Oliver Twist en Bahía

Aquí tenemos devoción por Jorge Amado, parecida a la que sentían por Faulkner en el pueblo de Amanece que no es poco. Aún nos quedan historias suyas por leer, pero ya deben de ser pocas. Es literatura necesaria para ahuyentar momentos de tristeza. Algunos dirán que es frívola, menor, desmañada, mero entretenimiento. Y algo de razón tendrán. Pero contagia la alegría de vivir, disipa las nubes más oscuras, es un canto al deseo y los sentidos, divierte, hace reír y por unas horas nos traslada a alguna de esas ciudades brasileñas de Bahía, que nos llenan la casa de luz y todo empieza a oler a especias, a peces asados de nombres musicales, a cachaça y a sexo.

Alianza es la editorial de Jorge Amado en España y últimamente va reeditando sus novelas con unas cubiertas preciosas de Manuel Estrada. Hace poco ha salido, con la traducción que Basilio Losada hizo en 1995, una novela breve de título llamativo: “De cómo los turcos descubrieron América”. Lo mejor, más incluso que la historia que se narra, es el prólogo del autor, en el que explica que la novela surgió de un encargo que le hicieron desde Italia para celebrar en 1992 el famoso “Quinto Centenario” del descubrimiento de América. Un encargo conjunto a Norman Mailer, Carlos Fuentes y el propio Amado para que escribieran sendas novelas en inglés, español y portugués, que se deberían haber editado en un solo volumen con su traducción al italiano. El libro nunca vio la luz pero Amado hizo algo así como un “spin off” y desarrolló en esta historia un personaje  que venía de otra novela.

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Esta narración menor, en tamaño y en alcance literario, lleva dos “co-títulos” que desvelan hasta el final de la historia, pero eso es lo de menos: “De cómo el árabe Jamil Bichara, desbravador de selvas, de visita en la ciudad de Itabuna para aliviar tristezas, ganó allí fortuna y casamiento”, es uno de los títulos alternativos. El otro es más sucinto: “Los esponsales de Adna”. Actualmente, algunas de las palabras puestas en boca de los personajes no aguantarían un embate en las redes sociales. Uno cualquiera de esos que cogen el rábano por la hojas diría que Amado es un machista recalcitrante por describir “la ley imperante”, por la que “a la esposa, el ciudadano la ha de tratar con miramientos, para tener hijos con ella, cumpliendo un deber sagrado; para fantasías, indecencias y porquerías, están las putas”. Hay otros pasajes que no pasarían el tamiz de lo políticamente correcto: “Adma, para curarse, precisaba de inmediato dos remedios: el rabo y una buena tunda, en dosis generosas”.

Lo ocurrido a dos inmigrantes (uno sirio, el otro, libanés; ambos “turcos” para el habla de la gente), llegados a Brasil en busca de fortuna, es el hilo conductor de esta historia con todos los componentes de la literatura de Amado, aunque sea en dosis homeopáticas.

De más enjundia es el otro novelón que ha publicado Alianza, “Teresa Batista, cansada de guerra”, sin editar desde 1983, y que apareció originalmente en 1973. Fue un éxito que superó incluso a novelas anteriores de Amado, como “Doña Flor y sus dos maridos” o “Gabriela, clavo y canela”. Según el colofón que puso el propio autor, le llevó de febrero a noviembre de 1972 montar esta historia que parece la traslación a Bahía de las desventuras (más que aventuras) londinenses de Oliver Twist. Organizada en cinco apartados, y más de 600 páginas, cada título de capítulo es un auténtico spoiler. “La muchacha que sangró al capitán con el cuchillo de cortar carne seca” o “La noche que Teresa Batista durmió con la muerte” son dos ejemplos de esos que no dejan dudas del final del trayecto pero que también invitan al lector a perderse por los vericuetos del recorrido.

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La sensación durante la lectura puede ser de aturdimiento, con repeticiones que parecen más fruto del despiste que de una voluntad de estilo, con viajes al pasado quizá innecesarios, con un narrador que se inmiscuye en el relato para aleccionar: “no intenten decir que fue inocente, por favor, no digan que fue víctima de las circunstancias, no digan que fue engañada al tomar al capitán por un ser humano”.

Hay otros momentos en los que a Amado le puede la vena comprometida. Recurre a la cursiva, se sale del relato y explica, por ejemplo, la dureza cotidiana de la vida de las putas, helándonos la sonrisa que parecía provocar la huelga convocada por “las hermanas prostibularias”: “cuando una puta se desviste y se echa para recibir a un hombre y darle el supremo placer de la vida a cambio de una escasa paga, ¿sabe, ilustre combatiente de la justicia social, cuántos están comiendo de esa escasa paga? El propietario de la casa, el arrendatario, la celestina, el comisario, el gigoló, el poli, el gobierno. La puta no tiene quien la defienda, nadie se levanta por ella, los periódicos no dedican ni una columna a describir la miseria de los prostíbulos, es asunto prohibido”.

La narración es sobre la mala suerte de Teresa Batista, puteada desde la infancia por un déspota, tratada como una reina de manera efímera por un ricachón enamorado de su belleza sin igual, huelguista en una protesta sin sexo, desesperada mientras aguarda a un marinero sin hoja de ruta clara. Semejante folletín tiene todo lo que nos gusta de los libros de Amado: sabor, color, olor y buen humor. Casi al final hacen un cameo dos cantantes, Caetano y Gil. Sí, son ellos, hace 46 años ya estaban por ahí. Caetano Veloso y Gilberto Gil, toda una metáfora de lo que nos ofrece Amado: melodías quedas para explicar historias duras, mezcla racial y estampas bahianas.

El propio Amado ironizaba en el prólogo antes citado: “se trata de una demostración más de que soy un novelista limitado y repetitivo, de acuerdo con la opinión corriente y expresa de los nobles señores de la crítica nacional. Opinión manifestada y repetida, sólo la transcribo para mostrar mi acuerdo con ella”.

Nos importa poco. Esperaremos la próxima reedición de otra novela de Amado. Son de hace años, pero aún no las hemos leído todas.

 

 

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Cuentos de antología

Durante algunos años me dediqué profesionalmente a buscar fotos para ilustrar obras enciclopédicas. En la era pre-internet no resultaba sencillo localizar según qué personajes. O habían dejado poco rastro gráfico o allá donde había una foto en blanco y negro, desvaída, tampoco era fácil acceder, por las distancias físicas, por el coste de una simple llamada telefónica, por el material en el que estaba guardada o por las transformaciones que necesitaba para acabar impresa en una hoja de papel de lo más normal y corriente.

No hace tanto de esto, bastante menos de veinte años, y ya suena a batallita del abuelo Cebolleta. De aquellas búsquedas me quedó el recuerdo de un par de escritores especialmente escurridizos, con nombres de pila bien sonoros, quizá para compensar apellidos tan convencionales: Felisberto Hernández y Macedonio Fernández. Al primero no logré ilustrarlo, al otro sí, con una foto tramada que parecía rescatada de algún recorte de periódico.

Me he encontrado con ellos (y con Roberto Arlt, que también me provocó quebraderos de cabeza hasta que conseguí un retrato suyo que se ha convertido en canónico, en una rotunda combinación de luces y sombras en la que destaca un mechón del flequillo con caída a la derecha), digo que los he encontrado a todos juntos en un libro que parece la carta de un restaurante de postín, por la salivación que produce dar una lectura somera al índice. Lo acaba de reeditar Alianza (la primera aparición es de 1992) con una cubierta de Manuel Estrada que tiene algo de poema visual.

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Esta recopilación de narraciones breves hispanoamericanas, escritas en el siglo XX, se presenta en dos volúmenes, con introducción y biografías de José Miguel Oviedo, que también es el responsable de seleccionar la cuarentena de voces. Explica el antólogo que esta “lectura personal de un repertorio de obras” es una selección de “los cuentos que mejor muestran la diversidad del género” en el siglo que se fue, como preparándose para recibir las primeras quejas de los que echen en falta a este u otro autor. Puede sorprender encontrar textos de escaso recorrido de autores que no nos suenan de nada, cada cual echará en falta a alguien, ya sea Eduardo Galeano, Cabrera Infante o unas cuantas mujeres más.

Establece Oviedo una clasificación en cuatro apartados, bastante bien fundamentados los tres primeros, que se deshilacha al final, cuando el cuarto capítulo agrupa los textos con un vaporoso epígrafe: “Otras direcciones, desde el boom”. Con el boom como protagonista estelar el segundo volumen (que tiempo habrá de comentar) acoge una selección de vacas sagradas de las que hemos leído casi todo, y que han sido reconocidas con todo tipo de galardones: hay no menos de 3 Nobel de literatura, muchos premios Cervantes y hasta un par de mujeres: Elena Poniatovska y Rosario Ferré.

En el primer volumen están los escritores agrupados dentro de la tradición realista, “criollistas, indigenistas y neorrealistas”, por un lado; y los innovadores, por otro, con espacio para el “cuento fantástico, vanguardista, especulativo y humorístico”. En todos ellos encontrará el lector acicates para profundizar, para buscar más. Los comentarios biográficos de José Manuel Oviedo son muchas veces de una sutileza clarividente. Dice, precisamente de Macedonio Fernández, que era “un maestro en el arte de estar siempre en otra parte”. Al describir el gusto rutinario de los oficinistas colombófilos que protagonizan un cuento del uruguayo Carlos Martínez Moreno, recupera un fragmento que explica que “los condenados a galeras se juntaban a remar, una vez libres”. Se desprenden ciertos prejuicios en los perfiles de algunos autores (por ejemplo, la defensa del castrismo por parte de Benedetti) al tiempo que se soslayan episodios oscuros de otros, como los vaivenes pinochetistas de Borges. No obstante esto, la contextualización de los relatos seleccionados en el conjunto de la obra de cada escritor está lograda y hay aseguradas unas cuantas horas de felicidad lectora. Dos cuentos míticos de Borges (Funes el memorioso y El Aleph) ejemplifican esa “literatura al cubo” del argentino; otro escrito al alimón con su compadre Bioy Casares sirve para recuperar a H. Bustos Domecq, escritor falso de relatos bien ciertos, aunque basados en una concatenación de juegos literarios.

Son imperdibles otros textos de difícil localización, como el despiadado Pequeños propietarios, de Roberto Arlt; el onírico El balcón, de Felisberto Hernández, o el demoledor relato del puertorriqueño José Luis González, titulado En el fondo del caño hay un negrito. Y así hasta completar 400 páginas. Que se leen de un tirón y quedan revoloteando en la memoria, como las fotos de ese álbum que uno no sabe si volver a mirar o mejor dejará reposar en un cajón, a la espera de olvidarlo para volver a descubrirlo.