Otro bendito cómic sobre la guerra civil

 

Lo malo de las recopilaciones con voluntad de resultar canónicas es que pueden provocar tanta desazón como el interés que despiertan por la selección que proponen. Me ha pasado muchas veces al revisar las listas tipo “100 libros que hay que leer antes de morir…” y me ocurre cada vez que voy repasando los anuarios de cómics que editan Jot Down y la ACDCÓMIC (Asociación de críticos y divulgadores del cómic). Repaso, con retraso, el último, dedicado a 2016, y voy viendo que algunos de los libros reseñados ya han sido mencionados aquí (Los vagabundos de la chatarra, de Jorge Carrión y Sagar Forniés; Glenn Gould, de Sandrine Revel, El ala rota, de Altarriba y Kim, y Crisálida, de Carlos Giménez). Pero constato, sobre todo, que hay muchísimos por leer, que no hay tiempo material para disfrutar de todos los goces que anticipan las críticas contenidas en esta antología.

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Dice Mikel Bao, al hablar de “La virgen roja”, de Mary M. Talbot y Bryan Talbot, que “las historias se olvidan: la gente necesita que le refresquen la memoria, porque mucho de lo que se ha ganado con la lucha en décadas precedentes se está perdiendo en el presente” y explica que precisamente esa es la idea alrededor de la cual se ha construido esta notable obra: “quizá en el pasado se puedan encontrar respuestas a algunas de las preguntas que plantea el turbulento siglo XXI en el que nos encontramos inmersos”. Aquí nos gustan mucho los cómics dedicados a la guerra civil y ya hemos dicho en alguna ocasión que se repite mucho el patrón de que un guionista o un dibujante dedican un cómic a la historia que han oído en casa a hurtadillas, a las vivencias familiares que sólo se explican a medias, para ahorrar disgustos a los descendientes, para intentar olvidar y pasar página. Las historias del “médico de Belchite” que dedicó Sento a un familiar de su mujer, los dos volúmenes que dedicó Altarriba a sus padres con los dibujos de Kim, y hasta “los surcos del azar” que recorrió Paco Roca beben de este planteamiento que de manera casi literal retoma Jaime Martín para explicar la peripecia de su abuela Isabel en “Jamás tendré 20 años”, que con su cubierta rojinegra se hace la dueña y señora de la sección de cómics de cualquier librería.

El casi imperceptible brillo en los ojos de la “libertaria” que levanta el puño cerrado en esa portada invita a abrir inmediatamente este álbum publicado por Norma en 2016, desde la versión original en francés publicada por Dupuis como “Jamais je n’aurai 20 ans”. La historia está montada, como tantas otras veces, en forma de flashback, a partir de unos chavales que juegan a la guerra y no entienden que sus abuelos les abronquen: “Se acabó esta mierda de película. Id a jugar a la pelota como los demás niños”.

A partir de entonces una páginas magníficamente construidas viajan al verano que destrozó tantas vidas para desarrollar cronológicamente la vida de Isabel y Jaime: el viaje de la primera desde Melilla hasta L’Hospitalet y la participación del abuelo en la guerra, en el llamado Frente del Serrablo y en Belchite permiten que se pueda hablar de esas ilusiones quebradas para toda una generación, de los golpes en la puerta de madrugada que precedían a los fatídicos “paseos”, de los bombardeos de la aviación en la contienda y el estraperlo en la posguerra, de las delaciones antes y después de acabado el conflicto, como si la condena fuera para siempre y a los vencidos se les tuviera que recordar sin parar que perdieron la guerra y la paz.

El giro final de la historia dice mucho del estado en que quedó este país cuando se decidió que el silencio tenía que ser la respuesta a muchas de las preguntas que las nuevas generaciones nos hemos ido haciendo.

Son esperanzadoras, para el mundo del cómic y para los aficionados a la Historia (en especial la de España), las palabras que dedica el citado Mikel Bao para cerrar su reseña de “La virgen roja”: “un estupendo libro, indicado particularmente para los amantes de las historias cercanas a la realidad que tan habituales son en el mundo de la novela gráfica y que están atrayendo a muchos lectores a muchos lectores tradicionales al cómic en los últimos años”.

Se puede aplicar tal cual al libro de Jaime Martín. Muy recomendable.

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Perdidos en Israel

La larga destilación del relato de nuestro último post se podría decir que nos lleva a “Una judía americana perdida en Israel”, este cómic de Sarah Glidden, que un día decide apuntarse al programa “derecho de nacimiento”, por el que todos los judíos del mundo tienen pagada una visita a Israel. El diario de Eva Heyman que glosábamos el otro día, las humillaciones sufridas, el elevadísimo precio a pagar, la tragedia colectiva que tuvo por escenario buena parte de Europa central y oriental tiene aquí un epílogo, en forma de cómic, elaborado por una autora desprejuiciada que en la cuarta viñeta dice estar “lista para ir allí y descubrir la verdad oculta tras todo este follón”.

Es un ejercicio interesante confrontar el título original de la obra con el que lleva versión española de Norma (2011): con el mismo dibujo en la cubierta, en inglés parece que ofrece una “Historia de Israel para dummies”, mientras la versión en castellano centra el tiro en la protagonista, en la situación de desamparo que por momentos parece sentir cuando visita la que pudo ser tierra de sus ancestros. Ya nos gustó mucho la visión que ofrecía Sarah Glidden de su visita a Iraq y Turquía, con ese cuestionamiento permanente, esas dudas difíciles de gobernar, ese escepticismo con el que miraba lo que ocurría a su alrededor. En esta visita a Israel, publicada previamente a las “Oscuridades programadas” que glosamos aquí, no tiene claro ni el motivo de su viaje ni lo que se va a encontrar. Teme a la propaganda, y parece que vaya siempre mirando detrás del decorado, tratando de descubrir si es simplemente cartón piedra.

Las acuarelas y los tonos suaves característicos de Glidden parecen sugerir un relato naif, pero nada más lejos de las corrientes que discurren por debajo de las viñetas. La narradora no deja de aludir al “conflicto” y empatiza rápidamente con los árabes “que estuvieron aquí durante mucho tiempo antes de que volviera el hebreo”. Viaja a Cisjordania, y su autobús discurre durante muchos kilómetros en paralelo al muro que separa ambas comunidades. Visita “la antigua Siria”, los Altos del Golán, donde pregunta sarcástica  qué interés tiene pelear por un espacio donde no se puede construir. El guía le recuerda que es territorio minado, uno de los lugares más calientes del planeta. Sigue su ruta, propagandística, por Tel Aviv, el desierto, el mar de Galilea y llega hasta Jerusalén. En el intento por comprender Israel nos lo va enseñando a los lectores, y nos muestra el Salón de los Nombres, con el que se rinde homenaje “a todos y cada uno de los judíos que fallecieron en el Holocausto”, o explica el mito fundacional de los Cielos y la Tierra, con una piedra que arrancó Dios de su trono, y que fue el pico donde el Rey David y su hijo Salomón construyeron el primer templo, allí donde está ahora la Cúpula de la Roca, cerca de ese Muro de las Lamentaciones que estamos cansados de ver en los telediarios, cuando se produce uno de eso follones que pretendía desentrañar Sarah Glidden al principio de su viaje.

Cuando apareció la obra en castellano, los responsables de Norma tuvieron el buen criterio de montar un minisite que ayuda a entender el proceso de creación de este cómic, con entrevista a la autora incluida. Al final de la obra, muy recomendable, la autora se dibuja ya en su país, reencontrándose con sus amigos estadounidenses. Uno de ellos le pregunta, a dos viñetas del final: “¿Qué demonios pasa en Israel?”.

La cara de ella es todo un poema.

 

Volar (con o sin alas)

Es paradójico que dos historias tan negras vayan encabezadas por títulos tan evocadores. Son, nunca mejor traído, las dos caras de una misma moneda. La biografía del padre en el haz, la de la madre en el envés. Dos puntos de vista que acaban complementándose , aportando matices, hasta encajar como una sutil labor de taracea. Son dos cómics, con guión de Antonio Altarriba y dibujos de Kim. “El arte de volar” (Edicions de Ponent, 2009) y “El ala rota” (Norma, 2016). Dos obras cumbre, repletas de sinceridad, cargadas de negrura, la mejor muestra de todo lo que ha cambiado este país.

“El arte de volar”  recibió el premio nacional de cómic en 2010. Sin eufemismos, la obra se abría con el suicidio del padre de Altarriba, que se lanzaba desde un balcón de la residencia en la que estaba internado. Menudo arte, el de volar. A partir de ese arranque fulgurante, la historia avanzaba hacia atrás y, a la par que mostraba la dureza cotidiana de una pareja como tantas otras miles en la España del último siglo, era también una panorámica de la Historia con mayúsculas. La guerra civil, la posguerra, la transición, los nuevos tiempos… Ese padre soñador que acabaría suicidándose había ardido en ideales, se había casado y había visto cómo se cortaban sus alas, y quedaba la sensación de que su mujer, una beatona supersticiosa, le había rebanado sus sueños, había aniquilado su deseo de luchar por un mundo renovado. Un perdedor de todo, que había vuelto de Francia para anquilosarse hasta que ya en la vejez tenía el valor de descalzarse y saltar desde la barandilla de un balcón en un viaje ineludible hacia la nada.

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Quedaba la sensación de que Petra, la madre del guionista, era una mujer hacendosa que servía en la residencia oficial de un general, Juan Bautista Sánchez González, que se sacrificaba por los dos Antonios (padre e hijo) al tiempo que simbolizaba el país, con ese sentimiento de culpabilidad nacido de un analfabetismo rural, en el que anidaba un fatalismo rayano en la superstición, abrumado por esa sociedad en la que, como decía Vázquez Montalbán, parecía que a todo el mundo le olían los calcetines. En esa patria en la que hozaban los vencedores, Petra se imponía la castidad, y se la pretendía imponer a su Antonio una vez nacido el hijo. El temor a volver a quedarse embarazada y morir en el parto (como le había pasado a su madre) estaba en el origen de esta anulación.

No hubiera sido de justicia que se perpetuara esta imagen de la madre, y Antonio Altarriba volvió a repetir planteamiento narrativo para recuperar la historia de ella, marcada por un hecho que era toda una metáfora. Al nacer ella murió su madre, y el padre -de puro enamorado- quiso vengar la muerte de su amada matando a la hija, a los pocos minutos de nacer. Una mujer de la familia logró salvarla pero quedó para siempre fracturado el brazo izquierdo, inerte, como esa ala rota que da título al libro y que ofrece un macabro contrapunto semántico al “arte de volar” de la historia paterna.

Los dibujos detallistas de Kim, esmeradamente narrativos, se ponen de nuevo al servicio de un guión poderoso. Aroma de culebrón para una historia poco morbosa, pero que no ahorra miserias y que vuelve a arrancar en la actualidad para buscar en el pasado justificación a todo lo ocurrido después. Petra acaba de morir en el hospital, con el brazo derecho lacerado de pinchazos para el gotero, porque el otro, inerte, no admite jeringas ni vías ni calmantes intravenosos. La muerte, otra vez, en las dos primeras páginas como punto de partida para explicar tanta vida. Tenemos la otra versión de lo que ya se había contado en “El arte de volar”, en línea con el experimento glorioso que llevó a cabo Clint Eastwood, cuando narró la misma batalla de Iwo Jima en dos películas, ora con la visión estadounidense, ora con el punto de vista japonés.

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Valga, por un momento, la paradoja para constatar que es precisamente Petra, la del ala rota, la que vuela más alto. Condenada desde el nacimiento, la acompañamos en los lutos de su vida y hasta empatizamos con ella en esa vocación de sufrimiento, en su deseo de quedar en segundo plano, aguantando los embates de la vida y aceptándolos como designios del Señor.

Las dos caras de una misma moneda, han dicho en algunas reseñas. Un fresco de la Historia de España. Un retrato inclemente de la Iglesia, a la que se le ven todas sus costuras. Un historia, por difícil que pueda parecer, con final casi feliz. Si el relato biográfico del padre mereció los honores de un premio tan importante, podría correr la misma suerte la historia de la madre. De momento, el interés de otros mercados ha sido inmediato. La magnífica web de Antonio Altarriba (que ya glosamos al hablar de “Yo, asesino”), registra ediciones en francés y portugués, junto a un notable aparato crítico (y elogioso) que ha generado la edición en castellano.

En otro apartado de la web se puede disfrutar de una selección de páginas y anticipar en la web el placer que supone pasar las páginas del álbum, con la boca abierta ante el dibujo elegante de Kim, que alumbra páginas maravillosas: la 4, la 154, la 161, la 170… incluso la del cierre, con ese plano cercano que acaba siendo un primerísimo plano.

El libro se cierra con un breve epílogo de Altarriba, que remata así el homenaje. Unas fotos, algunos esbozos y último párrafo tierno, evocador, definitorio de este díptico: “no soñó con altos vuelos como mi padre, ni con disponer del cielo entero para surcarlo. Más modestamente, con su ala rota, se limitó a saltar de rama en rama. Puede que, a su manera, llegara más lejos”.

Un tintineo con ronquera

Los carros de supermercado tienen un sonido muy característico que los hace inconfundibles. Incluso cuando ruedan sobre la superficie lisa de los pasillos de la sección de congelados, ese tintineo que parece diseñado para hacer de la compra toda una experiencia. “Vivir experiencias es lo más”, toda una divisa del neomarketing. Cuando uno de estos carros sale a la calle porque el usuario tiene mal aparcado el coche en la esquina y hay que vaciar a toda prisa en el maletero las bolsas de la compra, el discurrir de las ruedas del carro por las rugosidades de la acera convierte el tintineo en una especie de carraspera que anula por completo cualquier “experiencia multi-sensorial”.

Un carro de estos, pero cargado de ferralla, de motores de lavadora, de chapas, de listones de aluminio o de cualquiera de esas basuras inclasificables pero rígidas que dejamos al lado de un contenedor porque no sabemos dónde abandonarlas, ya no produce un tintineo sino un sonido ronco, una melodía gris para la banda sonora de una película ambientada en las calles oscuras de un barrio decadente.

Ese sonido tan peculiar es habitual desde hace unos años en el Poblenou de Barcelona. Por las calles Zamora, Pujades, Pallars, Puigcerdà, Ávila, Llull, Ramón Turró… y tantas otras trazadas a cordel hace décadas para erigir lo que se llamó el “Manchester català” es normal ver a hombres fornidos, negros casi siempre, arrastrando a duras penas carros de la compra cargados de hierros de todo tipo, que van vaciando en naves desnudas en las que se intuyen montones de chatarra, en pleno proceso de clasificación.

El Poblenou es un barrio que muestra todas las miserias (y por supuesto, muchas de las bondades) de la capital catalana. Una mezcla de vecinos con raíces en el barrio y barceloneses llegados de cualquier punto del globo; edificios y espacios añejos como la Rambla o los ateneos con hitos urbanísticos como el nuevo mercado del Encants Vells o la torre Agbar, ambos en la delgada línea que separa lo epatante de los ridículo; oficios manuales de siempre conviviendo con profesiones que todavía se están dotando de contenido; riqueza relativa conseguida a golpe de esfuerzo junto a pobreza enquistada que ni todo el esfuerzo de un hombre logra atenuar. En definitiva, edificios con espejos en el techo y plazas con leds que se iluminan al compás de la música al lado de esquinas donde se acumulan los vidrios rotos, los hierros oxidados y la lámpara de pie de la abuela que alguien dejó en el contendor pensando que ese día la recogida selectiva de residuos del Ayuntamiento pasaba por el barrio. Posiblemente fuera uno de “los vagabundos de la chatarra” el que la cargara en uno de esos carros de tintineo ronquilloso para depositarla en un almacén del Poblenou, muy cerca de la escuela de diseño más chic o del teatro nacional erigido con ínfulas de emparentar con edificio clásicos.

Algo de todo eso hay en un cómic que es muchas más cosas, por encima de las viñetas elaboradas con trazo feísta y voluntad documental. Es una novela gráfica, es un reportaje periodístico, es una contraguía turística, es una “historia basada en hechos reales”, es una crónica, y es un homenaje también a la gente que hace que la ciudad palpite más allá de los planes trazados con escuadra, cartabón y lápices de colores desde un despacho lejos de los arrabales y de la realidad. “Barcelona. Los vagabundos de la chatarra” (Norma, 2015), se titula este libro vivo, concebido por el escritor Jorge Carrión y dibujado por Sagar Forniés. De ambos hablábamos aquí de pasada, cuando glosábamos la obra de Joe Sacco, por una entrevista en cómic que le habían hecho ambos para el Culturas de La vanguardia. Es posible que me los haya cruzado más de una vez, en todos esos meses en los que se desplazaban en bicicleta por las calles del barrio, documentándose para el libro, entrevistado a gente. Nos movemos por la misma zona durante muchas horas del día.

Es un libro que se extiende más allá de sus páginas, con una web asociada muy recomendable, en la que hay documentación, se puede asistir al “cómo se hizo”, ver bocetos y conocer por los propios autor el porqué de este cómic.

Es un libro que cuenta “una historia que siempre acaba mal” (como titula Carrión el prólogo), que ofrece páginas memorables, con panorámicas de una ciudad acostumbrada a vivir “días históricos” cada dos por tres mientras la lucha por el pan bulle en sus calles, ajena a las cámaras. Es una hábil combinación de recursos narrativos: el cómic se cierra con una paradójica combinación de pantallazos de Twitter, en los que Ajuntament tuitea mensajes oficiales tan hueros como relamidos, montados sobre viñetas que escuetamente ilustran la trazabilidad de la chatarra, desde el carro del vagabundo hasta el carguero que supuestamente se la lleva bien lejos, a la China floreciente y ávida de hierro para seguir creciendo.

Al final del libro uno se encuentra con unas guardas impactantes, irónicas, elocuentes. Una sucesión de carros de supermercado giran enloquecidos sobre su propio eje. Mudos. Sin ese tintineo que ya nos es familiar.

Las apariencias no engañan

Todo es elegante en esta edición de “Rembrandt” (Norma, 2013), un cómic del artista holandés Typex que recrea la vida de su paisano en un libro de gran formato encuadernado en cartoné. Esta sobria elegancia empieza ya en las guardas del libro, con una indiana a dos tintas que alterna retratos de los muchos personajes que aparecen en las doscientas y pico páginas de la obra; y sigue en el índice, clásica combinación de tipografías y dibujos a pluma; continúa en las portadillas que abren cada capítulo y aparece de manera serializada en las dobles páginas que ejercen de introito de cada historia: a la izquierda aparece un ave, destacando en su sencillez sobre un fondo desnudo; en la derecha, un dibujo tenebroso, remedo de un grabado, ocupa todo el protagonismo. Es el esbozo de lo que se explica en cada capítulo.

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Esta elegancia aparece envuelta en una serie de trampantojos que emparentan el libro, como artefacto físico, con esas obras lujosas tan del gusto de las editoriales de estampas. Hay una falsa sobrecubierta con sus respectivas solapas y un par de rasgones por los cantos por donde más sufre un libro: la esquina inferior del corte y la esquina superior del lomo. Estos rotos permiten entrever una no menos falsa cubierta en piel con un stamping metálico, obviamente, falso. Para alimentar este juego con el lector, también la tripa contiene elementos ficticios: una cinta de lectura por la que hay que pasar la mano varias veces, para cerciorarnos de que no es mentira, y hasta una esquina doblada en la página 109 que es también un juego de agudeza visual, totalmente conseguido hasta el más mínimo detalle.

El envoltorio da paso a unas páginas llenas de movimiento, que Typex parece someter a una estructura bien definida (portadilla a doble página + doble plana de introducción del capítulo) pero que enseguida salta hecha añicos, cuando las viñetas se desarbolan y todo se convierte en una sucesión de técnicas de dibujo, una combinación de páginas con texto abundante y otras muchas totalmente mudas, con viñetas que rompen los límites de la cuadrícula y suceden a retratos a toda página. Hay esbozos, escenas cuidadosamente detalladas, imágenes a una tinta y panorámicas que son una explosión de color y viveza.

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Semejante alarde técnico, artístico y hasta conceptual está al servicio de la vida de Rembrandt, un artista genial al que persiguió la tragedia y que se emborrachó de éxito hasta perder de vista cómo vivían sus sucesivas mujeres, sus hijos y hasta los escasos amigos que conservó de la infancia. Aparece de vez en cuando un espejo roto en el que debía de mirarse para elaborarlos cientos de autorretratos que llegó a hacer, que cubren toda su vida y hasta sus estados de ánimo. Es éste un libro apabullante al que hay que volver muchas veces para disfrutar plenamente de su ambición de planteamiento y su riqueza visual.

En la falsa solapa de la falsa sobrecubierta aparece el texto del que dice ser “conservador senior de dibujos” de Rijksmuseum de Amsterdam (¿será falso también este tal Marijn Schapelhouman?). Son pocas palabras pero muy precisas acerca de lo que el lector tiene entre manos. Dice del biografiado que fue “imprevisible, vanidoso, arrogante, grosero, irritable pero aun así conmovedor y a veces patético”. Y dice de esta obra que lo retrata que es “un libro de estampas extraordinariamente ricas para los espectadores expertos”. Ciertamente.

Autobiografía

Es un clásico del mundo del periodismo. Preguntar cuánto tiene de autobiográfico una novela, un cuento, un poema, una canción, una película… lo que sea que haya hecho el personaje al que uno va a entrevistar. No importa lo famoso que sea el entrevistado (o el periodista), La tentación es demasiado poderosa. No hace mucho el guionista Santiago García, que acaba de sacar a la calle un cómic con el elocuente título de “García” decía que como a alguien se le ocurriera hacerle esa pregunta lo enviaba a freír espárragos, más que nada porque la pregunta vendría a significar que el periodista de turno no se habría dignado a abrir volumen. Porque es verdad que el protagonista se apellida García, igual que el autor, pero es que la historia se ocupa de un García muy peculiar, una especie de superhéroe trasplantado a la realidad actual después de ser congelado durante varias décadas, viajando desde el franquismo de entonces a esto que tenemos ahora.

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Viene a cuento tan largo introito porque Antonio Altarriba temblará si alguien le hace la pregunta de marras para abordar su libro “Yo, asesino”, una historia que ha escrito para que Keko la recreara magistralmente en imágenes. El asesino protagonista es un profesor de la Universidad del País Vasco, como el propio Altarriba; que viaja a congresos dentro y fuera de España, que pugna con sus compañeros de departamento y hasta de especialidad de diferentes universidades por hacerse con una posición meritoria en su disciplina y que, como Altarriba y como todo hijo de vecino, lidia cada día con los imponderables que van surgiendo: un día es una amante, otro es una amenaza del terrorismo de ETA y otro cualquiera es una ponencia en un congreso internacional. Todo muy normal, vamos (en la vida de Altarriba).

Ese título tan personalísimo de “Yo, asesino” viene después de que el propio Altarriba contara en “El arte de volar” otra historia, que se encargó de ilustrar Kim, y en la que explicaba la vida de su padre, articulada en torno a un flashback descomunal que arrancaba con el suicidio de su progenitor para ir explicando después los avatares de la guerra y la ignominia que hicieron recaer después sobre los vencidos. Por eso, puede que más de uno tiemble al imaginar a Altarriba echando mano de la realidad para después poder contarla en el cómic.

Muchos son los méritos que atesora la “Yo, asesino”, galardonada por doquier. El dibujo expresionista de Keko, en un glorioso B/N que sólo se ve herido por un rojo refulgente, el color de la sangre vertida, es uno de ellos, si no el principal. Hay algunos planos generales, en especial de lugares fácilmente reconocibles como la madrileña calle Preciados o la plaza Mayor de Salamanca, que están hechos con el esmero de un grabado de Rembrandt. Hay escenas íntimas de un enorme poder evocador y continuamente aparecen páginas que son todas ellas un juego de claroscuros y un prodigio de planificación. El recurso del color rojo se usa con una solvencia sublime y hay escenas que quedan definitivamente heridas, como el personaje que sufre la ira del protagonista.

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La historia tiene un punto sádico, en un crescendo que va dejando sin aliento, con ligeras concomitancias con los pecados capitales cometidos por Brad Pitt en “Seven”. La crueldad en el arte es el señuelo que pone en circulación Altarriba, para servir de hilo conductor a la historia de unos mediocres profesores universitarios que recelan tanto de los méritos de sus colegas como de su propia habilidad para ocultar la medianía en la que viven inmersos. Son páginas que leemos sin pausa, temiendo que el proceso que ha puesto en marcha el protagonista sea demasiado castigo para que lo que no son sino pecados veniales, o ni eso: la desconfianza, la sensación de fracaso ante el triunfo del prójimo, un punto de lascivia o unas dosis de mentira y prepotencia. Errores humanos solventados de un plumazo, al estilo de la ira de los dioses antiguos.

Factores extracomiqueros o extraliterarios hacen de este cómic (y de otros títulos de Altarriba) una obra singular. La web del guionista permite, entre otras muchas cosas, asistir al proceso de creación, leer sin trabas el guión, opinar, descubrir cómo es una página desde el primer boceto (teniendo en cuenta que también hemos podido leer antes la descripción en el guión) hasta el entintado final y, en definitiva, participar de la materialización de una idea que pasa al papel y adquiere el rango de obra de arte, por momentos.

La generosidad de Altarriba no sólo es digna de aplauso sino que será de gran utilidad para todos aquellos que como el propio autor saben qué dibujarían pero no son capaces de hacerlo. “No sé realizar las imágenes que me vienen a la mente. Soy un minusválido de la plástica y, para compensarlo, busco dibujantes, fotógrafos, pintores… Tengo que agradecerles que hayan dado forma y color, expresión y sentido a mis guiones. Sin ellos mis historias seguirían siendo sueños. Dependo muy estrechamente de mis realizadores porque, en mi caso, los argumentos suelen surgir de imágenes.”

Con Kim en su multipremiada obra anterior, con Keko en esta otra no menos reconocida, Altarriba reivindica el papel de los guionistas, justifica la necesidad de buenas historias y proporciona a sus compañeros de aventuras un vehículo para el lucimiento de sus lápices. Que la historia sea o no autobiográfica, en este caso, es mejor no saberlo. Ni siquiera preguntarlo.

Homenaje a Orwell

Es imposible no revivir las andanzas de George Orwell durante la guerra civil por las calles de Barcelona o por tierras aragonesas (minuciosamente recogidas en su “Homenaje a Cataluña”) al pasar la vista por las viñetas que cuentan las aventuras de Max Friedman en pos del rastro de un viejo camarada.

La Rambla repleta de brigadistas, la silueta del hotel Colón, los coches colectivizados, la sensación permanente de espionaje múltiple, el caos, la desconfianza, la lealtades inquebrantables y las traiciones más lacerantes, las trincheras que pierden de noche los escasos metros ganados en los avances diurnos, las escaramuzas que provocan tantos muertos y las molestias que traen consigo las enfermedades venéreas. Es puro Orwell este cómic de Vittorio Giardino, multipremiado y recopilado por Norma en este volumen en catalán con el título de “No passaran” (2011) y el epígrafe de “edición integral”.

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El dibujo preciosista, una planificación cuidadosa y un complejo guión que –como casi siempre– se  sirve de una historia de amor para contar “una de guerras”, son los rasgos característicos de esta obra por entregas de Giardino, cuyos originales levantaron gran expectación cuando se expusieron hace pocos años en el Saló del Cómic de Barcelona. De la guerra civil española se ha dicho todo y, sin embargo, aún quedan muchas cosas por contar. No dejan de aparecer relatos, se siguen haciendo películas, el cómic cada año presenta varias novedades relacionadas con el conflicto y no hay punto de vista ni enfoque desde el que no se haya abordado: como denuncia, con fines documentales, como memorias de protagonistas de la contienda, como recuerdos familiares…

Esta recopilación de Giardino está hecha desde el punto de vista de los perdedores, o al menos así parece evidenciarlo la bibliografía: el citado Orwell, Malraux, Dos Passos, las aportaciones historiográficas de Tuñón de Lara y Hugh Thomas, con la llamativa presencia de “los cementerios bajo la luna” de Bernanos. Aparecen en las viñetas abundantes carteles anarquistas o comunistas (de los que acabaron en el Archivo de Salamanca) y, en lo que es uno de los puntos fuertes de esta curiosa edición, hay más de 40 páginas con esbozos, escenas suprimidas y parte de la documentación que utilizó Giardino para lograr esta magnífica recreación de la suciedad de la guerra mediante su personal línea clara.

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Así, es posible entrever que un acertado encuadre de la plaza Catalunya no es más que una recreación de alguna de las fotos históricas en blanco y negro, coloreada ahora con el pincel de Giardino. Hay postales minuciosas del Park Güell, el Paseo de Gracia, las Ramblas o el puerto y vistas aéreas del bombardeo que arrasó Barcelona y dejó decenas de muertos, cuando la mala suerte quiso que una bomba impactara en un camión de combustible en plena Gran Vía, en el corazón del Eixample. Así, las famosas fotos tomadas desde los Savoia italianos mientras llovían bombas aparecen aquí coloreadas, en una dramática combinación de precisión documental y realidad colorista.