Don Juan

De repente un día, de esto hace tres o cuatro años, me di cuenta de que me encontraba a Juan Tallón por todas partes. En un blog con humo de novela negra, de manera esporádica en la revista (entonces) digital Jot Down, charlando en el ciberespacio con Josep Martí Gómez, con el que se cruzaba cartas con acuse de recibo en La Lamentable… y hasta oí su voz una vez, y muchas más después, en la Cadena SER. Frecuentábamos las mismas parroquias, o como diría él, éramos parroquianos de los mismos bares, nos emborrachábamos juntos y no lo sabíamos (que estuviéramos tan cerca, no que no anduviéramos bebidos).

Ahora Tallón debe de sumergirse en gin-tonics de 30 euros, de esos que ponen en las terrazas de Recoletos. Aunque parece que sigue viviendo en Ourense. Pero se codea con gente importante y es de lo poco interesante que uno puede encontrarse en antros antaño tan lujosos como El País. Poco antes de las vacaciones de verano seguía siendo el encargado de bajar a las 12 la persiana de A vivir que son dos días, en la SER. El sonido telefónico de su voz atropellada, gritando para que quedara claro que hablaba desde provincias, la ironía, el gusto por las metáforas alcohólicas y la mirada, que intuyo entre atónita y desprejuiciada, eran el golpe de gracia a unas cuantas horas de radio que no dejaban títere con cabeza.

Decía que hace unos años me encontraba a Tallón en cualquier esquina, pero ahora tengo que ir a buscarlo. Es un placer, porque experimento la sensación de encontrarme con un viejo amigo, y es un gusto porque nunca quedo satisfecho y él, sin embargo, parece guardar alguna petaca debajo del brazo. Soy, como él, un lletraferit. Traducido tal cual del catalán, un letraherido, pero creo que se pierden matices que no sé perfilar. Juan Tallón escribe de maravilla, pero lee mucho mejor. Interpreta, degusta, destila… y nos hace partícipes de su juerga, como ese familiar tarambana que tiene gracia para contar historias.

Se jacta de beber y ha hecho del alcoholismo un rasgo distintivo de su literatura. Mientras haya bares se llama su último libro. Es imposible que beba tanto como dice, que beba mucho si lee tanto y con tanto provecho. Quedé cautivado allá por 2012 con una columna que publicó en Jot Down. Esa pasión por organizar en listas nuestras filias y fobias le permitió montar un texto brillante, sardónico, erudito, repleto de senderos que se bifurcan y, marca de la casa, salpimentado con citas, anécdotas, localismos y muchos nombres de escritores.

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Busqué a Tallón por los bares y me lo encontré en un libro de libros titulado precisamente Libros peligrosos (Larousse, 2014). Al ver qué paño vendía corrí presto a comparar sus lecturas con las mías: agarré el índice de 100 obras que glosaba en su inclasificable libro y marqué con un fosforito las que había leído, para luego señalar con una equis aquellos autores que conocía aunque fuera por otros títulos distintos. Coincidíamos en una cuarentena. Nombres tan dispares entre sí como Max Aub, Gabo y Vargas Llosa, Rulfo, Camus, Onetti, Virginia Woolf, Gay Talese, Quim Monzó, Marsé, Queneau, Ramiro Pinilla, Belén Gopegui, Perec, Roberto Bolaño…

Desde entonces, siguiendo su instinto feroz, he atrapado una novela enorme en su aparente sencillez (A esmorga, de Blanco Amor), los Diarios de Iñaki Uriarte, la locura del Vietnam que recreó Robert Stone en Dog Soldiers, los relatos de David Foster Wallace o las novelas demoledoras, de tan cotidianas, de James Salter. Sólo ha habido una propuesta suya de la que he salido huyendo por patas: las parafilias de los personajes de Crash, de J. G. Ballard, crisparon mis nervios y mataron la libido que en otros puede despertar un cuerpo herido, dentro de un coche aplastado..

Juan Tallón, como dicen que dijo Borges, es un autor que desde luego se puede vanagloriar de lo que ha leído. Ya tendremos tiempo los lectores de ensalzarlo por lo que ha escrito. Las lecturas de Tallón son dinamita pura, al pasar por el tamiz de su escritura. Me encantaría ver sus blocs de notas, si atesora ejemplares con las páginas dobladas por las esquinas o subraya las frases que le gustan, o si prefiere hacer anotaciones al final, en las páginas en blanco que quedan hasta completar pliego.

El libro que escribió Tallón para Larousse es una invitación a leer hasta perder el sentido, una llamada al insomnio perenne. Antes había publicado una novela corta (El váter de Onetti, Edhasa), que en su aparente brevedad no dejaba de tener su aquel, con trazos biográficos, ambiente opresivo y un desenlace a los Alfred Hitchcock que cortaba el sentido. Publicó en gallego, luego traducida al castellano como Fin de poema (Al revés, 2015), un peculiar libro que parecía mezclar ensayo, literatura y querencias suicidas. Cuatro autores viven sus últimas horas, y el narrador está allí para explicárnoslas. Los cuatro se van porque quieren. Son brillantes, tienen reconocimiento, han dejado una obra que no dejará de crecer pero alimentan tendencias autodestructivas. De semejante envite sale Tallón ufano, sacudiéndose el polvo de las mangas de la americana, buscando un bar donde tomar un trago.

A su salud.

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El libro de una vida

Hay pequeños detalles que van encajando de improviso como las piezas de un puzle espontáneo en el que nos aparece nuestra propia trayectoria. La Cadena SER que hace más de veinte años ensanchaba los límites en los que se movía un joven de provincias como yo acogía una voz muy particular que parecía hablar siempre desde una habitación vacía, con el sonido reverberando en sus paredes desnudas. Aquel oyente joven que iba descubriendo lentamente el mundo mientras aspiraba a ser periodista siguió escuchando esa voz, en esa SER que iba cambiando lenta pero inexorablemente si tener muy claro, ni la cadena ni sus oyentes, que el cambio fuera para mejor. Talludito ya el oyente, alejado de esas redacciones en las que soñó trabajar y con un periodismo bien distinto del que le enseñaron en la facultad, aquella SER diametralmente distinta sigue albergando hoy aquella voz peculiar que, con su presencia en la cadena, le otorga un punto de credibilidad al tiempo que certifica que cuarenta años después, quizá medio siglo, el periodismo honesto, que no independiente, se puede ejercer cuando hay valentía para acogerlo, libertad para ejercerlo, y, lo que más me gusta de este hombre, historias menudas que merecen ser contadas. Para trascender y convertir lo cotidiano en algo digno de ser imitado.

Ese hombre es José (Josep) Martí Gómez y el joven que escuchaba sus crónicas desde Londres, sus comentarios abrochando la Hora 25 de Carlos Llamas o sus certeras entrevistas en el A vivir que son dos días de Javier del Pino, ese joven (decía) ha ido creciendo y hasta ha tenido ocasión de trabar contacto profesional con aquella voz que llegaba con eco, para disfrutar de un par de horas de recuerdos alrededor de las volutas de humo de un buen habano. Porque Martí Gómez también desgranó su buen hacer periodístico en una tertulia de Radio Barcelona, otra vez la SER, llamada Saló de fumadors. Dicen que él, Joan de Sagarra y algún otro compinche, dejaban el estudio envuelto en brumas y que la ley antitabaco hace imposible hoy un programa así.

Me he encontrado ese periodismo cercano, certero, con verdadera obsesión por la cita fielmente reproducida, desprovisto de flashes y oropeles en otras instancias y medios (La Vanguardia, la web lalamentable.org), siempre con la firma de Martí Gómez. Y ahora, condensado en un libro gloriosamente desordenado, como las carpetas de un archivo que alguien va abriendo al azar, uno puede leer en silencio mientras resuena en su mente el eco de aquella voz que telefoneaba desde Londres, que acompañaba al añorado Carlos Llamas o que augura actualmente en las mañanas del fin de semana un par de horas de periodismo hecho a la manera antigua, sin estridencias, dando la voz a un cura que ayuda a refugiados, a una joven filósofa que se cuestiona el reparto de la riqueza en la sociedad en que vivimos, a gente que tiene cosas que contar. Un periodismo hecho con honestidad, sin equidistancia.

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“El oficio más hermoso del mundo” (editado por Clave intelectual) es un libro de recuerdos, más que unas memorias. En la radio, Martí Gómez habla sin ambages de “fui a buscar en mis notas” cuando rememora a personas e historias acaecidas hace tiempo y quiere precisar una declaración o evocar un momento concreto. Este libro sobre el periodismo bebe de esas notas, de ahí ese subtítulo de “una desordenada crónica personal”, y viaja a lo largo de cincuenta años de profesión para acabar esbozando un retrato bastante fino de este país en estas décadas. Evocaciones de personas tan variopintas como el cardenal Tarancón, Puig Antich, Vázquez Montalbán, Francisco Paesa oTeresa Pàmies se alternan con historias de tribunales, recuerdos de redacciones, anécdotas de transiciones o perlas sobre el oficio de escribir.

El ojo de Martí Gómez para retratar un personaje a través de sus palabras, aunque sean pocas o parezcan insustanciales, se puede ver en una de las pocas veces que trata el pasado más cercano, cuando recuerda una frase de Rajoy que da la verdadera medida del personaje: “cuando se planifica una política compleja lo mejor es estar por ahí”. Toda una declaración de intenciones, un epitafio político o una melonada sin sentido, pero en cualquier caso, un resumen genial de no sé cuántos años de dedicación política.

En una entrevista radiofónica (en la SER, no podía ser de otro modo, en el necesario programa Punt de llibre de Pilar Argudo), dejaba Martí Gómez que otros hablaran de él y de su libro y les acababa preguntando si no tenían ninguna crítica que hacerle. Es difícil. Se puede cuestionar ese desorden al que aludíamos antes, pero creo que forma parte del sentido del libro.

Es la manera ideal de acercarse a alguien que es un ejemplo, posiblemente sin pretenderlo. Hay otros libros escritos por él, la revista Jot Down atesora en la red una entrevista del año 2011 que le hizo Enric González. Se pueden escuchar los podcast del A vivir que son dos días.

Al final, todo nos sabrá a poco.

Republicana, roja y atea

Los caprichos del azar han querido que cayera en mis manos el ejemplar de una novela que tenía otro destinatario. Está dedicado por su autora, Clara Usón, y dice escuetamente: “Para Álvaro. Una novela republicana, roja y anticlerical. Ojalá te guste”. Rescatada de un puesto de venta de libros de segunda mano en el barcelonés Mercat de Sant Antoni, nada me permite saber si Álvaro la leyó o se la quitó de encima sin apreciar siquiera la ajustada definición que su autora hace de “Valor”, publicada hace escasos meses por Seix Barral y recibida con muy buenas críticas, que en casi todos los casos recordaban la calidad de la anterior obra de Clara Usón, “La hija del este”, y los abundantes galardones que cosechó.

Llegué a ella después de escuchar esta entrevista en “A vivir que son dos días” (Cadena SER), donde cultivan una original sección de recomendaciones literarias, en la que dos lectores no profesionales tienen la oportunidad de hablar con el autor o autora de la novela que han leído, juzgando sin cortapisas y cotejando sus opiniones con el autorizado (y nunca mejor dicho) punto de vista del autor. Me sorprendió reconocer en la lectura del arranque de la novela –que hacía Óscar López (fantástico divulgador de libros y entusiasta promotor de la lectura, sin ejercicios de dandismo literario ni posturas elitistas)– el eco de unas frases que me ha acompañado desde hace más de dos décadas, cuando empecé a interesarme por una intentona republicana acaecida en Jaca (Huesca) en 1930. “Apuntadme bien para que no sufra –pide Fermín Galán a los soldados del pelotón. Un capellán busca reconciliarlo con Dios, y Galán le dice que no está dispuesto a echar por tierra en el último minuto las creencias de toda una vida”.

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En cinco escasas líneas está justificado el título de esta novela republicana, roja y atea. El valor que probó Galán cuando afrontó las consecuencias de su fallida intentona está concentrado en esos dos gestos que dejó para el recuerdo, minutos antes de dar él mismo la orden de “Fuego” y morir abatido por los disparos del pelotón y poco después de echar con cajas destempladas al “cuervo” que proponía perdones eternos a las acciones terrenales de un militar cultivado, crítico, descreído y valiente, totalmente alejado de los usos de la época entre sus compañeros de uniforme. En la entrevista mencionada, Clara Usón explicaba que había una razón familiar en la elección de esta historia de Fermín Galán como una de las tres tramas que se trenzan en su novela. Luis Duch Lacasa, tío de la autora, había apoyado a Galán y lo había hecho además desde una posición peculiar para la época: toda la familia de Duch era gente de orden, propietarios, monárquicos y de derechas, burguesía de provincias en una ciudad repleta de militares y curas, como constató Pío Baroja cuando acudió a Jaca precisamente para asistir a los juicios que condenaron al resto de militares y civiles complotados junto a Galán. El propio Luis Duch era una especie de señorito que estudiaba Derecho (con poco provecho) en Madrid mientras disfrutaba de las rentas familiares y se permitía ser un hombre comprometido con la izquierda. Pagaría con su vida pocos años después semejante compromiso, cuando fue fusilado en la sangría que sacudió Jaca en las primeras semanas de la guerra civil. Él fue uno de los primeros en caer (de los 400 asesinatos que hubo en la ciudad) y no lo salvó –quizá eso lo condenó– ni su condición de “propietario” ni el apellido Lacasa.

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Los sangrientos sucesos de Jaca y su comarca los estudió con precisión Esteban C. Gómez en dos libros que trascienden el ámbito local objeto de su investigación. “La insurrección de Jaca. Los hombres que trajeron la República” (1996) y “El eco de las descargas. Adiós a la esperanza republicana” (2002) abrieron la espita de futuras investigaciones, levantaron el manto de silencio que se abatía sobre lo ocurrido en esa zona en los años 30 y propiciaron, sin saberlo, que novelas como “Valor” recuperasen un episodio que ahora se presenta “literaturizado” pero sin caer en el riesgo de la mitificación. La sublevación republicana de Jaca, su gestación y su sangriento final componen uno de los tres episodios que aborda esta novela. Otro es una historia de ignominia protagonizada por un cura en la Croacia independiente de la Segunda Guerra Mundial, en el campo de concentración de Jasenovac, durante el régimen nazi de los ustacha. La tercera trama está mucho más cercana en el tiempo, es de anteayer, y está protagonizada por una directora de sucursal bancaria que ha estafado a amigos, conocidos y clientes con el negocio de las preferentes y ha de hacer frente a una complicada situación personal en una sociedad banal, vacunada ya de espantos.

Este último episodio encierra la clave que traza una fina urdimbre entre las tres historias y otorga una visión de conjunto a lo que por momentos parecía ser una mera sucesión de subtramas inconexas, con el “valor” manifestándose de manera radical en la resolución de todas ellas. Al final del conjunto, el lector se queda sin aliento. Lo que parecía un ejercicio de erudición e investigación plasmado con un notable pulso narrativo se convierte en un tríptico que viaja por el siglo XX para descubrir las honduras del alma humana, jugar con los detalles y el azar que van decidiendo la vida de cada uno y mostrar sin tapujos que el valor, bien o mal entendido, puede ser la base de aquel adagio tantas veces citado de “un bel morir tutta una vita onora”.

Álvaro, el receptor del ejemplar que acabó cayendo en mis manos, no sé si leyó esta novela “republicana, roja y atea”. Creo que, como a mí, le hubiera gustado.

Complaciente

Tiene que ser muy difícil contar en público la vida de un amigo, y más si éste se presta a ello y abre su archivo particular y además accede a charlar durante horas sobre ello. Debe de ser complicado biografiar a alguien que está vivo, con el añadido de saber que no suele escatimar críticas si la imagen que le devuelve el espejo no acaba de ser la esperada. Y no ha de resultar sencillo sentar cátedra sobre disputas que llevan años coleando sin que al atizar las brasas puedan avivarse fuegos que acaben quemando más que calentar o iluminar.

El reto que se impuso Josep Maria Cuenca al intentar atenuar “el endémico y preocupante déficit de biografías literarias del que infortunadamente adolece la cultura hispánica” no es menor si tenemos en cuenta que la vida que quería contar era la de Juan Marsé, “uno de los más brillantes retratistas literarios de la última posguerra española”. Después de 750 páginas, con 70 de notas, 40 de bibliografía y otras tantas de índice onomástico, Cuenca puede darse por satisfecho.

La vida de Juan Marsé ya podía intuirse en sus novelas, lo que aquí queda patente. Salvando las distancias es una sensación similar a la que podía experimentar un fervoroso lector de García Márquez al leer sus memorias o las voluminosas biografías que le dedicaron en vida Dasso Saldívar o Gerald Martin. Pequeños detalles de la infancia y juventud de Marsé fueron “reaprovechados” por el narrador para pintar paisajes de sus historias o configurar rasgos de sus personajes más famosos (Teresa, el capitán Blay, el Pijoaparte…). Algunos de ellos fueron saltando incluso de novela en novela, para deleite de sus seguidores más fieles, en una especie de rompecabezas infinito en el que quedaba retratada la Barcelona de posguerra así como los logros, anhelos o frustraciones de unas generaciones que aspiraban a salir de la dictadura para lograr algo bien diferente, sin que lo acabaran consiguiendo.

Esos niños que imaginaban aventis para dibujar un mundo más optimista se hicieron grandes y comprobaron que había que seguir escribiendo para que todo aquello no quedara en el olvido y para certificar que no acababa de gustarles “todo esto”. El propio Marsé apelaba a la “memoria” delante de los reyes al recoger el premio Cervantes, que coronó una amplia panoplia de galardones donde no faltaban desde los más prestigiosos (el Juan Rulfo mexicano) hasta los más comerciales (el Planeta, de cuyo jurado formó parte más tarde y dimitió, y de cuya jugosa tramoya deja constancia también este libro).

bio de juan marse

“Mientras llega la felicidad” (así se titula esta biografía publicada por Anagrama) es minuciosa, rica en anécdotas, asentada en miles de documentos, en muchos casos de carácter íntimo, y con numerosas declaraciones o hechos contrastables mediante entrevistas personales, acceso a archivos oficiales o consultas con todo tipo de prensa. Como Marsé es poco dado a prodigarse en los medios (recientemente lo entrevistaron Javier del Pino y Josep Martí Gómez en la SER en una charla que supo a muy poco), el lector agradece el acceso a tanta información de primera mano. Sabido es también que el escritor barcelonés no rehúye las polémicas y aquí las hay de sobra, notablemente documentadas: su acendrada animadversión hacia Baltasar Porcel y su obra, sus desencuentros con Vicente Aranda, Fernando Trueba o Andrés Vicente Gómez por las desacertadas o fallidas adaptaciones al cine de sus novelas, su franca oposición al nacionalismo que reparte “diplomas” de catalanidad… Han sido chismes de más o menos nivel intelectual que durante años han circulado por los corrillos literarios y que aquí quedan para la posteridad, todos reunidos, en los que emerge la figura de Marsé y queda declarado “vencedor por KO”.

Donde la biografía, no obstante, gana altura es cuando aborda su formación autodidacta como escritor, cuando se va retratando en sus lecturas y lo imaginamos sudando tinta china para compaginar su vocación literaria con su trabajo alimenticio en el taller de una joyería. Atrás han quedado, al menos en parte, las vicisitudes de un niño adoptado en plena guerra civil, su convivencia en la posguerra con su nueva familia lejos de Barcelona, la evocación de una infancia rural que se disipa cuando sus padres adoptivos se trasladan a la capital y topa con la tristeza y el miedo a la dictadura.

Marsé ya no es Faneca (el apellido de su padre biológico) cuando empieza a cartearse con Paulina Crusat, poeta catalana asentada en Sevilla. Y merced a ese intercambio epistolar (del que sólo conocemos las cartas de ella a él) vemos cómo se van forjando las lecturas del futuro escritor, conocemos la temática de sus primeros textos, se van tejiendo los primeros contactos, asistimos a sus primeras y tímidas publicaciones en revistas de prestigio y pocos lectores y hasta descubrimos los primeros concursos en los que participa, algunos con reconocimientos menores. Es la parte más deliciosa del libro, por la delicadeza con que Crusat lo alecciona, por los ánimos que le infunde, por la jubilosa receptividad de Marsé, que encuentra en su mentora un refuerzo a su pasión por escribir.

Vienen después capítulos que desmenuzan los años de la gauche divine, los problemas con la censura, la configuración de una generación brillante donde refulgían Manuel Vázquez Montalbán, Barral, García Hortelano, el Perich, Gil de Biedma, la Regàs… así como la amistad con Joan de Sagarra, la estancia en París, los primeros premios o su vida personal. Y la sensación de que este magnífico cronista de una Barcelona muy personal nace de aquel perseverante cruce de cartas con Paulina Crusat.

Aquel joven cargado de ambición, con no poca confianza en su capacidad de trabajo, aquel autor deseoso de una voz propia vive ahora centrado en sus nietos, sin dejar de escribir pero relativamente aislado de la actualidad, revisando películas (su otra gran pasión) y atendiendo los requerimientos de su biógrafo. Queda la sensación de que el libro, absolutamente interesante, se rinde por momentos a la complacencia.

Quizá sean los riesgos de la cercanía.