Atracar en islas desconocidas

La última novela de Jaume Cabré, Jo confesso (Proa, 2011), fue un acontecimiento que superó el marco exclusivamente literario. Se cumplía la cadencia informal del autor, que da una novela a la imprenta cada 7 u 8 años, y se especulaba con el éxito que tendría más allá de la frontera catalana, porque en el caso de casi todas las novelas en lengua catalana hay una frontera, que se hace más patente si uno mira desde el oeste, tocando la línea imaginaria que marcarían Fraga o Valderrobres.

Leí absorto esta novela compleja, embrujado por esa especie de palimpsesto que proponía el narrador, y que le permitía viajar adelante y atrás en el tiempo siguiendo la huella de un valioso violín. Era la excusa para abordar la maldad, para reflexionar sobre los límites de la crueldad, en un viaje por varios siglos y muchos países que daba igual en qué lengua se hubiera escrito en origen, lo importante era que se tradujera a muchas otras, que circulara esa historia. Tuve la ocasión de comentar la novela con un escritor de esos que tienen abundante obra publicada, y me dejó aturdido el desdén con que zanjó mi entusiasmo: “Mi mujer se lo está leyendo y dice que salen muchos alemanes, se nota que allí dicen que vende mucho”.

Descubrí a Jaume Cabré en “Las veus del Pamano” y en pocos meses me las arreglé para leer casi todo lo que había publicado. Fueron cayendo de manera “inmisericorde” las novelas “Senyoria” y “L’ombra de l’eunuc” así como los cuentos del “Viatge d’hivern”. Me sedujo la complejidad de sus planteamientos narrativos, con estructuras que no dejaban un cabo suelto y se erguían enhiestas, sin que pudiera entreverse la tramoya. Abundancia de planteamientos, historias que iban ganando matices mientras se los personajes iban siendo moldeados y referencias a clásicos de la literatura, que reforzaban esa complicidad entre autor y lector hasta convertirse en una especie de amistad interesada, como cuando vas al encuentro de alguien cuya compañía sabes que va a proporcionar  momentos para el recuerdo.

Dice Cabré, a modo de broche a esta recopilación de cuentos que es su último libro, “Quan arriba la penombra”, que de vez en cuando escribe algún cuento como quien “atraca en una isla desconocida”, a modo de descanso en las duras travesías en que se embarca para escribir sus novelas. Va guardando relatos que, según confiesa también en este colofón, deja al escrutinio de un selecto grupo de lectores cercanos (qué suerte será pertenecer a esa minoría) y cuyo veredicto juzga de gran valor a la hora de decidirse a publicarlos.

portada_quan-arriba-la-penombra_jaume-cabre_201612121811

Los cuentos que presenta en este precioso volumen editado por Proa tienen la maldad como eje vertebrador, sin que ello condicione en absoluto la autonomía de ninguno de ellos. Es verdad que se pueden entrever guiños entre algunos de ellos, como esa ligazón que hay entre los movimientos de una sinfonía. Un personaje que aparece por aquí, una referencia cruzada que evoca algo leído mucho antes, una broma macabra que viaja en el tiempo y abrocha dos décadas lejanas. Es complicado adentrarse a esbozar alguna de las historias sin correr el peligro de matar esa sorpresa que el narrador reserva al lector desprevenido.

Como en el texto de la contra ya se anticipan algunos argumentos, no chafamos ninguna sorpresa si decimos que, como en otro famoso texto de Quim Monzó, también aquí hay un cuento con un premio Nobel de literatura como protagonista. Y se percibe el mismo tono irónico al abordar tan espinosa cuestión, en una literatura como la catalana todavía ajena a tan prestigioso galardón. Hay alguna gamberrada de resabios cultos, con personajes de salen o entran de un cuadro de Millet. Y se suceden los asesinatos que, en su frialdad, recuerdan a las míticas salvajadas que literaturizó Max Aub en sus “Crímenes ejemplares”.

Si estos relatos son las “obras menores” que Cabré erige para tener los músculos tonificados mientras va edificando sus libros mayores, están de enhorabuena los alemanes, franceses, polacos, holandeses, italianos y tantos otros que esperan con devoción sus traducciones. Aquel escritor que me explicaba que cedía con displicencia a su mujer los libros de Cabré, posiblemente se lo seguirá perdiendo. Y como él muchos de sus paisanos: mientras la novela ambientada en el Pirineo en los años del maquis cautivaba a cientos de miles de lectores en Alemania, solo despachaba un puñado de miles en España.

El “caso Cabré”, como lo calificó el periodista Jaume Subirana hace unos años, al hilo de las tres páginas que Le Monde Livres dedicó a “Confiteor”, sigue vivo. Para combatir esa ceguera, basta con abrir los ojos. Y leer.

Anuncios

Una novela excéntrica

Hace un tiempo hablábamos aquí del atractivo riesgo que corrían las cubiertas de los libros de Edicions del Periscopi. Hay que creer mucho en lo que ofreces para atreverte con unas cubiertas que llevan la contraria a la multitudinaria competencia con la que se encontrarán tus libros en en el punto de venta.

Para mí, este peculiar aspecto se ha convertido en una marca de calidad, que anticipa propuestas atractivas y, con semejante criterio tan poco objetivo, me puse a leer “Les generacions espontànies”, una excéntrica novela que no se si es sencillamente una recopilación de relatos alrededor de una excusa argumental bien hallada: la elaboración de un currículum vitae para presentarse a una entrevista de trabajo.

COBERTAgeneracionsespontanies_web_a7877b9a0265b9d2c6189dfc8cd675cb

Del espíritu jocoso y con poso iconoclasta puede dar fe la dedicatoria con la que la autora, Mar Bosch Oliveras, encabeza la vorágine que se avecina: “als agrònoms de lletres, als filòsofs que diuen que no ho són i a les psicòlogues alegres (…), als llibreters d’energia atòmica (…), a les geògrafes en un món de roses i baobabs; (…) als avis i germans que són el suport de generacions senceres”.

La entrevista de trabajo mencionada permite a Eva, la protagonista, que vaya enumerando su experiencia profesional, no sin antes endilgarnos la narración de una serie de zombis que mira en la tele mientras se imprime el CV. Va adobando sus habilidades profesionales con todo tipo de anécdotas, recuerdos absurdos o comentarios inapropiados, que proporcionan al conjunto esa frescura que raya con la irreverencia hacia los que siempre piensan enarcando las cejas.

En esta sucesión casi surrealista de historias aparecen sus jornadas laborales como genetista en el cultivo extensivo de la fruta, como tanatomaquilladora, como detective privada o como maestra, tanto en escuelas públicas como privadas, sin olvidar tampoco una historia de amor vivida en el trabajo o las expectativas que se abren en la empresa para la que se está entrevistando.

Esta divertida gamberrada entronca hacia el final con aquella película que dio fama y espectadores a Fernando León de Aranoa. Se llamaba “Familia” y, como esta novela, era capaz de dibujar rictus de estupefacción y asombro para después provocar risas de más o menos intensidad hasta terminar congelándonos la sonrisa.

Así, sin más.