¿Quién mató a la agente?

Marcelo Chiriboga fue la aportación ecuatoriana al “boom”, un movimiento literario que cada vez tiene más detractores y en el que cada casi país de Latinoamérica tuvo su escritor: el colombiano García Márquez, el peruano Vargas llosa, el mexicano Carlos Fuentes, el chileno José Donoso… Chiriboga se enfrentó a los fantasmas de la historia de su país, en especial la guerra que sostuvieron sus paisanos con el Perú, en una novela titulada La línea imaginaria. Fue glosado por sus colegas Donoso y Fuentes, protagonizó el documental Un secreto en la caja (estrenado hace un par de años en Madrid) y ahora vuelve a estar de relativa actualidad porque aparece como secundario en otra novela, esta vez del peruano Jorge Eduardo Benavides.

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La obra, titulada “El asesinato de Laura Olivo” y publicada por Alianza, fue galardonada hace unos meses con el premio Fernando Quiñones y tiene el aliciente añadido (para los letraheridos) de que desarrolla su negra trama en el mundillo editorial, con el asesinato de una agente literaria. Entre tantos escritores y agentes no es extraño que encuentre su espacio el mencionado Chiriboga, o mejor dicho, su viuda.

Y eso que tiene algo más que mérito enviudar de alguien que no existió, salvo en la imaginación de un grupo de escritores que fueron haciendo la pelota más y más grande, hasta el punto de que hay libreros en Ecuador molestos con esta pantomima, cansados de que aparezcan lectores que les llegan pidiendo la obra canónica de Chiriboga. Esa broma que empezó hace unas décadas, con sendas novelas de los mencionados Donoso y Fuentes, no se quedó solo en el escritor. Hubo toda una galería de personajes ficticios, con rasgos fácilmente identificables en personas reales, que en algunos casos crecieron y habitaron en otras obras. Fue el caso de la agente Nuria Monclús, en la que se podía intuir como mínimo el aspecto físico de Carmen Balcells. De la historia que noveló José Donoso en “El jardín de al lado” saltó la agente del “Boom” a otra donde no salía muy bien parada. Se titulaba “Sudor”, era de Alberto Fuguet, otro chileno del que hablamos aquí, y también tenía como protagonistas a uno de esos popes de la literatura americana. En esta entrevista el propio Fuguet lo explica con pelos (y nunca mejor traído) y señales.

Como la ficción no tiene nada que envidiar a la realidad, la Monclús tuvo una hija, Clara, que también se acabaría convirtiendo en agente literaria y, por qué no, acabaría recalando en otra novela, la referida de Jorge Eduardo Benavides, la que cuenta una serie de asesinatos con el mundo literario como telón de fondo. En esta especie de juego de espejos que ya se antoja infinito la Monclús hija tiene un papel protagonista, en una obra coral con una treintena larga de personajes, que van descubriendo al público sus coartadas (o esconden las pruebas que les incriminan) de manera simultánea a que las conozca el Colorado Larrazábal, un personaje pintoresco: vasco de origen, peruano de nacionalidad, de piel negra (por eso lo de “colorado”, para más lío), afincado en Lavapiés y con verdaderos problemas para volver a su país, del que salió por patas, tras investigar a un político del régimen de Fujimori.

“El asesinato de Laura Olivo” es una novela entretenida, con una trama enrevesada que se va desplegando sin darle un respiro al lector. Hay una historia de amor que discurre a la par que avanzan las pesquisas de Larrazábal, con viajes de Madrid a Barcelona incluidos. Casi nadie es lo que dice ser y laten sentimientos de venganza, rencores profesionales, afán de protagonismo y un punto de esnobismo. Los guiños al mundillo literario habrán propiciado que más de uno busque las claves de una novela que esconde, seguro, algún dardo envenenado. El hecho de que el mencionado Chiriboga tenga cierto protagonismo, con cameos como el de Jorge Edwards o el de un escritor de best sellers al que cada uno le pondremos una cara y un apellido salpìmentan esta historia que seguro proporcionó al autor un montón de buenos ratos, intentando limar las aristas de algún escritor demasiado reconocible, deseando que alguna agente literaria se llevara un buen susto, quizá no tan drástico como el que se lleva Laura Olivo.

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