Periodismo contra los apagones informativos

 

Todo el mundo tiene una historia que contar. Es una de las máximas del periodismo. Si uno escarba, en su propia vida o en la de otros, acabará hallando restos de una vivencia y algo podrá hacer con ellos. Es el punto de partida de un cómic autobiográfico que va encadenando historias envueltas a su vez en la historia de la gestación del cómic, un relato de relatos con el periodismo como verdadero telón de fondo. Se titula “Oscuridades programadas”, la metafórica traducción a un concepto muy asentado en inglés (rolling blockouts), que llega acompañada de un subtítulo mucho más descriptivo: “Crónicas desde Turquía, Siria e Iraq”.

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La autora es Sarah Glidden y lo acaba de publicar Salamandra Graphic. Los medios han acudido en tropel a hacerse eco de su aparición y todos se han centrado en la reflexión que plantea el libro en torno al periodismo, a su presente y, especialmente a su papel en la sociedad. En TVE, en El Periódico, en el diario en catalán Ara han aparecido reportajes generosos en los que se hablaba más de la forma de del fondo. Un “híbrido literario”, así lo calificaba Núria Juanico en Ara, que remataba su reportaje con unas declaraciones elocuentes de la propia Glidden: el periodismo “es un oficio que cada vez incluye más géneros y ensancha sus fronteras literarias”. Lo cierto es que este cómic, con textos muy largos y continuos diálogos llenos de reflexiones ampliamente argumentadas, es una defensa apasionada del matiz, de las fuentes contrastadas, de los diferentes puntos de vista, de la duda.

ICULT  paginas comic  Oscuridades programadas de Sarah Glidden

El punto de partida es curioso. Sarah Glidden acompaña a dos amigos periodistas de Seattle, defensores de una manera de entender la profesión más cercana al cooperativismo que al mero negocio de informar. Seattle Globalist es el nombre de este proyecto que sigue bien vivo. En este a viaje a Oriente Medio va con ellos Dan,  un curioso acompañante, amigo de la infancia de la autora, exmarine destacado a la guerra de Iraq, que quiere ver in situ las consecuencias del paso del Ejército estadounidense por aquellas tierras. A ratos se arrepiente de haber formado parte de aquel contingente que tanto dolor ocasionó, a veces quiere pensar que no todo estuvo mal y que, en cierto modo, ayudó a derrocar al tirano. A veces no quiere desvelar su paso, en otras ocasiones se presenta como un marine que estuvo ahí.

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Esa historia, la de Dan, aparece de manera recurrente a lo largo de todo el relato e incluso sirve de argamasa para enlazar con otras biografías. Hay un bloguero iraní que cuenta su manera de hacer, hay un funcionario de Naciones Unidas que que enumera en qué consiste ser refugiado, hay, precisamente, un refugiado iraquí que fue expulsado de EEUU tras una oscura acusación de haber colaborado con Al Qaeda y hay muchos pequeños dramas, muy tristes por su cotidianeidad, protagonizados por exiliados kurdos. Muchas historias que van proporcionando diferentes puntos de vista mientras el grupo de amigos en los que se ha “empotrado” Sarah Glidden va reflexionando sobre su propia vista, sobre el periodismo, sobre la actitud de su país como árbitro del mundo y hasta acerca de sus propias vidas. “Necesitamos comprender cómo obrar con inteligencia dentro de la complejidad. Supongo que esa es la promesa del periodismo de calidad”.

Del periodismo de calidad y hasta de la propia existencia. Ese cuestionamiento permanente se puede apreciar en otro pasaje de este prolijo relato (300 páginas): “todo lo que hago como periodista se basa en el convencimiento de que, al exponer información e ideas, la gente se cuestionará cosas que daba por sentadas”. La obsesión por contar con todos los puntos de vista, el afán por huir de la comodidad que proporcionan los relatos oficiales, recuerda los cómics de Joe Sacco, al que dedica la autora la obra, entre otros autores. Técnicamente, las acuarelas y los tonos pastel de Glidden nada tienen que ver con el trazo de Sacco, en glorioso blanco y negro. Tampoco la composición de las páginas: poco rastro hay aquí de esas panorámicas a doble página, bien abigarradas, tan del gusto de Sacco.

Coinciden ambos, sin embargo, en la abundancia de textos, en el gusto por añadir una frase que acabe de dejar claro lo que cualquier protagonista quiere decir. El cómic de Glidden recuerda también a Sacco en ese planteamiento casi documental de escribir sobre el terreno, de mostrar con precisión cómo es el pequeño piso donde vive un refugiado kurdo, cómo se ve la ciudad de noche, cuando se producen los apagones que dan título al libro, cuánto fuma uno de los entrevistados o de qué manera cocinaba en EEUU los bollos de miel, en el microondas, y cómo los extraña ahora, el refugiado iraquí que fue expulsado por colaborar, supuestamente, con el terrorismo islámico que tiene al mundo en jaque.

“¿Qué es el periodismo?”, se pregunta la autora cuando queda escasamente una docena de viñetas para el final. La respuesta es una sucesión de preguntas, que hay que ver contextualizadas, dibujadas, una detrás de otra, en la página 296. Y así al final, volver a preguntarse: “¿PARA qué se hace periodismo?” Algo me dice que la respuesta a tan complejas cuestiones está en realidad hacia la mitad del libro, e incluso oculta en el propio título. Los “rolling blockouts” del título original no suenan tan bien como esas “oscuridades programadas” de la traducción al castellano. Son, lisa y llanamente, “cortes de luz provocados”, muy del gusto de los estados autoritarios o de los países que viven situaciones convulsas. En la página 152, observando la ciudad de Suleimaniya, en el Kurdistán iraquí, dice la autora que “se programan apagones para evitar sobrecargas y conseguir que la red siga funcionando”.

Se puede añadir el adjetivo “informativos” detrás de “apagones” y todo tendría más sentido todavía.

Linea clara para una guerra sucia

Es una buena noticia que Salamandra extienda su olfato y buen hacer al campo del cómic. Acaba de inaugurar “Salamandra Graphic” con una cuidada edición (marca de la casa), austera pero eficaz, cuidadosa con los detalles tipográficos y hasta con el papel utilizado.

Sento, un autor de amplio recorrido que incluye paradas en El Víbora, Cairo y El Jueves, recurre a la historia familiar para elaborar Un médico novato, o lo que es lo mismo, el paso fugaz por la medicina de un estudiante recién salido de la facultad que en el verano de 1936 Cae en un pueblo de La Rioja (Rincón de Soto) poco antes del estallido de la Guerra Civil. Sus ideas avanzadas –como se decía entonces– le llevan directo a la cárcel, donde asiste desconcertado a las sacas, a la indignidad de los nuevos dueños del poder y, en definitiva, despierta a la vida acechado por la sombra perenne y arbitraria de la muerte sin sentido.

un medico novato_interiorEn glorioso B/N con sutiles apoyos bitono, Sento narra la historia de un familiar de su mujer y alimenta la cosecha de obras recientes como las memorias ilustradas que Miguel Gallardo dedicó a su padre en Un largo silencio (2012) o el libro El arte de volar (2009), en el que el guionista Altarriba explica la historia del suyo mediante los dibujos de Kim. Sin grandes alardes en la planificación pero sí variando la puesta en página al servicio de la narración o generando el dinamismo que la sucesión monótona de días en la cárcel pretende evitar, la línea clara de Sento va arrojando luz sobre las tinieblas de aquel negro verano del 36.

El gusto por los detalles, el trazo fino, los personajes cercanos trazados con el cariño que debe de inspirar el roce familiar configuran esta historia con final feliz (porque así fue en la realidad en este caso concreto). A modo de remate, un breve apéndice final reproduce correspondencia y fotografías de las personas reales que inspiraron la narración.

Pablo Uriel, como se llamaba el médico protagonista, es homenajeado por su descendiente político, inmerso en una saga de médicos que queda patente en los agradecimientos finales.

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Un médico novato

Salamandra Graphic, 2014

Muchos de los elogios y comentarios anteriores se pueden aplicar a otro cómic que lleva ya un par de ediciones, con escasos meses en las librerías, y que firma el ya célebre Paco Roca tras el éxito que cosecharon sus “arrugas”, en el papel y en las pantallas. Los surcos del azar homenajea desde el título a los perdedores de la guerra, con esa alusión a los versos de Antonio Machado “¿Para qué llamar caminos / a los surcos del azar?”. Publicado por Astiberri en un grueso volumen de más de 300 páginas, Paco Roca despliega una ambiciosa historia que avanza en paralelo con dos subtramas: la investigación del autor sobre un “héroe” de la Resistencia que desparece de un día para otro pocas horas después de liberar París, tras haber perdido la guerra en España, haber sobrevivido a los batallones de trabajo en África y haber logrado echar a los nazis de la Francia ocupada, y la propia historia de este anciano, instalado en Francia desde el fin de la II Guerra Mundial, donde montó un taller de coches y se dedicó a cultivar la memoria de Estrella, su compañera de los años de la Resistencia.

Las dos historias avanzan en paralelo, enfatizado el cambio temporal narrativo por detalles que no se hacen estridentes (B/N y trazo fino, sin marcos para la historia presente: la visita de Paco Roca al antiguo guerrillero; y color, con otro trazo un pelín más grueso y viñetas enmarcadas para el flash back).

La calidad del guión se complementa con el arte gráfico, hasta conformar una historia rotunda, que reivindica a los luchadores que prefirieron pasar desapercibidos cuando vieron que sus expectativas de un mundo más justo morían en los despachos de las cancillerías internacionales y arramblaban con los esfuerzos e ideales de varias generaciones de combatientes.

En la contracubierta del libro, un breve texto de Javier Pérez Andújar agradece a Paco Roca “por devolverme al país al que pertenezco”. Todos los premios que ha recibido ya (y han sido unos cuantos) quedan en poco ante el halago de Pérez Andújar.

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Los surcos del azar

Astiberri, 2013