Porno isabelino

“Luces de bohemia” es, para muchas promociones de bachilleres, un libro que asociamos a las lecturas obligatorias del COU, con muchas posibilidades de que “cayera” en la prueba de Literatura en el examen de selectividad. Así descubrimos a un autor de nombre rimbombante y biografía de leyenda, que a casi nadie deja indiferente y que, más allá de las peripecias de Max Estrella y Don Latino de Híspalis, nos legó una bibliografía abundante que todavía goza de bastante interés.

Tuve un profesor en la EGB, un cura un poco tronado, que siempre nos ilustraba el subgénero del esperpento que practicaba Valle Inclán con la misma explicación: “imaginaos a alguien envuelto en la bandera española, eso es esperpéntico”. El hombre, que no era precisamente de ideas disolventes ni nacionalista de nada (porque entonces no estaba tan en boga) se adelantó en muchos años a estas actitudes tan peculiares de envolverse en todo tipo de banderas para justificar una amplia variedad de desmanes. Pero nunca logré asociar semejante imagen a un esperpento, que por otro lado era palabra habitual de nuestras madres cuando ya teníamos capacidad de elegir qué ropa nos poníamos y salíamos a la calle con según qué pintas.

luces de bohemia

En la caótica biblioteca que he ido acumulando sabría localizar perfectamente el volumen de Austral en el que leí “Luces de bohemia” en el instituto. No era muy grueso y estaba forrado con papel adhesivo pero las cubiertas se cuarteaban por el uso y sus páginas están llenas de anotaciones que nos iba sugiriendo la profesora de Literatura, una enamorada de la Generación del 98 y especialmente de Machado y Valle. Eran necesarias muchas precisiones para un texto que tenía muchas lecturas, demasiadas claves para unos chavales que asistíamos entre admirados y acojonados al frenesí adjetivador de Valle Inclán, a sus acotaciones llenas de guiños ocultos, a unos nombres de personajes cargados de simbolismo. He leído esta pieza teatral varias veces, la he visto representada unas cuantas más (una con el gran Walter Vidarte en el papel de Latino de Híspalis) y no ha sido la única pieza de Valle Inclán a la que me he acercado. “Martes de Carnaval” y “Tirano Banderas” fueron obras que también leí en su momento, pero nunca acababa de encontrar una edición de “El ruedo ibérico”, sobre la que había leído muchas historias extraliterarias: que si era una obra demasiado ambiciosa, que no consiguió escribir todos los libros que la conformaban, que había algunos escritos pero no publicados, que se avanzó a la época por su atrevimiento…

el ruerdo iberico

No hace mucho Cátedra anunció que en su inconfundible colección “Letras hispánicas” (la de las cubiertas negrísimas) iba a aparecer lo que podía ser una edición casi definitiva, a cargo de Diego Martínez Torrón. Llevo leída la mitad de las casi 1000 páginas de este fresco novelístico planteado en forma de tres trilogías, de la que sólo se publicaron las tres primeras novelas, y una de ellas incompleta. Y me he tomado un descanso. Lo necesitaba. Es Valle en su versión más apoteósica.

Para muestra un botón. Recién comenzada la primera novela , página 2, epígrafe 3:

“Los héroes marciales de la revolución española no mudaron de grito hasta los último amenes. Sus laureadas calvas se fruncían de perplejidades con los tropos de la oratoria demagógica. Aquellos mílites gloriosos alumbraban en secreto una devota candelilla por la señora. Ante la retórica de los motines populares, los espadones de la ronca revolucionaria nunca excusaron sus filos para acuchillar descamisados. El Ejército Español nunca ha malogrado ocasión de mostrarse heroico con la turba descalza y pelona que corre tras la charanga”.

Esto se publicó a finales de la década de 1920, y la pena no es que pueda estar hasta de actualidad, sino que es una descripción de la Historia de España que se puede aplicar a diferentes épocas, no sólo a los meses en los que se enmarca buena parte de la narración, alrededor de la Revolución de 1868.

El libro está atestado de adjetivos, de préstamos de otras lenguas, de descripciones hirientes que hace alguien que tampoco vivía tan lejos en el tiempo de los hechos que narraba. Cualquier escritor que novele hoy los años del tardofranquismo tiene una perspectiva similar a la que disfrutaba Valle respecto de los hechos que explicaba, estirándolos hasta provocar admiración por su valentía. Las acusaciones que hace de Isabel II, a veces con meros sobreentendidos, no sé si podrían realizarse hoy de sus descendientes sin que pesara sobre su autor una orden de busca y captura por injurias.

Al leer precisamente “La corte de los milagros”, primer libro de la primera trilogía, no podía evitar pensar en unas ilustraciones que hicieron furor en su momento, atribuidas a los hermanos Bécquer, especialmente a Valeriano. Se publicaron con el título de “Los Borbones en pelota” y son pornografía pura, acuarelada, no fotografiada. Las poses explícitas en las que se puede apreciar a Isabel II, dándose gusto y dándoselo a una amplia variedad de militares, ministros, religiosos y hasta algún animal de cuatro patas, se combinan con las imágenes de su marido, cornudo agradecido, entre otras consideraciones. Estas acuarelas han vuelto a ser actualidad en los últimos años, ante alguno de los embates que han sufrido los medios satíricos por burlarse de las más altas instancias del Estado.

borbones_en_pelota_los_se_1868_1

Elconfidencial.com y eldiario.es han hablado de estas ediciones en los últimos años. La profesora Isabel Burdiel publicó un estudio excepcional (visible aquí) que le fue publicado por la Institución Fernando el Católico, dependiente de la Diputación e Zaragoza. Y bien se podría hacer un reportaje sobre la serie de novelas de Valle Inclán, porque tampoco se queda manco (y perdón por el chiste fácil). Dice en la página 324: “Era plena de luces la mañana madrileña, cuando dejó su lecho de columnas con leones dorados, la Reina Nuestra Señora. La Católica Majestad, vestida una bata de ringorrangos, flamencota, herpética, rubiales, encendidos los ojos del sueño, pintados los labios con las boqueras del chocolate, tenía esa expresión, un poco manflota, de las peponas de ocho cuartos”. Por si no nos quedara claro, el editor Martínez Torrón añade a pie de página: “Impresionantes y reiteradas las descripciones de Isabel, en donde se dibujan con cuatro palabras su psicología, lascivia, carácter popular, beaturronería e ingenua humanidad, pero a la vez su incapacidad para el cargo”.  En esa “corte de los milagros” se amontonaban jetas de variado pelaje, Sor Patrocinio, la monja de las llagas, y el confesor Antonio María Claret, generales con las más venales intenciones y presidentes de gobierno que sabían que las crisis se sucedían y había que estar muy espabilado para colocar a todos “los míos” antes de que llegara otro a hacer lo propio con “los suyos”.

Me resta por leer prácticamente la mitad de tan soberbio fresco, recargado de colores, repleto de imágenes, con tantos adjetivos que me impelen a subir a la superficie a tomar aire para seguir con la lectura. (Continuará)

Anuncios

Lectores, “atentos a sus pantallas”

Una clase con Javier Aparicio, en un posgrado de crítica literaria que ofrecía la Pompeu Fabra hace una década, podía convertirse en un curioso deambular en el que no tenía tanto interés saber adónde íbamos como entretenerse durante el trayecto, sin sospechar por dónde nos podría salir el guía ni saber si estábamos pertrechados para afrontar el recorrido que se le podía ocurrir sobre la marcha.
Durante sus charlas tenía, simultáneamente, una pantalla gigante conectada a la web de Le Monde des livres (por ejemplo), un montón de suplementos literarios del ámbito anglosajón, una montaña de libros… y no utilizaba nada en su discurso. Esas charlas, aparentemente sin guión, recogían menciones frecuentes al paso de Aparicio por la agencia literaria de Carme Balcells o anécdotas de Babelia –donde reseña desde hace años novelas escritas en inglés. Sus clases eran interesantes y caóticas (o al revés).

la imaginacion en la jaula

Muy similares al último libro que ha publicado en Cátedra ( Razones y estrategias de la creación coartada, 2015), última entrega de una tetralogía en la que ha indagado sobre la “ficción contemporánea”, en algunos libros de una manera más ordenada que otra.
En el caso que nos ocupa hay medio centenar de páginas con notas complementarias en sus diversas lenguas originales (inglés, francés, italiano, castellano), que se suman a una bibliografía copiosa y decenas y decenas de notas a pie de página (muchas veces más extensas que los textos que anotan) y que aparecen también indistintamente en diversas lenguas. Cada capítulo, además, va acompañado de un copioso aparato iconográfico, en el que igual caben pantallazos web que reproducciones de originales anotados de escritores célebres, fotos de Jackson Pollock en plena action painting o el documento que sirvió de guía a Georges Perec para combinar las historias de “La vida, instrucciones de uso”.
Semejante despliegue está precisamente al servicio de un ensayo que parece contaminado por lo que trata de desentrañar: los complejos mecanismos de la creación en la actualidad, que alternan diversos noveles de elaboración, múltiples actores, todo tipo de herramientas más o menos “electrónicas” y que acaban componiendo un proceso cada vez más coral, en el que intervienen casi por igual el creador y toda una corte de agentes, documentalistas, coolhunter, técnicos, curators y hasta el público, que hace tiempo que dejó de ser mero receptor de la creación para ser algo todavía por definir.
Aparicio hace gala de su amplio saber, que a veces simplemente esboza mientras en otras ocasiones despliega en toda su vastedad. Su magnífica reseña de la “Operación Dulce” de Ian McEwan, amplia y documentada en una de sus largas notas al pie, le da pie a hablar de la metaliteratura. Su pasado como agente le permite desentrañar con gracia los numerosísimos epígrafes en que se subdividen los géneros literarios, siempre en busca de un nicho lector y en pos de autores que alimenten esa necesidad generada.
Las reseñas de la prensa especializada han sido numerosas y cariñosas (casi siempre). Han hablado del libro como “un cubo de Rubik” para justificar una lectura tan fragmentada como el proceso de creación que analiza. Han destacado su buen humor (al alcance de entendidos, casi, porque habla en jerga) y la erudición. Una voz discrepante, la del crítico de La Voz de Avilés, empezaba su crítica de un modo lacerante: “La modernidad nubla la vista a ciertos eruditos que parecen haberlo leído, o consultado, todo y no haberse enterado de nada”. En Babelia, Ricard Ruiz Garzón prefiere considerarlo “un festín crítico”.
Aunque parezca imposible, ambos tienen su punto de razón.