De países inexistentes y vidas imaginarias

Cuando El Pequeño Larousse celebró el centenario de su aparición en español incluyó en las guardas las banderas de los países que existían en 1912, en recuerdo de la primera vez que se tradujo al español. Fue curioso ver que la bandera de China, antes de ser comunista, casi llevaba los colores del arco iris; que las enseñas de Andorra, Gran Bretaña o El Salvador eran sensiblemente diferentes a las actuales, y que sólo un siglo atrás existían Persia, Siam o Zanzíbar, además de Serbia y Montenegro, que se unieron más tarde para acabar divorciándose.

guardas banderas pli

Me he acordado de aquel ejercicio de nostalgia al pasear por los territorios recogidos en el “Atlas de países que no existen” (Geoplaneta, 2016). Lo firma Nick Middleton, un catedrático de Geografía de la Universidad de Oxford que ha ocupado unos cuantos años en registrar “una cincuentena de estados no reconocidos y en gran medida inadvertidos”. El libro está editado con mimo, con un ojo de buey en cubierta que anticipa el alarde de diseño del interior, donde cada “país inexistente” se presenta troquelado sobre el mapa del territorio que lo acoge oficialmente. En su académica introducción Middleton va explicando los criterios que han regido históricamente para determinar qué país puede lograr el reconocimiento como tal, con todas las salvedades existentes. Comenta lo que cualquier guerra pone en evidencia casi a diario, que el mapa político del mundo no es estático, que vivimos en “un mundo que fluye”. Recupera la manoseada cita de Max Weber de que un estado existe “cuando alguien tiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza sobre un territorio”. Salen a relucir la ONU, los efectos de la colonización de África, el conflicto cotidiano de Israel y Palestina y otros temas y subtemas que son consustanciales a las cuestiones fronterizas.

portada_atlas-de-paises-que-no-existen_nick-middleton_201608011442

El libro se organiza en capítulos de cuatro páginas, en los que el autor ofrece información concisa sobre cada país además de mostrar el efecto cartográfico antes mencionado. Agrupados por continentes, imagino que cada lector echará en falta alguno o entenderá que sobran países de los que aparecen. Está Cataluña pero no Escocia, aparece el Tíbet pero no el Kurdistán. En cualquier caso, la variada tipología de territorios geográficos sin el label político merece las horas que puede ocupar esta entretenida lectura. Por ejemplo, en medio de Copenhague hay una comuna hippy que tiene de plazo hasta 2018 para tomar o dejar la oferta del gobierno danés de comprar el tercio de kilómetro cuadrado sobre el que se asienta. El mismo gobierno tiene otro frente abierto, esta vez de 2.000.000 de km2, llamado Groenlandia. Cuenta Middleton que en 2009, para celebrar el autogobierno, las autoridades de la inmensa isla arponearon un par de ballenas que proporcionaron comida a toda la población, unas 40.000 almas.

En este libro aparecen, por razones bien diferentes, el reino de Redonda (en las antillanas islas de Barlovento), donde los literatos se reparten todo tipo de títulos nobiliarios con Javier Marías como monarca; la República Árabe Saharaui Democrática, condenada a la indefinición por la desidia española y por la abundancia de recursos naturales, demasiado rica para que la dejen caminar sola. Hay nombres de resonancias míticas (La Araucanía) o gamberradas diplomáticas –como la República Turca del Norte de Chipre– que provocarían sonrojo de no ser por las muertes que ha ocasionado. Y se van sucediendo curiosidades como la Antártida, la república rebelde de Abjasia, en Georgia, una isla con 23.000.000 millones de habitantes como Taiwan y otra mucho más pequeña y misteriosa como Rapa Nui. Lo mejor queda para el colofón, un verdadero país inexistente a caballo de varios océanos, que mantiene disputas con al menos 16 estados “reales” y que tiene una población acumulada de 67 habitantes. Su capital es Cyberterra.

En un lugar tan peculiar y fluctuante se hallarían como en casa algunos de los personajes que retrata Marcel Schwob con su precisión de cirujano. Hablábamos de él hace bien poco y seguimos devorando con deleite sus libros concisos. En “Vidas cruzadas” (recién editado por Alianza) es capaz de sacar petróleo de un puñado de datos llegados en voz baja de la noche de los tiempos. Si El Pequeño Larousse (por volver al argumento de inicio) despachaba a Eróstrato con un lacónico relato: “pirómano efesio que para inmortalizar su nombre con una hazaña incendió el templo de Artemisa en Éfeso (356 a.C.)”, Schwob dedica cinco suculentas páginas a elucubrar con precisión de documentalista acerca del carácter violento de la madre del incendiario, sobre las túnicas púrpuras de sus convecinos o en torno a la prohibición de que el nombre del pirómano trascendiera por los siglos de los siglos.

schwob_vidas-imaginarias

Algo parecido les ocurre a personajes históricos como el pintor Uccello, el poeta Lucrecio, la princesa Pocahontas o el filósofo Empédocles, del que las enciclopedias dicen que se arrojó al cráter del Etna.

Con semejante final qué biografía no iba a imaginarle Schwob.

Anuncios

S de Seth, de sencillez

Seth es un dibujante (y guionista) canadiense que presenta un aspecto peculiar, como si fuese el protagonista de “Pleasantville” y un día hubiera decidido evadirse del mundo actual e introducirse en unos escenarios en B/N de varias décadas atrás. Basta con ver el aspecto exterior que cultiva en una foto que publica Santiago García en “Cómics sensacionales” (Larousse, 2015) o, mejor aún, hacer caso al propio Santiago y buscar el video que muestra en YouTube la casa donde vive Seth en Toronto.

Creo no es baladí fijarse en el aspecto de este historietista, porque sus obras respiran un aire melancólico y abordan historias con un atisbo de nostalgia adocenada, todo ello en conexión directa con esas gafas con montura de carey y esos trajes marrones de dos piezas que se gasta el bueno de Seth. Hace unos años dicen que tuvo que salir a la palestra para disculparse por haber sido demasiado bueno ficcionalizando lo que parecía una historia absolutamente real. Aún no estaba tan de moda lo de la autoficción y el grado de detalle que proporcionó Seth en “La vida es buena si no te rindes” (Sins Entido, 2003) provocó que todo el mundo se tragara la bola y creyera que existió de verdad Kalo, un dibujante que publicó algunas viñetas en The New Yorker y al que el autor seguía  la pista, sin dejar de aportar detalles, en pos de otras publicaciones. Las virtudes de Seth ya podían apreciarse en esta obra, con unos dibujos bitono y una línea clara de impecable factura, el tono melancólico y la mezcla de supuesta documentación ilustrada con reflexiones personales de aire desgarbado y un relato minucioso.

la-vida-es-buena-si-no-te-rindes2

Acabo de leer de un tirón, con numerosas idas y venidas atrás y adelante a lo largo del centenar escaso de páginas, el álbum “George Sprott (1894-1975)”, publicado por Random House en 2009. No podía evitar el recuerdo de las muchas mañanas que pasé en la hemeroteca de La Vanguardia, en el edificio de la calle Pelai. Las mesas robustas, las estanterías protegidas por puertas de vidrio, el papel pintado de las paredes, esos colores marrones de los tomos de periódicos encuadernados los relacionaba inmediatamente con esta biografía, detallada, de George, un presentador decrépito de un programa sin audiencia en una televisión local de la provincia de Ontario, en Canadá.

Cubiertas de las ediciones española y estadounidense

Décadas haciendo el mismo programa, basado en unas películas mudas rodadas en unos viajes al Ártico acaecidos muchos años atrás, sumido todo en una rutina con aroma de alcanfor. Esta monótona vida, rodeado de personas grises como él, que cenan cada día en un bar de lo más normalito y se citan cada jueves para una conferencia a la que siempre asisten los mismos, a pesar de que ni entre ellos se dirijan la palabra. Esta decrepitud mortecina no se muestra, sin embargo, de una manera triste o miserable. Con una planificación admirable (la que provoca precisamente esas ideas y venidas por el álbum), se suceden viñetas de todos los tamaños, con unos dibujos llenos de matices a pesar de aparente sencillez, que acaban conformando una puesta en página elegante, esmerada, con escenas milimetradamente organizadas y saltos en el tiempo permanentes.

Todo se cuenta a partir de la narración de las últimas horas de George Sprott, poco antes de volver a entrar en antena. Acaba de cenar y está en el camerino. Un infarto se lo lleva por delante. Es su sobrina la que lo encuentra, prácticamente la única persona que lo soportaba. El álbum es como un libro de recortes, un patchwork de retratos grupales, notas documentales dibujadas con prolijidad, fotografías de maquetas en cartón de los edificios que aparecen en las viñetas (la sede la cadena de televisión CKCK, el teatro Coronet Hall, el restaurante Melody Grill…). Un narrador algo patán, que deja traslucir sus dudas, que casi alardea de sus fallos de planteamiento, nos conduce de la mano por la vida de George. Sencillez, melancolía, cotidianeidad, temores, confidencias, prejuicios, olvidos, momentos de gloria y bochornos de corto alcance, decepciones y algún pequeño triunfo…

La vida de George y la de cualquiera de nosotros.

 

Don Juan

De repente un día, de esto hace tres o cuatro años, me di cuenta de que me encontraba a Juan Tallón por todas partes. En un blog con humo de novela negra, de manera esporádica en la revista (entonces) digital Jot Down, charlando en el ciberespacio con Josep Martí Gómez, con el que se cruzaba cartas con acuse de recibo en La Lamentable… y hasta oí su voz una vez, y muchas más después, en la Cadena SER. Frecuentábamos las mismas parroquias, o como diría él, éramos parroquianos de los mismos bares, nos emborrachábamos juntos y no lo sabíamos (que estuviéramos tan cerca, no que no anduviéramos bebidos).

Ahora Tallón debe de sumergirse en gin-tonics de 30 euros, de esos que ponen en las terrazas de Recoletos. Aunque parece que sigue viviendo en Ourense. Pero se codea con gente importante y es de lo poco interesante que uno puede encontrarse en antros antaño tan lujosos como El País. Poco antes de las vacaciones de verano seguía siendo el encargado de bajar a las 12 la persiana de A vivir que son dos días, en la SER. El sonido telefónico de su voz atropellada, gritando para que quedara claro que hablaba desde provincias, la ironía, el gusto por las metáforas alcohólicas y la mirada, que intuyo entre atónita y desprejuiciada, eran el golpe de gracia a unas cuantas horas de radio que no dejaban títere con cabeza.

Decía que hace unos años me encontraba a Tallón en cualquier esquina, pero ahora tengo que ir a buscarlo. Es un placer, porque experimento la sensación de encontrarme con un viejo amigo, y es un gusto porque nunca quedo satisfecho y él, sin embargo, parece guardar alguna petaca debajo del brazo. Soy, como él, un lletraferit. Traducido tal cual del catalán, un letraherido, pero creo que se pierden matices que no sé perfilar. Juan Tallón escribe de maravilla, pero lee mucho mejor. Interpreta, degusta, destila… y nos hace partícipes de su juerga, como ese familiar tarambana que tiene gracia para contar historias.

Se jacta de beber y ha hecho del alcoholismo un rasgo distintivo de su literatura. Mientras haya bares se llama su último libro. Es imposible que beba tanto como dice, que beba mucho si lee tanto y con tanto provecho. Quedé cautivado allá por 2012 con una columna que publicó en Jot Down. Esa pasión por organizar en listas nuestras filias y fobias le permitió montar un texto brillante, sardónico, erudito, repleto de senderos que se bifurcan y, marca de la casa, salpimentado con citas, anécdotas, localismos y muchos nombres de escritores.

OL00123001_tallon

Busqué a Tallón por los bares y me lo encontré en un libro de libros titulado precisamente Libros peligrosos (Larousse, 2014). Al ver qué paño vendía corrí presto a comparar sus lecturas con las mías: agarré el índice de 100 obras que glosaba en su inclasificable libro y marqué con un fosforito las que había leído, para luego señalar con una equis aquellos autores que conocía aunque fuera por otros títulos distintos. Coincidíamos en una cuarentena. Nombres tan dispares entre sí como Max Aub, Gabo y Vargas Llosa, Rulfo, Camus, Onetti, Virginia Woolf, Gay Talese, Quim Monzó, Marsé, Queneau, Ramiro Pinilla, Belén Gopegui, Perec, Roberto Bolaño…

Desde entonces, siguiendo su instinto feroz, he atrapado una novela enorme en su aparente sencillez (A esmorga, de Blanco Amor), los Diarios de Iñaki Uriarte, la locura del Vietnam que recreó Robert Stone en Dog Soldiers, los relatos de David Foster Wallace o las novelas demoledoras, de tan cotidianas, de James Salter. Sólo ha habido una propuesta suya de la que he salido huyendo por patas: las parafilias de los personajes de Crash, de J. G. Ballard, crisparon mis nervios y mataron la libido que en otros puede despertar un cuerpo herido, dentro de un coche aplastado..

Juan Tallón, como dicen que dijo Borges, es un autor que desde luego se puede vanagloriar de lo que ha leído. Ya tendremos tiempo los lectores de ensalzarlo por lo que ha escrito. Las lecturas de Tallón son dinamita pura, al pasar por el tamiz de su escritura. Me encantaría ver sus blocs de notas, si atesora ejemplares con las páginas dobladas por las esquinas o subraya las frases que le gustan, o si prefiere hacer anotaciones al final, en las páginas en blanco que quedan hasta completar pliego.

El libro que escribió Tallón para Larousse es una invitación a leer hasta perder el sentido, una llamada al insomnio perenne. Antes había publicado una novela corta (El váter de Onetti, Edhasa), que en su aparente brevedad no dejaba de tener su aquel, con trazos biográficos, ambiente opresivo y un desenlace a los Alfred Hitchcock que cortaba el sentido. Publicó en gallego, luego traducida al castellano como Fin de poema (Al revés, 2015), un peculiar libro que parecía mezclar ensayo, literatura y querencias suicidas. Cuatro autores viven sus últimas horas, y el narrador está allí para explicárnoslas. Los cuatro se van porque quieren. Son brillantes, tienen reconocimiento, han dejado una obra que no dejará de crecer pero alimentan tendencias autodestructivas. De semejante envite sale Tallón ufano, sacudiéndose el polvo de las mangas de la americana, buscando un bar donde tomar un trago.

A su salud.

Con “El corazón de las tinieblas” de fondo

Fue un profesor de literatura, ya en la universidad, el que nos descubrió a Joseph Conrad a casi todos los alumnos de Periodismo de aquel curso. Encargó que compráramos “El corazón de las tinieblas” en la edición de Alianza y la estuvimos desmenuzando durante semanas. He vuelto un par de veces a leer aquel ejemplar lleno de notas y pliegues en las esquinas. El barco varado en el Thamesis en oposición al que remonta el río Congo, la civilización de la metrópoli londinense frente a la barbarie africana, el viaje hacia las fuentes del río que es en realidad un trayecto para descubrir de los fantasmas personales del capitán que se ha apartado del mundo, un viaje a lo desconocido de la naturaleza que se transmuta en un paseo por los abismos de la locura.

el coraozn de las tienieblas_alianza

Alguien comentó entonces en clase que “Apocalypse Now”, la personal versión de la guerra de Vietnam en la que Coppola se dejó la fortuna, la salud y casi la vida, era en realidad una adaptación de la novela de Conrad, trasladando la acción de continente y haciendo avanzar unas décadas el periodo narrado. Volví a ver la película y, aunque seguía disfrutando de los fuegos de artificio que son el ataque de los helicópteros al son de “La cabalgata de las walkirias”, el surfista que monta las olas que generan las bombas o el olor del napalm con el que dice gozar por las mañanas el personaje de Robert Duvall, ataviado con su sombrero del Séptimo de Caballería, concentré la atención en esa trama oscura, densa, bañada en sudor, locura y sangre. El recorrido hasta los dominios de Kurtz es uno de los hitos que han quedado en el imaginario para tratar de entender aquella guerra de Vietnam. Las canciones de la Creedence, preguntándose “quién pararía la lluvia”, como el tema de The Doors que sirve precisamente para abrir el film de Coppola, proporcionan también el fondo sonoro a una contienda sobre la que se siguen haciendo películas que aquí consumimos como si esa fuera también una guerra nuestra.

Marlon-Brando-fascinated-by-a-dragonfly-Apocalypse-NowPagsanjan-Philippines-1976

El coronel Kurtz, en una fotograma de “Apocalypse Now” (imagen procedente de oldpicsarchive.com)

Cuando hace unos meses murió Robert Stone lo asocié enseguida a uno de los “libros peligrosos” que sugería Juan Tallón en su ensayo de Larousse Editorial. “Dog Soldiers” era la novela que había seleccionado de este escritor estadounidense, una obra de 1973 que no había tenido traducción al castellano hasta el año 2010, en una edición sobria, elegante y prologada con precisión por Rodrigo Fresán. Libros del Silencio, la editorial que la hizo posible, ya no existe (desgraciadamente).

Dog_Soldiers_100

Durante la lectura frenética de esta novela me venían a la cabeza imágenes de “Apocalypse Now”. La historia la protagoniza John Converse, un periodista destacado en Vietnam que abomina de todo lo que ve ahí. Corrupción, falsedad, crímenes, la miseria humana en todo su esplendor. Enseguida se vuelve un descreído y decide hacer un pingüe negocio: aprovechando el viaje de vuelta a casa en un barco de la armada americana transportará tres kilos de heroína que venderá en su país. Su novia y un viejo amigo serán sus socios en la empresa. La realidad se impone, la codicia también y el supuesto negocio se puede ir al garete cuando la pareja de socios decide volar por su cuenta. Vietnam queda atrás y la novela se convierte en una especie de road movie por el sur de EEUU, un escenario y unas historias que después hemos visto en algunas obras de Don Winslow, por ejemplo.
En ese esmerado prólogo que hace Fresán de “Dog Soldiers” la mención a la película de Coppola aparece en la primera línea, y el recuerdo de Conrad sale pocos renglones después. Y es que el propio Robert Stone, después de dedicar su obra “Al Comité de Responsabilidades”, coloca un pequeño fragmento de “El corazón de las tinieblas”, que se puede tomar como un sorbo condensado del largo trago al que nos convida: “He visto el demonio de la violencia, el demonio de la avaricia, el demonio del deseo ardiente…”. Todos esos demonios son los que el lector teme encontrar en cualquier vuelta de la carretera que lleva a casa de Dieter, donde puede estar escondida la droga que se convierte en el eje del relato. Están en la balacera final y vuelven de Vietnam a un país que no se atreve a mirarse al espejo, porque está seguro de no entender lo que ve. Fresán recoge en el prólogo diversas declaraciones de Stone en entrevistas muy espaciadas en el tiempo, algunas contemporáneas al éxito de crítica y público que tuvo “Dog Soldiers” en la primera mitad de la década de 1970, otras bastantes cercanas a la actualidad, cuando su obra era conocida por otras novelas. “Vuelvo una y otra vez a la guerra porque me temo que la guerra vuelve una y otra vez a nosotros”, decía en 1985. Juan Tallón, al escoger “Dog Soldiers” entre el centenar de libros que hay que leer, decía que “no puedes actuar de espaldas a la realidad todo el tiempo, como si la fiesta no fuse a acabar y nadie apagase la luz ni la música” antes de recordar una charla entre el protagonista y una misionera en Saigón, que le dice: “siempre me ha sorprendido que, estando las cosas como están, la gente encuentre tan difícil creer en Satanás”.
Esos demonios a los que aludía Stone en el prefacio de su novela, tomando prestadas palabras de Conrad, están muy presentes en esta historia, como poblaban también los sueños y delirios de Kurtz (capitán en “El corazón de las tinieblas” y coronel en “Apocalypse Now”). La omnipresencia de la novela de Conrad en el hábitat que rodea a la novela de Stone se puede apreciar, de manera paradójica, en una crítica casi demoledora con que se encontró la versión en castellano cuando apareció en 2011. La firmaba Sergi Torres en Jot Down y en poco más de un folio no le perdonaba casi nada: “una gran novela primigenia que luego sería superada por todos sus sucesores”. Para acabar recomendando a sus posibles lectores que se entretuvieran mejor con… “El corazón de las tinieblas”.

La culpa fue de la lluvia

De un tiempo a esta parte sigo con fervor las recomendaciones que Juan Tallón hace en “Libros peligrosos” (Larousse Editorial), una peculiar revisión de lecturas que es en realidad una especie de novela (palabras del autor). Hasta ahora no me han defraudado los títulos que, como consecuencia de su peculiar loa, he buscado para comprobar si estaba o no de acuerdo con él. Había leído una treintena del centenar de títulos que comenta y de todos ellos había extraído aspectos con los que coincidía o que me habían pasado por alto pero me ofrecían ahora claves nuevas para recordar con agrado esas lecturas pretéritas.

En sus “Libros peligrosos” esboza Tallón un perfil de “A esmorga”, breve novela de un paisano suyo (el ourensano Eduardo Blanco Amor), que me puso enseguida sobre la pista de este libro, traducido al castellano como “La parranda”, pero cuya localización no fue posible. En catalán está poco menos que recién traducido por Jaume Silvestre Llinares con el título “La gresca”, y lo publicó en 2014 El Gall Editor, un pequeño sello de Pollença.

la gresca La gresca, El Gall Editor, 2014

Una vez más, he de agradecer a Tallón este descubrimiento: en tres páginas escasas destila la esencia de la novela, presenta a los tres protagonistas, apunta un breve resumen de lo ocurrido, argumenta la importancia de su autor en la época y lengua en que escribe… e impele al lector a saciar sin demora el interés que le ha despertado.

“A esmorga” tiene 3 protagonistas, un narrador en primera persona mediante un artificio que no por elocuente es menos efectivo, explica lo ocurrido durante veinticuatro horas escasas e incorpora un elemento al relato (la lluvia) que acaba siendo tan protagonista como los tres “esmorgantes o “parranderos” que sufrirán en sus carnes el fátum que se entrevé en las primeras páginas.

Milhomes, Bocas y Cibrán nacieron para martillos y del cielo les caen los clavos. En 130 páginas, Blanco Amor traza una historia que él dice que oyó contar que pasó cuarenta años atrás. Pone a Cibrán a relatarla en primera persona, en forma de una declaración ante un juez después de que hayan ocurrido todas las desgracias que pueden caber en un día de juerga pasada por agua. El juez no abre la boca: tipográficamente aparecen de vez en cuando unas mínimas líneas de puntos que se convierten en una pared ante la chocan los argumentos de Cibrán, las justificaciones con las que intenta hacer ver que él se sumó a la “parranda” de buena mañana, cuando la lluvia le impidió ir a trabajar después de dejar a su novia (una prostituta) en su miserable casa después de pasar la noche con ella y el hijo de ambos. Los otros dos ya llevaban horas o días haciendo las suyas (nos iremos enterando a medida que avanza el relato) y juntos los tres las harán todavía más gordas. El destino ha marcado en rojo esa noche y ninguno de ellos puede escapar a sus designios. La lluvia los va empujando, acompañando, condicionando… y ellos no se pueden defender. Cuando todas las desgracias acumuladas hagan imposible cualquier escapatoria, aún quedará un resquicio para la fatalidad.

Vertida al catalán con giros propios de Baleares, se hacen numerosas referencias en el texto al gallego en el que hablan sus protagonistas, con menciones al “castrapo”, un castellano trufado de galleguismos con el que los hablantes del gallego se dirigían a las autoridades (en este caso el juez) o que utilizaban para amagar su condición social. Un personaje explica que una de las prostitutas con las que se cruzan habla “castrapo” para hacerse pasar por española. En todo caso, la novela de Blanco Amor narra una historia ubicada en el siglo XIX que no tiene nada que ver con ese mundo onírico de Cunqueiro o con esas otras historias de Fernández Flórez o, más recientemente, de Manuel Rivas donde el gallego era sólo el vehículo de la narración. Aquí, la lengua es también la que dibuja mejor que mil descripciones la condición de los protagonistas y retrata de manera elocuente una manera de vivir apegada a la dureza de la tierra, el clima y el aislamiento. La novela no se pudo publicar en España hasta los años 70 y apareció en Argentina en 1959. Dejó dicho el autor que la historia le vino al recordar un episodio que había vivido en un Viernes Santo a sus cinco años, cuando una riña en medio de una procesión acabó con un navajazo y la víctima tuvo que huir sujetándose los intestinos que se le escapaban de la tripa.

Toda una advertencia de lo que se le viene encima al lector.

* La novela ha dado pie a un par de versiones cinematográficas. La más reciente compite en los Goya de 2015 después de haber sido un éxito de público. Es la primera película en gallego en obtener nominación a estos premios.