Menudo bofetón

Con los años he dejado de venerar esa sensación de ser el primer lector de un libro y ahora disfruto pasando por páginas que ya habían sido holladas antes, y busco incluso el rastro de esos lectores previos, que me pueda dar pistas de cuáles han sido las frases que han llamado la atención de los que me han precedido.

Recurro con frecuencia a las bibliotecas, que en Barcelona son muchas y abundantes, y me dejo aconsejar. La etiqueta “La biblioteca recomana” me ha permitido descubrir un amplio ramillete de obras que me hubieran pasado desapercibidas y ahora suele ser la primera estantería que visito. Por esos algoritmos inexplicables de las redes sociales aparecen con bastante frecuencia en mis perfiles mensajes de una editorial minoritaria como Candaya, que apunta alto y se atreve con novelas que no son fáciles, en pos de un público curtido. Empezaron, creo recordar, con una serie de ensayos sobre escritores (Bolaño, Vila-Matas, Marsé…), que contenían abundante información y proporcionaban claves para hacer relecturas de los elegidos, o sencillamente para zambullirse en ellos.

Tiempo atrás, también de Candaya, comentamos aquí un libro duro, seco como un trallazo. “Campo rojo” se llamaba, era de un escritor zaragozano que explicaba lo que parecía su infancia en los arrabales de su ciudad. El reverso de esa nostalgia ñoña de la EGB tan de moda.

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Hace una semana escasa vi recomendado en una biblioteca otro libro de Candaya, del que me había encontrado diversos mensajes en las redes sociales en los últimos meses. Un título llamativo, “Nefando”, en una cubierta impactante, con una fotografía desasosegante cuando menos. Es una novela de Mónica Ojeda, escritora ecuatoriana de treinta años que -como decía Paula Corroto en El País– protagoniza ese nuevo boom latinoamericano, en el que mandan las mujeres. Antes de salir de la biblioteca con mi ejemplar ya empecé a elucubrar qué querrían destacar las abundantes marcas que había en sus páginas, en forma de esquinas dobladas: “Para leer bien hay que leer mal”, “Hay que leer lo que no quieren que leamos”, “La poesía que verdaderamente vale la pena es la que te deja caer”, “La única diferencia es que en el cibermundo todos nos atrevemos, al menos una vez, a ser criminales, o moralmente incorrectos”… Frases rotundas acompañadas de referencias a un cómic que me fascinó: Lost Girls, de Alan Moore y Melinda Gebbie, una continuación en clave erótica de las vidas de Dorothy, Alicia y Wendy, protagonistas de El mago de Oz, Alicia en el País de las maravillas y Peter Pan, y menciones de otros libros famosos por su alta carga sexual.

Le eché un vistazo a la reseña de la contra y se anunciaba una novela diferente, que se pasea por las habitaciones de seis compañeros de piso en Barcelona: “en cada una de ellas se gestan actividades tan inquietantes como la escritura de una novela pornográfica, el deseo frustrado de autocastración o el desarrollo de diseños para la demoscene”. En los cuatro días escasos en que he devorado sus intensas 200 páginas he tenido que levantar varias veces la vista de papel, como me ha ocurrido en alguna de las películas de Michael Haneke, cuando había que desviar la mirada hacia la oscuridad de la sala para no afrontar los “fuera de campo” que invitaba a intuir la pantalla.

Nefando no es una lectura fácil. En la web de Candaya hay una amplia selección de reseñas en las que se habla de “bomba”, “potente”, “perturbadora”, “demoledora”, “vertiginosa”, “incómoda”, “exploración de los límites”… Es todo eso y es un puñetazo al lector, que se asoma al abismo y, al tiempo que se cuestiona hasta dónde piensa llegar la narradora, necesita saber en qué terminará semejante sucesión de situaciones extremas. Resulta complicado hacer una sinopsis sin desbaratar las claves de la historia. Algunos de los protagonistas, esos compañeros de piso antes mencionados, están relacionados con un videojuego de los que corren en el deepweb, y que tuvo que ser escondido a causa del material sensible que mostraba. El pasado de algunos de estos jóvenes encierra escabrosos episodios de abusos sexuales y se cuela en el texto una novela corta pornográfica, de la que se ofrecen algunos pasajes, intercalados con esas historias pasadas y presentes que van conformando este puzle, de una notable pericia estructural.

Los variados registros que muestran los personajes, las abundantes referencias literarias, la osadía a la hora de ambientar una historia tan negra en los espacios abisales del cibermundo, la intensidad del relato son algunos de los puntos fuertes de esta novela dura, exigente, oscuramente atractiva.

En una entrevista publicada ya hace unos meses, coincidiendo con la salida de la novela en 2016, la periodista reunía en la pregunta final tres términos que parecen obligatorios al hablar de libros en la actualidad: “metaliteratura”, “posmodernidad” y “autorreferencial”. Mónica Ojeda toreaba con elegancia y creo que acertaba al responder: “He intentado trabajar con esas referencias en un plano que no resulte como una piedra en el camino para el lector, sino como un disparador hacia conexiones importantes”.

Objetivo conseguido.

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Nada es verdad…

Como de todo hace ya unos cuantos años, descubro ahora que se publicó en 2006 el artículo de Vila-Matas en el que supe un poco más de Vicente Rojo. Por razones profesionales, consultaba entonces de manera habitual prensa mexicana, buscaba información de personajes mexicanos y vivía pendiente de casi todo lo que ocurría en aquel enorme país. Por eso me sonaba el nombre de Vicente Rojo, y sabía de él que era un diseñador que había hecho cientos de cubiertas de libros y quizá entonces ya debía de conocer que la primera edición de Cien años de soledad había salido con un diseño suyo, que se ha convertido en mítico.

Vila-Matas explicaba una de esas coincidencias mágicas, o al menos él tiene la habilidad de que nos parezcan así, y daba la filiación de Vicente Rojo. No se pierdan el texto, porque entre otras cosas descubrirán que era un mexicano que había nacido en Barcelona y que desde el barrio de su infancia hay una vista curiosa de la ciudad, en las que no nos fijamos quienes pasamos por ahí con frecuencia, pendientes más de mirar el suelo que de otear el horizonte.

Hace pocas semanas una amiga me pasó una novela publicada por Acantilado que conectaba en parte con algunas de las cosas explicadas más arriba. Y además en el título llevaba el nombre del diseñador: El hombre que se creía Vicente Rojo. Como hay una serie de complicidades y trabazones que no viene a cuento explicar, la amiga que me dejó el libro no me quiso decir nada más. Y yo empecé a leer.

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Son 137 páginas avaladas por la sobriedad elegante de los libros de Acantilado. Es una novela escrita por Sònia Hernández, llamada a ser un referente de su generación según el vaticinio de la revista Granta. Una historia de eso que llaman autoficción, con ese punto intelectualista que empieza a tender cabos al lector, que puede o no saber a qué se agarra, pero que lee con satisfacción porque le hace creer más culto, le invita a jugar en algo que le hace sentir a gusto.

Lo de menos es el punto de partida, lo que parece la historia de una adolescente que está convencida de que a ella solo le ocurren cosas desagradables. Y eso es por ejemplo toparse con un pintor que quiere regalarle un cuadro enorme. Que ese pintor pueda ser Vicente Rojo a ella le importa un pimiento. Se va perfilando un juego de espejos donde empiezan a difuminarse las fronteras entre la ficción y la realidad. O en palabras del Rojo personaje: “yo no creo que exista la realidad, pero sí lo verdadero, por eso es importante indagar y trabajar para que cada uno llegue a su verdad, a la esencia del ser”.

En este artefacto literario donde la verdad y la mentira se convierten en eje de lo narrado no podía faltar precisamente Enrique Vila-Matas (que hizo de presentador en Barcelona de la novela, hace pocos meses) y uno se encuentra con la agradable sorpresa de que campa a sus anchas por estas páginas otro mexicano ilustre, Max Aub, si bien era hijo muchas tierras y, como él mismo decía, “español, por haber sido en España donde había hecho el bachillerato”. Aub es un liante de tomo y lomo, que llegó a escribir la biografía de un personaje inventado, y lo hizo tan bien que había pintores que decían haber tratado en París a Jusep Torres Campalans, de cuya vida absolutamente inventada hay varias ediciones ilustradas con numerosos cuadros suyos.

Aparece Max Aub precisamente por esa capacidad suya de fabular, pero también se menciona una obra suya que es desoladora, que encierra la tragedia de este país, que un día no impidió que muchos de sus mejores talentos se fueran y que, después, cuando algunos se tragaron su dignidad y volvieron a pisar la tierra mancillada por la dictadura, se encontraron con el desinterés de sus paisanos, que preferían vivir dormidos que soñar despiertos. Aub escribió sobre ese golpe terrible, ese encontronazo, una especie de diario que llamó “La gallina ciega”, publicado en la década de 1960, cuando él ya empezaba a estar mayor, aunque no fuera un anciano. El corazón que tantas pérdidas había lamentado empezaba a perder fuelle.

En esta curiosa novela de Sònia Hernández, con tantos guiños literarios (no en vano ella es crítica en diversas publicaciones), parece rendir homenaje a esas generaciones que se exiliaron, aunque sin hacerlo de manera vehemente. Con escuetas pinceladas esboza un retrato del periodismo cultural (con la madre de Berta entrevistando a Vicente Rojo para las páginas de Cultura de un diario local) y hasta traza sin estridencias un perfil de esa relación madre-hija en la que la primera no logra transmitir entusiasmo por nada a la segunda. O eso parece hasta el penúltimo párrafo, donde el círculo prácticamente se cierra, y la historia termina como empieza, por el título.

Una novela de esas que le acompañan a uno muchos días después de haber cerrado el libro.

Cómo se fabrica un best seller

Escribía hace poco Rosa Ribas en El Periódico de Catalunya un artículo en el que repasaba “los libros expuestos a la ofensa pública del abandono” en una estación de metro de la plaza de Merianplatz, cercana a su casa de Frankfurt. Repasaba someramente  títulos y autores y no eran muy diferentes a los que se pueden encontrar en los espacios habilitados para el bookcrossing en las bibliotecas y centros cívicos de Barcelona: Susanna Tamaro y Patrick Süskind se alternan en Alemania con los “locales” Johannes Mario Simmel y Hera Lind, como ocurre en las mesas barcelonesas con los best seller de Vázquez Figueroa o Corín Tellado, en dura pugna con “Los cipreses creen en Dios” o los tomos de las enciclopedias que los diarios “regalaron” hace unos años y que hoy ocupan, proporcionalmente, mucho más espacio de la utilidad que proporcionan.

Esta apoteosis del best seller, como la propia Ribas comentaba, mantiene engrasada la maquinaria editorial y con sus beneficios permite que se puedan editar obras “condenadas” a públicos minoritarios. Es la cara diametralmente opuesta de una novela de David Foenkinos (él mismo un autor de ventas masivas en su Francia natal y no desdeñables en otras lenguas), que acaban de publicar Edicions 62 en catalán y Alfaguara en castellano. Se titula “La biblioteca dels llibres rebutjats” en la versión catalana y aborda, como avanza el título, el destino que le espera a los manuscritos que desdeñan las editoriales. Una novela de novelas, incluso de best seller, que ha despertado la atención de los suplementos literarios porque se inspira en una iniciativa bien real, The Brautigan Library, en EEUU.

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Esta peculiar “biblioteca de bodrios” aparece en las primeras páginas de la novela de Foenkinos, como si fuera necesaria la explicación de qué viene a continuación. Enrique Vila-Matas la incluyó en su libro de “literatos” que un día dimitieron, y muchos lectores creyeron que era otra broma del escritor barcelonés. En un texto reciente en El País, volvía a hablar de ella, precisamente para anunciar que Foenkinos acababa de publicar en francés Le mystere Henry Pick, mucho menos elocuente título que el que han puesto a sus versiones en catalán y castellano.

Explicaba sucintamente Vila-Matas de dónde venía la idea de tan peculiar biblioteca, a la que llegan “con ritmo desaforado” los manuscritos rechazados por las editoriales. Este curioso almacén de obras inéditas fue mencionado por Richard Brautigan en una novela titulada “El aborto” y, tras el suicido del escritor, un admirador suyo hizo realidad aquella ficción. Pasó por distintos avatares, cerró, y renació de sus cenizas en el Clark County Historical Museum de Vancouver, en el estado de Washington. Un cartel en la entrada la autodefine como “a very public library”.

David Foenkinos imagina en Francia una biblioteca similar, en la localidad bretona de Crozon. Y a partir de ahí se van encadenando historias, se van abriendo libros dentro del libro, en lo que parece una obra de pop ups, esos desplegables que han extendido su éxito desde el público infantil hasta las franjas de edad más longevas. Es una novela en la que más de un personaje se pierde por el camino, sin demasiados remilgos por parte del narrador para justificar sus fugaces presencias.

Repleta de guiños a los lletraferits, especialmente si conocen algo del mundillo literario en lengua francesa, se recuerda la negativa de Andre Gide a publicar “En busca del tiempo perdido” de Proust como uno de los momentos cumbre de la ceguera literaria; sale escarnecido un crítico de Figaro littéraire que vivió días de gloria repartiendo o quitando laureles de celebridad y ahora se reivindica como descubridor de la patraña que se esconde tras un best seller lleno de misterios. Se menciona a Pivot y su mítico programa de entrevistas a escritores, y hay abundantes “cameos” que fortalecen esa complicidad entre el escritor y sus lectores.

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La historia parece que se centra en un pizzero de Crozon que dejó una novela en la biblioteca de libros “no queridos” de su pueblo, sin que hubiera constancia alguna de que jamás hubiera leído un libro o hubiera escrito más líneas que las de la lista de la compra. El libro se convierte en un éxito absoluto que encadena ediciones sin cesar. La gloria póstuma, porque el pizzero lleva un tiempo muerto, la viven (y hasta padecen) su viuda y su hija. Un guiño a John Kennedy Toole y su “conjura de los necios”, publicada por el empeño de la madre del escritor después de que éste se suicidara trs verse rechazado. Aparece mencionado Roberto Bolaño y su “2666”, otro caso de éxito que el autor no llegó a disfrutar después de una vida absorbido por la pasión de escribir, conocedor de que la vida se le iba a borbotones.

El lector va descubriendo más sobre las condiciones en que escribía el pizzero mientras la verdadera pareja protagonista, una editora que parece conocer las claves del éxito comercial de un libro y su novio (escritor de escaso eco) viven a la sombra de semejante bombazo. Se despliegan historias menores, ya hemos dicho que aparecen personajes que asoman la cabeza y poco más, se intuyen sorpresas más o menos desveladas y, al final, se descubre que cuando hay tanto dinero en juego las apuestas suelen ser con cartas marcadas.

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Se ha paseado David Foenkinos por la prensa española. Está en plena promoción y su obra es jugosa por lo que tiene de pedigrí cultureta con vocación de libro de ventas abundantes. Ha explicado que su vida cambió cuando una afección cardiaca lo convirtió en un lector voraz, aunque de vocación tardía. Hablábamos aquí de otra obra suya, hace bien poco. Y la comparábamos con esas pelis francesas que dejan un regusto amargo pero se ven con una media sonrisa, porque hay algo que acabará estropeando un día soleado.

Es una novela amable, entretenida, con permanentes guiños a los lectores, tentándoles la mano, por si dejan de caminar. Como pasó con “La delicadeza”, la otra novela recién mencionada de Foenkinos, aquí puede haber una película.

Y no nos importaría verla.