Aturada general

Cunde un silencio peculiar hoy por Barcelona. Hace dos días se votó en una consulta real que se decretó que fuera irreal. Su resultado, irreal también por tantas irregularidades, está desencadenando un aluvión de hechos bien reales, como este silencio estruendoso que invade esta gran ciudad. Fueron también muy reales las hostias que repartieron miles de policías alojados durante unos días en lo que parece más inverosímil: un crucero pintado con los monigotes de la Warner Bros.

Desde dentro de Cataluña, independientemente de nuestras convicciones y anhelos más o menos disolventes, no acabamos de entender lo que consideramos una reacción desaforada. Llevamos años de manifestaciones que, más que pedir, se limitaban a mostrar, y no habíamos pensado que pudiera apalearse a gente que se había acostumbrado a ir a una concentración como quien va de concierto de Festa Major. La lógica familiar que no dudaba en cargar con niños de cualquier edad para ponerlos detrás de una pancarta se ha visto desarmada. En el silencio que hoy ocupa las calles de Barcelona hay algo de incertidumbre, porque los grupos de whatsapp que en convocatorias anteriores se limitaban a concretar dónde quedar, ahora avisan de que puede haber infiltrados que alienten la violencia para desprestigiar esta autodenominada “revolta dels somriures”.

Hoy Barcelona está parada. En el barrio desde el que escribo solo abren sus puertas algunas tiendas non-stop, unos bares y las oficinas de La Caixa. Se prepara una de esas manifestaciones grandiosas mientras las redes avisan de que los buses no circulan porque las calles están llenas de gente, la red de metro está sin servicio y las familias empiezan a caminar sin saber muy bien si podrán a llegar a los puntos de encuentro.

Esa Barcelona hoy convulsionada fue convulsa en el pasado. Su tradición levantisca, de reacciones mucho más airadas, ha protagonizado muchas novelas y películas. Conocer ese pasado ayudaría a entender por qué este silencio de hoy, por qué la firmeza de tanta gente defendiendo ser preguntada. Saber por qué hay este silencio hoy quizá ayude a imaginar un futuro menos incierto. Una novela titulada “La fada negra”, publicada por Planeta y galardonada con el premio que más dotación económica tiene en la lengua catalana (el Premi Josep Pla) aborda la “jamància”, una revuelta poco conocida acaecida en 1843. Pocos meses antes, la ciudad había sido bombardeada por orden de Espartero, autor de una cita que aparece regularmente, en boca de bocazas y demagogos: “para que España vaya bien hay que bombardear Barcelona cada 50 años”. El autor de esta novela, Xavier Theros, debía de rumiar desde hace tiempo la historia que ha construido en torno a esta revuelta. Aquí se puede leer un texto que publicó en El País hace unos años. En este diario antes y últimamente en Ara van apareciendo piezas breves de Theros que siempre saben a muy poco. Conoce la ciudad del pasado palmo a palmo, rastrea en los rincones del presente las huellas que dejaron militarazos y pescaderas, menestrales y obispos.

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Ese dominio de la ciudad, esa capacidad para pasear por espacios desaparecidos hace décadas es lo mejor de “La fada negra”, una novela que combina acción, intriga y hasta pasión amorosa, ingredientes habituales en un thriller que se precie. Adolece, en cambio, de un historicismo, de una elocuencia y una precisión por el detalle que rompen el ritmo narrativo y parecen descansos que el autor toma para no perder él mismo el hilo. Son buena muestra las páginas 245-255, la 285, pero hay muchas más. El autor, más que el narrador, necesita poner en antecedentes a los lectores para ir introduciendo nuevos nombres, para contextualizar determinados giros en la narración. Y le va instruyendo, con la mejor intención pero con resultados dolorosos para la narración, que por momentos parece un ensayo histórico, de nivel, eso sí.

Las andanzas de Llàtzer Llampades, reconvertido en policía después de que un oscuro episodio del pasado le obligara a dejar la marina mercante y también a su familia, nos llevan por calles oscuras de la Barcelona aneja a la Rambla. Quedan fuera de las murallas las villas de Gracia, de Sant Martí, Sants… Corre el siglo XIX y empieza a atisbarse una especulación inmobiliaria que estallará pocas décadas después, retratada con más humor y sutileza por Eduardo Mendoza en “La ciudad de los prodigios”. En el fondo de todo el relato de Theros está ese deseo de enriquecimiento rápido, a expensas de decisiones políticas y corrupciones variadas. Si la tradición levantisca de Barcelona no ha languidecido con el tiempo tampoco se puede decir que los corruptos de ahora no tengan antecesores en los que inspirarse.

Esta novela, que parece un producto concebido para lograr un éxito de público, fue precisamente el libro más vendido en catalán en el último Sant Jordi. No es una obra desdeñable, en absoluto. De la pericia de Theros para explicar historietas dan fe sus colaboraciones en la prensa, antes mencionadas. Su colaboración con el malogrado Rafael Metlikovez, en un dúo alucinante llamado “Accidents Polipoètics”, ofrece una muestra de su amplitud de registros.

El fragor de la batalla, el ruido de los bombardeos, las escaramuzas por los callejones que rodean a la Ciutat Vella poco tienen que ver con el silencio que hoy impregna la movilización de miles de personas por las anchas avenidas que hay fuera de las antiguas murallas. Barcelona es el paisaje, en ambos casos.

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Islandia, el mejor país del mundo

En la última edición de las fiestas barcelonesas de la Mercè, en el Passeig Lluís Companys se ofrecía la posibilidad de ver un cine panorámico, tumbados en el suelo, cubiertos por una cúpula en la que se sucedían ocho minutos de imágenes espectaculares con Islandia como protagonista. En realidad, era un publirreportaje de un laboratorio farmacéutico (Amgen) que ha llevado a cabo una extracción de datos para secuenciar el ADN de casi la mitad de los 300.000 islandeses que pueblan la isla. Dicen que, gracias a que la población islandesa apenas se ha mezclado con gente venida de fuera durante los doce siglos que la isla lleva habitada y dado que hay un registro meticuloso de los datos de nacimiento, muerte y parentesco de todos ellos en los últimos mil años, hay un árbol genealógico inmenso que puede proporcionar mucha información genética a la hora de conocer dónde y por qué aparecen determinadas enfermedades y, lo que es más importante (y monetizable) cómo abordarlas de manera personalizada.

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El vídeo en sí es más espectacular que informativo, pocos datos pero bellamente ilustrados con paisajes alucinantes, auroras boreales y naturaleza en plena ebullición. Acababa de leer un libro pequeñito, publicado en 2016  por Cuadernos del horizonte, titulado “Crónicas de Islandia”, y que aglutinaba en algo más de cien páginas unos cuantos reportajes de John Carlin que habían aparecido en El País entre agosto de 2006 y marzo de 2012. Ya había leído ahí sobre este proyecto de analizar el ADN de miles de personas aprovechando sus peculiares condiciones de “no contaminación”. Cayó en libro en mis manos como regalo de Jot Down, al comprar una revista dedicada a las islas. Creo que habíamos leído en familia algunos de estos reportajes hace más de una década, y que ellos fueron la espoleta que motivaron precisamente uno de los viajes que recuerdo con más placer: once días recorriendo Islandia, en un viaje circular a través de la única carretera totalmente asfaltada que rodea la isla. Fue en agosto de 2008 y con frecuencia vuelven a mi memoria flashes de aquellas jornadas que parecían eternas, con un sol que no acababa de esconderse y una sensación de estar pisando tierra que estaba viva, y que hacía todo lo posible por hacerlo patente.

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Dice John Carlin en este librito que es “el mejor país del mundo”, y por todo lo que va apareciendo en sus reportajes es difícil contradecirlo. Son escasamente 300.000 personas absolutamente tolerantes, donde abundan los escritores y, lo que es mejor, los lectores; que viven en un paisaje de ensueño, herederos de una tradición en las que las mujeres tienen un protagonismo esencial y donde no parece haber sitio para los celos ni los resquemores. Es habitual tener varias parejas a lo largo de la vida, así como hijos con todas ellas, desde bien jóvenes. Nadie se rasga las vestiduras, todo el mundo participa de la educación de todos los miembros de la familia. Apenas hay delitos, porque todo el mundo se conoce.

Durante los días en que anduve arriba y abajo por la isla me sorprendieron muchas cosas: la calle estaba llena de gente a cualquier hora, incluso de madrugada. Hacía fresco durante algunos momentos del día, pero el sol era bienvenido y nadie quería ausentarse. En los pueblos más solitarios (o en el centro de Reikiavik) las bicis estaban apoyadas en una farola, en una valla, sin necesidad de candados a pruebas de bomba como ocurre en Barcelona ahora mismo. Nadie las iba a robar. En sus paisajes espectaculares echaba en falta los árboles, apenas se veían. Por la carretera que daba la vuelta a la isla, donde no se puede circular a más de 90 km/hora, aparecía de vez en cuando una especie de podios con coches destrozados, a modo de memento mori. En los campos, recién cosechados, las balas de paja estaban envueltas en plásticos y con dibujos coloridos. De vez en cuando aparecían una muñeca hinchable y un maniquí masculino en posturas elocuentes que uno no sabía si eran espantapájaros, arte efímero o pura coña marinera. Y el agua corría por doquier. Cascadas espectaculares, glaciares, ríos, la inmensidad del cercano océano Ártico, los geiseres… Todo era agua en la isla más septentrional. Explicaban los paneles que las casas de casi toda la isla disfrutaban de agua caliente gracias a unas canalizaciones que explotaban esa energía geotérmica venida del subsuelo. El estruendo de las piezas enormes de hielo que se rompían al llegar al mar se asemejaba al de millones de litros cayendo por minuto desde cientos de metros, en algunas de las cascadas más espectaculares del mundo.

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En los núcleos habitados, allí una ciudad de 3000 habitantes ya es una urbe, sorprendía la limpieza de todo, las fachadas coloridas de las casas, las atestadas librerías en un pueblo de escasamente 500 almas. La tierra ruge y, aunque parece imperceptible, tienes la sensación de andar pisando los sueños de miles de antepasados.

Muchas de estas cosas las cuenta John Carlin en su libro, aunque él tiene la habilidad de hablar con muchos islandeses, incluso antes de salir de Barcelona, cuando se entrevista con Eidur Gudjohnsen, que entonces jugaba en el Barça. Él le pone en la pista de las personas a las que tiene que visitar. Carlin muestra de maravilla la evolución de la isla, con esa crisis económica que rompió el sueño de sus habitantes y permitió que muchos europeos (ante la debilidad momentánea de la corona islandesa) pudiéramos hacer el viaje de nuestras vidas. En esta serie de reportajes (que todo hay que decirlo, podrían haber sido objeto de una mínima edición para evitar repeticiones) se puede seguir el resurgir de la sociedad islandesa, gracias precisamente a las mujeres, a las que debiéramos encomendarnos cada cierto tiempo para atenuar tanto exceso de testosterona.

Volver a viajar por Islandia gracias a este libro de John Carlin es un regalo, que engrandece los recuerdos de una visita que tanto ansiamos repetir.

Cómo se fabrica un best seller

Escribía hace poco Rosa Ribas en El Periódico de Catalunya un artículo en el que repasaba “los libros expuestos a la ofensa pública del abandono” en una estación de metro de la plaza de Merianplatz, cercana a su casa de Frankfurt. Repasaba someramente  títulos y autores y no eran muy diferentes a los que se pueden encontrar en los espacios habilitados para el bookcrossing en las bibliotecas y centros cívicos de Barcelona: Susanna Tamaro y Patrick Süskind se alternan en Alemania con los “locales” Johannes Mario Simmel y Hera Lind, como ocurre en las mesas barcelonesas con los best seller de Vázquez Figueroa o Corín Tellado, en dura pugna con “Los cipreses creen en Dios” o los tomos de las enciclopedias que los diarios “regalaron” hace unos años y que hoy ocupan, proporcionalmente, mucho más espacio de la utilidad que proporcionan.

Esta apoteosis del best seller, como la propia Ribas comentaba, mantiene engrasada la maquinaria editorial y con sus beneficios permite que se puedan editar obras “condenadas” a públicos minoritarios. Es la cara diametralmente opuesta de una novela de David Foenkinos (él mismo un autor de ventas masivas en su Francia natal y no desdeñables en otras lenguas), que acaban de publicar Edicions 62 en catalán y Alfaguara en castellano. Se titula “La biblioteca dels llibres rebutjats” en la versión catalana y aborda, como avanza el título, el destino que le espera a los manuscritos que desdeñan las editoriales. Una novela de novelas, incluso de best seller, que ha despertado la atención de los suplementos literarios porque se inspira en una iniciativa bien real, The Brautigan Library, en EEUU.

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Esta peculiar “biblioteca de bodrios” aparece en las primeras páginas de la novela de Foenkinos, como si fuera necesaria la explicación de qué viene a continuación. Enrique Vila-Matas la incluyó en su libro de “literatos” que un día dimitieron, y muchos lectores creyeron que era otra broma del escritor barcelonés. En un texto reciente en El País, volvía a hablar de ella, precisamente para anunciar que Foenkinos acababa de publicar en francés Le mystere Henry Pick, mucho menos elocuente título que el que han puesto a sus versiones en catalán y castellano.

Explicaba sucintamente Vila-Matas de dónde venía la idea de tan peculiar biblioteca, a la que llegan “con ritmo desaforado” los manuscritos rechazados por las editoriales. Este curioso almacén de obras inéditas fue mencionado por Richard Brautigan en una novela titulada “El aborto” y, tras el suicido del escritor, un admirador suyo hizo realidad aquella ficción. Pasó por distintos avatares, cerró, y renació de sus cenizas en el Clark County Historical Museum de Vancouver, en el estado de Washington. Un cartel en la entrada la autodefine como “a very public library”.

David Foenkinos imagina en Francia una biblioteca similar, en la localidad bretona de Crozon. Y a partir de ahí se van encadenando historias, se van abriendo libros dentro del libro, en lo que parece una obra de pop ups, esos desplegables que han extendido su éxito desde el público infantil hasta las franjas de edad más longevas. Es una novela en la que más de un personaje se pierde por el camino, sin demasiados remilgos por parte del narrador para justificar sus fugaces presencias.

Repleta de guiños a los lletraferits, especialmente si conocen algo del mundillo literario en lengua francesa, se recuerda la negativa de Andre Gide a publicar “En busca del tiempo perdido” de Proust como uno de los momentos cumbre de la ceguera literaria; sale escarnecido un crítico de Figaro littéraire que vivió días de gloria repartiendo o quitando laureles de celebridad y ahora se reivindica como descubridor de la patraña que se esconde tras un best seller lleno de misterios. Se menciona a Pivot y su mítico programa de entrevistas a escritores, y hay abundantes “cameos” que fortalecen esa complicidad entre el escritor y sus lectores.

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La historia parece que se centra en un pizzero de Crozon que dejó una novela en la biblioteca de libros “no queridos” de su pueblo, sin que hubiera constancia alguna de que jamás hubiera leído un libro o hubiera escrito más líneas que las de la lista de la compra. El libro se convierte en un éxito absoluto que encadena ediciones sin cesar. La gloria póstuma, porque el pizzero lleva un tiempo muerto, la viven (y hasta padecen) su viuda y su hija. Un guiño a John Kennedy Toole y su “conjura de los necios”, publicada por el empeño de la madre del escritor después de que éste se suicidara trs verse rechazado. Aparece mencionado Roberto Bolaño y su “2666”, otro caso de éxito que el autor no llegó a disfrutar después de una vida absorbido por la pasión de escribir, conocedor de que la vida se le iba a borbotones.

El lector va descubriendo más sobre las condiciones en que escribía el pizzero mientras la verdadera pareja protagonista, una editora que parece conocer las claves del éxito comercial de un libro y su novio (escritor de escaso eco) viven a la sombra de semejante bombazo. Se despliegan historias menores, ya hemos dicho que aparecen personajes que asoman la cabeza y poco más, se intuyen sorpresas más o menos desveladas y, al final, se descubre que cuando hay tanto dinero en juego las apuestas suelen ser con cartas marcadas.

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Se ha paseado David Foenkinos por la prensa española. Está en plena promoción y su obra es jugosa por lo que tiene de pedigrí cultureta con vocación de libro de ventas abundantes. Ha explicado que su vida cambió cuando una afección cardiaca lo convirtió en un lector voraz, aunque de vocación tardía. Hablábamos aquí de otra obra suya, hace bien poco. Y la comparábamos con esas pelis francesas que dejan un regusto amargo pero se ven con una media sonrisa, porque hay algo que acabará estropeando un día soleado.

Es una novela amable, entretenida, con permanentes guiños a los lectores, tentándoles la mano, por si dejan de caminar. Como pasó con “La delicadeza”, la otra novela recién mencionada de Foenkinos, aquí puede haber una película.

Y no nos importaría verla.

Piezas de un puzzle inacabable

Hay una tenue trabazón que no sé en dónde nace pero que va surcando algunas de las muchas lecturas que durante años he acumulado con la Guerra Civil como protagonista o escenario de lo narrado. Los condensados libros de Juan Eduardo Zúñiga, “A sangre y fuego” de Chaves Nogales, algunos de los “Campos” de Max Aub, “Incerta glòria” de Joan Sales, “Días de llamas” de Juan Iturralde”, el “Homenaje a Cataluña” de Orwell y una colección de relatos de Alberto Méndez, alguien que no vivió la contienda (todos los anteriores sí) pero que debió de sufrir en sus carnes la condición de derrotado durante la posguerra. Son cuatro cuentos, sutilmente relacionados entre ellos, que publicó Anagrama con el título “Los girasoles ciegos” y que supusieron el reconocimiento casi unánime de la crítica y el favor de los lectores. El autor, desgraciadamente, disfrutó escasamente de tan merecido éxito literario y murió poco después de dar el original a la imprenta.

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En la estantería imaginaria de esta selección de “libros de la guerra” la lógica que los reúne tiene que ver con las dramáticas realidades que han de vivir sus personajes. Situaciones límite en las que para ser un héroe basta con no humillar a nadie o, todo lo contrario, momentos en los que hasta el más íntegro tiene que renunciar a su esencia más íntima si quiere vivir un minuto más, un día más. El lector asiste anhelante a estas disyuntivas, feliz de no tener que tomar la decisión, contrito si el resultado de tal determinación no es el que más le satisfacía desde la comodidad de ser un mero espectador.
La proximidad de nombres, el reconocimiento de paisajes que se intuyen propios, la abundante información que cada uno acumulamos sobre historias que nuestros abuelos y padres vivieron bien de cerca, hace que muchas novelas sobre la Guerra Civil sean en buena medida nuestras historias, las que han construido (aunque sea con material de derribo) la sociedad que hoy combatimos por momentos para hacerla más habitable en otros ratos.
Leo ahora en una noticia de El País que 12 años después de la muerte de su autor, la novela de Alberto Méndez sigue contando con el favor del público, la recomendación de los libreros y es libro de lectura habitual en los planes de muchos institutos. Eso hace que cada año se sigan vendiendo entre más de 10.000 ejemplares (Herralde dixit). Dicen que lleva acumulado más de medio millón de lectores en todo el mundo y se acaba de publicar un libro con las actas de un congreso celebrado en Zúrich en 2014 y organizado por las profesoras Itziar López Guil y Cristina Albizu. Las ha publicado Antonio Machado Libros.

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Tardé en leer “Los girasoles ciegos” y no recuerdo por qué. Lo hice en una edición de Círculo. Quedé impactado. Un militar nacional que deserta cuando faltan horas para que los suyos tomen Madrid; un derrotado que asiste en los montes a su compañera, de parto, cuando ambos huían en pos de su fatídico encuentro con el destino; un condenado a muerte que asegura conocer al hijo de uno de los hombres que lo juzgan, desaparecido en la guerra: un auténtico bestia cuya biografía edulcora el condenado para así mantener el interés del juez (y de su mujer, especialmente) y así gambetear con la muerte y ganar horas y hasta días de vida añadida; y un topo que asiste impotente a que su mujer acceda a las pretensiones de un cura rijoso a cambio de que éste no abra la boca y descubre su escondite. No es “otra maldita novela sobre la guerra civil” (parafraseando a Isaac Rosa) y sí un relato sombrío, desasosegante, fatal, de unos años y unas gentes que lo perdieron todo en un conflicto tan salvaje.
Piezas, una vez más, del puzzle que todavía hoy queremos componer sin saber muy bien ni la cantidad de fragmentos que lo conforman ni, lo que es más extraño, cuál es la escena que nos encontraremos al final, cuando todo encaje más o menos, si es que eso es factible.

Chirbes, el escritor necesario

“Cuando todas y cada una de las gacetillas de folio y medio de este celebrado experto sean menos que cagadas de moscas en papel viejo de periódico, las novelas de Rafael Chirbes, las que ha escrito y las que aún faltan por escribir, seguirán alimentando la imaginación y la inteligencia de esos lectores que no dejan de buscar el fulgor de la vida y la pasión moral en la literatura”. En octubre se cumplirán 20 años de la publicación de este texto de Muñoz Molina, titulado “En folio y medio”, en el que reivindicaba la labor de los escritores y denunciaba que un crítico no necesitara más espacio que una hoja y pico para emborronar el esfuerzo de años de concepción y escritura.

Razonaba de esta manera a raíz de una crítica no sólo mala sino también “paternalista”, hecha por Ignacio Echevarría con “calculada mala fe, con extraordinaria bajeza intelectual” para juzgar “La larga marcha”, de Chirbes, recién publicada por aquellas fechas. Supe de este texto porque fue el protagonista de la primera clase de un posgrado especializado en crítica literaria al que asistí a principios de la década de 2000. Por entonces, Rafael Chirbes no gozaba todavía del favor de los lectores, tampoco había recibido los premios que acompañaron a sus dos obras más conocidas (“Crematorio” y “En la orilla”) y, ay, estaba vivo y en plena forma. En aquella clase inaugural salieron a relucir aspectos personales de la relación entre Muñoz Molina y Chirbes, que si eran amigos y el primero defendía desde su posición de éxito al segundo; que si había inquina entre el novelista andaluz y el crítico, o entre este último y escritor valenciano… El caso es que al final uno no sabía si los organizadores del posgrado nos enviaban un aviso para navegantes (en tanto que posibles críticos futuros), nos abrían de par en par la puerta de esa peculiar relación que mantienen autores y críticos (con camarillas, bandos, prejuicios y comidas y parrandas sazonadas con grandes dosis de hipocresía y fariseísmo) o, sencillamente, pretendían alimentar la polémica desde el inicio y hacernos entrar con energía en un curso de nueve meses que mostró las luces y sombras de un oficio (el de crítico) para que el que, más que estudios, debería haber la obligación de leer, leer más, leer sin parar.

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Rafael Chirbes murió este verano y dejó lista una novela que acaba de publicar Anagrama, en el arranque de 2016: “París-Austerlitz”. La crítica la ha recibido con sus mejores galas, abundantes comentarios elogiosos que han llamado la atención sobre su precipitado final en una novela de 160 páginas (corta para lo habitual últimamente en el autor), que han recalcado que se sale de la línea última de su novelística y, lo más curioso, que abundan en que –aunque póstuma– la obra se ha gestado durante los últimos 20 años, casi coincidiendo prácticamente con la época en que Muñoz Molina salió a defenderlo en público, antes de que diera sus obras reconocidas. Esta última novela dicen que entronca con “Mimoun”, la primera que publicó (Anagrama, 1988). Ambientada aquella en Marruecos, había en ella una homosexualidad latente que luego se hizo invisible y se intuía una voz muy personal que fundía el texto y el contexto, que con sus historias habría de ayudar a explicar la Historia de su generación y que tenía mucho del poso que generan las ambiciones satisfechas a medias, las esperanzas tiznadas por la decepción y la desconfianza que generan la hipocresía y el arribismo.

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Todo esto brilló en su esplendor máximo en “Crematorio” y “En la orilla”, las “novelas de la crisis”. Semejante definición creo que no le gustaba ni un pelo al novelista, pero demostró que se podía hacer literatura del contenido del telediario y convirtió el País Valencià (o Comunidad Valenciana, según gustos) en un espacio literario vagamente escondido tras nombres como Missent o el pantano de Olba, ahora ya inolvidables. La corrupción política que acompañó a la especulación urbanística es el magma en que se asientan estas dos novelas, que no son sino el relato de la desolación y las oportunidades perdidas, el lamento por la cobardía y la denuncia de una sociedad deslumbrada por el enriquecimiento rápido. Si “Crematorio” recrea en un flashback deslumbrante el ascenso y caída de Bertomeu, magnate de la construcción bien relacionado con las esferas políticas regionales, “En la orilla” registra las consecuencias de la crisis multiorgánica que arrasó con las clases medias y hundió en la miseria a muchos de los que estaban por debajo.

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El pantano cenagoso en el que arranca esta novela es la metáfora de una sociedad envilecida, donde todo lo malo parece ser posible y (lo que es peor) a la postre todo estaba permitido. La vida de Esteban la vamos descubriendo en todos sus matices gracias a la aparición sucesiva de una serie de personajes relacionados con él: su padre, del que ha acabado haciéndose cargo; Liliana, la colombiana que cuidaba al padre hasta que Esteban se quedó sin dinero para pagarle el sueldo; Francisco, su amigo de juventud, que triunfó en la capital y le robó la novia, ahora convertida en chef de lujo con estrellas Michelin; Pedrós, un constructor que ha causado la ruina de Esteban al escapar dejando un reguero de deudas; los antiguos trabajadores de la carpintería del padre de Esteban, a los que tuvo que despedir cuando le embargaron la propia empresa y sus bienes personales por la estafa de Pedrós…

En ese litoral levantino absolutamente depredado se suceden episodios de ambas novelas que parecen extraídos de la “Gomorra” de Saviano o de cualquier novela de mafiosos neoyorquinos. Historias muy telegénicas, con tiroteos, putas, cocaína y políticos venales en playas soleadas, que se trasladaron a una serie de TV titulada “Crematorio”. Diversos episodios de impecable factura técnica, con guiones bien trabados, algunas interpretaciones notables (Pepe Sancho, Montserrat Carulla) y que captaron el espíritu de las novelas de Chirbes. Como dicen que en aquellas tierras todo es posible, contaron con la financiación de Canal 9, la televisión pública dependiente del gobierno autonómico que hizo posible semejantes paisaje y paisanaje.

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Hay que leer a Chirbes para entender mejor estos últimos años y este país. Y dicen que hay que leer su última novela para entenderle mejor a él. Le ha costado toda una vida lograr el reconocimiento del público (español), como ha sido lenta la conquista de la crítica, aunque desde el principio tuvo generosos valedores. Otro día veremos, gracias el especial que le dedicó la revista Turia en su número 112 (de noviembre de 2014) cómo su obra era casi más reconocida fuera que dentro de nuestras fronteras. Así fue hasta que publicó “En la orilla”, el libro necesario que tantos lectores y críticos parecía que estuvieran esperando (Herralde dixit).

Javier Cercas es Enric Marco

“Una novela de no ficción”, así es como Javier Cercas define en varias ocasiones el libro que se trae entre manos, una obra híbrida en la que a menudo el lector asiste aturdido al juego de espejos en el que se confunden el Cercas escritor, el Cercas protagonista del libro en tanto que escritor, el Cercas personaje público por su condición de articulista, el Cercas generador de opinión dada su faceta de escritor, el Cercas padre que establece con su hijo guiños de lector…

Una sobredosis de Javier Cercas en esta historia basada en hechos reales, construida a la manera de un documental exhaustivo, trufada de opiniones personales (no podía ser de otra manera con tanto Cercas disputándose el protagonismo) y que hace del proceso de documentación y escritura mismos uno de los hilos argumentales de “El impostor” (Random House Mondadori, 2015), una obra que desenmascara a Enric Marco, el hombre que se hizo pasar por deportado de los nazis y que se construyó una biografía a “mayor gloria propia” a lo largo de toda su vida.

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La por momentos tediosa introducción de por qué Cercas, finalmente, decide escribir este libro ya aventura esta apoteosis del yo, una de las debilidades de la obra. Tras autojustificar por varias vías la decisión, varias veces postergada, de enfrascarse en la elaboración del mismo, Cercas enumera las “presiones” amistosas que recibió de su entorno, tanto en un sentido como en otro, para abordar la figura de Marco. Suena a jactancia la narración de una cena en la que Vargas Llosa y Martínez de Pisón, por diferentes razones, lo consideraron la persona idónea para esta tarea. Sobra la inclusión de su hijo Raül en el proceso de documentación, con escenas impostadas en las que alecciona a su hijo sobre los textos de Primo Levi. Están de más las autocitas a su obra anterior para justificar, al final de todo, por qué Cercas se atrevió con semejante tarea. Y hay muchos momentos en los que el Cercas personaje parece abducir al Cercas escritor-documentalista-padre y no sé cuántas facetas más.

Además de este autojustificativo introito, al libro le sobran muchas páginas: hay escenas cortadas a cuchillo que vuelven a aparecer, con redundancias incluidas; se repite hasta la saciedad definiciones extemporáneas tipo “rock star” o “campeón de la memoria histórica” para referirse a Marco, se rompe constantemente el hilo narrativo de la azarosa y adornada historia del biografiado y el conjunto adolece de un desorden que no parece premeditado.

El libro además destila pequeñas “maldades” que uno no acaba de entender: tras argumentar que “memoria histórica” es una especie de oxímoron porque la primera es individual y selectiva mientras que el adjetivo aspira a la objetividad y tiene un componente comunitario, habla con desdén de la “industria de la memoria histórica”, en lo que se puede interpretar como una manera poco elegante de hablar al tún tún de miles de personas que gracias a ese “falso supuesto” pueden aspirar a hacer justicia a sus muertos y poder enterrarlos y así cerrar el duelo. ¿De verdad cree Cercas que hay un lucrativo negocio en la “memoria histórica”?

Otro detalle curioso es el de castellanizar topónimos catalanes como Montjuich o las calles del Peligro o Torrente de las Flores cuando, por el contrario, hace ostentación de la diéresis en que catalaniza el nombre de hijo Raül. ¿Exceso de celo del corrector?

La vida de Enric Marco, que es lo que en definitiva aborda este libro, está llena de impostura. Y por sí misma proporciona una auténtica novela (de ficción). La gracia está en que, precisamente, Marco fue capaz de darle visos de realidad y hacerla pasar como tal. Con materiales tan ricos (y esa especie de enfermedad narcisista y fabuladora del protagonista) se antojan superfluos los desvelos del autor para convertirse él también en protagonista de una historia donde no hace más que añadir reflexiones que unas veces enlazan con el Quijote, otras con autocitas, las más de las ocasiones con detalles familiares absolutamente prescindibles.

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Este batiburrillo de realidad ficcionalizada (o al revés, que tanto da) supuso en su momento el espaldarazo de Cercas con “Soldados de Salamina” (2001). Su editor, de Tusquets, cuando iba ya por la vigésimo y pico edición, no supo qué responder a la pregunta de un grupo de periodistas que hacían un curso de posgrado para ser críticos literarios. Sólo querían saber las razones del éxito. “La gente desea conocer la Historia” acabó argumentando. La habilidad narrativa de aquella novela, que huía del maniqueísmo, podía ser otra de las razones de tantas decenas de miles de lectores. Ayudó también la potente foto del miliciano de la cubierta, más rotunda aún en el marco negro de la colección de Tusquets. No era una gran novela, pero era eficaz. Y sintética.

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Tras su salto a la fama, Cercas “ficcionalizó” en “Anatomía de un instante” (Random House, 2009) por qué Carrillo y Suárez no se echaron cuerpo a tierra en el 23-F, en el fragor de las metralletas. Aquí echó mano de su padre para justificar el libro, en una especie de homenaje a esa generación y al sacrificio y los silencios que acunaron la paz de la llamada “transición”. Hubo voces críticas que acusaron a Cercas de bailar el agua a los inmovilistas y de justificar las sombras de la Transición.

El libro sobre Enric Marco peca de redundancias circulares (en las que no caía una novela tan concisa como “Soldados de Salamina”) e incide en un personalismo mucho más acusado y en una serie de apriorismos que ya se intuían en el estilo del libro sobre el 23-F. Con una historia tan rica en detalles, sin necesidad alguna de novelar, parece que Cercas se ha creído de verdad que “él es Enric Marco” (como tituló un artículo en El País) y ha preferido ser protagonista y no mero escribidor.

¿Lo peor queda atrás?

Durante años los medios cultivaron la imagen de Javier Marías como un escritor que más que lectores buscaba cómplices. Su tratamiento moroso del tiempo narrativo, la ironía, la querencia por versos de Shakespeare para titular sus libros o para estructurar toda una novela en torno a ellos, la incorporación de personajes que viajaban de una novela a otra desvelando nuevas aristas, su gusto por indagar en el pasado dejando caer pistas que establecían guiños con los lectores más perseverantes de su obra… fueron algunas de las claves que acabaron fraguando en una personalidad pública cincelada por medios afines (todos los de la órbita de El País más algunos críticos que lo idolatran), en las que unos días se erigía en simbólico Rey de Redonda (con una corte de intelectuales apabullante), otras veces cultivaba un elitismo con acento oxoniense y en ocasiones aparecía como defensor acérrimo de la literatura de Juan Benet, crítico implacable de los desafueros de la alcaldía de Madrid o como madridista desaforado que no se despeinaba al defender que el fútbol también podía ser cosa de intelectuales.

Desde hace unos años, es también “firme candidato al Nobel de literatura”, como lo debieron de ser en su época Cela, Borges o Vargas Llosa, y ese cliché ha ido calando hasta tal punto que, llegado octubre, entra en las apuestas y se le pregunta por las posibilidades reales que él mismo considera que tiene de lograrlo. Críticos menos piadosos prefieren buscar en otro lado menos amable y ponen de relieve su pedantería, su elitismo o su afán de notoriedad.

La morosidad de sus tiempos narrativos (llega a dejar una espada en alto durante un centenar de páginas en su celebrada trilogía “Tu rostro mañana”) fue pareja durante años de cierta lentitud a la hora de entregar nuevas obras a sus fieles lectores. Algo parece haber cambiado últimamente: en poco tiempo han aparecido dos novelas que además se han convertido en relativos éxitos de ventas. Hace tiempo que su obra se publica en Alfaguara (lejos queda su fidelidad a Anagrama, donde se fijó esa aureola de escritor de culto). Estas últimas novelas le han permitido ganar lectores (seguro), han limado en cierto modo esa imagen arisca que gustaba cultivar, con la mirada displicente en las fotos acompañado del sempiterno cigarrillo, casi siempre cerca de su biblioteca personal, rodeado de millares de volúmenes.

los enamoramientos

“Los enamoramientos”, su penúltima novela, fue celebrada por la crítica (no podía ser de otro modo) y hasta se llevó el premio de los lectores de la revista Qué leer. Una historia de amor contada desde un punto de vista femenino, en apariencia una historia como tantas otras. Marías la hacía suya y le inyectaba en su justa medida algunas de las constantes de su literatura: digresiones, reflexiones en torno a la poderosa fuerza de las casualidades, algún que otro guiño a la actualidad y la presencia del profesor Rico como protagonista, en una combinación, más caricaturesca que en ocasiones anteriores, de pedantería, frivolidad y una impostada salacidad atenuada por su saber enciclopédico.

En su última novela, “Así empieza lo malo” (otro verso de Shakespeare por título), este profesor Rico se llega a hacer estomagante, no tanto por las características del personaje o las situaciones que el narrador le hace vivir, como por la sensación de que es un recurso impostado, un guiño al lector (y al propio Rico) que se acaba convirtiendo en una mueca exagerada y hace chirriar al propio relato hasta casi convertirlo en una parodia.

asi empieza lo malo

La historia que se trae entre manos Marías no es en absoluto ramplona, e incluso el inesperado giro final viene a redondear un argumento que avanza con ritmo (sin evitar esas digresiones marca de la casa ni las habituales alusiones a Jess Franco, al delator de Julián Marías en la posguerra u otros recursos presentes en las novelas más ambiciosas del autor) y se lee con gusto.

Marías es un maestro en la creación de ambientes, en la construcción de escenarios. Su oficio narrativo está fuera de toda duda y con un mínimo de recursos argumentales es capaz de embastar una historia que se antoja ambiciosa, que tiene su sello personal y que proporciona algo más que entretenimiento a los lectores. No obstante, sus dos últimas obras rozan por momentos lo caricaturesco, la autoparodia, en lo que algunos consideran una concesión en busca de un público más amplio del que hasta hace pocos años podía autoconsiderarse estar a la altura de sus profundas obras.

“Thus bad begins and worse remains behind”, dice el verso shakesperiano que da nombre a la novela. “Lo peor queda atrás”, sería la continuación de “Así empieza lo malo”. Es sólo un apunte de lo que encierra la novela: las vilezas del pasado, que si en un momento dado alguien quiso conocerlas, luego prefiere enterrar, como si olvidándolas fueran a desaparecer. Es también una metáfora de nuestra sociedad actual, y también un resumen del pensamiento dominante: “aquí se cometieron muchas vilezas, durante muchos años. Pero en qué época no, en qué sitio no”.

¿Cambia Marías de rumbo?

Una enorme “intempestiva”

Hubo una época en la que las “Intempestivas sabatinas” de Gregorio Morán en La Vanguardia eran uno de los pocos reclamos que tenía para mí el diario de Godó. Las seguía con unción porque me identificaba con esa mala leche abrumadoramente argumentada que destilaban esos artículos largos, a dos anchas columnas, a los que había que dedicar muchos más minutos de lo habitual en otros opinadores. Muchas veces disentía de sus contundentes textos pero se apreciaba conocimiento de causa y voluntad de cabrear a tirios y troyanos.

Al poco tiempo de morir Eduardo Haro Tecglen le dedicó una “sabatina” que tuvo mucho de intempestiva, adentrándose en terrenos personales que rozaban el chismorreo y aportaban escasos argumentos en ese propósito de desenmascarar al que se había convertido con los años en santo y seña de un republicanismo entonces poco habitual en la prensa española. La sensación que quedaba era que “a moro mueto, lanzón” y que ese debate hubiera sido más interesante y sobre todo más honesto hacerlo con Haro Tecglen vivo.

Desde que en octubre se confirmó que Planeta censuraba el nuevo libro de Gregorio Morán por negarse a retirar unas páginas sobre la RAE (con especial mención para Víctor García de la Concha), el periodista ha sido presencia habitual de los medios (con explicables ausencias, todo sea dicho) y los malpensados pueden deducir que ha logrado una campaña de marketing que bien pocas editoriales se podrían permitir. Del interés suscitado por un volumen de más de 800 páginas se ha beneficiado finalmente Akal, que ha aprovechado la coyuntura para rematar un trabajo de 10 años (Moran dixit) y ha colocado el libro en las listas de los más vendidos de las últimas semanas.

«El cura y los mandarines» es el título de esta obra que va acompañado de dos subtítulos, cada uno en su estilo: «Historia no oficial del Bosque de los Letrados» (carga de profundidad) y «Cultura y política en España (1962-1996)» (mucho más descriptivo). Un nombre tan completo es desde luego elocuente de esta enorme “intempestiva” que Gregorio Morán ha montado merced a una profusa documentación, recuerdos selectivamente recuperados y la mala leche de la que se enorgullecía en una reciente entrevista en la revista Qué leer.

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El cura y los mandarines. Akal, 2014

Utiliza Morán al último Duque de Alba, el antes cura Jesús Aguirre, como hilo conductor. Un personaje que pasó de congregar a una fiel parroquia en sus sermones dominicales a dirigir la editorial Taurus, ser compañero de viaje de cierta oposición de izquierda al franquismo, escritor de prólogos, traductor, marido de Cayetana de Alba, académico de la Lengua y una especie de perejil de casi todas las salsas. Muy meritorio teniendo en cuenta que se encumbró en la capital siendo un hijo de madre soltera procedente de la periferia santanderina. No escatima Morán críticas, sarcasmos y alusiones a la homosexualidad de Aguirre, todo bien adobado con datos objetivos, profusión de citas y muchas notas a pie de página. En torno al cura se articulan los capítulos más sucintos, entreverados con otros más extensos donde se explica en qué ambiente medran los mandarines, a quiénes otorgan o deben favores, cómo ocultan o maquillan su pasado los demócratas sobrevenidos y de qué manera se va formando la charca en la que a todos los niveles chapotea la sociedad española actual.

El libro parece en demasiadas ocasiones un ajuste de cuentas, donse salen escarnecidos el citado Haro Tecglen, Julián Marías, Aranguren, Vidal Beneyto, Bergamín, Alfonso Sastre, Ortega padre e hijo, José Carlos Mainer y muchos otros. Con argumentos más poderosos se quita la máscara a Laín Entralgo, Cela y algún otro impostor oportunista, y no salen bien parados tampoco ni el “intelectual colectivo” (nombre que hizo fortuna para referirse a El País) ni los chanchullos de la RAE, donde reciben prácticamente todos: desde el “textil” Lázaro Carreter al omnipresente García de la Concha. Las famosas 11 o 13 páginas sobre la RAE que provocaron que Planeta se negara a publicar el libro (para no entorpecer el supuestamente enorme negocio que proporcionan los diccionarios académicos a Espasa) no son más acidas que las muchas planas que dedica al diario de Prisa y su intrahistoria o los sublimes garrotazos que se llevan las élites socialistas y su política cultural, basada en el pesebrismo y la compra más o menos descarada de voluntades.

Juan Benet, Josep Maria Castellet, Javier Padrera, Juan García Hortelano, Luis Martín Santos… también reciben estopa, en muchas ocasiones con alusiones a su vida personal que entran de lleno en el terreno del chisme y alimentan el morbo del lector, en busca –ya de paso– de sonadas borracheras, infidelidades y otras flaquezas humanas más propias de otro tipo de investigación.

Este libro denso, en absoluto carente de interés, adolece de otros fallos que parecen impropios de una investigación tan dilatada, seguro que sometida a más de un proceso de lectura y corrección: hay reiteraciones que a veces no pasan de anécdotas (las referencias ridiculizadoras a la doble denominación de Fuenterrabía / Hondarribia o Santander / Cantabria) pero que también –otras redundancias– se dejan notar en episodios de mayor calado y piden a gritos una labor de edición más atenta.

No sé cuántos de los muchos lectores potenciales del libro llegarán hasta el final. Me temo que el trabajado índice onomástico provocará que muchos tomen atajos y sólo acudan a aquellas páginas en las que este o aquel reciben su “merecido”. De cualquier manera, es Gregorio Morán en estado puro, por su acidez, beligerancia y minuciosidad. Una fuente de información apreciable para entender en qué aguas tan turbias bebe la cultura de este país.