Paseando con Guillamon

Hace una semana estuve de paseo con una treintena larga de personas por algunas de las calles menos frecuentadas del Poblenou de Barcelona. Los guiris que salían de un hotel o las señoras mayores que volvían empujando el carro de la compra miraban con curiosidad a aquel grupo tan heterogéneo que igual se paraba delante de lo que un día fue un cine que señalaba al “terrat” de una casa en la que un día se había erigido una copia a escala de las montañas de Montserrat.

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Dirigía este paseo por el barrio y la memoria el escritor Julià Guillamon, en una iniciativa exitosa (era la cuarta vez que hacía la ruta y ya se anuncian más para después del verano) de la librería Nollegiu. La excusa era el libro “El barri de la plata”, publicado por L’Avenç en febrero de 2018. Y el reclamo, compartir con el autor algo de esa poética que tiene esta novela extraña, mezcla de géneros y cuyo resultado es embriagador. No será fácil explicar por qué.

El nombre del “barri de la plata” dicen que puede venir de que los obreros del Metro Transversal, en los años 20, cobraban la semanada en monedas de plata y muchos vivían en una serie de calles del Poblenou, que acogieron a un gran contingente de valencianos. Fueron llegando en oleadas sucesivas, unos atraían a otros y así se fueron estableciendo en un barrio que ya no era el Manchester catalán pero en el que todavía había algunas industrias medianas. Aquí se quedó la familia de Julià Guillamon, llegada desde Toga, un pueblecito en la muga entre Aragón, Castellón y Cataluña. Del mismo valle regado por el Mijares (Argelita, Ludiente, Espadilla, Arañuel…) vinieron otros trabajadores que fueron dejando en estas calles unos apellidos recurrentes: Barceló, Calpe, Puerto, Morte, Catalán…

Voy caminando a diario por esas calles del “barri de la plata” (Roc Boronal, antes Luchana; Josep Trueta, antes Wad-Ras; Granada, Badajoz…) y veo cómo el pasado se resiste a desaparecer, a pesar del frenesí constructor que vive la zona y de la revalorización del suelo que se puede dedicar a vivienda. Es una zona de moda ahora, tanto para los barceloneses como para los turistas. En una misma calle se suceden casi puerta con puerta una carpintería de las toda la vida con una academia de efectos especiales para cine, una calderería y un restaurante de cocina de mestizaje, una escuela concertada con medio siglo a la espalda con la reivindicación pendiente de un “casal d’avis”, los carriles del Bicing con los muelles de las antiguas cooperativas de transporte. Es un barrio muy vivo, hoy plenamente integrado en la ciudad, con diversos accesos directos a las playas, pero con una personalidad muy acusada, fruto de haber vivido durante muchos años cercados por el cementerio, las vías del tren y los descampados, además de un gran colector al que vertían las corrientes subterráneas que abundan en la zona.

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En la superficie, las gentes del “barri de la plata” pasearon por unas calles, mal trazadas y peor iluminadas (como recuerda Guillamon) que también se pueden rastrear en otra obra muy interesante en la que es protagonista el barrio: “El corto verano de la anarquía”, de Han Magnus Enzensberger. Aquí los vecinos veían pasar la vida, luchando con los dramas cotidianos, disfrutando de las cosas sencillas, en pos de ir mejorando, aunque fuera muy poco a poco.

Julià Guillamon cuenta la vida de su padre en esta novela híbrida que tiene mucho de investigación de antropología urbana. Como el autor es ducho en bucear en los archivos y disfruta documentándose (así nos lo hizo saber en la charla que dio después de la ruta en la librería Nollegiu), el relato está salpicado de fotos familiares, anuncios de la época, recortes de prensa… Esta visita a los recuerdos de la familia presentada en forma de novela es también un ensayo sobre la identidad (la de esos valencianos y aragoneses castellanohablantes que llegaban a un barrio donde hablar catalán suponía un primer paso hacia la integración y una herramienta importante para ir mejorando laboralmente). Y es, fundamentalmente, como han destacado algunas reseñas, uno de esos ejercicios que parecen ajustar cuentas con la figura paterna. Algunos lo han metido en el mismo saco que “Ordesa”, de Manuel Vilas.

En esa charla que nos brindó después de pasear por el barrio, Guillamon dijo que esta novela encerraba una tragedia, la que parecía condenar a sus padres: él era un “pinta”, juerguista y poco amigo del sacrificio, nacido en el “barri de la plata”, al que volvió después de pasar la guerra en Toga, el pueblo de los ancestros, huyendo de los bombardeos franquistas que se cebaron con el Poblenou, porque albergaba industria pesada. La madre era una “noia” de familia relativamente acomodada de Gràcia, que se mudó al barrio de su marido, cambiando el vitalismo de su hogar de nacimiento por un ambiente de paulatino abandono, en una zona depauperada. Los veranos los pasaba ella regentando una fonda en Arbúcies, en la provincia de Girona, a una hora escasa de coche hoy en día. Temperamentos tan diferentes se enfrentaron al hado de que aquella unión estaba condenada a no salir bien.

Decía Guillamon también que esta novela encerraba un drama, el de los hijos que veían que aquello no funcionaba, con la madre trabajando como una mula mientras su marido jugaba a ser torero, se bebía el mundo a tragos sin saber cuándo ponerle freno, volviendo a casa hecho unos zorros. Julià y su hermano asistían impertérritos a la demolición de la pareja.

Esta novela inclasificable todavía reserva un giro más en la trama, en la penúltima página. Y termina con una frase vitalista, como no podía ser menos: “Era un dia de primavera i feia un sol radiant”). Aunque en la última vuelta del camino le espera al lector un mazazo, el autor también le brinda un aliento de esperanza.

Qué disfrute.

Ps.- En breve aparecerá la edición en castellano.

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Menudo bofetón

Con los años he dejado de venerar esa sensación de ser el primer lector de un libro y ahora disfruto pasando por páginas que ya habían sido holladas antes, y busco incluso el rastro de esos lectores previos, que me pueda dar pistas de cuáles han sido las frases que han llamado la atención de los que me han precedido.

Recurro con frecuencia a las bibliotecas, que en Barcelona son muchas y abundantes, y me dejo aconsejar. La etiqueta “La biblioteca recomana” me ha permitido descubrir un amplio ramillete de obras que me hubieran pasado desapercibidas y ahora suele ser la primera estantería que visito. Por esos algoritmos inexplicables de las redes sociales aparecen con bastante frecuencia en mis perfiles mensajes de una editorial minoritaria como Candaya, que apunta alto y se atreve con novelas que no son fáciles, en pos de un público curtido. Empezaron, creo recordar, con una serie de ensayos sobre escritores (Bolaño, Vila-Matas, Marsé…), que contenían abundante información y proporcionaban claves para hacer relecturas de los elegidos, o sencillamente para zambullirse en ellos.

Tiempo atrás, también de Candaya, comentamos aquí un libro duro, seco como un trallazo. “Campo rojo” se llamaba, era de un escritor zaragozano que explicaba lo que parecía su infancia en los arrabales de su ciudad. El reverso de esa nostalgia ñoña de la EGB tan de moda.

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Hace una semana escasa vi recomendado en una biblioteca otro libro de Candaya, del que me había encontrado diversos mensajes en las redes sociales en los últimos meses. Un título llamativo, “Nefando”, en una cubierta impactante, con una fotografía desasosegante cuando menos. Es una novela de Mónica Ojeda, escritora ecuatoriana de treinta años que -como decía Paula Corroto en El País– protagoniza ese nuevo boom latinoamericano, en el que mandan las mujeres. Antes de salir de la biblioteca con mi ejemplar ya empecé a elucubrar qué querrían destacar las abundantes marcas que había en sus páginas, en forma de esquinas dobladas: “Para leer bien hay que leer mal”, “Hay que leer lo que no quieren que leamos”, “La poesía que verdaderamente vale la pena es la que te deja caer”, “La única diferencia es que en el cibermundo todos nos atrevemos, al menos una vez, a ser criminales, o moralmente incorrectos”… Frases rotundas acompañadas de referencias a un cómic que me fascinó: Lost Girls, de Alan Moore y Melinda Gebbie, una continuación en clave erótica de las vidas de Dorothy, Alicia y Wendy, protagonistas de El mago de Oz, Alicia en el País de las maravillas y Peter Pan, y menciones de otros libros famosos por su alta carga sexual.

Le eché un vistazo a la reseña de la contra y se anunciaba una novela diferente, que se pasea por las habitaciones de seis compañeros de piso en Barcelona: “en cada una de ellas se gestan actividades tan inquietantes como la escritura de una novela pornográfica, el deseo frustrado de autocastración o el desarrollo de diseños para la demoscene”. En los cuatro días escasos en que he devorado sus intensas 200 páginas he tenido que levantar varias veces la vista de papel, como me ha ocurrido en alguna de las películas de Michael Haneke, cuando había que desviar la mirada hacia la oscuridad de la sala para no afrontar los “fuera de campo” que invitaba a intuir la pantalla.

Nefando no es una lectura fácil. En la web de Candaya hay una amplia selección de reseñas en las que se habla de “bomba”, “potente”, “perturbadora”, “demoledora”, “vertiginosa”, “incómoda”, “exploración de los límites”… Es todo eso y es un puñetazo al lector, que se asoma al abismo y, al tiempo que se cuestiona hasta dónde piensa llegar la narradora, necesita saber en qué terminará semejante sucesión de situaciones extremas. Resulta complicado hacer una sinopsis sin desbaratar las claves de la historia. Algunos de los protagonistas, esos compañeros de piso antes mencionados, están relacionados con un videojuego de los que corren en el deepweb, y que tuvo que ser escondido a causa del material sensible que mostraba. El pasado de algunos de estos jóvenes encierra escabrosos episodios de abusos sexuales y se cuela en el texto una novela corta pornográfica, de la que se ofrecen algunos pasajes, intercalados con esas historias pasadas y presentes que van conformando este puzle, de una notable pericia estructural.

Los variados registros que muestran los personajes, las abundantes referencias literarias, la osadía a la hora de ambientar una historia tan negra en los espacios abisales del cibermundo, la intensidad del relato son algunos de los puntos fuertes de esta novela dura, exigente, oscuramente atractiva.

En una entrevista publicada ya hace unos meses, coincidiendo con la salida de la novela en 2016, la periodista reunía en la pregunta final tres términos que parecen obligatorios al hablar de libros en la actualidad: “metaliteratura”, “posmodernidad” y “autorreferencial”. Mónica Ojeda toreaba con elegancia y creo que acertaba al responder: “He intentado trabajar con esas referencias en un plano que no resulte como una piedra en el camino para el lector, sino como un disparador hacia conexiones importantes”.

Objetivo conseguido.

Otra novela con muchas bufandas

Me queda medio centenar de páginas para acabar la última novela de Dan Brown. Lo de menos es cómo termine. Incluso si el profesor Robert Langdon  resuelve el follón que se monta cuando el eminente científico Edmond Kirsch se propone desvelar un descubrimiento que acabará con las religiones tal como las entendemos y que acabará, nunca mejor, dicho como el Rosario de la Aurora.

La cosa se tuerce, el científico no logra desvelar lo que quería decir al mundo, desde el museo Guggenheim de Bilbao, y vuela toda velocidad a Barcelona, paseando su peripecia por los edificios más emblemáticos de Gaudí, perseguido por la Casa Real española, que se conjura en una basílica excavada en el Valle de los Caídos. Origen se llama este best seller que hace honor a su nombre: lleva desde el mes de octubre en los primeros lugares de las listas de ventas que publican los suplementos literarios, sus voluminosos ejemplares se agolpan en los lugares más destacados de las librerías y Planeta (desde luego) pero también muchos libreros celebran que la última novela de Dan Brown esté ambientada en nuestro país, porque seguro que eso ha provocado muchas ventas, no sé si lecturas también.

Me estoy leyendo una novela de Dan Brown (a pesar de que quedé escamado con El Código Da Vinci) porque se lo prometí a mi hijo mayor, así de flojo es mi argumento para reincidir. Él está acostumbrado a que yo le vaya recomendando libros, los lee casi todos y me suele agradecer las sugerencias. Hasta ahora, dice, el mejor es este que comenté aquí. Las últimas navidades algún familiar le regaló Origen, porque a un adolescente es difícil encontrar algo regalable que no tenga ya. Devoró las 600 páginas en pocos días, y hasta se escondía para seguir leyendo cuando tenía la orden de apagar la luz y meterse en la cama. Le fascinó que la trama fuera por lugares que él conoce bien, el museo bilbaíno, la Sagrada Familia, la Casa Milà… y le encantó (me decía) que cada capítulo (muy breves, como secuencias de una peli de acción) lo dejara con el aliento entrecortado y a punto de dar un nuevo giro a la trama.

El caso es que acepté su recomendación, para que viera que sus opiniones son importantes para mí, aunque sea para rebatirlas más adelante. Nada más abrir el libro, en los dos primeros párrafos recuerdo que conté un montón de adjetivos. Me sumergía en una novela de esas llenas de bufandas, como decía un día Martínez de Pisón para explicar gráficamente qué son los adjetivos: bufandas que uno se pone. Una puede quedar elegante, y hasta cumplir con la función de abrigar un poco. Pero nadie (o casi nadie) sale a la calle con muchas bufandas anudadas en el cuello. Esta novela, como las de Ruiz Zafón, est engordadas con clembuterol adjetival. “Acantilado escarpado, viejo funicular, irregular cumbre, pendiente vertiginosa, enorme monasterio” y pude que alguno más caben en cuatro líneas escasas. Nada más comenzar. Y a partir de ahí no cesa el frenesí.

Los capítulos cortos antes mencionados están concebidos como secuencias de una película que posiblemente se ruede y seguro que protagoniza Tom Hanks. Hay descripciones que son en realidad propuestas para un movimiento de cámara frenético mientras suenan de fondo las aspas de un helicóptero y los protagonistas descienden por una sirga huyendo de los malos. En esta trama maniquea, en la que el príncipe Julián de España parece tener oscuras relaciones con un alto elemento de la Iglesia, conectado con el Opus Dei y emparentado con vestigios franquistas de la policía (tampoco es tan inverosímil), van apareciendo párrafos que parecen copiados de las notas documentales proporcionadas al escritor para darle ambiente al relato. Metidas con calzador, son brochazos que muestran la historia reciente de España con la sutileza de un ballenero en una tienda de Lladró. Peio H. Riaño, habitualmente más fino en sus análisis en El Español, entró a saco para criticar esa poca ponderación ambiental. Quizá no era para tantos aspavientos, porque Dan Brown no se dedica a escribir tratados de Historia, pero el relato deja un poso de descripciones publicitarias, más propias de una web turística, que chirría hasta para un lector como yo, nada devoto de la monarquía y abiertamente anticlerical.

No es una novela para recomendar, porque es imposible no encontrársela en cualquier punto de venta. Es una obra de esas que hacer sonreír a casi todos los implicados en la industria librera, especialmente a sus editores. Y sus muchas páginas de papel tan engordado como la trama se verán durante unos meses en los vagones del metro, en los buses o en la playa. En poco tiempo recordaremos como una anécdota aquella historia de persecuciones ambientada en la Pedrera.

¿Te acuerdas cómo se titulaba?

Nada es verdad…

Como de todo hace ya unos cuantos años, descubro ahora que se publicó en 2006 el artículo de Vila-Matas en el que supe un poco más de Vicente Rojo. Por razones profesionales, consultaba entonces de manera habitual prensa mexicana, buscaba información de personajes mexicanos y vivía pendiente de casi todo lo que ocurría en aquel enorme país. Por eso me sonaba el nombre de Vicente Rojo, y sabía de él que era un diseñador que había hecho cientos de cubiertas de libros y quizá entonces ya debía de conocer que la primera edición de Cien años de soledad había salido con un diseño suyo, que se ha convertido en mítico.

Vila-Matas explicaba una de esas coincidencias mágicas, o al menos él tiene la habilidad de que nos parezcan así, y daba la filiación de Vicente Rojo. No se pierdan el texto, porque entre otras cosas descubrirán que era un mexicano que había nacido en Barcelona y que desde el barrio de su infancia hay una vista curiosa de la ciudad, en las que no nos fijamos quienes pasamos por ahí con frecuencia, pendientes más de mirar el suelo que de otear el horizonte.

Hace pocas semanas una amiga me pasó una novela publicada por Acantilado que conectaba en parte con algunas de las cosas explicadas más arriba. Y además en el título llevaba el nombre del diseñador: El hombre que se creía Vicente Rojo. Como hay una serie de complicidades y trabazones que no viene a cuento explicar, la amiga que me dejó el libro no me quiso decir nada más. Y yo empecé a leer.

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Son 137 páginas avaladas por la sobriedad elegante de los libros de Acantilado. Es una novela escrita por Sònia Hernández, llamada a ser un referente de su generación según el vaticinio de la revista Granta. Una historia de eso que llaman autoficción, con ese punto intelectualista que empieza a tender cabos al lector, que puede o no saber a qué se agarra, pero que lee con satisfacción porque le hace creer más culto, le invita a jugar en algo que le hace sentir a gusto.

Lo de menos es el punto de partida, lo que parece la historia de una adolescente que está convencida de que a ella solo le ocurren cosas desagradables. Y eso es por ejemplo toparse con un pintor que quiere regalarle un cuadro enorme. Que ese pintor pueda ser Vicente Rojo a ella le importa un pimiento. Se va perfilando un juego de espejos donde empiezan a difuminarse las fronteras entre la ficción y la realidad. O en palabras del Rojo personaje: “yo no creo que exista la realidad, pero sí lo verdadero, por eso es importante indagar y trabajar para que cada uno llegue a su verdad, a la esencia del ser”.

En este artefacto literario donde la verdad y la mentira se convierten en eje de lo narrado no podía faltar precisamente Enrique Vila-Matas (que hizo de presentador en Barcelona de la novela, hace pocos meses) y uno se encuentra con la agradable sorpresa de que campa a sus anchas por estas páginas otro mexicano ilustre, Max Aub, si bien era hijo muchas tierras y, como él mismo decía, “español, por haber sido en España donde había hecho el bachillerato”. Aub es un liante de tomo y lomo, que llegó a escribir la biografía de un personaje inventado, y lo hizo tan bien que había pintores que decían haber tratado en París a Jusep Torres Campalans, de cuya vida absolutamente inventada hay varias ediciones ilustradas con numerosos cuadros suyos.

Aparece Max Aub precisamente por esa capacidad suya de fabular, pero también se menciona una obra suya que es desoladora, que encierra la tragedia de este país, que un día no impidió que muchos de sus mejores talentos se fueran y que, después, cuando algunos se tragaron su dignidad y volvieron a pisar la tierra mancillada por la dictadura, se encontraron con el desinterés de sus paisanos, que preferían vivir dormidos que soñar despiertos. Aub escribió sobre ese golpe terrible, ese encontronazo, una especie de diario que llamó “La gallina ciega”, publicado en la década de 1960, cuando él ya empezaba a estar mayor, aunque no fuera un anciano. El corazón que tantas pérdidas había lamentado empezaba a perder fuelle.

En esta curiosa novela de Sònia Hernández, con tantos guiños literarios (no en vano ella es crítica en diversas publicaciones), parece rendir homenaje a esas generaciones que se exiliaron, aunque sin hacerlo de manera vehemente. Con escuetas pinceladas esboza un retrato del periodismo cultural (con la madre de Berta entrevistando a Vicente Rojo para las páginas de Cultura de un diario local) y hasta traza sin estridencias un perfil de esa relación madre-hija en la que la primera no logra transmitir entusiasmo por nada a la segunda. O eso parece hasta el penúltimo párrafo, donde el círculo prácticamente se cierra, y la historia termina como empieza, por el título.

Una novela de esas que le acompañan a uno muchos días después de haber cerrado el libro.

Un taxista sandinista

“El séptimo vicio”, el espacio de cine de Radio 3, se emite una vez al mes desde Barcelona, en directo, en la sala grande de la Filmoteca de Catalunya. Es una ocasión óptima para poner cara a tantas voces y formar parte de un programa que parece hecho sin guión, a golpe de genialidad de sus invitados, que (a decir verdad) suelen estar bien elegidos. Hace ya unos meses que “els vicis de Filmoteca” (así se llama esta cita barcelonesa con el programa de Javier Tolentino) anunciaron que emitían una peli documental basada en las conversaciones que tuvieron Hitchcock y Truffaut, de las que salió un libro canónico de cine que Alianza reedita sin parar. En el programa previo a la proyección estaba prevista la participación del “enfant terrible” del cine catalán, Albert Serra, y de un escritor de novela negra llamado Carlos Zanón, que a mí me sonaba por las estupendas reseñas que firmaba de vez en cuando en Babelia.

Albert Serra gusta de epatar al respetable con sus opiniones rotundas y, en directo, acompaña sus declaraciones de un histrionismo que tiene algo de daliniano, inflexiones de voz incluidas. Repantingado en una butaca en el escenario, delante de un micrófono y con esos cascos enormes que usan en la radio, parecía encontrarse en su salsa. Si no hubiera asistido en directo a aquella emisión me hubiera perdido las caras de sorpresa de Carlos Zanón, que parecía aguantar con estoicismo semejantes salidas de tono. Él había sido entrevistado poco antes y había hecho gala de una sencillez que poco tenía que ver con su compañero de programa. Desde la invisibilidad de casa, si hubiera escuchado el programa mientras preparo la cena (como hago muchas tardes) no hubiera reparado en ese escritor que nada más terminar la charla, en los minutos previos a la proyección a la película que remata la jornada, despareció por el largo pasillo de la sala Segundo de Chomón, en un edificio de reciente creación en pleno Raval, un entorno urbano cargado de referencias cinematográficas y literarias.

Esta otra Barcelona, alejada de la ciudad de postal que atrae a millones de turistas con su palo-selfie, es la gran protagonista (precisamente) de la última novela de Carlos Zanón, “Taxi”, recién publicada por Salamandra y que ha suscitado el interés prácticamente unánime de los medios. Lo más curioso es que, al tratarse de una novela tan rica en detalles, cada reseñista ha encontrado algo interesante… y diferente del resto. Es una novela negra, es una historia ambientada en Barcelona (subgénero que no deja de enriquecerse), es una novela proletaria, es una road movie a caballo de un taxi, es una historia de amor, es un homenaje a los Clash…

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Kiko Amat, tan admirado en este blog, lo clava en un breve billete que escribió en el Culturas de La Vanguardia: “Taxi es un Zanón sin cinturón de seguridad, callejero, soñando con bohemia pero engrilletado a Horta”. Alguien que conozca mínimamente Barcelona disfrutará mucho más esta novela, y cuando pase con el bus por una cantonada del Eixample creerá ver en uno de los taxis aparcados a Sandino, el protagonista de esta historia que se va metiendo en problemas ya no se sabe si como consecuencia del destino o por su mala cabeza y su picha tan brava. No verá con los mismos ojos las obras que se están haciendo junto al hotel Vela, un icónico edificio que separa las playas de la Barceloneta de los muelles del puerto comercial. Si son ciertas las amenazas que se ciernen sobre Sandino a buen seguro que en los cimientos de esas obras descansa el cadáver de alguien que se pasó de listo. Y al pasar por debajo de Montjuïc, con esa sucesión de nichos con vistas a los muelles de contenedores, no podrá evitar pensar en las citas del taxista con su colega Sofía, compañera además de infortunios, víctima de una confusión en la que también quiso ser más lista que los malos.

“Taxi” es una novela oscura, más que negra, pegada a la actualidad. Todo ocurre en siete días del mes de octubre de 2016, y por eso aparecen la CUP y la Colau, el “procés”, o inmigrantes árabes que frecuentan compañías extrañas y hasta una mención a la parisina Bataclán. Quizá estos apuntes tan coyunturales la hagan envejecer demasiado deprisa, pero “Taxi” parece a veces un documental de esos grabados con cámara oculta para mostrar la ciudad allá donde pierde su nombre, donde baja la intensidad de las luces para ocultar más que iluminar.

Esta historia de amor repleta de corazones rotos y entrepiernas doloridas se convierte por momentos en un caos de subtramas levemente punteadas por versos de canciones que uno no sabe si informan de lo que viene a continuación (“Let’s go crazy”, “Police on my back”, “Career oportunities”) o meras maniobras de distracción (“Charlie don’t surf”, “Stop the world”).

El taxista proletario que aspira a follarse a una pija redomada para añadir otra muesca a su canana es el mismo que no se atreve a enfrentarse a su mujer, que le pide hablar con él. Entre tanto, “apatrullando la ciudad” con su Prius amarillo y negro, a Sandino la semana le cundirá como para echar algún polvo más rápido de lo deseado y rememorar tiempos de esplendor, cuando toreaba en grandes plazas. En una entrevista en el diario Ara, donde recuerdan que Zanón está escribiendo una novela que recupera a Pepe Carvalho y es él mismo comisario de BCNegra, el escritor dice que estas historias sentimentales o sexuales son “las cadenas que arrastra el protagonista, a las que se suman las de la familia y la lealtad a los amigos”. Es el punto de partida de “Taxi”, y también el de destino.

Una carrera para disfrutar por una ciudad que descubrir.

Jesús Moncada, el escritor discreto

Cuando apareció “Calaveres atònites”, en diciembre de 1999, pude entrevistar a su autor, Jesús Moncada. No lo podíamos imaginar, pero sería la última obra que publicó en vida. Tiempo hubo para recopilaciones de relatos, pero antes de 2005, fecha de su muerte, no llegaron más obras originales. Se dice que una gran novela, ubicada en Barcelona, quedó en los cajones del siempre perfeccionista Moncada. Parece que estaba ambientada en el entorno laboral de la Montaner i Simón, la editorial que albergó el espectacular edificio que hoy es sede la Fundació Tàpies, y que recordaba unos años en los que Moncada abandonó su deseo de ser pintor para convertirse en uno de los escritores más destacados en lengua catalana, nacido en la Franja de Ponent (para los catalanes), en la Franja Oriental (para los aragoneses).

Llegué a la recopilación de cuentos de “Calaveres atònites” después de haber devorado uno tras otro todos los libros de Moncada. Me sorprendí, aragonés como él, de no saber nada de su literatura, de no conocer su nombre antes de instalarme en Barcelona, como había hecho él veinte años antes. En Cataluña era un autor cuyas obras se esperaban con interés pero más allá de la famosa Franja pocos parecían saber que había publicado con Anagrama la que era su novela más ambiciosa: “Camino de sirga”, traducción literal del “camí de sirga” en catalán que hacía referencia a la ruta que seguían los “machos” para remontar río Ebro arriba, tirando de una cuerda, las barcas (llaüts, en catalán) que bajaban hacia Tortosa el lignito que se extraía de las minas de Mequinenza.

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He comprobado que “Calaveres atònites” resiste de maravilla una relectura. Hace casi dos décadas que lo leí, y en la página de cortesía veo con tristeza el dibujo que me dedicó Moncada, al lado de un texto donde me aseguraba que yo acabaría en el infierno. O eso dice la caricatura de la Berta. No recuerdo cuánto rato pasé con él en la sede barcelonesa de La Magrana, su editorial entonces, antes de que la comprara RBA. Pero fue un momento inolvidable. Esa sonrisa que aparece en muchas de las fotografías era una risa de tonos gamberros, que coincidía plenamente con ese humor socarrón (somarda, le decimos en Aragón) que invadía sus textos, de un anticlericalismo feroz. Al releer el primer relato de esta recopilación, donde en primera persona Mallol Fontcalda explica cómo fue su aterrizaje en la villa de Mequinenza, adonde llegaba para ser secretario del juzgado desde su Barcelona natal. La estupefacción con la que recuerda ese momento, en una especie de prólogo para una selección de cuentos escritos por un tal Moncada (empieza aquí un juego de espejos que deviene infinito), es la misma que siente el lector al descubrir cualquiera de las historias de este escritor “rural” que evocó desde el barrio de Gracia barcelonés aquel pueblo suyo y sus habitantes, anegado el primero por las aguas de dos pantanos, vivísimos los personajes gracias a las historias de Moncada.

Prácticamente todos sus libros (salvo “La galeria de les estatues” i “Estremida memòria) acontecen en Mequinenza, ese espacio literario de proporciones míticas donde personajes con nombres de resonancias clásicas se chotean de las penurias de la posguerra, cultivan un anticlericalismo que de tan bestia raya en la caricatura y sobreviven armándose de mal humor ante las penurias e iniquidades de la dictadura, ellos que han sido siempre tan de izquierdas (incluso en el momento actual). Son una especie de aldea gala reubicada por culpa de las aguas de unos pantanos que casi acaban con todo rastro de vida inteligente, además de arrasar con los recursos económicos. La “suerte” de esta villa desgraciadamente desaparecida es que tuvo a Jesús Moncada como cronista.

He vuelto a leer estos relatos, a repasar mis apuntes de hace años, a mirar las entrevistas y reseñas que recorté de los periódicos de 1999, a evocar a aquel autor entrañable que se fue demasiado pronto por culpa de un cáncer. Y lo hecho merced a una biografía publicada por Pagès editors hace escasamente un mes. Se titula “Jesús Moncada, mosaic de vida” y está escrita por Marc Biosca. La foto de la cubierta muestra a un Moncada que mira por un ventanal, en la sede citada de la Montaner i Simón. Vista ahora, la imagen tiene un poder de evocación descomunal. Libros en las estanterías, la pantalla de un flexo difuminada en primer plano, una mesa con una pila de hojas pulcramente ordenadas… Y el editor mirando al infinito, quizá descansando después de muchas horas corrigiendo pruebas, recuperando fuerzas para seguir en la brecha.

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Dicen que Moncada concedió pocas entrevistas, que fue un autor que dio escasas pistas sobre su vida personal. El mismo confesó que traducía, especialmente a autores franceses, para comprar el tiempo que luego dedicaba a escribir y rescribir minuciosamente sus relatos. Pocas señales quedan de su compromiso político, más allá de su afiliación a un partido independentista de izquierdas, cuando no era difícil ser lo segundo pero parecía una marcianada ejercer de lo primero. Hoy las tornas han cambiado. Recuerdo que yo, a instancias de unos amigos y bien convencido de ello, le propuse que nos ayudara en la oposición a unos embalses en el Pirineo aragonés que siguen sin hacerse pero cuya amenaza pende sobre el territorio desde hace décadas. Rehusó firme pero amablemente, lo que podía decir ya lo había hecho en sus relatos.

No se le conoce a Moncada pareja sentimental pero sí unos cuantos padrinos literarios, de su paisano Edmón Vallès a Pere Calders. Se explican algunas de sus amistades del círculo profesional pero tampoco parece que disfrutara demasiado en las bambalinas de los premios y los oropeles de la fama. Coleccionó galardones en Cataluña y sólo al final, a punto de irse para siempre río abajo, el Gobierno aragonés le entregó su galardón mayor, aunque algunos miembros del jurado explican que había sido propuesto en reiteradas ocasiones y siempre rechazado precisamente por no escribir en castellano.

De todo esto habla esta biografía que al principio se presenta desordenada pero que va tomando cuerpo y acaba siendo un trabajo interesante. Se echa en falta un índice onomástico, tan necesario siempre en estos estudios biográficos, pero dispone de un abundante aparato bibliográfico, de gran utilidad para seguir la huella de un autor que parece que se prodigó poco pero que, en realidad, se asomó cuando tenía algo que decir, algo que anunciar.

Los relatos de Moncada han envejecido de maravilla. He pasado unas horas extraordinarias, con risas incluso, al revisitar las disparatadas situaciones que se producían en la villa de Mequinenza, con esos nombres ya familiares del juez Crònides, la Berta, Penèlope Valldabó, el cardenal Maties o Leucofrina, en espacios no menos míticos del Café del Moll, el Café de la Granota, el puticlub Calipso o la farmacia de Honorat del Rom.

Qué mala hostia tan sana, tan saludable.

 

Aturada general

Cunde un silencio peculiar hoy por Barcelona. Hace dos días se votó en una consulta real que se decretó que fuera irreal. Su resultado, irreal también por tantas irregularidades, está desencadenando un aluvión de hechos bien reales, como este silencio estruendoso que invade esta gran ciudad. Fueron también muy reales las hostias que repartieron miles de policías alojados durante unos días en lo que parece más inverosímil: un crucero pintado con los monigotes de la Warner Bros.

Desde dentro de Cataluña, independientemente de nuestras convicciones y anhelos más o menos disolventes, no acabamos de entender lo que consideramos una reacción desaforada. Llevamos años de manifestaciones que, más que pedir, se limitaban a mostrar, y no habíamos pensado que pudiera apalearse a gente que se había acostumbrado a ir a una concentración como quien va de concierto de Festa Major. La lógica familiar que no dudaba en cargar con niños de cualquier edad para ponerlos detrás de una pancarta se ha visto desarmada. En el silencio que hoy ocupa las calles de Barcelona hay algo de incertidumbre, porque los grupos de whatsapp que en convocatorias anteriores se limitaban a concretar dónde quedar, ahora avisan de que puede haber infiltrados que alienten la violencia para desprestigiar esta autodenominada “revolta dels somriures”.

Hoy Barcelona está parada. En el barrio desde el que escribo solo abren sus puertas algunas tiendas non-stop, unos bares y las oficinas de La Caixa. Se prepara una de esas manifestaciones grandiosas mientras las redes avisan de que los buses no circulan porque las calles están llenas de gente, la red de metro está sin servicio y las familias empiezan a caminar sin saber muy bien si podrán a llegar a los puntos de encuentro.

Esa Barcelona hoy convulsionada fue convulsa en el pasado. Su tradición levantisca, de reacciones mucho más airadas, ha protagonizado muchas novelas y películas. Conocer ese pasado ayudaría a entender por qué este silencio de hoy, por qué la firmeza de tanta gente defendiendo ser preguntada. Saber por qué hay este silencio hoy quizá ayude a imaginar un futuro menos incierto. Una novela titulada “La fada negra”, publicada por Planeta y galardonada con el premio que más dotación económica tiene en la lengua catalana (el Premi Josep Pla) aborda la “jamància”, una revuelta poco conocida acaecida en 1843. Pocos meses antes, la ciudad había sido bombardeada por orden de Espartero, autor de una cita que aparece regularmente, en boca de bocazas y demagogos: “para que España vaya bien hay que bombardear Barcelona cada 50 años”. El autor de esta novela, Xavier Theros, debía de rumiar desde hace tiempo la historia que ha construido en torno a esta revuelta. Aquí se puede leer un texto que publicó en El País hace unos años. En este diario antes y últimamente en Ara van apareciendo piezas breves de Theros que siempre saben a muy poco. Conoce la ciudad del pasado palmo a palmo, rastrea en los rincones del presente las huellas que dejaron militarazos y pescaderas, menestrales y obispos.

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Ese dominio de la ciudad, esa capacidad para pasear por espacios desaparecidos hace décadas es lo mejor de “La fada negra”, una novela que combina acción, intriga y hasta pasión amorosa, ingredientes habituales en un thriller que se precie. Adolece, en cambio, de un historicismo, de una elocuencia y una precisión por el detalle que rompen el ritmo narrativo y parecen descansos que el autor toma para no perder él mismo el hilo. Son buena muestra las páginas 245-255, la 285, pero hay muchas más. El autor, más que el narrador, necesita poner en antecedentes a los lectores para ir introduciendo nuevos nombres, para contextualizar determinados giros en la narración. Y le va instruyendo, con la mejor intención pero con resultados dolorosos para la narración, que por momentos parece un ensayo histórico, de nivel, eso sí.

Las andanzas de Llàtzer Llampades, reconvertido en policía después de que un oscuro episodio del pasado le obligara a dejar la marina mercante y también a su familia, nos llevan por calles oscuras de la Barcelona aneja a la Rambla. Quedan fuera de las murallas las villas de Gracia, de Sant Martí, Sants… Corre el siglo XIX y empieza a atisbarse una especulación inmobiliaria que estallará pocas décadas después, retratada con más humor y sutileza por Eduardo Mendoza en “La ciudad de los prodigios”. En el fondo de todo el relato de Theros está ese deseo de enriquecimiento rápido, a expensas de decisiones políticas y corrupciones variadas. Si la tradición levantisca de Barcelona no ha languidecido con el tiempo tampoco se puede decir que los corruptos de ahora no tengan antecesores en los que inspirarse.

Esta novela, que parece un producto concebido para lograr un éxito de público, fue precisamente el libro más vendido en catalán en el último Sant Jordi. No es una obra desdeñable, en absoluto. De la pericia de Theros para explicar historietas dan fe sus colaboraciones en la prensa, antes mencionadas. Su colaboración con el malogrado Rafael Metlikovez, en un dúo alucinante llamado “Accidents Polipoètics”, ofrece una muestra de su amplitud de registros.

El fragor de la batalla, el ruido de los bombardeos, las escaramuzas por los callejones que rodean a la Ciutat Vella poco tienen que ver con el silencio que hoy impregna la movilización de miles de personas por las anchas avenidas que hay fuera de las antiguas murallas. Barcelona es el paisaje, en ambos casos.

Islandia, el mejor país del mundo

En la última edición de las fiestas barcelonesas de la Mercè, en el Passeig Lluís Companys se ofrecía la posibilidad de ver un cine panorámico, tumbados en el suelo, cubiertos por una cúpula en la que se sucedían ocho minutos de imágenes espectaculares con Islandia como protagonista. En realidad, era un publirreportaje de un laboratorio farmacéutico (Amgen) que ha llevado a cabo una extracción de datos para secuenciar el ADN de casi la mitad de los 300.000 islandeses que pueblan la isla. Dicen que, gracias a que la población islandesa apenas se ha mezclado con gente venida de fuera durante los doce siglos que la isla lleva habitada y dado que hay un registro meticuloso de los datos de nacimiento, muerte y parentesco de todos ellos en los últimos mil años, hay un árbol genealógico inmenso que puede proporcionar mucha información genética a la hora de conocer dónde y por qué aparecen determinadas enfermedades y, lo que es más importante (y monetizable) cómo abordarlas de manera personalizada.

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El vídeo en sí es más espectacular que informativo, pocos datos pero bellamente ilustrados con paisajes alucinantes, auroras boreales y naturaleza en plena ebullición. Acababa de leer un libro pequeñito, publicado en 2016  por Cuadernos del horizonte, titulado “Crónicas de Islandia”, y que aglutinaba en algo más de cien páginas unos cuantos reportajes de John Carlin que habían aparecido en El País entre agosto de 2006 y marzo de 2012. Ya había leído ahí sobre este proyecto de analizar el ADN de miles de personas aprovechando sus peculiares condiciones de “no contaminación”. Cayó en libro en mis manos como regalo de Jot Down, al comprar una revista dedicada a las islas. Creo que habíamos leído en familia algunos de estos reportajes hace más de una década, y que ellos fueron la espoleta que motivaron precisamente uno de los viajes que recuerdo con más placer: once días recorriendo Islandia, en un viaje circular a través de la única carretera totalmente asfaltada que rodea la isla. Fue en agosto de 2008 y con frecuencia vuelven a mi memoria flashes de aquellas jornadas que parecían eternas, con un sol que no acababa de esconderse y una sensación de estar pisando tierra que estaba viva, y que hacía todo lo posible por hacerlo patente.

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Dice John Carlin en este librito que es “el mejor país del mundo”, y por todo lo que va apareciendo en sus reportajes es difícil contradecirlo. Son escasamente 300.000 personas absolutamente tolerantes, donde abundan los escritores y, lo que es mejor, los lectores; que viven en un paisaje de ensueño, herederos de una tradición en las que las mujeres tienen un protagonismo esencial y donde no parece haber sitio para los celos ni los resquemores. Es habitual tener varias parejas a lo largo de la vida, así como hijos con todas ellas, desde bien jóvenes. Nadie se rasga las vestiduras, todo el mundo participa de la educación de todos los miembros de la familia. Apenas hay delitos, porque todo el mundo se conoce.

Durante los días en que anduve arriba y abajo por la isla me sorprendieron muchas cosas: la calle estaba llena de gente a cualquier hora, incluso de madrugada. Hacía fresco durante algunos momentos del día, pero el sol era bienvenido y nadie quería ausentarse. En los pueblos más solitarios (o en el centro de Reikiavik) las bicis estaban apoyadas en una farola, en una valla, sin necesidad de candados a pruebas de bomba como ocurre en Barcelona ahora mismo. Nadie las iba a robar. En sus paisajes espectaculares echaba en falta los árboles, apenas se veían. Por la carretera que daba la vuelta a la isla, donde no se puede circular a más de 90 km/hora, aparecía de vez en cuando una especie de podios con coches destrozados, a modo de memento mori. En los campos, recién cosechados, las balas de paja estaban envueltas en plásticos y con dibujos coloridos. De vez en cuando aparecían una muñeca hinchable y un maniquí masculino en posturas elocuentes que uno no sabía si eran espantapájaros, arte efímero o pura coña marinera. Y el agua corría por doquier. Cascadas espectaculares, glaciares, ríos, la inmensidad del cercano océano Ártico, los geiseres… Todo era agua en la isla más septentrional. Explicaban los paneles que las casas de casi toda la isla disfrutaban de agua caliente gracias a unas canalizaciones que explotaban esa energía geotérmica venida del subsuelo. El estruendo de las piezas enormes de hielo que se rompían al llegar al mar se asemejaba al de millones de litros cayendo por minuto desde cientos de metros, en algunas de las cascadas más espectaculares del mundo.

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En los núcleos habitados, allí una ciudad de 3000 habitantes ya es una urbe, sorprendía la limpieza de todo, las fachadas coloridas de las casas, las atestadas librerías en un pueblo de escasamente 500 almas. La tierra ruge y, aunque parece imperceptible, tienes la sensación de andar pisando los sueños de miles de antepasados.

Muchas de estas cosas las cuenta John Carlin en su libro, aunque él tiene la habilidad de hablar con muchos islandeses, incluso antes de salir de Barcelona, cuando se entrevista con Eidur Gudjohnsen, que entonces jugaba en el Barça. Él le pone en la pista de las personas a las que tiene que visitar. Carlin muestra de maravilla la evolución de la isla, con esa crisis económica que rompió el sueño de sus habitantes y permitió que muchos europeos (ante la debilidad momentánea de la corona islandesa) pudiéramos hacer el viaje de nuestras vidas. En esta serie de reportajes (que todo hay que decirlo, podrían haber sido objeto de una mínima edición para evitar repeticiones) se puede seguir el resurgir de la sociedad islandesa, gracias precisamente a las mujeres, a las que debiéramos encomendarnos cada cierto tiempo para atenuar tanto exceso de testosterona.

Volver a viajar por Islandia gracias a este libro de John Carlin es un regalo, que engrandece los recuerdos de una visita que tanto ansiamos repetir.

Sin filtros

Se anuncia curso para el verano en una librería de Barcelona. Se titula “Yo y mis sombras”, y lo impartirá Gabriela Wiener. El contenido del curso se presenta con una pregunta: “¿Para qué escribir sobre uno mismo?”. La respuesta, si la hay, puede hallarse en el último libro publicado por la propia Wiener, en Malpaso Ediciones. Se titula “Llamada perdida” y es de hace un par de años, de abril de 2015.

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Es una edición sobria, elegante, con las páginas tintadas en magenta al corte y un negro absoluto envolviendo la foto que Daniel Mordzinski le hizo a la autora, y que aparece en cubierta. No llegan a las 200 páginas estos textos palpitantes, pura literatura del yo, que se va exponiendo sin tabúes, sin remilgos ni pudores.

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Contra el discurso intelectual predominante, Gabriela Wiener traza unos perfiles muy cercanos de dos autoras ampliamente denostadas: Corín Tellado e Isabel Allende. Las muestra en momentos íntimos, haciendo confesiones personales, reconociendo la primera su incapacidad para el amor después de un matrimonio fracasado, al tiempo que inundaba el mundo de novelas románticas. Explica la chilena el dolor por la pérdida de su hija, que exorcizó en un libro que fue best seller (también) y que ni en este terreno más personal logró el favor de la crítica más sesuda.  Las muestra Wiener como dos abuelitas encantadoras que siguen haciendo gala de una profesionalidad incuestionable mientras explica la asturiana que ha dejado a sus hijos la explotación de los derechos de sus novelas rosa y Allende cuenta que lo confía todo a una nuera que es además su asistente, confidente y hasta algo más que hija política.

Dice Wiener que “este puñado de historias y observaciones no son más que frutos de la reincidencia en el vicio de documentar lo que me rodea con la esperanza de que al relatarme alguien más se sienta retratado”. Es duro, incluso en silencio, reconocerse retratado aunque sea a medias en estas historias que viajan a los abismos más íntimos. La manera en que Gabriela confiesa su incapacidad para ser fiel se complementa con la revelación de los celos proverbiales de su marido o, lo que puede resultar más morboso, se completa con la descripción de los tríos en los que participa la pareja, siempre con otra mujer por deseo expreso de él, y que puede terminar resultando hiriente de tanta sinceridad.

Alguien que viene de explicar de manera anecdótica su obsesión por el número 11, su temor a morir cuando se descubre un bulto en el pecho o su “necesidad” de emborracharse al menos una vez a la semana, con esa franqueza que desarma, sin filtros, convierte al lector en un voyeur que envidia ese gusto por desnudarse, ese valor por desvelar las angustias más íntimas, los efluvios más personales.

Hay momentos delicados cuando uno se asoma a la vida de los demás, aunque ellos no se ruboricen al mostrarse sin tapujos. Coincidir con alguien en un momento de debilidad lo convierte en un cómplice mucho más cercano. En estos días en los que el dolor por la pérdida se despierta conmigo cada mañana, hay una frase a la que no dejo de darle vueltas: “la vida adulta es palpar incesantemente la Nada con los dedos de la imaginación”.

Una manera hermosa para hablar de la muerte, evitando nombrarla. El curso de Gabriela Wiener que anuncia la librería “No llegiu” se celebrará a pocas manzanas de donde escribo esto, a escasos cinco minutos caminando. No tendré valor para asistir, porque no querré mirar dentro de mí menos contarlo, sin filtros.

Media vida caminado bajo la lluvia

Los cuatro discos de la grabación pirata del concierto del Boss en Berlín Oeste, a los que aludíamos aquí, se grabaron ante 17.000 personas. Corría el año 1988 y faltaba poco para que el Muro fuese demolido. Bruce Springsteen había pasado al otro lado unos días antes, había cruzado el Checkpoint Charlie para tocar ante la multitud más grande a la que se había enfrentado: 167.000 alemanes orientales más todos los que estaban en sus casas, viendo el show que emitía en directo la tele oficial, que había logrado incluso censurar en vivo una mención del propio Springsteen al odioso muro. Era la gira del Tunnel of Love, que acabaría llegando a Barcelona, sin la E Street Band. Fue la primera vez que lo vi en directo.

Estuve bien cerca del escenario, aún no se estilaban las pulseras para premiar a los más madrugadores de la cola. Quedé maravillado con la potencia del show, con los músicos que acompañaban al Jefe, con los coros. Recuerdo que alguien alrededor, veterano en estas lides, me dijo que no había color con otras actuaciones anteriores, cuando sí estaba acompañado de Clarence Clemmons, Steve van Zandt y Cía. Tardaría todavía unos años en comprobarlo, en 1999 y en Zaragoza. Qué razón tenía.

Las memorias de Springsteen van desgranando anécdotas e historias poco conocidas que sirven para ver cómo funciona por dentro esa banda tan bien engrasada, siempre al servicio del Jefe pero sin perder un ápice de protagonismo en cuanto a individualidades. “Una dictadura bondadosa”, así la considera el líder del tinglado, que cuenta cómo él es quien firma los contratos pero no duda ni en repartir juego ni en pagar con creces semejante dedicación. Dice en otro pasaje que sus músicos son, cada uno de ellos en su posición, “los mejor pagados del mundo”. Y no debe de andar muy desencaminado cuando consigue liarlos en giras maratonianas o en grabaciones muy personales, donde a veces brillan poco o, en ocasiones como en las Seeger Sessions, desaparecen de los créditos del disco y del avión de la gira.

Si la carrera de Springsteen y sus amigos se ha construido en buena medida sobre un escenario, con esos conciertos épicos que todos guardamos en nuestra memoria, no es extraño que sus memorias abunden en referencias a ellos. Habla, por supuesto, de cómo se batía el cobre en los locales de su pueblo y alrededores hasta hacerse con un nombre. Alude a su primer viaje a California, donde empezó a construirse el mito del rockero que venía con ganas de futuro. Cuando explica su primera experiencia en Europa en 1975, de la que hay un doble CD frenético, en el Hammersmith Odeon de Londres, es imposible no simpatizar con ese joven ansioso que no acababa de ver claro su estatus de estrella internacional. “Estoy asustado y enfadado, enfadado de verdad” (página 211). Y no sería por falta de fe en sí mismo, aunque confiese “a mis veinticinco años soy un jovencito provinciano que todavía no había salido del país”.

En otros momentos explica brevemente su gira mundial con Amnistía Internacional, de la que me quedé casi en las puertas, en 1988. Y de la vuelta a los ruedos con su banda de siempre, en 1993, que arrancó su gira europea en Barcelona. Cuenta también como el hijo de Max Weinberg sustituyó durante una temporada a su padre en la batería, con resultados más que notables, y explica por qué Jack Clemmons tuvo que pasar varias pruebas hasta hacerse con el papel, sólo hasta cierto punto, reservado a su tío Clarence hasta su muerte. Todos haremos nuestras lecturas personales de estas memorias. Yo no las puedo disociar de esos conciertos en los que me he sentido parte, aunque infinitesimal, de esa trayectoria. Dice en la página 363 que no escribe estrictamente para los deseos de su público, “pero a estas alturas estamos enredados en un diálogo que nos ya ocupa media vida”. Ahí casi todos nos sentiremos reflejados.

Tengo subrayadas, o con las páginas dobladas en una esquina, confesiones del más variado pelaje: los comentarios a la caótica relación con su padre, el relato de su boda con Patti (donde se lacera sin remilgos: “mi egocentrismo, mi narcisismo, mi aislamiento”), el recuerdo del nacimiento de sus tres hijos, qué supuso grabar un disco como “The Ghost of Tom Joad”, sus influencias musicales, los episodios depresivos, por qué su hermana le inspiró la canción “The river”…

Estas memorias del Boss son densas e iluminan sobre su vida y -especialmente- su obra. Es como si nos hubiera invitado durante unas horas a pasear por su hogar mientras iba enseñando esos recuerdos que no acaban de encajar con la decoración de la casa nueva pero sin los cuales sería imposible entender cómo ha llegado hasta ahí. Y por un instante hemos visto, colgado detrás de una puerta, el batín que se pone para estar por casa, cuando no hay afuera miles de personas gritando anhelantes, esperando un truco de magia.

Y entonces entiendes por qué llevamos tantos años corriendo juntos, sin rendirnos, caminado bajo la lluvia, esperando un día soleado o citándonos ahí, donde Mary.