¿Era necesario saberlo?

Fue hace muchos años, en una clase de literatura del extinto COU. La profesora, soriana y precisamente por ello machadiana perdida, nos quiso descubrir un aspecto muy personal de don Antonio, cuyos versos leía en clase con devoción. Fue aquel el año en el que amamos a Machado, anotábamos casi cada verso, en busca de símbolos, referencias y hasta significados que posiblemente el propio poeta no llegó nunca a vislumbrar. Preparábamos el examen de selectividad con el deseo de que nos cayera un poema suyo, el que fuera, porque íbamos a bordar los comentarios. Lamentablemente, nos tocó uno de Aleixandre o de cualquier otro poeta, del 98 o del 27. Eso sí, quedamos embrujados para siempre por los versos austeros pero certeros de don Antonio.

El regalo que nos hizo aquella profesora terminó siendo un fiasco. Se había publicado, poco tiempo atrás, un libro con unas cartas que Machado dirigió a Guiomar, una especie de amor otoñal que surgió mucho tiempo después de la muerte de su añorada Leonor, aquella adolescente cuyo recuerdo subyacía en muchos de los versos imperecederos del poeta, el amor que la muerte segó de un tajo, la historia casi indecente que sólo la tragedia ha hecho más llevadera. Nos leyó aquella profesora unas cartas que Machado escribió a Guiomar, en las que el romanticismo de sus versos más conocidos era sustituido por una pasión pedestre, “fieramente humana”. Fuimos unos cuantos los estudiantes que asistimos decepcionados a esa intromisión en la vida íntima del hombre, lejos del poeta que daba a la imprenta unos versos de los que estaba convencido, de los que sentía orgulloso. Las cartas a Guiomar, que posiblemente escribió sin pensar que alguien pudiera darles publicidad, retratan a un hombre enamorado, que habla sin tapujos, que se muestra desorientado, que admira una belleza en su amada que, por lo visto, sólo existía en esa mirada devota, en su alma de hombre que intuye que pocas oportunidades le quedan al amor en su vida.

Fue un voyeurismo en el que no quedé complacido. Más tarde pude leer otros versos del propio Machado, los dedicados Enrique Líster, aquellos de “si mi pluma valiera lo que tu pistola” (o algo parecido), elaborados en el fragor ya de la guerra civil, cuando había que tomar partido hasta mancharse. Ni las cartas a Guiomar ni los versos a Líster pueden empañar la enormidad de la obra machadiana, por mucho que Borges soltara aquella impertinencia de “no sabía que Manuel tuviera un hermano”, cuando le pusieron en la diabólica tesitura de elegir entre los versos de uno de los dos “machados”. No me gustó nada conocer la intimidad carnal de un artista que había iluminado nuestra alma con poemas inolvidables.

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Algo parecido me ha ocurrido al pasar las páginas de “Mi cuerpo es una celda (una autobiografía”, firmada a nombre de Andrés Caicedo, aunque sea preciso decir que hay algo de trampa en esta asignación de autoría. El libro, publicado por Alfaguara en Colombia en 2014, está en realidad “dirigido y montado” por el chileno Alberto Fuguet, y así consta en la página de cortesía. Ha sido Fuguet el gran valedor de Caicedo en los últimos años, al que ha rescatado como uno de los damnificados del dichoso “boom”. De ello habíamos hablado aquí hace unos meses, impactados como estábamos entonces de la primera lectura que hacíamos del colombiano. Leer este falso libro de Caicedo me ha retrotraído a aquella extraña experiencia machadiana porque también ha habido mucho de ejercicio de voyeurismo, en este caso además con resultado trágico y vivencias que en algunos casos bordean lo inmoral si no lo delictivo.

Andrés Caicedo murió joven y bello. De hecho en el libro aparecen imágenes inéditas que evocan aquellas fotos míticas de Jim Morrison poco antes de traspasar. Murió porque quiso, se tomó una sesentena de pastillas el mismo día en el que recibió un ejemplar de su novela “Que viva la música”. Escribió dos cartas antes de morir, que se publican en este libro, y que hieren doblemente porque ahora sabemos las circunstancias en que fueron elaboradas, la prisa que movía la mano de Caicedo al reclamar cariño a su novia, al pedir pronta respuesta a su amigo Miguel Marías, al que hacía partícipe de algunas opiniones cinematográficas, pasión que compartían ambos.

El libro está montado, nunca mejor dicho, a partir de documentos públicos y personales de Caicedo. Críticas de cine, reseñas, comentarios a amigos desde su residencia en Houston, adonde va con la vana ilusión de vender unos guiones cinematográficos; pero también cartas de amor, misivas familiares, una autobiografía elaborada a petición de un médico tras ingresar en un psiquiátrico después de una primera intentona fallida de suicidio. Es este el ejercicio de voyeurismo al que nos referíamos antes. Explica Caicedo en cartas muy personales que está subyugado por una chiquita que no es todavía adolescente, y queda patente que su relación con ella no se limita a besos en la mejilla. Explica intimidades familiares que poco aportan a su trayectoria literaria, más allá de su condición de “hijo casi mimado”. Hay una pulsión sexual que otros han analizado y que se ve maniatada por una mezcla de machismo, prejuicios e hipocresías varias. Este patchwork de escritos parece que suscitó resquemores en las hermanas que le han sobrevivido e incluso algunas de ellas lograron censurar ciertas alusiones a relaciones homosexuales por las que Caicedo no parecía sentirse especialmente afligido.

Habla Caicedo del “Calicalabozo”, para referirse a la sensación de aprisionamiento en la que vivía en su ciudad natal. Bien se liberó cuando puso a la protagonista femenina de su novela a vagar por las calles de la ciudad mientras descubría sus noches y sus ritmos. El título también se refiere a la “celda” que era su cuerpo. Y los lectores sabemos, si es que lo ignorábamos, que los textos ahí agrupados pertenecen a un suicida que se vio “censurado y juzgado por la estructura familiar”.

Como el personaje es interesante y dejó una obra, aunque escasa, de notable altura, puede parecer pertinente asistir a este ejercicio de destape. Hay reseñas deliciosas, cuando descubre en EEUU películas de Truffaut, de Peckinpah o clásicos que en Colombia no había podido disfrutar en pantalla grande. Es curioso ver en primera persona los problemas que tiene para montar y tirar adelante revistas dedicadas al cine, y leer las cartas que se cruza con Luis Ospina, un amigo que luego alcanzara renombre en el cine latinoamericano. La parte cinematográfica, con especial atención a sus denodados esfuerzos por tirar adelante la revista Ojo al cine.

Algunas cartas con su familia, especialmente cuando se comporta como un estudiante acuciado por las estrecheces económicas, se leen con un rictus de silenciosa complicidad. Pero hay otras que, como pasaba con los textos de Machado, se leen con vergüenza, no sé si ajena. La persona no está a la altura. Y es duro saberlo, en plena construcción del mito.

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Sudor (y sangre)

Descubrí de manera indirecta, e imagino que demasiado tarde, a Alberto Fuguet, gracias al colombiano Andrés Caicedo. Este último fue, a decir del otro, uno de los damnificados del “boom”, y se hablaba de todo ello en un artículo de Tinta Libre. En ese mismo texto aparecía Fuguet como un adalid de posturas heterodoxas, una especie de iconoclasta que se atrevía en su última novela con algunos de los iconos del “boom”. Sudor (Penguin Random House, 2016), que dicen los créditos que va por su segunda edición en pocas semanas, es el título de esta novela en la que se ridiculiza ligeramente a Nuria Monclús (trasunto de la Balcells) pero que tiene la mira telescópica puesta en Carlos Fuentes (aquí Rafael Restrepo) y su hijo (aquí Rafa). El primero es criticado con acidez y el segundo, verdadero protagonista de dos tercios de la obra, va añadiendo sal a la biografía del padre mediante sus opiniones y sus actos desmadrados.

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Rafa es gay, y la novela (si es que existe ese subgénero) ha sido ubicada ahí también: novela gay. Y pornográfica. El “sudor” del título viene del calor en Santiago de Chile, y del roce de los cuerpos, cuyas posturas se describen con pelos (nunca mejor dicho) y señales, en coitos que se llevan a cabo de manera impulsiva, ya sea en el lavabo de un bar o en la suite del hotel W, con unas vistas de ensueño sobre la capital chilena. Es una novela coyuntural, que quizá en pocos años se muestre acartonada porque ya no existan ni Grindr (la app que utilizan los gays para sus encuentros fugaces) ni sean tan habituales los mensajes de Whatsapp, con esa mezcla de espontaneidad sincopada e inmediatez en la respuesta, o hayan caído en el olvido muchas de las canciones que “suenan”.

Sudor se sostiene sobre un andamiaje caravista: una introducción de un centenar de páginas, en las que Alf, el narrador protagonista, explica en primera persona quién es y por qué ha de dedicar sus próximos días a promocionar “El aura de las cosas”, el libro de Alfaguara en el que Rafael Restrepo “comenta” las fotos de su hijo Rafa, y que es una apuesta decadente de una editorial que vivió tiempos mejores. El lector es puesto en antecedentes, y si conoce algo del mundo editorial, no podrá evitar esbozar una sonrisa maliciosa al reconocer egocentrismos en franca retirada, nombres de críticos o autores que aparecen citados (no sabemos si con autorización o con el propósito de ser zaheridos). Esta introducción va soltando una bilis que el lector ya ha hecho suya para cuando aparecen padre e hijo. El relato adopta entonces el formato de diario: cuatro jornadas que combinan una agenda cultural repleta de actos con personalidades sazonadas con polvos, tarros de Boy Butter y fiestas privadas, a cualquier hora del día, con abundante perico para aguantar más y mejor. Son medio millar de páginas de sudorosa acción, con primerísimos planos de felaciones o encuentros furtivos que a veces distraen más de lo que contextualizan.

El hijo malcriado y el padre avergonzado; el escritor de fama mundial que quiere rodearse de todo tipo de celebridades y el fotógrafo impulsivo que atesora conquistas en pelotas al tiempo que retrata su narcisismo; la lucha encarnizada entre una vieja gloria que quiere ganar la inmortalidad y un joven admirador de Morrison que aspira a dejar un cadáver bonito, sin los estragos de la vejez. Esta roman à clef, tan de ambiente, tan del mundillo editorial, tan de Santiago, tan repleta de sobrentendidos,  acaba funcionando por el puro morbo: es el dibujo de una relación paterno filial hecha cisco, es la crónica de cuatro días de desfase, es el pinchazo del globo del “boom”, con sopapos a diestra y siniestra, de Vargas Llosa a Saramago. Es una novela predictible, en la que pronto se sabe cómo acabará todo, ya sea porque el lector está en antecedentes de lo que ocurrió con los personajes reales que inspiraron la trama o porque es fácilmente deducible por la enfermedad que padece Rafa, señuelo que hace avanzar el relato a trompicones cuanto más se acelera el desenfreno.

El lector satisface ese lado morboso y, aunque sea a regañadientes, va intuyendo el bronco final. Y va transitando por estas 600 páginas de un autor destroyer que en alguna entrevista ha lamentado no provocar más controversia. Una novela curiosa.

Con “El corazón de las tinieblas” de fondo

Fue un profesor de literatura, ya en la universidad, el que nos descubrió a Joseph Conrad a casi todos los alumnos de Periodismo de aquel curso. Encargó que compráramos “El corazón de las tinieblas” en la edición de Alianza y la estuvimos desmenuzando durante semanas. He vuelto un par de veces a leer aquel ejemplar lleno de notas y pliegues en las esquinas. El barco varado en el Thamesis en oposición al que remonta el río Congo, la civilización de la metrópoli londinense frente a la barbarie africana, el viaje hacia las fuentes del río que es en realidad un trayecto para descubrir de los fantasmas personales del capitán que se ha apartado del mundo, un viaje a lo desconocido de la naturaleza que se transmuta en un paseo por los abismos de la locura.

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Alguien comentó entonces en clase que “Apocalypse Now”, la personal versión de la guerra de Vietnam en la que Coppola se dejó la fortuna, la salud y casi la vida, era en realidad una adaptación de la novela de Conrad, trasladando la acción de continente y haciendo avanzar unas décadas el periodo narrado. Volví a ver la película y, aunque seguía disfrutando de los fuegos de artificio que son el ataque de los helicópteros al son de “La cabalgata de las walkirias”, el surfista que monta las olas que generan las bombas o el olor del napalm con el que dice gozar por las mañanas el personaje de Robert Duvall, ataviado con su sombrero del Séptimo de Caballería, concentré la atención en esa trama oscura, densa, bañada en sudor, locura y sangre. El recorrido hasta los dominios de Kurtz es uno de los hitos que han quedado en el imaginario para tratar de entender aquella guerra de Vietnam. Las canciones de la Creedence, preguntándose “quién pararía la lluvia”, como el tema de The Doors que sirve precisamente para abrir el film de Coppola, proporcionan también el fondo sonoro a una contienda sobre la que se siguen haciendo películas que aquí consumimos como si esa fuera también una guerra nuestra.

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El coronel Kurtz, en una fotograma de “Apocalypse Now” (imagen procedente de oldpicsarchive.com)

Cuando hace unos meses murió Robert Stone lo asocié enseguida a uno de los “libros peligrosos” que sugería Juan Tallón en su ensayo de Larousse Editorial. “Dog Soldiers” era la novela que había seleccionado de este escritor estadounidense, una obra de 1973 que no había tenido traducción al castellano hasta el año 2010, en una edición sobria, elegante y prologada con precisión por Rodrigo Fresán. Libros del Silencio, la editorial que la hizo posible, ya no existe (desgraciadamente).

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Durante la lectura frenética de esta novela me venían a la cabeza imágenes de “Apocalypse Now”. La historia la protagoniza John Converse, un periodista destacado en Vietnam que abomina de todo lo que ve ahí. Corrupción, falsedad, crímenes, la miseria humana en todo su esplendor. Enseguida se vuelve un descreído y decide hacer un pingüe negocio: aprovechando el viaje de vuelta a casa en un barco de la armada americana transportará tres kilos de heroína que venderá en su país. Su novia y un viejo amigo serán sus socios en la empresa. La realidad se impone, la codicia también y el supuesto negocio se puede ir al garete cuando la pareja de socios decide volar por su cuenta. Vietnam queda atrás y la novela se convierte en una especie de road movie por el sur de EEUU, un escenario y unas historias que después hemos visto en algunas obras de Don Winslow, por ejemplo.
En ese esmerado prólogo que hace Fresán de “Dog Soldiers” la mención a la película de Coppola aparece en la primera línea, y el recuerdo de Conrad sale pocos renglones después. Y es que el propio Robert Stone, después de dedicar su obra “Al Comité de Responsabilidades”, coloca un pequeño fragmento de “El corazón de las tinieblas”, que se puede tomar como un sorbo condensado del largo trago al que nos convida: “He visto el demonio de la violencia, el demonio de la avaricia, el demonio del deseo ardiente…”. Todos esos demonios son los que el lector teme encontrar en cualquier vuelta de la carretera que lleva a casa de Dieter, donde puede estar escondida la droga que se convierte en el eje del relato. Están en la balacera final y vuelven de Vietnam a un país que no se atreve a mirarse al espejo, porque está seguro de no entender lo que ve. Fresán recoge en el prólogo diversas declaraciones de Stone en entrevistas muy espaciadas en el tiempo, algunas contemporáneas al éxito de crítica y público que tuvo “Dog Soldiers” en la primera mitad de la década de 1970, otras bastantes cercanas a la actualidad, cuando su obra era conocida por otras novelas. “Vuelvo una y otra vez a la guerra porque me temo que la guerra vuelve una y otra vez a nosotros”, decía en 1985. Juan Tallón, al escoger “Dog Soldiers” entre el centenar de libros que hay que leer, decía que “no puedes actuar de espaldas a la realidad todo el tiempo, como si la fiesta no fuse a acabar y nadie apagase la luz ni la música” antes de recordar una charla entre el protagonista y una misionera en Saigón, que le dice: “siempre me ha sorprendido que, estando las cosas como están, la gente encuentre tan difícil creer en Satanás”.
Esos demonios a los que aludía Stone en el prefacio de su novela, tomando prestadas palabras de Conrad, están muy presentes en esta historia, como poblaban también los sueños y delirios de Kurtz (capitán en “El corazón de las tinieblas” y coronel en “Apocalypse Now”). La omnipresencia de la novela de Conrad en el hábitat que rodea a la novela de Stone se puede apreciar, de manera paradójica, en una crítica casi demoledora con que se encontró la versión en castellano cuando apareció en 2011. La firmaba Sergi Torres en Jot Down y en poco más de un folio no le perdonaba casi nada: “una gran novela primigenia que luego sería superada por todos sus sucesores”. Para acabar recomendando a sus posibles lectores que se entretuvieran mejor con… “El corazón de las tinieblas”.