Marcel Schwob, un glorioso descubrimiento

Todavía recuerdo la textura del papel de la sobrecubierta de la edición en que leí la “Historia universal de la infamia”. Recuerdo también el bar en el que un amigo me dejó ese ejemplar que leí con devoción. Fue una tarde domingo de hace más de veinte años. No había logrado localizar el volumen en la biblioteca de mi pueblo y no andaba sobrado de cuartos para comprar todos los libros que quería tener. Mi amigo me dijo, como al desgaire, que le acababan de llegar todos los volúmenes de una “Obra completa” de Jorge Luis Borges que estaba publicando Círculo de Lectores. Lo leí un par de veces y me consta que él hizo lo propio en cuanto se lo devolví, motivado en parte por mi interés. Había oído hablar mucho de este libro y el título era demasiado poderoso como para olvidarlo. Más tarde me fui encontrando con “El Aleph”, “El libro de arena”, “Ficciones” (en aquellas ediciones míticas de Alianza con cubiertas de Daniel Gil) y siempre volvía el recuerdo aquel mi primer encuentro con el escritor argentino. Nunca he sabido definir ese estilo tan peculiar borgiano: textos concisos, referencias eruditas, historias intensas, con un ritmo que parecía marcado por la precisión de un ajustadísimo mecanismo de relojería. Relatos breves en los que no eran necesarias más palabras.

Vuelvo de vez en cuando a Borges, a pesar de que haya tanto por leer. Siempre es una experiencia embriagadora, y tengo la suerte de haber olvidado muchos de esos finales apoteósicos, de modo que me dejo mecer como si fuera la primera vez por las peripecias de Funes el memorioso, de “El inmortal”, del jardín de los senderos que se bifurcan.

Me he acordado inmediatamente de Borges al descubrir los relatos de un escritor francés del que no sabía nada: Marcel Schwob. Lo está reeditando Alianza en su inacabable colección de bolsillo y lleva unas cubiertas del estudio de Manuel Estrada que evocan indefectiblemente las del mencionado Daniel Gil. Después de leer, absorto, maravillas como “El Dom”, “El cuento de los huevos”, “Los tres aduaneros”, “Para Milo” o “La última noche”, recupero el prólogo que ha hecho Mauro Armiño para esta edición. Él es el responsable de la traducción (cómo debe de ser el original francés si es tan bella la versión en castellano) y firma una introducción que contextualiza al autor y su obra: no llegó a vivir 40 años, entre 1867 y 1905, publicó media docena de libros y tradujo al francés a Shakespeare, Thomas de Quincey y a su admirado Stevenson, entre otros.

Mi descubrimiento de Schwob ha llegado por medio de un conjunto de relatos titulado “Corazón doble”, que aglutina además los cuentos de otro libro: “La leyenda de los mendigos”. Dice en un prefacio el propio Schwob que el terror es el protagonista de estas historias. Poco que ver con “historias para no dormir” o subgéneros de literatura de miedo. Es mucho más complejo, más sutil y refinado. Mucho más subyugante.

Y ahí entronca con el recuerdo que yo tenía de los cuentos de Borges. Luego he descubierto que el argentino se consideraba deudor del francés. Hay muchos fragmentos en estos cuentos, más de una treintena, que merecen ser rescatados. Escojo por ejemplo el arranque de “El cuento de los huevos”:

Había una vez un pequeño y bondadoso rey (no busquéis otro, la especie se ha extinguido) que dejaba a su pueblo vivir a su antojo: creía que era un buen medio de hacerlo feliz. Y él mismo vivía al suyo, piadoso, bonachón, sin escuchar nunca a sus ministros, porque no los tenía, y celebrando consejo únicamente con su cocinero, hombre de gran mérito, y con un viejo mago que le echaba las catas para entretenerlo. Comía poco, pero bien; sus súbditos hacían lo mismo; nada turbaba su serenidad; cada cual era libre de cortar su trigo en agraz, de dejarlo madurar y guardar el grano para la próxima siembra. Era realmente un rey filósofo, que hacía filosofía sin saberlo; y lo que muestra bien que era sabio sin haber aprendido sabiduría es el maravilloso caso en que pensó perderse, y su pueblo con él, por haber querido instruirse en las máximas saludables.

Ocurrió que un año, hacia el fin de la cuaresma, aquel buen rey mandó llamar a su mayordomo, que se llamaba Fripesaulcetus o algo parecido, a fin de consultarle sobre una grave cuestión. Se trataba de saber lo que comería Su Majestad el domingo de Pascua.

Da buena idea de lo que un lletraferit encontrará  en estas jugosas páginas. Anatole France, como recoge el traductor en su texto introductorio, lo captó de maravilla: “todos estos cuentos son raros o curiosos, de un sentimiento extraño, con una especie de magia de estilo y de arte”.

Es eso, sin más.

Piezas de un puzzle inacabable

Hay una tenue trabazón que no sé en dónde nace pero que va surcando algunas de las muchas lecturas que durante años he acumulado con la Guerra Civil como protagonista o escenario de lo narrado. Los condensados libros de Juan Eduardo Zúñiga, “A sangre y fuego” de Chaves Nogales, algunos de los “Campos” de Max Aub, “Incerta glòria” de Joan Sales, “Días de llamas” de Juan Iturralde”, el “Homenaje a Cataluña” de Orwell y una colección de relatos de Alberto Méndez, alguien que no vivió la contienda (todos los anteriores sí) pero que debió de sufrir en sus carnes la condición de derrotado durante la posguerra. Son cuatro cuentos, sutilmente relacionados entre ellos, que publicó Anagrama con el título “Los girasoles ciegos” y que supusieron el reconocimiento casi unánime de la crítica y el favor de los lectores. El autor, desgraciadamente, disfrutó escasamente de tan merecido éxito literario y murió poco después de dar el original a la imprenta.

los girasoles ciegos_anagrama

En la estantería imaginaria de esta selección de “libros de la guerra” la lógica que los reúne tiene que ver con las dramáticas realidades que han de vivir sus personajes. Situaciones límite en las que para ser un héroe basta con no humillar a nadie o, todo lo contrario, momentos en los que hasta el más íntegro tiene que renunciar a su esencia más íntima si quiere vivir un minuto más, un día más. El lector asiste anhelante a estas disyuntivas, feliz de no tener que tomar la decisión, contrito si el resultado de tal determinación no es el que más le satisfacía desde la comodidad de ser un mero espectador.
La proximidad de nombres, el reconocimiento de paisajes que se intuyen propios, la abundante información que cada uno acumulamos sobre historias que nuestros abuelos y padres vivieron bien de cerca, hace que muchas novelas sobre la Guerra Civil sean en buena medida nuestras historias, las que han construido (aunque sea con material de derribo) la sociedad que hoy combatimos por momentos para hacerla más habitable en otros ratos.
Leo ahora en una noticia de El País que 12 años después de la muerte de su autor, la novela de Alberto Méndez sigue contando con el favor del público, la recomendación de los libreros y es libro de lectura habitual en los planes de muchos institutos. Eso hace que cada año se sigan vendiendo entre más de 10.000 ejemplares (Herralde dixit). Dicen que lleva acumulado más de medio millón de lectores en todo el mundo y se acaba de publicar un libro con las actas de un congreso celebrado en Zúrich en 2014 y organizado por las profesoras Itziar López Guil y Cristina Albizu. Las ha publicado Antonio Machado Libros.

los girasoles ciegos_circulo
Tardé en leer “Los girasoles ciegos” y no recuerdo por qué. Lo hice en una edición de Círculo. Quedé impactado. Un militar nacional que deserta cuando faltan horas para que los suyos tomen Madrid; un derrotado que asiste en los montes a su compañera, de parto, cuando ambos huían en pos de su fatídico encuentro con el destino; un condenado a muerte que asegura conocer al hijo de uno de los hombres que lo juzgan, desaparecido en la guerra: un auténtico bestia cuya biografía edulcora el condenado para así mantener el interés del juez (y de su mujer, especialmente) y así gambetear con la muerte y ganar horas y hasta días de vida añadida; y un topo que asiste impotente a que su mujer acceda a las pretensiones de un cura rijoso a cambio de que éste no abra la boca y descubre su escondite. No es “otra maldita novela sobre la guerra civil” (parafraseando a Isaac Rosa) y sí un relato sombrío, desasosegante, fatal, de unos años y unas gentes que lo perdieron todo en un conflicto tan salvaje.
Piezas, una vez más, del puzzle que todavía hoy queremos componer sin saber muy bien ni la cantidad de fragmentos que lo conforman ni, lo que es más extraño, cuál es la escena que nos encontraremos al final, cuando todo encaje más o menos, si es que eso es factible.

Cómo se escribe una novela (dos lecciones)

Debe de ser que el oficio de novelista proporciona a quien lo desempeña con brillantez algunas habilidades extra, como para ser capaz de desmenuzar sus relatos por partes y volverlos a presentar, incluso enseñando las costuras, como si fueran piezas acabadas en las que hasta los pespuntes son dignos de admiración.

Hace poco, en su sección semanal en el suplemento literario del diario en catalán Ara, Eva Piquer despachaba en tres palabras la “Operación Dulce” (Anagrama, 2013) de Ian McEwan como una “novela de espías”. O no tenía más espacio para poder matizar o no había caído en todo lo que contiene esta novela, sí, de espías ambientada en plena Guerra Fría, en la que una meritoria del MI5, Serena Frome, debe reclutar escritores con futuro para escribir obras que puedan ser leídas como propaganda anticomunista.

operacion dulce

Es verdad que el relato se perfila como una operación secreta, que se describen con cierto detalle algunas fases del reclutamiento de miembros del MI5 y que en la trama se suceden episodios que parecen salidos de una película de James Bond. En realidad, el de espía no es más que un disfraz con el que McEwan se presenta en una fiesta literaria a la que nos invita, y de la que a veces nos enseña hasta la tramoya o el cuarto de las escobas.

El juego literario se presenta desde la primera línea (“Me llamo Serena Frome y hace casi cuarenta años me encomendaron una misión secreta del Servicio de Seguridad británico”), donde el autor se trasmuta en una narradora que además lo hace en primera persona. El artificio está servido y pronto se irá desplegando una gran variedad de recursos con el propósito de mostrar las vacilaciones que provoca el acto creador, poner en evidencia las entretelas de los premios y otros elementos promocionales de un autor casi desconocido, homenajear a las personas “normales” que acompañan al escritor en su proceso creador y hasta dar consejos sobre cómo abordar un bloqueo creativo. Selecciones de noticias, reseñas y críticas literarias, cartas cruzadas entre los protagonistas, fragmentos de la novela que escribe el autor reclutado por Serena, recuerdos envueltos, todos ellos, en un relato que es de por sí un recuerdo de cuatro décadas atrás… Como ha señalado oportunamente Javier Aparicio Maydeu en otro libro imprescindible a pesar de su desorden y desmesura, “la metaficción como anfetamina de la creación”. Y dejemos la categoría de “novela de espías” para el que solo se queda en la superficie, deslumbrado por la brillantina del disfraz.

Tampoco son novelas negras las tres que publicó Ramiro Pinilla otorgando el protagonismo a su librero convertido en detective privado. Y eso que responden a los cánones del género casi al pie de la letra: el muerto está ya en la primera página, los sospechosos más evidentes son al final más inocentes que el lector, el detective fuma Lucky, viste abrigo y va tocado con sombrero y los títulos no pueden ser más admonitorios: “Sólo un muerto más”, “El cementerio vacío” y “Cadáveres en la playa”. Publicadas por Tusquets en 2009, 2013 y 2014, poco antes de la muerte de Pinilla esta última, ha sido Círculo quien las he recopilado en una llamada “Trilogía Samuel Esparta”.

trilogia samuel esparta

Ya de buen comienzo Pinilla pone las cartas sobre la mesa y crea un detective que evoca indefectiblemente al Sam Spade de Dashiell Hammet. El seudónimo de Samuel Esparta lo elige el librero de Getxo Sancho Bordaberri, que cambia de nombre para cambiar de actividad y dejar la librería Beltza en manos de su ayudante Koldobike mientras él inicia las pesquisas que le llevarán a resolver misterios y, sobre todo, le permitirán escribir novelas que nos son más que el relato fidedigno de todo el proceso investigador, sin dejar nada en el tintero. Sabemos cómo avanza la investigación porque estamos leyendo la novela que se inspiró en ella y tenemos acceso a la novela porque hay una investigación en marcha.

Sancho Bordaberri, cansado de su fracaso como escritor de novela negra ambientando sus historias en Nueva York, decide mirar hacia su propio pueblo y ponerse a investigar un crimen ocurrido años atrás en la playa. Dos hermanos fueron encadenados en la playa y uno de ellos murió con la subida de la marea, el otro se salvó. Son los años de la posguerra y Getxo acoge, además de a la nobleza del hierro y el carbón vizcaínos, a muchos perdedores que lo son por partida doble: por vascos y por rojos. En medio del silencio impuesto por la dictadura Bordaberri/Esparta salda con éxito su primer caso y su fama, para bien o para mal, permitirá que los getxotarras lo contraten en el futuro para desenmascarar otros crímenes de enjundia.

Algunos de los protagonistas de las dos nuevas novelas se saben inmersos en una narración que un día será publicada y establecen con el narrador (el propio Esparta) juegos metaficcionales que al autor Pinilla le sirven para guiñar el ojo a sus lectores. Quejas sobre lo poco que se leía (y se lee) en este país, comentarios sobre las buenas ventas de “Cien años de soledad”, quejas sobre los editores y los distribuidores (que a buen seguro festejarán los libreros) y otros muchos detalles que a veces tienen de autoparodia una serie de novelas que pueden parecer un divertimento pero que los lectores de Pinilla sabemos que se tomaba muy en serio.

Son tres libros en absoluto menores que, sobre todo en el caso del primero, se podrían entender como subtramas de “Verdes valles, colinas rojas”, la monumental trilogía que a tantos lectores encandiló y que sacó del ostracismo a Pinilla. No en vano, aparecen mencionados Roque Altube, Madia o Magda (sigue sin aclararse el nombre), Ella, el maestro… Y está omnipresente Getxo, y el miedo que siguió a la guerra, y la situación paupérrima en que quedó el país en todos los sentidos, y las características tan definitorias de lo vasco que hemos visto en toda la obra de Pinilla…

Son tres novelas fabulosas por el juego metaliterario con el que están trenzadas y son muy entretenidas, acercando el género negro a los caseríos de la margen derecha de la ría del Nervión y sustituyendo los problemas de alcohol, drogas o discriminación debido a cuestiones de raza por deseos de venganza que alimentan varias generaciones de una familia vasca, agravios surgidos de la guerra civil o supersticiones atávicas de un cementerio que se vacía por debajo, horadado por las olas que quieren que dos amantes enterrados al lado el uno del otro viajen abrazados sobre el agua por toda la eternidad.

Dice Sancho Bordaberri, totalmente metido en un papel de Samuel Esparta en un momento de la segunda novela: “No soy un justiciero, sólo rastreo realidades para engarzar una trama”.

Koldobike, su ayudante (que llega a teñirse de rubia cuando Esparta se pone en acción para así estar más a tono con las novelas de Chandler o Hammet) le die pocas líneas más adelante: “La novela está llena de elecciones tuyas. ¿Cómo te las arreglas para engañarte creyendo que la novela baila sola? ¡Tú eres también la realidad!”.

Dan ganas de aplaudir.