¿Piensa usted como Churchill?

Lo imagino con el pelo revuelto, la cara iluminada por la pantalla del ordenador, riendo por lo bajini mientras deja ir otra salvajada. Le da a la tecla de salto de página y empieza otro capítulo. Tiene que consultar sus notas, que seguro son muchas. Cotejar algunas citas, confirmar una fecha, anotar la procedencia de un dato. Escribe desde la admiración, pero sabe que la suya no será una obra canónica, que para llamar la atención de los lectores ha de epatar, tiene que salirse del academicismo y montar un reportaje largo, muy largo, porque el personaje se las trae.

Boris Johnson, alcalde de Londres durante ocho años, es ahora mismo el ministro de Exteriores del Reino Unido, el que está en las bambalinas del Brexit. Fue periodista antes que político, amante del mundo clásico (dicen), y ofrece una imagen peculiar, montando en bicicleta por la ribera del Thamesis, con el flequillo absolutamente desmadejado. Es admirador sin fisuras del político británico más importante de su historia, Winston Churchill. Y se consagró a glosar su figura en una biografía que es un ditirambo, así, sin más. De un personaje con tantas dobleces, tránsfuga de sí mismo en más de una ocasión, el hoy jefe de la diplomacia británica apenas entrevé algunas sombras y despacha con trazo grueso las posibles críticas que se puedan hacer a un hombre como Churchill, que pisó casi todos los charcos y no se arrugó ante nada.

Hace un par de años Alianza Editorial publicó “El factor Churchill”, con el elocuente subtítulo “Un solo hombre cambió el rumbo de la Historia”. El año recién terminado vio cómo aparecía en versión bolsillo la misma obra, con el mismo acompañamiento gráfico. Fotografías curiosas de un hombre que estuvo en las dos guerras mundiales, alumbró algunas de las instituciones clave del mundo que habitamos, “dejó sus huellas dactilares en el mapa de Oriente Medio”, acuñó frases memorables y sigue siendo guía y faro de políticos de todo pelaje, desde los más bienintencionados hasta los cínicos más desacomplejados (por aquí tenemos un ex con bigote desleído que presume de seguir sus directrices).

factor churchill alianza

Boris Johnson escribe sobre Winston Churchill sin ocultar su rendida admiración. Hay páginas en esta biografía que rozan el sonrojo si no fuera por el desacomplejado planteamiento que desde la primera página hace patente su autor. Churchill fue periodista, como Johnson, y escribió (dice este último) “más palabras que Shakespeare y Dickens juntos”. Recibió el Nobel de Literatura en 1953 y antes las posibles críticas ante semejante premio, Johnson se queda bien ancho: “veamos la lista de quienes obtuvieron [el galardón]. Comediógrafos japoneses de vanguardia. Latinoamericanos marxisto-feministas. Exponentes polacos del poema concepto. Todos ellos poseen su mérito, cada cual a su modo, pero muchos de ellos tienen bastantes menos lectores que Churchill”.

Cuando unas páginas después contrapone a su biografiado con los nazis, Johnson dice que “no había más que mirar a Churchill para captar la vital diferencia entre su modo de vida y la seriedad, la pomposidad, la uniformidad tremebundas de los nazis. Nunca olvidemos que Hitler era abstemio, padecía esa malformación que explica muchas de sus desgracias”. Y casi al final de su estudio, argumentando acerca de los afanes de Churchill para favorecer el nacimiento del estado de Israel, disculpa que hubiera recibido “muy sustanciosas donaciones” de banqueros y financieros judíos: “es totalmente cierto que las finanzas personales de Churchill no superarían hoy el examen de los medios. […] Sí que aceptó dinero de aquellos hombres, a veces en cantidades considerables. Pero aquellos tiempos eran muy distintos […] y no era en modo alguno insólito que los políticos recibieran apoyo financiero de sus admiradores”. Y se queda tan ancho.

No es extraño que en una reseña del libro que apareció en The Telegraph su autor dijera que  esta biografía se lee como “una mezcla de los Monty Python y las Horrible Histories”. El tono exagerado de muchas comparaciones, la indulgencia con que se justifican errores tremendos que provocaron miles de muertos (como el hundimiento de la flota francesa anclada en Orán en la segunda guerra mundial en julio de 1940, para impedir que pudiera ponerse del lado de Hitler) o el cinismo con el que alaba a Churchill en su deseo de construir una Unión europea (la misma que ahora quiere abandonar su país, con el propio Johnson a la cabeza) obliga al lector a enarcar las cejas muchas veces durante la lectura de este libro. Que es muy recomendable, sin embargo.

Johnson escribe con un tono periodístico, dicho sea sin ánimo peyorativo. Capítulos no demasiado largos, cargados de citas de Churchill o sus contemporáneos (tan pródigos en ellas), con anécdotas que si no son ciertas se amoldan perfectamente al relato. Esa condescendencia que se marca el biógrafo concuerda con el estilo de vida del personaje: goloso, ingenioso, bon vivant, fumador empedernido, noctámbulo, bebedor, arriesgado hasta resultar temerario, descendiente de nobles que sabía que había que darle al populacho lo necesario para que no despertara de su pesadilla y empezara a pedir responsabilidades…

 

Churchill dejó términos para la posteridad (Oriente Medio, Telón de Acero, Cumbre) y frases que se convirtieron en auténticos clichés: “Sangre, sudor y lágrimas”, “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”, “Combatámoslos en las playas”… Su memoria prodigiosa dicen que le permitía improvisar discursos que pasaban a la Historia por su erudición y organización, su ingenio posibilitaba respuestas que se han convertido en chistes: como cuando le dijo a una mujer fea que le reprochó su borrachera que a él al día siguiente la cogorza se le habría pasado pero ella no podría decir lo mismo.

Este libro se lee con gusto precisamente por eso, porque abunda en detalles pretendidamente jocosos. Churchill fue un personaje exagerado que dictaba sus textos desde la bañera, después de cenar, con varias botellas de distintos licores en el cuerpo y fumándose los puros que son indisociables de su imagen. Fue un hombre que se jactaba de haber acabado con la vida de varias personas, de manera directa. Y que no podía ocultar que algunas de sus decisiones en los conflictos en los que participó causaron miles de muertes. Hizo discursos antológicos, se reunión con los mandamases de su época (de Roosevelt a Stalin o De Gaulle) y de aquellos polvos vienen algunos de nuestros lodos.

Aproximarse a su figura de la mano de un admirador como Boris Johnson es una manera entretenida de empezar a atisbar sus claroscuros. Para los más atrevidos, el ínclito ministro de Exteriores británico propone visitar una web y comprobar hasta qué punto podemos pensar igual que Churchill.

Curioso experimento.

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De países inexistentes y vidas imaginarias

Cuando El Pequeño Larousse celebró el centenario de su aparición en español incluyó en las guardas las banderas de los países que existían en 1912, en recuerdo de la primera vez que se tradujo al español. Fue curioso ver que la bandera de China, antes de ser comunista, casi llevaba los colores del arco iris; que las enseñas de Andorra, Gran Bretaña o El Salvador eran sensiblemente diferentes a las actuales, y que sólo un siglo atrás existían Persia, Siam o Zanzíbar, además de Serbia y Montenegro, que se unieron más tarde para acabar divorciándose.

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Me he acordado de aquel ejercicio de nostalgia al pasear por los territorios recogidos en el “Atlas de países que no existen” (Geoplaneta, 2016). Lo firma Nick Middleton, un catedrático de Geografía de la Universidad de Oxford que ha ocupado unos cuantos años en registrar “una cincuentena de estados no reconocidos y en gran medida inadvertidos”. El libro está editado con mimo, con un ojo de buey en cubierta que anticipa el alarde de diseño del interior, donde cada “país inexistente” se presenta troquelado sobre el mapa del territorio que lo acoge oficialmente. En su académica introducción Middleton va explicando los criterios que han regido históricamente para determinar qué país puede lograr el reconocimiento como tal, con todas las salvedades existentes. Comenta lo que cualquier guerra pone en evidencia casi a diario, que el mapa político del mundo no es estático, que vivimos en “un mundo que fluye”. Recupera la manoseada cita de Max Weber de que un estado existe “cuando alguien tiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza sobre un territorio”. Salen a relucir la ONU, los efectos de la colonización de África, el conflicto cotidiano de Israel y Palestina y otros temas y subtemas que son consustanciales a las cuestiones fronterizas.

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El libro se organiza en capítulos de cuatro páginas, en los que el autor ofrece información concisa sobre cada país además de mostrar el efecto cartográfico antes mencionado. Agrupados por continentes, imagino que cada lector echará en falta alguno o entenderá que sobran países de los que aparecen. Está Cataluña pero no Escocia, aparece el Tíbet pero no el Kurdistán. En cualquier caso, la variada tipología de territorios geográficos sin el label político merece las horas que puede ocupar esta entretenida lectura. Por ejemplo, en medio de Copenhague hay una comuna hippy que tiene de plazo hasta 2018 para tomar o dejar la oferta del gobierno danés de comprar el tercio de kilómetro cuadrado sobre el que se asienta. El mismo gobierno tiene otro frente abierto, esta vez de 2.000.000 de km2, llamado Groenlandia. Cuenta Middleton que en 2009, para celebrar el autogobierno, las autoridades de la inmensa isla arponearon un par de ballenas que proporcionaron comida a toda la población, unas 40.000 almas.

En este libro aparecen, por razones bien diferentes, el reino de Redonda (en las antillanas islas de Barlovento), donde los literatos se reparten todo tipo de títulos nobiliarios con Javier Marías como monarca; la República Árabe Saharaui Democrática, condenada a la indefinición por la desidia española y por la abundancia de recursos naturales, demasiado rica para que la dejen caminar sola. Hay nombres de resonancias míticas (La Araucanía) o gamberradas diplomáticas –como la República Turca del Norte de Chipre– que provocarían sonrojo de no ser por las muertes que ha ocasionado. Y se van sucediendo curiosidades como la Antártida, la república rebelde de Abjasia, en Georgia, una isla con 23.000.000 millones de habitantes como Taiwan y otra mucho más pequeña y misteriosa como Rapa Nui. Lo mejor queda para el colofón, un verdadero país inexistente a caballo de varios océanos, que mantiene disputas con al menos 16 estados “reales” y que tiene una población acumulada de 67 habitantes. Su capital es Cyberterra.

En un lugar tan peculiar y fluctuante se hallarían como en casa algunos de los personajes que retrata Marcel Schwob con su precisión de cirujano. Hablábamos de él hace bien poco y seguimos devorando con deleite sus libros concisos. En “Vidas cruzadas” (recién editado por Alianza) es capaz de sacar petróleo de un puñado de datos llegados en voz baja de la noche de los tiempos. Si El Pequeño Larousse (por volver al argumento de inicio) despachaba a Eróstrato con un lacónico relato: “pirómano efesio que para inmortalizar su nombre con una hazaña incendió el templo de Artemisa en Éfeso (356 a.C.)”, Schwob dedica cinco suculentas páginas a elucubrar con precisión de documentalista acerca del carácter violento de la madre del incendiario, sobre las túnicas púrpuras de sus convecinos o en torno a la prohibición de que el nombre del pirómano trascendiera por los siglos de los siglos.

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Algo parecido les ocurre a personajes históricos como el pintor Uccello, el poeta Lucrecio, la princesa Pocahontas o el filósofo Empédocles, del que las enciclopedias dicen que se arrojó al cráter del Etna.

Con semejante final qué biografía no iba a imaginarle Schwob.