Chirbes, el escritor necesario

“Cuando todas y cada una de las gacetillas de folio y medio de este celebrado experto sean menos que cagadas de moscas en papel viejo de periódico, las novelas de Rafael Chirbes, las que ha escrito y las que aún faltan por escribir, seguirán alimentando la imaginación y la inteligencia de esos lectores que no dejan de buscar el fulgor de la vida y la pasión moral en la literatura”. En octubre se cumplirán 20 años de la publicación de este texto de Muñoz Molina, titulado “En folio y medio”, en el que reivindicaba la labor de los escritores y denunciaba que un crítico no necesitara más espacio que una hoja y pico para emborronar el esfuerzo de años de concepción y escritura.

Razonaba de esta manera a raíz de una crítica no sólo mala sino también “paternalista”, hecha por Ignacio Echevarría con “calculada mala fe, con extraordinaria bajeza intelectual” para juzgar “La larga marcha”, de Chirbes, recién publicada por aquellas fechas. Supe de este texto porque fue el protagonista de la primera clase de un posgrado especializado en crítica literaria al que asistí a principios de la década de 2000. Por entonces, Rafael Chirbes no gozaba todavía del favor de los lectores, tampoco había recibido los premios que acompañaron a sus dos obras más conocidas (“Crematorio” y “En la orilla”) y, ay, estaba vivo y en plena forma. En aquella clase inaugural salieron a relucir aspectos personales de la relación entre Muñoz Molina y Chirbes, que si eran amigos y el primero defendía desde su posición de éxito al segundo; que si había inquina entre el novelista andaluz y el crítico, o entre este último y escritor valenciano… El caso es que al final uno no sabía si los organizadores del posgrado nos enviaban un aviso para navegantes (en tanto que posibles críticos futuros), nos abrían de par en par la puerta de esa peculiar relación que mantienen autores y críticos (con camarillas, bandos, prejuicios y comidas y parrandas sazonadas con grandes dosis de hipocresía y fariseísmo) o, sencillamente, pretendían alimentar la polémica desde el inicio y hacernos entrar con energía en un curso de nueve meses que mostró las luces y sombras de un oficio (el de crítico) para que el que, más que estudios, debería haber la obligación de leer, leer más, leer sin parar.

paris austerlitz

Rafael Chirbes murió este verano y dejó lista una novela que acaba de publicar Anagrama, en el arranque de 2016: “París-Austerlitz”. La crítica la ha recibido con sus mejores galas, abundantes comentarios elogiosos que han llamado la atención sobre su precipitado final en una novela de 160 páginas (corta para lo habitual últimamente en el autor), que han recalcado que se sale de la línea última de su novelística y, lo más curioso, que abundan en que –aunque póstuma– la obra se ha gestado durante los últimos 20 años, casi coincidiendo prácticamente con la época en que Muñoz Molina salió a defenderlo en público, antes de que diera sus obras reconocidas. Esta última novela dicen que entronca con “Mimoun”, la primera que publicó (Anagrama, 1988). Ambientada aquella en Marruecos, había en ella una homosexualidad latente que luego se hizo invisible y se intuía una voz muy personal que fundía el texto y el contexto, que con sus historias habría de ayudar a explicar la Historia de su generación y que tenía mucho del poso que generan las ambiciones satisfechas a medias, las esperanzas tiznadas por la decepción y la desconfianza que generan la hipocresía y el arribismo.

mimoun

Todo esto brilló en su esplendor máximo en “Crematorio” y “En la orilla”, las “novelas de la crisis”. Semejante definición creo que no le gustaba ni un pelo al novelista, pero demostró que se podía hacer literatura del contenido del telediario y convirtió el País Valencià (o Comunidad Valenciana, según gustos) en un espacio literario vagamente escondido tras nombres como Missent o el pantano de Olba, ahora ya inolvidables. La corrupción política que acompañó a la especulación urbanística es el magma en que se asientan estas dos novelas, que no son sino el relato de la desolación y las oportunidades perdidas, el lamento por la cobardía y la denuncia de una sociedad deslumbrada por el enriquecimiento rápido. Si “Crematorio” recrea en un flashback deslumbrante el ascenso y caída de Bertomeu, magnate de la construcción bien relacionado con las esferas políticas regionales, “En la orilla” registra las consecuencias de la crisis multiorgánica que arrasó con las clases medias y hundió en la miseria a muchos de los que estaban por debajo.

crematorio         en la orilla

El pantano cenagoso en el que arranca esta novela es la metáfora de una sociedad envilecida, donde todo lo malo parece ser posible y (lo que es peor) a la postre todo estaba permitido. La vida de Esteban la vamos descubriendo en todos sus matices gracias a la aparición sucesiva de una serie de personajes relacionados con él: su padre, del que ha acabado haciéndose cargo; Liliana, la colombiana que cuidaba al padre hasta que Esteban se quedó sin dinero para pagarle el sueldo; Francisco, su amigo de juventud, que triunfó en la capital y le robó la novia, ahora convertida en chef de lujo con estrellas Michelin; Pedrós, un constructor que ha causado la ruina de Esteban al escapar dejando un reguero de deudas; los antiguos trabajadores de la carpintería del padre de Esteban, a los que tuvo que despedir cuando le embargaron la propia empresa y sus bienes personales por la estafa de Pedrós…

En ese litoral levantino absolutamente depredado se suceden episodios de ambas novelas que parecen extraídos de la “Gomorra” de Saviano o de cualquier novela de mafiosos neoyorquinos. Historias muy telegénicas, con tiroteos, putas, cocaína y políticos venales en playas soleadas, que se trasladaron a una serie de TV titulada “Crematorio”. Diversos episodios de impecable factura técnica, con guiones bien trabados, algunas interpretaciones notables (Pepe Sancho, Montserrat Carulla) y que captaron el espíritu de las novelas de Chirbes. Como dicen que en aquellas tierras todo es posible, contaron con la financiación de Canal 9, la televisión pública dependiente del gobierno autonómico que hizo posible semejantes paisaje y paisanaje.

crematorio_serie

Hay que leer a Chirbes para entender mejor estos últimos años y este país. Y dicen que hay que leer su última novela para entenderle mejor a él. Le ha costado toda una vida lograr el reconocimiento del público (español), como ha sido lenta la conquista de la crítica, aunque desde el principio tuvo generosos valedores. Otro día veremos, gracias el especial que le dedicó la revista Turia en su número 112 (de noviembre de 2014) cómo su obra era casi más reconocida fuera que dentro de nuestras fronteras. Así fue hasta que publicó “En la orilla”, el libro necesario que tantos lectores y críticos parecía que estuvieran esperando (Herralde dixit).

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Obabakoak, una relectura

La rentrée literaria de 2004 alimentó las habladurías de las camarillas que todavía rigen (aunque en franco retroceso) la actividad libresca en este país. El crítico de Babelia Ignacio Echevarría publicó una incendiaria reseña de la novela El hijo del acordeonista, en la que aprovechó para ajustar cuentas casi personales con el autor. En “Una elegía pastoral”, que es como tituló Echevarría su diatriba, se deslizaban descalificaciones (“beatitud, maniqueísmo, inopia, bobería, sentimentalidad jurásica”…) que venían enfatizadas por la cubierta del propio suplemento literario de El País, en donde se apreciaba la bonhomía pública de Atxaga enmarcada por una ventana rodeada de plantas, en lo parecía un caserío de su tierra natal. El conjunto se antojaba una enorme burla, aunque nadie lo hubiera previsto así.

Si el asunto adquirió tintes casi surrealistas algo tuvo que ver el despliegue mediático que en las semanas siguientes hizo El País, que encargó a diferentes autores de renombre que glosaran las virtudes de la novela de Atxaga para tratar de frenar la cascada de críticas negativas que siguieron a la de Echevarría. Y es que en la rechifla general que provocó “el affaire Echevarría” mucho tuvo que ver que la novela del escritor vasco era una de las apuestas del año de Alfaguara, poderoso sello entonces del no menos robusto Grupo Prisa (de eso hace diez años), editor a su vez del también por aquella época potente diario independiente de la mañana.

A resultas de tan curioso episodio, Echevarría nunca más escribió una reseña en Babelia, con el tiempo acabó en la competencia (El cultural, de El Mundo), y quedó en evidencia el trapicheo de críticas no tan críticas en los medios que tenían intereses en las novelas que reseñaban, aunque en este caso fuera una excepción.

Me he acordado de este curioso incidente, que generó una catarata de cartas al director, desmentidos del defensor del lector, intercambios de puyas entre escritores y críticos y muchas sonrisas maliciosas al releer otra novela de Atxaga: Obabakoak, la que dio a conocer al mundo ese territorio mítico de Obaba donde precisamente también se desarrollaba en parte la novela vituperaba por Echevarría.

Obabakoak apareció en la década de 1980 y rápidamente fue un éxito de crítica y público, en su aparición en euskera y en su rápida traducción al castellano y luego a una gran cantidad de lenguas. Convirtió a Bernardo Atxaga en un renovador de la literatura vasca y rápidamente desde la capital del centro lo erigieron en uno de los autores periféricos, acompañado de Quim Monzó para la lengua catalana y Manuel Rivas para la gallega. Monzó, sobre todo, ha hecho coña de esta condición de “periférico” que le endilgan los que catalogan desde el supuesto centro.

obabakoak

Leí Obabakoak, si hago caso de la fecha de la página de los créditos, a principios del nuevo milenio. Me gustó descubrir ese territorio mítico, me sedujo esa sucesión de relatos aparentemente independientes que luego enlazaban casi todos en una especie de obra mayor. Hubo finales en algunos de estos textos que me sorprendieron por su originalidad y hubo planteamientos en ellos (el chaval que aprende alemán enviando cartas a una novia idealizada de Hamburgo, por ejemplo; o el miedo a que un lagarto se pueda introducir por la oreja y volver tonta a su víctima a base de devorarle el cerebro) que me obligaron a devorar páginas y páginas en pos de una resolución.

Al releer ahora Obabakoak (una novela que he recomendado varias veces), me he acordado en parte de la crítica de Echevarría. No porque crea que Atxaga es un autor bobalicón o un sentimentalista jurásico, pero sí que creo que es una novela que no está envejeciendo bien, o que no soporta segundas lecturas así como así. Ha habido textos que, una vez superada el recuerdo de la sorpresa de un desenlace original, rechinan en su desarrollo. De igual manera, el artificio de colocar varios cuentos atendiendo a que serán los que se leerán en una velada literaria se antoja poco elaborado.

El epílogo del propio Atxaga (al menos en la 12ª edición de bolsillo que publicó “Punto de lectura”) puede aclarar un poco este carácter arcádico que supuran algunos de los relatos. Viene a decir que poco a poco está desarrollando una carrera literaria en una lengua que tenía escasa tradición (el euskera) y compara ese lento caminar con una partida del juego de la oca, donde hay casillas temibles que te pueden llevar a la cárcel, a retroceder varios puestos o incluso a volver al punto de partida. Atxaga venía de publicar en 1984 Bi anai, la mejor de las que le he leído (que han sido casi todas) y con Obabakoak logró el favor del público.

Es una buena puerta de acceso al mundo de Obaba, a su mundo. Quizá al lugar donde fuiste feliz no siempre haya necesidad de volver.