Puro azar

Es un clásico de las listas de libros científicos al alcance de todas las entendederas, incluso de las de alguien como yo, que ha lamentado siempre no haber sido capaz de asentar mejor una base que me hubiera permitido después disfrutar doblemente de autores muy queridos como Oliver Sacks, Stephen Jay Gould, Theodore Gray o el que nos ocupa, Bill Bryson.

Hablábamos de él no hace mucho, al glosar dos obras bien alejadas entre sí (una biografía de Shakespeare y una peculiar crónica de viaje por Australia) en las que se podían apreciar algunas características marcas de la casa: amenidad, elocuencia, rigor, documentación abundante, buen humor y pasión por compartir todo eso, sin caer ni en la chabacanería ni en la falsa modestia.

breu historia

“Breu historia de gairebé tot” (La Magrana, 2012) es un superventas que siempre está leyendo alguien en las bibliotecas. Hay que tener mucha suerte para encontrarlo en la estantería o para que lo sirvan inmediatamente al hacer una reserva. Si lo he acabado leyendo en la versión en catalán es precisamente porque ha llegado primero la traducción en esta lengua, después de esperar en vano que quedara liberado el texto en castellano. Temeroso de que mi escaso dominio científico aún se viera más mermado por los tecnicismos de una lengua en la que no soy tan competente, pronto se disiparon mis miedos. La proverbial habilidad divulgadora de Bryson convierte los conceptos más abstrusos en poesía. Por primera vez tengo la (efímera) sensación de entender los fundamentos de la Teoría de la relatividad de Einstein. Pocas horas después ese supuesto saber se deshizo como lágrimas en la lluvia, pero eso no es tan achacable al autor como al lector. Bryson va pasando de un tema a otro y nos abre puertas a las que nos anima a asomarnos, mientras describe ese paisaje que somos incapaces de degustar en toda su magnificencia. Y aquí es donde la sucesión de magnitudes inabarcables se convierte en música celestial: cómo interiorizar que la Tierra pesa 6.000 millones de billones de toneladas (según cálculos de Cavendish en 1797) y cotejar tan indomeñable guarismo con los 9.725 trillones de toneladas en que se fijó con más exactitud ese peso, un siglo y pico después. No menos exorbitante son los 140.000 millones de galaxias que puede haber en el Universo o las estrellas que conforman la Vía Láctea, entre 100.000 y 400.000 millones, como si los cálculos los hicieran los organizadores o la guardia urbana.

Una vez abandonas las potencias con muchos ceros, Bryson se dedica a cuestiones tan dispares como la escala que utilizamos para medir la intensidad de los seísmos, el poco rato que tendríamos para lamentarnos si un asteroide se cruza inoportunamente con nuestro planeta, el cataclismo que se llevó por delante a los dinosaurios o las glaciaciones que, como las crisis económicas, han ido cruzándose cíclicamente con los humanos, y que esperan al acecho de unos pocos miles de años. El descubrimiento de la doble hélice del ADN, los distintos homo que han ido apellidando antecesor, habilis o erectus son otro estadio de este libro, en el que sus 500 páginas igual hablan del calor que atesora el núcleo de la Tierra que de la tectónica de las placas que lo recubren para acabar registrando, cómo no, las miserias humanas que también se han dado en el campo de la ciencia: las fricciones entre Fitz Roy y Darwin a bordo del Beagle, el error que laceró a Einstein a pesar de sus notorios descubrimientos o la obsesión de Linneo, que iba bautizando plantas con nombres tan sugerentes como Clitoria, Fornicata o Vulva. Y entre todas las historias tristes hay un hueco reservado para la mala suerte del dodo, ese pájaro demasiado pesado para volar y tan ingenuo como para no desconfiar de unos bípedos como nosotros, que lo fuimos diezmando hasta su completa aniquilación, incluso una vez disecado.

Microhistorias, algunas más mezquinas que edificantes, para ilustrar esta macrocrónica de por qué estamos aquí, leyendo en una pantalla lo que alguien escribió mientras se hacía más evidente todavía que no hay nada más interesante que la pasión por saber y la habilidad de saber explicarlo. Todo es una bendita sucesión de puros azares.

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Honorificabilitudinitatutibus

Descubrí a Bill Bryson de manera accidental. No había oído hablar siquiera de su gran best seller, “Una breve historia de casi todo”, cuando un amigo escritor que se estaba documentando para hacer una guía de Toronto recibió una recomendación de su editor: “Lee un libro que se llama ‘En las antípodas’, el tono que utiliza Bill Bryson sería perfecto para explicar cómo es Toronto”. El amigo me encargó el libro y, antes de enviárselo, decidí echarle una ojeada. Fue imposible dejarlo. No se me había pasado por la cabeza ir a Australia, ni era un territorio que me resultara especialmente atractivo (o no más que muchos otros), poco sabía más allá de que era una isla enorme adonde los británicos estuvieron enviando durante décadas a lo peor de la sociedad y en la que había especies endémicas que llamaban la atención por su tamaño y sus rarezas.

en las antipodas bill bryson.png

No obstante, el tono de Bill Bryson describiendo un viaje por aquella isla fascinante me resultó embriagador y empecé a buscar en Google Maps vistas aéreas de Uluru para certificar las descripciones del autor, reí a carcajadas con algunas historias menores que sabía encajar con labor de taracea en medio de un viaje de sur a norte, atravesando un desierto de fuego; paseé por estancias del parlamento australiano, supe de héroes malditos de esas tierras australes… La copiosa documentación que había detrás solo se traslucía en la precisión de una fecha, el gusto por el detalle, en una cita colocada en el momento idóneo. El olfato con el que sabía trascender la anécdota volvía interesantes aparentes nimiedades y el tono cáustico, siempre el tono, con el que podía hablar de un compañero de asiento en el avión establecía una complicidad con el lector que lo convertía en rendido admirador, en agradecido compañero de andanzas.

Las alharacas de las efemérides han machacado durante unas semanas con el cuarto centenario de la muerte de Cervantes y Shakespeare, con el 23 de abril como estación de llegada. Babelia, que ha cambiado de manos hace poco y lleva sus riendas ahora alguien apellidado Seisdedos, dedicó un especial que me sorprendió por gratamente. Se citaban obras canónicas de las que han fisgado con más o menos acierto en la vidas de ambos genios, pero se les pasó por alto una titulada sencillamente “Shakespeare”, escrita por Bill Bryson. La encontré rodeada de títulos canónicos sobre “el bardo de Stratford-upon-Avon” (cómo nos gusta semejante sobrenombre), casi desvalida, flaca, en un formato pequeño, con un rojo llamativo en la cubierta, publicada por RBA en 2009. Eso que llaman ahora “los paratextos” no se andaban con chiquitas: “estilo ágil y ameno”, “pequeña gran biografía”, “una delicia”, una obra “accesible y estimulante llena del humor y la irreverencia característicos de Bryson”.

shakespeare

Pues todo eso y mucho más. Empieza hablando Bryson del retrato más famoso que existe de Shakespeare, del que asegura que no hay ninguna prueba de que se pueda parecer lo más mínimo al poeta para reconocer inmediatamente que “hace ya más de dos siglos (…) el historiador George Steevens observó que todo cuanto sabemos de William Shakespeare se reduce a un exiguo puñado de datos: nació en Stratford-upon-Avon, tuvo una familia allí, viajó a Londres, se convirtió en actor y autor, regresó a Stratford, hizo testamento y murió”. Con semejante bagaje de certidumbres no es extraño que el autor diga que poco puede saberse de Shakespeare sin recurrir a la especulación y “de ahí que sea tan delgado este libro”.

Son 180 páginas escasas, pero como se puede apreciar en las comillas anteriores, ahí está el inconfundible tono de Bryson, adobado de abundante documentación, pasión por contar y un tema más que atractivo. En capítulos tan cortos como suculentos se va hablando del contexto histórico, con Isabel I y Jacobo I; de la gestación de sus obras (muchas veces apoyado en meras especulaciones), de temas familiares, del destinatario (masculino) de los ardorosos versos de la mayoría de sus sonetos, de la historia del Globe, cuya falsa réplica se alza hoy cerca del Thamesis, del “Primer Folio”, esa recopilación monumental que poco después de su muerte fijó en cierta manera el canon shakesperiano y desató todo tipo de fabulaciones entre los estudiosos (que no cesan, ni las especulaciones ni los expertos), de las vicisitudes que han padecido los ejemplares de este título que la colección de la Biblioteca Folger de Washington atesora (son ochenta, un tercio de los que han sobrevivido), de las conjeturas sobre si Shakespeare fue éste, aquél o todos a la vez… Y hay un capítulo que es especialmente interesante, tanto como divertido. El de los estudiosos que se han aplicado a fondo para arrojar luz sobre fragmentos de su obra, desenmascarar la propia personalidad del bardo, atribuirle o quitarle obras y, en definitiva pasar el rato y hacérnoslo pasar a nosotros. Recuerda Bryson a A.L. Rowse, que analiza quién pudiera ser la dama  a la que ensalza el poeta en un soneto y dice sin asomo de duda que es Emilia Bassano, hija de uno de los músicos de la reina para asegurar de forma categórica (en 1973) que sus conclusiones “no pueden impugnarse porque son sencillamente verdaderas”. Y punto. No menos jocosa es la interpretación de historiadores “meticulosos en su inventiva” como Sir Edward Durning-Lawrence, que es capaz de traducir “Honorificabilitudinitatutibus” en lo siguiente: “estas obras, creación de F. Bacon, se presentan para el mundo”. Y de paso quitarle la autoría a Shakespeare.

Como decían otros elogios de la cubierta: “Una joya de principio a fin”. Y ya está.