¿Qué música para Toronto?

Tengo la suerte de compartir muchas experiencias vitales desde hace más de 40 años con una persona que ahora vive a más de 6000 km de mi casa. Es cierto que Skype, Whatsapp, los correos electrónicos y algún que otro medio de comunicación menos instantáneo permiten sobrellevar esta distancia, que además hemos roto a golpe de avión varias veces en los últimos años. Es un tipo culto, buen conversador, con una memoria fantástica para títulos de canciones, citas literarias y recomendaciones de todo tipo, desde un artículo en el periódico a una novela poco conocida o un concierto imprescindible. Vive en Toronto desde hace pocos años y se ha hecho ya con un lugar en el mundillo cultural hispano de la ciudad. El otro día el cartero me trajo, por fin, un libro con su nombre en la cubierta. Se titula “Historias de Toronto” y reúne una docena de historias en castellano de autores con procedencia bien diversa: México, Venezuela, Perú, Colombia, España…

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Este amigo querido se llama Juan Gavasa y ha escrito un texto con Paco Belsué como protagonista, un paisano suyo al que los azares del destino llevaron también a Toronto, en circunstancias bien distintas y en una época lejana, la dictadura de Franco. En el Toronto de los 60 y 70, una ciudad más lisérgica que la actual y estupefacta ante el mundo que se estaba desperezando, aterrizó este diseñador gráfico de Jaca (en los Pirineos) que acabaría ideando uno de los logotipos más elegantes que existen en el imaginario del béisbol americano.

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Este pájaro azul, reproducido millones de veces en el merchandising deportivo que inunda las tiendas de la ciudad, no debió de reportar ni un centavo extra a la persona que lo ideó pero Juan Gavasa supo ver la fuerza de esta historia, primero en forma de reportaje periodístico y ahora en un relato de este volumen, titulado “Los pájaros azules mienten”, que aparece enmarcado entre dos acontecimientos históricos para la ciudad: la última Stanley Cup que ganaron los Maple Leafs (el equipo local de hockey sobre hielo), el 2 de mayo de 1967; y la primera de las dos series mundiales que alcanzaron los Blue Jays, el 24 de octubre de 1992. En esos 25 años cabe un mundo y una historia de amor callado, presentada de forma sutil y, desgraciadamente, trágica.

En un libro de relatos con autores variados es casi obligado que se destaquen los diferentes puntos de vista, la diversidad temática y hasta los distintos grados de solidez narrativa. Por razones bien dispares me he sentido atraído por varios textos, que no tienen nada que ver entre sí, en los que no faltan los elementos más reconocibles de ese decorado torontiano: la CN Tower, Union Station, el downtown, los rascacielos, las calles tiradas a cordel o las copiosas nevadas invernales.

La mexicana Martha Bátiz levanta un entramado intenso, duro, que evoca algunos de los cuentos más oscuros (en su cotidianeidad) de Mario Benedetti. A la tragedia que supone ser refugiada (aún más por su condición de mujer) se unen la violencia y las torturas. “La lista” es un relato que viaja al pasado desde el presente narrativo, que habla de dos culturas, que pincela la actualidad de los refugiados que vienen de Oriente Medio y la opone a los años de las dictaduras latinoamericanas. Una historia que no da un segundo de respiro mientras se precipita hacia un final descorazonador.

Bien diferente es el texto del peruano José Antonio Villalobos, una historia de cierto glamour que se desarrolla en el piso 35 de un rascacielos desde el que se atisba el perfil de esa icónica CN Tower. Tonos refinados, encuentros casuales, ambiente cinéfilo y una historia de amor que lleva al protagonista a descubrir que “es mejor enamorarse en invierno mientras se camina sobre la nieve”.

En casi todos los relatos del volumen Toronto es el decorado en el que se ubican las historias. En el último de la colección, “El mapa”, del mexicano Claudio Palomares, la ciudad se convierte en protagonista. Un recorrido sentimental por la ciudad: “Toronto como expresión física de las estructuras emocionales de la memoria”. Así se titula la tesis doctoral del protagonista del relato, que va descubriendo la urbe al tiempo que mira hacia sí mismo: “tal vez recorro esta ciudad para encontrarme”. En su vagabundear describe la invasión hípster en Queen West, la verticalidad del Downtown, los cafés que pueblan todos los barrios, hasta llegar al día de la lectura de la tesis en la universidad, en una variante de esas novelas de campus, un género tan del gusto de la literatura americana.

Mientras iba leyendo los textos de esta antología recordaba, salvando todas las distancias, la primera vez que vi “Historias de Nueva York”, la película en la que Coppola, Woody Allen y Scorsese mostraban su amor por la ciudad en unas historias que tomaban por decorado la Gran Manzana. Curiosamente, de aquel film me quedó (mucho más que los planos o los argumentos de los tres mediometrajes que lo componían) la canción “A whiter shade of pale” de Procol Harum con la que se cerraba (y creo que se abría) la historia de Martin Scorsese. Y al evocar aquella película intentaba ponerle una banda sonora a este libro y a las dos visitas que he hecho a Toronto.

 

Ha sido imposible. Mi amigo es un profundo conocedor de todo tipo de músicas y durante nuestros encuentros en la ciudad, con más o menos Canadian en el cuerpo, hemos mezclado nuestros hits de juventud con ritmos afrobeat, canciones de Triana o lo que quisieran poner las emisoras que se iban metiendo en el aparato del coche, ya fuera viajando a un cottage en el norte o acercándonos a la frontera con EEUU para (re)conocer las cataratas del Niagara.

Hace un tiempo hablábamos aquí de un hijo ilustre de esta ciudad, Glenn Gould, que ahí debió de grabar esas “Variaciones Goldberg” de Bach que no dejan de asombrar, ni después de haberlas escuchado cientos de veces. En esa rapidez endiablada de ejecución vislumbro las luces intermitentes de los coches que cruzan Toronto de noche, en busca de las zonas residenciales de las afueras. En medio de los silencios quiero imaginar el crujido de unas botas sobre la nieve. Las melodías  del piano son una concatenación de notas que, en las partituras, si entornas los ojos, seguro que permiten vislumbrar el skyline de Toronto, esa ciudad en permanente transformación, que alberga millones de historias, que ahora es también “un poco mía”, de tantos afectos ahí depositados.

Ramón Acín vive

Ochenta años hace de su fusilamiento en Huesca, en las tapias del cementerio. La causa, según el inicuo parte: “en refriega habida por motivo de Guerra Civil”. Fue un 6 de agosto de 1936. Diecisiete días después corría la misma (mala) suerte su mujer, Concha Monrás. Quedaban dos huérfanas, Katia y Sol; unas pajaritas que se convertirían en el símbolo de una obra artística notable, y el recuerdo de un hombre comprometido, beligerante, coherente. Se llamaba Ramón Acín, y no llegó a cumplir 48 años.

ramon by panter.jpgRetrato de Ramón Acín, por Sergio Sanjuán

La ingeniosa frase de Andrés Trapiello para referirse a los escritores de derechas “que ganaron la guerra pero perdieron los manuales de literatura” no puede ser más falsa en el caso de Acín, ni aún dándole la vuelta. Perdió la guerra en tanto que se dejó la vida, fue vilipendiado y denunciado antes de su oprobiosa muerte, se le ignoró durante años y algunas de sus obras fueron destruidas a martillazos, pero es cierto que a la postre acabó ganando un lugar merecido en la pequeña historia del arte local, desde donde se ha ido proyectando por todo el país. Quiso la suerte, y nunca mejor dicho, que su nombre quedara ligado para siempre a una de las películas más notorias de Luis Buñuel. Tierra sin pan, también conocida como Las Hurdes, fue posible gracias al 29.757, un número que resultó premiado en la lotería de Navidad de 1932 y que Acín, en cumplimiento de una promesa, destinó a producir el famoso documental del cineasta calandino. En el relato “Padre de almas”, del libro colectivo Mosen (Pirineum Editorial, 2000), se puede rastrear toda la historia.

Y de unos años a esta parte, de manera regular, la vida y obra de Ramón Acín se han ido haciendo un hueco en el panorama editorial y han ido ganando el favor del público en forma de exposiciones o de reivindicación de su variada obra pictórica, escultórica y hasta escrita, pues dejó un buen número de artículos en la prensa oscense y algún que otro libro. En 1982 se celebró una exposición en Huesca con 92 obras catalogadas hasta entonces. Seis años después, con motivo del centenario de su nacimiento, superaban ya los tres centenares las obras localizadas. Un libro que ahora adquiere el rango de joya de coleccionista, con un rótulo fundido en hierro y enganchado en la cubierta, se hacía eco de esta colección de pinturas y esculturas, en una investigación dirigida por Manuel García Guatas.

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Colofón del catálogo dedicado a Ramón Acín, (Diputación de Huesca, 1988)

En 1998 Sonya Torres Planells trazó una semblanza biográfica y artística para Virus. Un lustro después una nueva exposición antológica, esta vez en el Museo de Bellas Artes de Zaragoza, posibilitó un nuevo catálogo con textos del propio García Guatas, Carlos Forcadell y Mercè Ibarz, entre otros. El libro-DVD La línea sentida, de Emilio Casanova y Jesús Lou, permitió que las nuevas tecnologías acogieran en su seno la obra de Acín y la opinión de numerosos estudiosos, que no dejan de escudriñar su trayectoria. Hace sólo unos meses que Debate publicó Ramón Acín toma la palabra. Edición anotada de sus escritos (1913-1936) y hace pocas semanas apareció, esta vez en formato cómic, La bondad y la ira, con el significativo subtítulo de “Últimas horas de Ramón Acín” (GP Ediciones).

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Este tebeo, con texto de Juan Pérez y dibujos de Daniel Viñuales, recrea en luctuoso blanco y negro los instantes que precedieron a la detención de Acín, que salió de su escondite en su propia casa de Huesca para defender a su mujer, a la que estaba humillando un grupo de fascistas que iba en busca del artista y acabaron llevándose a los dos, para asesinarlos en menos de un mes. Esas horas trágicas recrean en un acelerado flashback momentos decisivos de la vida de Acín: su labor como maestro en la Normal de Huesca, su activismo anarquista, su detención tras haber escrito en contra de la guerra de África, su participación en la insurrección republicana de Jaca y el consiguiente exilio en París, la vuelta a la España republicana y los honores que se le rindieron y la vuelta al activismo. Es un cómic breve e intenso, coronado por una cubierta muy lograda: tres agujeros asesinan una pajarita, y a través de ellos se ve el fondo rojo de la solapa de papel. Es el único detalle colorido en una obra austera, en la que predominan grises y negros. Hay muchas pajaritas en sus páginas, símbolos de libertad atenazada, protagonistas de historias que Ramón cuenta a sus hijas Katia y Sol, recuerdo del artista que se fue demasiado pronto pero cuya obra se asienta hoy en el parque de Huesca, en una calle de Barcelona, con esa rigidez que el hierro de las esculturas proporciona hoy a los frágiles papeles con los que juegan los niños.

Este cómic es un jalón más en una serie bibliográfica que seguirá creciendo, sin duda. Es meritoria la labor que lleva a cabo la Fundación Acín, atenta a cualquier mención que se hace del hombre o el artista. Este artículo de José Carlos Mainer, publicado con motivo de la recopilación periodística de Acín en Debate, despertará el hambre de los lectores por saber más, que se pondrán a buscar sus libros, sus pinturas, sus esculturas.

Porque Ramón Acín sigue vivo, muy vivo.

Republicana, roja y atea

Los caprichos del azar han querido que cayera en mis manos el ejemplar de una novela que tenía otro destinatario. Está dedicado por su autora, Clara Usón, y dice escuetamente: “Para Álvaro. Una novela republicana, roja y anticlerical. Ojalá te guste”. Rescatada de un puesto de venta de libros de segunda mano en el barcelonés Mercat de Sant Antoni, nada me permite saber si Álvaro la leyó o se la quitó de encima sin apreciar siquiera la ajustada definición que su autora hace de “Valor”, publicada hace escasos meses por Seix Barral y recibida con muy buenas críticas, que en casi todos los casos recordaban la calidad de la anterior obra de Clara Usón, “La hija del este”, y los abundantes galardones que cosechó.

Llegué a ella después de escuchar esta entrevista en “A vivir que son dos días” (Cadena SER), donde cultivan una original sección de recomendaciones literarias, en la que dos lectores no profesionales tienen la oportunidad de hablar con el autor o autora de la novela que han leído, juzgando sin cortapisas y cotejando sus opiniones con el autorizado (y nunca mejor dicho) punto de vista del autor. Me sorprendió reconocer en la lectura del arranque de la novela –que hacía Óscar López (fantástico divulgador de libros y entusiasta promotor de la lectura, sin ejercicios de dandismo literario ni posturas elitistas)– el eco de unas frases que me ha acompañado desde hace más de dos décadas, cuando empecé a interesarme por una intentona republicana acaecida en Jaca (Huesca) en 1930. “Apuntadme bien para que no sufra –pide Fermín Galán a los soldados del pelotón. Un capellán busca reconciliarlo con Dios, y Galán le dice que no está dispuesto a echar por tierra en el último minuto las creencias de toda una vida”.

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En cinco escasas líneas está justificado el título de esta novela republicana, roja y atea. El valor que probó Galán cuando afrontó las consecuencias de su fallida intentona está concentrado en esos dos gestos que dejó para el recuerdo, minutos antes de dar él mismo la orden de “Fuego” y morir abatido por los disparos del pelotón y poco después de echar con cajas destempladas al “cuervo” que proponía perdones eternos a las acciones terrenales de un militar cultivado, crítico, descreído y valiente, totalmente alejado de los usos de la época entre sus compañeros de uniforme. En la entrevista mencionada, Clara Usón explicaba que había una razón familiar en la elección de esta historia de Fermín Galán como una de las tres tramas que se trenzan en su novela. Luis Duch Lacasa, tío de la autora, había apoyado a Galán y lo había hecho además desde una posición peculiar para la época: toda la familia de Duch era gente de orden, propietarios, monárquicos y de derechas, burguesía de provincias en una ciudad repleta de militares y curas, como constató Pío Baroja cuando acudió a Jaca precisamente para asistir a los juicios que condenaron al resto de militares y civiles complotados junto a Galán. El propio Luis Duch era una especie de señorito que estudiaba Derecho (con poco provecho) en Madrid mientras disfrutaba de las rentas familiares y se permitía ser un hombre comprometido con la izquierda. Pagaría con su vida pocos años después semejante compromiso, cuando fue fusilado en la sangría que sacudió Jaca en las primeras semanas de la guerra civil. Él fue uno de los primeros en caer (de los 400 asesinatos que hubo en la ciudad) y no lo salvó –quizá eso lo condenó– ni su condición de “propietario” ni el apellido Lacasa.

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Los sangrientos sucesos de Jaca y su comarca los estudió con precisión Esteban C. Gómez en dos libros que trascienden el ámbito local objeto de su investigación. “La insurrección de Jaca. Los hombres que trajeron la República” (1996) y “El eco de las descargas. Adiós a la esperanza republicana” (2002) abrieron la espita de futuras investigaciones, levantaron el manto de silencio que se abatía sobre lo ocurrido en esa zona en los años 30 y propiciaron, sin saberlo, que novelas como “Valor” recuperasen un episodio que ahora se presenta “literaturizado” pero sin caer en el riesgo de la mitificación. La sublevación republicana de Jaca, su gestación y su sangriento final componen uno de los tres episodios que aborda esta novela. Otro es una historia de ignominia protagonizada por un cura en la Croacia independiente de la Segunda Guerra Mundial, en el campo de concentración de Jasenovac, durante el régimen nazi de los ustacha. La tercera trama está mucho más cercana en el tiempo, es de anteayer, y está protagonizada por una directora de sucursal bancaria que ha estafado a amigos, conocidos y clientes con el negocio de las preferentes y ha de hacer frente a una complicada situación personal en una sociedad banal, vacunada ya de espantos.

Este último episodio encierra la clave que traza una fina urdimbre entre las tres historias y otorga una visión de conjunto a lo que por momentos parecía ser una mera sucesión de subtramas inconexas, con el “valor” manifestándose de manera radical en la resolución de todas ellas. Al final del conjunto, el lector se queda sin aliento. Lo que parecía un ejercicio de erudición e investigación plasmado con un notable pulso narrativo se convierte en un tríptico que viaja por el siglo XX para descubrir las honduras del alma humana, jugar con los detalles y el azar que van decidiendo la vida de cada uno y mostrar sin tapujos que el valor, bien o mal entendido, puede ser la base de aquel adagio tantas veces citado de “un bel morir tutta una vita onora”.

Álvaro, el receptor del ejemplar que acabó cayendo en mis manos, no sé si leyó esta novela “republicana, roja y atea”. Creo que, como a mí, le hubiera gustado.

Mansa chatarra, los sueños de Ferrer Lerín

En uno de sus peculiares libros, Enrique Vila-Matas rastreó las biografías de escritores que un día habían hecho mutis. El “preferiría no hacerlo” del personaje de Melville fue el “leit motiv” de una espléndida colección de relatos que dio en llamar Bartleby y compañía (Anagrama). Allí descubrí a un personaje curioso que por azares más o menos perseguidos se fue de Barcelona para recalar en la localidad de Jaca, en el Pirineo aragonés, estudiando a las aves necrófagas al tiempo que silenciaba una voz poética que había cosechado admiradores y hasta había sido considerada como una de las “novísimas” de Castellet.
Este casi desconocido “bartleby” pareció salir de ese ensimismamiento al tiempo que Vila-Matas daba detalles de su singladura. Hasta tal punto que en la última década ha publicado una amplia y variada cantidad de textos, con sellos bien distintos (algunos tan conocidos como Galaxia-Gutemberg o Tusquets); ha cosechado elogios de la crítica, ha provocado sorpresas en no pocos lectores y hasta ha sido galardonado con alguno de los muchos premios que pueblan la esfera literaria de este país.
Su reaparición se ha visto refrendada con un blog muy particular, donde combina textos de desigual intensidad con imágenes curiosas y/o familiares y comentarios de todo tipo, muchas veces con una potente carga onírica y una voz muy personal. Precisamente son los sueños, y sus derivados, lo que ha recogido ahora en un libro singular, por muchas razones. Se llama Mansa chatarra, como uno de los breves textos de esta recopilación que ha hecho el profesor José L. Falcó. Lleva unas semanas en las librerías, ha sido reseñado con bastante buena acogida en algunos suplementos literarios y, como va anunciando Ferrer Lerín en su blog, está girando por tierras aragonesas a la espera de torear en plazas más grandes.
El libro como objeto es delicioso, en una muestra más del buen hacer de sus editores (Jekyll and Jill). Una tipografía sobria y elegante, en una edición a la antigua con sobrecubierta y papel ahuesado, que se completa con un detalle (como casi siempre en las obras de este pequeño pero exigente sello) que seguro agradará a los lectores. Corran a comprarlo para descubrirlo.
Los textos de Ferrer Lerín que componen Mansa chatarra tienen variada procedencia, como señala en el prólogo el profesor Falcó, y el conjunto de la obra quizá se resienta de ello. Ello no es óbice para que muchos de ellos brillen y evoquen a Borges, al que Ferrer Lerín ha dicho admirar. Son textos breves, rara vez alcanzan las cuatro páginas, cargados de un lirismo que no suena ampuloso ni estridente. Atesoran imágenes de gran belleza. La fantasía rica en detalles y giros sorprendentes lleva al lector a volver al inicio y a dejarse llevar por esa imaginación desbordada. Los lectores del Bestiario que publicó Galaxia Gutemberg en un bello libro enseguida reconocerán algunos de los seres que entonces y ahora sorprendían con su monstruosa apariencia. Los que frecuenten su blog también recordarán algunos de sus apuntes casi surrealistas.
En un conjunto de aspecto tan atractivo, en el fondo y en la forma, le sorprende a uno la coz que Ferrer Lerín le suelta a la lengua que en algún momento de su vida barcelonesa le debió de acompañar. De una manera ciertamente enrevesada se refiere (y cito de memoria) a “una lengua destinada al vulgo que ahora algunos se empeñan en elevar a un rango superior”. ¿Forma parte de alguna pesadilla este ataque? ¿Es posible que textos de tan serena belleza puedan quedar empañados por un comentario que resulta extemporáneo?

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