El libro de este tipo

Paso un tiempo nada desdeñable de mi jornada laboral trabajando con tipografías. Quizá sea más correcto decir “jugando”, “contrastando”, “combinando” o, sencillamente, “buscando”. Es una de las facetas que más me gustan de mi trabajo, aunque no la más sencilla. Dicen que hay 100.000 tipos de letra y al final no usamos más allá de un treintena de manera habitual. Es verdad que los procesadores de texto y los ordenadores han universalizado el acceso a miles de fuentes de tipografía pero no ha ocurrido lo mismo con el buen gusto ni el tino a la hora de utilizarlas. Como en tantas otras cosas, en España además nos falta tradición. Y eso se nota en cualquier ámbito, no sólo en los medios impresos.

Una de las cosas que me sorprendió al visitar la Feria de Frankfurt hace unos años fue el buen uso que se hacía de la tipografía, en las cubiertas de los libros y en la composición de sus páginas pero también en la rotulación de los espacios públicos de la ciudad, en los letreros de los tranvías, en los anuncios de un concierto de Juanes colgados de las farolas de las rotondas, en cualquier cartel pegado con cuatro tiras de celo en la puerta de una tienda. Los textos estaban escritos en tipos legibles, con cuerpos adecuados, sin alardes innecesarios, eficaces y a la vez armoniosos, bellos en su simplicidad.

es mi tipo

Cuando he estado en el metro de Londres, en el aeropuerto de Toronto o en diferentes museos catalanes he apreciado ese uso de tipografías que comunican desde su invisibilidad, que están al servicio de lo que cuentan y que si llaman la atención es precisamente por no reclamar más protagonismo que el mensaje que quieren comunicar. Esa invisibilidad de las fuentes tipográficas es una de las claves de su buen uso, como deja claro Simon Garfield en “Es mi tipo” (Taurus, 2011), un ameno ensayo que lleva por subtítulo “Un libro sobre fuentes tipográficas”. Dirigido a un público más amplio que el de los meros especialistas, sigue el patrón común a otras investigaciones del autor (ver aquí nuestra opinión sobre el libro que dedicó a la cartografía) y combina abundante documentación con una especial habilidad para detenerse en historias en apariencia menores pero cargadas al final de significado, trufado todo ello con títulos llamativos para cada capítulo, originalidad en los complementos gráficos y un afán divulgador como eje central de todo el artefacto.

Garfield va despertando sonrisas desde el primer capítulo, cuando aborda la siempre controvertida existencia de la Comic Sans y la describe como “el equivalente tipográfico a las tijeras de punta roma de los niños” para después narrar el movimiento que una pareja de diseñadores puso en marcha con el objetivo de lograr que se prohibiera esa tipo. Van saliendo muchas más historias y comentarios que mezclan la provocación con el didactismo, escogiendo ejemplos que ilustran a la perfección lo expuesto: si la Cooper es una tipo con buen rendimiento en cuerpos grandes qué mejor para ilustrarlo que una foto de un avión de EasyJet que muestra el nombre de la compañía a toda la anchura de la nave y escrito precisamente con Cooper. Hay un listado de “las peores fuentes del mundo” que combina sarcasmo y erudición: “la Souvenir Bold tocó el cielo con el porno blando de los setenta”, “la Gill Sans Light Shadowed es una fuente que gusta al inspector de Hacienda”, “los Sex Pistols supieron usar la tipografía propia de las notas de secuestro antes de que las fuentes digitales la volvieran demasiado fácil”… Y todo está ilustrado con un esmero no exento de coña marinera, de modo que el lector avanza a toda velocidad en busca de nuevos hallazgos.

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La controversia que se generó en 2009 cuando Ikea sustituyó la Futura por la Verdana en sus comunicaciones corporativas aparece en el libro vista desde diversos ángulos; son pocas páginas pero tan divertidas como elocuentes. “Se trata de la mayor controversia jamás generada por Suecia”, dice Gardfield que titulaba The New York Times, porque la polémica llegó hasta a la prensa seria. Hay también unas cuantas historias, o historietas, sobre la relación entre la tipografía y las bandas de música, con especial atención a la biografía de Jim Parkinson, autor de una fuente a la que da nombre y que es mundialmente famosa porque es la cabecera de la revista Rolling Stone, y de la que hay 16 subfamilias, con las que se compone el resto de la revista, con tan característica puesta en página. Se habla también de la Gotham y el éxito que pudo tener en la elección de Barack Obama, se explica por qué algunas ciudades han ido adoptando para su “señalética” la Gill que triunfa en el Tube londinense y podemos enterarnos quién fue el señor Zapf, que creó los famosos “dingbats” que aparecen en los alfabetos que ofrece el Word, por ejemplo.

El libro se abre con otra historia, esta vez recabada de un número de 1936 de la revista Time, que parece un microrrelato: “En Budapest un equipo de cirujanos tuvo que operar a Gyoergyi Szabo, aprendiz de impresor de diecisiete años quien, consternado por la pérdida de su amada, compuso el nombre de ésta con caracteres tipográficos y, a continuación, se los tragó”. Qué mejor introito para un libro de estas características, que aúna documentación, humor, erudición y, por encima de todo, información. Y buen gusto tipográfico.

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Los mapas de nuestra vida

“No vaig ser capaç de llençar aquells mapes que ja no en feien falta. Les meves fronteres hi estaven representades. No vull viure sense ells”. Lo decía hace pocos días el periodista Roger Cohen en un artículo de The New York Times que reproducía el diario catalán Ara. Un texto que tenía algo de la magdalena de Proust al evocar su vida simplemente encontrando unos mapas antiguos en una habitación llena de papeles y objetos destinados a la basura. Y rememoraba su paso por las guerras de la antigua Yugoslavia (ahí sí que cambiaron los mapas), se acordaba de sus tiempos de corresponsal en Italia, sus estancias en Jerusalén o en Oriente Medio, donde los mapas reflejan las suturas de tantas heridas mal cicatrizadas, imposibles de desinfectar ahora ya.

Leyendo a Cohen me acordé enseguida de que durante años un mapa me acompañaba a la hora de hacer mis deberes escolares, en la mesa de una cocina que concentraba la actividad familiar en un piso de un pueblo pirenaico. El mapa en cuestión estaba impreso en un hule que cubría la mesa camilla, y a medida que se desgastaba por el uso era cambiado de manera invariable por otro que reproducía el mismo mapa, de la península Ibérica, con decenas de ciudades españolas enmarcadas en sus respectivas provincias mientras que de Portugal sólo salían las más destacadas y del sur de Francia escasamente se podían intuir las capitales de departamento. Viajé por aquel mapa miles de veces, soñando con visitar todos los mares que se nombraban (yo que soy de tierra adentro), siguiendo el Camino de Santiago que pasa por mi pueblo, memorizando los cabos, golfos y todos los accidentes geográficos que allí aparecían. Siempre he pensado que mi afición por los mapas (en paralelo a mi alergia por los GPS y esas voces metálicas que alertan de la próxima rotonda) viene de aquel mapa que unas veces estaba manchado de restos de comida, otras tenía la huella reseca y morada de un culo de botella de vino a granel y, casi siempre, sólo era visible a medias porque éramos muchos en aquella casa y todos teníamos la costumbre de dejar en esa mesa lo que lleváramos entre manos.

Muchos años más tarde, lejos de aquella cocina, me dediqué de manera profesional a tareas relacionadas con los mapas y hube de editar, traducir, diseñar, encargar e incluso esbozar mapas políticos, geográficos, temáticos y hasta de espacios imaginarios. Uno de los cartógrafos con los que trabajé me explicaba que una de sus actividades preferidas para evadirse era prepararse un gin-tonic en las tardes de domingo y aislarse dibujando mapas de lugares que sólo existían en su imaginación, enriquecidos con detalles que se le iban ocurriendo con el paso de los años, como si los mapas se transformaran a medida que él crecía, en una especie de retrato de Dorian Grey con sus ríos, valles y curvas de nivel.

simon garfiled

No hace mucho tiempo me llamaron la atención los elogios que fue cosechando en los medios de comunicación un ensayo que se llamaba precisamente “En el mapa”. El subtítulo era mucho más jugoso: “De cómo el mundo adquirió su aspecto”. Lo publicó Taurus en castellano en 2013, que del mismo autor, Simon Garfield, ya había editado un par de años antes otro libro que yo leí después con similar placer: “Es mi tipo”, un entretenido ensayo sobre la tipografía.

en el mapa

El libro de Garfield dedicado a los mapas es una verdadera joya, y se convierte de manera irremediable en una obra a la que recurrir de manera sistemática, ya sea como fuente de deleite inmediato o como fuente secundaria de información. Es una obra de divulgación que destaca por la habilidad en la organización de la información, documentada con celo, montado a base de capítulos breves con títulos bien llamativos en los que acaban conviviendo sin estridencias Amerigo Vespucio, Google Maps, los teleñecos, Harry Potter, el cerebro de los taxistas de Londres, Jennifer Aniston o los dragones que habitaban “terras ignotas” en los mapamundis del pasado. Para transitar desde aquellos tiempos al incipiente desarrollo de la sonda Galileo (que tendría que ser la respuesta europea al control estadounidense del GPS), el libro de Garfield va desgranando historias reales, leyendas, anécdotas, acude a noticias de la prensa, recupera experiencias personales y las combina con imágenes en B/N (reproducidas con bastante calidad) que igual muestran un mapa con la actividad mundial de los usuarios de Facebook, un mapa de Tailandia “para mujeres”, cartas cuadradas con pedazos añadidos para mostrar nuevos territorios descubiertos y hasta un divertido mapamundi, con diseño similar a un plano de metro, con todas las ciudades que tienen suburbano en el planeta. Es difícil destacar un detalle concreto de este libro con una trabazón tan estudiada, que va pasando de nombres míticos de la cartografía como Ptolomeo, Joan Blaeu, Mercator, Peters… al diseñador del plano del metro londinense o a nombres mucho más prosaicos o, en principio, poco relacionados con los mapas. En una entrevista el propio Garfield explicaba por qué escogía los temas que abordaba: “Tiendo a seleccionar asuntos que sé que me permitirán contar muchas historias interesantes y que también tendrán una buena combinación de análisis histórico y actual. Me gustan los asuntos de amplio alcance y que en principio pueden parecer complejos; mi reto es hacerlos accesibles a mucha gente.”

Este libro dedicado a los mapas es una buena muestra de su manera de hacer. La calidad global del ensayo se puede apreciar además en la abundante bibliografía manejada y en el prolijo índice onomástico del final. Un libro que es una delicia, repleto –como decía Gila– de esas informaciones que no valen para nada pero que sirven para hacer crucigramas.