Cuentos de antología

Durante algunos años me dediqué profesionalmente a buscar fotos para ilustrar obras enciclopédicas. En la era pre-internet no resultaba sencillo localizar según qué personajes. O habían dejado poco rastro gráfico o allá donde había una foto en blanco y negro, desvaída, tampoco era fácil acceder, por las distancias físicas, por el coste de una simple llamada telefónica, por el material en el que estaba guardada o por las transformaciones que necesitaba para acabar impresa en una hoja de papel de lo más normal y corriente.

No hace tanto de esto, bastante menos de veinte años, y ya suena a batallita del abuelo Cebolleta. De aquellas búsquedas me quedó el recuerdo de un par de escritores especialmente escurridizos, con nombres de pila bien sonoros, quizá para compensar apellidos tan convencionales: Felisberto Hernández y Macedonio Fernández. Al primero no logré ilustrarlo, al otro sí, con una foto tramada que parecía rescatada de algún recorte de periódico.

Me he encontrado con ellos (y con Roberto Arlt, que también me provocó quebraderos de cabeza hasta que conseguí un retrato suyo que se ha convertido en canónico, en una rotunda combinación de luces y sombras en la que destaca un mechón del flequillo con caída a la derecha), digo que los he encontrado a todos juntos en un libro que parece la carta de un restaurante de postín, por la salivación que produce dar una lectura somera al índice. Lo acaba de reeditar Alianza (la primera aparición es de 1992) con una cubierta de Manuel Estrada que tiene algo de poema visual.

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Esta recopilación de narraciones breves hispanoamericanas, escritas en el siglo XX, se presenta en dos volúmenes, con introducción y biografías de José Miguel Oviedo, que también es el responsable de seleccionar la cuarentena de voces. Explica el antólogo que esta “lectura personal de un repertorio de obras” es una selección de “los cuentos que mejor muestran la diversidad del género” en el siglo que se fue, como preparándose para recibir las primeras quejas de los que echen en falta a este u otro autor. Puede sorprender encontrar textos de escaso recorrido de autores que no nos suenan de nada, cada cual echará en falta a alguien, ya sea Eduardo Galeano, Cabrera Infante o unas cuantas mujeres más.

Establece Oviedo una clasificación en cuatro apartados, bastante bien fundamentados los tres primeros, que se deshilacha al final, cuando el cuarto capítulo agrupa los textos con un vaporoso epígrafe: “Otras direcciones, desde el boom”. Con el boom como protagonista estelar el segundo volumen (que tiempo habrá de comentar) acoge una selección de vacas sagradas de las que hemos leído casi todo, y que han sido reconocidas con todo tipo de galardones: hay no menos de 3 Nobel de literatura, muchos premios Cervantes y hasta un par de mujeres: Elena Poniatovska y Rosario Ferré.

En el primer volumen están los escritores agrupados dentro de la tradición realista, “criollistas, indigenistas y neorrealistas”, por un lado; y los innovadores, por otro, con espacio para el “cuento fantástico, vanguardista, especulativo y humorístico”. En todos ellos encontrará el lector acicates para profundizar, para buscar más. Los comentarios biográficos de José Manuel Oviedo son muchas veces de una sutileza clarividente. Dice, precisamente de Macedonio Fernández, que era “un maestro en el arte de estar siempre en otra parte”. Al describir el gusto rutinario de los oficinistas colombófilos que protagonizan un cuento del uruguayo Carlos Martínez Moreno, recupera un fragmento que explica que “los condenados a galeras se juntaban a remar, una vez libres”. Se desprenden ciertos prejuicios en los perfiles de algunos autores (por ejemplo, la defensa del castrismo por parte de Benedetti) al tiempo que se soslayan episodios oscuros de otros, como los vaivenes pinochetistas de Borges. No obstante esto, la contextualización de los relatos seleccionados en el conjunto de la obra de cada escritor está lograda y hay aseguradas unas cuantas horas de felicidad lectora. Dos cuentos míticos de Borges (Funes el memorioso y El Aleph) ejemplifican esa “literatura al cubo” del argentino; otro escrito al alimón con su compadre Bioy Casares sirve para recuperar a H. Bustos Domecq, escritor falso de relatos bien ciertos, aunque basados en una concatenación de juegos literarios.

Son imperdibles otros textos de difícil localización, como el despiadado Pequeños propietarios, de Roberto Arlt; el onírico El balcón, de Felisberto Hernández, o el demoledor relato del puertorriqueño José Luis González, titulado En el fondo del caño hay un negrito. Y así hasta completar 400 páginas. Que se leen de un tirón y quedan revoloteando en la memoria, como las fotos de ese álbum que uno no sabe si volver a mirar o mejor dejará reposar en un cajón, a la espera de olvidarlo para volver a descubrirlo.

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¿Era necesario saberlo?

Fue hace muchos años, en una clase de literatura del extinto COU. La profesora, soriana y precisamente por ello machadiana perdida, nos quiso descubrir un aspecto muy personal de don Antonio, cuyos versos leía en clase con devoción. Fue aquel el año en el que amamos a Machado, anotábamos casi cada verso, en busca de símbolos, referencias y hasta significados que posiblemente el propio poeta no llegó nunca a vislumbrar. Preparábamos el examen de selectividad con el deseo de que nos cayera un poema suyo, el que fuera, porque íbamos a bordar los comentarios. Lamentablemente, nos tocó uno de Aleixandre o de cualquier otro poeta, del 98 o del 27. Eso sí, quedamos embrujados para siempre por los versos austeros pero certeros de don Antonio.

El regalo que nos hizo aquella profesora terminó siendo un fiasco. Se había publicado, poco tiempo atrás, un libro con unas cartas que Machado dirigió a Guiomar, una especie de amor otoñal que surgió mucho tiempo después de la muerte de su añorada Leonor, aquella adolescente cuyo recuerdo subyacía en muchos de los versos imperecederos del poeta, el amor que la muerte segó de un tajo, la historia casi indecente que sólo la tragedia ha hecho más llevadera. Nos leyó aquella profesora unas cartas que Machado escribió a Guiomar, en las que el romanticismo de sus versos más conocidos era sustituido por una pasión pedestre, “fieramente humana”. Fuimos unos cuantos los estudiantes que asistimos decepcionados a esa intromisión en la vida íntima del hombre, lejos del poeta que daba a la imprenta unos versos de los que estaba convencido, de los que sentía orgulloso. Las cartas a Guiomar, que posiblemente escribió sin pensar que alguien pudiera darles publicidad, retratan a un hombre enamorado, que habla sin tapujos, que se muestra desorientado, que admira una belleza en su amada que, por lo visto, sólo existía en esa mirada devota, en su alma de hombre que intuye que pocas oportunidades le quedan al amor en su vida.

Fue un voyeurismo en el que no quedé complacido. Más tarde pude leer otros versos del propio Machado, los dedicados Enrique Líster, aquellos de “si mi pluma valiera lo que tu pistola” (o algo parecido), elaborados en el fragor ya de la guerra civil, cuando había que tomar partido hasta mancharse. Ni las cartas a Guiomar ni los versos a Líster pueden empañar la enormidad de la obra machadiana, por mucho que Borges soltara aquella impertinencia de “no sabía que Manuel tuviera un hermano”, cuando le pusieron en la diabólica tesitura de elegir entre los versos de uno de los dos “machados”. No me gustó nada conocer la intimidad carnal de un artista que había iluminado nuestra alma con poemas inolvidables.

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Algo parecido me ha ocurrido al pasar las páginas de “Mi cuerpo es una celda (una autobiografía”, firmada a nombre de Andrés Caicedo, aunque sea preciso decir que hay algo de trampa en esta asignación de autoría. El libro, publicado por Alfaguara en Colombia en 2014, está en realidad “dirigido y montado” por el chileno Alberto Fuguet, y así consta en la página de cortesía. Ha sido Fuguet el gran valedor de Caicedo en los últimos años, al que ha rescatado como uno de los damnificados del dichoso “boom”. De ello habíamos hablado aquí hace unos meses, impactados como estábamos entonces de la primera lectura que hacíamos del colombiano. Leer este falso libro de Caicedo me ha retrotraído a aquella extraña experiencia machadiana porque también ha habido mucho de ejercicio de voyeurismo, en este caso además con resultado trágico y vivencias que en algunos casos bordean lo inmoral si no lo delictivo.

Andrés Caicedo murió joven y bello. De hecho en el libro aparecen imágenes inéditas que evocan aquellas fotos míticas de Jim Morrison poco antes de traspasar. Murió porque quiso, se tomó una sesentena de pastillas el mismo día en el que recibió un ejemplar de su novela “Que viva la música”. Escribió dos cartas antes de morir, que se publican en este libro, y que hieren doblemente porque ahora sabemos las circunstancias en que fueron elaboradas, la prisa que movía la mano de Caicedo al reclamar cariño a su novia, al pedir pronta respuesta a su amigo Miguel Marías, al que hacía partícipe de algunas opiniones cinematográficas, pasión que compartían ambos.

El libro está montado, nunca mejor dicho, a partir de documentos públicos y personales de Caicedo. Críticas de cine, reseñas, comentarios a amigos desde su residencia en Houston, adonde va con la vana ilusión de vender unos guiones cinematográficos; pero también cartas de amor, misivas familiares, una autobiografía elaborada a petición de un médico tras ingresar en un psiquiátrico después de una primera intentona fallida de suicidio. Es este el ejercicio de voyeurismo al que nos referíamos antes. Explica Caicedo en cartas muy personales que está subyugado por una chiquita que no es todavía adolescente, y queda patente que su relación con ella no se limita a besos en la mejilla. Explica intimidades familiares que poco aportan a su trayectoria literaria, más allá de su condición de “hijo casi mimado”. Hay una pulsión sexual que otros han analizado y que se ve maniatada por una mezcla de machismo, prejuicios e hipocresías varias. Este patchwork de escritos parece que suscitó resquemores en las hermanas que le han sobrevivido e incluso algunas de ellas lograron censurar ciertas alusiones a relaciones homosexuales por las que Caicedo no parecía sentirse especialmente afligido.

Habla Caicedo del “Calicalabozo”, para referirse a la sensación de aprisionamiento en la que vivía en su ciudad natal. Bien se liberó cuando puso a la protagonista femenina de su novela a vagar por las calles de la ciudad mientras descubría sus noches y sus ritmos. El título también se refiere a la “celda” que era su cuerpo. Y los lectores sabemos, si es que lo ignorábamos, que los textos ahí agrupados pertenecen a un suicida que se vio “censurado y juzgado por la estructura familiar”.

Como el personaje es interesante y dejó una obra, aunque escasa, de notable altura, puede parecer pertinente asistir a este ejercicio de destape. Hay reseñas deliciosas, cuando descubre en EEUU películas de Truffaut, de Peckinpah o clásicos que en Colombia no había podido disfrutar en pantalla grande. Es curioso ver en primera persona los problemas que tiene para montar y tirar adelante revistas dedicadas al cine, y leer las cartas que se cruza con Luis Ospina, un amigo que luego alcanzara renombre en el cine latinoamericano. La parte cinematográfica, con especial atención a sus denodados esfuerzos por tirar adelante la revista Ojo al cine.

Algunas cartas con su familia, especialmente cuando se comporta como un estudiante acuciado por las estrecheces económicas, se leen con un rictus de silenciosa complicidad. Pero hay otras que, como pasaba con los textos de Machado, se leen con vergüenza, no sé si ajena. La persona no está a la altura. Y es duro saberlo, en plena construcción del mito.

Sudor (y sangre)

Descubrí de manera indirecta, e imagino que demasiado tarde, a Alberto Fuguet, gracias al colombiano Andrés Caicedo. Este último fue, a decir del otro, uno de los damnificados del “boom”, y se hablaba de todo ello en un artículo de Tinta Libre. En ese mismo texto aparecía Fuguet como un adalid de posturas heterodoxas, una especie de iconoclasta que se atrevía en su última novela con algunos de los iconos del “boom”. Sudor (Penguin Random House, 2016), que dicen los créditos que va por su segunda edición en pocas semanas, es el título de esta novela en la que se ridiculiza ligeramente a Nuria Monclús (trasunto de la Balcells) pero que tiene la mira telescópica puesta en Carlos Fuentes (aquí Rafael Restrepo) y su hijo (aquí Rafa). El primero es criticado con acidez y el segundo, verdadero protagonista de dos tercios de la obra, va añadiendo sal a la biografía del padre mediante sus opiniones y sus actos desmadrados.

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Rafa es gay, y la novela (si es que existe ese subgénero) ha sido ubicada ahí también: novela gay. Y pornográfica. El “sudor” del título viene del calor en Santiago de Chile, y del roce de los cuerpos, cuyas posturas se describen con pelos (nunca mejor dicho) y señales, en coitos que se llevan a cabo de manera impulsiva, ya sea en el lavabo de un bar o en la suite del hotel W, con unas vistas de ensueño sobre la capital chilena. Es una novela coyuntural, que quizá en pocos años se muestre acartonada porque ya no existan ni Grindr (la app que utilizan los gays para sus encuentros fugaces) ni sean tan habituales los mensajes de Whatsapp, con esa mezcla de espontaneidad sincopada e inmediatez en la respuesta, o hayan caído en el olvido muchas de las canciones que “suenan”.

Sudor se sostiene sobre un andamiaje caravista: una introducción de un centenar de páginas, en las que Alf, el narrador protagonista, explica en primera persona quién es y por qué ha de dedicar sus próximos días a promocionar “El aura de las cosas”, el libro de Alfaguara en el que Rafael Restrepo “comenta” las fotos de su hijo Rafa, y que es una apuesta decadente de una editorial que vivió tiempos mejores. El lector es puesto en antecedentes, y si conoce algo del mundo editorial, no podrá evitar esbozar una sonrisa maliciosa al reconocer egocentrismos en franca retirada, nombres de críticos o autores que aparecen citados (no sabemos si con autorización o con el propósito de ser zaheridos). Esta introducción va soltando una bilis que el lector ya ha hecho suya para cuando aparecen padre e hijo. El relato adopta entonces el formato de diario: cuatro jornadas que combinan una agenda cultural repleta de actos con personalidades sazonadas con polvos, tarros de Boy Butter y fiestas privadas, a cualquier hora del día, con abundante perico para aguantar más y mejor. Son medio millar de páginas de sudorosa acción, con primerísimos planos de felaciones o encuentros furtivos que a veces distraen más de lo que contextualizan.

El hijo malcriado y el padre avergonzado; el escritor de fama mundial que quiere rodearse de todo tipo de celebridades y el fotógrafo impulsivo que atesora conquistas en pelotas al tiempo que retrata su narcisismo; la lucha encarnizada entre una vieja gloria que quiere ganar la inmortalidad y un joven admirador de Morrison que aspira a dejar un cadáver bonito, sin los estragos de la vejez. Esta roman à clef, tan de ambiente, tan del mundillo editorial, tan de Santiago, tan repleta de sobrentendidos,  acaba funcionando por el puro morbo: es el dibujo de una relación paterno filial hecha cisco, es la crónica de cuatro días de desfase, es el pinchazo del globo del “boom”, con sopapos a diestra y siniestra, de Vargas Llosa a Saramago. Es una novela predictible, en la que pronto se sabe cómo acabará todo, ya sea porque el lector está en antecedentes de lo que ocurrió con los personajes reales que inspiraron la trama o porque es fácilmente deducible por la enfermedad que padece Rafa, señuelo que hace avanzar el relato a trompicones cuanto más se acelera el desenfreno.

El lector satisface ese lado morboso y, aunque sea a regañadientes, va intuyendo el bronco final. Y va transitando por estas 600 páginas de un autor destroyer que en alguna entrevista ha lamentado no provocar más controversia. Una novela curiosa.

“…pero no lo que recibes”

El azar ha hecho que haya topado varias veces en pocas horas con el nombre del escritor chileno Alberto Fuguet. Escriben sobre él y su última novela en la entrega más reciente de Tinta Libre, una publicación muy necesaria, siempre atenta a los márgenes, presta a cuestionar lo establecido. Hablan de Fuguet porque ha publicado una novela titulada “Sudor” (Random House) que se puede leer en clave, para ir reconociendo a nombres fácilmente ubicables en “la mafia del Boom”. El sabroso texto que Saila Marcos dedica a Fuguet y su novela destroyer explica que cuando éste llevó a EEUU sus primeros textos, en los años ochenta, sus editores “echaron en falta más folclore y tropicalismos”. Recoge historias de los autores caídos del “boom”, del ruido ensordecedor que enmudeció a escritores más que interesantes pero lejos de la órbita del realismo mágico, de los caudillos apesadumbrados o de las novelas selváticas. Y entonces aparece mencionado el colombiano Andrés Caicedo, víctima de ese ruido, autor maldito.

Acudo rápidamente al prólogo de una novela que me ha recomendado una amiga, acostumbrada últimamente a viajar a Bogotá. Se llama “¡Que viva la música!” y su autor es precisamente Caicedo. Vuelvo a encontrarme con Fuguet. Suyo es este texto introductorio donde se habla del “boom”, se menciona al grupo de escritores que con el nombre de McOndo quisieron liberarse de las ataduras de la generación precedente, que quiso matar al padre para hacerse un hueco en el ruido de otro “boom”, el mediático, que ya había elegido a un autor por país, siempre que satisficiera las expectativas creadas en Europa, donde esperaban sagas inacabables, caricaturas de dictadores decrépitos, Arcadias felices temerosas de ser aplastadas por la bota gringa, plantas de colores extraordinarios, olores de guayaba y personajes con nombres de resonancias clásicas.

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Suscribo totalmente algunas frases de Fuguet en el prólogo a novela de Caicedo: “Aún me cuesta creer que supe de la existencia de Caicedo hace tan poco”, “¿Cómo no había sabido de él antes?”, “Andrés fue un adelantado, sí, pero también un tipo fuera de foco, desincronizado, limítrofe”. Leo “¡Que viva la música!” en una edición barata de Punto de lectura (del Grupo Penguin Random House). Dice el pie de imprenta que es la cuarta reimpresión (2015) de la edición colombiana de 2013, quizá publicada al socaire de una película estrenada por entonces y basada parcialmente en la historia que se narra: las memorias de María del Carmen Huerta, una joven de Cali que recopila un par de días de excesos, al son de la música, la autóctona y la que sonaba en las emisoras de radio, superando las fronteras.

Unas memorias frenéticas, desasosegantes, impregnadas de calor y sudor, que huelen a sexo y frustración, que suenan a rabia y curiosidad. Leída sin haber sido puesto en antecedentes, parece una novela de consumo interno, realismo en absoluto mágico destinado al público local, como una cara B del “boom”, la literatura auténtica de una generación que quería parecerse a los Rolling, drogarse como ellos, follar de manera sofisticada y desembarazarse de la tutela de los mayores. Echar siete llaves al sepulcro del coronel Aureliano Buendía, convertir en discoteca el prostíbulo de “La casa verde”, hundir el barco de Maqroll el gaviero y ahogar con un riff de Keith Richards tanto vallenato y tanto acordeón.

“¡Que viva la música!” tiene mucha historia alrededor, que estalla como una pesadilla en cuanto se indaga un poco en la red. La biografía mínima de Caicedo que acompaña a esta edición descubre enseguida el pastel: “el autor se suicidó el 4 de marzo de 1977, cuando tenía veinticinco años, el mismo día que recibió la primera copia impresa de ¡Que viva la música!”.

La lectura, desde luego, adquiere una significación bien distinta. La amiga que me lo recomendó tenía muy claro qué me daba. Yo aún sigo asimilando qué he recibido.