Un aperitivo antes del festín

“Casi en susurros, Ginzburg dibuja un mapa sentimental, con palabras comunes pero trascendentales”. Pocas palabras necesitaba Juan Tallón para sintetizar el que consideraba uno de sus cien “libros peligrosos”, el “Léxico familiar” de la escritora italiana. Recogía esta novela autobiográfica y aprovechaba para recordar a Cesare Pavese. De ambos, especialmente de las últimas horas del poeta, volvería a ocuparse más tarde, en un librito muy recomendable titulado “Fin de poema”, que salió primero en gallego y luego publicó en castellano Al Revés.

Las recomendaciones de Tallón las sigo a ciegas, aunque en este caso tengo la sensación de haberme quedado a medio camino, porque he accedido a la prosa sencilla de Ginzburg no en su obra canónica sino en  un libro de pocas páginas, “Las pequeñas virtudes”, en edición de El Acantilado (2002) y traducción de Celia Filipetto. Repasa cuestiones personales, que parecen nimias, con ese léxico común en el que hasta los términos más frecuentes se convierten en algo más elevado porque la narradora tiene la habilidad de insuflarles un algo difícil de explicar: “una vez que se ha padecido, la experiencia del mal ya no se olvida nunca. Quien ha visto derrumbarse las casas sabe demasiado claramente cuán frágiles son los jarrones con flores, los cuadros, las paredes blancas”. Y añade pocas líneas más tarde: “No nos curaremos nunca de esta guerra. Es inútil. Jamás volveremos a ser gente serena, gente que piensa y estudia y construye su vida en paz. Mirad lo que han hecho con nosotros”.

Este relato (si como tal se puede considerar un apunte biográfico tan descarnado) se titula “El hijo del hombre”, y debe de ser el más corto de los once que componen este volumen. Sin duda, es el más intenso. “Nosotros no podemos mentir en los libros ni podemos mentir en ninguna de las cosas que hacemos. Acaso es el único bien que nos ha traído la guerra. No mentir y no tolerar que nos mientan los demás”. El impacto de la segunda guerra mundial fue demoledor para aquellos que como Ginzburg jugaban con las peores cartas: judíos, intelectuales, de izquierdas, sospechosos por tantas razones.

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La narradora habla en otro momento de su oficio de escritora, explica casi con alivio que su condición de madre la ha obligado a apartarse por un tiempo del esfuerzo que supone enfrentarse a la hoja en blanco, pero al mismo tiempo reflexiona sobre un oficio al que espera volver con cosas que decir: “ser felices o infelices nos lleva a escribir de un modo u otro. Cuando somos felices, nuestra fantasía tiene más fuerza; cuando somos infelices, nuestra memoria actúa entonces con más brío”.

A pocas páginas del final, Ginzburg se cuestiona la relación que ha de construir con sus hijos mientras desgrana cómo fue la que mantuvo con sus padres. El lector, por entonces, ya se ha visto arrastrado por esa prosa que de tan nítida permite vislumbrar las ideas más sumergidas, como si estuvieran perfectamente iluminadas. “Hoy que el diálogo entre padres e hijos se ha hecho posible, es preciso que nos revelemos en este diálogo tal cual somos: imperfectos, confiados en que ellos, nuestros hijos, no se nos parezcan, que sean más fuertes y mejores que nosotros”.

Este libro intenso no es en absoluto un catálogo de pensamientos elevadísimos expuestos con habilidad y un léxico que ahora llamaríamos “casual”. Con un punto sardónico la narradora recuerda su paso por Inglaterra, durante su huida a Londres, y le vienen a la memoria los horrorosos platos de la cocina del país, ella tan mediterránea, tan deudora del sencillo placer de un poco de aceite de oliva. Rememora unos pasteles de chocolate salpicados de almendras y dice que “son malos, inocuos pero malos, por el sabor parece como si tuvieran centenares de años. Los dulces junto a las momias de los faraones deben de tener el mismo sabor”.

Terminado el libro, con notas en papelitos sueltos, con las esquinas dobladas en muchas páginas, uno tiene la necesidad de salir a buscar sin más dilación un ejemplar de ese “Léxico familiar” que glosaba Tallón. Y certificas la “peligrosidad” de sus recomendaciones, después de otro festín de literatura. Estas “pequeñas virtudes”, a medio camino entre el ensayo y la autobiografía, no han sido más un aperitivo. Que ha cumplido con su función de despertar el apetito.

 

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Don Juan

De repente un día, de esto hace tres o cuatro años, me di cuenta de que me encontraba a Juan Tallón por todas partes. En un blog con humo de novela negra, de manera esporádica en la revista (entonces) digital Jot Down, charlando en el ciberespacio con Josep Martí Gómez, con el que se cruzaba cartas con acuse de recibo en La Lamentable… y hasta oí su voz una vez, y muchas más después, en la Cadena SER. Frecuentábamos las mismas parroquias, o como diría él, éramos parroquianos de los mismos bares, nos emborrachábamos juntos y no lo sabíamos (que estuviéramos tan cerca, no que no anduviéramos bebidos).

Ahora Tallón debe de sumergirse en gin-tonics de 30 euros, de esos que ponen en las terrazas de Recoletos. Aunque parece que sigue viviendo en Ourense. Pero se codea con gente importante y es de lo poco interesante que uno puede encontrarse en antros antaño tan lujosos como El País. Poco antes de las vacaciones de verano seguía siendo el encargado de bajar a las 12 la persiana de A vivir que son dos días, en la SER. El sonido telefónico de su voz atropellada, gritando para que quedara claro que hablaba desde provincias, la ironía, el gusto por las metáforas alcohólicas y la mirada, que intuyo entre atónita y desprejuiciada, eran el golpe de gracia a unas cuantas horas de radio que no dejaban títere con cabeza.

Decía que hace unos años me encontraba a Tallón en cualquier esquina, pero ahora tengo que ir a buscarlo. Es un placer, porque experimento la sensación de encontrarme con un viejo amigo, y es un gusto porque nunca quedo satisfecho y él, sin embargo, parece guardar alguna petaca debajo del brazo. Soy, como él, un lletraferit. Traducido tal cual del catalán, un letraherido, pero creo que se pierden matices que no sé perfilar. Juan Tallón escribe de maravilla, pero lee mucho mejor. Interpreta, degusta, destila… y nos hace partícipes de su juerga, como ese familiar tarambana que tiene gracia para contar historias.

Se jacta de beber y ha hecho del alcoholismo un rasgo distintivo de su literatura. Mientras haya bares se llama su último libro. Es imposible que beba tanto como dice, que beba mucho si lee tanto y con tanto provecho. Quedé cautivado allá por 2012 con una columna que publicó en Jot Down. Esa pasión por organizar en listas nuestras filias y fobias le permitió montar un texto brillante, sardónico, erudito, repleto de senderos que se bifurcan y, marca de la casa, salpimentado con citas, anécdotas, localismos y muchos nombres de escritores.

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Busqué a Tallón por los bares y me lo encontré en un libro de libros titulado precisamente Libros peligrosos (Larousse, 2014). Al ver qué paño vendía corrí presto a comparar sus lecturas con las mías: agarré el índice de 100 obras que glosaba en su inclasificable libro y marqué con un fosforito las que había leído, para luego señalar con una equis aquellos autores que conocía aunque fuera por otros títulos distintos. Coincidíamos en una cuarentena. Nombres tan dispares entre sí como Max Aub, Gabo y Vargas Llosa, Rulfo, Camus, Onetti, Virginia Woolf, Gay Talese, Quim Monzó, Marsé, Queneau, Ramiro Pinilla, Belén Gopegui, Perec, Roberto Bolaño…

Desde entonces, siguiendo su instinto feroz, he atrapado una novela enorme en su aparente sencillez (A esmorga, de Blanco Amor), los Diarios de Iñaki Uriarte, la locura del Vietnam que recreó Robert Stone en Dog Soldiers, los relatos de David Foster Wallace o las novelas demoledoras, de tan cotidianas, de James Salter. Sólo ha habido una propuesta suya de la que he salido huyendo por patas: las parafilias de los personajes de Crash, de J. G. Ballard, crisparon mis nervios y mataron la libido que en otros puede despertar un cuerpo herido, dentro de un coche aplastado..

Juan Tallón, como dicen que dijo Borges, es un autor que desde luego se puede vanagloriar de lo que ha leído. Ya tendremos tiempo los lectores de ensalzarlo por lo que ha escrito. Las lecturas de Tallón son dinamita pura, al pasar por el tamiz de su escritura. Me encantaría ver sus blocs de notas, si atesora ejemplares con las páginas dobladas por las esquinas o subraya las frases que le gustan, o si prefiere hacer anotaciones al final, en las páginas en blanco que quedan hasta completar pliego.

El libro que escribió Tallón para Larousse es una invitación a leer hasta perder el sentido, una llamada al insomnio perenne. Antes había publicado una novela corta (El váter de Onetti, Edhasa), que en su aparente brevedad no dejaba de tener su aquel, con trazos biográficos, ambiente opresivo y un desenlace a los Alfred Hitchcock que cortaba el sentido. Publicó en gallego, luego traducida al castellano como Fin de poema (Al revés, 2015), un peculiar libro que parecía mezclar ensayo, literatura y querencias suicidas. Cuatro autores viven sus últimas horas, y el narrador está allí para explicárnoslas. Los cuatro se van porque quieren. Son brillantes, tienen reconocimiento, han dejado una obra que no dejará de crecer pero alimentan tendencias autodestructivas. De semejante envite sale Tallón ufano, sacudiéndose el polvo de las mangas de la americana, buscando un bar donde tomar un trago.

A su salud.

Con “El corazón de las tinieblas” de fondo

Fue un profesor de literatura, ya en la universidad, el que nos descubrió a Joseph Conrad a casi todos los alumnos de Periodismo de aquel curso. Encargó que compráramos “El corazón de las tinieblas” en la edición de Alianza y la estuvimos desmenuzando durante semanas. He vuelto un par de veces a leer aquel ejemplar lleno de notas y pliegues en las esquinas. El barco varado en el Thamesis en oposición al que remonta el río Congo, la civilización de la metrópoli londinense frente a la barbarie africana, el viaje hacia las fuentes del río que es en realidad un trayecto para descubrir de los fantasmas personales del capitán que se ha apartado del mundo, un viaje a lo desconocido de la naturaleza que se transmuta en un paseo por los abismos de la locura.

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Alguien comentó entonces en clase que “Apocalypse Now”, la personal versión de la guerra de Vietnam en la que Coppola se dejó la fortuna, la salud y casi la vida, era en realidad una adaptación de la novela de Conrad, trasladando la acción de continente y haciendo avanzar unas décadas el periodo narrado. Volví a ver la película y, aunque seguía disfrutando de los fuegos de artificio que son el ataque de los helicópteros al son de “La cabalgata de las walkirias”, el surfista que monta las olas que generan las bombas o el olor del napalm con el que dice gozar por las mañanas el personaje de Robert Duvall, ataviado con su sombrero del Séptimo de Caballería, concentré la atención en esa trama oscura, densa, bañada en sudor, locura y sangre. El recorrido hasta los dominios de Kurtz es uno de los hitos que han quedado en el imaginario para tratar de entender aquella guerra de Vietnam. Las canciones de la Creedence, preguntándose “quién pararía la lluvia”, como el tema de The Doors que sirve precisamente para abrir el film de Coppola, proporcionan también el fondo sonoro a una contienda sobre la que se siguen haciendo películas que aquí consumimos como si esa fuera también una guerra nuestra.

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El coronel Kurtz, en una fotograma de “Apocalypse Now” (imagen procedente de oldpicsarchive.com)

Cuando hace unos meses murió Robert Stone lo asocié enseguida a uno de los “libros peligrosos” que sugería Juan Tallón en su ensayo de Larousse Editorial. “Dog Soldiers” era la novela que había seleccionado de este escritor estadounidense, una obra de 1973 que no había tenido traducción al castellano hasta el año 2010, en una edición sobria, elegante y prologada con precisión por Rodrigo Fresán. Libros del Silencio, la editorial que la hizo posible, ya no existe (desgraciadamente).

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Durante la lectura frenética de esta novela me venían a la cabeza imágenes de “Apocalypse Now”. La historia la protagoniza John Converse, un periodista destacado en Vietnam que abomina de todo lo que ve ahí. Corrupción, falsedad, crímenes, la miseria humana en todo su esplendor. Enseguida se vuelve un descreído y decide hacer un pingüe negocio: aprovechando el viaje de vuelta a casa en un barco de la armada americana transportará tres kilos de heroína que venderá en su país. Su novia y un viejo amigo serán sus socios en la empresa. La realidad se impone, la codicia también y el supuesto negocio se puede ir al garete cuando la pareja de socios decide volar por su cuenta. Vietnam queda atrás y la novela se convierte en una especie de road movie por el sur de EEUU, un escenario y unas historias que después hemos visto en algunas obras de Don Winslow, por ejemplo.
En ese esmerado prólogo que hace Fresán de “Dog Soldiers” la mención a la película de Coppola aparece en la primera línea, y el recuerdo de Conrad sale pocos renglones después. Y es que el propio Robert Stone, después de dedicar su obra “Al Comité de Responsabilidades”, coloca un pequeño fragmento de “El corazón de las tinieblas”, que se puede tomar como un sorbo condensado del largo trago al que nos convida: “He visto el demonio de la violencia, el demonio de la avaricia, el demonio del deseo ardiente…”. Todos esos demonios son los que el lector teme encontrar en cualquier vuelta de la carretera que lleva a casa de Dieter, donde puede estar escondida la droga que se convierte en el eje del relato. Están en la balacera final y vuelven de Vietnam a un país que no se atreve a mirarse al espejo, porque está seguro de no entender lo que ve. Fresán recoge en el prólogo diversas declaraciones de Stone en entrevistas muy espaciadas en el tiempo, algunas contemporáneas al éxito de crítica y público que tuvo “Dog Soldiers” en la primera mitad de la década de 1970, otras bastantes cercanas a la actualidad, cuando su obra era conocida por otras novelas. “Vuelvo una y otra vez a la guerra porque me temo que la guerra vuelve una y otra vez a nosotros”, decía en 1985. Juan Tallón, al escoger “Dog Soldiers” entre el centenar de libros que hay que leer, decía que “no puedes actuar de espaldas a la realidad todo el tiempo, como si la fiesta no fuse a acabar y nadie apagase la luz ni la música” antes de recordar una charla entre el protagonista y una misionera en Saigón, que le dice: “siempre me ha sorprendido que, estando las cosas como están, la gente encuentre tan difícil creer en Satanás”.
Esos demonios a los que aludía Stone en el prefacio de su novela, tomando prestadas palabras de Conrad, están muy presentes en esta historia, como poblaban también los sueños y delirios de Kurtz (capitán en “El corazón de las tinieblas” y coronel en “Apocalypse Now”). La omnipresencia de la novela de Conrad en el hábitat que rodea a la novela de Stone se puede apreciar, de manera paradójica, en una crítica casi demoledora con que se encontró la versión en castellano cuando apareció en 2011. La firmaba Sergi Torres en Jot Down y en poco más de un folio no le perdonaba casi nada: “una gran novela primigenia que luego sería superada por todos sus sucesores”. Para acabar recomendando a sus posibles lectores que se entretuvieran mejor con… “El corazón de las tinieblas”.

La culpa fue de la lluvia

De un tiempo a esta parte sigo con fervor las recomendaciones que Juan Tallón hace en “Libros peligrosos” (Larousse Editorial), una peculiar revisión de lecturas que es en realidad una especie de novela (palabras del autor). Hasta ahora no me han defraudado los títulos que, como consecuencia de su peculiar loa, he buscado para comprobar si estaba o no de acuerdo con él. Había leído una treintena del centenar de títulos que comenta y de todos ellos había extraído aspectos con los que coincidía o que me habían pasado por alto pero me ofrecían ahora claves nuevas para recordar con agrado esas lecturas pretéritas.

En sus “Libros peligrosos” esboza Tallón un perfil de “A esmorga”, breve novela de un paisano suyo (el ourensano Eduardo Blanco Amor), que me puso enseguida sobre la pista de este libro, traducido al castellano como “La parranda”, pero cuya localización no fue posible. En catalán está poco menos que recién traducido por Jaume Silvestre Llinares con el título “La gresca”, y lo publicó en 2014 El Gall Editor, un pequeño sello de Pollença.

la gresca La gresca, El Gall Editor, 2014

Una vez más, he de agradecer a Tallón este descubrimiento: en tres páginas escasas destila la esencia de la novela, presenta a los tres protagonistas, apunta un breve resumen de lo ocurrido, argumenta la importancia de su autor en la época y lengua en que escribe… e impele al lector a saciar sin demora el interés que le ha despertado.

“A esmorga” tiene 3 protagonistas, un narrador en primera persona mediante un artificio que no por elocuente es menos efectivo, explica lo ocurrido durante veinticuatro horas escasas e incorpora un elemento al relato (la lluvia) que acaba siendo tan protagonista como los tres “esmorgantes o “parranderos” que sufrirán en sus carnes el fátum que se entrevé en las primeras páginas.

Milhomes, Bocas y Cibrán nacieron para martillos y del cielo les caen los clavos. En 130 páginas, Blanco Amor traza una historia que él dice que oyó contar que pasó cuarenta años atrás. Pone a Cibrán a relatarla en primera persona, en forma de una declaración ante un juez después de que hayan ocurrido todas las desgracias que pueden caber en un día de juerga pasada por agua. El juez no abre la boca: tipográficamente aparecen de vez en cuando unas mínimas líneas de puntos que se convierten en una pared ante la chocan los argumentos de Cibrán, las justificaciones con las que intenta hacer ver que él se sumó a la “parranda” de buena mañana, cuando la lluvia le impidió ir a trabajar después de dejar a su novia (una prostituta) en su miserable casa después de pasar la noche con ella y el hijo de ambos. Los otros dos ya llevaban horas o días haciendo las suyas (nos iremos enterando a medida que avanza el relato) y juntos los tres las harán todavía más gordas. El destino ha marcado en rojo esa noche y ninguno de ellos puede escapar a sus designios. La lluvia los va empujando, acompañando, condicionando… y ellos no se pueden defender. Cuando todas las desgracias acumuladas hagan imposible cualquier escapatoria, aún quedará un resquicio para la fatalidad.

Vertida al catalán con giros propios de Baleares, se hacen numerosas referencias en el texto al gallego en el que hablan sus protagonistas, con menciones al “castrapo”, un castellano trufado de galleguismos con el que los hablantes del gallego se dirigían a las autoridades (en este caso el juez) o que utilizaban para amagar su condición social. Un personaje explica que una de las prostitutas con las que se cruzan habla “castrapo” para hacerse pasar por española. En todo caso, la novela de Blanco Amor narra una historia ubicada en el siglo XIX que no tiene nada que ver con ese mundo onírico de Cunqueiro o con esas otras historias de Fernández Flórez o, más recientemente, de Manuel Rivas donde el gallego era sólo el vehículo de la narración. Aquí, la lengua es también la que dibuja mejor que mil descripciones la condición de los protagonistas y retrata de manera elocuente una manera de vivir apegada a la dureza de la tierra, el clima y el aislamiento. La novela no se pudo publicar en España hasta los años 70 y apareció en Argentina en 1959. Dejó dicho el autor que la historia le vino al recordar un episodio que había vivido en un Viernes Santo a sus cinco años, cuando una riña en medio de una procesión acabó con un navajazo y la víctima tuvo que huir sujetándose los intestinos que se le escapaban de la tripa.

Toda una advertencia de lo que se le viene encima al lector.

* La novela ha dado pie a un par de versiones cinematográficas. La más reciente compite en los Goya de 2015 después de haber sido un éxito de público. Es la primera película en gallego en obtener nominación a estos premios.