Paseando con Guillamon

Hace una semana estuve de paseo con una treintena larga de personas por algunas de las calles menos frecuentadas del Poblenou de Barcelona. Los guiris que salían de un hotel o las señoras mayores que volvían empujando el carro de la compra miraban con curiosidad a aquel grupo tan heterogéneo que igual se paraba delante de lo que un día fue un cine que señalaba al “terrat” de una casa en la que un día se había erigido una copia a escala de las montañas de Montserrat.

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Dirigía este paseo por el barrio y la memoria el escritor Julià Guillamon, en una iniciativa exitosa (era la cuarta vez que hacía la ruta y ya se anuncian más para después del verano) de la librería Nollegiu. La excusa era el libro “El barri de la plata”, publicado por L’Avenç en febrero de 2018. Y el reclamo, compartir con el autor algo de esa poética que tiene esta novela extraña, mezcla de géneros y cuyo resultado es embriagador. No será fácil explicar por qué.

El nombre del “barri de la plata” dicen que puede venir de que los obreros del Metro Transversal, en los años 20, cobraban la semanada en monedas de plata y muchos vivían en una serie de calles del Poblenou, que acogieron a un gran contingente de valencianos. Fueron llegando en oleadas sucesivas, unos atraían a otros y así se fueron estableciendo en un barrio que ya no era el Manchester catalán pero en el que todavía había algunas industrias medianas. Aquí se quedó la familia de Julià Guillamon, llegada desde Toga, un pueblecito en la muga entre Aragón, Castellón y Cataluña. Del mismo valle regado por el Mijares (Argelita, Ludiente, Espadilla, Arañuel…) vinieron otros trabajadores que fueron dejando en estas calles unos apellidos recurrentes: Barceló, Calpe, Puerto, Morte, Catalán…

Voy caminando a diario por esas calles del “barri de la plata” (Roc Boronal, antes Luchana; Josep Trueta, antes Wad-Ras; Granada, Badajoz…) y veo cómo el pasado se resiste a desaparecer, a pesar del frenesí constructor que vive la zona y de la revalorización del suelo que se puede dedicar a vivienda. Es una zona de moda ahora, tanto para los barceloneses como para los turistas. En una misma calle se suceden casi puerta con puerta una carpintería de las toda la vida con una academia de efectos especiales para cine, una calderería y un restaurante de cocina de mestizaje, una escuela concertada con medio siglo a la espalda con la reivindicación pendiente de un “casal d’avis”, los carriles del Bicing con los muelles de las antiguas cooperativas de transporte. Es un barrio muy vivo, hoy plenamente integrado en la ciudad, con diversos accesos directos a las playas, pero con una personalidad muy acusada, fruto de haber vivido durante muchos años cercados por el cementerio, las vías del tren y los descampados, además de un gran colector al que vertían las corrientes subterráneas que abundan en la zona.

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En la superficie, las gentes del “barri de la plata” pasearon por unas calles, mal trazadas y peor iluminadas (como recuerda Guillamon) que también se pueden rastrear en otra obra muy interesante en la que es protagonista el barrio: “El corto verano de la anarquía”, de Han Magnus Enzensberger. Aquí los vecinos veían pasar la vida, luchando con los dramas cotidianos, disfrutando de las cosas sencillas, en pos de ir mejorando, aunque fuera muy poco a poco.

Julià Guillamon cuenta la vida de su padre en esta novela híbrida que tiene mucho de investigación de antropología urbana. Como el autor es ducho en bucear en los archivos y disfruta documentándose (así nos lo hizo saber en la charla que dio después de la ruta en la librería Nollegiu), el relato está salpicado de fotos familiares, anuncios de la época, recortes de prensa… Esta visita a los recuerdos de la familia presentada en forma de novela es también un ensayo sobre la identidad (la de esos valencianos y aragoneses castellanohablantes que llegaban a un barrio donde hablar catalán suponía un primer paso hacia la integración y una herramienta importante para ir mejorando laboralmente). Y es, fundamentalmente, como han destacado algunas reseñas, uno de esos ejercicios que parecen ajustar cuentas con la figura paterna. Algunos lo han metido en el mismo saco que “Ordesa”, de Manuel Vilas.

En esa charla que nos brindó después de pasear por el barrio, Guillamon dijo que esta novela encerraba una tragedia, la que parecía condenar a sus padres: él era un “pinta”, juerguista y poco amigo del sacrificio, nacido en el “barri de la plata”, al que volvió después de pasar la guerra en Toga, el pueblo de los ancestros, huyendo de los bombardeos franquistas que se cebaron con el Poblenou, porque albergaba industria pesada. La madre era una “noia” de familia relativamente acomodada de Gràcia, que se mudó al barrio de su marido, cambiando el vitalismo de su hogar de nacimiento por un ambiente de paulatino abandono, en una zona depauperada. Los veranos los pasaba ella regentando una fonda en Arbúcies, en la provincia de Girona, a una hora escasa de coche hoy en día. Temperamentos tan diferentes se enfrentaron al hado de que aquella unión estaba condenada a no salir bien.

Decía Guillamon también que esta novela encerraba un drama, el de los hijos que veían que aquello no funcionaba, con la madre trabajando como una mula mientras su marido jugaba a ser torero, se bebía el mundo a tragos sin saber cuándo ponerle freno, volviendo a casa hecho unos zorros. Julià y su hermano asistían impertérritos a la demolición de la pareja.

Esta novela inclasificable todavía reserva un giro más en la trama, en la penúltima página. Y termina con una frase vitalista, como no podía ser menos: “Era un dia de primavera i feia un sol radiant”). Aunque en la última vuelta del camino le espera al lector un mazazo, el autor también le brinda un aliento de esperanza.

Qué disfrute.

Ps.- En breve aparecerá la edición en castellano.

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Jesús Moncada, el escritor discreto

Cuando apareció “Calaveres atònites”, en diciembre de 1999, pude entrevistar a su autor, Jesús Moncada. No lo podíamos imaginar, pero sería la última obra que publicó en vida. Tiempo hubo para recopilaciones de relatos, pero antes de 2005, fecha de su muerte, no llegaron más obras originales. Se dice que una gran novela, ubicada en Barcelona, quedó en los cajones del siempre perfeccionista Moncada. Parece que estaba ambientada en el entorno laboral de la Montaner i Simón, la editorial que albergó el espectacular edificio que hoy es sede la Fundació Tàpies, y que recordaba unos años en los que Moncada abandonó su deseo de ser pintor para convertirse en uno de los escritores más destacados en lengua catalana, nacido en la Franja de Ponent (para los catalanes), en la Franja Oriental (para los aragoneses).

Llegué a la recopilación de cuentos de “Calaveres atònites” después de haber devorado uno tras otro todos los libros de Moncada. Me sorprendí, aragonés como él, de no saber nada de su literatura, de no conocer su nombre antes de instalarme en Barcelona, como había hecho él veinte años antes. En Cataluña era un autor cuyas obras se esperaban con interés pero más allá de la famosa Franja pocos parecían saber que había publicado con Anagrama la que era su novela más ambiciosa: “Camino de sirga”, traducción literal del “camí de sirga” en catalán que hacía referencia a la ruta que seguían los “machos” para remontar río Ebro arriba, tirando de una cuerda, las barcas (llaüts, en catalán) que bajaban hacia Tortosa el lignito que se extraía de las minas de Mequinenza.

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He comprobado que “Calaveres atònites” resiste de maravilla una relectura. Hace casi dos décadas que lo leí, y en la página de cortesía veo con tristeza el dibujo que me dedicó Moncada, al lado de un texto donde me aseguraba que yo acabaría en el infierno. O eso dice la caricatura de la Berta. No recuerdo cuánto rato pasé con él en la sede barcelonesa de La Magrana, su editorial entonces, antes de que la comprara RBA. Pero fue un momento inolvidable. Esa sonrisa que aparece en muchas de las fotografías era una risa de tonos gamberros, que coincidía plenamente con ese humor socarrón (somarda, le decimos en Aragón) que invadía sus textos, de un anticlericalismo feroz. Al releer el primer relato de esta recopilación, donde en primera persona Mallol Fontcalda explica cómo fue su aterrizaje en la villa de Mequinenza, adonde llegaba para ser secretario del juzgado desde su Barcelona natal. La estupefacción con la que recuerda ese momento, en una especie de prólogo para una selección de cuentos escritos por un tal Moncada (empieza aquí un juego de espejos que deviene infinito), es la misma que siente el lector al descubrir cualquiera de las historias de este escritor “rural” que evocó desde el barrio de Gracia barcelonés aquel pueblo suyo y sus habitantes, anegado el primero por las aguas de dos pantanos, vivísimos los personajes gracias a las historias de Moncada.

Prácticamente todos sus libros (salvo “La galeria de les estatues” i “Estremida memòria) acontecen en Mequinenza, ese espacio literario de proporciones míticas donde personajes con nombres de resonancias clásicas se chotean de las penurias de la posguerra, cultivan un anticlericalismo que de tan bestia raya en la caricatura y sobreviven armándose de mal humor ante las penurias e iniquidades de la dictadura, ellos que han sido siempre tan de izquierdas (incluso en el momento actual). Son una especie de aldea gala reubicada por culpa de las aguas de unos pantanos que casi acaban con todo rastro de vida inteligente, además de arrasar con los recursos económicos. La “suerte” de esta villa desgraciadamente desaparecida es que tuvo a Jesús Moncada como cronista.

He vuelto a leer estos relatos, a repasar mis apuntes de hace años, a mirar las entrevistas y reseñas que recorté de los periódicos de 1999, a evocar a aquel autor entrañable que se fue demasiado pronto por culpa de un cáncer. Y lo hecho merced a una biografía publicada por Pagès editors hace escasamente un mes. Se titula “Jesús Moncada, mosaic de vida” y está escrita por Marc Biosca. La foto de la cubierta muestra a un Moncada que mira por un ventanal, en la sede citada de la Montaner i Simón. Vista ahora, la imagen tiene un poder de evocación descomunal. Libros en las estanterías, la pantalla de un flexo difuminada en primer plano, una mesa con una pila de hojas pulcramente ordenadas… Y el editor mirando al infinito, quizá descansando después de muchas horas corrigiendo pruebas, recuperando fuerzas para seguir en la brecha.

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Dicen que Moncada concedió pocas entrevistas, que fue un autor que dio escasas pistas sobre su vida personal. El mismo confesó que traducía, especialmente a autores franceses, para comprar el tiempo que luego dedicaba a escribir y rescribir minuciosamente sus relatos. Pocas señales quedan de su compromiso político, más allá de su afiliación a un partido independentista de izquierdas, cuando no era difícil ser lo segundo pero parecía una marcianada ejercer de lo primero. Hoy las tornas han cambiado. Recuerdo que yo, a instancias de unos amigos y bien convencido de ello, le propuse que nos ayudara en la oposición a unos embalses en el Pirineo aragonés que siguen sin hacerse pero cuya amenaza pende sobre el territorio desde hace décadas. Rehusó firme pero amablemente, lo que podía decir ya lo había hecho en sus relatos.

No se le conoce a Moncada pareja sentimental pero sí unos cuantos padrinos literarios, de su paisano Edmón Vallès a Pere Calders. Se explican algunas de sus amistades del círculo profesional pero tampoco parece que disfrutara demasiado en las bambalinas de los premios y los oropeles de la fama. Coleccionó galardones en Cataluña y sólo al final, a punto de irse para siempre río abajo, el Gobierno aragonés le entregó su galardón mayor, aunque algunos miembros del jurado explican que había sido propuesto en reiteradas ocasiones y siempre rechazado precisamente por no escribir en castellano.

De todo esto habla esta biografía que al principio se presenta desordenada pero que va tomando cuerpo y acaba siendo un trabajo interesante. Se echa en falta un índice onomástico, tan necesario siempre en estos estudios biográficos, pero dispone de un abundante aparato bibliográfico, de gran utilidad para seguir la huella de un autor que parece que se prodigó poco pero que, en realidad, se asomó cuando tenía algo que decir, algo que anunciar.

Los relatos de Moncada han envejecido de maravilla. He pasado unas horas extraordinarias, con risas incluso, al revisitar las disparatadas situaciones que se producían en la villa de Mequinenza, con esos nombres ya familiares del juez Crònides, la Berta, Penèlope Valldabó, el cardenal Maties o Leucofrina, en espacios no menos míticos del Café del Moll, el Café de la Granota, el puticlub Calipso o la farmacia de Honorat del Rom.

Qué mala hostia tan sana, tan saludable.

 

De países inexistentes y vidas imaginarias

Cuando El Pequeño Larousse celebró el centenario de su aparición en español incluyó en las guardas las banderas de los países que existían en 1912, en recuerdo de la primera vez que se tradujo al español. Fue curioso ver que la bandera de China, antes de ser comunista, casi llevaba los colores del arco iris; que las enseñas de Andorra, Gran Bretaña o El Salvador eran sensiblemente diferentes a las actuales, y que sólo un siglo atrás existían Persia, Siam o Zanzíbar, además de Serbia y Montenegro, que se unieron más tarde para acabar divorciándose.

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Me he acordado de aquel ejercicio de nostalgia al pasear por los territorios recogidos en el “Atlas de países que no existen” (Geoplaneta, 2016). Lo firma Nick Middleton, un catedrático de Geografía de la Universidad de Oxford que ha ocupado unos cuantos años en registrar “una cincuentena de estados no reconocidos y en gran medida inadvertidos”. El libro está editado con mimo, con un ojo de buey en cubierta que anticipa el alarde de diseño del interior, donde cada “país inexistente” se presenta troquelado sobre el mapa del territorio que lo acoge oficialmente. En su académica introducción Middleton va explicando los criterios que han regido históricamente para determinar qué país puede lograr el reconocimiento como tal, con todas las salvedades existentes. Comenta lo que cualquier guerra pone en evidencia casi a diario, que el mapa político del mundo no es estático, que vivimos en “un mundo que fluye”. Recupera la manoseada cita de Max Weber de que un estado existe “cuando alguien tiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza sobre un territorio”. Salen a relucir la ONU, los efectos de la colonización de África, el conflicto cotidiano de Israel y Palestina y otros temas y subtemas que son consustanciales a las cuestiones fronterizas.

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El libro se organiza en capítulos de cuatro páginas, en los que el autor ofrece información concisa sobre cada país además de mostrar el efecto cartográfico antes mencionado. Agrupados por continentes, imagino que cada lector echará en falta alguno o entenderá que sobran países de los que aparecen. Está Cataluña pero no Escocia, aparece el Tíbet pero no el Kurdistán. En cualquier caso, la variada tipología de territorios geográficos sin el label político merece las horas que puede ocupar esta entretenida lectura. Por ejemplo, en medio de Copenhague hay una comuna hippy que tiene de plazo hasta 2018 para tomar o dejar la oferta del gobierno danés de comprar el tercio de kilómetro cuadrado sobre el que se asienta. El mismo gobierno tiene otro frente abierto, esta vez de 2.000.000 de km2, llamado Groenlandia. Cuenta Middleton que en 2009, para celebrar el autogobierno, las autoridades de la inmensa isla arponearon un par de ballenas que proporcionaron comida a toda la población, unas 40.000 almas.

En este libro aparecen, por razones bien diferentes, el reino de Redonda (en las antillanas islas de Barlovento), donde los literatos se reparten todo tipo de títulos nobiliarios con Javier Marías como monarca; la República Árabe Saharaui Democrática, condenada a la indefinición por la desidia española y por la abundancia de recursos naturales, demasiado rica para que la dejen caminar sola. Hay nombres de resonancias míticas (La Araucanía) o gamberradas diplomáticas –como la República Turca del Norte de Chipre– que provocarían sonrojo de no ser por las muertes que ha ocasionado. Y se van sucediendo curiosidades como la Antártida, la república rebelde de Abjasia, en Georgia, una isla con 23.000.000 millones de habitantes como Taiwan y otra mucho más pequeña y misteriosa como Rapa Nui. Lo mejor queda para el colofón, un verdadero país inexistente a caballo de varios océanos, que mantiene disputas con al menos 16 estados “reales” y que tiene una población acumulada de 67 habitantes. Su capital es Cyberterra.

En un lugar tan peculiar y fluctuante se hallarían como en casa algunos de los personajes que retrata Marcel Schwob con su precisión de cirujano. Hablábamos de él hace bien poco y seguimos devorando con deleite sus libros concisos. En “Vidas cruzadas” (recién editado por Alianza) es capaz de sacar petróleo de un puñado de datos llegados en voz baja de la noche de los tiempos. Si El Pequeño Larousse (por volver al argumento de inicio) despachaba a Eróstrato con un lacónico relato: “pirómano efesio que para inmortalizar su nombre con una hazaña incendió el templo de Artemisa en Éfeso (356 a.C.)”, Schwob dedica cinco suculentas páginas a elucubrar con precisión de documentalista acerca del carácter violento de la madre del incendiario, sobre las túnicas púrpuras de sus convecinos o en torno a la prohibición de que el nombre del pirómano trascendiera por los siglos de los siglos.

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Algo parecido les ocurre a personajes históricos como el pintor Uccello, el poeta Lucrecio, la princesa Pocahontas o el filósofo Empédocles, del que las enciclopedias dicen que se arrojó al cráter del Etna.

Con semejante final qué biografía no iba a imaginarle Schwob.