Envidia

Es lo que he sentido al ir pasando las páginas del libro que me ha entretenido los últimos diez días. Auténtica envidia. Una investigación muy bien presentada, minuciosamente documentada, ilustrada con profusión, resultado de innumerables pesquisas y hallazgos que han debido de procurar muchas alegrías a su autor, Julià Guillamon.

La obra en cuestión cayó en mis manos como regalo de Sant Jordi, consecuencia involuntaria de un paseo por el Poblenou que ya relatamos aquí. Es un estuche de la editorial Comanegra, que contiene la versión facsímil de una novela de los años 30, titulada “Història de una noia i vint braçalets”, de un centenar de páginas, que va acompañada de un estudio del citado Guillamon, que se titula “L’enigma Arquimbau” y lleva un sugerente subtítulo: “Sexe, feminisme i literatura a l’era del flirt”.

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Si la novela de Rosa Maria Arquimbau fue editada por la Llibreria Catalonia en 1934, el estudio que se ocupa de ella se publicó 81 años después. La primera, sin contextualizar, se lee en un rato. La investigación lleva unas cuantas horas más y, además de arrojar luz sobre una novela menor que hoy quizá se despacharía como chick-lit, pone los dientes muy largos a cualquier lector que alguna vez haya disfrutado del placer de dedicar horas y horas a documentarse sobre un tema.

Creo que en ningún momento alude Guillamon a los años que haya necesitado para investigar la época que analiza. Que en realidad es todo el siglo XX y establece nexos entre numerosas personalidades de las letras catalanas desde finales del XIX hasta la recuperación de la democracia. Esa faceta investigadora del autor se puede apreciar en el reciente “El Barri de la Plata”, en trabajos anteriores (La ciutat interrompuda) y en las diversas exposiciones que ha comisariado. Ese músculo documentalista se aprecia no solo en los abundantes testimonios gráficos que jalonan todo el libro (hay cientos de fotografías) sino también en las conexiones que va trenzando entre personas, obras, acontecimientos más o menos conocidos y pequeñas historias familiares, hasta conformar un mosaico que trasciende el objetivo primero del análisis para mostrar una época, una sociedad y un panorama literario que poco tiene que ver con los grandes nombres del presente y hasta del pasado reciente.

La novela de Rosa Maria Arquimbau que origina semejantes pesquisas se ocupa de una “noia” de provincias que se establece en Barcelona para aprender peluquería. Se dedica en realidad a coleccionar amantes, que son los que proporcionan los “veinte brazaletes” del título. El tono desenvuelto con el que va explicando esa sucesión de conquistas es uno de los puntos más llamativos de esta novela corta y jugosa, que gracias al trabajo de Guillamon se puede entender como una novela en clave, ver en ella conexiones con personas reales (algunas conocidas) y mostrar los muchos cambios que experimentó este país en los años 30. Esa libertad en las formas, esa liberación de los roles, esa huida de la hipocresía aparecen como trasfondo de una historia quizá poco elaborada, con un final un tanto convencional, pero que iba rompiendo amarras con lo que entonces debía de ser la literatura escrita por mujeres.

Leída la novela, llega el momento para el segundo volumen del estuche, ilustrado en su cubierta con una bella fotografía de “l’Arquimbau”. Hay muchas más en el interior, que la muestran en su plenitud física, en una estancia en una casa de reposo, sola, acompañada, con bastantes más años encima, en Barcelona, en el exilio parisino, en su intento de llegar a México vía Orán (como tantos derrotados en la guerra), con algunas de sus parejas, con su marido, de nuevo sola…

Todas estas fotos ilustran un texto detallista que viene y va, sin perder nunca el hilo. Relata el periodismo de los inicios del siglo, explica anécdotas de Josep Tarradellas y su mujer Antònia Macià, amigos de Rosa Maria; se detiene en la relación de ésta con Josep Maria de Segarra (cuya “Vida privada” pudo servir de inspiración a la novela de la “noia”), explica las miserias de la posguerra, llega hasta los años de la transición y, en definitiva, reivindica la figura de una escritora cuyo nombre ha quedado sepultado por otras autoras mucho más poderosas: Mercè Rodoreda, con la que no congenió; Maria Aurèlia Capmany, Montserrat Roig…).

La envidia que provoca ver un libro tan bien editado, con detalles como el uso de una segunda tinta para las citas, el diseño de unas elegantes guardas o la maquetación precisa de tantas imágenes, se acrecienta (esa envidia) al entrever las satisfacciones que debió de proporcionar a Guillamon empezar a atar cabos y conectar a tantos personajes. Sus análisis pormenorizado, con un discurso muy ameno, convierten lo que parecía ser un estudio para especialistas en literatura femenina catalana del primer tercio del siglo XX en un extenso reportaje muy recomendable para cualquier persona interesada en saber qué cuece tras una historia. Y qué historia.

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El libro de una vida

Hay pequeños detalles que van encajando de improviso como las piezas de un puzle espontáneo en el que nos aparece nuestra propia trayectoria. La Cadena SER que hace más de veinte años ensanchaba los límites en los que se movía un joven de provincias como yo acogía una voz muy particular que parecía hablar siempre desde una habitación vacía, con el sonido reverberando en sus paredes desnudas. Aquel oyente joven que iba descubriendo lentamente el mundo mientras aspiraba a ser periodista siguió escuchando esa voz, en esa SER que iba cambiando lenta pero inexorablemente si tener muy claro, ni la cadena ni sus oyentes, que el cambio fuera para mejor. Talludito ya el oyente, alejado de esas redacciones en las que soñó trabajar y con un periodismo bien distinto del que le enseñaron en la facultad, aquella SER diametralmente distinta sigue albergando hoy aquella voz peculiar que, con su presencia en la cadena, le otorga un punto de credibilidad al tiempo que certifica que cuarenta años después, quizá medio siglo, el periodismo honesto, que no independiente, se puede ejercer cuando hay valentía para acogerlo, libertad para ejercerlo, y, lo que más me gusta de este hombre, historias menudas que merecen ser contadas. Para trascender y convertir lo cotidiano en algo digno de ser imitado.

Ese hombre es José (Josep) Martí Gómez y el joven que escuchaba sus crónicas desde Londres, sus comentarios abrochando la Hora 25 de Carlos Llamas o sus certeras entrevistas en el A vivir que son dos días de Javier del Pino, ese joven (decía) ha ido creciendo y hasta ha tenido ocasión de trabar contacto profesional con aquella voz que llegaba con eco, para disfrutar de un par de horas de recuerdos alrededor de las volutas de humo de un buen habano. Porque Martí Gómez también desgranó su buen hacer periodístico en una tertulia de Radio Barcelona, otra vez la SER, llamada Saló de fumadors. Dicen que él, Joan de Sagarra y algún otro compinche, dejaban el estudio envuelto en brumas y que la ley antitabaco hace imposible hoy un programa así.

Me he encontrado ese periodismo cercano, certero, con verdadera obsesión por la cita fielmente reproducida, desprovisto de flashes y oropeles en otras instancias y medios (La Vanguardia, la web lalamentable.org), siempre con la firma de Martí Gómez. Y ahora, condensado en un libro gloriosamente desordenado, como las carpetas de un archivo que alguien va abriendo al azar, uno puede leer en silencio mientras resuena en su mente el eco de aquella voz que telefoneaba desde Londres, que acompañaba al añorado Carlos Llamas o que augura actualmente en las mañanas del fin de semana un par de horas de periodismo hecho a la manera antigua, sin estridencias, dando la voz a un cura que ayuda a refugiados, a una joven filósofa que se cuestiona el reparto de la riqueza en la sociedad en que vivimos, a gente que tiene cosas que contar. Un periodismo hecho con honestidad, sin equidistancia.

el oficio mas hermoso

“El oficio más hermoso del mundo” (editado por Clave intelectual) es un libro de recuerdos, más que unas memorias. En la radio, Martí Gómez habla sin ambages de “fui a buscar en mis notas” cuando rememora a personas e historias acaecidas hace tiempo y quiere precisar una declaración o evocar un momento concreto. Este libro sobre el periodismo bebe de esas notas, de ahí ese subtítulo de “una desordenada crónica personal”, y viaja a lo largo de cincuenta años de profesión para acabar esbozando un retrato bastante fino de este país en estas décadas. Evocaciones de personas tan variopintas como el cardenal Tarancón, Puig Antich, Vázquez Montalbán, Francisco Paesa oTeresa Pàmies se alternan con historias de tribunales, recuerdos de redacciones, anécdotas de transiciones o perlas sobre el oficio de escribir.

El ojo de Martí Gómez para retratar un personaje a través de sus palabras, aunque sean pocas o parezcan insustanciales, se puede ver en una de las pocas veces que trata el pasado más cercano, cuando recuerda una frase de Rajoy que da la verdadera medida del personaje: “cuando se planifica una política compleja lo mejor es estar por ahí”. Toda una declaración de intenciones, un epitafio político o una melonada sin sentido, pero en cualquier caso, un resumen genial de no sé cuántos años de dedicación política.

En una entrevista radiofónica (en la SER, no podía ser de otro modo, en el necesario programa Punt de llibre de Pilar Argudo), dejaba Martí Gómez que otros hablaran de él y de su libro y les acababa preguntando si no tenían ninguna crítica que hacerle. Es difícil. Se puede cuestionar ese desorden al que aludíamos antes, pero creo que forma parte del sentido del libro.

Es la manera ideal de acercarse a alguien que es un ejemplo, posiblemente sin pretenderlo. Hay otros libros escritos por él, la revista Jot Down atesora en la red una entrevista del año 2011 que le hizo Enric González. Se pueden escuchar los podcast del A vivir que son dos días.

Al final, todo nos sabrá a poco.

“Reportajes en viñetas”

“El periodismo es un proceso lento. Necesita tiempo, constancia, tiempo, un poco de obsesión”. La repetición de la palabra tiempo enfatiza ese carácter lento del periodismo, tan alejado de lo que se estila ahora en esta sociedad hiperactiva, donde primero decimos o hacemos para después pensar si no hubiera sido mejor no haberlo dicho o hecho. Las comillas del inicio corresponden a una curiosa entrevista en formato cómic que, con los dibujos de Sagar Forniés, le hizo Jorge Carrión a Joe Sacco durante una vista a Barcelona, y que publicó La Vanguardia en su suplemento Culturas en septiembre de 2014. Un auténtico lujo, una recopilación de talento que dio como resultado cuatro páginas memorables.
La cita de Sacco con que arranca este texto era la respuesta a la inevitable pregunta que le hicieron a este maestro del género, con una manera muy peculiar de entender las viñetas: “¿Qué consejo le darías a alguien que trabaja en su primer cómic de no ficción?”. Sacco parece hablar de sí mismo al contestar: “la gran ventaja con que cuento es que a la gente le encanta hablar de sí misma. Sólo tienes que dejarles que te cuenten su historia. Si no tienen nada que ocultar, estarán dispuestos a regalártela. No les presiones”. Otra vez la mención al tiempo, a la lentitud, a la constancia.

apuntes de un derrotista

Esto es, en buena medida, la obra de Sacco. En sus “Apuntes de un derrotista” (Planeta DeAgostini, 2006) ese trazo underground tan característico escarba incluso en los demonios familiares durante los bombardeos de la aviación de Mussolini de la isla de Malta, donde nació este dibujante que enseguida viajo por medio mundo con sus padres antes de instalarse en EEUU. Y aparecen después de recuerdos autobiográficos, reflexiones políticas del propio Sacco (que en la entrevista mencionada se define indudablemente “como de izquierdas”) y algunos de esos cómics de no ficción que hielan el corazón: “Cuando las bombas buenas caen sobre la gente mala” (o cómo los bombardeos “liberadores” han masacrado a la población civil en el último siglo) o “Más mujeres, más niños, más deprisa” (recuerdo de más bombardeos, los ya referidos de Malta durante la Segunda Guerra Mundial). Todas ellas son composiciones muy trabajadas, con técnicas bien diferenciadas, puestas al servicio de lo narrado: tramados para enfatizar la oscuridad, relatos fragmentados, encuadres que combinan vistas cenitales y contrapicados, contrastes de luz muy expresionistas… En esta recopilación de viñetas e historias cortas se puede asistir (casi como un voyeur) a la complejidad del mundo de Sacco, que se muestra desacralizado, irreverente a veces, juguetón.

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Sin dejar de ocupar un papel protagónico, pero sí en un segundo término más adecuado a lo que se puede tomar por una crónica periodística, en otra obra Sacco nos cuenta sus andanzas en uno de los puntos más calientes del planeta. “En la Franja de Gaza” (obra de 1993 que publicó en España Planeta DeAgostini casi diez años más tarde) es el personalísimo punto de vista de Sacco (no en vano aparece a veces autorretratado con sus características gafas redondas en pos de una nueva entrevista) acerca de la situación de los palestinos, sometidos a humillaciones constantes por parte de los israelíes. La desolación causada por tantos ataques arbitrarios, tantos muertes absurdas, tantos atropellos y tanta tensión transpira en cada página de esta monumental obra de denuncia. “¿Qué le pasa a una persona cuando cree no tener ningún poder?”. Es una de las muchas preguntas que se va haciendo Joe Sacco mientras va visitando a opositores más o menos violentos y organizados, cuando comparte con una familia de pobreza extrema lo poco que tienen mientras rememoran las humillaciones que han padecido durante tres generaciones.

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Los dibujos parecen hechos a partir de fotografías como las que ganaron en su momento el Pulitzer. Encuadres magníficos, con escenas a doble página repletas de detalles que cortan el aliento. Después de haber conocido a tantos protagonistas anónimos del infausto día a día en la Franja no sorprende la rotundidad con la que Sacco se pronuncia en la entrevista de Culturas acerca de Claude Lanzmann, del que hemos hablado en este blog. A la pregunta de si hay alguna “influencia directa de Shoah” en su obra responde tajante: “No, de ninguna manera. Es lo contrario. Él cree que los hechos históricos no pueden ser reconstruidos”.

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Sacco sabe bien que eso no sólo debe ser posible sino que además es deseable. Cuando hace un par de años se conmemoró el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, una de las obras que quedó para siempre de semejante efeméride fue una originalísima, deslumbrante, un cómic titulado “La gran guerra” (Reservoir Books). Un gran fresco, de diez metros de longitud, que se presentó en un peculiar formato, todo seguido, en una sucesión de planchas en glorioso blanco y negro, sin ningún texto de apoyo. Sólo dibujos para intentar acercarse al horror del 1 de julio de 1916, en la batalla del Somme, donde murieron decenas de miles de británicos en una sola jornada. Desde el amanecer hasta las noche más negra, se va desplegando este libro (emparentado con el tapiz de Bayeux o hasta con la Columna Trajana) que el lector (aquí mero observador, porque no hay nada que leer) mira con una mezcla de admiración y horror.
Estos “reportajes en viñetas” (como los definió certeramente Santiago García en sus “Cómics sensacionales” (Larousse, 2015) hablan de un periodismo comprometido con el que siempre se ha querido identificar este periodista en dibujos. Al fin y al cabo, en uno de sus libros sobre Palestina lo definía con una sencillez apabullante: “nadie que sepa qué ha venido a buscar se va a casa con las manos vacías”.

El relato de una investigación frustrante

“Hemos encontrado cosas tremendas que no esperaba encontrar y no hemos encontrado otras que sí esperaba encontrar”. Una veintena de palabras donde se repite cuatro veces el verbo “encontrar” en las que se reconoce el frustrado intento de demostrar la hipótesis inicial. Aparece en el epílogo de un libro de 450 páginas, enriquecidas por otras 50 de notas y bibliografía. Se titula El marqués y la esvástica (Anagrama) y lo firman Rosa Sala-Rose y Plàcid García-Planas.

El propósito inicial del libro, haciéndose eco de una denuncia que dejaba caer Eduard Pons Prades en su libro Los senderos de la libertad, es demostrar que el escritor César González Ruano estuvo implicado en el asesinato en Andorra de judíos cuando huían de la persecución nazi. La minuciosa investigación que ambos autores ponen en marcha, y que se narra en paralelo a las vicisitudes de la vida de González Ruano, les proporciona hallazgos insospechados, que verifican la catadura moral del biografiado y le despojan de una máscara de escritor brillante aunque de ética dudosa, que obliga a los lectores a cuestionar si esa supuesta brillantez no es más que pirotecnia que deslumbra al tiempo que impide poner el foco en los detalles de lo narrado.

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Las dos historias que discurren en paralelo permiten vislumbrar detalles que no se hacen explícitos: arranca la investigación en una cena en el Palace de Madrid donde se entrega el premio de periodismo que precisamente lleva el nombre de González Ruano y se describen los oropeles de un galardón cuyos premiados desconocen quién es el que da nombre. Normal en un país como el nuestro tan lleno de desmemoria. Las pesquisas de Rosa Sala (ella es la parece llevar el peso en esta obra) se encuentran con archivos militares o civiles que en España no permiten acceder a los historiadores debido a la “cercanía” de los hechos y biografías investigados, a pesar de que han pasado 80 años de esto. Tampoco en Europa las cosas están mucho mejor: los expedientes de la Gestapo no son fácilmente accesibles, muchos de ellos fueron destruidos, y en otros archivos la pista de las oscuras acciones de González Ruano se pierde entre un exceso de burocracia o la escurridiza personalidad del personaje. Cuando el libro se centra en las andanzas del escritor metido a diplomático, el relato es por momentos descorazonador: un tipo que cultiva la amistad del depuesto Alfonso XIII con el fin de ganarse su simpatía y hacerse con un título nobiliario, un sableador sin escrúpulos que se arrima a un magnate para financiar su costoso tren de vida, un crápula que mantiene como puede una pareja (con hijo incluido) al tiempo que se proporciona solaz ahí donde encuentra oportunidad de bajarse los pantalones.

González Ruano aparece como un hombre sin escrúpulos que robó, delató, engañó, burló a amigos y enemigos, acabó con la paciencia de los nazis, encabronó a los fascistas italianos y paseó su cara dura por las capitales europeas antes de recalar en Madrid y Sitges, donde aún es glosado como el inventor de la palabra “chiringuito”. Algunos de sus amigos y admiradores españoles, algunos de ellos declarados “progresistas”, juzgan menores algunos de estos episodios poco aclarados de la biografía de Ruano e incluso prefieren ignorarlos. Y recientemente, así lo recoge el libro en sus últimas líneas, la Fundación Mapfre ha decidido retirar su nombre del premio de periodismo que otorga anualmente.

A medio camino entre la defensa del personaje y la crítica del libro, repartiendo a diestro y siniestro, una reseña de la Revista de Libros (ahora solo en versión online) fue de las pocas visiones negativas que la obra ha tenido entre la crítica especializada. En ella, la propia autora llega a escribir un comentario para zanjar la polémica que el reseñista parece suscitar con sus duras palabras. Y es una pena, porque a pesar del vitriolo que destilan sus palabras el reseñista pone el dedo en la llaga y no le falta razón al afirmar que la investigación acaba reconociendo que no ha podido demostrar lo que insinuaba al principio.

Rosa Sala Rose es una germanista que ha dado ya varias obras de notable importancia y que mantiene un blog igualmente interesante. Plàcid García-Planas es periodista de la sección de Internacional de La Vanguardia y sus crónicas se leen con gusto por el rigor del que hace gala y, cosa cada vez más extraña en los medios impresos, por la calidad narrativa de sus textos. Ambos proporcionan con esta obra un ensayo que en ocasiones es más interesante por el proceso de investigación descrito que por los avatares del sinvergüenza al que siguen los pasos. La decepción que supone comprobar al final que sus esfuerzos han sido, en cierto modo, vanos no empaña lo que el libro tiene de fresco de una época, en la que los arribistas con contactos se hicieron con las riendas de un oficio como el periodismo, hasta el punto de dar su nombre a uno de los premios más destacados.