La dama de las abejas

Hay muchos autores a los que quizá hubiera acabado llegando, pero los descubrí de manera caótica durante mis años universitarios gracias a un amigo que ha acabado siendo un hermano. Era entonces librero en el campus de Leioa y te recomendaba títulos en cuanto le dabas la mínima opción. Luego ha sido muchas cosas en el mundo del libro, siempre peleando en la calle para vender papel, en los lugares más insospechados, ya sea el hall de una estación de tren centenaria, en un puesto de libro de saldo o en las librerías más elegantes.

No sé cuántos miles de libros habrán pasado por sus manos… y por sus ojos. Porque también es un lector empedernido, de los que acumulan ejemplares en cualquier estancia de la casa. Cuando viví con él a diario le daba a la filosofía, ya fueran manuales o textos clásicos que le pedían que leyera en la carrera, porque también estudiaba. Picoteaba novelas, especialmente de autores latinoamericanos, porque vivió en Uruguay en su infancia. Y recomendaba lecturas de siempre, de las que encandilaban a los niños y adolescentes de hace cuarenta años: Jack London, Lovecraft, Herman Hesse, Delibes…

Gracias a Ramón descubrí, en ese caos lector en el que ambos nos encontramos a gusto, a autores tan alejados como Indro Montanelli y Mario Benedetti, a sus paisanos Eduardo Galeano y Onetti, a los historiadores Cotton & Palmer, a Borges… Y sigue recomendándome libros en nuestros encuentros anuales. Ahora le ha dado por montar un huerto en el jardín de su casa, explora los beneficios de algunas corrientes filosóficas orientales (con prácticas como saludar al sol de buena mañana, tener organizada la biblioteca para que reine el equilibrio interior y cosas así). Y está leyendo historias de eso que llaman “nature writing” y que parece que tiene su origen en “el regreso a los bosques” de Thoreau.

Hace un par de semanas me dio un libro de Errata Naturae y me dijo que creía que me iba a gustar, mientras me hablaba de una cuidadora de abejas y de su vida alejada del mundanal ruido. Como hace muchos años me leí “Walden” y me dejó la sensación de que Thoreau era un misántropo que no se aguantaba ni a sí mismo (no hay más recordar la precisión con la que anotaba los clavos que había comprado para apuntalar la casa), temí que “Un año en los bosques”, de Sue Hubbell, fuera en la misma línea. Me gusta mucho el catálogo de Errata Naturae, por la personalidad que demuestra y las ideas tan claras que defiende, y me había fijado en esa especie de colección “Libros salvajes” para urbanitas estresados que nunca tendrán el valor de enviar a hacer puñetas la ciudad y recluirse en la naturaleza, adonde no pueda llegar el 4×4 del anuncio.

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Este libro se publicó en inglés en 1986 y no se tradujo al castellano hasta 30 años después. La protagonista es una mujer nacida en 1935 que estudió periodismo, fue librera y bibliotecaria, ejerció como activista por la paz y un día se fue a una zona apartada de Misuri con su marido, que la dejó poco después. Se hizo apicultora y cuando tenía la cantidad suficiente de galones de miel, se iba con su furgoneta a vender su producto en tiendas chic de Boston o Nueva York. No es fácil vivir en granjas que quedan aisladas durante semanas en invierno a causa de la nieve. No es fácil ser pobre en medio de unos bosques en los que hay que volver al trueque para solventar necesidades tan cotidianas como arreglar el motor de la furgoneta. Y todo se complica cuando hay que volver al activismo de la juventud para defender el territorio de una presa planteada como espacio recreativo por el gobierno local sin contar con los vecinos que, en algunos casos, llevan generaciones cuidando el “jardín”.

Lo que mi amigo Ramón me dejó sin tener muy claro qué me daba ha resultado ser un libro ameno, interesante, repleto de historias mínimas e inolvidables, fruto de unas vivencias que enseguida encontrarán la complicidad del lector. Nada que ver con Thoreau; los bosques de Sue Hubbell están llenos de humor, de admiración hacia las gentes que los pueblan, de cariño hacia los familiares que llegan para echar una mano pero enseguida tienen que regresar a la ciudad. El relato de investigaciones científicas de lo más acotadas se hace perfectamente inteligible a un lego en la materia como yo. La descripción de un pájaro de paso que está migrando y descansa junto a la casa de Sue se convierte en otro guiño entre la autora y sus lectores, que la envidian por tener esa doble suerte de disfrutar de ese espectáculo de la naturaleza siendo plenamente consciente de él. Todos conocemos urbanitas que van al monte buscando el paisaje y preguntan por él como quien busca una tienda para comprar el cargador de un móvil.

Cuando llevamos las suficientes páginas como para considerar a la narradora una amiga entrañable, hace uno de esos ejercicios a los que todos hemos jugado alguna vez y empieza a pedir: “Quiero azulillos índigo cantando sus pareados a primera hora de la mañana. Quiero leer José y sus hermanos de Thomas Mann otra vez. Quiero hojas de roble y flores de cornejo y luciérnagas. Quiero saber cómo está la tierra de Coon Hollow, al norte. Quiero que Asher se entere de lo que les pasa a los ácaros del oído de las polillas en invierno. Quiero enseñarles a Liddy y a Brian las enormes rocas que hay al fondo de la hondonada del arroyo. Quiero saber mucho más sobre las arañas morgaño. Quiero escribir una novela. Quiero bañarme desnuda en el río al calor del sol”.

Dice al final que quiere “el mundo entero, y también las estrellas”. Y nosotros queremos compartirlo todo con ella… y probar un poco de esa miel que debe de saber a gloria.

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Cuentos de antología

Durante algunos años me dediqué profesionalmente a buscar fotos para ilustrar obras enciclopédicas. En la era pre-internet no resultaba sencillo localizar según qué personajes. O habían dejado poco rastro gráfico o allá donde había una foto en blanco y negro, desvaída, tampoco era fácil acceder, por las distancias físicas, por el coste de una simple llamada telefónica, por el material en el que estaba guardada o por las transformaciones que necesitaba para acabar impresa en una hoja de papel de lo más normal y corriente.

No hace tanto de esto, bastante menos de veinte años, y ya suena a batallita del abuelo Cebolleta. De aquellas búsquedas me quedó el recuerdo de un par de escritores especialmente escurridizos, con nombres de pila bien sonoros, quizá para compensar apellidos tan convencionales: Felisberto Hernández y Macedonio Fernández. Al primero no logré ilustrarlo, al otro sí, con una foto tramada que parecía rescatada de algún recorte de periódico.

Me he encontrado con ellos (y con Roberto Arlt, que también me provocó quebraderos de cabeza hasta que conseguí un retrato suyo que se ha convertido en canónico, en una rotunda combinación de luces y sombras en la que destaca un mechón del flequillo con caída a la derecha), digo que los he encontrado a todos juntos en un libro que parece la carta de un restaurante de postín, por la salivación que produce dar una lectura somera al índice. Lo acaba de reeditar Alianza (la primera aparición es de 1992) con una cubierta de Manuel Estrada que tiene algo de poema visual.

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Esta recopilación de narraciones breves hispanoamericanas, escritas en el siglo XX, se presenta en dos volúmenes, con introducción y biografías de José Miguel Oviedo, que también es el responsable de seleccionar la cuarentena de voces. Explica el antólogo que esta “lectura personal de un repertorio de obras” es una selección de “los cuentos que mejor muestran la diversidad del género” en el siglo que se fue, como preparándose para recibir las primeras quejas de los que echen en falta a este u otro autor. Puede sorprender encontrar textos de escaso recorrido de autores que no nos suenan de nada, cada cual echará en falta a alguien, ya sea Eduardo Galeano, Cabrera Infante o unas cuantas mujeres más.

Establece Oviedo una clasificación en cuatro apartados, bastante bien fundamentados los tres primeros, que se deshilacha al final, cuando el cuarto capítulo agrupa los textos con un vaporoso epígrafe: “Otras direcciones, desde el boom”. Con el boom como protagonista estelar el segundo volumen (que tiempo habrá de comentar) acoge una selección de vacas sagradas de las que hemos leído casi todo, y que han sido reconocidas con todo tipo de galardones: hay no menos de 3 Nobel de literatura, muchos premios Cervantes y hasta un par de mujeres: Elena Poniatovska y Rosario Ferré.

En el primer volumen están los escritores agrupados dentro de la tradición realista, “criollistas, indigenistas y neorrealistas”, por un lado; y los innovadores, por otro, con espacio para el “cuento fantástico, vanguardista, especulativo y humorístico”. En todos ellos encontrará el lector acicates para profundizar, para buscar más. Los comentarios biográficos de José Manuel Oviedo son muchas veces de una sutileza clarividente. Dice, precisamente de Macedonio Fernández, que era “un maestro en el arte de estar siempre en otra parte”. Al describir el gusto rutinario de los oficinistas colombófilos que protagonizan un cuento del uruguayo Carlos Martínez Moreno, recupera un fragmento que explica que “los condenados a galeras se juntaban a remar, una vez libres”. Se desprenden ciertos prejuicios en los perfiles de algunos autores (por ejemplo, la defensa del castrismo por parte de Benedetti) al tiempo que se soslayan episodios oscuros de otros, como los vaivenes pinochetistas de Borges. No obstante esto, la contextualización de los relatos seleccionados en el conjunto de la obra de cada escritor está lograda y hay aseguradas unas cuantas horas de felicidad lectora. Dos cuentos míticos de Borges (Funes el memorioso y El Aleph) ejemplifican esa “literatura al cubo” del argentino; otro escrito al alimón con su compadre Bioy Casares sirve para recuperar a H. Bustos Domecq, escritor falso de relatos bien ciertos, aunque basados en una concatenación de juegos literarios.

Son imperdibles otros textos de difícil localización, como el despiadado Pequeños propietarios, de Roberto Arlt; el onírico El balcón, de Felisberto Hernández, o el demoledor relato del puertorriqueño José Luis González, titulado En el fondo del caño hay un negrito. Y así hasta completar 400 páginas. Que se leen de un tirón y quedan revoloteando en la memoria, como las fotos de ese álbum que uno no sabe si volver a mirar o mejor dejará reposar en un cajón, a la espera de olvidarlo para volver a descubrirlo.