Cómo se fabrica un best seller

Escribía hace poco Rosa Ribas en El Periódico de Catalunya un artículo en el que repasaba “los libros expuestos a la ofensa pública del abandono” en una estación de metro de la plaza de Merianplatz, cercana a su casa de Frankfurt. Repasaba someramente  títulos y autores y no eran muy diferentes a los que se pueden encontrar en los espacios habilitados para el bookcrossing en las bibliotecas y centros cívicos de Barcelona: Susanna Tamaro y Patrick Süskind se alternan en Alemania con los “locales” Johannes Mario Simmel y Hera Lind, como ocurre en las mesas barcelonesas con los best seller de Vázquez Figueroa o Corín Tellado, en dura pugna con “Los cipreses creen en Dios” o los tomos de las enciclopedias que los diarios “regalaron” hace unos años y que hoy ocupan, proporcionalmente, mucho más espacio de la utilidad que proporcionan.

Esta apoteosis del best seller, como la propia Ribas comentaba, mantiene engrasada la maquinaria editorial y con sus beneficios permite que se puedan editar obras “condenadas” a públicos minoritarios. Es la cara diametralmente opuesta de una novela de David Foenkinos (él mismo un autor de ventas masivas en su Francia natal y no desdeñables en otras lenguas), que acaban de publicar Edicions 62 en catalán y Alfaguara en castellano. Se titula “La biblioteca dels llibres rebutjats” en la versión catalana y aborda, como avanza el título, el destino que le espera a los manuscritos que desdeñan las editoriales. Una novela de novelas, incluso de best seller, que ha despertado la atención de los suplementos literarios porque se inspira en una iniciativa bien real, The Brautigan Library, en EEUU.

brautigan library

Esta peculiar “biblioteca de bodrios” aparece en las primeras páginas de la novela de Foenkinos, como si fuera necesaria la explicación de qué viene a continuación. Enrique Vila-Matas la incluyó en su libro de “literatos” que un día dimitieron, y muchos lectores creyeron que era otra broma del escritor barcelonés. En un texto reciente en El País, volvía a hablar de ella, precisamente para anunciar que Foenkinos acababa de publicar en francés Le mystere Henry Pick, mucho menos elocuente título que el que han puesto a sus versiones en catalán y castellano.

Explicaba sucintamente Vila-Matas de dónde venía la idea de tan peculiar biblioteca, a la que llegan “con ritmo desaforado” los manuscritos rechazados por las editoriales. Este curioso almacén de obras inéditas fue mencionado por Richard Brautigan en una novela titulada “El aborto” y, tras el suicido del escritor, un admirador suyo hizo realidad aquella ficción. Pasó por distintos avatares, cerró, y renació de sus cenizas en el Clark County Historical Museum de Vancouver, en el estado de Washington. Un cartel en la entrada la autodefine como “a very public library”.

David Foenkinos imagina en Francia una biblioteca similar, en la localidad bretona de Crozon. Y a partir de ahí se van encadenando historias, se van abriendo libros dentro del libro, en lo que parece una obra de pop ups, esos desplegables que han extendido su éxito desde el público infantil hasta las franjas de edad más longevas. Es una novela en la que más de un personaje se pierde por el camino, sin demasiados remilgos por parte del narrador para justificar sus fugaces presencias.

Repleta de guiños a los lletraferits, especialmente si conocen algo del mundillo literario en lengua francesa, se recuerda la negativa de Andre Gide a publicar “En busca del tiempo perdido” de Proust como uno de los momentos cumbre de la ceguera literaria; sale escarnecido un crítico de Figaro littéraire que vivió días de gloria repartiendo o quitando laureles de celebridad y ahora se reivindica como descubridor de la patraña que se esconde tras un best seller lleno de misterios. Se menciona a Pivot y su mítico programa de entrevistas a escritores, y hay abundantes “cameos” que fortalecen esa complicidad entre el escritor y sus lectores.

biblioteca llibres rebutjats_9788429775709

La historia parece que se centra en un pizzero de Crozon que dejó una novela en la biblioteca de libros “no queridos” de su pueblo, sin que hubiera constancia alguna de que jamás hubiera leído un libro o hubiera escrito más líneas que las de la lista de la compra. El libro se convierte en un éxito absoluto que encadena ediciones sin cesar. La gloria póstuma, porque el pizzero lleva un tiempo muerto, la viven (y hasta padecen) su viuda y su hija. Un guiño a John Kennedy Toole y su “conjura de los necios”, publicada por el empeño de la madre del escritor después de que éste se suicidara trs verse rechazado. Aparece mencionado Roberto Bolaño y su “2666”, otro caso de éxito que el autor no llegó a disfrutar después de una vida absorbido por la pasión de escribir, conocedor de que la vida se le iba a borbotones.

El lector va descubriendo más sobre las condiciones en que escribía el pizzero mientras la verdadera pareja protagonista, una editora que parece conocer las claves del éxito comercial de un libro y su novio (escritor de escaso eco) viven a la sombra de semejante bombazo. Se despliegan historias menores, ya hemos dicho que aparecen personajes que asoman la cabeza y poco más, se intuyen sorpresas más o menos desveladas y, al final, se descubre que cuando hay tanto dinero en juego las apuestas suelen ser con cartas marcadas.

biblioteca libros rechazados 9788420426372

Se ha paseado David Foenkinos por la prensa española. Está en plena promoción y su obra es jugosa por lo que tiene de pedigrí cultureta con vocación de libro de ventas abundantes. Ha explicado que su vida cambió cuando una afección cardiaca lo convirtió en un lector voraz, aunque de vocación tardía. Hablábamos aquí de otra obra suya, hace bien poco. Y la comparábamos con esas pelis francesas que dejan un regusto amargo pero se ven con una media sonrisa, porque hay algo que acabará estropeando un día soleado.

Es una novela amable, entretenida, con permanentes guiños a los lectores, tentándoles la mano, por si dejan de caminar. Como pasó con “La delicadeza”, la otra novela recién mencionada de Foenkinos, aquí puede haber una película.

Y no nos importaría verla.

Anuncios

Vestirse con muchos adjetivos

Vida de un escritorio es una sección del Cultura|s de La Vanguardia especialmente concebida para fetichistas de la literatura. En ella Joana Bonet va mostrando los lugares donde se recluyen los escritores a trabajar, en los que afloran sus manías, las supersticiones, los ritos, su gusto por el orden (o no), la compañía libresca que tienen y tantos detalles que o bien aparecen en el texto o bien se dejan ver en las magníficas fotos que suelen complementarlos. En el dedicado a Ignacio Martínez de Pisón, además de descubrir que tiene la costumbre de no fumar ni beber en casa se dice que no deja nunca de trabajar con el ordenador conectado a un disco duro externo por el miedo a perder el folio (sí, uno solo) que se obliga a escribir cada día. Defiende Pisón sus manías léxicas: “hay palabras caras y otras pura bisutería. La gente que no sabe escribir abusa de las caras” y explica de manera muy gráfica qué son los adjetivos: “llevar muchos brazaletes o pañuelos en la solapa es como si te pusieras muchos adjetivos”.

Hace unos meses mi hijo disfrutaba con unas novelas que le tenían en ascuas pero le dejaban literalmente acojonado y me pidió que se las leyera en voz alta, antes de ir a dormir, como si leer en compañía conjurara esos temores. Se trataba de “La trilogía de la niebla”, de Carlos Ruiz Zafón (en edición de Booket de 2014), que reunió tras su apoteósico éxito con “La sombra del viento” las novelas previas en las que se había forjado como narrador, publicadas con éxito relativo y algún premio en la década de 1990. “El Príncipe de la Niebla”, “El palacio de la Medianoche” y “Las Luces de Septiembre” son relatos con un aire gótico, repletos de crímenes y muchos golpes de efecto, poblados por personajes maniqueos en ambientes claustrofóbicos y lugares con cierto exotismo… y aderezados con miles de adjetivos. Casi 900 páginas en las que se van encadenando hasta tres y cuatro adjetivos, que pululan como moscas zumbando alrededor de un sustantivo escuálido, de tanta calificación. Si se cogiese el libro por el lomo, se pusiese boca abajo y se pudieran aventar los adjetivos, como se hace en la era con la paja para separarla del grano, la paginación se reduciría un tercio, por lo menos.

trilogia de la niebla.png

La lectura en voz alta es demoledora para lo superfluo. Y los adjetivos en esta trilogía de novelas (trepidantes, hay que decirlo también) parecen estar puestos al peso, aunque resulten caros. Mucho ruido de fondo para unas historias que ya abundan en personajes sometidos a tramas infladas en parajes que proyectan mucho eco. Sin llegar a esta apoteosis adjetivadora, otra novela que los críticos no dudarían en calificar de “menor” parece haber reservado un hueco a los adjetivos que le pudieron haber sobrado a Ruiz Zafón. Se llama “El castillo” (2015), la ha publicado Ediciones B y responde por entero a los cánones del best-seller: tapa dura con sobrecubierta, dibujos con estética de videojuego en la cubierta, papel con mucha mano para que las casi 700 páginas abulten mucho y justifiquen veinte y pico euros de PVP, una leyenda en la faja (no puede faltar una faja en este tipo de libros) del tipo “Si te gustó La catedral del mar…” y, lo que es más importante, una historia que bebe de los clásicos del género, al menos de los más recientes, en la línea de “Los pilares de la Tierra”.

el castillo.png

Está lejos, sin embargo, del libro de Ken Follet. Y eso que aquí también se narra la construcción de un castillo (en lugar de una catedral), en plena muga del incipiente reino cristiano de Aragón con los dominios musulmanes de Wasqa y Saraqusta. Hay una pareja que capea todas las dificultades a las que ha de enfrentarse su amor, unos cuantos polvos narrados con pretensión de no incomodar a los más mojigatos, bastantes traiciones, una buena dosis de asesinatos y alguna otra cosa que no se puede desvelar sin tener que recurrir al cartel de moda: “ojo, contiene spoilers”.

La novela adolece de sobreinformación: muchos datos metidos con calzador en forzados diálogos entre algunos personajes que hablan sobre la formación de reinos como si fueran espías recién llegados del Pentágono del futuro, después de haber hecho varios master de relaciones internacionales. Pasa lo mismo cuando un simple cantero y un carpintero analfabeto intercambian opiniones sobre elementos constructivos o técnicas de cimentación; parecen teóricos de la Bauhaus o estudiantes aplicados haciendo corta y pega de la Wikipedia. Se intuyen algunos anacronismos, como esos libros con un aspecto similar al actual pero ubicados en 1036, unos almogávares guerreando que debían de estar todavía en pañales o topónimos directamente erróneos (peña Proel), que restan valor a una historia que, si bien inflada, puede resultar entretenida.

loarre.gif

El castillo al que alude el título es el de Loarre, una curiosidad de la arquitectura militar, que ha sido protagonista de novelas (algunas de Ramón J. Sender, por ejemplo), en la que se han ubicado algunas adaptaciones cinematográficas de esas mismas obras senderianas y por la que han pasado estrellas de Hollywood en una peli de amplio recorrido como “El reino de los cielos”, de Ridley Scott. Merece la pena visitarlo, aunque la sobreexposición turística reste ahora parte del interés que tenía pasear hace pocos años por unas piedras milenarias que parecían haberse acostumbrado al silencio. Se describen bastante bien en la novelas las peculiaridades de esta fortaleza, no en vano su autor es especialista en el tema y ha publicado algunos ensayos sobre castillos, además de trabajar en uno de ellos. Y es entretenido imaginar a sus personajes cuando se han visitado sus dependencias.

Si esta novela consigue que algún fetichista quiera ver el lugar por donde discurren las aventuras de la novela seguro que su autor se da por más que satisfecho.