Sudor (y sangre)

Descubrí de manera indirecta, e imagino que demasiado tarde, a Alberto Fuguet, gracias al colombiano Andrés Caicedo. Este último fue, a decir del otro, uno de los damnificados del “boom”, y se hablaba de todo ello en un artículo de Tinta Libre. En ese mismo texto aparecía Fuguet como un adalid de posturas heterodoxas, una especie de iconoclasta que se atrevía en su última novela con algunos de los iconos del “boom”. Sudor (Penguin Random House, 2016), que dicen los créditos que va por su segunda edición en pocas semanas, es el título de esta novela en la que se ridiculiza ligeramente a Nuria Monclús (trasunto de la Balcells) pero que tiene la mira telescópica puesta en Carlos Fuentes (aquí Rafael Restrepo) y su hijo (aquí Rafa). El primero es criticado con acidez y el segundo, verdadero protagonista de dos tercios de la obra, va añadiendo sal a la biografía del padre mediante sus opiniones y sus actos desmadrados.

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Rafa es gay, y la novela (si es que existe ese subgénero) ha sido ubicada ahí también: novela gay. Y pornográfica. El “sudor” del título viene del calor en Santiago de Chile, y del roce de los cuerpos, cuyas posturas se describen con pelos (nunca mejor dicho) y señales, en coitos que se llevan a cabo de manera impulsiva, ya sea en el lavabo de un bar o en la suite del hotel W, con unas vistas de ensueño sobre la capital chilena. Es una novela coyuntural, que quizá en pocos años se muestre acartonada porque ya no existan ni Grindr (la app que utilizan los gays para sus encuentros fugaces) ni sean tan habituales los mensajes de Whatsapp, con esa mezcla de espontaneidad sincopada e inmediatez en la respuesta, o hayan caído en el olvido muchas de las canciones que “suenan”.

Sudor se sostiene sobre un andamiaje caravista: una introducción de un centenar de páginas, en las que Alf, el narrador protagonista, explica en primera persona quién es y por qué ha de dedicar sus próximos días a promocionar “El aura de las cosas”, el libro de Alfaguara en el que Rafael Restrepo “comenta” las fotos de su hijo Rafa, y que es una apuesta decadente de una editorial que vivió tiempos mejores. El lector es puesto en antecedentes, y si conoce algo del mundo editorial, no podrá evitar esbozar una sonrisa maliciosa al reconocer egocentrismos en franca retirada, nombres de críticos o autores que aparecen citados (no sabemos si con autorización o con el propósito de ser zaheridos). Esta introducción va soltando una bilis que el lector ya ha hecho suya para cuando aparecen padre e hijo. El relato adopta entonces el formato de diario: cuatro jornadas que combinan una agenda cultural repleta de actos con personalidades sazonadas con polvos, tarros de Boy Butter y fiestas privadas, a cualquier hora del día, con abundante perico para aguantar más y mejor. Son medio millar de páginas de sudorosa acción, con primerísimos planos de felaciones o encuentros furtivos que a veces distraen más de lo que contextualizan.

El hijo malcriado y el padre avergonzado; el escritor de fama mundial que quiere rodearse de todo tipo de celebridades y el fotógrafo impulsivo que atesora conquistas en pelotas al tiempo que retrata su narcisismo; la lucha encarnizada entre una vieja gloria que quiere ganar la inmortalidad y un joven admirador de Morrison que aspira a dejar un cadáver bonito, sin los estragos de la vejez. Esta roman à clef, tan de ambiente, tan del mundillo editorial, tan de Santiago, tan repleta de sobrentendidos,  acaba funcionando por el puro morbo: es el dibujo de una relación paterno filial hecha cisco, es la crónica de cuatro días de desfase, es el pinchazo del globo del “boom”, con sopapos a diestra y siniestra, de Vargas Llosa a Saramago. Es una novela predictible, en la que pronto se sabe cómo acabará todo, ya sea porque el lector está en antecedentes de lo que ocurrió con los personajes reales que inspiraron la trama o porque es fácilmente deducible por la enfermedad que padece Rafa, señuelo que hace avanzar el relato a trompicones cuanto más se acelera el desenfreno.

El lector satisface ese lado morboso y, aunque sea a regañadientes, va intuyendo el bronco final. Y va transitando por estas 600 páginas de un autor destroyer que en alguna entrevista ha lamentado no provocar más controversia. Una novela curiosa.

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Lectores, “atentos a sus pantallas”

Una clase con Javier Aparicio, en un posgrado de crítica literaria que ofrecía la Pompeu Fabra hace una década, podía convertirse en un curioso deambular en el que no tenía tanto interés saber adónde íbamos como entretenerse durante el trayecto, sin sospechar por dónde nos podría salir el guía ni saber si estábamos pertrechados para afrontar el recorrido que se le podía ocurrir sobre la marcha.
Durante sus charlas tenía, simultáneamente, una pantalla gigante conectada a la web de Le Monde des livres (por ejemplo), un montón de suplementos literarios del ámbito anglosajón, una montaña de libros… y no utilizaba nada en su discurso. Esas charlas, aparentemente sin guión, recogían menciones frecuentes al paso de Aparicio por la agencia literaria de Carme Balcells o anécdotas de Babelia –donde reseña desde hace años novelas escritas en inglés. Sus clases eran interesantes y caóticas (o al revés).

la imaginacion en la jaula

Muy similares al último libro que ha publicado en Cátedra ( Razones y estrategias de la creación coartada, 2015), última entrega de una tetralogía en la que ha indagado sobre la “ficción contemporánea”, en algunos libros de una manera más ordenada que otra.
En el caso que nos ocupa hay medio centenar de páginas con notas complementarias en sus diversas lenguas originales (inglés, francés, italiano, castellano), que se suman a una bibliografía copiosa y decenas y decenas de notas a pie de página (muchas veces más extensas que los textos que anotan) y que aparecen también indistintamente en diversas lenguas. Cada capítulo, además, va acompañado de un copioso aparato iconográfico, en el que igual caben pantallazos web que reproducciones de originales anotados de escritores célebres, fotos de Jackson Pollock en plena action painting o el documento que sirvió de guía a Georges Perec para combinar las historias de “La vida, instrucciones de uso”.
Semejante despliegue está precisamente al servicio de un ensayo que parece contaminado por lo que trata de desentrañar: los complejos mecanismos de la creación en la actualidad, que alternan diversos noveles de elaboración, múltiples actores, todo tipo de herramientas más o menos “electrónicas” y que acaban componiendo un proceso cada vez más coral, en el que intervienen casi por igual el creador y toda una corte de agentes, documentalistas, coolhunter, técnicos, curators y hasta el público, que hace tiempo que dejó de ser mero receptor de la creación para ser algo todavía por definir.
Aparicio hace gala de su amplio saber, que a veces simplemente esboza mientras en otras ocasiones despliega en toda su vastedad. Su magnífica reseña de la “Operación Dulce” de Ian McEwan, amplia y documentada en una de sus largas notas al pie, le da pie a hablar de la metaliteratura. Su pasado como agente le permite desentrañar con gracia los numerosísimos epígrafes en que se subdividen los géneros literarios, siempre en busca de un nicho lector y en pos de autores que alimenten esa necesidad generada.
Las reseñas de la prensa especializada han sido numerosas y cariñosas (casi siempre). Han hablado del libro como “un cubo de Rubik” para justificar una lectura tan fragmentada como el proceso de creación que analiza. Han destacado su buen humor (al alcance de entendidos, casi, porque habla en jerga) y la erudición. Una voz discrepante, la del crítico de La Voz de Avilés, empezaba su crítica de un modo lacerante: “La modernidad nubla la vista a ciertos eruditos que parecen haberlo leído, o consultado, todo y no haberse enterado de nada”. En Babelia, Ricard Ruiz Garzón prefiere considerarlo “un festín crítico”.
Aunque parezca imposible, ambos tienen su punto de razón.