gracias a que la población islandesa apenas se ha mezclado con gente venida de fuera durante los doce siglos que la isla lleva habitada y dado que hay un registro meticuloso de los datos de nacimiento, muerte y parentesco de todos ellos en los últimos mil años, hay un árbol genealógico inmenso que puede proporcionar mucha información genética a la hora de conocer dónde y por qué aparecen determinadas enfermedades y, lo que es más importante (y monetizable) cómo abordarlas de manera personalizada.

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El vídeo en sí es más espectacular que informativo, pocos datos pero bellamente ilustrados con paisajes alucinantes, auroras boreales y naturaleza en plena ebullición. Acababa de leer un libro pequeñito, publicado en 2016  por Cuadernos del horizonte, titulado “Crónicas de Islandia”, y que aglutinaba en algo más de cien páginas unos cuantos reportajes de John Carlin que habían aparecido en El País entre agosto de 2006 y marzo de 2012. Ya había leído ahí sobre este proyecto de analizar el ADN de miles de personas aprovechando sus peculiares condiciones de “no contaminación”. Cayó en libro en mis manos como regalo de Jot Down, al comprar una revista dedicada a las islas. Creo que habíamos leído en familia algunos de estos reportajes hace más de una década, y que ellos fueron la espoleta que motivaron precisamente uno de los viajes que recuerdo con más placer: once días recorriendo Islandia, en un viaje circular a través de la única carretera totalmente asfaltada que rodea la isla. Fue en agosto de 2008 y con frecuencia vuelven a mi memoria flashes de aquellas jornadas que parecían eternas, con un sol que no acababa de esconderse y una sensación de estar pisando tierra que estaba viva, y que hacía todo lo posible por hacerlo patente.

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Dice John Carlin en este librito que es “el mejor país del mundo”, y por todo lo que va apareciendo en sus reportajes es difícil contradecirlo. Son escasamente 300.000 personas absolutamente tolerantes, donde abundan los escritores y, lo que es mejor, los lectores; que viven en un paisaje de ensueño, herederos de una tradición en las que las mujeres tienen un protagonismo esencial y donde no parece haber sitio para los celos ni los resquemores. Es habitual tener varias parejas a lo largo de la vida, así como hijos con todas ellas, desde bien jóvenes. Nadie se rasga las vestiduras, todo el mundo participa de la educación de todos los miembros de la familia. Apenas hay delitos, porque todo el mundo se conoce.

Durante los días en que anduve arriba y abajo por la isla me sorprendieron muchas cosas: la calle estaba llena de gente a cualquier hora, incluso de madrugada. Hacía fresco durante algunos momentos del día, pero el sol era bienvenido y nadie quería ausentarse. En los pueblos más solitarios (o en el centro de Reikiavik) las bicis estaban apoyadas en una farola, en una valla, sin necesidad de candados a pruebas de bomba como ocurre en Barcelona ahora mismo. Nadie las iba a robar. En sus paisajes espectaculares echaba en falta los árboles, apenas se veían. Por la carretera que daba la vuelta a la isla, donde no se puede circular a más de 90 km/hora, aparecía de vez en cuando una especie de podios con coches destrozados, a modo de memento mori. En los campos, recién cosechados, las balas de paja estaban envueltas en plásticos y con dibujos coloridos. De vez en cuando aparecían una muñeca hinchable y un maniquí masculino en posturas elocuentes que uno no sabía si eran espantapájaros, arte efímero o pura coña marinera. Y el agua corría por doquier. Cascadas espectaculares, glaciares, ríos, la inmensidad del cercano océano Ártico, los geiseres… Todo era agua en la isla más septentrional. Explicaban los paneles que las casas de casi toda la isla disfrutaban de agua caliente gracias a unas canalizaciones que explotaban esa energía geotérmica venida del subsuelo. El estruendo de las piezas enormes de hielo que se rompían al llegar al mar se asemejaba al de millones de litros cayendo por minuto desde cientos de metros, en algunas de las cascadas más espectaculares del mundo.

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En los núcleos habitados, allí una ciudad de 3000 habitantes ya es una urbe, sorprendía la limpieza de todo, las fachadas coloridas de las casas, las atestadas librerías en un pueblo de escasamente 500 almas. La tierra ruge y, aunque parece imperceptible, tienes la sensación de andar pisando los sueños de miles de antepasados.

Muchas de estas cosas las cuenta John Carlin en su libro, aunque él tiene la habilidad de hablar con muchos islandeses, incluso antes de salir de Barcelona, cuando se entrevista con Eidur Gudjohnsen, que entonces jugaba en el Barça. Él le pone en la pista de las personas a las que tiene que visitar. Carlin muestra de maravilla la evolución de la isla, con esa crisis económica que rompió el sueño de sus habitantes y permitió que muchos europeos (ante la debilidad momentánea de la corona islandesa) pudiéramos hacer el viaje de nuestras vidas. En esta serie de reportajes (que todo hay que decirlo, podrían haber sido objeto de una mínima edición para evitar repeticiones) se puede seguir el resurgir de la sociedad islandesa, gracias precisamente a las mujeres, a las que debiéramos encomendarnos cada cierto tiempo para atenuar tanto exceso de testosterona.

Volver a viajar por Islandia gracias a este libro de John Carlin es un regalo, que engrandece los recuerdos de una visita que tanto ansiamos repetir.

Sin filtros

Se anuncia curso para el verano en una librería de Barcelona. Se titula “Yo y mis sombras”, y lo impartirá Gabriela Wiener. El contenido del curso se presenta con una pregunta: “¿Para qué escribir sobre uno mismo?”. La respuesta, si la hay, puede hallarse en el último libro publicado por la propia Wiener, en Malpaso Ediciones. Se titula “Llamada perdida” y es de hace un par de años, de abril de 2015.

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Es una edición sobria, elegante, con las páginas tintadas en magenta al corte y un negro absoluto envolviendo la foto que Daniel Mordzinski le hizo a la autora, y que aparece en cubierta. No llegan a las 200 páginas estos textos palpitantes, pura literatura del yo, que se va exponiendo sin tabúes, sin remilgos ni pudores.

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Contra el discurso intelectual predominante, Gabriela Wiener traza unos perfiles muy cercanos de dos autoras ampliamente denostadas: Corín Tellado e Isabel Allende. Las muestra en momentos íntimos, haciendo confesiones personales, reconociendo la primera su incapacidad para el amor después de un matrimonio fracasado, al tiempo que inundaba el mundo de novelas románticas. Explica la chilena el dolor por la pérdida de su hija, que exorcizó en un libro que fue best seller (también) y que ni en este terreno más personal logró el favor de la crítica más sesuda.  Las muestra Wiener como dos abuelitas encantadoras que siguen haciendo gala de una profesionalidad incuestionable mientras explica la asturiana que ha dejado a sus hijos la explotación de los derechos de sus novelas rosa y Allende cuenta que lo confía todo a una nuera que es además su asistente, confidente y hasta algo más que hija política.

Dice Wiener que “este puñado de historias y observaciones no son más que frutos de la reincidencia en el vicio de documentar lo que me rodea con la esperanza de que al relatarme alguien más se sienta retratado”. Es duro, incluso en silencio, reconocerse retratado aunque sea a medias en estas historias que viajan a los abismos más íntimos. La manera en que Gabriela confiesa su incapacidad para ser fiel se complementa con la revelación de los celos proverbiales de su marido o, lo que puede resultar más morboso, se completa con la descripción de los tríos en los que participa la pareja, siempre con otra mujer por deseo expreso de él, y que puede terminar resultando hiriente de tanta sinceridad.

Alguien que viene de explicar de manera anecdótica su obsesión por el número 11, su temor a morir cuando se descubre un bulto en el pecho o su “necesidad” de emborracharse al menos una vez a la semana, con esa franqueza que desarma, sin filtros, convierte al lector en un voyeur que envidia ese gusto por desnudarse, ese valor por desvelar las angustias más íntimas, los efluvios más personales.

Hay momentos delicados cuando uno se asoma a la vida de los demás, aunque ellos no se ruboricen al mostrarse sin tapujos. Coincidir con alguien en un momento de debilidad lo convierte en un cómplice mucho más cercano. En estos días en los que el dolor por la pérdida se despierta conmigo cada mañana, hay una frase a la que no dejo de darle vueltas: “la vida adulta es palpar incesantemente la Nada con los dedos de la imaginación”.

Una manera hermosa para hablar de la muerte, evitando nombrarla. El curso de Gabriela Wiener que anuncia la librería “No llegiu” se celebrará a pocas manzanas de donde escribo esto, a escasos cinco minutos caminando. No tendré valor para asistir, porque no querré mirar dentro de mí menos contarlo, sin filtros.

Media vida caminado bajo la lluvia

Los cuatro discos de la grabación pirata del concierto del Boss en Berlín Oeste, a los que aludíamos aquí, se grabaron ante 17.000 personas. Corría el año 1988 y faltaba poco para que el Muro fuese demolido. Bruce Springsteen había pasado al otro lado unos días antes, había cruzado el Checkpoint Charlie para tocar ante la multitud más grande a la que se había enfrentado: 167.000 alemanes orientales más todos los que estaban en sus casas, viendo el show que emitía en directo la tele oficial, que había logrado incluso censurar en vivo una mención del propio Springsteen al odioso muro. Era la gira del Tunnel of Love, que acabaría llegando a Barcelona, sin la E Street Band. Fue la primera vez que lo vi en directo.

Estuve bien cerca del escenario, aún no se estilaban las pulseras para premiar a los más madrugadores de la cola. Quedé maravillado con la potencia del show, con los músicos que acompañaban al Jefe, con los coros. Recuerdo que alguien alrededor, veterano en estas lides, me dijo que no había color con otras actuaciones anteriores, cuando sí estaba acompañado de Clarence Clemmons, Steve van Zandt y Cía. Tardaría todavía unos años en comprobarlo, en 1999 y en Zaragoza. Qué razón tenía.

Las memorias de Springsteen van desgranando anécdotas e historias poco conocidas que sirven para ver cómo funciona por dentro esa banda tan bien engrasada, siempre al servicio del Jefe pero sin perder un ápice de protagonismo en cuanto a individualidades. “Una dictadura bondadosa”, así la considera el líder del tinglado, que cuenta cómo él es quien firma los contratos pero no duda ni en repartir juego ni en pagar con creces semejante dedicación. Dice en otro pasaje que sus músicos son, cada uno de ellos en su posición, “los mejor pagados del mundo”. Y no debe de andar muy desencaminado cuando consigue liarlos en giras maratonianas o en grabaciones muy personales, donde a veces brillan poco o, en ocasiones como en las Seeger Sessions, desaparecen de los créditos del disco y del avión de la gira.

Si la carrera de Springsteen y sus amigos se ha construido en buena medida sobre un escenario, con esos conciertos épicos que todos guardamos en nuestra memoria, no es extraño que sus memorias abunden en referencias a ellos. Habla, por supuesto, de cómo se batía el cobre en los locales de su pueblo y alrededores hasta hacerse con un nombre. Alude a su primer viaje a California, donde empezó a construirse el mito del rockero que venía con ganas de futuro. Cuando explica su primera experiencia en Europa en 1975, de la que hay un doble CD frenético, en el Hammersmith Odeon de Londres, es imposible no simpatizar con ese joven ansioso que no acababa de ver claro su estatus de estrella internacional. “Estoy asustado y enfadado, enfadado de verdad” (página 211). Y no sería por falta de fe en sí mismo, aunque confiese “a mis veinticinco años soy un jovencito provinciano que todavía no había salido del país”.

En otros momentos explica brevemente su gira mundial con Amnistía Internacional, de la que me quedé casi en las puertas, en 1988. Y de la vuelta a los ruedos con su banda de siempre, en 1993, que arrancó su gira europea en Barcelona. Cuenta también como el hijo de Max Weinberg sustituyó durante una temporada a su padre en la batería, con resultados más que notables, y explica por qué Jack Clemmons tuvo que pasar varias pruebas hasta hacerse con el papel, sólo hasta cierto punto, reservado a su tío Clarence hasta su muerte. Todos haremos nuestras lecturas personales de estas memorias. Yo no las puedo disociar de esos conciertos en los que me he sentido parte, aunque infinitesimal, de esa trayectoria. Dice en la página 363 que no escribe estrictamente para los deseos de su público, “pero a estas alturas estamos enredados en un diálogo que nos ya ocupa media vida”. Ahí casi todos nos sentiremos reflejados.

Tengo subrayadas, o con las páginas dobladas en una esquina, confesiones del más variado pelaje: los comentarios a la caótica relación con su padre, el relato de su boda con Patti (donde se lacera sin remilgos: “mi egocentrismo, mi narcisismo, mi aislamiento”), el recuerdo del nacimiento de sus tres hijos, qué supuso grabar un disco como “The Ghost of Tom Joad”, sus influencias musicales, los episodios depresivos, por qué su hermana le inspiró la canción “The river”…

Estas memorias del Boss son densas e iluminan sobre su vida y -especialmente- su obra. Es como si nos hubiera invitado durante unas horas a pasear por su hogar mientras iba enseñando esos recuerdos que no acaban de encajar con la decoración de la casa nueva pero sin los cuales sería imposible entender cómo ha llegado hasta ahí. Y por un instante hemos visto, colgado detrás de una puerta, el batín que se pone para estar por casa, cuando no hay afuera miles de personas gritando anhelantes, esperando un truco de magia.

Y entonces entiendes por qué llevamos tantos años corriendo juntos, sin rendirnos, caminado bajo la lluvia, esperando un día soleado o citándonos ahí, donde Mary.

Un tintineo con ronquera

Los carros de supermercado tienen un sonido muy característico que los hace inconfundibles. Incluso cuando ruedan sobre la superficie lisa de los pasillos de la sección de congelados, ese tintineo que parece diseñado para hacer de la compra toda una experiencia. “Vivir experiencias es lo más”, toda una divisa del neomarketing. Cuando uno de estos carros sale a la calle porque el usuario tiene mal aparcado el coche en la esquina y hay que vaciar a toda prisa en el maletero las bolsas de la compra, el discurrir de las ruedas del carro por las rugosidades de la acera convierte el tintineo en una especie de carraspera que anula por completo cualquier “experiencia multi-sensorial”.

Un carro de estos, pero cargado de ferralla, de motores de lavadora, de chapas, de listones de aluminio o de cualquiera de esas basuras inclasificables pero rígidas que dejamos al lado de un contenedor porque no sabemos dónde abandonarlas, ya no produce un tintineo sino un sonido ronco, una melodía gris para la banda sonora de una película ambientada en las calles oscuras de un barrio decadente.

Ese sonido tan peculiar es habitual desde hace unos años en el Poblenou de Barcelona. Por las calles Zamora, Pujades, Pallars, Puigcerdà, Ávila, Llull, Ramón Turró… y tantas otras trazadas a cordel hace décadas para erigir lo que se llamó el “Manchester català” es normal ver a hombres fornidos, negros casi siempre, arrastrando a duras penas carros de la compra cargados de hierros de todo tipo, que van vaciando en naves desnudas en las que se intuyen montones de chatarra, en pleno proceso de clasificación.

El Poblenou es un barrio que muestra todas las miserias (y por supuesto, muchas de las bondades) de la capital catalana. Una mezcla de vecinos con raíces en el barrio y barceloneses llegados de cualquier punto del globo; edificios y espacios añejos como la Rambla o los ateneos con hitos urbanísticos como el nuevo mercado del Encants Vells o la torre Agbar, ambos en la delgada línea que separa lo epatante de los ridículo; oficios manuales de siempre conviviendo con profesiones que todavía se están dotando de contenido; riqueza relativa conseguida a golpe de esfuerzo junto a pobreza enquistada que ni todo el esfuerzo de un hombre logra atenuar. En definitiva, edificios con espejos en el techo y plazas con leds que se iluminan al compás de la música al lado de esquinas donde se acumulan los vidrios rotos, los hierros oxidados y la lámpara de pie de la abuela que alguien dejó en el contendor pensando que ese día la recogida selectiva de residuos del Ayuntamiento pasaba por el barrio. Posiblemente fuera uno de “los vagabundos de la chatarra” el que la cargara en uno de esos carros de tintineo ronquilloso para depositarla en un almacén del Poblenou, muy cerca de la escuela de diseño más chic o del teatro nacional erigido con ínfulas de emparentar con edificio clásicos.

Algo de todo eso hay en un cómic que es muchas más cosas, por encima de las viñetas elaboradas con trazo feísta y voluntad documental. Es una novela gráfica, es un reportaje periodístico, es una contraguía turística, es una “historia basada en hechos reales”, es una crónica, y es un homenaje también a la gente que hace que la ciudad palpite más allá de los planes trazados con escuadra, cartabón y lápices de colores desde un despacho lejos de los arrabales y de la realidad. “Barcelona. Los vagabundos de la chatarra” (Norma, 2015), se titula este libro vivo, concebido por el escritor Jorge Carrión y dibujado por Sagar Forniés. De ambos hablábamos aquí de pasada, cuando glosábamos la obra de Joe Sacco, por una entrevista en cómic que le habían hecho ambos para el Culturas de La vanguardia. Es posible que me los haya cruzado más de una vez, en todos esos meses en los que se desplazaban en bicicleta por las calles del barrio, documentándose para el libro, entrevistado a gente. Nos movemos por la misma zona durante muchas horas del día.

Es un libro que se extiende más allá de sus páginas, con una web asociada muy recomendable, en la que hay documentación, se puede asistir al “cómo se hizo”, ver bocetos y conocer por los propios autor el porqué de este cómic.

Es un libro que cuenta “una historia que siempre acaba mal” (como titula Carrión el prólogo), que ofrece páginas memorables, con panorámicas de una ciudad acostumbrada a vivir “días históricos” cada dos por tres mientras la lucha por el pan bulle en sus calles, ajena a las cámaras. Es una hábil combinación de recursos narrativos: el cómic se cierra con una paradójica combinación de pantallazos de Twitter, en los que Ajuntament tuitea mensajes oficiales tan hueros como relamidos, montados sobre viñetas que escuetamente ilustran la trazabilidad de la chatarra, desde el carro del vagabundo hasta el carguero que supuestamente se la lleva bien lejos, a la China floreciente y ávida de hierro para seguir creciendo.

Al final del libro uno se encuentra con unas guardas impactantes, irónicas, elocuentes. Una sucesión de carros de supermercado giran enloquecidos sobre su propio eje. Mudos. Sin ese tintineo que ya nos es familiar.

Growing up

Como esos clásicos que dicen que podemos ir leyendo varias veces a medida que crecemos y nos van diciendo cosas distintas (o las vamos encontrando nosotros donde antes no habíamos sabido verlas), Thunder Road es una canción de Bruce Springsteen en que la que ido he viendo cómo crecía yo a la par que el texto envejecía de manera magnífica. La habré escuchado en casi todos los conciertos del Boss a los que he asistido, acompañado de amigos de la infancia, de la novia que desde hace años es más que una compañera en todo, de gente desconocida con la que gritaba y saltaba después de no haber cruzado más de dos palabras. Y siempre descubriendo cosas nuevas, fijándome en detalles distintos, dándole un nuevo sentido a la historia que se narra. Una mera historia de “cars and girls”, si hacemos caso de una canción que en tono de burla hizo Prefab Sprout para criticar a esos soñadores de pacotilla que venden falsas ilusiones. Para mí, una de las mejores letras del Boss, elaborada con una madurez que desarma si tenemos en cuenta que está incluida en Born to run, un disco de 1975.

Es verdad que se habla de chicas que escuchan a Roy Orbison cantando a los solitarios, claro que hay autopistas por las que huir, y aparecen caminos polvorientos y motores que rugen pero el texto arranca con una imagen preciosa de un vestido tendido que ondea en el porche mientras se superpone la visión de ella bailando y sigue toda una declaración de amor en forma de una promesa de cambiar, de romper con el pasado para iniciar una nueva vida, de liberarse de las ataduras. Una canción con un poder de evocación enorme: “tengo esta guitarra y aprendí a hacerla hablar”, que anticipa a la pareja que viaja “río abajo” en The river. Es un texto que para mí alguna vez fue simplemente una canción, que más tarde me insufló ánimos para romper con la rutina, “coger la carretera del trueno” y abandonar la tranquilidad familiar en pos de algo que no sabía bien qué era; que hubo unos meses en los que hice mía esa inocente declaración de amor, de alguien que hace promesas que no tiene ninguna certeza de convertir en realidad y que ahora mismo estoy escuchando con la misma sonrisa bobalicona que se me dibuja cada vez que oigo las primeras notas de esa armónica eterna… hasta que el piano eleva el crescendo que se cierra con Jake Clemmons (ahora) acompañando al saxo los últimos golpes de guitarra de Bruce.

Es difícil deslindar momentos clave de mi vida del fondo sonoro que el Boss les puso. Durante años sonaba Bobby Jean y recordaba una vieja historia de amor cuando oía el verso en que ella “camina bajo la lluvia”. Nació mi primer hijo el mismo día en el que aparecía el DVD del concierto que Bruce grabó en el Palau Sant Jordi de Barcelona, presentando The rising, al que pude asistir de chiripa, gracias a un amigo que venía con dos entradas y buscaba acompañante. Poco antes de que naciera mi hija me fui solo a ver el Olímpic de Badalona el concierto de una gira que meses después volvería a recalar en Barcelona: The Seger Sessions. Y también acudí, en la pista del Sant Jordi de nuevo, con una lámpara vintage coronando el escenario y Bruce prometiendo bulla en catalán: “Aquesta nit ens divertirem”.

La locura más grande que hice por el Boss fue salir un día de trabajar a las cinco de la tarde en Barcelona, pillar un avión a Bilbao, verle en un concierto en el flamante BEC de Barakaldo, dormir un poco y volver a coger un avión para estar en la oficina a las ocho de la mañana siguiente. Era la primera vez que el Boss recalaba en Bilbao y no quería perdérmelo. Un amigo me regaló la entrada y con ella la impagable experiencia de ver a los bilbaínos asistiendo a un concierto de Springsteen como quien va a un partido de pelota. Todo el mundo se conocía, la gente se cedía el paso, hacían comentarios divertidos de punta a punta del metro, cuando volvíamos de madrugada, y parecía que habían ido para hacer el cumplido al Boss, por tener el detalle de escoger Bilbao para su primera visita a Euskadi. Tiempo después fui por última vez al viejo San Mamés para ver de nuevo al “Jefe”.  No había pasado en esa ocasión por Barcelona y tenemos demasiados amigos en Bilbao como para dejar pasar la ocasión.

Desde entonces, el Olímpic de Montjuïc (con Radio Nowhere) y un par de veces el Camp Nou (con la gira de Wrecking ball y la presentación de The ties that bind) han sido mis últimas citas con Bruce. La sensación angustiosa de que quizá fuera la última vez que lo viera me ha acompañado desde el concierto de la Feria de muestras de Bilbao. Falsas alarmas. El emotivo vídeo que acompaña a Tenth Avenue Freeze Out, con ese recuerdo a cuando Big Man se integró en la banda o las imágenes de Danny Federici, muestra desde la gira anterior que The E Street Band también es mortal.

concierto boss

Dicen que la presente gira europea puede ser la despedida de esa banda cuya alineación podemos repetir de memoria. Sin ellos nada será lo mismo pero de momento podemos decir que los hemos vuelto a ver, y que no perdemos la esperanza de que regresen. Hay razones para creer que a volveremos a escuchar en directo Thunder Road, y habrá en nuestras vidas nuevos hitos que asociar a un disco del Boss, mensajes que cruzarnos de manera invisible, evidencias de que seguimos vivos.

Y vamos creciendo.

The ties that bind

Una noche de verano de 1986, en una ciudad de provincias, tres franceses querían seguir bebiendo bueno, abundante y barato. Entraron en el bar más grande de una plaza céntrica y pidieron tragos que casi no se veían delante de las narices. “Servido, cobrado” era el lema de la casa, y encima en francos, que se cambiaban a 15 pesetas, con lo que el dueño ganaba dos veces: cobrando los tragos bien caros (que para eso eran franceses) y cambiando por debajo de las veinte y pico pesetas que era la tarifa oficial. Fue entrando la madrugada y las abundantes mesas de la terraza se fueron vaciando, hasta dejar sólo a los clientes de confianza. Era para mí el momento más esperado del día. Con el camarero que me estaba enseñando los primeros trucos del oficio poníamos la música a tope y empezábamos a recoger mesas y sillas a toda velocidad, antes de escobar las aceras y pasar un manguerazo. Mi mentor en esa incipiente carrera en la hostelería era un fanático de Bruce Springsteen, y caí rendido a los encantos de aquellas canciones pegadizas, que intentaba traducir con el poco inglés que iba aprendiendo en el instituto.

Cuando sonó Glory days en los altavoces del bar, que como estaba recubierto de madera tenía una acústica fantástica, uno de los franceses se acercó bailando, medio borracho, agitando un papel en la mano derecha. Mi compañero de fatigas se acercó corriendo y empezó a decirle “Oye, Tiganá, que yo también estuve allí”, y se fue al almacén. Volvió al momento con un papel igual. Eran entradas del concierto que el Boss había dado un año antes en Montpellier, y al que dicen la crónicas que fueron varios trenes cargados de españoles.

entrada Springsteen Montpellier 1985

La noche se hizo eterna. Alfonso, mi compañero, empezó a invitar a copas a los franceses. Tiganá y sus otros dos colegas, negros como él, empezaron a hablar de fútbol, de Springsteen, nos dijeron que conocían al Tiganá verdadero (aquel futbolista que brilló con la selección francesa en los años 80), cantaron en inglés con acento francés las canciones de Born in the USA y a las tantas nos separamos después de muchos abrazos, muchas señas para hacernos entender y unos cuantos berridos de larga vida a Springsteen. “Tiganá” me regaló su entrada del concierto de Montpellier (igual se está arrepintiendo todavía) y aquel papel se convirtió para mí en una suerte de talismán que me ha acompañado por todas las casas y ciudades en las que he vivido. Lejos ahora de la casa familiar y treinta años después de aquella madrugada, esa entrada sigue enganchada con celo cerca de los LPs que he ido acumulando en todos estos años. Es el primer recuerdo que atesoro de mi larga vinculación a Springsteen y su música. Veo aquel trozo de papel y recuerdo el cassette que giraba sin descanso en la pletina del equipo de música de aquel bar, con el cansancio acumulado de doce horas de servir bandejas y la perspectiva de recoger rápido y salir a disfrutar de lo que quedara de marcha.

Por aquel tiempo, en un concurso en la radio local gané un premio por no sé qué y me dieron un single. Era Sherry Darling. Tenía disco pero no tenía tocadiscos. Fue uno de los caprichos que me permití con esos primeros sueldos veraniegos tras la barra de un bar. Cuando lo inauguré puse ese disco de 45 rpm, que todavía hoy está en mi discoteca, cerca de la entrada de Montpellier. Al lado de una caja con 5 LPs, que fue el primer disco del Boss que compré, el LIVE 1975-85, que sacó para intentar poner coto a la proliferación de discos piratas de sus conciertos. Lo conseguí en Andorra, adonde fuimos en un viaje relámpago a comprar discos, zapatillas, whisky, tabaco y azúcar. Eso era lo que se traía todo el mundo del “país de los Pirineos”. Aquella caja, rayada, repleta de recortes, con las esquinas de las fundas de los discos dobladas, me costó 3.500 pesetas, cuando el precio oficial era un billete morado.

Las cientos de horas que he pasado con aquellos cinco discos me permitieron descubrir, primero, la potencia en directo de la E Street Band; hacer un recorrido selectivo por la trayectoria previa a Born in the USA; descubrir que con el Boss no mejoraría nunca mi dicción  de la lengua inglesa y memorizar canciones hasta el más mínimo detalle. Temas que apenas le he escuchado en los conciertos, como This land is your land, Paradise by the C, Reason to believe, Raise your hand o War, se alternan con himnos que sí he berreado hasta la saciedad en estadios de Barcelona, Bilbao o Zaragoza. Nunca he podido verlo en su tierra ni viajar con el club de fans en sus giras europeas. Es algo que ya me temo quedará pendiente por siempre.

Springsteen nos gusta tanto porque nos recuerda lo mejor de nuestras vidas, porque hemos crecido con él. Porque hace más de treinta años que nos sabemos sus canciones y nos identificamos con él incluso cuando hace esos cambios que nos dejan anonadados.

entrada primer concierto springsteen 1993

La primera vez que lo vi en directo fue en Barcelona, en 1993, y venía sin su banda de siempre. Le acompañaba un grupo de músicos más que competentes que hicieron brillar los coros. Era la gira de promoción de Lucky town y Human touch, un par de discos que he ido apreciando con el tiempo. De “mi primer directo” recuerdo, por extraño que parezca, versiones de la Creedence como Who’ll stop the rain o de Jimmy Cliff, Many rivers to cross, así como unas críticas en los periódicos que fueron demoledoras. Pocos años antes, siendo unos críos, nos habíamos quedado con las ganas de ver al Boss en un concierto que aún hoy se agiganta en el tiempo. La gira de Amnistía internacional pasó por el Camp Nou en 1988 y llevaba de la mano a Tracy Chapman, Sting, Peter Gabriel, Youssou N’Dour y Bruce. Llegamos a la tienda que vendía las entradas en Tarragona pocas horas de después de que se llevaran las últimas. “Esgotades”, decía la dependienta, a la que mirábamos con una cara de rabia y una sensación de injusticia que hoy recuerdo con una nitidez hiriente.

Eran los años en los que iba a los conciertos con los amigos de toda la vida, reforzando esos lazos que nos unen, descubriendo esas experiencias que nos llevaban a cometer locuras y a creer que empezábamos a construir nuestra libertad personal.

Se consolidaba nuestra relación con el Boss sin que pudiéramos intuir todas las cosas que aún veríamos, los lugares en los que nos íbamos a encontrar, las canciones que nos iba a proporcionar para seguir creciendo.

(Continuará)

 

Una historia brutal

En estas páginas nos hemos ocupado de dos autores que con desigual fortuna han escrito o dibujado sobre la figura del padre desaparecido. A ambos les unía la sutileza a la hora de mostrar los sentimientos que generaba esa pérdida e, independientemente de la habilidad estilística que pudieran poner al servicio de esa evocación, la contención y la admiración eran los ejes vertebradores de ambos relatos.

Todo lo contrario de un tebeo que publicó Glénat en 2009 en colección “Novela gráfica”, con texto de Mario Torrecillas y dibujo de Tyto Alba, titulado “El hijo”. El padre de Matías, el hijo del título, ha perdido la casa familiar a las cartas, durante la guerra civil, y la misma suerte ha corrido su mujer. Matías, boxeador de medio pelo, lo descubre todo al volver al hogar y encontrárselo convertido en un burdel. Es la Barcelona de la inmediata posguerra, en la que se hacinan perdedores de todas las batallas posibles que han de convivir con los vencedores, obsesionados muchas veces en que no se descubra que ellos también pudieron perder algo.

el hijo_glenat

Matías escapa de la urbe en busca de su madre, hacia un manicomio del Pirineo donde le dicen está recluida. Allí descubre que acaba de fugarse y ha participado en un episodio violento, rodeada de una partida de locos, si es que queda ya alguien cuerdo en aquellas circunstancias. La historia acaba de empezar, narrada mediante un dibujo expresionista, sucio, impactante, con unos personajes que miran a través de un ojos que recuerdan a los frescos románicos. Es imposible atenuar la violencia de las escenas que se muestran. El tenebrismo de un trazo que puede parecer apresurado y unos encuadres con enormes cargas de negro se apropian de un relato que no da tregua al lector.

El prologuista es Agustí Villaronga, del que es fácil relacionar la violencia inmanente de su película “Pa negre” con la que aparece en esta novela gráfica. Villaronga alude al cómic “Paracuellos” de Carlos Giménez pero no es comparable la miseria moral que mostraban los responsables de aquellos “hogares de auxilio social” con la brutalidad que hay en esta negra historia, basada igualmente en oscuros hechos reales. Cuando el guionista Mario Torrecillas toma la palabra en el epílogo y explica la génesis de lo que nos acaba de explicar se entiende, o mejor dicho se asume, la dureza de lo expuesto.

Pero eso hay que descubrirlo adentrándose en la historia.