Un taxista sandinista

“El séptimo vicio”, el espacio de cine de Radio 3, se emite una vez al mes desde Barcelona, en directo, en la sala grande de la Filmoteca de Catalunya. Es una ocasión óptima para poner cara a tantas voces y formar parte de un programa que parece hecho sin guión, a golpe de genialidad de sus invitados, que (a decir verdad) suelen estar bien elegidos. Hace ya unos meses que “els vicis de Filmoteca” (así se llama esta cita barcelonesa con el programa de Javier Tolentino) anunciaron que emitían una peli documental basada en las conversaciones que tuvieron Hitchcock y Truffaut, de las que salió un libro canónico de cine que Alianza reedita sin parar. En el programa previo a la proyección estaba prevista la participación del “enfant terrible” del cine catalán, Albert Serra, y de un escritor de novela negra llamado Carlos Zanón, que a mí me sonaba por las estupendas reseñas que firmaba de vez en cuando en Babelia.

Albert Serra gusta de epatar al respetable con sus opiniones rotundas y, en directo, acompaña sus declaraciones de un histrionismo que tiene algo de daliniano, inflexiones de voz incluidas. Repantingado en una butaca en el escenario, delante de un micrófono y con esos cascos enormes que usan en la radio, parecía encontrarse en su salsa. Si no hubiera asistido en directo a aquella emisión me hubiera perdido las caras de sorpresa de Carlos Zanón, que parecía aguantar con estoicismo semejantes salidas de tono. Él había sido entrevistado poco antes y había hecho gala de una sencillez que poco tenía que ver con su compañero de programa. Desde la invisibilidad de casa, si hubiera escuchado el programa mientras preparo la cena (como hago muchas tardes) no hubiera reparado en ese escritor que nada más terminar la charla, en los minutos previos a la proyección a la película que remata la jornada, despareció por el largo pasillo de la sala Segundo de Chomón, en un edificio de reciente creación en pleno Raval, un entorno urbano cargado de referencias cinematográficas y literarias.

Esta otra Barcelona, alejada de la ciudad de postal que atrae a millones de turistas con su palo-selfie, es la gran protagonista (precisamente) de la última novela de Carlos Zanón, “Taxi”, recién publicada por Salamandra y que ha suscitado el interés prácticamente unánime de los medios. Lo más curioso es que, al tratarse de una novela tan rica en detalles, cada reseñista ha encontrado algo interesante… y diferente del resto. Es una novela negra, es una historia ambientada en Barcelona (subgénero que no deja de enriquecerse), es una novela proletaria, es una road movie a caballo de un taxi, es una historia de amor, es un homenaje a los Clash…

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Kiko Amat, tan admirado en este blog, lo clava en un breve billete que escribió en el Culturas de La Vanguardia: “Taxi es un Zanón sin cinturón de seguridad, callejero, soñando con bohemia pero engrilletado a Horta”. Alguien que conozca mínimamente Barcelona disfrutará mucho más esta novela, y cuando pase con el bus por una cantonada del Eixample creerá ver en uno de los taxis aparcados a Sandino, el protagonista de esta historia que se va metiendo en problemas ya no se sabe si como consecuencia del destino o por su mala cabeza y su picha tan brava. No verá con los mismos ojos las obras que se están haciendo junto al hotel Vela, un icónico edificio que separa las playas de la Barceloneta de los muelles del puerto comercial. Si son ciertas las amenazas que se ciernen sobre Sandino a buen seguro que en los cimientos de esas obras descansa el cadáver de alguien que se pasó de listo. Y al pasar por debajo de Montjuïc, con esa sucesión de nichos con vistas a los muelles de contenedores, no podrá evitar pensar en las citas del taxista con su colega Sofía, compañera además de infortunios, víctima de una confusión en la que también quiso ser más lista que los malos.

“Taxi” es una novela oscura, más que negra, pegada a la actualidad. Todo ocurre en siete días del mes de octubre de 2016, y por eso aparecen la CUP y la Colau, el “procés”, o inmigrantes árabes que frecuentan compañías extrañas y hasta una mención a la parisina Bataclán. Quizá estos apuntes tan coyunturales la hagan envejecer demasiado deprisa, pero “Taxi” parece a veces un documental de esos grabados con cámara oculta para mostrar la ciudad allá donde pierde su nombre, donde baja la intensidad de las luces para ocultar más que iluminar.

Esta historia de amor repleta de corazones rotos y entrepiernas doloridas se convierte por momentos en un caos de subtramas levemente punteadas por versos de canciones que uno no sabe si informan de lo que viene a continuación (“Let’s go crazy”, “Police on my back”, “Career oportunities”) o meras maniobras de distracción (“Charlie don’t surf”, “Stop the world”).

El taxista proletario que aspira a follarse a una pija redomada para añadir otra muesca a su canana es el mismo que no se atreve a enfrentarse a su mujer, que le pide hablar con él. Entre tanto, “apatrullando la ciudad” con su Prius amarillo y negro, a Sandino la semana le cundirá como para echar algún polvo más rápido de lo deseado y rememorar tiempos de esplendor, cuando toreaba en grandes plazas. En una entrevista en el diario Ara, donde recuerdan que Zanón está escribiendo una novela que recupera a Pepe Carvalho y es él mismo comisario de BCNegra, el escritor dice que estas historias sentimentales o sexuales son “las cadenas que arrastra el protagonista, a las que se suman las de la familia y la lealtad a los amigos”. Es el punto de partida de “Taxi”, y también el de destino.

Una carrera para disfrutar por una ciudad que descubrir.

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¿Qué ‘por qué’?

Hace pocos días, en el amplio espacio que Casa del libro tiene en la Rambla de Catalunya, en Barcelona, muchas personas se quedaron sin silla y escucharon embelesadas, pero de pie, a Roberto Canessa, que venía hablar de su libro, y no era la primera vez. Meses atrás vino a lo mismo y fue requerido por los medios, de todo pelaje, en los que triunfó sin discusión con su discurso positivo, generoso, franco, y hasta divertido. Igual salió en la ambicionada (por los gabinetes de prensa) “contra” de La Vanguardia que en un programa de TVE que ha sido ampliamente denostado. Así de potente es el mensaje que “vende” Canessa, y que en el libro “Tenía que sobrevivir” (Al Revés, 2107) aparece magníficamente expuesto en el texto del escritor uruguayo Pablo Vierci.

Y eso que este libro no es fácil de vender, ni de leer. Se puede pasar del agobio al llanto en cuestión de un párrafo, se puede reír para a continuación hundirse en la desolación. Es una historia de superación, un libro sobre el liderazgo, un manual de autoayuda, una historia de aventuras, un diario de viaje, una biografía y hasta un panfleto religioso. Y, sin embargo, nada molesta, todo es digerible. Y, además, está muy bien escrito.

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Son dos libros en uno, ya decía Vierci en una entrevista que “la primera parte del libro es la causa y la segunda la consecuencia”, pero es que esa primera parte es nada más y nada menos que la narración del accidente de aviación que sufrió un equipo de rugby uruguayo en los Andes, hace casi medio siglo. Se hizo famoso por una película de Disney (Viven) y antes se había hablado mucho de esta epopeya porque los supervivientes aguantaron más de dos meses con temperaturas por debajo de 20 bajo cero, pasaron todo tipo de calamidades (fracturas, aludes, muertes…) y, para aguantar un minuto más, un día más, comieron parte de los cuerpos de los compañeros que no pudieron resistir.

Es inevitable ahondar en este detalle y en todas las entrevistas (que han sido muchísimas) ha aparecido tarde o temprano. Ese punto morboso, casi insignificante ante la magnitud de lo narrado, enseguida se convierte en una nebulosa mientras adquieren nitidez las historias que se suceden, tanto del pasado más remoto como de la mera actualidad.

Roberto Canessa, además de ser uno de los dos supervivientes que se aventuró en una expedición casi ilógica subiendo y bajando picos en los Andes hasta contactar con alguien que pudiera dar al mundo la noticia de que estaban vivos, se convirtió con los años en un cardiólogo pediátrico de reconocido prestigio, que introdujo las ecocardiografías en su país y ha salvado las vidas de muchos niños que estaban condenados a irse de este mundo sin apenas darse cuenta. En la presentación de Barcelona del otro día, uno de los momentos más emotivos, fue cuando una señora del público explicó que allí estaba un chaval que había sido operado por el doctor Canessa quince años atrás, en su país natal. Hubo más familiares que tomaron la palabra para decir muy brevemente que ellos habían pasado por un trago similar, y agradecían al doctor superviviente (o al revés, porque aquí no queda claro qué provocó qué) su dedicación.

Canessa salió de la montaña con una vocación clara de ayudar a los demás. Él cree en Dios, en un Dios amable alejado de ese que no paraba de prohibir cosas en su infancia. Transmite un mensaje positivo perfectamente asimilable por todos los credos, incluso para los que tenemos la certeza de no creer, y –nunca mejor dicho– predica con el ejemplo. Se van sucediendo en la segunda parte del libro historias inevitablemente emocionantes, de niños que salvan la vida, pero también hay finales trágicos y madres rotas que no entienden que eso les haya tocado a ellas. Hay palabras sencillas que dibujan historias enormes y se suceden tecnicismos médicos, de esos que tienen media docena de sílabas, que son perfectamente entendibles, de tan cercanas que son las vivencias que se cuentan.

Este multilibro es una obra hagiográfica (no cabe duda) pero eso no es peyorativo en absoluto. Se lee con una sonrisa, a veces; con muecas de dolor en muchas más ocasiones, pero a nadie deja indiferente semejante sucesión de episodios de una fuerza tan notable. Al buscar respuestas a tantos por qué, al intentar entender tantas situaciones al límite es cuando miramos dentro de nosotros.

Acercarnos a este libro nos hace mejores.

S de Seth, de sencillez

Seth es un dibujante (y guionista) canadiense que presenta un aspecto peculiar, como si fuese el protagonista de “Pleasantville” y un día hubiera decidido evadirse del mundo actual e introducirse en unos escenarios en B/N de varias décadas atrás. Basta con ver el aspecto exterior que cultiva en una foto que publica Santiago García en “Cómics sensacionales” (Larousse, 2015) o, mejor aún, hacer caso al propio Santiago y buscar el video que muestra en YouTube la casa donde vive Seth en Toronto.

Creo no es baladí fijarse en el aspecto de este historietista, porque sus obras respiran un aire melancólico y abordan historias con un atisbo de nostalgia adocenada, todo ello en conexión directa con esas gafas con montura de carey y esos trajes marrones de dos piezas que se gasta el bueno de Seth. Hace unos años dicen que tuvo que salir a la palestra para disculparse por haber sido demasiado bueno ficcionalizando lo que parecía una historia absolutamente real. Aún no estaba tan de moda lo de la autoficción y el grado de detalle que proporcionó Seth en “La vida es buena si no te rindes” (Sins Entido, 2003) provocó que todo el mundo se tragara la bola y creyera que existió de verdad Kalo, un dibujante que publicó algunas viñetas en The New Yorker y al que el autor seguía  la pista, sin dejar de aportar detalles, en pos de otras publicaciones. Las virtudes de Seth ya podían apreciarse en esta obra, con unos dibujos bitono y una línea clara de impecable factura, el tono melancólico y la mezcla de supuesta documentación ilustrada con reflexiones personales de aire desgarbado y un relato minucioso.

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Acabo de leer de un tirón, con numerosas idas y venidas atrás y adelante a lo largo del centenar escaso de páginas, el álbum “George Sprott (1894-1975)”, publicado por Random House en 2009. No podía evitar el recuerdo de las muchas mañanas que pasé en la hemeroteca de La Vanguardia, en el edificio de la calle Pelai. Las mesas robustas, las estanterías protegidas por puertas de vidrio, el papel pintado de las paredes, esos colores marrones de los tomos de periódicos encuadernados los relacionaba inmediatamente con esta biografía, detallada, de George, un presentador decrépito de un programa sin audiencia en una televisión local de la provincia de Ontario, en Canadá.

Cubiertas de las ediciones española y estadounidense

Décadas haciendo el mismo programa, basado en unas películas mudas rodadas en unos viajes al Ártico acaecidos muchos años atrás, sumido todo en una rutina con aroma de alcanfor. Esta monótona vida, rodeado de personas grises como él, que cenan cada día en un bar de lo más normalito y se citan cada jueves para una conferencia a la que siempre asisten los mismos, a pesar de que ni entre ellos se dirijan la palabra. Esta decrepitud mortecina no se muestra, sin embargo, de una manera triste o miserable. Con una planificación admirable (la que provoca precisamente esas ideas y venidas por el álbum), se suceden viñetas de todos los tamaños, con unos dibujos llenos de matices a pesar de aparente sencillez, que acaban conformando una puesta en página elegante, esmerada, con escenas milimetradamente organizadas y saltos en el tiempo permanentes.

Todo se cuenta a partir de la narración de las últimas horas de George Sprott, poco antes de volver a entrar en antena. Acaba de cenar y está en el camerino. Un infarto se lo lleva por delante. Es su sobrina la que lo encuentra, prácticamente la única persona que lo soportaba. El álbum es como un libro de recortes, un patchwork de retratos grupales, notas documentales dibujadas con prolijidad, fotografías de maquetas en cartón de los edificios que aparecen en las viñetas (la sede la cadena de televisión CKCK, el teatro Coronet Hall, el restaurante Melody Grill…). Un narrador algo patán, que deja traslucir sus dudas, que casi alardea de sus fallos de planteamiento, nos conduce de la mano por la vida de George. Sencillez, melancolía, cotidianeidad, temores, confidencias, prejuicios, olvidos, momentos de gloria y bochornos de corto alcance, decepciones y algún pequeño triunfo…

La vida de George y la de cualquiera de nosotros.

 

Vestirse con muchos adjetivos

Vida de un escritorio es una sección del Cultura|s de La Vanguardia especialmente concebida para fetichistas de la literatura. En ella Joana Bonet va mostrando los lugares donde se recluyen los escritores a trabajar, en los que afloran sus manías, las supersticiones, los ritos, su gusto por el orden (o no), la compañía libresca que tienen y tantos detalles que o bien aparecen en el texto o bien se dejan ver en las magníficas fotos que suelen complementarlos. En el dedicado a Ignacio Martínez de Pisón, además de descubrir que tiene la costumbre de no fumar ni beber en casa se dice que no deja nunca de trabajar con el ordenador conectado a un disco duro externo por el miedo a perder el folio (sí, uno solo) que se obliga a escribir cada día. Defiende Pisón sus manías léxicas: “hay palabras caras y otras pura bisutería. La gente que no sabe escribir abusa de las caras” y explica de manera muy gráfica qué son los adjetivos: “llevar muchos brazaletes o pañuelos en la solapa es como si te pusieras muchos adjetivos”.

Hace unos meses mi hijo disfrutaba con unas novelas que le tenían en ascuas pero le dejaban literalmente acojonado y me pidió que se las leyera en voz alta, antes de ir a dormir, como si leer en compañía conjurara esos temores. Se trataba de “La trilogía de la niebla”, de Carlos Ruiz Zafón (en edición de Booket de 2014), que reunió tras su apoteósico éxito con “La sombra del viento” las novelas previas en las que se había forjado como narrador, publicadas con éxito relativo y algún premio en la década de 1990. “El Príncipe de la Niebla”, “El palacio de la Medianoche” y “Las Luces de Septiembre” son relatos con un aire gótico, repletos de crímenes y muchos golpes de efecto, poblados por personajes maniqueos en ambientes claustrofóbicos y lugares con cierto exotismo… y aderezados con miles de adjetivos. Casi 900 páginas en las que se van encadenando hasta tres y cuatro adjetivos, que pululan como moscas zumbando alrededor de un sustantivo escuálido, de tanta calificación. Si se cogiese el libro por el lomo, se pusiese boca abajo y se pudieran aventar los adjetivos, como se hace en la era con la paja para separarla del grano, la paginación se reduciría un tercio, por lo menos.

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La lectura en voz alta es demoledora para lo superfluo. Y los adjetivos en esta trilogía de novelas (trepidantes, hay que decirlo también) parecen estar puestos al peso, aunque resulten caros. Mucho ruido de fondo para unas historias que ya abundan en personajes sometidos a tramas infladas en parajes que proyectan mucho eco. Sin llegar a esta apoteosis adjetivadora, otra novela que los críticos no dudarían en calificar de “menor” parece haber reservado un hueco a los adjetivos que le pudieron haber sobrado a Ruiz Zafón. Se llama “El castillo” (2015), la ha publicado Ediciones B y responde por entero a los cánones del best-seller: tapa dura con sobrecubierta, dibujos con estética de videojuego en la cubierta, papel con mucha mano para que las casi 700 páginas abulten mucho y justifiquen veinte y pico euros de PVP, una leyenda en la faja (no puede faltar una faja en este tipo de libros) del tipo “Si te gustó La catedral del mar…” y, lo que es más importante, una historia que bebe de los clásicos del género, al menos de los más recientes, en la línea de “Los pilares de la Tierra”.

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Está lejos, sin embargo, del libro de Ken Follet. Y eso que aquí también se narra la construcción de un castillo (en lugar de una catedral), en plena muga del incipiente reino cristiano de Aragón con los dominios musulmanes de Wasqa y Saraqusta. Hay una pareja que capea todas las dificultades a las que ha de enfrentarse su amor, unos cuantos polvos narrados con pretensión de no incomodar a los más mojigatos, bastantes traiciones, una buena dosis de asesinatos y alguna otra cosa que no se puede desvelar sin tener que recurrir al cartel de moda: “ojo, contiene spoilers”.

La novela adolece de sobreinformación: muchos datos metidos con calzador en forzados diálogos entre algunos personajes que hablan sobre la formación de reinos como si fueran espías recién llegados del Pentágono del futuro, después de haber hecho varios master de relaciones internacionales. Pasa lo mismo cuando un simple cantero y un carpintero analfabeto intercambian opiniones sobre elementos constructivos o técnicas de cimentación; parecen teóricos de la Bauhaus o estudiantes aplicados haciendo corta y pega de la Wikipedia. Se intuyen algunos anacronismos, como esos libros con un aspecto similar al actual pero ubicados en 1036, unos almogávares guerreando que debían de estar todavía en pañales o topónimos directamente erróneos (peña Proel), que restan valor a una historia que, si bien inflada, puede resultar entretenida.

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El castillo al que alude el título es el de Loarre, una curiosidad de la arquitectura militar, que ha sido protagonista de novelas (algunas de Ramón J. Sender, por ejemplo), en la que se han ubicado algunas adaptaciones cinematográficas de esas mismas obras senderianas y por la que han pasado estrellas de Hollywood en una peli de amplio recorrido como “El reino de los cielos”, de Ridley Scott. Merece la pena visitarlo, aunque la sobreexposición turística reste ahora parte del interés que tenía pasear hace pocos años por unas piedras milenarias que parecían haberse acostumbrado al silencio. Se describen bastante bien en la novelas las peculiaridades de esta fortaleza, no en vano su autor es especialista en el tema y ha publicado algunos ensayos sobre castillos, además de trabajar en uno de ellos. Y es entretenido imaginar a sus personajes cuando se han visitado sus dependencias.

Si esta novela consigue que algún fetichista quiera ver el lugar por donde discurren las aventuras de la novela seguro que su autor se da por más que satisfecho.

“Reportajes en viñetas”

“El periodismo es un proceso lento. Necesita tiempo, constancia, tiempo, un poco de obsesión”. La repetición de la palabra tiempo enfatiza ese carácter lento del periodismo, tan alejado de lo que se estila ahora en esta sociedad hiperactiva, donde primero decimos o hacemos para después pensar si no hubiera sido mejor no haberlo dicho o hecho. Las comillas del inicio corresponden a una curiosa entrevista en formato cómic que, con los dibujos de Sagar Forniés, le hizo Jorge Carrión a Joe Sacco durante una vista a Barcelona, y que publicó La Vanguardia en su suplemento Culturas en septiembre de 2014. Un auténtico lujo, una recopilación de talento que dio como resultado cuatro páginas memorables.
La cita de Sacco con que arranca este texto era la respuesta a la inevitable pregunta que le hicieron a este maestro del género, con una manera muy peculiar de entender las viñetas: “¿Qué consejo le darías a alguien que trabaja en su primer cómic de no ficción?”. Sacco parece hablar de sí mismo al contestar: “la gran ventaja con que cuento es que a la gente le encanta hablar de sí misma. Sólo tienes que dejarles que te cuenten su historia. Si no tienen nada que ocultar, estarán dispuestos a regalártela. No les presiones”. Otra vez la mención al tiempo, a la lentitud, a la constancia.

apuntes de un derrotista

Esto es, en buena medida, la obra de Sacco. En sus “Apuntes de un derrotista” (Planeta DeAgostini, 2006) ese trazo underground tan característico escarba incluso en los demonios familiares durante los bombardeos de la aviación de Mussolini de la isla de Malta, donde nació este dibujante que enseguida viajo por medio mundo con sus padres antes de instalarse en EEUU. Y aparecen después de recuerdos autobiográficos, reflexiones políticas del propio Sacco (que en la entrevista mencionada se define indudablemente “como de izquierdas”) y algunos de esos cómics de no ficción que hielan el corazón: “Cuando las bombas buenas caen sobre la gente mala” (o cómo los bombardeos “liberadores” han masacrado a la población civil en el último siglo) o “Más mujeres, más niños, más deprisa” (recuerdo de más bombardeos, los ya referidos de Malta durante la Segunda Guerra Mundial). Todas ellas son composiciones muy trabajadas, con técnicas bien diferenciadas, puestas al servicio de lo narrado: tramados para enfatizar la oscuridad, relatos fragmentados, encuadres que combinan vistas cenitales y contrapicados, contrastes de luz muy expresionistas… En esta recopilación de viñetas e historias cortas se puede asistir (casi como un voyeur) a la complejidad del mundo de Sacco, que se muestra desacralizado, irreverente a veces, juguetón.

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Sin dejar de ocupar un papel protagónico, pero sí en un segundo término más adecuado a lo que se puede tomar por una crónica periodística, en otra obra Sacco nos cuenta sus andanzas en uno de los puntos más calientes del planeta. “En la Franja de Gaza” (obra de 1993 que publicó en España Planeta DeAgostini casi diez años más tarde) es el personalísimo punto de vista de Sacco (no en vano aparece a veces autorretratado con sus características gafas redondas en pos de una nueva entrevista) acerca de la situación de los palestinos, sometidos a humillaciones constantes por parte de los israelíes. La desolación causada por tantos ataques arbitrarios, tantos muertes absurdas, tantos atropellos y tanta tensión transpira en cada página de esta monumental obra de denuncia. “¿Qué le pasa a una persona cuando cree no tener ningún poder?”. Es una de las muchas preguntas que se va haciendo Joe Sacco mientras va visitando a opositores más o menos violentos y organizados, cuando comparte con una familia de pobreza extrema lo poco que tienen mientras rememoran las humillaciones que han padecido durante tres generaciones.

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Los dibujos parecen hechos a partir de fotografías como las que ganaron en su momento el Pulitzer. Encuadres magníficos, con escenas a doble página repletas de detalles que cortan el aliento. Después de haber conocido a tantos protagonistas anónimos del infausto día a día en la Franja no sorprende la rotundidad con la que Sacco se pronuncia en la entrevista de Culturas acerca de Claude Lanzmann, del que hemos hablado en este blog. A la pregunta de si hay alguna “influencia directa de Shoah” en su obra responde tajante: “No, de ninguna manera. Es lo contrario. Él cree que los hechos históricos no pueden ser reconstruidos”.

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Sacco sabe bien que eso no sólo debe ser posible sino que además es deseable. Cuando hace un par de años se conmemoró el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, una de las obras que quedó para siempre de semejante efeméride fue una originalísima, deslumbrante, un cómic titulado “La gran guerra” (Reservoir Books). Un gran fresco, de diez metros de longitud, que se presentó en un peculiar formato, todo seguido, en una sucesión de planchas en glorioso blanco y negro, sin ningún texto de apoyo. Sólo dibujos para intentar acercarse al horror del 1 de julio de 1916, en la batalla del Somme, donde murieron decenas de miles de británicos en una sola jornada. Desde el amanecer hasta las noche más negra, se va desplegando este libro (emparentado con el tapiz de Bayeux o hasta con la Columna Trajana) que el lector (aquí mero observador, porque no hay nada que leer) mira con una mezcla de admiración y horror.
Estos “reportajes en viñetas” (como los definió certeramente Santiago García en sus “Cómics sensacionales” (Larousse, 2015) hablan de un periodismo comprometido con el que siempre se ha querido identificar este periodista en dibujos. Al fin y al cabo, en uno de sus libros sobre Palestina lo definía con una sencillez apabullante: “nadie que sepa qué ha venido a buscar se va a casa con las manos vacías”.

Una enorme “intempestiva”

Hubo una época en la que las “Intempestivas sabatinas” de Gregorio Morán en La Vanguardia eran uno de los pocos reclamos que tenía para mí el diario de Godó. Las seguía con unción porque me identificaba con esa mala leche abrumadoramente argumentada que destilaban esos artículos largos, a dos anchas columnas, a los que había que dedicar muchos más minutos de lo habitual en otros opinadores. Muchas veces disentía de sus contundentes textos pero se apreciaba conocimiento de causa y voluntad de cabrear a tirios y troyanos.

Al poco tiempo de morir Eduardo Haro Tecglen le dedicó una “sabatina” que tuvo mucho de intempestiva, adentrándose en terrenos personales que rozaban el chismorreo y aportaban escasos argumentos en ese propósito de desenmascarar al que se había convertido con los años en santo y seña de un republicanismo entonces poco habitual en la prensa española. La sensación que quedaba era que “a moro mueto, lanzón” y que ese debate hubiera sido más interesante y sobre todo más honesto hacerlo con Haro Tecglen vivo.

Desde que en octubre se confirmó que Planeta censuraba el nuevo libro de Gregorio Morán por negarse a retirar unas páginas sobre la RAE (con especial mención para Víctor García de la Concha), el periodista ha sido presencia habitual de los medios (con explicables ausencias, todo sea dicho) y los malpensados pueden deducir que ha logrado una campaña de marketing que bien pocas editoriales se podrían permitir. Del interés suscitado por un volumen de más de 800 páginas se ha beneficiado finalmente Akal, que ha aprovechado la coyuntura para rematar un trabajo de 10 años (Moran dixit) y ha colocado el libro en las listas de los más vendidos de las últimas semanas.

«El cura y los mandarines» es el título de esta obra que va acompañado de dos subtítulos, cada uno en su estilo: «Historia no oficial del Bosque de los Letrados» (carga de profundidad) y «Cultura y política en España (1962-1996)» (mucho más descriptivo). Un nombre tan completo es desde luego elocuente de esta enorme “intempestiva” que Gregorio Morán ha montado merced a una profusa documentación, recuerdos selectivamente recuperados y la mala leche de la que se enorgullecía en una reciente entrevista en la revista Qué leer.

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El cura y los mandarines. Akal, 2014

Utiliza Morán al último Duque de Alba, el antes cura Jesús Aguirre, como hilo conductor. Un personaje que pasó de congregar a una fiel parroquia en sus sermones dominicales a dirigir la editorial Taurus, ser compañero de viaje de cierta oposición de izquierda al franquismo, escritor de prólogos, traductor, marido de Cayetana de Alba, académico de la Lengua y una especie de perejil de casi todas las salsas. Muy meritorio teniendo en cuenta que se encumbró en la capital siendo un hijo de madre soltera procedente de la periferia santanderina. No escatima Morán críticas, sarcasmos y alusiones a la homosexualidad de Aguirre, todo bien adobado con datos objetivos, profusión de citas y muchas notas a pie de página. En torno al cura se articulan los capítulos más sucintos, entreverados con otros más extensos donde se explica en qué ambiente medran los mandarines, a quiénes otorgan o deben favores, cómo ocultan o maquillan su pasado los demócratas sobrevenidos y de qué manera se va formando la charca en la que a todos los niveles chapotea la sociedad española actual.

El libro parece en demasiadas ocasiones un ajuste de cuentas, donse salen escarnecidos el citado Haro Tecglen, Julián Marías, Aranguren, Vidal Beneyto, Bergamín, Alfonso Sastre, Ortega padre e hijo, José Carlos Mainer y muchos otros. Con argumentos más poderosos se quita la máscara a Laín Entralgo, Cela y algún otro impostor oportunista, y no salen bien parados tampoco ni el “intelectual colectivo” (nombre que hizo fortuna para referirse a El País) ni los chanchullos de la RAE, donde reciben prácticamente todos: desde el “textil” Lázaro Carreter al omnipresente García de la Concha. Las famosas 11 o 13 páginas sobre la RAE que provocaron que Planeta se negara a publicar el libro (para no entorpecer el supuestamente enorme negocio que proporcionan los diccionarios académicos a Espasa) no son más acidas que las muchas planas que dedica al diario de Prisa y su intrahistoria o los sublimes garrotazos que se llevan las élites socialistas y su política cultural, basada en el pesebrismo y la compra más o menos descarada de voluntades.

Juan Benet, Josep Maria Castellet, Javier Padrera, Juan García Hortelano, Luis Martín Santos… también reciben estopa, en muchas ocasiones con alusiones a su vida personal que entran de lleno en el terreno del chisme y alimentan el morbo del lector, en busca –ya de paso– de sonadas borracheras, infidelidades y otras flaquezas humanas más propias de otro tipo de investigación.

Este libro denso, en absoluto carente de interés, adolece de otros fallos que parecen impropios de una investigación tan dilatada, seguro que sometida a más de un proceso de lectura y corrección: hay reiteraciones que a veces no pasan de anécdotas (las referencias ridiculizadoras a la doble denominación de Fuenterrabía / Hondarribia o Santander / Cantabria) pero que también –otras redundancias– se dejan notar en episodios de mayor calado y piden a gritos una labor de edición más atenta.

No sé cuántos de los muchos lectores potenciales del libro llegarán hasta el final. Me temo que el trabajado índice onomástico provocará que muchos tomen atajos y sólo acudan a aquellas páginas en las que este o aquel reciben su “merecido”. De cualquier manera, es Gregorio Morán en estado puro, por su acidez, beligerancia y minuciosidad. Una fuente de información apreciable para entender en qué aguas tan turbias bebe la cultura de este país.