Jesús Moncada, el escritor discreto

Cuando apareció “Calaveres atònites”, en diciembre de 1999, pude entrevistar a su autor, Jesús Moncada. No lo podíamos imaginar, pero sería la última obra que publicó en vida. Tiempo hubo para recopilaciones de relatos, pero antes de 2005, fecha de su muerte, no llegaron más obras originales. Se dice que una gran novela, ubicada en Barcelona, quedó en los cajones del siempre perfeccionista Moncada. Parece que estaba ambientada en el entorno laboral de la Montaner i Simón, la editorial que albergó el espectacular edificio que hoy es sede la Fundació Tàpies, y que recordaba unos años en los que Moncada abandonó su deseo de ser pintor para convertirse en uno de los escritores más destacados en lengua catalana, nacido en la Franja de Ponent (para los catalanes), en la Franja Oriental (para los aragoneses).

Llegué a la recopilación de cuentos de “Calaveres atònites” después de haber devorado uno tras otro todos los libros de Moncada. Me sorprendí, aragonés como él, de no saber nada de su literatura, de no conocer su nombre antes de instalarme en Barcelona, como había hecho él veinte años antes. En Cataluña era un autor cuyas obras se esperaban con interés pero más allá de la famosa Franja pocos parecían saber que había publicado con Anagrama la que era su novela más ambiciosa: “Camino de sirga”, traducción literal del “camí de sirga” en catalán que hacía referencia a la ruta que seguían los “machos” para remontar río Ebro arriba, tirando de una cuerda, las barcas (llaüts, en catalán) que bajaban hacia Tortosa el lignito que se extraía de las minas de Mequinenza.

calaveres atonites

He comprobado que “Calaveres atònites” resiste de maravilla una relectura. Hace casi dos décadas que lo leí, y en la página de cortesía veo con tristeza el dibujo que me dedicó Moncada, al lado de un texto donde me aseguraba que yo acabaría en el infierno. O eso dice la caricatura de la Berta. No recuerdo cuánto rato pasé con él en la sede barcelonesa de La Magrana, su editorial entonces, antes de que la comprara RBA. Pero fue un momento inolvidable. Esa sonrisa que aparece en muchas de las fotografías era una risa de tonos gamberros, que coincidía plenamente con ese humor socarrón (somarda, le decimos en Aragón) que invadía sus textos, de un anticlericalismo feroz. Al releer el primer relato de esta recopilación, donde en primera persona Mallol Fontcalda explica cómo fue su aterrizaje en la villa de Mequinenza, adonde llegaba para ser secretario del juzgado desde su Barcelona natal. La estupefacción con la que recuerda ese momento, en una especie de prólogo para una selección de cuentos escritos por un tal Moncada (empieza aquí un juego de espejos que deviene infinito), es la misma que siente el lector al descubrir cualquiera de las historias de este escritor “rural” que evocó desde el barrio de Gracia barcelonés aquel pueblo suyo y sus habitantes, anegado el primero por las aguas de dos pantanos, vivísimos los personajes gracias a las historias de Moncada.

Prácticamente todos sus libros (salvo “La galeria de les estatues” i “Estremida memòria) acontecen en Mequinenza, ese espacio literario de proporciones míticas donde personajes con nombres de resonancias clásicas se chotean de las penurias de la posguerra, cultivan un anticlericalismo que de tan bestia raya en la caricatura y sobreviven armándose de mal humor ante las penurias e iniquidades de la dictadura, ellos que han sido siempre tan de izquierdas (incluso en el momento actual). Son una especie de aldea gala reubicada por culpa de las aguas de unos pantanos que casi acaban con todo rastro de vida inteligente, además de arrasar con los recursos económicos. La “suerte” de esta villa desgraciadamente desaparecida es que tuvo a Jesús Moncada como cronista.

He vuelto a leer estos relatos, a repasar mis apuntes de hace años, a mirar las entrevistas y reseñas que recorté de los periódicos de 1999, a evocar a aquel autor entrañable que se fue demasiado pronto por culpa de un cáncer. Y lo hecho merced a una biografía publicada por Pagès editors hace escasamente un mes. Se titula “Jesús Moncada, mosaic de vida” y está escrita por Marc Biosca. La foto de la cubierta muestra a un Moncada que mira por un ventanal, en la sede citada de la Montaner i Simón. Vista ahora, la imagen tiene un poder de evocación descomunal. Libros en las estanterías, la pantalla de un flexo difuminada en primer plano, una mesa con una pila de hojas pulcramente ordenadas… Y el editor mirando al infinito, quizá descansando después de muchas horas corrigiendo pruebas, recuperando fuerzas para seguir en la brecha.

jesus moncada_mosaic de vida

Dicen que Moncada concedió pocas entrevistas, que fue un autor que dio escasas pistas sobre su vida personal. El mismo confesó que traducía, especialmente a autores franceses, para comprar el tiempo que luego dedicaba a escribir y rescribir minuciosamente sus relatos. Pocas señales quedan de su compromiso político, más allá de su afiliación a un partido independentista de izquierdas, cuando no era difícil ser lo segundo pero parecía una marcianada ejercer de lo primero. Hoy las tornas han cambiado. Recuerdo que yo, a instancias de unos amigos y bien convencido de ello, le propuse que nos ayudara en la oposición a unos embalses en el Pirineo aragonés que siguen sin hacerse pero cuya amenaza pende sobre el territorio desde hace décadas. Rehusó firme pero amablemente, lo que podía decir ya lo había hecho en sus relatos.

No se le conoce a Moncada pareja sentimental pero sí unos cuantos padrinos literarios, de su paisano Edmón Vallès a Pere Calders. Se explican algunas de sus amistades del círculo profesional pero tampoco parece que disfrutara demasiado en las bambalinas de los premios y los oropeles de la fama. Coleccionó galardones en Cataluña y sólo al final, a punto de irse para siempre río abajo, el Gobierno aragonés le entregó su galardón mayor, aunque algunos miembros del jurado explican que había sido propuesto en reiteradas ocasiones y siempre rechazado precisamente por no escribir en castellano.

De todo esto habla esta biografía que al principio se presenta desordenada pero que va tomando cuerpo y acaba siendo un trabajo interesante. Se echa en falta un índice onomástico, tan necesario siempre en estos estudios biográficos, pero dispone de un abundante aparato bibliográfico, de gran utilidad para seguir la huella de un autor que parece que se prodigó poco pero que, en realidad, se asomó cuando tenía algo que decir, algo que anunciar.

Los relatos de Moncada han envejecido de maravilla. He pasado unas horas extraordinarias, con risas incluso, al revisitar las disparatadas situaciones que se producían en la villa de Mequinenza, con esos nombres ya familiares del juez Crònides, la Berta, Penèlope Valldabó, el cardenal Maties o Leucofrina, en espacios no menos míticos del Café del Moll, el Café de la Granota, el puticlub Calipso o la farmacia de Honorat del Rom.

Qué mala hostia tan sana, tan saludable.

 

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Una historia sencilla

En uno de estos experimentos que propician las redes sociales apareció en mi muro de Facebook la propuesta para generar una cadena de recomendaciones literarias a base de regalar un ejemplar de un título que fuera importante en la vida de cada uno, independientemente de sus cualidades literarias o de otras valoraciones más especializadas. Yo enseguida lo tuve claro, y hacia el Pirineo viajó una edición de Anagrama en castellano de la novela que más veces he regalado: Camí de sirga, de Jesús Moncada.  Ojalá la persona que lo recibiera quedara tan deslumbrada como yo en su momento, cuando leí con ansia esa novela ya canónica de la lengua catalana, en la que un mequinenzano residente en Barcelona rememora el pueblo en el que creció y que ahora duerme anegado por las aguas de dos pantanos.

Eran las fechas previas a la Navidad y a mí me llegaron unos cuantos ejemplares de libros importantes para lectores de León, Zaragoza o Barcelona. “Una historia senzilla narrada amb molt bon humor”, me decía en su breve nota la chica que me envió desde Barcelona un libro en edición de bolsillo titulado La delicadeza (Booket, 2013).  Me sonaba remotamente el nombre de su autor, David Foenkinos. Lo aparqué durante unas semanas y hace poco se cruzó en mi camino la reseña de otro libro del mismo escritor, recién llegado a las mesas de novedades: La biblioteca dels llibres rebutjats (Edicions 62). Era el momento.

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La lectura del primero enseguida me recordó a esas películas francesas que se ven con gusto, con media sonrisa dibujada en el rostro, hasta que un socavón inadvertido provoca que se acabe abruptamente el paseo y luego ya sea difícil remprender el camino sin perder la compostura. Una pareja que parece funcionar a las mil maravillas se rompe en un minuto por un capricho más que absurdo del azar. Todo puede parecer muy cotidiano, hasta la desgracia más dolorosa. La protagonista rehace su vida (no hay spoiler que valga, porque el texto de la contracubierta explica sin entrar en detalles que es el marido el que muere), también de una manera que puede parecer de lo más normal, con sus altibajos, los momentos de duda y ciertas situaciones que pueden dibujar esa media sonrisa de las películas francesas, no en vano Foenkinos adaptó esta novela a la pantalla grande con la ayuda de su hermano.

Un “tranche de vie”, por seguir en consonancia con la procedencia del autor, que puede parecer una historia ligera, con pequeñas dosis de humor y referencias más o menos culturetas: un diálogo de una film de Woody Allen, la posible discografía de John Lennon si no hubiera sido asesinado, una canción de Alain Souchon o una sucesión de refranes absurdos. Poco aportan a la historia y van más en la línea de ir montando un patchwork que contextualice esa historia de una pareja parisina que trabaja en una oficina mientras busca una segunda oportunidad en la vida. Si un día me encuentro con la película haciendo zapping la veré con gusto y me vendrán flashes de aquella historia de amor, como tantas otras, que leí con cierto interés y de la que apenas recuerdo el final.

En el otro libro Foenkinos caí de lleno gracias al sugerente título que Lluís-Anton Baulenas puso a su reseña en el suplemento literario Ara Llegim: “¿Quién quiere libros rechazados?”. La historia encierra muchas otras historias. Tiene más miga.

Pero será otro día cuando hable de ella.