Jesús Moncada, el escritor discreto

Cuando apareció “Calaveres atònites”, en diciembre de 1999, pude entrevistar a su autor, Jesús Moncada. No lo podíamos imaginar, pero sería la última obra que publicó en vida. Tiempo hubo para recopilaciones de relatos, pero antes de 2005, fecha de su muerte, no llegaron más obras originales. Se dice que una gran novela, ubicada en Barcelona, quedó en los cajones del siempre perfeccionista Moncada. Parece que estaba ambientada en el entorno laboral de la Montaner i Simón, la editorial que albergó el espectacular edificio que hoy es sede la Fundació Tàpies, y que recordaba unos años en los que Moncada abandonó su deseo de ser pintor para convertirse en uno de los escritores más destacados en lengua catalana, nacido en la Franja de Ponent (para los catalanes), en la Franja Oriental (para los aragoneses).

Llegué a la recopilación de cuentos de “Calaveres atònites” después de haber devorado uno tras otro todos los libros de Moncada. Me sorprendí, aragonés como él, de no saber nada de su literatura, de no conocer su nombre antes de instalarme en Barcelona, como había hecho él veinte años antes. En Cataluña era un autor cuyas obras se esperaban con interés pero más allá de la famosa Franja pocos parecían saber que había publicado con Anagrama la que era su novela más ambiciosa: “Camino de sirga”, traducción literal del “camí de sirga” en catalán que hacía referencia a la ruta que seguían los “machos” para remontar río Ebro arriba, tirando de una cuerda, las barcas (llaüts, en catalán) que bajaban hacia Tortosa el lignito que se extraía de las minas de Mequinenza.

calaveres atonites

He comprobado que “Calaveres atònites” resiste de maravilla una relectura. Hace casi dos décadas que lo leí, y en la página de cortesía veo con tristeza el dibujo que me dedicó Moncada, al lado de un texto donde me aseguraba que yo acabaría en el infierno. O eso dice la caricatura de la Berta. No recuerdo cuánto rato pasé con él en la sede barcelonesa de La Magrana, su editorial entonces, antes de que la comprara RBA. Pero fue un momento inolvidable. Esa sonrisa que aparece en muchas de las fotografías era una risa de tonos gamberros, que coincidía plenamente con ese humor socarrón (somarda, le decimos en Aragón) que invadía sus textos, de un anticlericalismo feroz. Al releer el primer relato de esta recopilación, donde en primera persona Mallol Fontcalda explica cómo fue su aterrizaje en la villa de Mequinenza, adonde llegaba para ser secretario del juzgado desde su Barcelona natal. La estupefacción con la que recuerda ese momento, en una especie de prólogo para una selección de cuentos escritos por un tal Moncada (empieza aquí un juego de espejos que deviene infinito), es la misma que siente el lector al descubrir cualquiera de las historias de este escritor “rural” que evocó desde el barrio de Gracia barcelonés aquel pueblo suyo y sus habitantes, anegado el primero por las aguas de dos pantanos, vivísimos los personajes gracias a las historias de Moncada.

Prácticamente todos sus libros (salvo “La galeria de les estatues” i “Estremida memòria) acontecen en Mequinenza, ese espacio literario de proporciones míticas donde personajes con nombres de resonancias clásicas se chotean de las penurias de la posguerra, cultivan un anticlericalismo que de tan bestia raya en la caricatura y sobreviven armándose de mal humor ante las penurias e iniquidades de la dictadura, ellos que han sido siempre tan de izquierdas (incluso en el momento actual). Son una especie de aldea gala reubicada por culpa de las aguas de unos pantanos que casi acaban con todo rastro de vida inteligente, además de arrasar con los recursos económicos. La “suerte” de esta villa desgraciadamente desaparecida es que tuvo a Jesús Moncada como cronista.

He vuelto a leer estos relatos, a repasar mis apuntes de hace años, a mirar las entrevistas y reseñas que recorté de los periódicos de 1999, a evocar a aquel autor entrañable que se fue demasiado pronto por culpa de un cáncer. Y lo hecho merced a una biografía publicada por Pagès editors hace escasamente un mes. Se titula “Jesús Moncada, mosaic de vida” y está escrita por Marc Biosca. La foto de la cubierta muestra a un Moncada que mira por un ventanal, en la sede citada de la Montaner i Simón. Vista ahora, la imagen tiene un poder de evocación descomunal. Libros en las estanterías, la pantalla de un flexo difuminada en primer plano, una mesa con una pila de hojas pulcramente ordenadas… Y el editor mirando al infinito, quizá descansando después de muchas horas corrigiendo pruebas, recuperando fuerzas para seguir en la brecha.

jesus moncada_mosaic de vida

Dicen que Moncada concedió pocas entrevistas, que fue un autor que dio escasas pistas sobre su vida personal. El mismo confesó que traducía, especialmente a autores franceses, para comprar el tiempo que luego dedicaba a escribir y rescribir minuciosamente sus relatos. Pocas señales quedan de su compromiso político, más allá de su afiliación a un partido independentista de izquierdas, cuando no era difícil ser lo segundo pero parecía una marcianada ejercer de lo primero. Hoy las tornas han cambiado. Recuerdo que yo, a instancias de unos amigos y bien convencido de ello, le propuse que nos ayudara en la oposición a unos embalses en el Pirineo aragonés que siguen sin hacerse pero cuya amenaza pende sobre el territorio desde hace décadas. Rehusó firme pero amablemente, lo que podía decir ya lo había hecho en sus relatos.

No se le conoce a Moncada pareja sentimental pero sí unos cuantos padrinos literarios, de su paisano Edmón Vallès a Pere Calders. Se explican algunas de sus amistades del círculo profesional pero tampoco parece que disfrutara demasiado en las bambalinas de los premios y los oropeles de la fama. Coleccionó galardones en Cataluña y sólo al final, a punto de irse para siempre río abajo, el Gobierno aragonés le entregó su galardón mayor, aunque algunos miembros del jurado explican que había sido propuesto en reiteradas ocasiones y siempre rechazado precisamente por no escribir en castellano.

De todo esto habla esta biografía que al principio se presenta desordenada pero que va tomando cuerpo y acaba siendo un trabajo interesante. Se echa en falta un índice onomástico, tan necesario siempre en estos estudios biográficos, pero dispone de un abundante aparato bibliográfico, de gran utilidad para seguir la huella de un autor que parece que se prodigó poco pero que, en realidad, se asomó cuando tenía algo que decir, algo que anunciar.

Los relatos de Moncada han envejecido de maravilla. He pasado unas horas extraordinarias, con risas incluso, al revisitar las disparatadas situaciones que se producían en la villa de Mequinenza, con esos nombres ya familiares del juez Crònides, la Berta, Penèlope Valldabó, el cardenal Maties o Leucofrina, en espacios no menos míticos del Café del Moll, el Café de la Granota, el puticlub Calipso o la farmacia de Honorat del Rom.

Qué mala hostia tan sana, tan saludable.

 

Anuncios

Fans de los blackies

Me gustan mucho los libros de Blackie Books, ya desde la cubierta. Su planteamiento tipográfico, con esa tapa dura de tan acusada personalidad, me parece uno de los hallazgos editoriales de la última década, por poner una fecha. El lomo recto, las guardas, esas fotos interiores de trama gruesa, la faja… son elementos característicos que ya me hacen salivar, aunque el nombre del autor no lo haya oído en mi vida o tenga que mirarme dos veces la cubierta para cerciorarme de que es un libro para adultos, y no un infantil, que tiene el mismo aspecto que uno para mayores.

No entienden de edades, o entienden precisamente que los años son un factor a ignorar. Me gustan mucho los libros de Blackie Books porque me proponen obras que yo no sabía que pudieran ser para mí. En este blog hemos disfrutado de novelas sicalípticas de Raymond Queneau, de una mezcla altamente inflamable de textos de Kiko Amat, hemos leído oyendo música para después no volver a escuchar del mismo modo esas canciones, (las de Eels), porque ya conocíamos “cosas que los nietos deberían saber”. Y últimamente me han gustado cosas tan dispares, todas con el mismo sello, que he intentado saber un poco más de Jan Martí, su creador, para ver si así podía entender por qué me gusta tanto Blackie Books.

“Irresistible fusión entre alta cultura y cultura popular”, dicen en esta entrevista en la que Martí parece dar algunas de las claves de su éxito, moderado –porque no parece que vender montañas de libros fuera su primera intención. “Humor, eclecticismo y gamberrismo”. Tres puntales del sello, según confiesa su alma máter, que explica también que trabajó para RBA y que un día decidió montar una editorial para publicar los libros que le gustaría leer. Parece un tópico, como eso de “fútbol es fútbol”, pero que en este caso apunta que es cierto. Si no, es difícil entender un catálogo donde, sin números a la espalda, se alinean humoristas como Jardiel Poncela o Jerome K. Jerome con análisis de internet, ensayos sobre la filosofía y los Simpson, el relato de las penurias de un músico brillante que padeció abusos sexuales de pequeño o los cuentos de Gianni Rodari.

Semejante elenco es sólo una cata, mientras la personalísima tipografía de los títulos de Blackie Books va conquistando espacios en las mesas de las librerías, con la aquiescencia de los libreros, que intuyen que ahí hay un tejido de complicidades entre editor, lectores e intermediarios ante el que poco puede hacer el re-marketing de Amazon o las pilas de best sellers de otros sellos que buscan éxito rápido.

En estos tiempos líquidos algunos lectores volvemos a lo de siempre: libros-libros (que diría aquel), con algo que contar, que pueden hacer reír, que tratan a todos los eslabones de la cadena lectora con un mínimo respeto. Entre mis más recientes lecturas hay tres blackies: una novela ambientada en la guerra civil americana, las referidas memorias musicales de James Rhodes (todo un long seller, porque incluso un libro así puede rozar ya los 30.000 ejemplares) y una novela humorística rescatada de finales del siglo XIX y editada además en catalán. Salvo el muy reseñado “Instrumental”, esas desasosegantes memorias que arrancan con una frase de antología: “la música clásica me la pone dura”, con los otros dos libros me encontré de casualidad, en una de las mesas de La Central (y no precisamente de novedades). Allí estiman los libros de esta editorial. Un simple vistazo a la contra me indujo a su lectura. Punto para la editorial, que con el mero envoltorio ya es capaz de generar confianza.

neverhome.png

“Neverhome (Ella era más fuerte)” es Blackie 100%. La novela de un antiguo asesor de Naciones Unidas, Laird Hunt, que se pone a contar la historia de una de las cuatrocientas mujeres que, vestidas de hombre, lucharon en la guerra civil americana. Ash Thompson se hace llamar ella, y su marido la espera en una granja de Indiana. Es un relato contenido en el que no falta el humor, donde se intuyen muchas horas de documentación y en el que se aprecia doblemente la sinrazón de la guerra, porque parece que las mujeres tienen un sentido extra para detectar y explicar las estupideces de sus colegas masculinos. Cuando recuerda cómo la artillería reducía a los soldados a “charcos de nada” en los bosques de Virginia, muy al final de su peripecia, uno no encuentra imagen más desoladora para tratar de describir las consecuencias de la barbarie.

Bien distinta es “Tres homes en una barca (per no parlar del gos)”, versión en catalán de una novela inglesa de Jerome K. Jerome publicada en 1889. Recuerda ese humor desprejuiciado y altanero que luego cultivarían Evelyn Waugh o P. G. Wodehouse, por no mencionar referentes más cercanos en el tiempo. Historias que se suceden a ritmo vertiginoso, aunque estén claramente pautadas, en las que el lector puede imaginarse al escritor trenzando sus capítulos mientras enarca una ceja y ríe entre dientes anticipando qué pasajes provocarán más hilaridad.

tres-homes-en-una-barca

Es una historia aparentemente menor: tres tipos con pocos quehaceres, hipocondríacos, se toman como reconstituyente un viaje de siete días que los ha de llevar por el Támesis, de Kingston a Oxford. George, Harris, el narrador y Montmorency (el perro de este último) se suben a una barca con la que no sólo irán navegando sino que también les servirá de punto de avituallamiento en sus escapadas a “tierra firme”, de refugio de las inclemencias del tiempo y hasta de metáfora de la vida. Se producen situaciones divertidas, provocadas por el escaso juicio de estos marineros de agua dulce, hay digresiones a cuenta de episodios históricos que se vivieron por aquellos parajes, aparecen descripciones minuciosas de la lista de la compra y, de fondo, va discurriendo la barca por el río como se podría narrar el vuelo de una mosca que choca contra los vidrios de una ventana cerrada. El viaje de estos tres gandules, sus melonadas, provocan una sucesión de episodios que se leen con media sonrisa. Mérito de Blackie Books recuperar esta novela que emparenta con la más genuina tradición británica y en la que no es difícil imaginar a los Monty Python como protagonistas de una seguro que descacharrante versión cinematográfica.

Del libro de James Rhodes hablaremos otro día, porque no combina con estas frivolidades.

Honorificabilitudinitatutibus

Descubrí a Bill Bryson de manera accidental. No había oído hablar siquiera de su gran best seller, “Una breve historia de casi todo”, cuando un amigo escritor que se estaba documentando para hacer una guía de Toronto recibió una recomendación de su editor: “Lee un libro que se llama ‘En las antípodas’, el tono que utiliza Bill Bryson sería perfecto para explicar cómo es Toronto”. El amigo me encargó el libro y, antes de enviárselo, decidí echarle una ojeada. Fue imposible dejarlo. No se me había pasado por la cabeza ir a Australia, ni era un territorio que me resultara especialmente atractivo (o no más que muchos otros), poco sabía más allá de que era una isla enorme adonde los británicos estuvieron enviando durante décadas a lo peor de la sociedad y en la que había especies endémicas que llamaban la atención por su tamaño y sus rarezas.

en las antipodas bill bryson.png

No obstante, el tono de Bill Bryson describiendo un viaje por aquella isla fascinante me resultó embriagador y empecé a buscar en Google Maps vistas aéreas de Uluru para certificar las descripciones del autor, reí a carcajadas con algunas historias menores que sabía encajar con labor de taracea en medio de un viaje de sur a norte, atravesando un desierto de fuego; paseé por estancias del parlamento australiano, supe de héroes malditos de esas tierras australes… La copiosa documentación que había detrás solo se traslucía en la precisión de una fecha, el gusto por el detalle, en una cita colocada en el momento idóneo. El olfato con el que sabía trascender la anécdota volvía interesantes aparentes nimiedades y el tono cáustico, siempre el tono, con el que podía hablar de un compañero de asiento en el avión establecía una complicidad con el lector que lo convertía en rendido admirador, en agradecido compañero de andanzas.

Las alharacas de las efemérides han machacado durante unas semanas con el cuarto centenario de la muerte de Cervantes y Shakespeare, con el 23 de abril como estación de llegada. Babelia, que ha cambiado de manos hace poco y lleva sus riendas ahora alguien apellidado Seisdedos, dedicó un especial que me sorprendió por gratamente. Se citaban obras canónicas de las que han fisgado con más o menos acierto en la vidas de ambos genios, pero se les pasó por alto una titulada sencillamente “Shakespeare”, escrita por Bill Bryson. La encontré rodeada de títulos canónicos sobre “el bardo de Stratford-upon-Avon” (cómo nos gusta semejante sobrenombre), casi desvalida, flaca, en un formato pequeño, con un rojo llamativo en la cubierta, publicada por RBA en 2009. Eso que llaman ahora “los paratextos” no se andaban con chiquitas: “estilo ágil y ameno”, “pequeña gran biografía”, “una delicia”, una obra “accesible y estimulante llena del humor y la irreverencia característicos de Bryson”.

shakespeare

Pues todo eso y mucho más. Empieza hablando Bryson del retrato más famoso que existe de Shakespeare, del que asegura que no hay ninguna prueba de que se pueda parecer lo más mínimo al poeta para reconocer inmediatamente que “hace ya más de dos siglos (…) el historiador George Steevens observó que todo cuanto sabemos de William Shakespeare se reduce a un exiguo puñado de datos: nació en Stratford-upon-Avon, tuvo una familia allí, viajó a Londres, se convirtió en actor y autor, regresó a Stratford, hizo testamento y murió”. Con semejante bagaje de certidumbres no es extraño que el autor diga que poco puede saberse de Shakespeare sin recurrir a la especulación y “de ahí que sea tan delgado este libro”.

Son 180 páginas escasas, pero como se puede apreciar en las comillas anteriores, ahí está el inconfundible tono de Bryson, adobado de abundante documentación, pasión por contar y un tema más que atractivo. En capítulos tan cortos como suculentos se va hablando del contexto histórico, con Isabel I y Jacobo I; de la gestación de sus obras (muchas veces apoyado en meras especulaciones), de temas familiares, del destinatario (masculino) de los ardorosos versos de la mayoría de sus sonetos, de la historia del Globe, cuya falsa réplica se alza hoy cerca del Thamesis, del “Primer Folio”, esa recopilación monumental que poco después de su muerte fijó en cierta manera el canon shakesperiano y desató todo tipo de fabulaciones entre los estudiosos (que no cesan, ni las especulaciones ni los expertos), de las vicisitudes que han padecido los ejemplares de este título que la colección de la Biblioteca Folger de Washington atesora (son ochenta, un tercio de los que han sobrevivido), de las conjeturas sobre si Shakespeare fue éste, aquél o todos a la vez… Y hay un capítulo que es especialmente interesante, tanto como divertido. El de los estudiosos que se han aplicado a fondo para arrojar luz sobre fragmentos de su obra, desenmascarar la propia personalidad del bardo, atribuirle o quitarle obras y, en definitiva pasar el rato y hacérnoslo pasar a nosotros. Recuerda Bryson a A.L. Rowse, que analiza quién pudiera ser la dama  a la que ensalza el poeta en un soneto y dice sin asomo de duda que es Emilia Bassano, hija de uno de los músicos de la reina para asegurar de forma categórica (en 1973) que sus conclusiones “no pueden impugnarse porque son sencillamente verdaderas”. Y punto. No menos jocosa es la interpretación de historiadores “meticulosos en su inventiva” como Sir Edward Durning-Lawrence, que es capaz de traducir “Honorificabilitudinitatutibus” en lo siguiente: “estas obras, creación de F. Bacon, se presentan para el mundo”. Y de paso quitarle la autoría a Shakespeare.

Como decían otros elogios de la cubierta: “Una joya de principio a fin”. Y ya está.

Por qué hizo boom


“Premio Nobel a Vargas Llosa. Todos parecen contentos. (…) No hay alcalde en España que no tenga una foto con él. (…) En Pamplona lo nombraron “Copero Mayor del Reino de Navarra”. (…) Yo creo que no emite esa resonancia propia de los mejores. Por poner cercanos a él, no creo que produzca el eco de un Cortázar, de un García Márquez, un Rulfo o un Onetti. No digamos nada de Borges. Lo que sí creo es que Vargas Llosa podría haberse dedicado a cualquier cosa y siempre habría llegado muy arriba”. Está acabando ya el año 2010 y ésta es una de las entradas que Iñaki Uriarte ha conservado en su diario, muy condensado. Quiere la casualidad que lo lea en paralelo al final del monumental ensayo “Aquellos años del boom”, de Xavi Ayén, precisamente cuando el periodista catalán cierra su documentada semblanza biográfica de los artífices del mayor terremoto literario y comercial de la literatura en español con el episodio que vivió él en Nueva York, al lado del escritor peruano cuando era informado de que le habían concedido el galardón por antonomasia.

El libro de Ayén, publicado en 2014 por RBA, lleva el subtítulo elocuente de “García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo”. Aunque el protagonismo es coral y muchos de los protagonistas del ensayo coinciden con los citados por Uriarte en su diario como detentadores de mayores méritos que el escritor hispano-peruano, éste tiene un protagonismo destacado y el colofón del premio Nobel evoca esos finales “made in Hollywood”, después de lo que parecía el desarrollo de toda una saga repleta de ramificaciones personales, temporales, geográficas, políticas y hasta sexuales.

Lo que queda claro es que Vargas Llosa es un verdadero stajanovista de la pluma, se dedica a ello con una constancia y meticulosidad que recuerdan la anécdota de Onetti, cuando decía que él mantenía una relación adúltera con la literatura mientras que Vargas Llosa vivía con ella un matriomonio perfecto, con todas sus servidumbres, sacrificios y, se sobreentiende, recompensas. El propio escritor lo ha confirmado en una entrevista que Babelia le ha dedicado ante la proximidad de su 80º cumpleaños. En un raro gesto de inmodestia dice no tener “un talento natural para escribir”. La entrevista se pierde luego en los vericuetos de su romance (es ridículo caer en semejante terminología, pero las circunstancias lo aconsejan) con Isabel Preysler, reina de las revistas del corazón. Es como el cierre lógico a una vida sentimental marcada por haberse casado primero con su tía y luego con su prima. Si una es la “tía Julia” que dio título a una novela y generó problemas familiares y hasta legales, la otra es la Patricia de “naricilla respingona” a quien dedicó su discurso del Nobel. En medio hubo otros amores que también tuvieron su cuota de protagonismo en la carrera literaria del peruano.

aquellos anyos del boom

De todo ello habla Ayén en este libro que se va extendiendo por medio mundo, desplazando el foco del boom de París a Barcelona, de ahí a México o Buenos Aires, con escalas en Estocolmo, Nueva York y hasta Calaceite. Siempre siguiendo el rastro de un puñado de amigos que venían de Colombia, Perú, Uruguay, Argentina, Chile, Brasil, México y encontraron en la capital catalana terreno abonado para levantar un puñado de obras literarias prácticamente inmortales. El estudio de Ayén se abre con lo que parece una concesión sensacionalista, la narración detallada del puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez, adornado con un filete ensangrentado para bajarle la hinchazón del ojo y manteniendo la sospecha de que fue un asunto de faldas el que quebró por siempre la amistad fraternal entre los dos representantes más conspicuos del boom.

Esta eclosión fue posible por una concatenación de circunstancias favorables, una especie de conjunción astral al más puro estilo Carmen Balcells (la gran dama en una sombra “muy luminosa”) en la que se alinean unos autores que escapaban de América por razones diversas; el anhelo de libertad de una Barcelona que buscaba romper las costuras de una dictadura agonizante; unos editores jóvenes, atrevidos y con el punto ególatra necesario para desoír los rigores de una incierta cuenta de resultados; una emergente Balcells, que parecía omnipresente en su afán por inventar un oficio de agente literaria todavía por definir; una revolución cubana tan triunfante como ilusionante y engañosa, y (lo más importante) muchas historias por contar y caudales enormes de talento para hacerlo.

Destilado, éste podría ser un resumen muy extractado de la ambiciosa investigación de Xavi Ayén. Pero es muchísimo más: un caleidoscopio de voces, estilos de vida, principios morales, acentos de la lengua española, procedencias sociales y hasta vidas sentimentales en el que todo se va sucediendo con suavidad, sin ligereza, con tenues y escasas reiteraciones que no suponen una merma en el relato contenido de una amistad cargada de literatura.

Este rompecabezas está concebido con precisión, elevado con pulso firme y sostenido con templanza, en pos de un final apoteósico en el que el periodista lleva al lector de la mano al piso 46 de un rascacielos neoyorkino, donde Vargas Llosa recibe la noticia que esperaba con falsa modestia desde hacía ya unos años. Muchas páginas atrás hemos visto cómo vivió un trance similar García Márquez, también hemos leído por qué no se lo dieron a Borges o hemos repasado anécdotas menores de cuando se lo llevaron Cela y Octavio Paz, de la misma manera que ha quedado constancia de los méritos que atesoraron otras voces destacadas del español como Rulfo, Cortázar u Onetti.

Este libro inmenso, lleno de historias muy personales, algunas verdaderamente miserables, al lado de episodios no exentos de grandeza y generosidad o de pequeñas tragedias no menos lacerantes, no muestra el enorme trabajo que encierra. Las horas de satisfacción que proporciona al lector son ínfimas comparadas con el placer que ha debido de experimentar Xavi Ayén mientras se iba documentando, montando el armazón de semejante obra, para luego revestirlo e iluminarlo hasta acabar facturando una obra, si no definitiva, sí imprescindible para saber qué fue eso del boom y entender por qué sus ecos no terminan de apagarse.

“La ciudad que se añora a sí misma”

Acabo de volver de Roma y ya estoy suspirando por volver. Es mucho más lo que dejé de ver que lo que pude visitar. Pisar espacios por los que había viajado tantas veces a través del cine o los libros de arte proporcionaba una sensación única que se mezclaba con el temor de no volver a vivir esa experiencia. Intenté cruzar mi mirada con los ojos del Moisés, me asomé desde el centro del Panteón al ojo que lleva dos mil años alumbrándolo, la compañía de miles de personas me impidió emocionarme en la Capilla Sixtina, intenté a empujones lograr una buena vista en algunas de las estancias de Rafael, dejé volar mi imaginación por las gradas del Coliseo, paseé como pude por la atestada Piazza Navona, me asomé casi en solitario a la Pietà de Miguel Ángel en la basílica de San Pedro y bajé por las escaleras de la Piazza Spagna.

panteon

No logré ver ni el David de Bernini, ni los frescos de Il Gesu ni el éxtasis de Santa Teresa. Me encontré rodeada de andamios la Fontana de Trevi y pasé apresuradamente por la Columna Trajana, gocé desde Villa Borghese de la perspectiva que ofrece la Piazza del Popolo y recorrí muchas veces la Vía del Corso, errando sin más por una calle que se parecía a cualquier zona de compras de cualquier ciudad europea con una diferencia sustancial: bastaba con torcer a izquierda o derecha y uno volvía a pisar adoquines que han vivido historias durante cientos de años.

minerva                 coliseo

Iba buscando por Roma algo que era imposible encontrar: el aroma de un tiempo que ya pasó pero con el que llevaba conviviendo en las últimas semanas, leyendo lo que en su momento debió de ser una guía de viaje antes de que el turismo de masas tomara por asalto cualquier rincón romano con motivos para ser visitado. Para visitar la capital italiana leí con fruición un libro que se escribió cuando Italia no existía tal como la conocemos hoy. Lo escribió un francés y lo organizó como una especie de diario, aunque fuera escrito en la distancia. Roma se convirtió así en un enorme decorado, muy vivo, sobre el que fue volcando sensaciones, prejuicios, muchas lecturas anteriores y las vivencias de más de un año de estancia en la “ciudad eterna”, que perdurará mientras quede un lector curioso y deseoso de dejarse conducir.

“La Cloaca Máxima (…) Qué pasión por lo útil tenían los primeros romanos.” “El Concilio de Trento ha creado la religión tal como la conocemos hoy. Los papas comenzaron a temer los escándalos causados por los cardenales y no metieron, en general, en el Sacro Colegio más que a los imbéciles de alto linaje. Ahora todo va mejor.” “Es casi imposible escribir sin recordar, al menos indirectamente, verdades que ofenden mortalmente al poder.” “Clemente XII era un papa que tenía dinero; le propusieron hacer el muelle del Tíber desde la Porta del Popolo al Ponte Sant’Angelo pero prefirió embellecer su catedral.” “En el Sacro Colegio la piedad era rara y el ateísmo bastante corriente.” Son cientos las frases lapidarias que aparecen en los «Paseos por Roma» de Stendhal. Tengo el libro lleno de subrayados, esquinas dobladas y anotaciones destacadas. Lo difícil es escoger unas cuantas que atrapen lo que ofrece esta obra: erudición, pasión por la belleza, devoción por el arte, ironía, comparaciones odiosas con su Francia natal, voluntad de servicio a los lectores… Esta edición de Alianza, en realidad una selección a cargo de Daniel García López, va acompañada de una breve introducción y una cronología que ayuda a entender esa devoción stendhaliana por Roma, donde vivió en diferentes etapas. Así pudo empaparse de la ciudad y sus habitantes y hablando con ellos dar alas a su vocación de errabundo que traslada magníficamente a sus páginas, más de 500 en esta edición.

paseos por roma  Paseos por Roma, Alianza, 2007

Esta peculiar guía llena de digresiones, cargada de vitriolo cuando habla de los muchos Papas que en Roma han sido, abundante en recomendaciones hoy imposibles de seguir –casi dos siglos después de que fuera escrita– es sobre todo un libro excepcional , que recoge plenamente aquel propósito de Richard Ford cuando incluyó en el título de una de sus obras a sus propios destinatarios: “los viajeros en casa”. Un libro para volver eternamente a él, como a Roma.

Fiel a un estilo bien diferente, el que su autor se labró en otras historias de Londres o Nueva York, Enric González hace un somero repaso a su etapa como corresponsal de El País en la capital italiana y reúne también unas «Historias de Roma», dado el éxito de sus columnas en el que entonces era su diario y los miles de lectores que rieron al tiempo que planeaban sus viajes por las ciudades donde González había ido ejerciendo sus corresponsalías. Publicadas por RBA y mucho más breves que las entregas dedicadas a otras ciudades, el registro de González no tiene nada que ver con el de Stendhal, pero tampoco es frívolo ni superficial. La habilidad del cronista para dotar a sus textos de eso que en el oficio se llama “ambiente” se combina con un estilo directo, fresco, cargado de ironía y con devoción por las historias cercanas, de personas normales y corrientes que siempre tienen algo qué explicar. Esta peculiar guía de González, leída por desgracia a la vuelta de Roma, mezcla anécdotas de Coppi y Bartali con chismes sobre Berlusconi, esboza la aterradora historia de Anna Fallarino (donde también acaba apareciendo Il Cavaliere), aborda la rivalidad entre la Lazio y la Roma, descubre el local que ofrece el mejor café del mundo, desgrana recuerdos de Alberto Sordi, detalla el lugar donde fue asesinado Aldo Moro, glosa la habilidad de Paloma Gómez Borrero para moverse por el Vaticano, relaciona las oscuras finanzas del Banco Ambrosiano con la trama que aparece en la tercera entrega de El Padrino… Sazona sus “historias de Roma” con pequeñas cuitas cotidianas, explica su condición de inquilino en un palacio y el lector devora en un suspiro un libro que se antoja muy corto, con muchos hilos que podrían haber seguido enredándose para disfrute del respetable.

historias de roma Historias de Roma, RBA, 2010

No terminaré aquí mi viaje a Roma. Me espera, y lo postergo con el propósito de alargar este estado de encantamiento, el libro que acaba de publicar otro ilustre viaje: Javier Reverte. Tiempo habrá para hablar de él.